FICCION BREVE (ocho)

Varios

EL BEBÉ

Lorenzo León


Entre las sábanas, queriendo dormir sin lograrlo, este pensamiento mantenía ocupado a Ernesto: los hijos producen una ternura orgánica. Es una ramificación del cuerpo femenino que se abre entre la carne sangrienta y con llanto de gato. Qué sonido tan agudo es el grito de la existencia... De repente el llanto cesó.

María se lo había pegado al seno grande, blanco, refulgente como una fruta para los labios que acordonaron el pezón y succionaban desesperados la sustancia que lo empezaba a hacer crecer. Afuera todo estaba tranquilo. En la oscuridad el viento apenas sacudía las sombras. La voracidad había reemplazado al grito de hambre. Tragaba. María constreñía el rostro porque la boca desdentada le había estrellado la carne. Ernesto podía dormir ahora.

El cansancio aflojó sus músculos y lo tendió en el vacío, pero algo continuó sujetándolo al mundo y era precisamente eso tan elemental, aquella voracidad naciente. La noche se agrió. Los resplandores de una tormenta eléctrica palpitaron. El cielo soltó una humedad sin agua y se enfrió la pieza. Los hombros desnudos de María se helaron y no era posible echarse el chal, pues el pequeño no le permitía un movimiento. La luz de la lámpara descubría la frente del pequeño (como si fuera una raíz emergente), sus cabellos largos —desconcertante para su edad—, la nariz pequeña, como una protuberancia dibujada, y sus labios rojos prendidos al seno que rasguñaba con sus uñas que cristalizaron rápido.

En el reloj las manecillas marcaban con lentitud. En la pálida espalda de María se tatuó un relámpago y en la ventana se precipitó el ansia del cielo, como si fuese una multitud de ancianas coléricas. Y el chicuelo parecía estar muy contento de que así fuera la noche, terca y solitaria, y exigía más el líquido amarillento que empapaba sus labios. María se dobló de cansancio. El reloj ticteaba y nadie podía llenar ese estómago. El cuello de María, inclinado, destacó sus vértebras. El cabello se desgajó sobre su palidez anémica. Y mientras, el chico se ahogaba al salirle leche sangrienta por las narices en su desesperada deglución. De las cobijitas saltaron sus pies y su movimiento frenético amenazaba crecer con un vigor desconocido. Los brazos de María colgaban, y se perdían en la sombra. La piel de sus senos se estaba agrietando y el niño había reventado el fajero y los listones de la chambrita. Decididamente María estaba vacía, pero el chicuelo había aprendido a morder.

La lluvia había cesado. La atmósfera helada-humeda se estaba coagulando en una neblina pulcra e impenetrable. Los filos de su boca machacaban la carne como los cachorros. La carita estaba tinta en ese banquete sangriento y María había quedado bocarriba, en la cama, a los pies de Ernesto. Sobre su cuerpo trabajaba una desnudez rapiñosa, de cabeza alargada y maxilar prominente. El pequeño se había puesto musculoso como un animal furtivo o como un rufián.

Buscaba los últimos pedazos entre las costillas y ya bajaba a los muslos que antes espejearon su aparición. Ernesto abrió los ojos. No podía ser cierto el clamor de esa tribu. Quedó paralizado como sucede en las pesadillas lúcidas. El cuerpo velludo casi lo tocaba y en su inclinación sobre su presa Ernesto le veía el ano desnudo y rojo como una flor del abismo. El olor a sangre y a mierda —pues el ser había defecado varias veces durante su orgía— lo convulsionó para dejar escapar su terror en un grito seco y mortal. El ser volteó y lo miro con sus ojos negros, de opacidad indiferente y siniestra como la de las bestias, Ernesto cayó a un lado y escapó hacia la ventana; cuando su hijo avanzó hacia él prefirió arrojarse al vacío. El chico, con sus fauces abiertas, lo miró perderse en la cortina humosa de la noche y dio un aullido desamparado.


Lorenzo León Diez es mexicano, tiene 51 años y vive en Oaxaca, donde dirige un periódico mensual tabloide llamado Ciclo literario. El cuento que publicamos pertenece a su libro La realidad envenenada. Esperamos publicar otros trabajos y hablar un poco más sobre el autor y su obra.



DOLOR DE MUELAS

Erick Mota


Primero fue el dolor de muelas. No existe sentencia ni castigo en el mundo que supere a un dolor de muelas. Persiste en todo momento y carece de posición de alivio, los calmantes casi nunca funcionan y siempre la cura es mucho más dolorosa.

Después vinieron los Aceres y me golpearon. Unos tipos de casi dos metros de alto con caras de cinta negra en varias artes marciales. Eran tipos de la calle, con ropas de colores chillones y sin estilo. De los que suelen contratar los maridos celosos para dar una golpiza, o las putas de esquina para sentirse importantes con guarda espaldas y todo.

Me golpearon con los puños, con el canto de la mano, con los pies, las tonfas y el mango de las pistolas. El dolor de muelas era peor. Cuando creyeron que habían acabado conmigo me arrastraron fuera. Rodé tres pisos de escalera hasta llegar a la calle. Tres pisos de escalera maloliente y deteriorada.

Debo hacer notar que nadie en el solar protestó, intervino o acudió en mi ayuda. Un barrio decente, había dicho el que me alquiló el cuarto. Nadie se mete donde no lo llaman, un lugar sin héroes, ni demonios. Justo lo que necesitaba, después de todo habían dado conmigo por culpa de Diana. Había hecho más de diez llamadas a mi número, a pesar de que le dije que estaba en problemas con babalawos de RG, que la línea no era segura y veinte mil medidas de seguridad que ella se preocupó por violar.

En fin, cuando llegué a la calle me estaba esperando Daniel, blanco caucásico, grande, aunque no tanto como los Aceres. Sacerdote Omo-orisha y brazo ejecutor del clan de Ochosi. Uno de los tipos que más dinero había hecho con el hackeo de sistemas en RG.

—Te fuiste sin terminar el trabajo, Pablito. Dejaste vivo al punto.

—Era un niño —y el dolor de muelas que no se iba— yo no mato niños.

—Tiene 13 años. Estoy seguro de que ha tenido más jevas que tú y ya debe haber matado a alguien por ahí. Además, se atrevió a desafiar a los clanes de la regla de Ocha. Debe morir.

—No es mi estilo —intenté levantarme pero el dolor era enorme—. Me dijiste que un novato entró en uno de tus servidores y se llevó una mierda sagrada de esas. No me dijiste que era un niño. Yo tengo mi ética, Daniel, igual que tú tienes la tuya allá dentro, en Red Global. Ni mato embarazadas, ni niños. Si quieres a un psicópata contrata a los de la fundación Oswald.

—Pablo, Pablo, nunca vas a aprender. El clan llegó a sentir respeto por ti, por tu profesionalismo. Habíamos perdido una ofrenda virtual del altar de Ochosi. Si el muchacho no se hubiera desconectado, el propio Oricha se habría encargado de fundirle el cerebro. Por eso te necesitábamos. El clan pensó que tú podrías hacer el trabajo sin fallar. Y mira ahora lo que me estás obligando a hacer.

Volví a levantarme y puse las manos en la espalda para estirarme. La pistola todavía estaba allí. El dolor de muelas también.

—¿Qué hiciste con el dinero?

—Lo gasté. Tengo muchas deudas y el revendedor de municiones no me hace rebajas.

—Pablo, Pablo. ¿Qué voy a hacer contigo? Cuando empezaba a confiar en ti, te comportas como un pata de puerco. Ahora debo ordenar a estos tipos, que no son ni la mitad de lo que tú pudiste llegar a ser, que te maten como un perro.

Daniel hizo un gesto con la mano y los Aceres asintieron. El dolor de muelas se detuvo. El que estaba a mi espalda sacó primero la pistola. Aparté la cabeza de la línea de tiro y le torcí la muñeca en el segundo movimiento. Con la otra mano ya había sacado mi pistola y disparé contra el que estaba a la izquierda. Los otros dos dispararon a la vez. Sin dejar de torcer el brazo del Acere lo coloqué delante de mí y las balas se detuvieron en su chaleco. Siempre usan chalecos rusos, pesados y gruesos como todos ellos. Le pegué un tiro a cada uno y otro extra para Daniel. Siempre que se choca con un santero hay que dejarlo bien muerto o el Oricha que lo protege te matará desde la Red. O hackeará la mente de alguien que lo haga, que es peor.

Para terminar, e imprimirle algo de estilo a la función terminé de torcerle el brazo a mi Acere hasta que se arrodilló delante de mí. Le puse el cañón en la espalda, bien pegado al chaleco blindado, y la bala atravesó el pulmón. Me cobran un dineral por cada bala de uranio empobrecido, con núcleo de tungsteno y recubrimiento antiradiación, así que tengo que especular.

Me acerqué a Daniel y vi que respiraba.

—No me mates... te diré, te diré quién te chivateó... fue Diana, tu mujer. Le ofrecimos que se quedara con la casa cuando murieras y lo dijo todo. Saben que vine por ti, si me matas tendrás a toda la regla de Ocha tras de ti.

Apunté y disparé. No valía la pena hablar tanto.

Lo único que me faltaba para terminar el día era ir por esa perra de Diana y...

En eso volvió el dolor.


Erick Mota Pérez, nacido en la ciudad de La Habana 1975, es estudiante de Física en la Universidad de La Habana. Ha recibido numerosos premios literarios, entre ellos: el Guaicán de Fantasía y Ciencia Ficción 2004, por el cuento "Los que van a morir te saludan", la mención especial concurso de ciencia ficción "Juventud Técnica" 2000 y el primer lugar en el concurso de ciencia-ficción y fantasía "Vuelta de tuerca" 2001. Pertenece a la novísima camada de autores cubanos de ciencia ficción y se nos ocurre que lo tendremos muy seguido de visita en Axxón.



ANTES

Enrique Castillo


Estaba atareada cargando una de las últimas naves de escape con sobrevivientes de su especie. Pasó varias veces por mi lado pero ni siquiera me notó, es claro, ya que para ella todos los humanos seguíamos siendo virtualmente irreconocibles uno de otro. Pude haberla detenido, intentado hacerle comprender que no debía dejarme, que no podía partir de mi vida llevándose mi corazón tras ella, pero no lo hubiera entendido. Y aún peor, si por milagro hubiese comprendido la extraña expresión individual que los humanos llamamos amor, probablemente no hubiese sabido cómo responder a ella.

Quiero creer que no había egoísmo en mi amor y fue por eso más que nada que no la detuve y le hablé. Pero en el fondo, en esa parte del ser íntimo donde los autoengaños no funcionan, siempre supe que lo que me inmovilizo en esa postrer ocasión fue sólo el temor de confirmar que ella no sentía —no podía sentir— nada más por mí que esa extraña emoción tan dulce y aguada a la vez que cada miembro de su especie parecía destinar a todos. Y realmente no quería saber que ella me destinaba el mismo "amor" que a cualquiera de su especie o a la bacteria más elemental, y para mí lo nuestro debía ser único, gigantesco, desbordante... ¡que imbécil!

Han pasado treinta años. Quiero creer que me he vuelto más sabio y no sólo más viejo.

Su imagen se desdibuja en ocasiones, pero la sensación, la efervescencia de sentir que su presencia me hace mejor hombre, que las mareas del tiempo no podrán borrar sueños y delirios de una vida juntos (que nunca ocurrió), las marcas que dejaron en mi carácter simplemente el haberla conocido, todo eso no se ha diluido con el correr de los años, peor aún, la obsesión de querer creer que ella pudo amarme, con una medida humana, individual, posesiva —tal cual yo la amo—, me acompaña permanentemente y con las mismas fuerzas cada día. Mis pensamientos me llevan a ese día, en que el destino la envió al hospital en el que yo trabajaba.

Era joven entonces. Un interno en una misión humanitaria asistiendo a las víctimas de un desastre natural.

Meses atrás una nave exploradora había encontrado a los Hambbetre en un planeta de un sistema extremadamente similar al nuestro. Todo un logro que hubiera sido motivo de celebración, si no mediara un pequeño problema: la estrella que mantenía estable el sistema no estaba muy estable en sí misma; las señales no dejaban dudas: se convertiría en una enana roja. Y aún antes de eso, las emisiones caóticas de diferentes rangos de radiaciones matarían a cada ser vivo en ese sistema.

El desastre podía pasar en cualquier momento, los cálculos tenían una certeza tan pequeña que, según ellos, las posibilidades eran casi iguales entre un sobre tiempo de unos meses o la conclusión del proceso en pocos segundos más.

Pero había que hacer algo y se pidieron voluntarios para colaborar en la evacuación de la especie alienígena. Con veinticinco años no podía oír la voz del peligro, sólo retumbaba en mi mente la llamada del orgullo. Yo "salvaría las vidas de esos pobres aliens" porque mi juramento era firme y los incluía.

Durante el viaje en la nave hospital nos dieron la información que tenían sobre ellos. Vimos grabaciones y nos explicaron lo extraño que podía resultar encontrarse con un ser cuyo imperativo como especie no identificaba individuos más que en un orden mínimo. Un sujeto fácilmente identificable para nosotros no notaba sus diferencias de otros más que en rasgos generales y funciones básicas. Tomemos un elemento de "X" de esa —para nosotros— extraña sociedad, digamos una hembra adulta joven, como mi amada. ¿Qué sabe ella de sí, y cómo se ve a sí misma? Pues ciertamente se reconoce como un ente separado, pero solo físicamente, todas sus autodefiniciones a partir de ahí corren en exclusivo beneficio de su rol social.

A mí realmente me tenía sin cuidado si tenían sueños, esperanzas, o deseos individuales, ya que con los míos tenía suficiente, así que le presté poca atención a estas características cuando nos las explicaron. Individuos definidos o ente grupal; yo había venido a salvarlos, lo demás era tema para los ociosos de las universidades, que permanecerían postulando teorías durante los próximos cuarenta o cincuenta años.

Ah, realmente me asombra lo petulante que podía ser cuando daba rienda suelta a mi ego e ignorancia. Sólo dos cosas habían llamado mi atención al detalle: los síntomas de los estragos que el exceso de radiaciones había causado en la mayoría de los Hambbetre, y... —yo era tan joven, mi amigo imaginario— los hermosos detalles físicos que hacían de las hembras una reproducción exacta de ninfas del bosque de la mitología griega.

Fue en esas grabaciones donde la vi por primera vez.

La segunda, ya en persona, fue el primer día en el hospital de campaña. Su presencia me dejó impactado, era de las pocas que no había sufrido el ataque de las radiaciones, su belleza me deslumbró y desde ese momento busqué cada oportunidad para estar cerca de ella. No deje el hospital en ningún momento, las horas libres las pasaba sentado, cerca del sector donde ella atendía a los más jóvenes de su especie. Esperaba que nuestras miradas se cruzasen, que notara como yo sufría en silencio por su lejanía; en un par de ocasiones creí notar que me observaba y por horas me pregunté si no estaría compartiendo mis sentimientos pero no sabia cómo manifestarlos; tejí mundos donde nuestro amor era una realidad mas sólida que el metal de la nave que hacía de hospital. Hasta el último día.

Creí ver que me miraba; dudaba si hablarle o no cuando todo se volvió rojo, la llamarada de radiación quemó mis ojos. A pesar de que me rescataron nadie supo decirme si ella estaba bien ¿Cómo podían, si todas eran iguales para ellos? Y para peor ninguna tenía nombre. ¿Cómo identificarla?



Enrique Castillo es uruguayo y todos lo conocen como uno de nuestros más eficientes ilustradores. Pero tras la publicación de "Inferencia probabilística" en el N° 145 de Axxón, ha redoblado sus esfuerzos como narrador, convirtiéndose en uno de los mayores animadores del Taller 7 de CCF. Esta es otra prueba de su evolución.



EL MANIATICO

Martín Cagliani


Manía, alteración del estado de ánimo que se
caracteriza por la exaltación, la euforia y la irritación.
Opuesto a la depresión, suele presentarse en
alternancia con este trastorno (psicosis maníaco-depresiva).
No confundir con las extravagancias y pequeñas rarezas que,
en el lenguaje corriente, se denominan
también con este nombre.


El pañuelo blanco se posó sobre el picaporte oxidado. El señor Berma se sintió un poco más seguro de apoyar su mano enguantada y abrir la puerta. La puerta daba a un cuarto. Dentro del cuarto lo estaban esperando.

Bajó el picaporte, pero no empujó la puerta para abrirla. Escucho el "clic" de la cerradura; recién ahí se decidió a entrar. El olor no le gustó. El hombre lo esperaba sentado. El señor Berma puso una mueca de asco: esa persona estaba fumando. Instantáneamente cubrió su boca con otro pañuelo blanco. Miró fijamente al hombre y le desagradó profundamente. No sólo fumaba, sino que llevaba camisa celeste con corbata verde.

El hombre hizo una seña con la mano que sostenía el cigarrillo para que se acercase. El señor Berma siguió la trayectoria del cigarrillo en el aire como si se moviese en cámara lenta. Notó que el hombre llevaba las uñas descuidadas, y su mirada se centró en la uña del dedo meñique de la mano derecha. Estaba comida. El asco que sintió por esa persona lo hizo retroceder un paso.

El hombre le dijo algo, pero el señor Berma no pudo escucharlo: estaba demasiado asqueado y shokeado ante semejante desfile de indecencia. Al hombre no le alcanzaba con llevar camisa celeste con corbata verde, sino que usaba bigote. Ese hombre tenía pelo en su rostro. El señor Berma imaginó millones de bacterias recorriendo esos pelos que podían llegar a saltar hacia él.

Veía como se movía ese bigote al hablar, ocultando los labios. Pero sólo escuchaba un "bar, bar, bar". Los ojos del señor Berma estaban tan abiertos que se le estaban secando. Pensó inmediatamente quién lo había hecho ir a ese lugar: "Mi madre". Qué razón habría tenido para hacerlo ver a semejante hombre, si es que podía ser llamado hombre.

"Algo me quiere hacer este degenerado", pensó el señor Berma. El pecho se le cerraba; le costaba respirar. Sin dejar de cubrirse la boca con el pañuelo, buscó con la otra mano en el bolsillo del sobretodo. Encontró el revólver que llevaba como protección contra los que lo perseguían. Jamás hubiera imaginado que su propia madre lo vendería a los degenerados.

"Degenerado asqueroso", pensó el señor Berma. "Esos ojos desorbitados, esos dientes amarillos. Me quiere raptar". Sentía arcadas. El hombre, cansado de hablar, se levantó, dio la vuelta a su escritorio y se dirigió hacia él.

El señor Berma quiso hablar pero su garganta estaba cerrada, el miedo a ese degenerado lo estaba paralizando. "Me voy a defender a muerte degenerado asqueroso", pensó y quiso decir. Sujetaba fuertemente el revolver.

El hombre se detuvo a unos dos metros del señor Berma, y seguía hablando y gesticulando. Todavía con el cigarrillo en su mano, y no sólo lo tenía sino que lo estaba señalando con la otra mano.

El señor Berma seguía el cigarrillo con la mirada. "No voy a soportar más esto", se dijo. Apretó el gatillo de su revolver; una bala salió perforando su sobretodo y atravesó el estomago del hombre, que cayó al suelo sentado. No pudo soportar la sangre que salía de la herida del degenerado. Juntó valor y dio media vuelta. Cruzó la sala de espera. Una señorita se escondía detrás de un pequeño escritorio.

El señor Berma posó la mano enguantada que sostenía el pañuelo, sobre el picaporte de la puerta de calle. Lo bajó hasta escuchar el "clic" y empujó. Cerró la puerta, y no pudo evitar ver el letrero que estaba atornillado en ella: "Lic. Eduardo Grisbern. Psicólogo".

"Maldita conspiración degenerada", pensó Berma. Sus ojos se clavaron en el vacío, y su rostro adquirió una forma maléfica. "Mi madre está detrás de todo esto".


Martín Cagliani ya es un asiduo de Axxón. Pueden leer otros trabajos suyos en los números 141 y 143 y, ya que están, hacerse una pasadita por Golwen, la revista que dirige.



ICONOS

Javier Esteban


El día iba empezando más o menos como siempre, ya sabes, que me cojo el autobús para venir para venir a la Factoría y a los dos minutos de sentarme, lo típico: me quedo sopa.

En esto siento que alguien se me rebulle al lado; abro un ojillo para ver que pasa y me encuentro a uno de esos diablos que van todo pintado de rojo —pero de rojo de verdad, como los extintores—, de los que se pegan hasta dos cuernecitos en la cabeza. Y encima que arrastraba un pestazo el colega...

Eso sin contar que este también iba en pelotas, ya me dirás.

Total, que veo que sigue meneándose y dándome codazos —a todo esto diciendo "perdón, perdón" todo el rato, fijo que además éste era de fuera— hasta que me percato de que en lugar de piernas tiene dos cosas acabadas en pezuñas que no le llegan ni al suelo y que se va agarrando a lo que puede para no resbalar. Así que como que decido pasar de él y me pongo a planchar la oreja otro ratito.

Pero ocurre que llegamos a la rotonda de la entrada y en el giro no sé qué leches hace el colega que se me desploma encima todo lo largo.

Vamos, que sólo le falta darme un beso.

Al final, pasa lo que tiene que pasar; que no puedo contenerme y voy y le suelto un "¡oye payaso, como me pringues te abro la cabeza!"

Tú imagínate luego: toda la gente mirándonos, el tío con una cara de estar a punto de ponerse a llorar de vergüenza, yo que me espero que él se me encare o algo... y nada. Se levanta, se va para donde la puerta y a la siguiente se baja. Sin decir ni esta boca es mía. Yo alucinaba. Seguro que era la primera vez en mucho tiempo que alguien se lo ponía tan a huevo. Pero no, él se tuvo que acobardar.

De verdad te lo digo: están en las últimas. Y no me vengas con el rollo de que pobrecitos, de que cómo me paso y tal y cual, que ya me estoy frito con lo de que si les echaron de su sitio y que si con la movida del apocalipsis aquel a alguien le salió el tiro de la culata y que tal y que cual.

Pues que sepas que lo que es a mí, no me van dar ninguna pena. Que aquí todos los demás también nos hemos llevado unas cuantas, no se le olvide a nadie, y no vamos por la vida con esa cara de chucho apaleado. Que me parece a mí que para estar hechos de todas las formas y colores, la verdad es que llevan muy mal lo de reciclarse.

Bueno, concretando, que el tipo ya me puso de mala leche para el resto del día. No estaba yo a lo que tenía que estar y la caldera se me ha calado tres veces, no veas como se me puso el jefe de línea. Además que con razón. Menos mal que luego le invité a una caña en el almuerzo y ya otra vez tan amigos.

Cuando le he contado lo del pavo no veas como se reía.

Aunque yo a ver si me saco el carné de una vez y me ahorro esas historias cuando voy a trabajar, que cuando no es una es otra: un atasco, una transubstanciación, un plasta de mesías pidiendo porque se ha quedado en paro, tiene cinco niños y la parienta le amenaza con volver a hacer la calle...

Menos mal que iban a acabarse las miserias ¿eh?

Pues eso, que tendremos que ir pensando en pillar un coche, porque además me queda cosa de otros mil años para subir de categoría y, por supuesto, no se esperarán que vayamos a ir por ahí volando, por muy bendito del Señor que se esté uno, con esta porquería de alitas como de cacatúa que nos cuelgan ahora de la espalda.


Javier Esteban es español, tiene 27 años y trabaja de periodista. Hace ya algún tiempo que le picó el gusanillo de hacer relatos, aunque hasta ahora sólo ha publicado algunos en Parnaso, la revista, Vórtice en Línea y NGC 3660. Como la media de lo que ha escrito no supera las dos páginas, y la mayoría ni llega, cree que casi puede decir que se ha especializado en ultracortos, aunque sea por vagancia. Otra cosa es que lo haga bien, y sólo espera —con ayudas como las del Taller 7— ir mejorando.



LOS OJOS

Martín Gabriel Carruego


El hombre se apeó despacio, deslizándose por la piel del caballo.

El bar estaba metido en un costado del camino angosto que lleva de Guardamonte, un caserío desolado, hasta Durazno, otro espectro de cuando el campo era todavía un lugar para vivir. Su presencia de fantasma se advertía como un pequeño mordisco en la compacta superficie del monte.

En el frente había dos árboles grandes y espesos en cuya sombra, cuando el sol todavía alumbraba, y más tarde también cuando la oscuridad se imponía, descansaban una docena de perros que seguían a sus dueños hasta el bar, pegados a los caballos como un apéndice, como extensiones solitarias de sus amos.

Quien caminara por los polvorientos senderos de la zona podía caer en la certeza de que el tiempo perdía allí sus razones. Las pocas cosas que se escapaban del reino del monte apenas si servían para delimitar una época histórica. El tiempo perdía su solidez y comenzaba a derretirse en una atrevida ambigüedad.

Robledo, que ya había atado su caballo a un poste, llegaba todos los domingos a las seis de la tarde, teñido de los últimos rayos de sol y manchado ya de las sombras de la noche que venía. Tomaba ginebra en silencio, abstraído de todos.

Su estigma de mal hombre había crecido al amparo de murmullos. Aunque nadie lo había visto trenzarse en una pelea, se había ganado un respeto casi místico entre la gente del lugar. Su presencia callada podía percibirse aún sin verla. Inyectaba al aire una carga de autoridad religiosa.

Como Dios, provocaba en los hombres un temor reverencial sin fundamentos y, al mismo tiempo, en los más insolentes, incontenibles impulsos de rebeldía.

Los paisanos lo saludaban con respeto y maldecían la cobardía de no enfrentarlo, de no animarse a poner a prueba por una vez su aura de valentía forjada en un mito que nadie sabía a ciencia cierta en qué se originaba.


Los ojos de Pereyra se clavaron en Robledo desde el primer instante en que entró al bar y se sentó, detrás de él. Sus grandes ojos castigaron a Robledo toda la noche como una lluvia intensa y molesta. Sin embargo, el hombre siguió en silencio, refugiado en su cápsula afónica, indiferente a los ojos del Negro Pereyra que, ya completamente enardecido por la bebida, había olvidado el respeto hacia ese paisano y lo provocaba con una insolencia descarada, silenciosa pero perceptible.

Los hombres gastaban la noche en un silencio que se hizo más profundo.

Había un poco de curiosidad en la provocación de Pereyra. Entre hombres que se demuestran las cosas en los hechos, el respeto hacia ese gigantón de aspecto sombrío y de una gordura sosa se salía de los esquemas de la admiración bien fundada.

Hacia la medianoche sólo quedaba el caballo de Robledo atado a los árboles del frente. Pereyra andaba a pie, su casa estaba cerca y prefería recorrer caminando, junto a sus cinco perros, los metros de oscuridad que lo separaban del rancho. La negrura del cielo se había instalado en el campo como un manto, cubriéndolo todo, uniformándolo todo.

Los dos hombres habían quedado solos en el pequeño recinto del bar. Al lado de una lámpara de querosene, el bolichero dormitaba y el silencio había impuesto sus pesados ladrillos en la noche. La breve llama resplandecía en los ojos enormes de Pereyra, los encendía y delataba en la penumbra pacífica del bar. Pero el bolichero en su dormidera y el propio Robledo y el insolente Pereyra sabían que esa paz era ficticia y que se quebraría en cualquier instante.


Algo andaba mal. Pereyra sintió un agua helada en la espalda y no pudo reprimir un temblor seco. Giró la cabeza instintivamente hacia la puerta pero ya nada pudo hacer. El cantinero levantó la vista y la imagen se le presentó fraccionada.

Los cinco perros aparecieron en el umbral y se abalanzaron rabiosos contra su dueño. Apenas si pudo gritar mientras los colmillos se clavaban en su carne reseca, en su piel dura.

Quizá alcanzó a ver, mientras el dolor lo cegaba, un fulgor extraño en los ojos de sus perros mansos.

Apenas percibió Pereyra, mientras se revolcaba en el piso, que Robledo había girado la cabeza y que ahora lo miraba.

Que lo miraba sin insolencia, fríamente, con el vaso de vidrio grueso inclinado sobre los labios.


Martín Gabriel Carruego nació el 25 de noviembre de 1972 en Maciá, Entre Ríos. Es periodista gráfico y escritor aficionado. Actualmente se desempeña en el diario El Pueblo, de la ciudad de Villaguay. Este cuento es su primera obra publicada.




Axxón 150 - Mayo de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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