RESPLANDORES

Ricardo Castrilli

Argentina

La senda comenzaba justo donde el guía les había dicho, detrás de la piedra grande. La trepada ya era historia, y el tramo que le seguía era casi horizontal. Aburrido. A la carrera, los chicos orbitaron el enorme peñasco demorándose apenas un momento, antes de iniciar la exploración de la meseta, en la contemplación de la pendiente que acababan de vencer y las pequeñas figuras de los demás integrantes del grupo apareciendo y desapareciendo por entre las piedras, abajo, a mitad de camino. Iban demasiado lento; se detenían a menudo resoplando como fuelles, se sentaban al costado del camino, clamaban por aire. Los niños los rebasaban una y otra vez, naves en picada desandando lo trepado para luego volver a comenzar, sus risas tapando los rezongos de los mayores. Recorrían tres veces la distancia que éstos, en el mismo lapso, apenas lograban cubrir. Para los viejos era una afrenta. Una vez rebasada la zona del desfiladero, el guía había desafiado a los chicos, como al acaso, a que se adelantasen hasta el final de la cuesta e hicieran cumbre en la meseta.

—Déjenlos ir —había sugerido a los demás—. A partir de aquí ya no hay peligro y, de todas maneras, necesitan un poco de rienda suelta. Ellos viven a otro ritmo.

Y además, pensó, tienen los localizadores en el brazalete. No le gustaba llevar niños en el grupo. Eran demasiado revoltosos, inquisitivos hasta la molestia. De hecho, estaban fuera del target definido para el evento. Sin embargo, siempre había alguien que conseguía una excepción y los traía.


El Operador a cargo terminó el café de un trago y dejó a un lado la revista; de reojo, había captado un movimiento en la pantalla. ¿Los peregrinos? Demasiado temprano. Saltando de cámara en cámara, encuadró bien al grupo. Niños. No había prestado demasiada atención a la planilla del día, pero ya no le hacía falta mirarla para saber quién conducía el grupo. Si había chicos, Rauque siempre trataba de mandarlos adelante, lejos, para poder ir preparando el clima entre los mayores sin interferencias. Pasó a la cámara que cubría la cuesta y la enfocó en el grupo principal, que venía más o menos según lo previsto. La proporción entre viejos y gente de mediana edad parecía la acostumbrada. La mayoría serían jubilados disfrutando su Opción. Pudo identificar a dos Aprendices y otro de más rango, probablemente un Supervisor, burdamente camuflados. El Departamento aprovechaba las últimas sueltas de la temporada para ver cómo andaba el negocio. Bien. Buena ocasión para lucirse.


El viejo subía en silencio, a paso lento y obstinado. El guía no paraba de hablar, pero él ya no le prestaba demasiada atención. Alcanzaba a retener apenas la mitad de lo que oía, y oía bastante poco, molesto como estaba, confuso y tragando saliva a cada paso, en el intento de disminuir los efectos de la altura en sus tímpanos. Era la primera vez que sentía que se le nublaba el oído, en lugar de la vista.

De todas maneras, ¿a quién podía interesarle toda esa charla sobre el último reducto, las condiciones naturales, el milagro de la supervivencia, etc., etc., etc.? No a él. Quería verlos una vez más antes de morir, eso era todo. Poco le importaba el cómo y el porqué. Quería verlos. Su Opción se lo permitía. Podría haber ido a Bariloche, o a las Termas; podría haber elegido los diez años de Vida Subjetiva. Esta última opción lo había tentado bastante, al principio. Ellos podían programar la máquina de acuerdo a sus menores deseos. Desde su camilla, en sólo una semana de tiempo real, podría haber vivido diez años de aventura en aventura, otra vez joven, rodeado de mujeres hermosas, en selvas tropicales que ya no existían y con animales de los que ya sólo perduraban el recuerdo y las sensograbaciones, experiencias tan vívidas y reales, según le habían contado, como cada una de las piedras que ahora rodaban a su paso. Claro. Reales, hasta el momento en que lo despertasen y le sacasen los cables. De ahí en más, sólo vería la sonrisa condescendiente del empleado, "¿qué tal ese sueño, abuelo?" , un tazón de balanceado y la puerta de calle, de vuelta a un mundo real del que habría estado ausente diez años que eran siete días, de vuelta al tormento de la vejez, a la soledad, al cuartucho que llenaría con un sinnúmero de recuerdos que sabría falsos, con añoranzas sin un solo referente concreto. Sería infinitamente mejor si hiciesen el trabajo completo y les ahorrasen ese humillante despertar.

No. Quería algo real. Había recorrido en detalle la lista completa de las opciones que correspondían a su nivel de retiro, hasta encontrar algo que se pareciese a lo que deseaba.

Sólo una vez los había visto, cuando era muy niño y quedaban todavía algunas de esas cosas que sobrevivían por su cuenta, toda una vida atrás. Eran raros ya en aquella época, pero el hecho es que él había llegado a verlos, en la mágica conjunción de una cálida noche de verano con una parada sanitaria en un recóndito paraje impregnado de vacío, una anomalía ya casi extinguida, un vacío de personas, la única nota de luz en la melaza gris de un incómodo viaje con su padre. Algunos de esos recuerdos puntuales e irreverentes estaban comenzando a quebrar la barrera de los años y se instalaban cada vez con mayor frecuencia en sus ensueños de vigilia. Uno de los tantos anuncios de la vejez, seguramente. Sea como fuese, éste era uno de los más felices. Su Opción estaba decidida.


El Supervisor General se veía tan cansado como el resto de los caminantes. Era la primera vez que hacía la subida a pie, y acababa de decidir que sería la última. Pero no estaba arrepentido. Era necesario. Se había propuesto revisar todos los pasos del proceso. Los aspectos sicológicos del grupo en ascenso eran decisivos en la obtención del clímax adecuado, una vez en la meseta. Un burócrata se hubiera conformado con enviar a un subalterno o estudiar las tomas de cámara. Él no. El crescendo y su resolución en el momento del clímax eran los objetivos centrales del evento, no la suelta en sí. Si quería verificarlo todo, la mejor manera era vivirlo como un peregrino más.

Veía al resto del grupo, formado casi en su totalidad por pasivos disfrutando su Opción, ese magro derecho. Inalienable, decían, ganado merced a toda una vida de trabajos. Sentía pena por ellos. ¿Cuántos años tendrían? ¿Cuánto les quedaría de vida, si es que se podía llamar vida a eso que llevaban los de su nivel? Se observó a sí mismo, así como estaba, envejecido a fuerza de cosméticos. Sus canas eran artificiales; su bastón, una superchería. Su cansancio era producto del esfuerzo físico real y su falta de costumbre, no de malformaciones ni de miembros arruinados por la vejez. Ni siquiera cuando llegase al doble de la edad promedio de los ancianos que ahora lo rodeaban, jadeando en la subida, se vería así. Era una prerrogativa de su nivel. Meneó la cabeza y siguió subiendo.



Ilustración: Pat Mac Dougall

El guía deambulaba entre las rocas, pescando chicos escondidos para integrarlos al grupo que, por fin, había llegado a la meseta. Los demás, desparramados en el pedregullo, iban alcanzando un ritmo respiratorio más aceptable. La pausa les venía bien. Era un hermoso atardecer de verano y el sol se había dejado ver dos veces durante la subida, a través de la eterna cúpula nubosa, para hacérselos saber. Pronto sería el turno del ocaso; el gris perla ya se estaba convirtiendo en ceniza. No se habían habituado, aún, al espectáculo que representaba todo un cielo entero regulando despóticamente la iluminación del entorno. Eso no pasaba en las ciudades, y los pocos días que llevaban en el albergue no habían bastado para disipar la extraña sensación de desamparo que les producía.

—Bueno, ya estamos todos. —El guía regresaba, arreando a los últimos cautivos—. Si están listos, sería mejor continuar; aún queda un buen trecho hasta la Reserva. Pero no se preocupen; es todo horizontal. Un paseo.

Se incorporaron, sin demasiadas protestas. Habían estado comentando que la subida era dura, pero había valido la pena. Los más osados casi lamentaban que, del otro lado de la reserva, los estuviese esperando un transportador para la bajada. No estaba dotado de un motor capaz de subirlos a todos, pero sí podía bajarlos. Asuntos de Control de la Energía, les habían dicho. El Supervisor sonreía.

Era, en realidad, un paseo. La senda, agradable, ya los había alejado bastante del árido borde rocoso. Fueron surgiendo exclamaciones de sorpresa, a medida que descubrían los signos del cambio. Primero un ave, en las alturas; un águila, aventuró uno. Nadie lo contradijo. Luego una mata de cardos, una paja brava. El guía iba diciendo los nombres, cuando veía que ninguno los sabía. Dos plumerillos, con sus blancos penachos bailando al son de la brisa, a la altura de sus cabezas, marcaban la entrada al Prado, un prado real con pasto de verdad, suave y fresco al tacto como ninguna otra cosa que conocieran. Los viejos se demoraban, entrecerraban los ojos, sorbían el aire repentinamente húmedo.


El Operador revisó los indicadores, ajustó el nivel de humedad, reforzó el campo deflector que convertía en suave brisa el viento que castigaba sin clemencia todo lo que estuviese fuera de los límites del área, a la vez que mantenía confinada en la meseta a la pareja de jotes. Se aseguró de que el caudal de las bombas fuera el correcto. Ya estaban llegando.


—¡Escuchen! ¡Eso es agua!

Los que podían cubrieron al trote los últimos metros. El resto, caminó. Rodearon un par de árboles, cuyo follaje habían descubierto a lo lejos y venían festejando con crecientes exclamaciones de embeleso a medida que se acercaban. El susurro de la brisa entre las hojas había enmascarado el canto de un arroyo que no distinguieron hasta estar casi en sus orillas. Los niños corrieron, con gritos de asombro; subieron al pequeño puente de madera para poder ver el agua cristalina desde arriba.

—¡Cuidado, no vayan a caerse! —gritó una mujer.

El Supervisor estaba satisfecho y tomaba nota, para sus adentros. Todo bien montado. Nada que objetar. Era realmente bello. Hubiese deseado que la luz del día se prolongase un poco más, sólo un poco. Pero sabía que las cosas tenían que ser así, tal cual se estaban desarrollando. Los tiempos estaban tan cuidadosamente dosificados como el resto de los detalles.

Cruzaron el puente en pequeños grupos, demorándose en cada cosa que les llamaba la atención, en cada nuevo arbusto que descubrían, en las flores, en los frutos que ninguno se atrevía a tocar. Cuando desde las ramas más altas comenzaron a cantar las aves, repuestas ya del sobresalto de su intromisión, el grupo bordeaba el éxtasis.

Ah, los zorzales, pensó el Supervisor. Su reposición costaba al Departamento un ojo de la cara, pero valía la pena. Según el cuerpo de Sicólogos eran el aperitivo perfecto, la meseta de placer calmo y sostenido que precede al plato fuerte, el climax. Lástima que no durasen más que una semana, en ese aire ensombrecido de toxinas.

Ahí se quedaron, en el círculo enmarcado por los árboles, atentos al ahora incesante movimiento de los pequeños seres que iban de rama en rama, volando desenfadadamente por sobre sus cabezas en la búsqueda de ubicaciones más ventajosas para proseguir su duelo lírico.


En el centro de control, bajo tierra, el Operador seguía su rutina. Era el Maestro de Orquesta y los instrumentos estaban prontos, todo en posición y ya casi llegado el momento de la suelta. Los pájaros aturdían con sus reclamos y, con las cámaras a luz normal, apenas si se distinguían las siluetas de los árboles contra el cielo plomizo. Incrementó la sensibilidad para poder apreciar los efectos de su interpretación, y fue aumentando la intensidad de deflexión del campo protector del área hasta hacer desaparecer la brisa. Llevó las cápsulas al extremo de los conductos y se preparó para el gran finale.


El crepúsculo era un hecho. En medio de una calma casi absoluta, el ceniza había virado al plomo, luego al azabache. Ya casi no podían verse los rostros, pero no sentían frío. Nadie se quejaba, nadie se preguntaba qué estaban haciendo allí cuando ya no podía verse nada. Hasta la brisa había callado. El supervisor anotó un punto a favor del control del clima. Era sutil.

No se hablaba alto; los niños habían abandonado sus juegos bulliciosos y, echados sobre el pasto, comentaban a media voz las maravillas que habían descubierto. De pronto, uno de ellos se incorporó.

—¡Una estrella! ¡Allí!

—¿Dónde, dónde?

—¡Ahí hay otra! ¡Y otra!

—¡Sí! ...Ahora las veo.

—Pero... ¡Se mueven!

Todos estaban de pie, ahora, el rostro en alto. Hasta el Supervisor. Sólo el viejo permanecía sentado, en medio de todo, gozando en silencio. Él recordaba.

—¡Es cierto, se mueven! ¡Se mueven alrededor nuestro!

—No son estrellas, entonces. ...No pueden ser estrellas.

—¿Entonces qué son?

—Cocuyos. Son cocuyos.

Todos se volvieron hacia el viejo.

—¿Cómo dijo?

No dijo más. En realidad, no era consciente de haber dicho nada; sólo escuchaba, en su interior, y repetía en forma mecánica esas cálidas palabras venidas de una época perdida, al conjuro de las luces: ...son cocuyos, hijo. Unos bichos que hacen luz. ¿Viste qué hermosos? ...Hubiese jurado que ya no quedaban. No dijo más. De todas maneras, hubiera sido inútil que aclarase. Ya nadie le prestaba atención. La magia que los rodeaba era demasiado poderosa. Olvidaron la palabra, se olvidaron del viejo allí sentado y hasta de sí mismos, sumergidos de lleno en la danza de las luces.


Perfecto. Todo había sido perfecto. El Operador se reclinó en su sillón, satisfecho. La imagen en la pantalla era fantasmagórica: con los infrarrojos al máximo, las auras térmicas de los peregrinos se delineaban en las más variadas posiciones, estáticas, reverentes. A su alrededor, una miríada de insectos tejía y destejía su trama luminosa y cambiante con la absoluta perfección de lo aleatorio. En la pantalla se los veía como miles de cometas indecisos.

Extendió una mano y cerró el contacto que traería de vuelta las cápsulas, ahora vacías, por los mismos conductos neumáticos. Había decenas de bocas de suelta, disimuladas en sitios estratégicos, en toda el área del Prado. Revisó las existencias. Sólo le quedaban bichos para una suelta más. Después de eso, dejaría a un grupo de aprendices manteniendo las condiciones climáticas y las instalaciones e iría de vuelta a los tanques del laboratorio, a ayudar en la cría para la próxima temporada.


En el transporte inercial todo era silencio, cada uno encerrado en sí mismo, rumiando las experiencias del día.


Ilustración: Pat Mac Dougall

El viejo no había dicho una sola palabra. Terminado todo, se habían encendido las luces en el Prado. Era tiempo de llegarse hasta el vehículo para el descenso, y todos comentaban lo magnífico del espectáculo. El viejo no. Permanecía acuclillado en la hierba, con la vista perdida en la nada y una expresión indescifrable instalada en el rostro. El guía había tenido que sacudirlo varias veces antes de lograr que se levantase y fuese con ellos. Seguía así.

Los chicos se habían sentado al fondo y adherían al recogimiento general hablando en susurros, apenas lo justo. Estaban cansados.

—Atrapé una — arriesgó, por fin, el que había estado más callado. Tenía la mano en el bolsillo.

—¿Una qué?

—Una luz, allá arriba. Cayó al piso y la agarré. Aquí la tengo.

Los demás estrecharon filas, formando un corrillo protector en torno del osado y su tesoro.

—...Y dale, qué estás esperando, ¡quiero verla otra vez!

—Bueno, miren.

Sacó la mano del bolsillo, ya blanca de tan apretada, y la entreabrió lo suficiente como para que los demás viesen qué había adentro.

—Es un bicho. Parece un grillo. Yo una vez vi uno.

—No, una langosta. Mi primo tenía una, de plástico verde y amarillo. Pero saltaba, en vez de volar. Y no tenía luz.

—Ésta ahora no brilla.

—No. No brilla más.

Le dieron vueltas, le movieron las antenas, le soplaron las alitas. Todo en silencio y vigilando, cada tanto, por sobre el hombro. Nada.

—No funciona. Debo haberla roto.

—Sí, la apretaste demasiado. Esos bichos son frágiles. Pero mañana se la llevamos a mi primo. Seguro que la arregla. La langosta ésa la armaba y desarmaba a cada rato, mi primo. Y después saltaba por toda la casa.

—Dale.



De Ricardo Castrilli hemos hablado cada vez que sus cuentos aparecieron en Axxón: "Cronoplasma" (N° 139), "Propiedad horizontal" (N° 140), "Tiempo, maldita daga" (N° 145), "Iniciación" (N° 147). Pero no está de más que recordemos que nació en Buenos Aires, aunque está radicado con su familia en El Bolsón desde 1981. Fue en ese lugar que afloraron sus inquietudes literarias, gracias a lo cual ha obtenido algunas distinciones a nivel local y regional. (Certamen Municipal de Cuento y Poesía, El Bolsón, Concurso de Cuento Breve Fundación Cooperar, El Bolsón, Premio Isidro Quiroga, Comodoro Rivadavia, Concurso de Cuentos Banco Provincia de Neuquén). Su relato "Mate en tres" apareció en la antología Ficciones en los 64 cuadros publicada por Ediciones Desde la Gente..


Axxón 151 - Junio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Argentina: Argentino).

            

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