F i c c i o n e s

EL HOMBRE QUE GUIABA ESCRITORES PERDIDOS

Carmen Quirós

España

A Anado, nuestro "dúctor". ¡Por supuesto!


"La forma más positiva de ayudarle sería,
aunque probablemente usted no lo crea,
presentarle a otros escritores
que están empezando como usted,
ya que siempre se entienden mejor
los problemas propios
junto a otros compañeros".

W. B. Yeats a J. Joyce.


Estalló una noche más, desgarrada por los relámpagos, sobre Reivaj O. Acnamalas. No esperaba que se desatara tan pronto la tormenta y se apresuró a abrigarse para salir.

La llanura se convulsionaba bajo los elementos enloquecidos. El trueno atacaba los cimientos de la tierra. Los rayos azotaban el aire que aullaba como un monstruo herido de muerte. Recorría la llanura soplando vesania, con el brío del galope del guepardo y ráfagas racheadas destinadas a sorprender a los incautos.

Ante su furia, los arbustos se doblegaban, los árboles se sobrecogían de temor a la herida que presentían: ramas desgajadas sin piedad del tronco que les dio vida, abatido su poder por la furia de ese elemento invisible, tan pequeño en su esencia, capaz de sembrar la desolación a su paso como parte de un todo.

La lluvia, hermana del viento, caía en cataratas que no tardarían en generar torrentes traicioneros. La vida, esa noche, pendía de un hilo y era necesario desafiar su ira.

Muchos habían tildado de loco a Reivaj, por su empeño en salir cada noche ¿quién sabe con qué objeto?, tanto en las cálidas y perfumadas del verano como en las intimidantes de invierno, a recorrer incansable la llanura en busca de nadie sabe qué.

A nadie le extrañó que desafiara los elementos. Ni asomaron para observar su salida, ni otearon para ver qué buscaba. Se arrimaron al calor del fuego y dejaron que se entregara a su locura.

Él sabía que no estaba loco; sabía que su sacrificio era muy útil y sabía más: sabía que en noches como ésta en las que la tempestad ruge es cuando más fructífera era su búsqueda.

Libró a una criatura de ser alcanzada y muerta por una rama desgajada. Salvó a otra de un rayo; a una tercera de la avenida de la torrentera. Reunió a seis esa noche. Fue dejándolas a buen recaudo al abrigo de una cueva mientras continuaba recorriendo la llanura y luego condujo a su casa a aquellos seres perdidos que no encontraban refugio, ni sosiego.

El calor de su fuego les reanimó. Recuperadas las fuerzas, les condujo a la sala que siempre hacía relucir sus ojos y les dejó sentados en las mesas garrapateando en papel blanco sus locuras, sus miedos, sus quimeras.

Se arrellanó en su sillón, junto al fuego; el sueño le venció. Le despertó un ruido. Una de las criaturas había venido a la sala, abandonando su mesa y encontró extraño aquel comportamiento.

—¿Qué te ocurre? ¿No tienes ideas?

—Sí —respondió mirando al fuego, mientras jugaba con un medallón colgado sobre su pecho, en forma de pluma—. Tengo las ideas; pero no el arte capaz de darles el esplendor necesario. Cristalizan en párrafos blandos e insípidos y repudian su aspecto informe y pálido.

—Eso no importa. Con el tiempo, si trabajas lo bastante, conseguirás la técnica que te permitirá plasmarlas como deseas. Es cuestión de paciencia y tesón.

—No, te equivocas. Eres un buen guía de escritores perdidos; pero hay algo que no sabes: un corazón como el mío abortará siempre mi trabajo. Mientras sea como es, anulará ese matiz que convierte un relato en una obra genial.

—No es necesario, ni siquiera razonable, reservar la escritura de modo exclusivo para quienes sean capaces de crear obras maestras. Escribir es una fuente de placer, una fuente de salud y desahogo para muchas mentes. Cumple un fin en su ejecución, aunque no sea bueno el resultado.

—Lo sé; pero quiero dar ese salto final. Puedo escribir muy bien si me esfuerzo. Pero quiero dar un paso más, Quiero transformar mi interior en la medida precisa para que aflore el talento que poseo. Ayúdame.


Ilustración: Marian

—¿Qué puedo hacer?

—Quédate quieto, déjame hacer, no intervengas en el ritual que voy a ejecutar. Quédate ahí sentado y no hagas nada, veas lo que veas, pase lo que pase. ¿Me lo prometes?

Asintió. Contempló interesado la acción de la criatura, preguntándose qué pensaba hacer. Se acercó a la chimenea y sacó un cuchillo largo y brillante. Reivaj quedó paralizado unos momentos. Los justos para que ella pudiera abrir su pecho ante sus ojos horrorizados, arrancarse el corazón y arrojarlo al fuego.

Aún le atonizó más ver que no se desplomaba muerta, que seguía en pie, apoyada en la repisa de la chimenea, mirando con indiferencia cómo se abrasaba su corazón. Luego recogió las tenazas, atrapó la víscera, dejó que enfriara un poco y lo examinó. Sonrió satisfecha, lo devolvió a su lugar y giró.

Decidió que había sido un sueño, un duermevela inducido por el agotamiento de la jornada que le hacía ver lo soñado como real. Para asegurarse, fue al escritorio. Allí estaba la criatura, con las demás, escribiendo.

Fue a acostarse. Sabía que cuando terminaran, se irían. Unos volverían con regularidad. Otros de cuando en cuando. Algunos no volverían.

Cuando se levantó, fue al escritorio: a ver si quedaba algún rezagado, si le habían dejado alguna nota. Encontró en la mesa de aquella criatura que había formado parte de un sueño junto al fuego, un relato escrito y dedicado al hombre que guía escritores perdidos. Lo leyó. Era muy largo, pero desde el primer párrafo quedó prendido y no pudo sustraerse a la lectura hasta que lo terminó. Era bueno, el mejor relato que había leído jamás.

Deseó que regresara más veces, que escribiera relatos tan poderosos, hermosos y estremecedores como aquel. Con aquel arte llegaría muy lejos. Guardó el cuento como un tesoro y cuando iba a salir, giró para contemplar aquella mesa donde se había escrito una obra perfecta, genial.

Entonces lo vio: un montón de cenizas blancas en el suelo, al otro lado de la mesa. Fue a examinar aquel extraño montón de polvo. Al inclinarse descubrió un medallón en forma de pluma sobre él. El color huyó de su rostro y supo que, por primera vez en su vida, iba a desmayarse.



Mientras Carmen Quirós se dedica a describirnos al hombre que guiaba escritores perdidos, nosotros les presentamos a una escritora perdida que habita la "vetusta clariniana" , ciudad de Oviedo, en Asturias, España. Sabemos que su línea de escritura preferida es el relato fantástico, pero siempre ha escrito novela, que en el relato corto incursionó a partir de su ingreso a Annlea (Aunque nadie nos lea), una sorprendente cantera que ya seguiremos depredando. Mientras alistamos un texto mucho más extenso de Carmen, entretengan el paladar con esta pieza rara y delicada.


Axxón 151 - Junio de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Realismo Conjetural: España: Español).

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