AMBROTOS

Yoss

Cuba

Para Elena, mi chachonauta intergaláctica inmortal


Anochece. El mar rojizo e infinito rompe con terco empeño contra la costa anular del atolón volcánico, pero los surtidores de espuma brillan blancos a las últimas luces del crepúsculo.

—Cuidado con esa almeja espinosa, Ambrotos —regaña el hombre a la criatura, gritando para hacerse oír por encima del fragor de las olas—. La última que te tragaste te tuvo un mes a dieta blanda.

La criatura responde cambiando el color de su epidermis de rojo a anaranjado sin dejar de avanzar parsimoniosamente por la playa basáltica, evitando las rocas mayores mientras devora las algas arrastradas por la corriente. No tiene más miembros que seis pares de tentáculos sensoriales y alimenticios que brotan de su cabeza, lo único que la diferencia de su cola. Como una gran babosa sin concha, al arrastrarse sobre su pie musculoso va dejando un rastro de mucus transparente. Solo que el rastro mide casi tres metros de ancho. La criatura, con diez metros de largo por dos de alto, pesa varias toneladas.

El hombre es alto y de ojos azules. Lleva un mínimo taparrabos de algas trenzadas de cuyo cinturón cuelgan una bolsa del mismo material y un gran cuchillo en cuya gastada vaina aún se distingue la palabra NASA. Se apoya en un tubo metálico de casi dos metros de largo al que el tiempo ha robado casi todo el brillo. Los músculos magros pero potentes, sin apenas grasa que los enmascare, resaltan bajo su piel tostada como en la ilustración de un tratado de anatomía. Lleva el cabello y la barba larguísimos y recogidos en una gruesa coleta sobre la nuca. El sol y el salitre se los han decolorado hasta el blanco, pero conserva todos sus dientes y no hay arrugas en su rostro atezado. Nadie le supondría más de cincuenta años.

Cuando el par de tentáculos más largo de Ambrotos hurga en uno de los rojizos montones de algas, varios seres del mismo color y casi medio metro de diámetro lo abandonan corriendo sobre la arena a todo lo que les dan sus patas. Parecen una mezcla de cangrejo y telescopio. Tienen muchas extremidades articuladas y dispuestas de modo equidistante por todo el perímetro de su cuerpo, un disco de cuyo centro se alza un "cuello" tubular y articulado que remata en una boca rodeada de ojos.

—¡Bonus, Ambrotos! —se alegra el hombre—. Es hora de tu complemento dietético.

Y se lanza tras los cangrejos telescopio fugitivos, usando el tubo para voltearlos panza arriba y luego golpearlos en el centro del disco sin ser mordido por sus ávidas bocas tubulares. La mayoría logran darse vuelta nuevamente y escapar, pero tres quedan tendidos sobre la arena, moviendo agónicamente sus patas hasta que el largo cuchillo los remata.

—No serán todos los que estaban, pero te aseguro que todos los que están son —comenta el hombre extrayendo con su arma la carne de los caparazones córneos y echándola sobre las algas, donde los tentáculos de Ambrotos la devoran, siempre sin prisa. —Se ven apetitosos hasta crudos... lástima que yo no pueda comerlos. Me gustaría tener tu estómago. ¿A que te encantaría que viniera otro adulto, como aquella noche, eh? Sé que no te gusta matar, pero por lo menos tendrías carne para rato y a lo mejor hasta podrías curarte...

La piel anaranjada de Ambrotos se vuelve azul claro. El hombre alza la vista hacia las estrellas que ya se hacen visibles, dispuestas en constelaciones desconocidas en la Tierra, y al fin dice, aunque no suene muy convencido:

—Bueno, si quieres cambiar de tema está bien. Pero no hace tanto que almorcé... gracias por la invitación, es sólo que todavía no tengo hambre. Quizás mañana, como desayuno...

Una zona de unos veinte centímetros de diámetro y cercana a la cola de Ambrotos se vuelve azul oscuro.

El hombre se encoge de hombros y suspira:

—Si tanto insistes... pero que conste que es sólo porque no te gusta comer solo.

De la bolsa en su cintura saca un viejo y abollado jarro metálico y se aproxima a Ambrotos. Con la naturalidad de la larga práctica hunde la punta del cuchillo en la zona azul oscuro cerca de su cola. La criatura, tranquila, se deja hacer sin ninguna reacción visible.

Relamiéndose, el hombre recoge casi cada gota del líquido azulado que brota de la herida en el jarro y lo coloca con cuidado sobre la arena. Luego, con el mismo cuchillo corta un trozo de la compacta carne procurando no tocar el azul más claro.

—Listo —anuncia, ensartando el gran filete así obtenido en un extremo de la vara—. Voy a asarlo... sé que nutricionalmente es igual, pero un hábito es un hábito. Disculpa si no te brindo... y si uso tu propia comida como combustible

Mitad con el otro extremo de la vara y mitad con los pies, en menos de un minuto reúne un buen montón de algas rojizas, elegidas de entre las más secas. Luego saca una linterna láser del bolso de su cintura y enciende una pequeña hoguera sobre la que extiende la carne para que se cocine. Al fin bebe con fruición del contenido del jarro.

—No hay nada como beber cuando se tiene sed, ¿eh, Ambrotos? —Los bordes del tajo cerca de la cola de la criatura ya se están juntando, pero la herida aún sangra lentamente. Bajo su barba blanquecina, la boca del hombre se tuerce en una mueca de preocupación al advertirlo. Pero no dice nada.

—Mañana harán cuatrocientos doce —comenta cuando ya la carne comienza a oler apetitosamente—. Y más o menos seiscientos para ti, claro. Ojalá viniera alguien. De los míos, de los tuyos, de cualquier otra especie. Con tal de que su medicina pueda curarte... —Soplando para no quemarse, el hombre hinca los dientes en el filete—. Hum ¿te digo una cosa? Cada vez sabes mejor.

Por unos minutos come y bebe sin decir palabra. Cuando termina, se deja caer de espaldas sobre la arena negruzca, cruza los brazos tras la nuca y se queda mirando las estrellas.

—Sí, ya sé que de noche lo más prudente es alejarse del mar y que tienes ganas de que te siga leyendo Ana Karenina —palmea su bolso—. Pero a veces, retrasar el placer luego lo duplica. En fin, déjame estar aquí un rato, ¿quieres? Son hermosas las estrellas ¿eh? En mi casa, en Nevada, me gustaba acostarme sobre la hierba del jardín a mirarlas, aprenderme sus nombres. Aquí también... aunque no sepa ni cuál es mi propio Sol, he bautizado a algunas constelaciones. —Suspira y alza la vara metálica apuntando hacia una de las más brillantes—. Allí está El Cohete, once estrellas. Y esas otras seis son El Ornitorrinco. Y esas siete que parecen una hoz...

Se pone en pie de un salto, entrecerrando los ojos para ver mejor.

En la medialuna ahora no hay siete, sino ocho estrellas. Y una se mueve lentamente.

—Gracias, Dios mío —susurra el hombre—. Esta vez es verdad. Vienen —añade, y cae de rodillas, con lágrimas en los ojos—. Vienen, Ambrotos, vienen.


Como un pez de plata iluminado por sus propios proyectores, la lanzadera desciende flotando sobre el atolón con la soltura de la antigravedad, hasta posarse sobre sus zancos hidráulicos en la única playa de la diminuta isla en forma de herradura lo bastante grande como para acogerla.

Pero ninguna escotilla se abre en su costado. En cambio, las potentes lámparas enfocan todas la solitaria silueta del hombre de pie sobre la arena, en una rígida postura militar que su cuasi desnudez vuelve incoherente. Y una voz tensa pero amable dice a través de un altavoz invisible:

—Este es el enlace orbital Iliá Varshavsky, de la nave de exploración interestelar Constance Duvalier, matrícula 23456HJG25 de Vergel. Disponemos de armas ofensivas y defensivas de gran potencia y estamos autorizados a usarlas. Por favor, identifíquese o será considerado un elemento hostil.

Es la misma lengua del hombre, aunque con un acento notablemente diferente; apenas si logra entender la mitad de las palabras. Pero bastan para captar el sentido general, así que responde lo más despacio, alto y claro que puede:

—Capitán Thomas Rasmusen de la NASA, jefe piloto de la crionave Santa Ana... único sobreviviente de su naufragio y también único habitante humano del planeta Tetis. Para los amigos, Tom. Tripulación, sean bienvenidos. Pueden salir sin miedo. Por si no le han echado una ojeada a sus instrumentos, gracias a las algas de este mar la atmósfera es respirable y no hay radiaciones ni microorganismos peligrosos. Aunque la comida local no sea muy buena que digamos...

Nadie sale, ni responden. Tal vez les cueste tanto comprender el acento del capitán Rasmusen como el de ellos a él.

Hasta que la misma voz, pero aún más tensa, dice lentamente, como para evitar cualquier malentendido: —Gracias por la bienvenida, pero creemos que usted está mintiendo. Efectivamente, figura en nuestros registros un capitán Thomas Rasmusen, como jefe piloto de una crionave llamada Santa Ana. Pero no puede ser usted. Esa nave fue dada por perdida en el...

—...Dos mil noventa y ocho —interrumpe Thomas Rasmusen—. Mañana harán cuatrocientos doce años.

Una risa escéptica se escucha por el altavoz: —Vamos, Tom... si es que te llamas realmente así. Debes ser un prospector minero independiente o algo así. ¿Da muchas ganas de bromear el pescado local? ¿Dónde está tu nave? ¿No pensarás que vamos a creer que has sobrevivido durante más de cuatro siglos aquí y solo?

Tom sonríe y se encoge de hombros. Ya se las arregla mejor con el acento de los recién llegados. No es tan distinto del suyo; apenas un poco más gutural, y como abreviado. —Solo no, claro. Habría muerto de hambre al primer mes. Y en cuanto al pescado local... ya les decía que la comida aquí no era demasiado buena. Ambrotos dice que es culpa del exceso de cadmio en el agua, los tejidos de los seres vivos lo concentran. Y los metales pesados son veneno para los humanos. Si no fuera por él, yo...

—¿Quién es ese Ambrotos? —Hay un tono triunfal en la voz que brota del altoparlante de la Iliá Varshavsky, como si al fin hubiesen desenmascarado a su interlocutor—. Dijiste que eras el único humano en el planeta...

Thomas Rasmusen vuelve a sonreír: —Y lo soy. Ambrotos no es un ser humano. Su especie lo desterró a Tetis mucho antes que llegara yo. Vagó por el fondo del mar hasta que descubrió esta isla. Llevaba aquí más de siglo y medio cuando yo aparecí, me salvó de ahogarme y nos hicimos amigos. Y luego volvió a salvarme de morir de hambre, y pagué parcialmente mi deuda impidiendo que reventara de aburrimiento. —Acaricia suavemente el bolso de algas tejidas—. Rescaté pocas cosas de mi naufragio, pero por suerte entre ellas estaba un palmtop cultural con sesenta terabites de memoria. He visto todos los filmes y documentales, pero todavía nos quedan algunos libros... también se los leo a Ambrotos, sus ojos no son buenos para ver la holopantalla. Y conversamos. Conversamos mucho. Para eso son los amigos ¿no?

—Por favor, Thomas Rasmusen o como te llames, aparta la mano de ese bolso. —La voz suena imperativa—. Nuestro escáner ha localizado en su interior un equipo electrónico de factura primitiva y propósito desconocido... —Hay un instante de silencio y acto seguido otra voz menos marcial y más nerviosa aún inquiere—: Este... ¿Tom, no?... en el radar tenemos lecturas cercanas de un ser vivo de gran tamaño que se acerca lentamente. ¿Pudiera ser ese Ambrotos del que hablaste antes?

El capitán Thomas Rasmusen mira por encima del hombro, contrariado. —¡Le dije que no se acercara hasta que yo no hubiera terminado de hablar con ustedes...! Por favor ¡no disparen! —Y de un salto se zambulle en la oscuridad

Los potentes proyectores de la Iliá Varshavsky giran siguiéndolo... hasta que lo descubren abrazado a la mole de Ambrotos, cuya epidermis es ahora intensamente verde.

—Mierda —se escucha indistintamente por el altavoz—. ¿Qué coño es eso?

—Es como una babosa gigante —especula la segunda voz, también asombrada—. Pero definitivamente no es un woad. Ninguno resistiría tener otro ser vivo tan cerca sin tratar de devorarlo... ni aunque fuera su propio títere.

—¡Pueden salir! ¡Ambrotos es inofensivo! —grita Thomas Rasmusen, agitando en alto su vara metálica.

—¿Qué crees? —susurra en el altoparlante la segunda voz...

La primera no responde, pero diez segundos después en la inmaculada piel de plata del enlace orbital aparece un abultamiento que crece y crece hasta que se desprende del resto del vehículo. Es una figura plateada con los contornos de un ser humano muy delgado, de altísima estatura y cuyos brazos sostienen un complicado artefacto que sólo puede ser un arma.

—Yo soy Victor Anaganda. —El gigante de plata es el dueño de la segunda voz—. Teniente-planetólogo de la Constance Duvalier. Tom, ¿te molestaría si conversamos un rato?


—...al principio no le encontraba ningún sabor, pero luego fue mejorando, se adaptó a mí o simplemente me acostumbré. Lo mismo con la sangre... el agua de este mar es salada, claro, y en cuanto a la lluvia, lo mismo, demasiado cadmio y no tengo equipo para filtrarla. Les aseguro que es una dieta sana, aunque algo monótona. Y así es como he sobrevivido hasta ahora —concluye orondo Tom, acariciando el alto flanco de Ambrotos, que yace inmóvil mascando algas a prudente distancia del fuego.

—Absurdo —gruñe el alférez-piloto Sandrajit Kostilkov. Ha plegado la máscara de su escafandra-armadura tensoactiva, y sus facciones, mezcla de rasgos dravídicos y eslavos, parecen las de un ídolo primigenio a la luz de la hoguera—. Oye, ¿te crees que porque nuestra lanzadera lleva el nombre de un escritor de ciencia ficción ruso del siglo XX nos vamos a tragar esa historia? —Mira por encima del hombro, hacia la oscuridad, pero sin dejar ni un segundo de tener cubiertos a Tom y a Ambrotos con su arma, similar a la del teniente pero aún más aparatosa—. ¡cuatrocientos doce años solo en una isla con una babosa inmortal... comiéndote su carne y bebiéndote su sangre! ¡Puaf y más puaf! —escupe con teatral exageración—. Mira, Thomas Rasmusen o quienquiera que seas: ¿Dónde están las holocámaras y el resto del equipo de producción de la holoserie, eh? Diles que salgan... y también al que está controlando a distancia ese robot al que llamas Ambrotos, no hemos venido tan lejos para perder tiempo con bromas estúpidas.

—Es la verdad —murmura Tom—. Pero no te preocupes, entiendo que te cueste trabajo creerlo. Yo también he pensado a veces si no lo estaría soñando todo.

El teniente-planetólogo Victor Anaganda no dice nada. Solo mira alternativamente al fuego y a la extraña pareja que forman Thomas Rasmusen y Ambrotos. Al fin solicita con suave amabilidad:

—Anda, Tom, cuéntanoslo todo el principio. Pero sin tantos términos técnicos ni cifras ¿eh? No sé a Sandrajit, pero con la poca astrogación que conozco a mí me pareció que sabías lo que decías cuando hablabas de velocidad de entrada y ventana angular de penetración...

—Cualquier títere woad podría saber lo mismo. Ya veremos si es o no piloto —rezonga Sandrajit Kostilkov—. Lo que está claro es que no tenemos todo el tiempo del mundo para oír cuentos, así que acaba de repetir tu leyenda... digo, tu historia.

—De acuerdo —los ojos de Tom chispean traviesos—. Nací en Tuskeela, un pueblecito del sur de Nevada, en el 2062...

—Qué gracioso —gruñe de nuevo el piloto de la Iliá Varshavsky—. ¿Y por qué no empiezas mejor cuando tu abuela y tu abuelo se conocieron en el Viejo Oeste? Cuenta desde el accidente. Ya comprobamos con nuestros registros que los datos que diste sobre tu servicio en la USAF y tu entrenamiento en la NASA coinciden con los del verdadero Thomas Rasmusen. Pero eso no prueba nada, así que cuidado, porque al más mínimo error los pulverizo a ti y a tu mascota con mi multirifle —y palmea amenazador su voluminosa arma.

—El Santa Ana fue la primera nave colonizadora enviada por la NASA fuera del Sistema Solar —recomienza pacientemente Tom—. Éramos cuatro tripulantes: Annieska Kosciusko, Kiro Mukagami, mi Catherine y yo. Ingeniera, astrogador, médica y piloto-capitán, dos parejas seleccionadas entre miles de aspirantes no sólo tomando en cuenta la competencia profesional, sino también la afabilidad, tolerancia, compatibilidad psicológica, y porque en una emergencia cada uno podía tomar el lugar de cualquiera de los otros con la ayuda del ordenador central de la nave. En el compartimiento de carga llevábamos cinco mil personas en nichos de criosueño y todos los materiales necesarios para sacar adelante una colonia en el tercer planeta de Próxima del Centauro. El viaje debía durar seis años. Nunca llegamos. Cuando apenas si estábamos saliendo de la nube de Oort del Sistema Solar y el reactor Bussard aún no funcionaba a toda su potencia, los instrumentos de abordo detectaron fuertes anomalías magnéticas y gravitacionales... y luego enloquecieron. Era como un vórtice que nos atraía con fuerza creciente, y aunque traté de evadirme con los chorros de posición, al final nos atrapó, todos los equipos electrónicos empezaron a fallar, todo vibraba, giraba y se tambaleaba... nos succionó y aparecimos aquí. Pienso que era un túnel dimensional o si te gusta más, un agujero de gusano...

—Tú cuenta —lo corta Sandrajit, aún hostil— que para pensar estamos nosotros.

—Pues —continúa Tom, después de respirar profundamente— salimos de ese lo-que-fuera a una velocidad tremenda... vivos y enteros, pero con el reactor Bussard inoperante y los sistemas de mantenimiento vital en crisis. El radar funcionaba sólo a intervalos, y en uno de ellos localicé a Tetis. Tuve mucha suerte: es el único planeta que gira alrededor del sol Aquiles... y tampoco es demasiado grande. Rezando para que su atmósfera tuviera oxígeno libre, jugué con los reactores de posición hasta lograr que la Santa Ana describiera una hipérbola alrededor del primario y así reduje un poco la velocidad. Pero pasamos tan cerca que si hubiera habido una erupción la fotosfera nos hubiera freído. Igual íbamos a ingresar en la atmósfera demasiado rápido. Nuestra crionave se ensambló en el espacio y no estaba diseñada para reentradas planetarias, así que no teníamos aerodinámica... ni tampoco tiempo para usar las lanzaderas de las bodegas. Me zambullí en el aire este mundo, le di las gracias a los dioses en los que no creo cuando el espectrógrafo informó que tenía un veintidós por ciento de oxígeno, perdí la mitad del revestimiento del casco pero reduje aún más la velocidad, volví a salir... y a la tercera inmersión ya seguí bajando y rezando para que la estructura aguantara.

—Todo un señor piloto —ironiza Kostilkov—. Mira, colega... la probabilidad de que una nave con las características de tu Santa Ana resista una reentrada así sin hacerse pedazos y más aún bajo control manual es prácticamente cero. ¿Lo sabías?

—Prácticamente. Pero no literalmente —precisa Tom. Sus ojos azules brillan al resplandor de las llamas mientras sigue recordando:— El caso es que lo logramos... salimos de la capa de nubes al rojo vivo, pero todavía con el casco o lo que quedaba de él en una sola pieza. Sólo para encontrarnos con otra sorpresa. —Abre los brazos y suspira—. Bueno, ustedes lo habrán visto mejor que yo desde la órbita. No sé si este atolón en forma de herradura es la única masa de tierra emergida de todo el planeta, pero no debe haber muchas más ni muy grandes. Todo el resto es una sopa de algas y bichos voraces que no parecen tener la más mínima intención de colonizar la tierra seca en los próximos cien millones de años.

—Disculpa Tom, pero ¿durante un descenso planetario, para una nave sin aerodinámica atmosférica, no es preferible acuatizar que posarse en tierra? —duda Victor Anaganda.

—Correcto. —Ahora es Kostilkov y no Tom el que le responde a su compañero—. Pero preferiblemente cerca de una masa de tierra que los sobrevivientes puedan alcanzar a nado. En el agua, un casco dañado por la fricción se hunde rápido. Muy rápido...

—Eso fue exactamente lo que pasó —asiente con modestia el capitán Thomas, siempre mirando al fuego—. En menos de tres minutos el Santa Ana se fue al fondo. No alcanzamos ni a sacar las lanzaderas. El arnés de contención de Kiro Mukagami se rompió cuando chocamos contra el océano... murió instantáneamente con el cuello roto. Su esposa Annieska se quedó a su lado, llorando histérica mientras el agua subía y subía. Catherine y yo logramos encontrar una balsa, la cargamos con todo lo que nos pareció útil y salimos a escape con el tiempo justo para evitar la succión de quince mil toneladas de nave criogénica que se hundía con cinco mil dos víctimas en las entrañas.

—Mierda —dice sinceramente Sandrajit Kostilkov, y por primera vez se permite el contacto físico con Tom. Su mano, que enfundada en el traje tensoactivo parece de cromo líquido, roza el hombro del ex piloto de la NASA—. ¿Y qué pasó con tu esposa?

Tom se pone de pie, se aleja del fuego y luego gira sobre sus talones. Las llamas iluminan extrañamente su semblante. —Este es un mundo de mierda, Sandrajit. A veces pienso que en vez de Tetis debería haberlo bautizado Infierno Marino. Hay pocos bichos que salgan del agua, pero desde la playa Ambrotos y yo hemos visto asomar de entre las olas aletas dorsales de más de veinte metros de alto. Nada raro; también en la Tierra los animales más grandes viven o han vivido en el mar. ¿Pero te imaginas el tamaño del monstruo que nada debajo? —Es una pregunta retórica, así que continúa sin esperar respuesta—. No sé si lo atrajo el ruido del motor o si simplemente se lanzan contra todo lo que flota o se mueve. El primer ataque de abajo a arriba nos lanzó a varios metros por encima del agua. Yo tuve suerte... caí más lejos, y solo. Catherine se enredó en los cordajes. Quizás como la balsa era más grande, al supertiburón le pareció un bocado más apetitoso. La boca que emergió tenía medio kilómetro de ancho. Más que morderla, la chupó. —Vuelve a sentarse—. Y luego... No creo en Dios... pero tal vez ese día Dios sí creyó en mí. No sé cuántas horas nadé, ni por qué suerte increíble di con esta isla antes de que me devoraran mil veces. Pero sí recuerdo, cuando llegué, medio inconsciente, que algo tiraba de mí para alejarme de la línea de las rompientes. Al despertar vi lo que era y grité. Así fue como conocí a Ambrotos.

Ambos tripulantes de la Iliá Varshavsky permanecen callados hasta que Victor Anaganda rompe el silencio, pensativo:

—Tom... es una buena historia. Podría hasta ser real. Y tu dolor al contarla también parece auténtico. Pero no te molestarás si incluso así no te creemos ¿verdad?

—¿Molestarme? —Tom ríe brevemente y acaricia el flanco de Ambrotos—. Sé que suena increíble. Si otro me la contara, yo tampoco la creería.

Sandrajit se pone de pie, brusco. Pero ya su arma no apunta a Thomas Rasmusen cuando dice:

—Mira, Tom, la diplomacia no es mi fuerte, así que hablaré claro. Pareces más humano que ningún títere de woads que nos hayamos encontrado jamás... Y créeme que me he cruzado con unos cuantos. Pero las reglas son las reglas... hay una guerra allá afuera, ahora mismo ¿entiendes? Nosotros contra esa sucia raza de telépatas esclavistas, y más de una vez nos han engañado con sus imitaciones humanas y otros trucos. No podemos correr riesgos. Y por auténtica que parezca tu historia... por favor, ¡cuatrocientos doce años! Es muy difícil de creer ¿sabes? —Alza el arma casi con renuencia—. Así que ahora Victor te tomará una muestra de ADN, la analizaremos en el laboratorio de la lanzadera y cotejaremos sus parámetros con los que aparecen en los registros, y si todo concuerda, mañana subirás a la órbita con nosotros y en menos de tres días estarás de vuelta en la Tierra. Pero, por si acaso, esta noche no te acerques a más de diez metros de nosotros. Dejaré instaladas las alarmas de perímetro... y el sistema de fuego automático conectado. Sería una pena esperar tanto tiempo a ser rescatado para morir a manos de tus salvadores. Y eso es todo. ¿Te parece bien?

El expiloto-capitán de la NASA sonríe, siempre acariciando el flanco de Ambrotos, que no ha dejado de comer ni un segundo. —Supongo que no tengo opción —dice al fin—; si me niego me dispararían ahora mismo ¿verdad? —Sin mirarlo, casi con vergüenza, los dos hombres asienten de modo casi imperceptible.

Tom se adelanta, ofreciendo el musculoso brazo. —Entonces, adelante. —Victor hace ademán de acercársele, cubierto por el arma de Sandrajit, cuando el único sobreviviente del Santa Ana retrocede un paso—. Pero con una condición... antes de que nos vayamos de aquí, tienen que ayudarme a matar a Ambrotos. Es la única manera de evitar que siga sufriendo.


—Todo concuerda.

—¡Concuerda una mierda! cuatrocientos doce años. No puede ser. Tienes que haber cometido un error de procedimiento, se te contaminó la muestra, qué sé yo. ¿Tú viste esos dientes, esos músculos? Ese tipo tendrá como máximo medio siglo de edad.

—Yo tampoco me lo creo, Sandri... pero el ADN no miente. Y repetí el análisis tres veces. Es Thomas Rasmusen... y al mismo tiempo no lo es. Algo... no diré todavía que la carne y la sangre de Ambrotos, pero algo ha modificado sus genes evitando que se disparen los relojes de deterioro biológico. Sus células son eternas, sus neuronas dañadas pueden reponerse, sus órganos perdidos regenerarse. Es inmortal... o por lo menos tremendamente longevo.

—Y yo soy un woad bueno.

—También están los restos de la nave. Tú mismo los localizaste hace un rato con el minisatélite que dejamos en órbita.

—Muy convenientes, esos restos. Tanto que parecen una falsa prueba sembrada. Toneladas de chatarra en el fondo de un océano de quince kilómetros de profundidad, deformadas por la presión, la corrosión y el tiempo hasta ser casi irreconocibles. ¿Trajiste el batiscafo plegable, por casualidad? Porque si lo dejaste no tenemos nada que pueda llegar hasta allá abajo a echar una miradita detenida.

—Esa chatarra está relativamente cerca de la isla, y la dirección de la corriente coincide.

—Relativamente cerca, cómo no. Más de cincuenta kilómetros. Habría tenido que nadar por casi doce horas.

—El ser humano es capaz de esfuerzos físicos increíbles en condiciones extremas. Se conocen varios casos...

—Victor ¿y entonces qué? ¿Tenemos que creérselo todo? ¿Que lleva aquí cuatrocientos doce años burlando la muerte gracias a la carne y la sangre de esa babosa alienígena? ¿Y además conversando con ella sin enloquecer? Yo soy ateo, lo sabes, pero todo eso me suena demasiado a comunión cristiana: quien crea en mí no morirá, yo soy la resurrección y la vida y todo eso. Aunque me niego a aceptar a un dios en versión babosa extraterrestre... por muy telépata y dispensador de la inmortalidad que sea.

—A lo mejor Cristo también tenía un Ambrotos...

—Mira, que no está el horno para pastelitos ni el momento para teología barata. Y no te vayas por la tangente. Piensa bien, Victor ¿y si es verdad? ¿Qué le vamos a decir al Mando? ¿Que encontramos el secreto de la inmortalidad en este planeta olvidado... y que no podemos utilizarlo porque le hicimos una promesa a un náufrago que dice tener cuatro siglos de edad y puede estar loco como una cabra?

—Tom no está loco en lo absoluto, ya quisiera verte a ti después de cuatro siglos en esa isla de mier... Un momento; te conozco, Sandrajit Kostilkov. ¿En qué estás pensando?

—En que hay que llevarse a esa babosa viva a la Tierra, sea como sea. Piensa en lo que significaría, Victor: condecoraciones, ascensos, riqueza, fama... Declaramos mentalmente insano a ese Rasmusen y luego...

—¿Luego qué? Tom dice que a medida que la enfermedad con la que la raza de Ambrotos lo castigó ha ido avanzando, el efecto bioestático de sus células sobre cualquier organismo ajeno cada vez funciona menos. Según él, esos pocos años que parece haber envejecido fueron todos durante el último medio siglo.

—Bueno, pues entonces, y siempre suponiendo que sea verdad lo que dice, tacha inmortalidad y pon longevidad extrema. Es casi lo mismo, para el caso. ¿No te gustaría poder vivir... pongamos trescientos años? Además ¿quién quita que en los hospitales y laboratorios de la Tierra no puedan curar al maldito bicho? Nuestra medicina ha avanzado mucho después del retroceso de las Guerras Anticiencia. Tenemos que intentarlo, por lo menos.

—No sé... sería traicionarlo, jugarle sucio, como quitarle un hueso a un perro o un juguete a un niño. Ese maldito bicho, como tú lo llamas, ha sido el único amigo de ese hombre por más tiempo que el que llevamos usando el motor Hawkings. ¿Tú has tenido alguna vez una relación tan larga?

—No estamos hablando de mí, Victor. Pero razona: ¿pedirnos ayuda para matar al ser gracias al cual ha sobrevivido todo este tiempo? No tiene ninguna lógica. Es la prueba de que Rasmusen está loco, y las promesas hechas a los locos no comprometen.

—Si Ambrotos está tan enfermo como él dice y no puede morir, entonces sí sería lógico. Eutanasia.

—Por cierto, ya que hablamos de eso: ¿Cómo piensas matar a un ser inmortal? Si Rasmusen realmente ha regenerado miembros y órganos perdidos, la babosa debe ser peor.

—Con una termonuclear de plasma tamaño medio. Volatilizaría hasta su última molécula, no quedaría nada que regenerar.

—Mierda, sí, eso podría funcionar, pero... ¿y cargarte de paso media biosfera con la onda expansiva y la radiactividad?

—Se recuperará. Y si no lo hace y desaparecen tiburones gigantes y cangrejos telescopio ¿a quién le importaría? Nadie volverá jamás a este planeta, Sandri. Está demasiado lejos de todo, y sin tierras emergidas, su valor militar es nulo.

—No tanto; gracias a esas algas rojas en el mar tiene bastante oxígeno, y hay otros cuatro islotes...

—En la Vía Láctea los mundos con oxígeno se encuentran a paletadas. Y vaya islotes... ninguno tiene más de una hectárea. Además, tú que viste el levantamiento geológico del satélite, sabes que no son sino las cumbres de sendos volcanes sumergidos, y que como este mundo no está tectónicamente muerto, además de ser pocos, como mismo emergieron cualquier día pueden volver a hundirse en las aguas. Con razón la vida local no se ha molestado en ocuparlos.

—De acuerdo, este mundo es una mierda, ningún humano querrá visitarlo nunca y hasta podríamos justificar como un acto de patriotismo el llenarlo de radiactividad para inutilizarlo como posible base para los woads, que también respiran oxígeno... pero yo lo pensaría dos veces antes de regar material genético de ese Ambrotos por todo un planeta. Si alguna célula sobrevive a la explosión y cae al agua, a lo mejor dentro de un par de decenas de años podrían haber millones de hijas suyas arrastrándose por el fondo de ese océano.... Eh, espera. Diablo astuto ¿tu plan es que volvamos entonces a ver si alguna de ellas superó la enfermedad con la que castigaron a su progenitor?

—No, Sandri. Además, si lo que Tom dice es cierto, y ya vimos que todo lo que nos ha contado hasta ahora lo es, la raza de su inmortal amigo babosa está tan adelantada en medicina con respecto a la nuestra que no podemos ni imaginarlo. No sé cuál sería el crimen de Ambrotos, pero debió ser grave. Una eternidad de vida y dolor sin posibilidades de reproducirse no es un castigo leve. Así que tampoco debe ser revocable por mutación espontánea o trucos así... suponiendo que algo quedara después de una termonuclear de plasma.

—Eso es lo que Ambrotos le contó a Tom. No quiere decir que sea verdad. Me cuesta trabajo tragarme eso de un ser vivo siendo teledeportado a este mundo así no más, sin nave ni motor Hawkings.

—Hace cuatrocientos años años, cuando Thomas Rasmusen pilotaba la Santa Ana, tampoco se conocían los agujeros de gusano ni el motor Hawkings...

—Y si me repites otra vez lo que dijo ese Clarke, que una tecnología lo suficientemente avanzada no se distingue de la magia, te escupo un ojo. De acuerdo, Ambrotos se portó mal, lo castigaron con esa... llamémosle mutilación incurable, lo enviaron de una patada a este culo del universo ¡y llegamos nosotros, y en agradecimiento a que ha prolongado durante cuatro siglos la vida de un estúpido pero afortunado capitán de la NASA, lo matamos! ¿Te parece justo? Rasmusen está loco, pero nosotros podríamos tener un mínimo de gratitud, en nombre de la humanidad.

—¿Tú hablando de gratitud, y en nombre de la humanidad? ¿No te rindes nunca, eh? Además, no es a ti ni a mí a quien tiene que parecernos justo, Sandri, sino a Ambrotos. O en todo caso a Tom, que lo conoce como nadie. Y si los dos creen que es el mejor camino, por algo será.

—Ah, ese loco de Rasmusen... ¿de veras crees que esa babosa se comunica con él? Hasta ahora nunca la he oído diciendo nada.

—Tom dice que prefiere no usar su telepatía, porque cada vez que lo hizo le causó un dolor de cabeza que duró semanas...

—Muy conveniente. Muy indemostrable. Como el chiste del tipo al que le vendieron un búho en vez de un loro: no hablaba, pero ¡prestaba una atención...!

—¿Estás dispuesto a enfrentar semanas de migraña por una simple demostración?

—¿Y qué si así fuera, Victor? Es mi cabeza.

—Y si oyeras la voz de Ambrotos en tu mente ¿te convencerías de que todo lo que dice Tom es real?

—¿Sinceramente? No...

—Lo sospechaba.

—Entonces...

—Entonces, ya que se trata de una cuestión de fe, la convertiremos en una cuestión de autoridad. Alférez Sandrajit Kostilkov ¡firmes!

—Victor, no jodas...

—Alférez ¿esto es una insubordinación? La caja negra de la nave está registrando...

—Mierda y remierda. No me vas a intimidar. La borras cada vez que regresamos a la Constance...

—Pero sólo yo conozco la palabra clave para hacerlo. Por última vez: Alférez Sandrajit Kostilkov ¡firmes!

—...

—Eso está mejor. Escuche bien, alférez. En dos horas amanecerá y recogeremos al capitán Thomas Rasmusen. Quiero que instale un detonador radiocontrolado en una de las bombas termonucleares de plasma tamaño medio que llevamos abordo ¿comprendido?

—...

—Alférez Sandrajit Kostilkov ¿me ha comprendido o no?

—Comprendido, comprendido. Comprendido que no seremos inmortales porque eres un imbécil sentimental, y que para más INRI no puedo hacer nada por evitarlo, teniente Victor Anaganda. Pero igual te quiero, pedazo de estúpido.

—Tomaré eso como un sí. Y supongo que yo también te quiero un poquito, so rata, o ya hace años que nos habríamos matado uno al otro.


—... y después de superar el retroceso tecnológico que dejaron las Guerras Anticiencia... cuando acabábamos de descubrir el motor Hawkings, la antigravedad y el efecto tensoactivo... nos encontramos a los woads y su imperio de razas títeres telepáticamente controladas... y llevamos veinticuatro años luchando con ellos. —Casi sin aliento, el teniente-planetólogo Victor Anaganda concluye apresuradamente su breve resumen y al fin se rinde. Su fino mono de algodón azul está empapado en sudor—: Tom... por favor... ¿podrías ir más despacio? Hace calor aquí... y no tenemos ninguna prisa.

Thomas Rasmusen se detiene junto a lo que parecen trozos de una inmensa armadura medieval. Aunque tiene demasiados miembros para ser humana. —Este es el cangrejo telescopio adulto que mató Ambrotos... cuando yo ya llevaba unos ciento veinte años aquí. —Se vuelve hacia el otro hombre y confiesa de pronto:— Es raro. Tanto tiempo soñando con volver a la Tierra, y ahora casi me da pena dejar este islote, este mundo. cuatrocientos doce años... me lo repito muchas veces, pero no me parece que hayan sido tantos. He sido feliz aquí, Victor. Si por lo menos pudiera llevarme a Ambrotos...

El ruido de las botas del tercer hombre precede a su aparición. El alférez-piloto Sandrajit Kostilkov también suda jadea cuando los alcanza, aunque se ha enrollado en torno a la cintura la parte superior de su mono de algodón rojo dejando al aire su torso lampiño, cuasi esquelético y de piel lechosa:

—Mierda... qué asco de lugar, no sé cómo pudiste aguantar todo este tiempo con este sol infame. Esta isla parece la calva de mi abuelo, no hay ni una brizna de hierba, de veras que si no llega a ser por Ambrotos... —Descubre los restos de la inmensa armadura destrozada—. ¿Y esto? ¿Otra nave?

—Es un cangrejo telescopio adulto —le explica Victor con suficiencia—. Ambrotos lo mató una noche, hará unos trescientos años.


Ilustración: Valeria Uccelli

Sandrajit se acerca a investigar. Algunos de los trozos del exoesqueleto córneo tiene diez o más metros de largo. —¿Un adulto? —gruñe al fin, incrédulo—. Es grande. ¿Y dicen que Ambrotos lo mató? ¿Cómo... haciéndole cosquillas?

Tom se encoge de hombros: —En el mar de Tetis hay bichos realmente grandes. Los cangrejos telescopio que les enseñé corriendo por la playa y escondiéndose entre las algas crecen hasta convertirse en titanes como éste: por suerte parece que no les gusta mucho abandonar el agua... con ese tamaño debe serles duro caminar sin su sostén extra. En cualquier caso este salió una noche a investigar, nos encontró y quiso averiguar qué sabor teníamos. Pero Ambrotos le gritó telepáticamente y su sistema nervioso estalló —sonríe—. Se derrumbó como un castillo de naipes. Y por un mes completo tuve una migraña mucho peor que ésta que tengo ahora. Claro que no me quejo; no estaría vivo si no fuera por Ambrotos. —Y echa a andar hacia la cercana lanzadera, que parece una incongruente y aerodinámica gota de plata posada en la playa negruzca.

—Sí, claro —dice simplemente Sandrajit, aún impresionado por las dimensiones que debió tener en vida el cangrejo telescopio—. Y hablando del rey de Roma ¿dónde está esa maravilla de Ambrotos?

—Se fue —responde lacónico Victor, mirando cómo Tom se acerca a la lanzadera.

—¡Mierda! —estalla el piloto de la Iliá Varshavsky—. ¿Cómo que se fue? ¿A dónde?

—Se arrastró hasta la playa, entró en el agua y se deslizó hacia la profundidad por la ladera del volcán sumergido —explica Tom, frotándose las sienes sin mirar atrás—; el mismo camino que usó para llegar, sólo que al revés. Sandri, si quieres comprobarlo puedes seguir su rastro de mucus, pero no te aconsejo que te metas en el agua. Regresará en cuanto hayamos despegado. Es sólo que no quería inducirlos a incumplir su promesa.

—Tom, yo te juro que... —empieza a decir Sandrajit, pero Victor lo corta.

—No digas nada, Sandri. Tom me repitió casi palabra por palabra la discusión de la madrugada —ríe sin ganas el teniente-planetólogo—. Ambrotos se lo contó todo esta mañana... por eso tiene dolor de cabeza. Y después de ver lo que quedó de ese cangrejo telescopio tamaño familiar me alegro mucho de que al final optáramos por hacer lo correcto.

—Ambrotos y yo también nos alegramos —tercia Tom, ya junto a la espejeante superficie de la Iliá Varshavsky—. No le gusta matar... para un inmortal la vida es siempre preciosa, aunque sea ajena.

Ni Victor ni Sandrajit responden. Han entrado en el enlace orbital. Segundos después entre los dos, pasándolo a través del casco tensoactivo sin escotillas, sacan un cilindro pequeño pero tan pesado, que sudan y jadean como galeotes cuando lo depositan sobre la arena, donde se hunde varios centímetros.

—Aquí está lo que le prometí —dice el teniente-planetólogo—. Una carga termonuclear de plasma tamaño medio... pienso que debería bastar. La detonación se controla a distancia. Pero ¿cómo sabremos cuando activarla? ¿Y si su amigo no logra regresar a esta playa antes de que la Constance Duvalier abandone el sistema? Por lo que vimos no es precisamente muy rápido.

—Llegará —responde muy confiado Thomas Rasmusen. Echa una última mirada al mísero islote en el que tanto tiempo ha vivido, y murmura:— Una cruz estaría bien, o algo... pero tampoco tiene mucho sentido, la explosión la destruiría...

Luego suspira, se encoge de hombros diciendo: —Vamos. —Atraviesa la superficie tensoactiva con una larga zancada y entra en una nave humana por primera vez en cuatrocientos doce años.


—... y aunque los woads y sus títeres seudohumanos son todavía una plaga, no se vive tan mal en la Esfera humana —explica Victor, incansable—. Todavía no tenemos naves de campos ni teleportación... cierto que si no hubiera sido por el retroceso de las guerras Anticiencia, quién sabe, pero ahora al menos contamos con la tecnología tensoactiva que sirve para los cascos y las escafandras; con los generadores antigrav para los vuelos interplanetarios, y con el motor Hawkings para los interestelares. No se puede usar dentro de la esfera gravitacional de un sistema solar, pero permite atravesar la galaxia entera en un abrir y cerrar de ojos, es una maravilla; no más criosueño, pronto lo verás. No te diré que la Esfera Humana sea el paraíso, porque muchos dicen que el Mando es una dictadura militar... Y claro, todavía también hay ricos y pobres, pero nadie se muere de hambre si trabaja...

Con su largo y fornido cuerpo acurrucado lo mejor que puede en un rincón del pequeño vehículo de enlace orbital concebido para dos tripulantes, Tom escucha paciente la incontenible perorata del teniente-planetólogo. Su vista está clavada en una holopantalla en la que el infinito océano rojizo velado por grandes nubes que es Tetis se aleja más y más a cada segundo. Ya ni siquiera se distingue el pequeño islote en que pasara más de cuatro siglos.

—Victor —interviene de pronto Sandrajit, con tono irónico—; ¿por qué no te callas? ¿No te das cuenta de que a Tom le duele la cabeza... y que tiene muchas cosas en qué pensar?

—Exacto. Como por ejemplo, en cómo será su nueva vida de vuelta a la Tierra y la humanidad —replica un tanto molesto el teniente-planetólogo—. Alférez Kostilkov, creo que...

Y calla en mitad de frase.

Sencillamente, no se puede hablar mientras se escucha eso.

Y los tres lo escuchan. O lo sienten.

No son palabras, sino una especie de onda mental, un estremecimiento que reverbera en sus cerebros y en el que se mezclan la gratitud, el alivio y un cansancio gigantesco con unas desesperadas ansias de paz.

Y luego una esperanzada expectación que se mantiene resonando, como una nota grave del órgano hace vibrar toda la iglesia. Que espera.

Tom es el primero en hablar. Tembloroso, sólo dice: —Llegó. Es hora.

La voz del teniente-planetólogo Victor Anaganda también vacila cuando dice: —Bomba. Hiroshima —para añadir acto seguido—. Tom, tenías razón... qué dolor de cabeza.

—No es tan insoportable —porfía aún el escéptico Sandrajit.

Los tres miran a la holopantalla.

Y entonces, de golpe, sin transición, la nota mental se extingue como si nunca hubiera existido.

Por un larguísimo instante parece como si nada más fuera a ocurrir. Luego, el inconfundible hongo de la explosión termonuclear nace, crece y se eleva veloz y voraz casi hasta la estratosfera del planeta océano, hasta que su luminosidad es tan fuerte que la holopantalla se oscurece automáticamente para proteger la vista de sus usuarios.

Tom aprieta los labios. —Adiós, amigo —dice, y una lágrima solitaria resbala por cada una de sus curtidas mejillas en medio del espeso silencio...

—Ojalá de paso haya freído a unos cuantos supertiburones y cangrejos telescopios adultos de esos —gruñe Sandrajit, hurgando en el botiquín de abordo—. ¿Alguien más quiere aspirinas?

—¿Se... se ha ido? —Victor tarda casi un minuto en atreverse a preguntarlo. Y rechaza la aspirina que su compañero le ofrece.

—Se ha ido —confirma Thomas Rasmusen, que ni siquiera mira a Kostilkov—, se ha ido y ya no sufre más. —De repente, sonríe, sin mirar hacia ningún sitio en particular:— ¿Les digo algo? Nunca entendí por qué no quería contarme qué crimen le había costado el destierro de su gente. Aunque tampoco le gustaba hablar de cómo era vivir entre ellos.

—Supongo que le sería más fácil así —gruñe Sandrajit—. Mierda, ¿cuánto demorará esa pastilla en hacer efecto? Esto es una migraña con todas las de la ley. Y ya que hablamos de no entender ¿por qué coño le pusiste Ambrotos?

Victor empieza a reír, pero Tom lo mira reprobador y se calla.

—Nadie nace sabiendo. Yo también lo hubiera preguntado cuando llegué a Tetis. Por cierto, entonces no sabía quién era, ni tampoco Aquiles. A un capitán piloto de la NASA no se le exigen demasiados conocimientos de cultura clásica ¿eh, Sandri? —le guiña el ojo al alférez-piloto, que asiente, aunque algo mosqueado—; por suerte tuve cuatrocientos doce años para aprenderlo. Los dioses olímpicos bebían néctar y comían ambrosía. El alimento divino. Ambrotos, en griego clásico, quiere decir inmortal.


En Axxón 153 publicamos "Apolvenusina" de Yoss y dijimos que teníamos cuatro relatos esperando... Ahora publicamos "Ambrotos" y seguimos teniendo cuatro. Eso sólo se explica admitiendo que Yoss nos envía un relato por mes... Si no les alcanza con lo que acaban de leer, hay más Yoss a lo largo y a lo ancho de Axxón. "Destrúyenos porque nos amas" (94), "El tiempo de la fe" (97), "El arma" (106), "La performance de la muerte" (110), "Las chimeneas" (113), "Ese día" (128), "El primer viaje de la 'Argonauta'" (132), "Kaishaku" (142), "La cumbre de la respuesta" (150).


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia ficción: Cuba: Cubano).

            

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