BUMPER STICKER Y LA PRINCESA EMPLUMADA

Andrés Diplotti

Argentina

Trabajo solo. Ésa es mi primera y mi última condición. La segunda y penúltima es que soy libre de comer desnudo en la cabina de mando. Todas las demás circunstancias son negociables, pero éstas dos no. En especial la primera. Ya tuve demasiados problemas con antiguos socios y tripulantes como para ser flexible.

Pero no había caso, el fulano se negaba a escuchar razones. Aunque es cierto que no es a escuchar razones que uno llega a una bola de polvo como Famino.

—No pretendo otra cosa, capitán Sticker —insistía. Crespaba las plumas del cuello y limaba con su lengua áspera un grano de alpiste. Era alpiste de Transgenia, parecido a un glombro y casi del mismo tamaño, pero sin las mactilas—. Pero usted debe entender la importancia de este pasajero. Es forzoso contar con un cuerpo de seguridad.

—Usted y su pasajero misterioso me tienen harto —bufé y puse los pies sobre la mesa para que viera quién estaba al mando. El bioplástico podrido crujió y echó polvo—. ¿Va a decirme de una vez quién es?

—Lo lamento, capitán, pero la identidad del pasajero es un asunto de la mayor sensibilidad.

Tragué sin culpa una buena dosis de cerveza, pagada por el fulano, y quedé mirando distraído las puntas de mis botas. Cuero auténtico de mamarassi. Alguna vez ganaría suficiente para un par de cuero de imitación.

—No quiere decirme quién es el pasajero —recapitulé sin sacar los ojos de las botas—. No quiere decirme cuál es el destino. Pretende que acepte una tripulación que no conozco y que no obedecerá mis órdenes. ¿Quiere responderme una sola pregunta?

—Diga usted.

—¿Qué demonios tiene ese alpiste que le hace pensar que aceptaré el trabajo?

Volvió a poner el grano en el plato roñoso. Tomó un trago de leche de iguana galamita y se limpió los labios semirrígidos. Sus modales estaban fuera de lugar en un local de mala muerte que ni siquiera tenía camarero. Un guronte de pocas pulgas se lo había comido varios epiciclos atrás.

Y hablaba el panglish con un acento curioso. Se parecía al que los nativos de la región de Comeida están obligados a usar para ser identificados y evadidos. Pero el acento obligatorio de Comeida se parece mucho también al dejo oficial de la Nebulosa de Giribalte, y ambos se confunden con la tonada de curso legal del Cúmulo Estelar Pupasa.

Pero yo no entiendo mucho de acentos. De todas maneras, lo que dijo se habría entendido en cualquier idioma:

—Estoy en condiciones de ofrecerle cincuenta mil cuasarinos por sus servicios.

La respuesta también fue universal. Aunque fue difícil pronunciarla sin que la cifra me atragantara:

—Quiero setenta mil. Y tendrá que darme la mitad antes de salir.

—¿Tenemos un trato entonces?

El fulano no me gustaba nada. No tenía nada que hacer en aquel lugar. Se le veía en las manos arregladas y en el prolijo copete de plumas rojas que le adornaba la cabeza. Era seguro que ocultaba algo. Más seguro era que me metería en problemas.

Pero el dinero no huele. Especialmente cuando uno no tiene mucho para oler.

—Tenemos un trato.

—¡Excelente! —sacó con la punta de la lengua la última porción de endosperma y dejó los restos en el plato. Nunca vi a nadie tan refinado para comer a lengüetazos—. Iré ahora mismo a encargarme de los preparativos. Debemos partir cuanto antes.

Lo vi marcharse, caminando con demasiada elegancia. Pulsé inmediatamente un botón del pulsocomunicador de mi antebrazo.

—Globo, ¿me oyes?

—Lo oigo, jefe.

—¿Cuánto es setenta mil cuasarinos?

—El cuasarino es la unidad habitual de intercambio en el sector Omega 3. Setenta mil cuasarinos equivalen a noventa y cinco mil doscientos daktaris, setecientos sesenta y ocho lucardones imperiales y tres octavos, treinta y dos coma dos cinco nueve fangotts, ochenta y tres millones seis mil doscientos diez misérrimos...

—En auríes, artefacto inservible. ¿Cuántos auríes son?

—Según el cambio vigente, catorce mil ochocientos treinta coma cincuenta y dos auríes.

¡Quince mil auríes! Casi nunca me habían pagado más de seis o siete mil por llevar pasajeros. Tenía que ser alguien condenadamente importante. Pero, ¿a mí qué me importaba? La cuestión era que pagase.

—Prepara a Betty, montón de basura. Nos vamos.

—Betty ha estado mucho tiempo en dique seco, jefe. Habrá que hacer algunos arreglos antes de partir. Y no olvide que el señor Sarnax ya no le da crédito.

—¿Cuál es el problema? Nos darán la mitad del dinero como adelanto. La mitad de quince mil son unos... Veamos...

—Siete mil quinientos auríes.

—Sé cuánto es. No necesito que me lo digas.

—Siete mil quinientos auríes apenas son suficientes para saldar la cuenta con el señor Sarnax. El resto no alcanzará para las piezas necesarias.

—¿Tengo que decirte yo todo, máquina idiota? Paga la cuenta y después compra las piezas a crédito.

—Entendido, jefe.

Era para celebrar. Fui hasta la barra y pedí una burbuja de adratea. El desgraciado del vendedor se negó a darme crédito. Intercambiamos insultos hasta que tuve que sacar los últimos cuarenta auríes que llevaba encima. Cuarenta por una adratea de cuarta, qué robo.

Pero la ocasión lo valía. Al final de este viaje, descontando los gastos, me quedarían por lo menos seis mil auríes limpios con los que pasar un tiempo. Estaba muy bien.

No. No estaba bien.

—Globo —volví a activar mi pulsocom—. Globo, ¿estás ahí?

—Siempre estoy aquí, jefe.

—¿Cuánto van a costarnos esas piezas?

—El sistema informático del señor Sarnax me ha pasado un precio total de mil cuatrocientos auríes.

—Olvida la cuenta. Paga las piezas en efectivo y nos vamos. No volveremos a pisar este planeta mugriento.

—Entendido, jefe.

Ahora sí estaba muy bien.


En Famino no hay nada que se parezca a un puerto espacial. Solamente algunas explanadas naturales donde el suelo no es tan blando como para que una nave se hunda, ni tan duro como para hacerle mucho daño si se estrella. Hay quien llega a uno de esos lugares, improvisa un depósito y una cantina, y lo llama puerto.

No dije que no hubiera puertos. Solamente que no había nada que se pareciera a uno. Pero habría que verlo para entenderlo.

Ya de lejos distinguí la figura de mi Betty. Mi noble y leal Betty. Nunca hubo ni habrá ninguna igual. Me daba tristeza verla echada a la intemperie, soportando el viento y el polvo. Los días ardientes y las noches heladas. Pero eso estaba por terminar. Pronto volveríamos a navegar juntos entre las estrellas.

Los dos nacimos a destiempo, eso está claro. La nuestra debería haber sido la época de aventuras y romanticismo de millares de sínodas atrás, cuando los hombres se lanzaron a la conquista de la galaxia. Al mando de poderosas naves, los que tenían el coraje de afrontar el reto soñaban con las delicadas princesas, las vigorosas amazonas y las sacerdotisas enigmáticas que los esperaban con los brazos abiertos.

Aquéllos eran tiempos en que todo estaba por descubrirse. Y lo primero que descubrieron fue que sacerdotisas no había por ningún lado. Amazonas, menos. Princesas, ni para repuesto. A medida que colonizaban sistema tras sistema, toda la vida que encontraban era musgo, líquenes y moho.

Pero esos hombres tan decididos no se dejaron desanimar. Tomaron los musgos, los líquenes y los mohos y se pusieron a manipular, podar, injertar y combinar sus genes hasta que tuvieron algo adecuado para dar rienda suelta a sus bajos instintos. Hoy los resultados están a la vista en la enorme variedad de formas de vida inteligente y no tanto que puebla la espiral galáctica.

Pero yo no entiendo mucho de historia. Y de todos modos, esa época en que los hombres desparramaron su semilla por el cosmos ya quedó muy lejos. Ahora las cosas son diferentes. Muy diferentes.

Aún me faltaba andar unos cuantos cientos de radios cuando vi el movimiento. Varios mecanos cargadores subían y bajaban por las rampas de carga de Betty. ¿Qué estaban haciendo? Apuré el paso. Algo no estaba bien.

Me topé con otro mecano antes de llegar. Éste no era un cargador. Parecía más bien un caso grave de hidrocefalia con dos piernas tubulares encajadas en las orejas. Tenía algo que quería ser una cara, pero se perdía entre las puntas y muescas de las herramientas.

Llegaría el momento en que me hartaría de su aspecto de piñata de segunda mano.

—Los arreglos están casi listos, jefe —me informó. Una de sus membranas osciladoras chasqueaba al hablar—. Estaremos en condiciones de partir en tres horologios.

—¿Qué magnetares está pasando, Globo? ¿Qué hacen esos cargadores?

—Suben la carga.

—¿Carga? El plumero no dijo nada de ninguna carga.

Echó unos pitidos. Después dio media vuelta y volvió a la nave.

—Debo terminar con los arreglos —dijo.

Cobarde. Tendría que averiguar yo solo lo que pasaba. Me apuré por seguirlo.

—No puede pasar —me cortaron el paso dos matones, a punta de rifle.

—¡Soy el capitán! —protesté.

Uno de ellos intercambió unas palabras por su pulsocom y me dejaron seguir. Tener que pedir permiso para acercarse a mi propia nave era un ultraje. Ya me escucharía el plumífero en cuanto lo encontrara.

Había varios otros matones armados dando vueltas, mirando de un lado a otro como aguilinces teloptíes. Eran humanos normales. Tan normales, al menos, como se los ve en estos tiempos: dos brazos, dos piernas, entre uno y tres ojos. Uno tenía púas en la cabeza. Estaban uniformados con armaduras livianas de escamas con forma de hojas de árbol. Si hay un solo árbol en todo Famino, que me cuelguen de él. Aquí pasaban cosas muy extrañas.

Los mecanos cargadores no dejaban de meter más y más cosas en las bodegas. A la sombra de una rampa vi una muchacha, custodiada por dos de los matones. Su ropa era totalmente inadecuada: un vestido azul con muchos volados y mangas blancas muy anchas. Cuando me acerqué vi que no eran mangas, sino plumas.

—Eh, tú, la del copete blanco —la llamé—. ¿Dónde está tu padre, el de copete colorado? Quiero hablar de unos asuntos con él. —Se me ocurrió que si realmente ésa era su hija, él querría hablar de unos asuntos con su esposa.

Ahora fue el turno de estos matones de apuntarme con sus rifles. La muchacha abrió muy grandes los ojos y se puso a chillar.

—¡Cardenal! ¡Este implume me está hablando!

El cardenal era el fulano de copete. Llegó a la carrera, con todo su plumaje alborotado.

—¿Qué ocurre aquí? —Me miraba a mí, como si fuera yo el que hacía el escándalo.

—¡Nada! Sólo le pregunté a la muchacha dónde podía encontrarlo.

—¡Muchacha! ¡Me llamó muchacha! —La loca parecía a punto de desmayarse.

—¡Cómo se atreve! —El cardenal me fulminó con la mirada—. Es Su Alteza Real para usted, pedazo de ignorante. Alteza, le ruego que disculpe la impertinencia del capitán Bumper Sticker. Él es quien nos llevará a nuestro destino.

—¿Capitán? —La escandalosa me miró de arriba abajo, como si estuviera examinando un surubí mandorreano en un mercado—. No se parece a ningún capitán que yo haya conocido. ¿Su rango está avalado por el Gobierno Galáctico Central o por algún mundo que tenga trato diplomático con Famino?

—¡Claro que no! Soy un navegante independiente. No me llevo bien con las regulaciones.

—En ese caso, es usted un vulgar plebeyo, y no tengo por qué rebajarme a dirigirle la palabra. —Dio media vuelta y se fue, seguida de cerca por los matones.

—Qué simpática —comenté—. Oiga, cardenal, ¿qué es todo esto que están subiendo a mi nave? No dijimos nada de ninguna carga.

—La princesa nunca viaja sin su equipaje.

—Tampoco dijimos nada de ninguna princesa. No me gusta que me oculten tantas cosas. No sé si me entiende.

—Como acordamos, capitán, nuestro destino le será revelado en cuanto sobrepasemos la heliopausa. Por lo demás, cuenta usted con toda la información que necesita.

—Yo no lo creo. Será mejor que se ponga a cantar, porque no despegaremos hasta que me diga lo que quiero saber.

Me crucé de brazos en el sitio, para que viera que hablaba en serio. Podía esperar hasta que se pusiera el sol si era necesario. Quienes me conocen saben de mi determinación. Ellos la llaman testarudez, pero la cuestión es que saben de ella.

El cardenal se envaró. Me miró como si fuera muy alto y yo un gusano. No me hizo sentir muy mal.

—De acuerdo, lo haré —dijo al fin con rabia—. Por la Divina Yema, capitán Sticker, es usted un chantajista y un bribón.

—Y no me ha visto en mis mejores momentos.

—Bien. Pero por favor, tenga al menos la decencia de no compartir con nadie lo que voy a revelarle hasta que hayamos llegado a destino. Es vital que guarde el secreto.

—Puede contar con eso.

Relajó un poco su copete colorado. Miró a un lado y a otro para asegurarse de que nadie más estuviera oyendo.

—Quien acaba de conocer es Su Alteza Real la princesa Arpifanía de Perennifol, única y legítima heredera al Trono Planetario de Raravis.

—Es un nombre largo. ¿Cómo le dicen sus familiares?

—La princesa no tiene familiares. Sus padres, el rey y la reina de Raravis, fueron asesinados durante una revolución cuando ella era muy pequeña. Para ponerla a salvo, la llevamos lejos y le ocultamos su nombre y su herencia hasta que tuviera edad para hacerse cargo de sus reales responsabilidades. Sabrá la verdad durante este viaje.

—¿Sí? ¿Cómo le dijeron que se llamaba?

—Su Alteza Real la princesa Arpivana de Rakitis, única y legítima heredera al Trono Planetario de Famino.

—Se quemaron las plumas pensándolo, ¿eh?

Así que de eso se trataba. Ya había oído hablar un par de veces de la loca que vivía en el antiguo palacio abandonado de Rakitis y creía gobernar el planeta. Pensé que aquel borracho lo había inventado para hacerse pagar tragos.

El cardenal ignoró mi comentario.

—Como comprenderá, la princesa tiene muchos enemigos por el solo hecho de haber nacido. La situación política en Raravis no es más tranquila ahora que en aquel entonces. Por eso debemos verificar la seguridad de la Betty.

—Es señorita Betabelle para usted.

—Como prefiera. ¿Y bien? ¿Ya está conforme con lo que sabe?

—No. Ahora que me dijo todas estas cosas, veo que será un viaje riesgoso. Tendré que cobrarle seguro.

Volvió a hacer lo del gusano.

—¡Bien! Le daré ochenta y cinco mil cuasarinos. Pero ni uno más.

Ojalá todos mis clientes regatearan así.

—Me parece perfecto —dije.

Debí recordar lo que hacen los santos cuando la limosna es muy grande. Pero eso no era una lismosna, era mi arancel. Y a fin de cuentas, yo no soy ningún santo.


Los hombres se dieron cuenta desde muy temprano de que una línea recta puede ser el camino más corto, pero de ninguna manera el más rápido. Si querían ir de un punto a otro en poco tiempo, debían encontrar una ruta que no estuviera congestionada por el tránsito de luz, al que es imposible adelantarse. Por supuesto que si esa ruta no era una recta, tenía que ser una curva. Una hipercurva, para ser más preciso.

Claro que viajar según una hipercurva no es un juego de niños. Implica un delicado equilibrio de fuerzas, y en todo momento existe una posibilidad distinta de cero de salir disparado por la hipertangente o caer en espiral hacia un foco hipercentrípeto. Por eso se debe vigilar en todo momento que esa posibilidad no sea igual a uno; muy especialmente al final del recorrido, cuando hay que asegurarse de que además sea igual a otro. De esa manera es ese otro el que acaba en problemas, mientras que uno vuelve tranquilamente al espacio geométrico regular. Pobre del que ande cerca sin un generador de anti-otredad.

Pero yo no entiendo mucho de geometría. Por suerte la computadora se encarga de la parte pesada del trabajo, así que se puede vigilar la integridad de una hipercurva al mismo tiempo que se come. Y yo no conozco mejor manera de hacer las dos cosas a la vez que tirarse en una silla, cruzar los pies encima de otra y apoyar el contenedor bioplástico en la barriga. No hay rey que coma su nanofaisán de Manjauja tan cómodamente como yo degusto mis espaguetis instantáneos.

El único fastidio son los pasajeros. Especialmente cuando insisten en mandar mensajes que dicen "Su Alteza Real le ha concedido una audiencia privada en sus habitaciones" . En primer lugar, no eran sus habitaciones sino mis bodegas de carga, no importaba cuánto las disfrazaran. En segundo lugar, yo no había pedido ninguna audiencia, ni me interesaba. No tenía nada de qué conversar con esa mocosa malcriada. En menos de un epiciclo la dejaría en su planeta, cobraría el resto de mi tarifa y no tendría que volver a soportarla.

O eso creía yo. Sin que nadie la hubiera invitado y sin llamar, su plumífera alteza abrió la puerta de la cabina.

—No ha asistido a la audiencia que le concedí —dijo.

—No estoy presentable.

—Ya veo. —Me repasó con un ojo y después con el otro. No parecía muy escandalizada con mi traje de cena—. Como comandante de la nave, deja usted mucho que desear.

—No soy comandante de verdad, ¿recuerda?

—Es mi anfitrión. Y como tal, tiene obligaciones protocolares.

—Mi única obligación es depositar su real trasero a salvo en Raravis.

No me gustaba nada. ¿A qué venía ese repentino interés por mí después de cómo me había tratado en el puerto? Todo el asunto me había olido mal desde el principio.

—Su insolencia me deja pasmada. ¿Cómo puede rechazar una audiencia con la princesa de Perennifol? ¿No hay nada que quiera decirme?

—Hum... Sí, hay una cosa —Me puse una albóndiga en la boca y hablé mientras la masticaba—. Dígales a sus matones que dejen de meterse con la circuitería de mi nave. Me importa un rabanoide yangtzekiano si lo hacen por seguridad o por qué motivos. Me pone muy nervioso que otros toquen las partes íntimas de mi Betty.

—Deja que su hombre mecánico lo haga.

—Globo no es un hombre, es una caja de herramientas con patas. Ahora aléjese y déjeme en paz.

Hizo todo lo contrario.

—Se muestra muy posesivo con su nave. Habla de ella como si fuera una mujer.

—Betty es mejor que cualquier mujer. No tiene ninguno de sus vicios.

—Ni ninguna de sus virtudes tampoco.

—Oiga, no le permito que hable así de ella.

Se acercó más. Estaba casi encima de mí.

—¿De eso se trata? ¿Está enamorado de su nave?

—¿Qué? No diga locuras. Por supuesto que no estoy enamorado de mi Betty. No estoy enamorado de nadie.

—Bien. En ese caso, ¿asistirá a mis habitaciones?

No me gustó el tono con que dijo eso. La miré. Sí: sus ojos confirmaban el tono. Demonios gamexanos, sí que era una mocosa malcriada.

Sentí la urgencia de reubicar mi contenedor de espaguetis.

—¿Por qué le interesa? Soy un vulgar plebeyo.

—Y un implume —me recordó—. Pero yo soy Arpifanía, princesa de Perennifol, y recibo en audiencia a quien me viene en gana.

A mí me vino en gana echarla a patadas de mi cabina.

—¿Perennifol, eh? Se ha acostumbrado rápido a sus nuevos dominios.

Se encogió de hombros.

—En Raravis hay árboles muy grandes —dijo—. Y menos gravedad. El cardenal dice que podré planear y aletear un poco. La capacidad de planear es lo que nos distingue de los animales, ¿lo sabía?

—No, no lo sabía. —Me esforcé por que quedara claro que todo aquello no me importaba en lo más mínimo. Pero mi indiferencia le resultó indiferente.

—Los implumes son muy interesantes —opinó—. Se les notan más los músculos. Y tienen este... ¿Cómo se llama este penacho grasoso que tienen en el cráneo?

—Pelo.

—Eso mismo. Pelo. —Me pasó la mano por la cabeza. Tenía las uñas largas y filosas, como garras—. Hum... No todos lo tienen tan grasoso.

—Si no le gusta, no sabe cuánto lo lamento.

—Al contrario, me gusta. Me parece... recio.

Unos golpes en el panel de la puerta me salvaron. O la salvaron a ella.

—¡Debe ser una de mis damas de compañía! —se puso a chillar—. No debe verme aquí. ¡Escóndame! ¡Es una orden! —No esperó. Se metió en el excusado del capitán por iniciativa propia.

Damas de compañía, eso estaba bueno. Me habían contratado para llevar un pasajero, no cinco. Ya me escucharía el cardenal cuando su estúpido valet me dejara hablar con él. Y para colmo, ahora tendría que mentirle a uno de esos pasajeros para que no me acusaran de un delito de lesa majestad.

Para ser una dama de compañía, tenía el bigote muy tupido. Era uno de los matones.

Y me apuntaba.

—Camine, rápido —me empujó con su rifle y cerró la puerta al pasar—. Suerte que lo encuentro desnudo. Me ahorrará trabajo.

—Caramba, hoy no dejo de recibir ofertas. Pero tendré que rechazar ésta también.

—No sea idiota. Siéntese y póngase esto. —Me alcanzó un par de esposas—. Esta nave es reclamada para la causa del Frente Igualitario Raraviano.

—¿Qué es eso?

—No haga preguntas. ¡Obedezca!

—Entonces preguntaré yo —se oyó la voz de la princesa. Había salido de su escondite, dejando la puerta abierta—. ¿Qué significa esto?

Eso no estaba en los planes del matón, era obvio. Estaba transpirando.

—A... ¡Alteza! ¿Qué está haciendo aquí?

—No se atreva a interrogarme. ¿Qué es eso del Frente Igualitario? ¿Usted es de esos implumes revoltosos?

—¡No nos llame así! —gritó—. ¡Somos súbditos pilocutáneos! ¡Exigimos ser tratados con dignidad! ¡Exigimos escaleras y puentes en los edificios públicos!

Por mí, que despotricara todo lo que quisiera. Cada grito era un paso más que me acercaba a mi apaciguador.

Mi viejo apaciguador, un proyector de plasma modificado. Podrá haber armas más precisas, cómodas y eficientes, pero no más grandes y ruidosas. Ni más confiables: en todo el tiempo que llevamos juntos, no me ha fallado ni una sola vez.

—¡Exigimos q...!

Fue su última exigencia. El pobre diablo nunca supo qué le quitó las ganas de permanecer en estado sólido.

—¡Oh! —dijo Su Alteza, muy contrariada. Trataba de no respirar los vapores que se iban por la rejilla de ventilación—. Señor Sticker, le informo que yo no apruebo estos métodos.

—Y yo no apruebo los golpes de estado a bordo de mi nave. Ya los he tolerado bastante a usted y a sus amigos. —Me puse a tocar teclas y botones en el tablero de navegación.

—¿Qué está haciendo?

—Voy a bajarlos a todos en el sistema más cercano. Y a poner parsecs de por medio después.

—No se atrevería.

—¿Que no? Míreme.

Miró, pero solamente vio cómo todas mis instrucciones eran rechazadas. Los tableros y pantallas se fueron apagando uno a uno. Casi de inmediato volvieron a encenderse, mostrando todos el mismo mensaje en letras rojas:

"FUNCIONES DE MANDO INACCESIBLES - POR FAVOR, VUELVA A INTENTARLO MÁS TARDE."

—¡Desgraciados! —descargué el puño contra el panel.

—¿Qué ocurre?

—¡Esos malditos redirigieron el control de mi nave! Para eso eran todas esas manipulaciones. Cuestiones de seguridad, claro que sí. ¡Los bastardos me robaron a mi Betty!

Era intolerable. En un tic me puse el pantalón, las botas y el chaleco. En otro tic me ajusté a la cintura el estuche del apaciguador.

—Quédese aquí —dije. Desenfundé y salí de la cabina.

Avancé unos diez o veinte radios por el pasillo, tan discretamente como pude. Entonces me detuve para hablar con la princesa.

—Le dije que se quedara.

—Usted no me da órdenes. Soy la princesa de Perennifol.

—¿Ah, sí? ¿Su título está reconocido por el gobierno central?

—Por supuesto.


Ilustración: Fraga

—Eh... Olvídelo. Ahora sea una buena chica y vuelva a la cabina. Ya tengo bastante con cuidar mi propia espalda.

—¿Qué piensa hacer?

—¿No es evidente? Voy a apaciguar a esos desgraciados. Tengo suficiente plasma para todos.

—Y ellos para usted —replicó. No me gusta que me repliquen.

—¿Tiene una idea mejor, señorita princesa?

—¿Qué tal su mecano?

—¿Globo? Sí, a veces quisiera apaciguarlo también a él, pero por lo general me resulta útil.

Me miró como si yo fuera un estúpido.

—Me refiero a que él puede ayudarlo a recuperar el control.

Odio darle la razón a otro. Lo odio casi tanto como tener que volver porque olvidé mi pulsocom. Pero tuve que hacer las dos cosas.

—Globo, ¿me oyes?

—Lo oigo jefe —me respondió.

—¿Dónde estás?

—En la sección de máquinas.

—Globo, nuestros pasajeros se han puesto traviesos. Han redigirido el mando de Betty.

—Sí, jefe, lo sé.

—¿Qué? ¿Y por qué enanos rojos no me avisaste?

—Usted me dijo que no lo molestara.

—Te dije que no me molestaras por nada que no fuera importante.

—Instrucciones recibidas, fecha estándar 11.254/27 —Se oyeron unos clics y luego sonó una grabación. Era mi voz—. "Escúchame, pedazo de basura inútil, estaré en la cabina. A menos que el Big Crunch llegue de pronto, ni se te ocurra molestarme. ¿Entendido?"

—Maldición, Globo, ¿tienes que ser tan literal?

—Usted me dijo que lo fuera. Configuración guardada hace dos sínodas, seis epiciclos y tres circadios.

—Olvídalo. ¿Puedes restaurar el control a la cabina?

—Lo lamento, jefe, no puedo. Estoy vigilado.

—¿Vigilado? ¿Cuántos son?

—Uno. Creo que trata de desconectarme o algo así. No se da mucha maña.

—¿Sólo uno? Maldita sea, pelota cuadriculada, tienes al menos una docena de herramientas que pueden matar a un hombre. ¿Por qué no las usas?

—Usted me dijo que no las utilizara de esa manera. Configuración guardada hace cinco sínodas, dos epiciclos y un circadio. Por favor, no toque eso. Lo necesito para pensar.

—¿Que no toque qu...? —Parpadeé. Hice la pregunta lo más serenamente que pude—. Globo, apagaste tu altavoz externo para esta conversación, ¿verdad?

—No. ¿Quiere cambiar la opción por defecto ahora?

—¡Globo, eres un idiota!

—Me lo dijo, jefe. Hace un epicicl...

—¡Cambia la configuración! ¡Ahora!

—¿La del altavoz o la de la idiotez?

—¡La de las herramientas! ¡Liquida a ese infeliz! ¡Liquídalo, maldición!

—KRRRRZZZZZZTT...

Silencio. Miré a la princesa. Sonreí para hacerle ver que tenía la situación controlada.

—Usted maldice mucho —me dijo.

—Listo jefe. No se mueve.

—Bien. ¿Crees que ahora podrás restaurar el mando de la nave?

—Es posible, pero estimo que tardaré algunos horologios. Han hecho un desastre aquí abajo.

—Entonces empieza ahora. Por cierto, pelota, ¿por qué recuerdas todo lo que te ordeno, pero no logro que me digas capitán?

—Debe adquirir la versión registrada para personalizar el tratamiento. ¿Desea registrarse ahora?

—¡No! Sólo trabaja.

—Entendido, jefe.

Corté la comunicación. El paso siguiente era obvio.

—¿Ahora qué?

—Ahora —respondió la princesita—, cuando vuelva a tener el dominio de la nave, la dirigirá al puesto militar más cercano y hará arrestar a los insurrectos.

Me quedé con la boca abierta. Cuando pude volver a moverla, dije:

—¿Ése era su plan tan brillante? ¿Llevar a mi Betty a los gendarmes? ¿Se volvió loca?

—Por supuesto que no estoy loca. ¿Cómo se atreve a...?

A qué, nunca lo supe. El cardenal nos interrumpió desde la pantalla de comunicaciones.

—Capitán... ¡Oh, Alteza! Temí por su seguridad cuando no la encontré en sus habitaciones. Me ha vuelto el alma al cuerpo. Veo que el capitán la ha protegido.

—¿Qué ha sucedido, cardenal?

—Algo lamentable. Parece ser que algunos elementos subversivos se habían infiltrado entre nuestros hombres. Afortunadamente, los guardias leales lograron dominar la situación sin derramar sangre. Salvo la de los insurrectos, claro. ¿Está usted bien?

—Estoy bien. ¿Y usted?

—En perfecto estado, gracias a la Santísima Albúmina. Por favor, no se mueva de allí. Le enviaré unos guardias para que la escolten hasta mi habitación y podamos discutir estos eventos.

Me eché contra la pantalla como un papirotigre borgesiano. El tipo tuvo suerte de no estar ahí.

—Escúcheme, copetudo, va a tener que pagar por todos los daños que hayan causado los locos que usted metió en mi nave. ¿Me entiende, maldita sea?

—Lo entiendo, capitán, no se esponje. Su petición me parece más que razonable. Venga usted también a mi habitación y arreglaremos todo.


La mayoría de mis pasajeros se conforman con dormir sobre una manta en el piso. Tampoco que quejan por el espacio. En una ocasión contrabandeé treinta hetairas naoxianas en una sola bodega. Recuerdo que hice que Betty diera un rodeo para que el viaje durara treinta circadios. Pocas veces me di por mejor pagado.

Estos pasajeros eran muy distintos. Ocupaban todas las bodegas de la nave: una para la princesa, otra para el cardenal, otra para los sirvientes y otra más para los guardias. Las dos últimas estaban hasta el techo de equipaje.

¡Y lo que habían hecho con ellas! En la del cardenal habían puesto una cama con dosel en la que podía dormir un regimiento. El resto estaba ocupado por mesas, sillas, armarios, espejos y biombos. El piso estaba tapado con alfombras, y de las correas y mallas de sujeción habían colgado cuadros y tapices. Parecía que el fulano quisiera quedarse a vivir allí.

Para peor, todo estaba impregnado de un olor a resinas vegetales que tardaría epiciclos enteros en irse. Mi Betty no es de las que huelen a perfume, maldita sea. Ella es una chica salvaje. Debería cobrarles por eso también.

—Su Alteza, no se imagina el gusto que me da ver que se encuentra bien —decía el cardenal, besándole el plumón de la mano.

—Como usted ha dicho, cardenal, el señor Sticker me ha protegido.

—¡Oh, sí! El capitán Sticker ha actuado como un verdadero héroe. —Me puse en guardia. En cuanto quisiera besarme la mano, estaba muerto—. ¿De qué manera puedo agradecerle que haya salvado a nuestra futura reina?

—Puede decirles a sus matones que dejen de apuntarme. Me pone incómodo.

—¡Ah, eso! —Se rió como un idiota—. Entienda, capitán, que sólo la custodia de la princesa puede llevar armas en su presencia.

Llevé la mano a la culata de mi apaciguador. Pero no para entregarlo.

—Discúlpeme, cardenal, pero me siento mejor con esto pegado al riñón.

Noté un movimiento detrás de mí. Sentí en la nuca la mirada de dos puntas lanzarrayos.

—Capitán, no hay ninguna necesidad de esto —insistía el cardenal—. Vamos, déme su arma. La recuperará al salir de la habitación.

No me gustaba nada. Que el viejo fuera el único que me llamaba capitán no hacía que me cayera más simpático. Y no le confiaría el apaciguador ni a propia madre, si la conociera.

—Entrégueme su arma, capitán. —Ahora fruncía el ceño—. Estamos entre amigos.

Saqué mis cuentas. Había seis monos armados presentes de la docena que había subido en Famino. El esférico y yo nos habíamos encargado de dos. Posiblemente los otros cuatro habían sido liquidados por sus compañeros. Si los tomaba por sorpresa, ocupándome primero de los que estaban a mi espalda y suponiendo que a los demás no les hubiera ido muy bien en las prácticas de tiro, al cardenal no le quedaría otra que pedírmelo por las buenas.

Fue la princesa quien me hizo cambiar de idea.

—¿Siempre tiene que ser tan terco? Por favor, entregue de una vez esa cosa y podremos dialogar.

—"Por favor" es todo lo que quería escuchar. —Los monos habían tenido suerte. Vivirían un rato más.

—Muy interesante su arma —dijo el cardenal. La sopesó con las dos manos y la guardó en su faja.

Curioso. Ya no tenía el apaciguador, pero los rifles me seguían mirando.

—Eh... ¿Va a decirle a sus mascotas que bajen las armas?

—Lo lamento, pero no —me contestó, casi como si no le importara—. Eso sería inconveniente.

La princesa parecía no entender nada. Menos aún cuando también a ella le apuntaron.

—Pero... ¿qué es este ultraje? ¡Le exijo una explicación!

—Alteza, usted no está en condiciones de exigir nada.

Le hizo una señal a uno de los guardias que no estaban entretenidos en prometernos una cauterización masiva. Le indicó que moviera un biombo de un rincón.

—¡Maldito bastardo! —solté cuando vi lo que había detrás. Era una batería de pantallas y tableros de control colocados frente a una silla. Un mini-puesto de mando desmontable que podía guardarse en un baúl.

—Ingenioso, ¿verdad? —comentó el maldito bastardo sentándose en la silla—. Puedo gobernar la Betty desde la comodidad de mi habitación. Perdón, capitán: la señorita Betabelle.

—Cardenal, esto es absurdo —dijo la princesa—. Usted ha dirigido Raravis desde la muerte de mis padres. ¿Cómo es que encabeza una revolución contra el gobierno?

—No se confunda, Alteza. No es una revolución contra nadie, sino a favor de nuestros hermanos pilocutáneos. Ellos han sufrido postergaciones e injusticias durante incontables generaciones. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Acaso no son también hijos del Huevo Eterno?

—¡Viva el cardenal! —gritó uno de los matones, y se pusieron todos a batir el piso con las culatas de sus rifles. Por suerte para ellos, se detuvieron antes de romper alguna de las losetas de cristámica. Por desgracia para nosotros, lo hicieron para seguir apuntándonos.

—Claro que como simple regente, tengo las manos atadas para introducir cambios sociales —siguió—. En cambio, si Su Alteza quisiera validar con su firma y su ADN un documento por el cual abdica de su trono, yo pasaría a ocuparlo de inmediato.

—Me juzga muy a la ligera, cardenal —le respondió—. ¿Qué le hace pensar que yo no me ocuparé de estos asuntos?

—Alteza, usted pasó toda su vida encerrada en un palacio, creyéndose amada por un pueblo que jamás había visto. Está claro que su estilo de gobierno no sería diferente del de sus antepasados. ¿Firmará o no?

—Usted es un traidor. Ha perdido el juicio si piensa que accederé a lo que me pide.

—Como quiera. Después de todo, hay otros métodos. —Acarició el apaciguador—. ¡Déjennos solos!

Yo tenía una pelota de rabia en la garganta. Primero el maldito había puesto a mi Betty en mi contra, y ahora estaba por usar mi arma para incriminarme en un magnicidio. Porque yo sería el chivo expiatoriano, eso estaba claro. Me pudriría en una cárcel mientras el condenado ponía su trasero emplumado en el trono de Raravis.

Nada de eso pasó. Apenas el último matón salió por la puerta, el cardenal se transformó.

—Son odiosos, ¿verdad? —comentó—. No se ofenda, capitán, pero los implumes son verdaderamente detestables.

—¿Qué significa esto, cardenal?

—Significa que la representación terminó. Y usted, Alteza, ha interpretado muy bien su papel.

—¿De qué habla?

—Eso. ¿De qué habla? —No estaba dispuesto a que me dejaran afuera en mi propia nave.

—A que se ha negado a abdicar, tal como esperaba —respondió el cardenal—. Habría sido muy inconveniente que hubiese cedido. Eso habría resultado en un infierno burocrático. Y posiblemente en una guerra civil entre las familias nobles interesadas en el trono. Véalo de esta forma, Alteza: ha hecho lo mejor por su pueblo.

—Pero... ¿Entonces no va a matarme?

—Claro que no, eso sería peor. Pero era necesario mantener la ficción ante esos implumes idiotas. Cuando se enteren de lo que pasó, habrán sido juzgados y condenados por conspirar contra Su Alteza Real.

—No entiendo, cardenal. Explíquese.

—Alteza, debería estar claro. La única manera en que yo tendría asegurado el trono de Raravis sería como el esposo de la futura reina.

—¿Qué?

Fue lo mejor que había oído en mucho tiempo. Ningún drama de Dramonda podría superarlo. Tuve que reírme.

—Cardenal —dije—, tiene una forma muy rara de seducir a una mujer.

—No puede casarse conmigo, cardenal —le respondió ella—. Usted es un hombre santo. Además, tiene esposa e hijos.

—Oh, ellos entenderán. Una buena pensión puede hacer milagros. ¿Acepta o tendré que ser más drástico?

Pero la princesa estaba firme en su resolución.

—No seré su esposa. Antes me casaría con Sticker.

—No me extraña —escupió el otro con desprecio—. Mis agentes me han mantenido al tanto de sus gustos peculiares. Una razón más para impedirle reinar en solitario. Podría contaminar la sangre real con su conducta disoluta.

—¡Jamás haría eso! ¿Cree que quiero traer al mundo un monstruo con pelo? ¿Cómo se atreve a insultarme de esa manera?

—¡Es usted quien insulta a su raza y su linaje teniendo trato con bestias!

—Oigan —me metí—, es una suerte que nadie me esté insultando a mí, porque de lo contrario tendría que enojarme muchísimo.

—¡Cállese! —me gritaron en estéreo.

El cardenal volvió a intentar la persuación.

—Alteza, ¿cree que hago esto por mí? ¿Que me gusta gobernar? No se imagina la enorme carga que es administrar un planeta entero plagado de disconformidad. Pero se necesita un líder fuerte que mantenga a los súbditos honorables a salvo de los disconformes. ¿Cree que puede ser ese líder?

Por primera vez vi dudar a la princesa.

—Sí —dijo por fin—. Puedo serlo.

—Seguro, y yo soy un ñu marino de Rongoroti.

Por suerte eso no lo dije. Sólo lo pensé.

—¡No me haga reír! —explotó el cardenal—. Vamos, acepte y podrá seguir dedicándose a sus jueguitos, sin preocuparse por la realidad.

Ya no me contuve. Nadie me iba a hacer callar en mi nave.

—Cardenal, si sus propósitos son tan nobles, ¿para qué necesita una docena de matones?

—¿Es usted diplomático, capitán? Debería serlo. —No quise saber si lo decía en serio—. Bien, Alteza, como prueba de mi buena voluntad, le ofrezco esto. Todos los guardias están ahora en la bodega número dos. Si acepta casarse conmigo, los expulsaré al vacío.

—Diga que sí —la codeé.

No hubo caso.

—Como ya le he dicho al señor Sticker, no apruebo esos métodos. Creo que todo ser tiene derecho a la vida.

—¿Aunque sea un implume?

—Aunque sea un implume.

—¿Aunque sean muchos implumes?

—Aún así —ratificó ella.

—Por eso nunca será una buena reina —suspiró el cardenal—. Bien, Alteza, en ese caso, los expulsaré al vacío si no acepta casarse conmigo.

—Señor cardenal —dije yo—, es usted un chantajista y un bribón.

—¿Le molesta, capitán?

—Claro que sí. ¿Cómo quiere ser digno de una princesa si actúa como un cobarde? Si fuera un hombre, expulsaría a sus matones sin pedir nada a cambio.

Me miró. Entrecerró los ojos.

—¿Me está retando, insolente?

—Estoy diciendo que no tiene lo que hace falta para hacerlo.

Lo tenía. Tenía un dedo y un botón, y los juntó. Por la pantalla vimos a los pobres diablos dando tumbos en el espacio.

—¿Sorprendido, capitán? —me sonrió burlón.

Por supuesto que estaba sorprendido. Nunca pensé que ese truco tan estúpido pudiera funcionar. Esta gente de la nobleza es muy rara.

La princesa parecía estar conteniéndose para no escupirlo.

—Cardenal, es usted un ser despreciable.

—Por eso seré un buen rey. ¿Y bien? ¿Acepta o no acepta? Aún puedo matar al capitán Sticker.

—¡Diga que sí! —la codeé más fuerte.

Su resolución ya no parecía tan firme. Al fin dijo:

—Usted gana. Acepto.

El tipo estaba radiante. Hasta pareció hacerse más alto de repente. Sospecho que estirar las plumas del copete tuvo algo que ver.

—Acepto —repitió la princesa—, pero con una condición.

—Diga usted —respondió el cardenal. Ya se sentía coronado.

—¿Ya era líder de los revolucionarios cuando asesinaron a mis padres?

El copete volvió a quedarle aplastado contra el cráneo.

—Yo... Alteza, por favor no se confunda... Esto es...

—Caramba, cardenal, ahí lo atraparon —dije, muriéndome de risa.

—¡Maldita sea! —graznó.

Ya se había cansado de tanta amabilidad. Sacó el apaciguador y con la otra mano aferró a la princesa por un brazo.

—¿Qué hace? ¡Me lastima!

—¡Sí, estúpida, claro que sí! ¡Yo personalmente liquidé a esos buenos para nada! Los idiotas confiaron en mí para ayudarlos a escapar de la chusma embravecida. ¡Y tú vas a casarte conmigo si no quieres terminar como ellos, o peor!

La princesa le clavó los ojos. Era difícil saber si quería llorar o cubrirlo de insultos.

—¡Usted es un...!

—¡Silencio! ¡No quiero que digas otra cosa que "sí, acepto"! ¿Entendido? ¡Capitán, usted nos casará!

—¡No es un capitán de verdad! —no dejaba de recordarle la princesa a los alaridos, mientras peleaba por zafarse—. ¡No tiene autoridad para casarnos!

—¡Pero yo sí! Y en este mismo acto lo autorizo a... ¡Aaaaahhhhhhhh!

Yo también habría gritado. Y si hubiera sabido que la princesa era capaz de usar así sus dientes y uñas, lo habría pensado mejor antes de rechazar la audiencia.

—¡Maldita perra! —aulló el cardenal. Sacudía en el aire su mano ensangrentada, y con la otra trataba de apuntar el apaciguador. La furia no lo dejaba ver—. ¡Me las pagarás!

Bien, ya era tiempo. Empezaban a dolerme los nudillos por la falta de ejercicio. Paf, hicieron los chiquitines. Crac, hizo la nariz del cardenal.

Hubo un forcejeo, y el apaciguador volvió a su legítimo propietario. Y habló. Una, dos, tres veces.

Fue una de esas ocasiones en que deseé que fuera más certero. Sangrando y todo, el miserable se las arregló para llegar a la puerta y desaparecer en el pasillo.

—Lo felicito, señor Sticker —dijo la princesa mientras se alisaba el vestido—. Ha logrado apaciguar una lámpara, un piano y un cuadro que valía más que esta nave.

—¿De qué se queja? Recuperé el control de Betty, ¿no? Ahora puedo localizar a ese infeliz y encerrarlo en donde esté.

—Así que sabe pensar. Felicitaciones.

La ignoré y me senté frente a los controles. Lo que menos necesitaba era que se burlaran de mí.

No es cierto. Había algo que necesitaba aún menos. Y lo descubrí muy pronto.

—Buenas noticias, jefe. Ya logré restaurar a la cabina las funciones de mando.

Millones de mecanos estúpidos, y tenía que tocarme éste.

Sonó una chicharra, y la luz de la puerta pasó de verde a rojo. El desgraciado del cardenal no había perdido tiempo: ya estaba en la cabina y había descubierto que él podía encerrarnos a nosotros.

—Escúchame, cabeza sin cerebro, necesito que vuelvas a poner todo como estaba de inmediato.

Silencio.

—¿Me oyes, bola imbécil?

—No podré hacerlo de inmediato —me respondió—. Tuve que desmantelar algunas de las piezas que habían instalado. Puedo volver a acoplarlas, pero tardaré algunos horologios.

—¡Entonces empieza ya! No me obligues a ir.

—Entendido, jefe.

La princesa miraba a su alrededor. Parecía oler el aire.

—No se ha dado por vencido. Aún tiene esperanzas de lograr sus objetivos.

—¿Sí? ¿Por qué está tan segura?

—Porque seguimos respirando.

—Demonios gamexanos, tiene razón —reconocí—. Odio decir "tiene razón", pero la tiene, maldita sea.

—¿Quiere dejar de maldecir en mi presencia?

—Jefe, creo que puedo redireccionar ahora mismo algunas funciones secundarias, como las comunicaciones externas.

—Bien, hazlo. Así podré llamar a tu fabricante para que venga a buscarte y te recicle.

—Como usted quiera. Pero le recuerdo que Sirionics presentó quiebra hace catorce sínodas, cuando no pudo cubrir la garantía de todas las unidades defectuosas que había puesto en el mercado.

Bastardo con suerte.

—Mire, jefe, ya debería ser capaz de leer la lista de llamadas en espera.

El idiota tenía razón. Y la lista no estaba vacía.

—¿Qué es esto?

—¿De qué habla? —La princesa miraba la pantalla sobre mi hombro.

—Tenemos una comunicación de una nave que viene detrás nuestro. Pero ésta no es una ruta regular.

Atendí la llamada, y deseé no haberlo hecho. En la pantalla apareció una cabeza parecida a una pera con bocio.

Una cabeza que yo conocía.

—Capitán Sticker, al fin se digna responderme —dijo la pera—. Confieso que entré en sospechas cuando me comunicaron que pagó en efectivo su última compra de repuestos. No tendría intención de abandonar Famino sin haber pagado sus cuentas, ¿verdad?

Rábidus Sarnax. Uno de los seres más detestables que he tenido el disgusto de conocer. Sólo en Famino podía prosperar alguien como él. Había en la galaxia cientos de mundos de mala muerte, pero todos los demás ya tenían sus gangsters locales cuando Sarnax entró al negocio.

—Escucha, Sarnax, ahora no tengo tiempo para...

—Volvemos a vernos, comodoro Sarnax —me desplazó la princesa—. Lamento que no sea en mejores circunstancias.

—¡Alteza! ¡Qué placer inesperado! —La papada de Sarnax se agitaba como flan cuando hablaba—. Es un privilegio volver a verla, aunque me extraña encontrarla en tan poco recomendable compañía. ¿El capitán Sticker la ha secuestrado?

Qué bueno. Así que Sarnax era comodoro y tenía trato con la princesa Arpifanía. Qué oportunidad de volverme loco desperdicié.

—De ninguna manera, comodoro. Soy huésped de este caballero. Aunque es verdad que ambos somos rehenes de una tercera persona. De un traidor.

—Lamento oír eso. No tiene más que ordenármelo y abriré un agujero en ese cacharro para rescatarla a usted y a toda su comitiva. Es más, la transportaré a cualquier punto de la galaxia que usted me indique. No pido ningún precio; el honor de contar con su presencia a bordo será paga más que suficiente.

Qué hijo de puta.

—Su oferta de transporte es generosa, comodoro —respondió la princesa—, pero tengo un trato con el señor Sticker y estoy dispuesta a honrarlo. Sin embargo, le estaría muy agradecida si pudiera ayudarnos a salir de este predicamento. ¿Será capaz de adelantarnos?

—Sus deseos son órdenes, alteza —gruñó el engendro y desapareció.

No esperé que ella hablara primero.

—¿Comodoro?

—En una ocasión debí cruzar el mar de médanos desde Rakitis hasta Anidhra, y el comodoro Sarnax tuvo la amabilidad de transportarme en su yate arenero personal. Es todo un caballero.

—No lo dudo, pero ¿comodoro? ¿Desde cuándo?

—Vi su cédula expedida por el Gobierno Galáctico Central cuando me invitó a cenar a su mesa.

—Ya veo. ¿Le mostró también su título de ingeniero? ¿Su licencia de juegos de azar del Sector Clamidia? ¿El certificado que dice que es una huerfanita llamada María Teresa?

—No vi ninguna de esas cosas.

La fea cara de Sarnax volvió a ensuciar la pantalla. Por suerte no era mi pantalla.

—Lo lamento, Alteza. Mi piloto me informa que su nave lleva una hipercurva muy cerrada y no es posible adelantarla. Lo máximo que puede hacer es ponerse a su lado durante unos instantes.

—Eso será suficiente —le contestó la princesa—. En cuanto esté en posición, vuele la cabina de mando.

Pocas veces me salió un "¿qué cosa?" tan agudo y sincero.

Sarnax sonrió de oreja a oreja. Tenía una triple hilera de dientes cónicos. Y me la mostraba a mí.

—Será un placer —babeó, y volvió a desaparecer.

La princesa quedó en la misma posición. Con los brazos plumosos cruzados al frente y la vista en alto, era la imagen de la dignidad. Yo era la imagen del temblor de rodillas.

—Princesa... Pensé que usted no aprobaba esos métodos... —No se me ocurría qué otra cosa decir.

—Por lo general no los apruebo. Pero en el caso de este bastardo, haré una excepción.

No tuve tiempo para escandalizarme por su lenguaje. La explosión sacudió a Betty de punta a punta. Sonaron las sirenas.

—Alerta, jefe, tenemos despresurización en la sección de proa. Iré a verificar.

—Nada de eso, albóndiga parlante. Quédate donde estás y termina lo que te encargué. Necesito el control aquí cuanto antes.

—Entendido, jefe.

Una ola vibratoria recorrió la nave a lo largo. Los sistemas automáticos de emergencia la habían sacado del espacio hipergeométrico.

Sarnax volvió.

—Le debo la vida, comodoro Sarnax —le dijo la princesa—. Veré que reciba una recompensa por su servicio.

—Alteza, ninguna recompensa tiene el valor de su gratitud. Pero, ¿quién soy yo para oponerme a sus designios?

—Así sea. Adiós, comodoro.

—Hasta pronto, Alteza. Siempre a su servicio. Y usted, capitán Sticker —me sonrió de nuevo—, volveremos a encontrarnos.

Eso estaba bien. Había mutilado a mi pobre Betty y ahora me amenazaba. Seguramente luego pretendería que le pagara lo que le debía.

—Vea esto —me señaló la princesa.

A través de una telecámara vimos al cardenal. Daba tumbos en el espacio, igual que antes habían dado tumbos sus matones. La incapacidad de planear en el vacío es lo que une a los hombres y los animales.


Un transporte real nos interceptó en los límites del sistema. No se habría visto bien que la futura reina llegara en un carguero. Bien, ellos se lo perdían si no sabían apreciar lo bueno.

Me despedí de la princesa en el muelle de acoplamiento. Llevaba un vestido dorado y sus damas de compañía le habían acicalado el plumaje blanco.

—Llegó el momento de despedirnos, señor Sticker —dijo—. Le ofrezco mis disculpas por todos los inconvenientes que le he causado.

—No se preocupe por eso.

—Por favor, acéptelas. Ya he ordenado que se le provea una nueva cabina para su nave. Y recibirá una indemnización de ciento cincuenta mil cuasarinos además de sus honorarios.

¡Ciento cincuenta mil! Eso eran unos... Demonios, era un montonazo de dinero. Podría vivir una buena temporada sin trabajar. Tal vez hasta pudiera comprar esas botas.

Y sobre la cabina...

—No quiero nada nuevo ni lujoso, ¿sabe? Solamente a mi Betty tal como era.

—Así será. Me han informado que su nave es de un modelo muy común en el sector. No será difícil encontrar una idéntica en desuso con la cabina en buen estado.

—¡Mocosa insolente! ¿Cómo te atreves? Betty es única, ¿entiendes? ¡Única!

Eso tampoco lo dije.

Lo que dije fue:

—Eso estará bien.

—¿Está seguro de que no desea conservar la cama del cardenal? Seguramente es más cómoda que sus sillas.

—Gracias, pero no. Estuvo bien por un tiempo, pero no es para mí. Además me quita espacio de carga. Muchas gracias.

—Al contrario, soy yo quien le está agradecida. Usted me ha enseñado mucho sobre los implumes.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me ha enseñado que tal vez no puedan evitar ser lo que son, pero en sus espíritus hay algo que en ocasiones puede confundirse con la nobleza.

—Eh... Gracias. Creo.

—Gracias a usted. —Se fue, seguida de cerca por sus damas de compañía. Y antes de que la escotilla se cerrara, me saludó—: Adiós, capitán.

Me quedé unos instantes en el muelle. Escuché cómo la otra nave soltaba sus abrazaderas magnéticas y se desacoplaba.

Di media vuelta y me encontré al imbécil.

—Hizo bien en deshacerse de esa cama, jefe —dijo—. Los arañazos que le estaba causando en la espalda y la cabeza tardarán en cicatri...

—¡Cállate!

—Entendido, jefe.

—¿Desde cuándo hablas de otra cosa que de repuestos?

—Soy muy versátil, jefe.

—Bien, ¡cállate!

—Entendido, jefe.

Volví a la bodega. Ya se habían llevado todos los muebles y los adornos, y parecía vacía. Demonios, estaba vacía. Sólo quedaba el mini-puesto de mando con su silla en un rincón. Y el olor resinoso que empezaba a desvanecerse.

No. Había algo más.

La vi de pronto bajo la silla y me incliné para recogerla.

Era una pluma. Sucia y despeinada, y hasta un poco grasosa, pero era una pluma.

Una pluma roja, maldita sea.

La tiré por el conducto de desperdicios.

—Globo.

—Lo escucho, jefe.

—La nueva cabina olerá peor que las fumarolas de Rakatao. Consigue algún aromatizante.

—Entendido, jefe.

—Que sea algo vegetal. Madera o algo así. Maldición, ¿tengo que decirte yo todo? Ve qué consigues en el sistema.

—Entendido jefe.

Una chica salvaje sí puede oler a perfume, después de todo.



Poco que agregar sobre Andrés Fernando Diplotti. Ya se ha dicho que es Diseñador Gráfico, que nació el 24 de febrero de 1978 en Rosario y vive en Pergamino. En el número 122 de Axxón publicamos su cuento "Cuerpo y Alma", en el 129 "Algo en el lago" y en el 137 "Tras la pared de ladrillos". Pero lo más notorio de la carrera de este joven más que prometedor es la serie "Anacrónicas", seguida entrega a entrega con devoción por sus seguidores. Lo más notorio, pero no lo único. Esta es una muestra del Diplotti cuentista... y esperamos que la próxima vez que no nos haga desear tanto.


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Humor: Argentina: Argentino).

            

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