EL HOMBRE DEL CIRCO

Sergio Gaut vel Hartman

Argentina

Debilidad. ¿De qué otro modo puede calificarse un movimiento no deseado, una evolución dictada e inducida por las exigencias del conjunto? Una persona no puede vivir fuera de los criterios que le ha implantado la sociedad, pero la realidad compartida con los necios puede llegar a ser una carga insoportable. Mina sentía que una fuerza incomprensible la atraía hacía un lugar templado y oscuro, en el que la tierra y el aire estaban cubiertos con una fina capa de humedad, y al mismo tiempo recibía insistentes señales de los que la rodeaban, personas simples y amables que trataban de llamar su atención mientras caminaba por el borde de una delgada cornisa. El sitio hacia el que ella se dirigía no era visible para ninguno de ellos, y sólo querían evitar que se despeñara. ¿Deseaban que fuera una más, una del rebaño? Funcionaba como un sueño, lo fuera o no, y Mina, íntimamente, quería ser aceptada. No disfrutaba quedando al margen ni le interesaba pagar el enorme precio que suponía mantener su libertad a contrapelo de los gustos y deseos de los demás.

Cada tanto, cuando advertía que la soga estaba a punto de cortarse, tomaba al toro por las astas. Antes de que los signos se volvieran marcas ominosas, letras y números purpúreos estampados en el brazo, accedía a las demandas de los que la rodeaban, familiares y amigos y salía tres meses con cualquier tipo, se tomaba vacaciones en la playa o llevaba a los sobrinos al circo. No servía para nada, pero los calmaba un poco y la dejaban tranquila por un tiempo.


El circo era, para ella, un manual de vulgaridad y rudeza, una sórdida combinación de crueldades y groserías. Pero a los chicos les gusta, había dicho Dina, la hermana. En esas emociones primitivas, seguía Dina, que no por nada había estudiado antropología, podía encontrarse materia prima de la mejor ley, la fécula con la que se amasó el carácter y los rasgos de la humanidad actual, el homo sapiens sapiens, especie del género homo, devenida en homo globalis. Le dio risa. Ni siquiera estaba segura de que el latinajo no fuera una burrada. Dina, la hermana, siempre se divertía hablándole así, como si ella formara parte de un alumnado aburrido y fuera necesario picarla con el aguijón para evitar la modorra. De lo que sí estaba segura era de que su generación había asistido al imperceptible paso de una especie dominante a otra. El homo sapiens sapiens ya es historia. Tonta.

Trató de prestar atención al forzado equilibrio de una mujer que giraba alrededor de la pista sobre un caballo blanco. Estaba obligada a responder con precisión a las constantes preguntas de los niños; eran las reglas; tía esto; tía lo otro. Llevaban casi una hora torturándola y seguía. Tras el intervalo, otro tanto. Seguían preguntando. ¿Cuánto tiempo más? ¿Eternamente?

—¿Qué es una ecuyere?

—Ya te lo dije.

—Dijiste amazona, no ecuyere.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—¿Y si la mujer subida al caballo no hace piruetas?

Eso es una amazona, tonta.

Mina suspiró. Las diferencias de matices podían desembocar en una pelea entre los hermanos. Decidió poner paños fríos.

—¿Quieren alfajores? No pregunten de qué son, por favor.

Los del circo no concibieron el intervalo como un lapso vacío. Un grupo de payasos se diseminó sobre la arena y encaró una serie de rutinas. La simultaneidad obligaba a los niños, cansados tras una hora de atención continua a exprimir sus sentidos para no perder los detalles de las agresiones que los payasos se infligían. Entre golpes, caídas, cabriolas, saltos, sobresaltos, tirones, giros, emboscadas y sacudidas generalizados se podía detectar cierta predilección de la mayoría por un payaso de piernas cortas, fuerte y macizo, de mandíbulas potentes, gran cabeza y aspecto primitivo. Tal vez por obra y gracia de cierto aire simiesco era objeto de los peores ataques. Lo sacudían con una maza de esponja desde el tope de una escalera u otro payaso se trepaba a sus hombros, pasaba caminando entre sus cabellos como si fuera un matorral y tras usarlo de trampolín aterrizaba en un barril de globos que explotaban con gran estruendo. Mina no veía nada gracioso en esos tormentos, pero los chicos se reían a carcajadas. Algo elemental se liberaba por influjo de esas grotescas configuraciones, aunque a ella la patética docilidad del payaso le producía un turbio malestar físico. ¿Debía hallar un mensaje oculto en el hecho de que siempre fuera el mismo? La actitud mansa y resignada no es más que una representación, se dijo; el payaso es un actor, hace su trabajo.

—¡Es precioso! —exclamó Candela, aplaudiendo eufórica.

—¿Qué cosa? —dijo Mina, distraída.

—El payaso que parece un mono.

—Es muy tonto —dijo Damián.

Un nuevo grupo de payasos salió de un baúl. Eran demasiados para un habitáculo tan reducido, a pesar de que algunos de ellos eran enanos. Se unieron a los otros caminando lentamente y como una ola cubrieron al payaso de cabeza grande. Al cabo de unos segundos éste apareció en el interior de una olla de utilería, como las que se supone que los caníbales utilizan para guisar a los exploradores. Mientras un grupo arrojaba incontables litros de agua de artificio en el interior de la olla otros encendían el fuego. Los efectos eran magníficos. Un enano exhibió una enorme tapa con la que cubrió la olla y luego se sentó encima; sus piernas quedaron colgando ridículamente y como se suponía que si las dejaba en esa posición se quemaba, las recogía dando saltos muy cómicos que producían la hilaridad de los chicos. El coro de payasos festejó ruidosamente que la comida estaba hecha, destaparon la olla y se repartieron el producto.

—¿Qué hacen? —dijo Damián.

Mina hubiera preferido mantenerse en silencio. La explicación del remate del acto la empujaba hacia una zona peligrosa, bastante repugnante. Pero conocía la continuación: los chicos insistirían hasta que ella no tuviera más remedio que contestarles.

—¿Se lo comieron? —dijo Candela.

—No, tonta, desapareció. —A pesar de la firmeza de la respuesta, en el rostro de Damián se dibujaba cierta confusión.

—Desapareció —dijo Mina—. Es un truco, una ficción, un juego. El payaso está escondido en un pozo, debajo de la pista; aquí nadie se come a otro de verdad.

—No digas eso, tía —dijo Candela alzando un dedo—, si los leones se escaparan...

Mina se rió. —Eso es otra cosa. Los leones son peligrosos, sí, aunque no estos; estos están adiestrados. —Pero el payaso había desaparecido de un modo extraño, y también ella, como los chicos, no podía evitar una curiosa sensación de pérdida.

—No se lo comieron de verdad, ¿no? —insistió Candela.

—Claro, claro; hicieron de cuenta.

La ausencia del payaso era aún más ostensible que su presencia. Había aportado al acto una clase especial de mansedumbre, como si él fuera la roca en la que rebotan las gotas de lluvia y se disuelven los rayos de sol, en torno de la cual crece el musgo, fluye el torrente, se divide el viento. No, no es eso, pensó Mina, es más que eso. Decidió atender a las preguntas de los sobrinos y reflexionar sobre lo que le había llamado la atención del payaso cuando la dejaran en paz.

Cumplió con las obligaciones que completaban la salida; no fue difícil. Candela y Damián no eran chicos más fastidiosos o molestos que otros, tal vez menos, aunque su experiencia en ese campo era limitada. Cuando logró restituirlos a sus padres y tras eludir sin sobresaltos una invitación a cenar, puso a funcionar el mecanismo especulativo del que su mente alardeaba como si fuese una joya. ¿Qué me llamó tanto la atención en ese payaso? ¿Por qué esa visible docilidad atravesaba oblicuamente el número actuado sobre la pista y se disparaba hacia un inquietante nivel de extrañamiento?

Descubrió que, sin proponérselo, estaba caminando en dirección al circo. La noche, con sus ruidos de mar imaginario y olas de espuma negra cubriendo la luna, le regaló un imprevisto destello de partículas plateadas. Pero las estrellas, tímidas heridas azules, sólo iluminaban los contornos y apenas podían verse los jirones de niebla, retrocediendo a través del frío, flotando sin rumbo, marchitos y tristes entre bolsas de basura y vestigios de hedores inmundos. No tenía plan ni pensaba elaborarlo. ¿Cómo justificaría la irrupción en medio de la noche, abordando a un desconocido sin una razón válida? Algo se le ocurriría. Sin certezas, trató de convencerse de que los payasos viven en los vagones que suelen verse junto a las carpas de los circos. ¿Y si no era así? No había mucho que perder. Una música interior, una melodía compuesta con fragmentos de risas y aleteos y migajas, goteando desde un lugar ignoto, la convenció de que hallaría lo que estaba buscando. ¿Qué estaba buscando? ¿Estaba buscando algo, acaso? Y si la respuesta era afirmativa, ¿le estaba permitido vislumbrarlo?

En la oscuridad, los vagones lucían como animales dormidos. Un olor a viejo, mezclado con sudor, humo y orines, impregnaba el aire, debatiendo sobre brillos y luces, pero sin ponerse de acuerdo. Casi feliz golpeó una puerta cualquiera. Un sordo sonido de fibra aglomerada se estiró entre las sombras y alcanzó la lona de la carpa, invisible, casi fantasmal. Pocas horas antes había estado allí por primera vez en su vida, aunque le parecía que habían transcurrido muchos años. Demoraron en abrir; la gente del circo no suele recibir visitas nocturnas. Un marco amarillo festoneó la puerta y un chirrido le hirió los oídos. Un par de ojos llamearon, sorprendidos donde Mina no los esperaba; era uno de los payasos enanos.

—¿Quién es, qué quiere? —Hubiera sido milagroso dar con lo que buscaba al primer intento.

—Busco —se atragantó—, busco a un payaso, el de... cabeza grande.

—¿André?

—No sé cómo se llama; es el que cocinan en la olla en el acto.

El enano lanzó una carcajada que no guardaba proporción con su tamaño. —André. Nos lo comimos —dijo—. Todas las noches nos comemos a André. Es muy sabroso.

Claro, se lo habían comido, muy gracioso. ¿Esa gente no dejaba de actuar nunca?

—Entonces me gustaría charlar con el fantasma, que seguramente quedó vagando por aquí. ¿Me dice dónde lo puedo encontrar?

—Atrás de usted —dijo el enano señalando algún punto sobre el hombro de Mina con un dedo grueso como una salchicha alemana. La mujer giró sobre sí misma y sólo vio una montaña de sombreros apilados encima de la cabeza de un muñeco de paja. Un farol iluminaba débilmente el grotesco conjunto. ¿Por qué no lo había visto antes?

—¿Me está tomando el pelo? —dijo.

—No —dijo el enano, muy serio—, siga la dirección a la que apunta la nariz del muñeco y tropezará con la cabezota de André; hágame caso.

Mina sintió un escozor, y un intenso deseo de estrangular al bromista, pero la puerta del vagón se cerró con suavidad, sin rechinar. Descubrió la razón por la cual no había visto al muñeco y los sombreros: la luz del farol se encendía y apagaba desde el interior de la vivienda del enano. Se sintió como una tonta al tener que aproximarse a ciegas al muñeco y tantear en busca de la nariz; cuando lo logró la nariz se movió, cosquilleándole la palma de la mano.

—¡Puerco! —susurró, aunque íntimamente aceptó la gracia. Tal vez los chistes del enano eran lo menos extraño, lo más reconocible y familiar, en la extraña atmósfera que rodeaba el circo. Distinguió la silueta de la carpa, inmensa como una montaña y el contorno de los otros vagones; por lo visto se estaba adaptando a la oscuridad. Caminó en la dirección marcada por la nariz del muñeco y tras no más de una docena de pasos se encontró frente a un vagón idéntico al que ocupaba el enano. Golpeó y retrocedió, preparada para aguardar, pero la puerta se abrió casi de inmediato y apareció el payaso de gran cabeza, que el enano había llamado André, como si la hubiera estado esperando.

—¿Sí? —dijo el hombre. Su expresión era hosca, pero no agresiva. En sus ojos había un toque de calma: un atardecer de otoño en el bosque que no quiere dejar paso a la noche—. ¿Por qué me busca? —Pronunció esas pocas palabras con un acento crepuscular y arcaico, no como si fuera extranjero, sino distante, de otra época. Mina se sintió desconcertada. De todas las preguntas posibles era la que estaba peor preparada para responder. ¿Por qué? Contestó con sinceridad.

—No lo sé —dijo—. Lo vi durante la función; su número...

—Es tonto —la interrumpió él—. Pero tengo que ganarme la vida. ¿Quiere pasar? Puedo ofrecerle un té.

Mina no desconfió ni dudó. —Por supuesto, gracias.

El interior del vagón era acogedor, extrañamente decorado. Por un momento pensó que era el resultado de una mano femenina; hubiera sido perfectamente natural que el payaso, a pesar de su aspecto peculiar, casi simiesco, tuviera una compañera. No obstante, descartó esa idea casi de inmediato: la soledad, como una medusa, flotaba en el reducido espacio del vagón, ingrávida, densa, un objeto inmaterial y transparente. Soledad y aislamiento. Luchó contra un repentino impulso de arrancar al hombre de esa cálida caverna en penumbras, y exhibirlo al aire libre de la noche, a miles de kilómetros del circo, que ya le parecía una prisión, entre las estrellas.

—Estoy bien aquí —dijo el hombre, como si estuviera respondiendo directamente a los pensamientos de Mina—. Usted, ¿se siente cómoda?

—Sí, por supuesto —dijo ella. La perturbaba el hálito de tristeza que envolvía al payaso, un aura opaca, sin pasión ni expectativas. Mientras él sacaba la vajilla de un armario pudo observarlo con mayor detenimiento. Advirtió que en la pista, mientras participaba del número con los otros payasos, no utilizaba maquillaje. Para dar esa expresión singular le bastaba con la nariz ancha, la quijada prominente y la frente huidiza. No era bello, no, pero tampoco un monstruo, como podría haber sugerido la primera impresión.

André depositó las tazas sobre la mesa y apoyó una jarra con tapa; no volvió a hablar hasta después de haber servido el té. Sólo entonces la miró a los ojos.

—Bien, la escucho; yo no tengo nada que decirle.

—Es cierto —dijo ella tras una pausa—. Lo he querido conocer; no me pregunte la razón, yo tampoco la conozco.

Él sonrió por primera vez, pero fue una sonrisa enigmática, atravesada por una línea oscura. —Las palabras —dijo—, no significan nada. Usted percibió algo, pero ahora lo está enmascarando con frases de compromiso. No tema, siga.

—Me resulta imposible explicar el impulso que nació en mí cuando lo vi en la pista. Quiero decir, no sé por qué estoy aquí. Decidí buscarlo y encontrarlo; no tengo nada más, en serio.

—Me llamo André —dijo él extendiendo una mano enorme, con el dorso cubierto de vello, sedoso y largo.

—Mina —contestó ella. Al sentir su mano abrigada por la de él se imaginó gotas resbalando por un tallo, una nota solitaria flotando desde el pico de una flauta de caña. El simple contacto con la piel de André abría la percepción. ¿Qué era ese hombre? Rechazó de plano todo lo que proponía una relación con la magia: lágrimas, ceguera, heridas.

—Se equivoca —dijo él.

—¿Sabe qué estoy pensando? —dijo ella, inquieta por primera vez.

—No —dijo él—. Tome el té; se le enfriará si no lo hace.

—Dijo que estoy equivocada.

—Puedo reconocer a alguien como usted, aunque haya muy pocas.

—¿Ah, sí? —Mina se puso a la defensiva; una vez más sintió que André le leía los pensamientos.

—Sí. Las que son como usted pagan un alto precio por la libertad.

—No parece demasiado caro, si garantiza la invisibilidad.

—La invisibilidad es interesante; la inmortalidad es aburrida.

Recibió la afirmación como una bofetada. ¿Entonces era eso? ¿Había sido capaz de percibirlo? —¿Inmortal, usted es inmortal? Y si lo es, ¿cómo lo sabe? Longevo no es lo mismo que inmortal.

—Eso —rectificó él—. Debí decir longevidad. Lo que ocurre es que en cierto punto no se logra distinguir la una de la otra. Insisto: ser longevo es casi tan aburrido como ser inmortal.

—Yo cambiaría todo lo que tengo por la certeza de vivir lo suficiente... —No se le ocurrió para qué podía querer semejante cosa.

—¿Suficiente para completar proyectos? —André volvió a sonreír con ese gesto tan peculiar—. No le niego que celebro cada día la posibilidad de aprender cosas nuevas: sólo el conocimiento nos hace libres. Pero la soledad y el aburrimiento son abusos del destino.

Mina sintió que la intensidad de la charla la estaba arrinconando. André pareció advertirlo y le dio un brusco giro a la situación, un giro inesperado. Sacó del bolsillo un instrumento musical que se parecía a una armónica y se lo llevó a los labios. Le arrancó un prolongado gemido, un sonido evocador de caminos vacíos, apenas transitados. Al influjo de la melodía, Mina fue recuperando el equilibrio mientras el hombre sonreía con los ojos. Los objetos se cubrieron de reflejos nacarados, como si devolvieran la luz de un espejo. Se internó en el bosque y recorrió el laberinto de árboles añosos sin perderse, ya que las imágenes se parecían a sus propios recuerdos. Habían vivido en la corteza cerebral durante milenios, recolectando colores rojizos y pardos, intensas lluvias rebosantes de energía, vientos y remolinos anudados en el polvo. Los recuerdos estaban protegidos por una fuente invisible y regresaban para explicar quien era André. Mina vio las humaredas que se alzaban al pie de las cuevas, los cazadores regresando con las piezas cobradas sobre las espaldas, las mujeres raspando pieles de animales para confeccionar ropas que los protegieran del frío intenso o recogiendo frutos y raíces; visitó las grutas, comió lo que ellos comían y subsistió precariamente, en el límite mismo de lo posible, como ellos.

André retiró el instrumento musical de sus labios y el mundo del pasado se esfumó, absorbido por la media luz del interior del vagón. Mina se sintió desamparada, extrañamente al margen de todo. El mundo del pasado, que André había revelado con estudiada sencillez, era otra vez una configuración de fósiles y cuevas, cráneos, fémures, algunas vértebras dispersas. El presente, esa suma de tropezones y caídas, se concentraba en un punto y abarcaba una enorme zona desierta, arrasada por el fuego, salpicada de tizones renegridos y cenizas. ¿Estaba en el mundo de Dina, de su hermana, no en el de ella?

—De acuerdo —dijo Mina—: soy estúpida; explíquemelo con palabras.

—No —dijo André, con firmeza—. Entendió todo lo que necesitaba entender. No hay mensajes encriptados ni metáforas. Es tan sencillo como haber oído un zumbido durante toda la vida; en un momento el zumbido se extingue y sólo entonces advertimos su presencia.

Mina recorrió el lugar con la mirada una vez más, incapaz de aceptar sin discutir lo que había experimentado. Él podía afirmar que no había enigmas, pero el rostro y la frente de André hablaban su propio idioma. ¿Podía seguir avanzando sin destrozar algún tesoro, sin herir, sin fallar?

—De acuerdo —dijo la mujer—. Estaba equivocada. Le pido disculpas y le agradezco el té y todas sus gentilezas. Me dejé llevar por un impulso y el resultado está a la vista. —Se esforzó por sonreír, pero los labios se le curvaron de un modo irregular, con una mueca que dejó ver los dientes, revelando una ferocidad impropia de ella.

—Veo el resultado o no lo veo —dijo André—. Acepto que se trató de un impulso que no sabe dominar, una voz secreta; es así siempre, al principio. No se esfuerce por mantener sujeto el instinto; no es peligroso, ni para usted ni para los demás. ¿Tiene miedo? Todos lo tuvimos y lo tenemos. Pero no es el miedo que anida en la propias carencias, sino el miedo ancestral, que intuye una amenaza, la clasifica y se prepara para vencerla.

El miedo. Mina permitió que un ojo aceitoso resbalara por su mente. Percibió caos, gritos, dolor. Entre peñascos redondos como cúpulas había formas que temblaban y se agitaban; detrás de un velo de bruma, de incontables capas de pasado, un horror cerrado extendía una garra y buscaba su cuello. Aún antes de ser lastimada vio la cicatriz, un rastro que latía como un animal que no termina de morir.

—Ahora sí —dijo Mina—. Un exterminio; algo que podría volver a ocurrir.

André hizo una mueca indescifrable. De algún modo volaban como moscas encima de un trozo de carne putrefacta, sin ánimo de posarse.

—No volverá a ocurrir —dijo él—. Estoy aquí para que no ocurra. Soy el vigía y el guardián. ¿Quiere más té?

—No. Quiero llegar al fondo de este asunto. Voy a concederle que no se trata de una torpe fantasía, que usted es la rémora de una especie que dominó el planeta y fue eliminada físicamente o que se diluyó en la historia a través de infinitos mestizajes. —La llenaba de terror tener que expresarlo con palabras, enfrentarse a hechos oblicuamente simétricos, intuía, del acto que André realizaba en la pista del circo. Lo que había escapado de su boca era cortante como el acero, en más de un sentido.

—Hay una línea —dijo André—, que viene desde antes del nacimiento, una señal que se transmite de generación en generación desde que bajamos de los árboles. Seguirá cuando nos hayamos extinguido por completo. Tal vez sea doloroso para usted enfrentarse a los hechos, pero es ese signo lo que la ha traído hasta aquí.

—Entonces dígame claramente quién soy yo, qué lugar ocupo en todo este esquema.

André no contestó. Se levantó bruscamente; era el primer movimiento violento que Mina detectaba en ese cuerpo macizo y tosco. —Váyase; ya no quiero seguir hablando de esto, ni contestaré a sus preguntas. Debe descubrir lo que falta por sí misma, ahora o dentro de veinte años. Si no lo logra, mejor.

—No preguntaré nada más —dijo ella, vencida por el abismo que se había abierto a sus pies, como fauces gigantes; docenas de puños rocosos rodaron hacia abajo, perdiéndose en las profundidades—. Déjeme permanecer unos minutos más en este lugar; no me arroje a la noche como haría con un animal intruso.

—De acuerdo. —Sonrió débilmente—. Haré otro té.


Ilustración: Duende

—Está obsesionado con el té.

—Otros fuman, o se drogan. El té es un punto de referencia en mi vida, mi eje. Logro cierto equilibrio bebiéndolo.

—Usted es un hombre muy extraño, ¿sabe?

—¿Nada más que eso? Depende lo que signifique para usted extraño.

Mina renunció a seguir. Sólo quedaba una tenue posibilidad de conectar su soledad con la de él. No se atrevía a insistir, y si no lo hacía tendría que irse con las manos vacías, tras cien o mil tazas de té. André, una vez más, captó sus pensamientos; no podía ser casual.

—No estamos solos, pero es imposible que sepa quienes son los otros, porque ellos no desean hacerse visibles. Aún no.

—¿De quién está hablando? ¿Es cierto, entonces? ¿Cómo?

André no contestó de inmediato. Vertió el agua sobre un puñado de hojas y las alentó para que liberaran su tesoro. Ella comprendió que había dejado pasar de largo todas las ceremonias, la del té, la de la vida o la de atrapar luciérnagas con las manos. Necesitaría esos veinte años.

—Seré demasiado vieja para que importe.

—Pronto descubrirá algo extraño y precioso: que todavía no ha abandonado la infancia. —Luego, cambiando el tono de la voz, como si hubiera descubierto una moneda de oro en el estómago de un pez, dijo:— También leo los pensamientos.

Mina cerró los ojos. Recorría el bosque una vez más. Las imágenes eran sus propios recuerdos que despertaban de un largo sueño. Veía más colores, verdes y amarillos y azules añadidos a los rojos y los pardos; la lluvia era tibia y caía mansamente; el viento, dócil, se limitaba a impulsar los arroyos y torrentes. Alzó la vista de la piel del oso y pensó que el invierno estaba muy lejano, miles de años en el futuro. Sintió un peso sobre la espalda y dejó el raspador a un lado. Por encima del hombro la miraban unos ojos azules, enormes, destacando como soles en la piel morena del niño. Era un buen tiempo; ignoraban la existencia del futuro y empecinados, inocentes y entusiastas se negaban a creer que la era del dolor y la crueldad aún no había comenzado.

Mina abrió los ojos. Estaba en el bosque. A lo lejos vio las humaredas que se alzaban al pie de las cuevas. André caminaba a su encuentro. Durante un breve instante volvió a ver ciudades y vehículos y máquinas. Luego, como un sol que se hunde en el horizonte, el presente se desvaneció.



Dice el autor: "Nací en 1947 en Buenos Aires y allí he vivido toda mi vida; publiqué mi primer cuento en 1970, un relato escrito a cuatro manos con Graciela Parini y publicado en Nueva Dimensión" . No es lo que se dice una información novedosa. En el supuesto caso de que este cuento le haya gustado, encontrará otras ficciones de Sergio Gaut vel Hartman en los números de Axxón que se detallan a continuación: 123, 129, 134, 135, 139, 142, 146, 148, 150, 152. Lo que tal vez sea un poco más novedoso es que quedó finalista del Premio Minotauro 2004 con la novela El Juego del Tiempo, que espera ver publicada en ese sello, y acaba de compartir con Santiago Eximeno el primer puesto del Concurso de Terror de ediciones Parnaso.


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: Origen del hombre: Argentina: Argentino).

            

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