ERINNIS

Raquel Froilán García

España

La carretera partía el bosque en dos y se extendía hasta más allá de la noche, hacia el horizonte, hasta clavarse muy dentro de la luna. En el cielo las nubes se disfrazaban de Vía Láctea y, debajo, los árboles parecían manos alzadas, suplicando desde las orillas de asfalto.

Las tres sombras rojas que parecían mujeres llevaban recorriendo carreteras como esa más tiempo del que podían recordar, quizá desde antes de los tiempos. Ciertamente, desde antes de que los caminos de tierra se convirtieran en carreteras. Salvo por ellas, el paraje estaba desierto. Si algo las guiaba, debía estar escrito en la enorme luna porque no había no rastros ni pistas en la noche desolada. Sus túnicas parecían tejidas con hilos de sangre y, de cuando en cuando, bajo las capuchas asomaban rizos retorcidos, como serpientes.

Caminaban seguras, sin prisa. Le atraparían. Ya no le quedaban dioses tras los que esconderse.

—¿Por qué insiste en huir siempre por carreteras secundarias? ¿Tanto le gustan? —dijo una de las criaturas—. Siempre le atrapamos, tarde o temprano.

—Por eso mismo —dijo la que parecía más vieja. Aunque, en el fondo, todas lo eran—. Ya sabe de sobra que no le vale de nada ocultarse entre las multitudes.

—Sí, pero podría tomar la autopista, digo yo.

—Ya puestas —dijo la que parecía más joven, aunque ninguna lo era—, ¿por qué siempre tenemos que ir andando? ¿Por qué no nos materializamos frente a ellos, sin más?

La criatura que iba en cabeza, la más anciana y la que tenía peor carácter, se paró y murmuró algo entre dientes, con gesto de fastidio. Luego, en voz alta y con un tono que no admitía réplicas, dijo:

—Porque siente cada paso que damos —vaciló, buscando alguna frase adecuada—, cada paso que avanzamos es como... como...

—¿Como un clavo más atravesando la tapa de su ataúd? —terminó la criatura de edad intermedia.

—Ya estamos con las frases lapidarias —se quejó la joven—. Siempre igual.

—Por cierto, ¿sabemos cómo se llama él esta vez?

—Claro. El pobre no es demasiado original.



Ilustración: wkowalsky

Verónica se arrebujaba en su abrigo. No es que tuviese frío, claro, pero sentía que eso era lo que tenía que hacer.

No tenía prisa. Sabía que, tarde o temprano, alguien pasaría y la recogería. Pero por ahora mantenía el pulgar dentro del puño dentro del bolsillo del abrigo. No era la primera vez que hacía autoestop. Tampoco tenía por qué molestarse. Una mujer, joven, con ropa blanca bajo un abrigo blanco, de pie, a un lado de una carretera secundaria, llamaba mucho la atención. Los coches solían parar para llevarla.

Y si no, peor para ellos.

A lo lejos, las luces de unos faros anunciaban un coche.


El coche era alquilado y tenía la calefacción estropeada. También la radio, que saltaba de una emisora a otra como loca. Oriol no podía echarles la culpa a ellas. Nunca habían comprendido la tecnología.

Sabía que la cinta tenía que estar debajo del asiento, sólo hacía media hora que se le había caído ahí. Pero no iba a parar en medio de una tétrica carretera secundaria para buscarla. Eso les encantaría. Si no habían inutilizado todavía el motor del coche era porque no sabrían cómo hacerlo. Desde luego que no iba a parar. Pero podía buscar en marcha. Tanteaba con la mano derecha debajo del asiento, procurando no pensar en cosas repulsivas que se arrastran en la oscuridad, mientras intentaba mantener la cabeza erguida, ver algo por encima del volante. No era fácil.


Verónica estaba realmente sorprendida. El conductor no sólo la había visto, sino que literalmente se le estaba echando encima. Esto era nuevo.

Nunca antes habían intentado atropellarla.


Oriol dio un grito triunfal. Últimamente hacía falta bien poco para alegrarle el día. Agitó la cinta el aire, como desafiando a los dioses, y luego la puso a todo volumen. Inmediatamente comenzó a sonar Highway to Hell. Le parecía una banda sonora muy adecuada, aunque hacía horas que había dejado la autopista. Y como siempre, no sabía por qué.

Entonces fue cuando volvió a prestar atención a la carretera.

Había una chica en el arcén. Y estaba a punto de atropellarla. Lo más curioso es que no parecía asustada, ni intentaba huir, ni se protegía la cabeza con los brazos. Sólo estaba ahí, quieta, mirando. Vagamente intrigada.

Oriol frenó de golpe. O lo intentó, porque ya sabía que los frenos tampoco funcionaban demasiado bien. Pegó varios volantazos y finalmente chocó contra algo. No se atrevía a mirar.

Abrazado al volante, con los ojos fuertemente cerrados, pensó: «Por favor, que no haya sido la chica. Entonces que no me dejarán en paz».

Alguien dio unos golpecitos con los nudillos en la ventanilla. ¿Ellas tenían nudillos? Le parecía que sí, o al menos los tenían la última vez que las vio. Oriol reprimió un escalofrío y se arriesgó a mirar.

—¿Estás bien? —dijo ella, como si no conociera ya la respuesta. Oriol temblaba de pies a cabeza. Luego señaló—: Estás sangrando.

La voz de la chica era extraña, como si no necesitase mover aire para producir sonidos.

Oriol se llevó la mano a la cabeza y la retiró roja. «Mierda, lo que faltaba. Como si no pudieran olerla», pensó.

Y perdió el conocimiento.


Más lejos, las tres criaturas olfatearon la noche.

—¿No oléis eso? —dijeron la mujer y la anciana a coro.

—¡Bien! ¡He aquí una huella manifiesta del hombre! —continuó diciendo la joven—. ¡Sigue la ruta de este guía mudo! Como perro en la pista del cervatillo herido, siguiendo vamos a éste por las gotas de su sangre. ¡El vaho de la sangre humana me sonríe!...

—¿Cómo dices, niña?

—Lo siento, no he podido contenerme.

—Siempre igual —se quejó la anciana—. En cuanto se emociona, empieza a hablar así.

—Esta juventud...


Verónica estaba intrigada. Hacía mucho, mucho tiempo que no se encontraba a alguien así. El tipo parecía estar completamente loco, aunque con algún momento de lucidez intercalado. Era atractivo, y parecía joven hasta que uno se acercaba un poco más y, bajo la piel tersa, adivinaba una profunda trama de arrugas, enmarañada como las redes del tiempo. Ah, y tenía el pelo completamente blanco.

—Eh, oye —dijo Verónica—. No soy una experta, pero creo que así lo único que consigues es estropearlo aún más.

—¿Todavía estás ahí? —contestó Oriol, furioso, sin dejar de golpear el coche con la barra de hierro—. Te recuerdo que esto es culpa tuya.

—Cierto. Deberías haber seguido todo recto y haberme golpeado. Seguro que yo hubiera dejado mucha menos marca en el coche que ese árbol con el que has chocado.

—Mira, Verónica, ¿no? —Ella asintió—. Deberías irte ahora que puedes. No te gustará estar aquí, dentro de un rato. No soy una buena compañía.

—Vaya, yo tampoco. Estamos en paz.

—No, tú no lo entiendes. Es peligroso estar cerca de mí. —Él no sabía cómo convencerla—. Tienes que irte.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo.

Oriol tiró la barra de hierro. De todas formas, el morro del coche no podría estar más arrugado. Había intentado repararlo, pero enseguida se dio por vencido. Luego, tranquilamente, rodeó el vehículo y sacó la barra del maletero. Después empezó con los golpes. La chica no podía creerlo.

—Allá tú. Ya te he avisado.

—De todas formas tengo que esperar a que alguien me lleve —dijo Verónica—. No tengo nada mejor que hacer.

—Está bien —dijo él—. Por cierto, ¿no habrás cometido delitos de sangre, verdad?

—¿Perdón?

—Da igual. Pronto lo sabremos. Ya vienen.

—¿Ya viene quién?

Ellas vienen.

—¿Ellas? Pues como no especifiques más.

—Diosas, de quienes los Dioses tienen horror.

—Ya.

Ella seguía sin comprender. Oriol movió la cabeza, fastidiado.

—He visto cosas que no creerías...

—¿Quieres apostar?

Oriol no tenía ganas de charla. Recogió las cuatro cosas que llevaba en el coche y la bolsa con la poca ropa que tenía y echó a andar, por la carretera, hacia la luna. Puede que le atraparan, pero no iba a quedarse sentado esperando. Ella le siguió.

—¿Sabes? —preguntó él—. Una vez me encontré con Caín en un bar. Le reconocí por la marca de la frente. —Miró a Verónica, como desafiándola a que le creyera—. Le invité a una copa, pero el camarero no quiso servirla. Dijo que allí no había nadie más. Simplemente era incapaz de verle.

Ella no dijo nada.

—Estaba maldito —continuó—, como yo. —Oriol dejó de caminar y miró al cielo—. Lo malo es que yo no recordaba qué es lo que hice. ¿Te imaginas?

—No.

—Ya. Por cierto, ¿qué está haciendo una chica tan joven como tú sola a estas horas de la noche?

—La historia es demasiado larga para contarla ahora —dijo Verónica—. Mejor háblame de ellas.

Oriol seguía hechizado por la cualidad ultraterrena de la voz de la chica. Pero, de todos modos, apretó el paso. Cada vez estaban más cerca.

—No hay mucho que decir. Son tres, las hijas de la negra Noche. Viejas, más viejas que cualquier dios. Con serpientes por cabellera, cabezas de perro, cuerpos negros como el carbón, alas de murciélago y ojos que lloran sangre.

—¿Todo a la vez?

—Sí. Y además usan látigo y antorchas.

—Joder.

—Ya lo sé.

—¿Y no recuerdas por qué te persiguen?

—Ahora sí. La sangre de una madre, luego de vertida, es indeleble. Corre y el suelo la absorbe. ¿Y dónde cesa la huida del asesino?


—¡Cuánta fatiga a causa de este hombre! Tengo el pecho jadeante. En efecto, he pasado por todos los lugares de la tierra, sin alas he volado sobre el mar, persiguiéndole no menos rápida que su nave y estoy cansada. ¿Por qué narices tenemos que ir a pie?

—Porque sí, porque así lo hemos hecho siempre. Porque tenemos dignidad.

—Y deja de hablar así de una puta vez. A nosotras no nos impresiona.

—No tenéis ni el más mínimo sentido del dramatismo. —Declamó—: ¡Espirad sobre él vuestro hálito sangriento, consumidle en el soplo inflamado de vuestras entrañas! ¡Corred! ¡Agotadle, sin cejar en la persecución! ¡Ay! ¡Megera, mírala, que me ha dado un latigazo!

—¿No te cansas nunca de hablar así?

—¿No te cansas tú de este estúpido trabajo?

—No es un trabajo. Es lo que somos.

—¡Qué más da! Ya nadie cree en nosotras.

Nosotras creemos.

—Y él también.


Formaban una pareja bastante extraña. Él, miraba constantemente hacia atrás, caminaba deprisa y con cierta dificultad, como si cargara con un peso terrible, el peso del miedo o del tiempo. Todo lo destruye, al envejecer, el tiempo. La chica no parecía compartir aquel miedo, como si no creyera del todo lo que Oriol le había contado. Parecía incluso divertida.

Además, no proyectaba ninguna sombra bajo la luz de la luna.

¿Y por qué era tan etérea?

Oriol las sentía cada vez más cerca, caminando como un solo ser. Acompasadas. Cerniéndose sobre él, como buitres. Implacables.

—Así que puedes huir, pero no esconderte, ¿no? —dijo ella.

—A veces tengo la impresión de que llevo huyendo eternamente. —Oriol se tapó la cara con las manos—. A veces creo que me persiguen porque no tienen nada mejor que hacer. Que soy su pasatiempo.

—¿Sabes? —comentó Verónica, como si le costase recordar. El tiempo no significaba nada para ella—. Una vez viajé en coche con un hombre que me contó una historia parecida a la tuya. Solo que en ella, al final perdonaban al asesino, los dioses se apiadaban de él, y las... cosas que lo perseguían se volvían bondadosas...

—¿Y te lo creíste?

—No.

—¿Oriol?

—¿Sí?

—Esas... cosas. ¿Tienen nombre?

—Se llama Erinnis.

—¿Las tres se llaman así?

—Es que, en el fondo, son la misma.


...Y al fin le alcanzaron...


Oriol lo supo antes de verlas aparecer frente a él, y echó a correr, gritando enloquecido. Las Tres Furias le perseguían, jugando con él, acosándolo, obligándole a retroceder. Sin dejar que abandonase la carretera para ocultarse en la espesura. Por mucho que Oriol corriera, siempre había una Furia para hacerle dar la vuelta.

Cuando Oriol empezó a cansarse, recordó a la chica. Las Furias no parecían haberse dado cuenta de que seguía ahí, mirando. Con ojos divertidos. Sin hacer nada.

—¡Ayúdame! —suplicó él, arrojándose a sus pies—. ¡Diles algo! ¡Convéncelas para que me dejen en paz!

Verónica no dijo nada.

Las Furias parecieron sorprendidas.

—¿Pero con quién habla este imbécil? —dijeron a coro.

Ellas no podían verla.

Oriol intentó escapar. Mientras se alejaba pudo oír a la chica, que decía: —No puedo ayudarte. Ésta es mi curva. No puedo pasar de aquí. Lo siento.

Y su voz seguía siendo extraña.

Verónica aún se quedó un rato más.



Ilustración: wkowalsky

Oriol se cayó al suelo, a un lado de la carretera que partía el bosque en dos y se extendía hasta más allá de la Noche, cerca de los árboles que parecían manos alzadas, suplicantes, desde las orillas de asfalto. Las Tres Furias con ropajes de sangre se arremolinaron a su alrededor, como aves extrañas. Oriol tenía la boca seca y llena del más puro sabor a miedo.

—Hola, chicas —dijo. Las palabras parecían condensarse a partir del frío que emanaba de las criaturas, pero él no pudo contenerlas—: Cuánto tiempo. ¿Os habéis hecho algo en el pelo?

—Son las serpientes —dijo Tisífone, la vengadora del crimen—. Ya no las llevamos. Se enredaban constantemente porque siempre se estaban peleando entre ellas. Y además había que darles de comer y no ganábamos para ratones...

—¡Silencio! —gruñó Megera, la anciana refunfuñona—. Eso no importa ahora...

—¿Y las cabezas de perro y las alas de vampiro?

—Lo mismo. Es que eran poco prácticas...

—¡Oh, Noche negra, madre mía! ¿Ves esto? —aulló Megera.

—Y luego se queja de cuando hablo yo... —gruñó Alecto, la joven siempre encolerizada.

—¡Basta! —la anciana exigió silencio—. Empecemos.

Las criaturas se abalanzaron sobre él, recitando a coro mientras le rodeaban.

Tienes que expiar tu crimen; he de beber en tu cuerpo vivo el rojo y horrible licor; y después de haberte agotado, te arrastraré bajo tierra, para que recibas castigo por el asesinato de tu madre. ¡Fuerza es que perezcas ignominiosamente, rechazado por todos, sin conocer ya la alegría de la mente, sin sangre ya, como vana sombra, pasto de los Demonios, sin poder contestar ni hablar, cebado para consagrarte a mí! No serás degollado en el altar. Oye este himno que te encadena: ¡Ea! ¡Cantemos en coro! Plácenos aullar el canto espantoso y decir los destinos que nuestro cortejo dispensa a los hombres... Bla, bla, bla. Bueno, ya conoces el resto, ¿no?

—Sí —dijo, y su voz sonaba infinitamente cansada—. No es la primera vez que me lo decís.


Antes de irse, Verónica vio algo bastante extraño. Una de las criaturas se apartó de las otras dos y se alejó, cruzando la carretera, como si ya no quisiera seguir jugando. No pudo distinguir cuál de las tres —la niña, la mujer, la arpía— había sido. Tal vez no importara. Verónica no se quedó a ver cómo las otras dos despedazaban al hombre agotado, tirado en el suelo. Se dio la vuelta, de regreso a su sitio de siempre, en la carretera, allí donde se quedaba para aparecerse a los coches que pasaban, por si alguien quería llevarla.

Y si no, peor para ellos.

Mientras se iba, escuchó como algo graznaba a sus espaldas:

—¡El hígado! ¡Yo me pido el hígado!

Se encogió de hombros.

Cosas más raras había visto.


Orestes abrió los ojos. Estaba tendido bajo una Luna inmensa en la noche infinita, bajo un cielo con las nubes disfrazadas de Vía Láctea. Desnudo como un recién nacido, infinitamente cansado.

Lo único que recordaba era su nombre.

También sabía que había hecho algo terrible.

Y que alguien le perseguiría eternamente por ello.



¿Queda muy mal decir que Axxón "descubrió" a Raquel Froilán García? Tal vez. Pero ocurre que nos sentimos tan orgullosos por la carrera que está haciendo esta leonesa de 24 años que no nos importa quedar mal. Se la puede encontrar en varios números de Axxón: 142 ("Jezabel"), 148 ("El inocente y Abel"), 151 ("La invasión"), 152 ("Médium" y "El bebé tiene tres meses"), 154 ("Tiempo treinta y tres") y en un trabajo "a cuatro manos" con Fabio Ferreras del 157 ("Tiempo de revelado"). El cuento que acaban de leer, "Erinnis" fue seleccionado para la antología Visiones 2005.


Axxón 158 - enero de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Mitos: España: Español).

            

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