ENCUENTRO FALLIDO

Miguel Hoyuelos

Argentina

Tiene alrededor de cincuenta años, pero aparenta más. Sus ojos son grises y están rodeados de pequeños capilares rojos que también pueblan sus mejillas. Lleva la barba y el pelo sucios y descuidados. El brillo de los ojos y, en especial, el aliento, revelan su gusto por el alcohol. Entra a un bar nocturno del puerto de Quequén. Recorre las mesas mirando alrededor, forzando la vista a través de la atmósfera cargada de humo y ayudado sólo por una tenue luz rojiza. Al fin parece encontrar lo que busca. Se acerca a una mesa ocupada por un hombre alto, de pelo rubio con canas y algo excedido de peso; saluda en alemán.

—Buenas tardes. Me enteré de que hoy llegó al puerto un barco con tripulantes alemanes —se sienta sin esperar que lo inviten—. Me dije a mí mismo: tan lejos de la patria siempre es bueno encontrar a alguien con quien hablar. Hace varios años que vivo aquí. No hay muchas oportunidades de conversar en alemán y cuando encuentro una trato de no desaprovecharla —dice con su mejor sonrisa y mira de reojo la mesa. Hay botellas de cerveza y vasos llenos hasta la mitad. Siente la boca seca.

El marinero lo observa serio y en silencio. Toma una botella y llena su vaso. Bebe mirando con detenimiento al hombre que tiene enfrente. Cuando termina, apoya el vaso en la mesa y pregunta,

—¿Cómo se llama?

—Wilhelm... Wilhelm Renz.

—Wilhelm Renz, ha, ha... —el marinero por fin modifica su rostro serio con algo parecido a una risa—. No, no... Usted tiene otro nombre. Yo lo conozco, me acuerdo de usted. Usted se llama Ludwig Von Speidel, también conocido como la vergüenza galáctica.

El hombre hace ademán de levantarse, pero el marinero lo detiene.

—Por favor, no se vaya. Ahora yo también deseo tener una buena conversación en alemán. Mi nombre es Karl —le sirve un vaso de cerveza y se lo alcanza; Ludwig lo bebe y apenas logra disimular su desesperación—. ¿Qué hace en el puerto de Quequén el famoso Von Speidel?

—Llegué hasta aquí buscando no ser reconocido por la gente, pero todavía no lo logro.

Karl asiente y sonríe. Levanta la mirada por sobre la cabeza de Ludwig y dice:

—Ahí vienen mis compañeros. Han ido a descargar sus energías juveniles con las muchachas, ha, ha... ¡Hans! ¡Peter! Vengan, rápido. Adivinen quién es el señor que me acompaña. Mírenlo bien... ¿No lo reconocen? Ustedes son demasiado jóvenes. Es Ludwig Von Speidel.

—¿El que estuvo en el encuentro con los zitzis, hace veinte años? —dice Peter.

—El mismo.

—No puede ser —dice Hans.

—Pues así es y aquí lo tenemos, en nuestra mesa, dispuesto a contarnos cómo fue la historia del famoso encuentro.

—Eso les costará más que un vaso de cerveza —dice Ludwig.

Karl se dirige a la barra, pide tres botellas de ginebra, dos de whisky, dos de vodka y varias de cerveza.

—Esto es para empezar, ha, ha... —dice mientras el mozo trae las botellas a la mesa. De algún modo, el mozo se hace entender y explica que esa cantidad de alcohol debe pagarse por adelantado.

—No hay problema —dice Karl en español y agrega en alemán:— aquí no creen que podamos beber todo esto y permanecer de pie, ha, ha. Vamos muchachos, vamos a demostrar lo que podemos hacer —dice mientras sirve.

Ludwig no espera su turno, se sirve un vaso de vodka y lo vacía de tal modo que el líquido cae en su garganta mojando apenas la boca. Se sirve otro vaso y también lo bebe de una vez, pero en forma más lenta y saboreando su contenido.

—Ahora sí, empiezo a recordar —Ludwig parece otra vez de buen ánimo; los otros tres lo escuchan con atención—. La historia del encuentro es larga y sólo bebiendo logro recordarla completa. No me agrada hacerlo porque hay varias partes que preferiría olvidar. Pero esta noche ustedes son mis amigos y... y además... no tengo nada mejor que hacer. Tendrán que ser pacientes porque, al beber, es posible que empiece a recordar detalles que a ustedes no les interese saber. Quizá llegue el amanecer antes de que termine este relato.

—No se preocupe, Ludwig —dice Karl—, nosotros tampoco tenemos nada mejor que hacer.

—Bien... Todo empezó con una señal, captada en los radiotelescopios, que provenía de Delta de Capricornio. La señal contenía un mensaje, de eso estaban todos seguros. Pero nadie tenía idea de cómo descifrarlo. Los más jóvenes no lo recordarán, pero ese momento fue de enorme excitación en todo el mundo. Mucho antes de que lográramos descifrar sus mensajes, ellos descifraron los nuestros y establecieron una forma de comunicación. La excitación creció aún más cuando se supo que los zitzis planeaban visitarnos. El primer mensaje enviado por las Naciones Unidas fue un saludo de bienvenida. El mensaje repetía varias veces nuestras intenciones de lograr una relación de paz y amistad y bla, bla, bla... Toda la palabrería de los diplomáticos burócratas inútiles de las Naciones Unidas. Los mismos gansos estúpidos que luego me echaron la culpa por el fracaso del encuentro.

—No se altere, Ludwig, y beba otro trago —dice Karl mientras vuelve a llenar el vaso.

—Gracias, disculpen. —Bebe—. Ese primer mensaje fue el comienzo del fracaso, pero pocos lo saben. Todos se acuerdan de mí y se olvidan de estos detalles. La respuesta de los zitzis llegó luego de algunos meses y fue muy breve. Decía: un pueblo que repite la palabra paz es un pueblo acostumbrado a la guerra. La relación empezó mal desde el principio. A ellos no les gustó el saludo de bienvenida y a muchos en las Naciones Unidas no les gustó la respuesta de los zitzis. Incluso algunos propusieron duplicar el número de misiles nucleares que giran alrededor de la Tierra. Por las dudas... nunca se sabe... Sólo para defensa, por supuesto. Vaya uno a saber qué propondría esa gente si, en lugar de defensa, se decidiera un ataque. En fin... lo cierto es que, además de la enorme expectativa que producía la visita de los zitzis, también se sentía que había miedo en el aire —el rostro de Ludwig se ensombrece— y el miedo no es buen consejero. Era evidente que los zitzis tenían una civilización más avanzada y más poderosa que la nuestra sólo por el hecho de que eran ellos los que nos visitaban a nosotros y no al revés... Los zitzis pronto mandaron otro mensaje aclarando que el objetivo de su visita era la búsqueda de conocimiento. Ellos sólo querían conocernos. Nada más. Como señal de sus buenas intenciones, enviaron imágenes de sus exploraciones en otros planetas. Casi todo lo que hoy conocemos sobre planetas fuera del Sistema Solar proviene de esas imágenes. Produjeron un crecimiento enorme, una explosión de la exobiología, mi especialidad. Lo sé, no lo parezco. Pero yo era un científico, y era bueno. Era de los mejores... Todavía muchos exobiólogos citan mis trabajos, aunque tratan de no mencionar mi nombre.

Hans está a punto de preguntar qué es un exobiólogo, pero prefiere callar y continuar con su cerveza.

—Hasta entonces, los exobiólogos nos encargábamos de estudiar los microbios de Júpiter y de especular sobre las posibles formas de vida extraterrestre. A partir del contacto con los zitzis tuvimos mucho más trabajo. Pero los científicos nunca están satisfechos. Se envió un mensaje a los zitzis pidiendo que adelantaran toda la información que fuera posible sobre ellos mismos, sobre otras civilizaciones o sobre otras formas de vida. En aquella época, la respuesta todavía tardaba meses en llegar y la impaciencia de la gente era enorme. Cuando al fin llegó, bueno... no fue lo que esperábamos. Los zitzis dijeron que no querían correr el riesgo de enviarnos información para la cual todavía no estuviéramos preparados. Antes debían conocernos bien y eso sólo lo lograrían luego de un contacto personal. La reacción en la Tierra fue algo digno de la especie humana. Con el cinismo típico de los diplomáticos y los políticos que participaron en la programación del encuentro, se contestó, con una cantidad enorme de palabras, que entendíamos perfectamente sus motivos. Al mismo tiempo, sin ninguna explicación, se dejó de enviar información sobre la Tierra o sobre el Sistema Solar... Todavía faltaban dos años para la llegada de los visitantes y había que preparar el encuentro. El lugar elegido fue una estación espacial giratoria, con gravedad y atmósfera antiséptica más o menos adecuadas tanto para humanos como para zitzis. Las Naciones Unidas tuvieron que nombrar un grupo de diez representantes que serían los encargados de la recepción de los visitantes. La elección de los representantes fue otro capítulo vergonzoso de esta historia. Cada organización y cada país recurrió a cualquier artimaña para imponer sus candidatos. No entraré en detalles, es mejor olvidarlos... Finalmente, no sé cómo, fui uno de los diez elegidos para la comisión de bienvenida. Por supuesto, había que incluir algunos científicos para mostrar a estos zitzis que nosotros también sabemos algunas cosas. Pero la mayoría representaba al poder político, económico y militar del planeta. Brindo por ese grupo de engreídos. ¡Prosit!

Ludwig vacía su vaso.

—¡Prosit! Cualquier motivo es bueno para brindar —dice Karl.

Vuelven a llenar los vasos.

—Recuerdo que muchas veces ensayamos el encuentro. El que dirigía el grupo era un tal Johnston, un diplomático famoso... Era un idiota.

—Brindo por Johnston —dice Hans levantando su vaso; nadie en la mesa le presta atención. Ludwig continúa.

—La mayor preocupación de Johnston era en qué forma debíamos saludar a los visitantes, quienes también formarían un grupo de diez. Decía que lo mejor era un viril apretón de manos. Lástima que ni siquiera sabíamos si los zitzis tenían manos. En ese momento, lo único que sabíamos era que, como nosotros, se comunicaban con sonidos y se sentaban en sillas. Por supuesto, el saludo sería sólo verbal y las palabras de bienvenida serían traducidas en forma automática por la computadora de la estación. Lo que teníamos que hacer era nada más que sentarnos a escuchar sus preguntas y contestarlas lo mejor que pudiéramos para que los zitzis pensaran que los humanos somos buena gente y que podían darnos sus conocimientos con tranquilidad. Pero en las Naciones Unidas hay muchos diplomáticos que tienen que ganarse el sueldo y que complicaron la preparación del encuentro hasta lo absurdo. Gané varios enemigos gracias a mis críticas. Llegó un momento en que la mayoría de los representantes no hablaba conmigo.

—Vamos, Ludwig. No serían todos unos asnos —dice Karl.

Ludwig permanece unos segundos en silencio, recordando, con la mirada perdida en el pasado.

—No, no lo eran. Había gente a la que respetaba, en especial entre los científicos, con los que más congeniaba. Pero también entre los otros. Había una diplomática brasileña... se llamaba Marisa. Ya no recuerdo su apellido.

—¡Al fin, Ludwig! En toda buena historia tiene que haber una mujer hermosa —dice Karl.

—Ella no lo era. O quizá sí. Lo cierto es que no se preocupaba por su aspecto. Tenía una personalidad fuerte y parecía que lo único que le importaba era su trabajo. Y en lo suyo era de las mejores. Algunos días antes de que llegaran los zitzis estábamos todos instalados en la estación orbital. A medida que se acercaba el momento del encuentro, el nerviosismo crecía. Marisa parecía la única que conservaba la tranquilidad y seguridad de siempre. Su fortaleza estaba intacta y muchos nos sentíamos más tranquilos cuando estábamos a su lado, pero eso, por supuesto, jamás lo hubiéramos admitido entonces. El día antes del encuentro nos cruzamos en un pasillo de la estación. Era tarde y la mayoría se había retirado a descansar. Me dijo que quería conversar un momento conmigo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y casi olvidé cómo era su rostro, pero recuerdo bien su cabello, su perfume y cada una de las palabras que dijo esa noche. "Mañana es el gran día", dijo, "¿estás preparado?" "Creo que sí," contesté. "¿Cómo te los imaginas?", me preguntó. Le dije que no tenía idea. "Tú eres el exobiólogo del grupo, tienes que tener alguna teoría." "El problema", contesté, "es que tenemos muchas teorías y todavía no sabemos cuál es la correcta, pero mañana el misterio estará resuelto." Estaba por despedirme para ir a mi habitación a descansar, pero ella me retuvo. Por primera vez vi ansiedad en su rostro. "¿Crees que haya algún motivo de preocupación?", preguntó. "No, creo que no hay nada de qué preocuparse", dije, y tomé su mano para tranquilizarla.

Hans guiña un ojo a Peter y susurra: "Ahora viene lo bueno." Ludwig no los escucha, sigue con la mirada perdida en el infinito, por completo abstraído en sus recuerdos.

—Le dije que temer a lo desconocido era irracional, como temer a la oscuridad. No había ningún motivo. Nada de lo que le dije sirvió para tranquilizarla. Alzó la mirada. Me miró con los ojos llenos de lágrimas. "Tengo miedo", dijo. "Tengo miedo" ... Me abrazó y empezó a sollozar. También la abracé, acaricié su cabeza, su pelo, sentí su perfume. —Ludwig da un largo suspiro, vacía su vaso, toma una botella y lo vuelve a llenar—. Al cabo de un rato se serenó, dijo que se sentía mejor, se disculpó y se marchó a su habitación.

Hans y Peter están decepcionados. Se miran de reojo y menean la cabeza. Ludwig parece retornar de su viaje al pasado. Mira a su auditorio y dice,

—Los estoy aburriendo con estos detalles. Ustedes quieren saber cómo fue el encuentro. Pues bien, el gran día había llegado y los diez representantes de la especie humana formábamos una fila en la sala de la estación orbital, esperando a los visitantes. Recuerdo el momento en que la nave extraterrestre se acopló a la estación, exactamente a la hora programada. Recuerdo el sonido de los pasos de los zitzis acercándose a la sala, hasta que al fin entraron y los vimos. Se movían con parsimonia bajo nuestra mirada absorta. En el silencio de la sala sólo se oía el suave sonido de sus pasos y el rozar de sus vestiduras. Formaron una fila frente a nosotros. Durante esos instantes los analicé y los estudié todo lo que pude, como si les hubiera sacado una radiografía. En algunos aspectos, los zitzis se parecían a nosotros. Tenían dos piernas, dos brazos, un tronco y una cabeza. Eran algo más bajos. Por sus piernas gruesas y musculosas supimos que estaban acostumbrados a vivir en un planeta más grande que la Tierra, con una gravedad mayor. A los costados de la cabeza tenían un par de grandes orejas circulares. La cabeza, incluyendo el rostro, estaba cubierta por pelo muy fino, y corto, aterciopelado, de color blanco ceniciento e irregular. Sus ojos pequeños y oscuros se movían en todas direcciones, mirando la gente y el lugar. Bajo los ojos, un pequeño orificio hacía el papel de nariz. No tenían boca, ni mentón, ni mandíbula. Las manos eran de seis dedos, largos, todos del mismo tamaño, y estaban tres frente a tres, lo que daba a las manos el aspecto de tenazas. Entre sus dedos la piel parecía endurecida y con estrías de distinta separación...

Se detiene, se pasa el dorso de la mano por la boca y dice mientras llena su vaso:

—¡Aj! Tengo la boca seca de tanto hablar. —Bebe, luego continúa:— Johnston les dio la bienvenida. Uno de ellos juntó las manos y comenzó a mover sus dedos, frotándolos entre sí y produciendo distintos sonidos. El sistema traductor automático nos explicó que estaban agradeciendo la bienvenida. Johnston comenzó entonces con su perorata. Mientras tanto, yo no dejaba de estudiarlos. La fascinación que sentía hizo que olvidara cualquier temor o inquietud. Su piel y sus orejas me hicieron pensar en extraterrestres de peluche. Marisa estaba a mi lado; mostraba la serenidad de siempre y parecía que el miedo que había sentido la noche anterior nunca hubiera existido. Me rozó el brazo. Sentí su perfume. En ese momento creo que fui feliz... —otra pausa para beber—. Luego... en fin... luego pasó lo que ustedes saben, lo único que todos conocen sobre el encuentro.

Los tres oyentes hacen esfuerzos por contener la risa.

—Me dio hipo —dice Ludwig.

Hans y Peter lanzan una carcajada. Karl se controla mejor. Ludwig espera en silencio. Da un sorbo a su vaso. Cuando las risas terminan, continúa.

—Primero tuve un par de hipadas no muy sonoras. Pasé un rato sin hipar, me relajé y pensé que había pasado. Entonces el hipo volvió, más fuerte que antes y ya imposible de disimular. Los zitzis parecían esperar una explicación, a través del traductor automático, de ese extraño sonido, pero ¿cómo traducir un hipo? Parecieron asombrarse aún más cuando vieron la reacción de Johnston, que tenía los ojos desorbitados y la frente llena de sudor. En aquella época yo también tenía la risa fácil, como ustedes, y, al ver el rostro desencajado de Johnston, no pude evitar reír. Johnston se descontroló. Me echó... Me gritó... Los diez zitzis dieron un respingo cuando Johnston levantó la voz. Al parecer, no estaban acostumbrados a sonidos fuertes. Uno de ellos dio una señal y los diez empezaron a marcharse sin decir una palabra o, mejor dicho, sin emitir un sonido con sus dedos. Johnston rogó, suplicó y pidió disculpas. De nada sirvieron sus palabras. Estaba rojo de furia e impotencia. Volvió a gritar. Ordenó a los zitzis que regresaran, como si él hubiera tenido alguna autoridad sobre ellos. Lo único que consiguió fue que aceleraran el paso. Pronto desaparecieron por donde habían llegado. Su nave se desacopló de la estación, en un instante la perdimos de vista y desapareció de los radares. Nunca se volvió a tener noticias de los zitzis. Nunca... —pausa para beber—. ¿Quién sabe qué extraordinarios y maravillosos conocimientos podríamos haber obtenido de ellos? El encuentro que hubiera cambiado el destino de la humanidad se había transformado en un gigantesco fracaso. Había que encontrar un culpable. Alguien tenía que pagar. Y no sería Johnston, por supuesto, a pesar de que su incompetencia había sido evidente. No, mis señores, Johnston era demasiado poderoso. Yo tuve que pagar. Durante meses la prensa internacional se dedicó a insultarme. Se publicaron muchas fotos mías tomadas en el momento crítico del encuentro, riéndome. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que mi falta de seriedad había sido la causa del fracaso. Es cierto, me reí. Soy culpable de eso. Sin embargo, si ustedes hubieran estado en la misma situación, si hubieran visto la cara de Johnston en ese momento, creo que también habrían reído. A veces... pienso en los zitzis... en la reacción que tuvieron. Estoy seguro de que decidieron marcharse cuando Johnston levantó la voz. Sin embargo, creo que ellos tampoco lograron percibir el aspecto cómico de la situación. Seguramente, las capacidades de los zitzis eran superiores a las nuestras en casi todo, pero creo que no tuvieron la capacidad de entender por qué reí y mucho menos la de reírse ellos mismos. Es una capacidad que se pierde con los años. Yo ya no logro reírme de todo esto como hacen ustedes, ni de ninguna otra cosa. Del mismo modo, quizá los zitzis perdieron la capacidad de reír por lo avanzado de su civilización... Perdónenme. Estoy divagando otra vez. Cuando bebo tengo un extraño estado de lucidez en el que me asombro de mis propios razonamientos. Pero luego se me pasa. Pronto empezaré a decir tonterías más propias de un ebrio.


Ilustración: Germán Amatto

—No se preocupe por eso, Ludwig, en un rato estaremos todos igual —dice Karl. Los demás acompañan sus palabras con un brindis.

—En un reportaje, Johnston me calificó como la vergüenza galáctica. Desde entonces, muchos me llaman así... También aparecieron fotos mías abrazando a Marisa la noche anterior al encuentro. Alguien encontró esas imágenes en los registros de las cámaras de la estación, y las vendió a buen precio. Ella tenía miedo y yo sólo había querido consolarla. Pero todo el mundo pensó que habíamos estado flirteando. Y eso, por supuesto, es un pecado imperdonable. El pecado original... —Bebe—. El pecado original trajo la perdición de la humanidad, ¿verdad? Sí, por supuesto, y también por el pecado original perdimos el paraíso que los maravillosos conocimientos de los zitzis nos hubieran traído. ¡Bah! Sin pecado la humanidad no existiría. Además, ¿de qué nos podrían servir los conocimientos de una civilización que no entiende lo que es el sentido del humor? ¿Para qué los quiero? Con unas botellas y amigos para conversar tengo todo lo que necesito...

—¿Qué pasó con su amiga, la diplomática? —pregunta Karl.

—El escándalo también afectó a Marisa. Ella y yo fuimos expulsados del grupo de representantes, pero ese castigo fue irrelevante porque el grupo ya no tenía razón de ser y, en poco tiempo, fue desarmado. La prensa pronto la olvidó. Ella pudo continuar con su vida de siempre sin mayores problemas. Yo no. Yo fui despedido de mi trabajo y no pude conseguir otro. Mi esposa me pidió el divorcio. Se llamaba Ingrid... —Suspira—. Ingrid tenía el pelo rubio, lacio y muy largo, las mejillas redondas y rosadas y los ojos muy claros. Era agradable caminar con ella, tomado del brazo, y saber que los hombres me envidiaban. Era esbelta, alta y delgada... Era una perra. Mientras yo daba vueltas alrededor de la Tierra en la estación orbital, se acostaba cada noche con un hombre distinto. Se trataba de una especie de competencia que tenía con sus amigas. Me dijo que no podíamos seguir juntos porque yo le había sido infiel. Hipócrita... La verdadera razón fue que no soportaba la idea de permanecer junto a un fracasado... Desde entonces anduve por muchos países. Conocí muchas ciudades, siempre buscando no ser reconocido. Mi único objetivo era pasar desapercibido, pero era difícil. En todo el mundo me conocían y, a veces, me insultaban en la calle. Así pasó mucho tiempo, hasta que terminé con mis ahorros. En este puerto, hace años, se me acabó el dinero... Supongo que aquí moriré. No es un lugar del todo malo. Pude conseguir un poco de calma y me las ingenio para sobrevivir... Sobrevivir... —Bebe otra vez—. Las cosas podrían ser muy distintas. Hoy podría tener mucho dinero, sería el exobiólogo más prestigioso del mundo y en Alemania me tendrían por un héroe nacional. Sí, así sería de no haber tenido un ataque de hipo. Los organizadores del encuentro previeron miles de detalles estúpidos. Perdieron horas y horas pensando en las más absurdas tonterías, pero no pensaron en un ataque de hipo.

—¡Hip! —dice Hans.

Peter estalla en una carcajada, pierde el equilibrio sobre su silla y cae al suelo, donde sigue riendo. Hans lo ayuda, entre risas, a levantarse, pero, al intentarlo, vomita. Peter evita ensuciarse rodando por el piso. Ambos no paran de reír. Dos empleados del local se acercan con la intención de terminar con el escándalo. Karl los detiene y, mediante señas, les hace entender que él se hace cargo. Levanta a Peter, toma a Hans del brazo y, tambaleándose entre risas y tropezones, los saca del bar.

Ludwig se queda solo, sentado a la mesa con el vaso en una mano y la botella en la otra. Tiene los ojos muy vidriosos y la vista otra vez perdida en el infinito. Un empleado pasa un trapo al piso. Escucha a Ludwig hablando solo pero no entiende una palabra y no le presta atención.

—"Tengo miedo", me dijo. La abracé, estaba temblando. Ella, la que transmitía fortaleza a los demás, temblaba en mis brazos."¿Cómo será todo de ahora en adelante? ¿Qué será de nosotros?", me preguntaba. Yo no sabía qué decirle. Todos teníamos miedo... Todos... La abracé, recuerdo su perfume. Acaricié su pelo, era tan suave... La besé. Sí, creo que la besé. Era tan hermosa...



Usted ha sido elegido embajador de su planeta. Tenga cuidado, controle sus gestos, sus expresiones; piense dos veces antes de hacer cualquier cosa... y no la haga.

Miguel Hoyuelos es físico, trabaja en la Universidad Nacional de Mar del Plata y lo conocimos hace casi dos años, cuando ganó la mención especial del premio UPC de ciencia ficción del 2004 con una novela corta que comenzó a escribir diez años atrás, en una época en la que, dice, tenía más tiempo para esas cosas. Por lo pronto, ahora se dedica a su profesión, a su familia (tiene mellizos de casi cuatro años y medio) y a la fotografía de la naturaleza (otra de sus aficiones). Eso absorbe todo su tiempo, pero estamos seguros de que pronto podremos publicarle algún otro cuento.


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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