ROMANCE DEL PÁJARO Y LA FLECHA

Paula Ruggeri

Argentina

"Seré una Curadora y amaré todo
cuánto crece, todo lo que no es árido"

Éowyn


Un guerrero cruza el desierto. Su mirada es sed. Su pecho es sed.

Es el último entre ellos. Siempre hay un último soldado. Cualquier desierto lo hallará perdido y nadie más que el desierto lo hallará. Lo buscarás, mujer, y creerás que lo has hallado una noche, pero sólo su brazo te abraza, su corazón sigue en el desierto. En el desierto hay sólo voces. Hay voces de pájaros muertos. Cantan sus hirientes trinos sólo para el soldado del desierto. Hay voces de espadas muertas, voces de niños muertos, voces de libros que ardieron para siempre y silencio del viejo guerrero. El viejo guerrero puede ser más joven que tú, y siempre será más viejo. Eso no lo puedes remediar. Tampoco lo entenderás nunca. Por eso el brazo que te abraza recuerda el desierto. Entonces, no lo busques. Sólo puedes esperar.

Eso hace la mujer.

La mujer espera lejos. Ella quiere esperarlo. Hace veinte años que lo está esperando. Veinte es igual a veinte. Nadie va a negar eso. Veinte años es igual a veinte siglos. Pueden negarlo, no me importará. Ella aviva las llamas; cuando sólo queda una brasa, enciende el fuego nuevamente y se sienta a esperar otra vez. Ese es el único fuego perenne. Cuando la biblioteca termina de arder, el fuego muere. Pero el fuego que prende la mujer que espera no se apaga nunca.

Hay otra mujer que espera. Esa mujer está esperando más cerca. Tras el desierto, está la montaña; tras la montaña, está el bosque; tras el bosque está la llanura eterna; tras la llanura eterna, está la fina arena, la fina arena se pierde en el mar. Tras el mar, está el hogar del viejo guerrero y el fuego perenne. Eso es muy lejos. La otra mujer que espera es una joven. Vive en el bosque. En el bosque hay árboles de flores rojas. Cuentan que las flores rojas son de sangre de otra joven. Por amar a un guerrero, dicen, la ataron al árbol y le prendieron fuego del que muere. La joven ardió hasta el fin y ese fue el fin del fuego, y nacieron las flores rojas. El guerrero era el último guerrero y se fue al desierto. También hay árboles con troncos rojos. Altos árboles, de madera dura como la roca. Son los guerreros que cayeron antes del desierto. Todos los guerreros caen antes del desierto, menos uno. Ningún guerrero sabe nunca si él será el último guerrero. Los guerreros se miran silenciosos antes de la batalla. A uno lo elegirá la muerte, para que mantenga su recuerdo en el mundo de los vivos. Es eso, mujer. La muerte llegó y lo eligió y no puedes competir con ella. Tú pares vida, la muerte mata. ¿Qué recordará el guerrero? La vida es paciente y temerosa, trabaja y ara, besa y arroba, abraza y desvela, envuelve y danza, calla y trabaja, llora y ríe y es una vieja en el hogar, una novia en el altar, una amante poeta, una campesina en el campo de girasol. La muerte no es paciente ni laboriosa y no permite el olvido. Y tú, hombre; la muerte no es como la mujer que te abraza para que te olvides de todo, la muerte te elige y te da la memoria para siempre. Quiere que te vean las campesinas en el campo de girasol, que trabajan y ríen hasta que aparece tu figura, fuerte y cansada, tu espada negra, tus jirones de sangre y tus cicatrices, entonces se callará la risa y la joven ignorante de la muerte sabrá que la muerte existe.

Pero el bosque es misterioso. Flores rojas, árboles altos.

En el bosque hay una casa.

En la casa está Nausícaa.

Nausícaa está de pie en la tierra. Llega a su rostro el aroma de las flores y también el lento silencio del viejo soldado. Está viejo porque cree que ya lo sabe todo. Él no cree en misterios. Nausícaa tiene largo cabello negro ¿por qué? Nausícaa canta ¿por qué? Nausícaa sabe que él llega y lo espera ¿por qué? Misterios que nunca develará el viejo soldado, ni yo tampoco.

Llega hasta él el murmullo interminable de la joven. Nausícaa, sin embargo, no abre los labios ¿por qué?

El viejo guerrero camina bajo la sombra de los árboles altos, las sombras de antiguos guerreros; el aroma de las flores rojas, la sangre de una joven amante; sintiendo el aullido, el murmullo de Nausícaa que se le antoja un curso de agua. Su boca es sed, su pecho es sed y sus altas piernas son tan fuertes, más cansadas cuanto más fuertes. El arroyo, cree, lo llama y descansará.

Pero el arroyo es una joven. Ella sonríe.

El soldado se detiene, asombrado.

Nausícaa sonríe más. El viejo instinto hace al soldado sonreír.

Nausícaa lo interroga con los ojos.

Él no dice nada.

Por fin ella dice su diálogo

—Extranjero. No pareces vil ni necio.

El viejo soldado la sigue a la casa, come, bebe, ávido desgarra el vestido de Nausícaa y ella sólo sonríe, para él siempre sonreirá. Y al fin, cuando calmó su sed, él se durmió en su regazo.

Y la sonrisa de Nausícaa se esfumó. Él ya no recuerda que debe decir. Ella sí.


Te contaré una historia:

"Un naúfrago llegó a una playa y en ella una joven jugaba..."

Nausícaa se torna grave. Él está dormido. Está muy cansado. Y cree que lo sabe todo. Eso le hace sentir compasión por él. Más de la que ya siente. El amor se pierde en el recuerdo, junto con la compasión. Nausícaa piensa en sí misma.

"Una vez hubo un náufrago. Se parecía a ti. Estaba cansado. Necesitaba un madero, algo a qué aferrarse...

...y halló una joven,

...y luego partió.

"La joven siempre estaba ahí. Antes de que él llegará. Y se quedó cuando él se fue. Y él jamás volvió.

"Sé muchas cosas, soldado. Soy mucho más vieja que tú. Sabía que vendrías. Sabía que me desearías. Y sé que te irás.

"Sólo puedes dormir un tiempo.

"Crees que quieres ese fuego. El hogar. La mujer que siempre espera. Pero tú, soldado, sólo buscas la muerte. El hogar. El fuego fatuo.

"Conté la historia del soldado y la rosa. Canté el poema del cielo y del infierno. En mis manos está el paraíso, pero tú no lo quieres. Dolor y muerte. El desierto y el mar. Tu destino no es el hogar, es el viaje. Nunca llegarás. Dormido, te aferras a mí. Mañana te irás. No sabes que cuando llegues al hogar, tu viaje habrá terminado, la paz habrá llegado pero la vieja guerra no será olvidada. Volverá en tus viejas heridas, una y otra vez. La vieja espada enmohecerá y a tu alrededor caerán muros que nunca fueron fuertes y todo será el recuerdo de la muerte...

"Tu espada es lenta y su hoja inflexible y dura. Pero nada es más dulce para mí. Y aunque hiciera lo que siempre quise, atarte a mis piernas por el fin de los tiempos, tú te vas por tus viejas heridas, tus cicatrices se hacen sangre y deberé dejarte partir, al desierto donde la sangre deja de correr...

" Porque tu destino es el viaje y no el hogar."

El viejo soldado se movió, inquieto y abrió los ojos.

Nausícaa sonrió.

"Hubo un soldado y hubo una rosa.

"Ella estaba herida y él estaba cansado.

"Se hallaron a orillas de un lago".

El sueño volvió.

Nausícaa sonrío para sí.

"Sólo estoy aquí para decirte que viviré más que tú. Que vivirá mi canto cuando tu espada lleve siglos muerta, porque las palabras del frío mueren en el frío. Que por todo lo que no me ames, me amarán otros. Que mi dolor pasará, mi vieja herida cerrará y entonces yo partiré, en un bote de negras aguas, con una vela blanca, a los jardines de Rivendel, que nunca viste. Que alguien dormirá en mi regazo, y no se irá nunca. Y cuando llegue mi ocaso, morirán las tristes historias y no te recordaré. Que así viven odios y guerras y viejos soldados, así también vivo yo. Y no cantaré el amor inmóvil, ya nunca más. Y Nausícaa morirá y en su lugar habrá una mujer, en un hogar, y esa mujer seré yo... y llegará el frío y con el frío un hombre y ese hombre serás tú. Y ahora duerme que llega la noche, mientras yo velo, una noche más, un viejo soldado más."

Llegó la noche, llegó la luna y llegó el viento. El viento entró en la casa. Viento del Norte.

El viejo soldado abrió los ojos. Vio el rostro de la joven. Su inocencia le hizo sonreír. Una sombra cruzó su frente: el camino. El camino estaba ahí. No podía descansar. No podía soñar.

Cerró los ojos. Tenía que incorporarse. Tenía que deshacerse de ese abrazo. Tenía que seguir. Sus labios recibieron una suave presión. El beso de la joven. Pero él era viejo. Sonrió.

—Tengo que irme.

Ella pareció triste.

—Volveré —mintió. El guerrero más valiente siempre es un cobarde para decir adiós a una mujer.

—¿Adónde? —preguntó ella.

Él acarició su rostro. Al mar. Los ojos grandes, inocentes. La piel suave. Un dulce pájaro de juventud. Había visto dulces pájaros atravesados por flechas.

Ella sonrío entre sus lágrimas.

—Nunca te voy a olvidar.

—Recuérdame sólo de vez en cuando.

Entonces se deshizo del abrazo de la mujer, se incorporó. Tomó su vieja espada y su escaso equipaje. Abrió la puerta. El viento del Norte los envolvió a ambos.

—Tengo frío —dijo ella.

Y el soldado volvió al camino. Volvió por donde se había ido. El camino al desierto, nuevamente. Nausícaa se acostó en el lecho, a soñar y a esperar el día. El día de partir al mar. A los jardines de Rivendel.

Porque su destino era el viaje y no el hogar.


En el hogar quedaban rescoldos del viejo fuego. La mujer se levantó y los atizó.

El viento era fuerte. Los ojos del soldado se nublaban. Fantasmas de Navidades pasadas. Dulces pájaros caídos. Heridas tan profundas que no cicatrizaban. Hielo. Hielo es lo único que puede aliviar el dolor. Lo rodeó la helada.

El fuego del hogar se apagó. La mujer dormía, la cabeza entre los brazos. En el sueño lo vio a él, joven, cuando embarcó. Ambos eran jóvenes. Pensó, soñó, que la juventud era eso, embarcar. Oyó, soñó, que el mar golpeaba la escollera. Vio, soñó, una nave que la esperaba y sus velas negras. Despertó y siguió soñando. Soñando se colocó la capa, soñando tomó un arco y flechas, soñando se dirigió a la orilla y vio en su sueño, la nave que la esperaba. Suspiró, miró la vieja casa y embarcó.


Ilustración: wkowalsky

Sola en el temporal, la mujer conducía el barco. Sabía que de todas formas, siempre estaba a la deriva. Sabía que yendo a la deriva, hallaría lo que buscaba.

Los vientos la llevaron a una orilla de arenas tibias. Cayó allí. Caminó por la playa. De lejos vio a una joven de cabellos negros. Sonrío un poco. Ella también había sido joven. Lo seguía siendo, puesto que había embarcado. Sólo que ya no esperaba nada.

—Esperarás así —pensó la mujer— hasta que entiendas.

La joven la saludó con la mano, agitando el brazo desde lejos, pero la mujer del Norte no respondió. La joven lejana siguió mirando el mar.

La mujer del Norte siguió su deriva y halló el camino primero, por la llanura eterna, el viejo bosque luego. Los altos árboles rojos le dieron sombra. Cuando sentía hambre, tensaba el arco, disparaba la flecha, entonces el pájaro caía atravesado. La mujer comía. Y seguía el camino.

La helada era muy fuerte. Pero el viejo soldado también. Él era la helada.

Nunca sabré si ella lo encontró. No sé que fue del viejo soldado. Lo vi partir y luego la vi llegar a ella.

Sólo sé que será de mí. Tengo un bote de velas blancas. Cruzaré con él las aguas negras. Iré a los jardines de Rivendel, esos que nunca viste. Mi guerra ya terminó.

Olvidé decir al viejo soldado que la juventud es lo más viejo del mundo.



Principio y final. Amaré todo cuánto crece porque la juventud es la joya más antigua que existe. Eso es todo cuanto puede hacerse, excepto en los universos de ficción.

Paula Ruggeri nació en Buenos Aires en 1970. Ha publicado cuentos, ensayos y poesías en las revistas Cuásar, Nuestras Letras, Neuromante Inc., Libraria y El Patíbulo, y un cuento suyo fue incluido en la antología de cuentos de ciencia ficción Aurora. Es autora del libro El gran compendio de las criaturas fantásticas (2005) y este es su segundo cuento en Axxón; el primero fue "Ojo en el cielo" (153), un homenaje a Dick que seguramente erizó a los fanáticos.


Axxón 162 - mayo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Argentina: Argentino).

            

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