LA ANFITRIONA

Zdravka Evtimova

Bulgaria

No le conté a nadie acerca de mi plan, y menos aún a mi marido, ya que, de hecho, no estaba corriendo ningún riesgo. Por las tardes, mientras dormía la siesta con mis hijos, le permitiría el acceso a mi subconsciente a todos aquellos interesados en hacerlo a cambio de una modesta tarifa. Probablemente hayan oído hablar de esa compañía de New Castle, Subconsciente, Inc. Por supuesto, si ustedes fueran hombres de negocios o abogados con una intensa agenda de trabajo, no habrían oído nada sobre ella; los anuncios eran emitidos antes de las cinco de la tarde. Pero las amas de casa como yo ven cualquier cosa mientras le dan la merienda a sus hijos.

Algún genio había urdido el siguiente aviso publicitario: "¡Turismo en el mundo del subconsciente! Ésa es la verdadera industria moderna. Usted elige su horario de trabajo, establece la tarifa de entrada a su subconsciente y nosotros nos ocuparemos de encontrar huéspedes ansiosos por visitarlo. ¡Podemos hacerlo rico!"

El argumento que me resultaba más convincente para probar aquella empresa de alta tecnología era que la compañía no reclamaba ningún pago inicial. Incluirían mi subconsciente en su sistema de rutas turísticas sin cargo alguno.

El hombre que respondió a mi llamada telefónica me invitó a visitar su oficina en la ciudad, un lugar que yo detestaba hasta cuando pensaba en él, y mucho más si me veía obligada a ir. Estaba a punto de declinar la oferta cuando el hombre me explicó que él podría venir a mi casa; allí podría firmar el contrato y elegir los días en los que mi subconsciente estaría abierto a los visitantes. Entonces me decidí: de tres a cinco de la tarde, todos los días hábiles. Ese era el momento en que dormía la siesta con mis hijos: unos demonios que utilizaban cada minuto de sus vidas para golpearse, morderse, patearse e insultarse mutuamente. Nada podía preocuparme menos que mi subconsciente mientras dormitaba por las tardes.

El aburrimiento envenenaba mis días. Mis nervios eran constantemente crucificados por las peleas de mis hijos y las quejas de mi esposo acerca de lo miserable que era su salario. Esa era su razón para negarse a gastar dinero en una niñera para sus belicosos hijos. No tenía recursos para pagar domésticos o criadas que hicieran las tareas de la casa. Le pagaba a una muchacha gorda para que hiciera la limpieza dos veces a la semana, pero me quedaba la sensación de que tras sus aplicados esfuerzos, las habitaciones quedaban más sucias que antes. Mis hijos la adoraban; ella abría el refrigerador y tomaba grandes porciones de torta que los tres engullían ferozmente, aunque eso era algo que, como sabían muy bien, estaba estrictamente prohibido. Yo odio a las muchachas gordas. Mi marido también estaba engordando, aunque a menudo nos arrastraba, a los niños y a mí, a nuestro gimnasio familiar, lugar en el que los chicos alborotaban mientras él resoplaba y jadeaba, quejándose de su jefe, su secretaria, sus empleados y sus amigos. Se sentía bien cuando teníamos sexo, pero yo no, y él nunca parecía darse cuenta de ello. Pensaba que mi esposo estaba demasiado ocupado con sus propios planes o, tal vez, yo fingía mi felicidad demasiado bien.

Deben ustedes comprender que cada uno de mis días era idéntico a los otros: las peleas de los chicos; las constantes disputas sobre qué ver en la televisión, quién había elegido el mejor camión y quién corría más rápido. Mi marido, por supuesto, los alentaba. Para él era un logro digno de elogio que ellos aprendieran todo sobre la competencia desde una edad temprana. Aplaudía su espíritu de lucha y lo interpretaba como sed de victoria.

—Los chicos estarán listos para vivir fuera de casa, querida. Tú no sabes nada sobre la vida. Vives inmersa en el oasis de calma que he construido para ti.

Sí, yo estaba fingiendo mi felicidad con eficacia.

En medio del oasis que él había construido las horas eran idénticas, como las motas de polvo sobre la despensa de la cocina, de modo que cuando el empleado de aquella extraña compañía realizó una segunda visita a mi modesto domicilio yo estaba tan sorprendida y excitada por experimentar algo novedoso que lo dejé entrar. Debo admitir que se veía estupendo. Esperaba que mis curiosos vecinos lo hubieran visto entrar en mi casa.

—Señora, usted ha recibido los mayores ingresos netos resultantes de las visitas al mundo de su subconsciente —dijo al tiempo que hacía una ligera reverencia—. Gracias a usted, he sido elegido Agente del Mes por mi contribución financiera a nuestra Compañía.

Ustedes deben conocer la expresión "como caído del cielo". En ese momento sentí como si un rayo me hubiera caído en la cabeza.

—¿A qué se refiere? —pregunté.

—Su subconsciente fue visitado por una enorme cantidad de turistas, señora. La gente hace reservas con varios meses de anticipación. ¿Ha revisado su cuenta bancaria recientemente?

—No —respondí. La expresión "cuenta bancaria" me sonaba demasiado presuntuosa para los ciento cincuenta dólares que guardaba en ella. Mi esposo acostumbraba depositar sumas insignificantes en mi cuenta bancaria cuando partía en largos viajes de negocios. Yo tomaba el dinero apenas él había cerrado la puerta y cuando llegaba la muchacha gorda para hacer la limpieza me iba al cine. Le pagaba generosamente a la muchacha para que cuidara a mis hijos y, por un par de horas, era libre. Al salir del cine me dirigía a un pequeño y coqueto restaurante donde bebía media botella de Chardonnay, un vino blanco seco de 1987 o 1989, que era lo único bueno que podía pagar. Bebía sola, haciendo mi mejor esfuerzo para neutralizar a toda clase de pesados que intentaban pagarme un trago. Gastaba alegremente el resto del dinero en la película más aburrida que pudiera encontrar.

Por principio, prefería los cines medio vacíos donde los extraños tenían pocas posibilidades de molestarme. Ni siquiera miraba la película; hubiera podido ver cualquiera que quisiese en mi propio reproductor de video. Lo que adoraba era la ausencia absoluta de seres humanos a mi alrededor. Sabía muy bien que la muchacha gorda y mis hijos aprovechaban mi ausencia para atiborrarse con torta, chocolates y dulces.

Por lo tanto me regodeaba en el resplandor de la película aburrida y en la soledad que me permitía, en un lugar donde nadie codiciaba mis piernas. Por supuesto, no siempre era eso lo que ocurría; los perdedores van incluso a ver las películas más aburridas. Yo era un imán para ellos; todos declaraban que para mí sería placentero que ellos me mostraran los lugares de interés de nuestro aburrido pueblo. Durante los días siguientes, caía en la desesperación. Era improbable que otra suma, por insignificante que fuera, apareciera pronto en mi cuenta bancaria. Y así mi arruinada tarde lucía aún más sombría. Mi marido estaba convencido de que las esposas no deben tener dinero para despilfarrar, de modo que virtualmente no me dejaba nada. En su opinión, el dinero traía malas ideas acerca de compras no autorizadas. En realidad, las compras no podían haberme importado menos. Anhelaba el silencio. La idea de que yo pudiera engañarlo nunca cruzó por la mente de mi marido. Él creía que lo adoraba, pero no era así.

—Señora... —empezó a decir el joven empleado, y me estremecí. En primer lugar, no me gustaban los extraños. En segundo lugar, odiaba que me llamaran señora. Tampoco podría decir que me agrade conocer gente nueva, aunque el hombre no era desagradable: se había limpiado cuidadosamente los zapatos en el felpudo antes de entrar a mi casa—. Señora, me tomé la libertad de modificar la tarifa de ingreso a su subconsciente. Los turistas la pagan, así que la elevé. Por favor, revise su cuenta bancaria, señora.

Dije que la revisaría y esperé a que el empleado terminara con lo que había venido a decirme. Sospechaba que él no había conducido varias horas para llegar hasta mi casa sólo para agradecerme por el buen trabajo que mi subconsciente había hecho para beneficio su compañía. Mis hijos empezaron a reñir por un walkman que habían roto un par de años atrás. El hombre se levantó de la silla y me observó directamente, un acto que en mi opinión constituía una ofensa; odiaba que la gente me mirara de esa manera.

—Señora, ¿podría usted prolongar el tiempo de acceso a su subconsciente? —preguntó mientras contemplaba la base de mi cuello. Eso me hizo sentir mejor. Sabía que a los jesuitas, en el siglo XVI, se les enseñaba a mirar ese punto del cuello de sus interlocutores mientras se esforzaban por mantener la conversación. La intimidación me hacía sentir cómoda. Siempre fue así; no me asusto fácilmente.

Me sorprendí cuando sugirió: —Tal vez usted me permita prolongar las horas de acceso hasta última hora de la tarde.

—¿Última hora de la tarde? —Reflexioné sobre ello. Por las noches mi marido estaría en casa. Su presencia demandaría toda mi atención.

Los hombres siempre toman algo de ti. Incluso siendo niños te quitan la paz y la tranquilidad. Te enfurecen con sus gritos; cuando no estás en casa se atiborran con montañas de torta para volverse más arrogantes cuando regresas después de beber tu afortunada botella de Chardonnay.

—Según mis cálculos, usted obtuvo un beneficio de veinte mil dólares, señora —dijo el joven. Me dio hipo—. Tal vez un poco más. He tenido un día libre y otro administrador está manejando el acceso a su subconsciente.

—¿Está seguro? —fue todo lo que pude decir. ¡Veinte mil dólares! Había estado soñando con veinte mil toda mi vida. En mis sueños, siempre aparecía en una tierra remota, lejos de mis hijos. En aquel lugar estaba muy lejos de mi esposo también. Sus quejas acerca del estrés que le producía su trabajo nunca podrían alcanzarme allí.

A veces, en mis sueños más atrevidos, contrataba dos guardaespaldas, ambos vestidos de negro. Cuando se enteraban de que mi marido se aproximaba a mi nuevo hogar, no lejos de Silver Moon Lake —había visto el lago en un anuncio de la televisión—, ellos le advertían que la distancia entre nosotros debía ser de al menos una milla. Mi esposo, por supuesto, no obedecía sus instrucciones; intentaba persuadirlos de que yo era su esposa. Los guardaespaldas ya le habían advertido que le dispararían en el rostro si persistía en su intento. Mi marido nunca se rendía. Era muy insistente.

Para ser honesta, eso ocurría sólo en mis mejores sueños.

El agradable joven se removía nerviosamente en su silla. Pero yo no deseaba facilitarle las cosas. No prolongaría las horas de acceso durante las cuales sus frívolos turistas pudieran visitar mi subconsciente. Ellos podrían querer hacer sus picnics allí. Bueno, si realmente tenía veinte mil dólares... estaba claro lo que haría, ¿verdad?

—Señora, he visitado su subconsciente. En realidad, lo he visitado siete veces, y... y me gustaría...

—¿Siete veces? —Eso realmente era mucho—. ¿Le cobró alguna tarifa su compañía?

—De hecho lo hicieron... Apreciaría que usted permitiera el acceso a su subconsciente durante las últimas horas de la tarde, señora. Yo sería el primero en aprovechar tal oportunidad.

—¿Qué... qué es lo que lo motiva a visitarlo de nuevo?

—Por favor, no me haga esa pregunta, señora. Usted sabe mejor que yo cuáles son sus sueños.

Un estremecimiento me atravesó. Yo sabía muy bien lo que pasaba en mis mejores sueños. El Silver Moon Lake y el hombre postrado en la orilla, muerto. Hombres llevados al éxtasis por la sangre y la muerte ¡Debo ser muy buena soñadora para haber hecho veinte mil dólares!

—¿Hay escenas de sexo en mi subconsciente? —pregunté con voz quebrada.

—Bueno... de hecho... yo no entré por eso, señora.

¿Y si los turistas hubieran sido atraídos por lo que mis guardaespaldas le hicieron a mi marido?

—No permitiré el acceso a mi subconsciente en ese horario —dije de manera inquebrantable.

El joven que hacía un minuto parecía bastante normal, incluso tímido, cualidad que yo apreciaba, saltó de la silla y tomó repentinamente mi mano.

—¿Por qué haría usted eso, señora?

Lo aparté de mí. Odio cuando alguien me toca. Las manos de mi esposo eran sudorosas, aunque las trataba con una loción de almizcle y aceite de equinácea. Toda mi casa era sudorosa; El cielo sobre mí era sudoroso cuando alguien me tocaba. La memoria de la piel de un extraño tocándome solía perseguirme durante días. Sufría severos ataques de asma después de eso. Uno de los colegas de mi marido, un gerente ejecutivo, había tocado una vez mi hombro y me había ocasionado un ahogo.

—¿Está usted bien, señora? —preguntó el joven con tono de preocupación.

—Por favor, no me toque.

Sus manos escaparon de mi piel como insectos aterrorizados.

—Lo siento t... tanto, señora —tartamudeó, su frente estaba perlada por gotas de transpiración.

—Por cierto, ¿quiénes me visitan más a menudo, hombres o mujeres? —pregunté.

—Tanto hombres como mujeres lo hacen, señora —susurró, mientras sus manos se crisparon nerviosamente sobre sus rodillas como si trataran de saltar sobre mí.

—¡Por favor! —lo interrumpí. Por suerte, él logró controlarse. Sus dedos parecían suaves como pasteles, con uñas perfectamente cuidadas: el tipo de manos que yo particularmente detestaba.

Una fría imagen atravesó mi mente: dos guardaespaldas apuntaban a un hombre regordete. Él les gritaba, enfurecido, informándoles que era mi marido y que sería mejor que arrojaran sus jodidas armas al suelo. Era natural que los guardaespaldas no las soltaran.

—Hay silencio en su subconsciente, señora. —Los ojos del empleado se clavaron en ese punto de mi cuello que los jesuitas amaban. Hasta eso me daba escozor—. Es tan hermoso allí... Uno se siente como en un cine, tranquilo y acogedor, y están dando una buena película. Una película de... amor.

Cuando pronunció la palabra "amor", las gotas de transpiración de su frente brillaron enrojecidas.

En ese momento mis hijos comenzaron a entonar una canción a los gritos; luego comenzaron a golpearse entre sí sin ninguna razón, arañándose los rostros al tiempo que lloraban con voz grave. Si mi esposo hubiera estado aquí, los hubiera aplaudido calurosamente.

—Señora —ahora la voz del joven era sudorosa, y sus palabras goteaban incómodas de su boca húmeda—. Señora... su sueño es sobre un hombre que... que es... todo para usted... él es como un tranquilo y acogedor cine... él es... su vida. Usted no puede soportar que alguien la toque porque lo desea a él. Usted sueña con... con... ver primaveras y veranos en sus ojos. Señora, yo... yo siento que sé cuál era su problema. La he ayudado a salir de él.

Sentí que se helaban mis pies. Apenas podía respirar.

Mis hijos empezaron a arrojarse juguetes de plástico; podían insultar en latín, también, un logro que mi esposo premiaba diariamente con una generosidad considerable.

—Señora, yo... cuando entré a su subconsciente... ¿sabe qué? —Mi visitante balbuceaba—. Me... me pareció... —En ese momento sus ojos abandonaron el tranquilo punto en mi cuello para concentrarse en mi pecho.

—Continúe —dije. Sentí pinchazos hundiéndose en mi piel: un claro signo de que el ataque de asma se aproximaba.

—Usted sabe... me pareció que yo era el hombre para usted. Entonces vine aquí y...


Ilustración: Héctor Chinchayán

El sol iluminó el rostro de mi visitante.

—Tal vez otro hombre... otro hombre... aunque él era... él era el hombre de sus... sueños —tartamudeó—. Sólo yo sabía su dirección... y... vine a... decírselo. Yo soy ese hombre, señora.

Recordé los más hermosos momentos de mis sueños: las armas de los guardaespaldas apuntaban a la frente de un hombre que les explicaba a esos hombres armados que yo era su esposa. Ese hombre creía que yo lo adoraba.

En ese momento supe la verdad: había fingido mis sueños. Un paquete de mentiras: eso era lo que yo era.

—¿Así que era usted quien me ayudó... usted?

De pronto imaginé a mi joven visitante vestido de negro. Imaginé el cuerpo postrado frente al Silver Moon Lake.

—Yo... yo la amo, señora —susurró.

En ese momento sonó el teléfono. Detestaba intensamente la voz de mi vecina. Ella era periodista y una verdadera caradura.

—Jane ¿eres tú? Soy Catherine... Sí, Catherine Grissom ¡Adivina lo que vi en la televisión hace un minuto! ¡Oh, Jane! ¡Tu pobre esposo fue hallado muerto cerca de la orilla del Silver Moon Lake! ¡Eso es lo que dicen en la televisión! ¡El pobre hombre!

Tragué buscando aire. Mi visitante parecía estar a punto de besarme.

—¡Recibió un disparo en el rostro, Jane! ¡El pobre hombre! ¡Tenía un corazón de oro! Dicen que el asaltante, un hombre alto, vestido de negro, escapó —cotorreó.

Una sonrisa tímida asomó en los labios de mi visitante. Estiró su mano para tocarme. Me quedé helada.

—¡Jane! ¡Jane! ¿Estás bien? —El receptor gritó como la voz de Catherine Grissom desintegrándose en una ducha de agitados electrones.


Traducción del inglés de la versión de la autora por Claudio Biondino.


Zdravka Evtimova es una escritora y traductora búlgara que vive con su marido, dos hijos y su hija en Pernik, Bulgaria. En su país ha publicado tres colecciones de cuentos y tres novelas. Varios de sus cuentos han ganado premios internacionales importantes en Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, India, Rusia, Polonia, República Checa, Eslovenia, Macedonia y Serbia. Como traductora su labor incluye 22 libros. Su obra de ficción se caracteriza por la sensibilidad demostrada como testigo de la transformación de Bulgaria y su rol en la nueva Europa que está surgiendo.


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Humor: Bulgaria: Búlgara)

            

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