EL NUMERO UNO

Hernán Domínguez Nimo

Argentina

—Yo le gané al número uno del mundo —dijo una voz a su lado y Walter apenas pudo reprimir el salto de su estómago ante el olor nauseabundo. Se apartó un poco de la barra, con la excusa de dejar su bolso de raquetas en un costado, y miró a quien había hablado.

Era uno de los profesores de tenis. Lo había visto dar clases durante el día a algunos ricachones poco agraciados para el deporte. Walter supuso, después de un par de semanas de no ver ni un chico a su cargo, que los padres que creían en el futuro tenístico de sus hijos preferían confiarlos a Martín Oviedo, que alguna vez fuera capitán de Copa Davis, y no al borracho del club. No era la primera vez que Walter lo veía tomando en la barra del pequeño bar.

—Yo le gané al número uno del mundo, al bielorruso, ¿sabías? —repitió el tipo, y lo que Walter reprimió esta vez fue la risa.

Había que verle la facha, la barba de tres días, los ojos enrojecidos, el pelo desgreñado. El pantalón corto estaba descosido de un lado y el cuello de la chomba tenía manchas de mostaza y alguna otra cosa.

—Sí, claro. Ya lo sabía —dijo Walter. Los borrachos y los locos siempre tienen la razón. Por lo menos si uno no quiere pelea. La burla de complicidad en la mirada de Torres, el dueño del bar, se lo confirmaba.

—No me creés, ¿no? —dijo el borracho, arrastrando la erre—. Es lógico. Nadie me creyó. Ni entonces ni nunca.

Había algo en el tono de su voz que llamaba la atención de Walter hacia una conversación que creía terminada. Un dejo de resignación que implicaba mayor raciocinio que el de un simple borracho —o un loco—. O quizás era porque lo había comparado con los demás. Y Walter no quería ser igual a nadie.

—Y... la verdad, es difícil de creer...

—Claro. Pero yo no quiero que me crea sólo porque yo lo digo. Tengo pruebas —le hizo una seña a Torres con la jarra de vino—. ¡Ponélo, Santiago!

—¿Otra vez? —preguntó Torres, más divertido que enojado.

—Sí, dale. Ponélo —el borracho lo miró a Walter—. Tenés tiempo para ver un partido, ¿no?

Walter miró el reloj. Eran apenas las ocho. El perro —que había comprado porque las minas se fijan más en un tipo que pasea un perro— podía esperar un rato más.

—Claro —dijo. Y le pidió otro Gatorade a Torres mientras esperaba que encendiera el DVD debajo del plasma.

Era un partido viejo el que apareció, de la década del diez por lo menos. Walter reconoció al tenista un segundo antes de ver su nombre en el tablero electrónico. Spataro. Guillermo Spataro. Uno de los últimos Guillermos del tenis argentino. Un tipo que había ganado un par de torneos challenger y penado en varias primeras rondas del ATP antes de retirarse, como dicen, sin pena ni gloria.

A Walter le costó asimilar la imagen del tipo atlético, que tomaba agua mineral mientras esperaba el inicio del partido, al borracho de aliento fétido que tenía al lado. Pero no había duda de que era el mismo.

Y en el otro banco, efectivamente, estaba Slovenskö, el que había sido número uno del mundo durante casi dos décadas. Walter sintió un escalofrío en el momento en que presentaban su récord de carrera. Que en ese momento aún no había terminado.

—Wimbledon 2012 —dijo Spataro.

Walter lo miró, pero el borracho estaba ensimismado, poseído por el recuerdo de la pantalla, como si reviviera las sensaciones del partido.

La computadora hizo el sorteo —en aquella época se llamaba Eagle Eye, y Walter sonrió ante el recuerdo del nombre antediluviano— y Spataro empezó sacando. Walter volvió a mirar al Spataro que tenía al lado y refrenó el impulso de preguntarle si a eso se refería en un principio. A que le había ganado el sorteo al número uno del mundo.

Para su sorpresa, no fue la paliza que esperaba. Spataro tenía una devolución de saque muy rápida e inutilizaba así el arma principal del bielorruso. Y cuando le tocaba sacar, subía constantemente a la red, sorprendiendo y descolocando a su rival. Quizá fuera, como justificaban los relatores, porque era el primer partido del bielorruso en el torneo y estaba fuera de ritmo —Spataro venía de la qualy—. Quizá también fuera uno de esos días en que uno, el argentino, se suelta y tira de todo y todo entra. La cuestión era que Walter estaba mirando un partidazo, muy pero muy parejo. Y eso, estando enfrente de Slovenskö, era mucho decir.

Spataro ganó el primer set seis a cuatro y se puso un quiebre arriba en el segundo. El bielorruso lo estiró hasta el tie break y lo ganó. También ganó el tercer set, siete a cinco, y se fue cinco a dos en el cuarto.

Pero cuando parecía que Spataro estaba caído, quebró en un game de casi diez minutos y ganó otros cuatro games consecutivos para el siete a cinco.

Walter pidió una cerveza más —la tercera— y se acomodó en la banqueta. Se imaginó que a esa altura el perro ya debía haber meado la alfombra, pero no le importaba demasiado. No podía creer que no recordara ese partido. Siempre había sido fanático del tenis y estaba seguro de que no lo había visto. Aunque en aquella época era bastante chico.

El quinto set era tan parejo como los primeros dos. Después de casi cuatro horas de partido, estaban cinco a cinco y ninguno aflojaba. Spataro ganó su saque y se fueron al descanso.

—Ahora viene lo bueno —dijo la voz pastosa a su lado.

Torres revoleó los ojos y se fue para el fondo del bar. Walter disimuló una sonrisa. Pero Spataro no oía ni veía a ninguno. Estaba metido en el partido.


Guillermo está a un paso de la inmortalidad.

Le pide la toalla al alcanzapelotas, se seca la transpiración que rápidamente se le enfría en el rostro y en el antebrazo derecho y trata de no pensar, de autoconvencerse de que es sólo un punto más, de un partido más.

Pero no puede.

Le devuelve la toalla al chico en un gesto que espera se vea casual, nada nervioso. No es un punto más. Es ventaja suya, la que puede definir el partido en su favor después de casi cinco horas de juego.

Mientras camina hacia la línea, relojea a su rival, que se entretiene eligiendo pelotas. No es un partido más. Porque quien está enfrente es el número uno. El bielorruso. El bombardero de Minsk.

Quizá sea un partido más para Slovenskö. Apenas su primer partido en otra Copa Wimbledon que espera meter en su vidriera al final de las dos semanas. Pero de él depende que deje de ser eso, un partido más. Si Guillermo gana, si mete el punto que le falta para cerrar el quinto set, pasará a la historia como el jugador que cortó una racha de 68 victorias consecutivas del número uno del mundo.

El hecho de que sea un jugador desconocido, que haya tenido que batallar en la clasificación para llegar al torneo con la esperanza de sobrevivir al menos una ronda, agigantará aún más la hazaña y los titulares sensacionalistas: la cenicienta del torneo ha derrotado al príncipe.

Pero si pierde, todo volverá a la normalidad. Sonarán las doce campanadas, su carruaje se volverá calabaza y la magia se desvanecerá. Guillermo Spataro será sólo una anécdota, otro escalón en el camino de Slovenskö al título. Nadie recordará que estuvo a punto de ganarle. Nadie lo creerá siquiera posible. El número uno siempre lo tuvo controlado, pensarán. El número cincuenta y seis no puede ganarle al número uno. Las cosas no son así. ¿Para qué existen los rankings si no es para darnos esa seguridad? Que gane Slovenskö quiere decir que las cosas son como deben ser.

Porque claro, Guillermo no es una promesa juvenil que asoma. Es un veterano de veintiocho, que busca retirarse con un poco menos de olvido.

Slovenskö deja caer dos pelotas hacia atrás, y una más. Guarda una en su bolsillo y camina hacia la línea de saque. Se demora, buscando aire, buscando ponerlo nervioso.

Pero Guillermo no lee seguridad en esa lentitud, en tanta parsimonia. Allí hay miedo mal disimulado. Slovenskö no puede creer que un desconocido le esté arrebatando algo que es suyo. Como si los pergaminos garantizaran su pasaje hasta la final y sólo allí tuviera que defenderlos realmente.

Slovenskö pica la pelota de manera automática junto a la línea. Guillermo se agazapa y aprieta el puño de la raqueta. El bielorruso pierde el ritmo, la pelota se le escapa y la recupera con la raqueta antes de retomar la ceremonia.

Los de la tribuna, que aplaudían para darle fuerza al campeón, enmudecen sin necesidad de que el juez de silla les pida silencio. Son futuros huérfanos contemplando la muerte de su padre. No pueden asimilar lo que le pasa. Esperaron un año por su regreso. No se imaginan vivir las próximas dos semanas sin él. Guillermo se los va a arrebatar y no se lo perdonan. Acá no corre eso de alentar al más débil. Quizás en una semifinal o en la final. Pero no en primera ronda. No contra el campeón que todos aman. El que predica el tenis clásico. El que juega de blanco.

Si gana Guillermo, probablemente pierda en segunda ronda y el público festeje la derrota del verdugo. Pero a él no le importa. Si gana, nadie le puede robar la gloria. Nadie.

El bielorruso lanza la pelota al aire, muy adelante. Baja la raqueta y recupera la pelota. La pica dos, tres veces, y vuelve a lanzarla al aire. Guillermo clava los ojos en la raqueta, buscando leer la inclinación, el efecto.

Es un saque abierto. Abre la raqueta para darle de revés pero a último momento la deja pasar. El saque es tan abierto que pica afuera. Guillermo se adelanta visiblemente, para meterle presión al otro, y se vuelve a agachar, esperando el segundo saque.

Pero hay algo raro. Slovenskö no está preparándose para sacar. Mira al juez, duda. Lo mira a Guillermo, y entonces camina hacia el otro lado del saque.

Sin entender, Guillermo mira el tablero. Donde debe marcar su ventaja, dice DEUCE. Recién entonces se da cuenta de que no se escuchó el pitido de pelota mala. Ni al juez de silla cantando el segundo saque.

Le acaban de dar el tanto a Slovenskö, para sacarlo del matchpoint.

Guillermo primero se queda sin palabras. Parece una broma. Sabe que algo así puede pasar. Es importante que Slovenskö siga en el torneo, no Spataro. ¡Pero con una pelota tan clara! ¡Se fue por casi treinta centímetros!

—¡EY! —le grita al juez de silla—. ¡FUE OUT!

Y le hace la seña de cuán afuera fue.

Good ball —dice el juez.

—¿Cómo? ¡Cómo good ball! ¿Es una joda? —mientras Guillermo avanza hacia mitad de cancha, el juez parece encogerse en su silla.

Good ball —dice, como si en la repetición estuviera la verdad—. Deuce.

—¡Qué good ball ni ocho cuartos! ¡Se fue por medio metro!

El juez no se mueve. Guillermo no espera que lo haga. En el césped no hay pique que verificar. Pero la indignación es tanta, tan obvia la pelota mala, que no puede creer que no vaya a cambiar el fallo, aunque sea por vergüenza.

El público, que hasta ese momento sólo murmura, indeciso, comienza a chiflar. Guillermo tarda sólo un segundo en entender por qué.


—¡Ahí está! —gritó Spataro y lo hizo saltar de su asiento.

—¿Qué cosa? —dijo Walter.

—¿Cómo qué cosa? ¿No lo ve?

Spataro tenía el control en la mano. La imagen estaba congelada en el pique —por un segundo se maravilló de los reflejos del borracho para frenarla justo en ese instante, pero sólo por un segundo—, con la pelota justo sobre el fleje.

—¿Si vi qué cosa? —volvió a preguntar Walter.

—¡Ahí! —dijo Spataro y retrocedió el pique una y otra vez. La pelota, claro, daba siempre en el fleje—. ¿No ve el truco, el retoque, cómo viborea la pelota en el aire?

Walter iba a decir que no, a reírsele en la cara, pero entonces lo vio. Después se iba a decir que lo vio porque el otro quería. Que vio lo que el otro quería, porque la borrachera es así. Pero en ese momento estaba convencido de que había... algo.

En realidad era nada, un parpadeo. La pelota que vibraba apenas antes de seguir su parábola hacia el fleje, como si corrigiera apenas el rumbo...

Pero era ridículo. Esa imagen había sido transmitida en vivo a todo el mundo. ¿Cómo podían haberla retocado en el mismo momento en que sucedía?

Walter había oído que a veces retrasaban las imágenes un segundo, dos, para que el relator pareciera anticiparse a las jugadas. Quizá, con un computador lo suficientemente potente...

No, lo dicho: ridículo. No había necesidad. Era Slovenskö. El que había ganado todo.

Sin preguntarle, Spataro dejó transcurrir el resto del partido.


Las dos pantallas gigantes enfrentadas muestran la imagen del saque de Slovenskö.

Guillermo se queda mirando la repetición, mientras el bielorruso tira la pelota en cámara lenta al aire, la impacta con slice, la pelota se abre sobre la red y viaja hasta picar en el fleje, a un paso de un Guillermo estúpidamente estático.

Pero eso está mal. Porque Guillermo sabe que la pelota picó mal. Está seguro. La imagen se repite dos, tres veces, desde diferentes ángulos, y la sensación de dejá v¨ incorrecto se acentúa a cada repetición.

Good ball —dice desde algún lado la voz sintetizada del Eagle Eye, como el fallo de algún Dios invisible y omnisciente—. Deuce. Good ball, Deuce.

Guillermo mira al juez de silla.

—Eso está mal. La pelota picó afuera.

You┤ve heard the Eagle Eye: good ball.

El juez ni lo mira mientras habla. Guillermo piensa seriamente en subir la escalera y golpearlo, obligarlo a mirarlo primero, a cambiar el fallo después. Pero sabe que es inútil. Desde que instalaron esa maldita cámara computada y eliminaron a los jueces de línea, el juez de silla es un simple adorno, un símbolo de los viejos tiempos pero obsoleto. Nunca pasó —ni pasará— que un juez de silla cambie el fallo de la maldita computadora. Los hombres se equivocan, las máquinas no. ¿Cómo se puede pensar en un humano corrigiendo a una máquina?

Guillermo mira a Slovenskö. El bielorruso está picando la pelotita sobre el borde de la raqueta.

—¿Fue out o no fue out? —le pregunta Guillermo.

Slovenskö se encoge de hombros y mira para otro lado. Guillermo estalla: corre, salta la red y lo increpa.

—¡Cómo que no sabés decirme si fue out o no; no te hagás el boludo!

El bielorruso retrocede, el pánico en sus ojos. Dos guardias aparecen de algún lado y agarran a Guillermo de los brazos.

To your side! —le dice uno.

—¡Para esto siguen usando personas!, ¿eh? ¿Por qué no ponen un robot de mierda? ¿No se quieren perder el placer?

Poco a poco, los guardias lo arrastran hasta su lado de la cancha. Al final, Guillermo se deja llevar sin ofrecer resistencia. Mientras se ubica para recibir el saque, mientras escruta los rostros de los plateístas, buscando en ellos algo, un signo de reconocimiento de lo que él ha visto, escucha desde muy lejos cómo el juez le quita un tanto por el exabrupto.


La imagen volvió a congelarse. El tanteador aún marcaba 6-5. Era como si así quisiera evitar que el destino se cumpliera. Walter mismo lo deseaba.

Guillermo habló con los ojos fijos en la pantalla estática:

—Slovenskö sacó, ganó el punto y el game. Mi mente sólo tenía espacio para una pelota, la que picaba afuera. Después, fuimos a tie break. El bielorruso ganó como si jugara solo.

"Slovenskö llegó a la final y perdió, por muy poco, pero luego de dar un espectáculo memorable, con la cancha principal a lleno total".

La voz de Spataro parecía la de un relator antiguo, más del History Channel —o E! True Hollywood Stories— que de un programa de deportes.

—Repasé esa imagen una y otra vez, durante días enteros. De tanto ver la pelota picando sobre el fleje, empecé a dudar de lo que yo mismo había visto.

"Pero en sueños... en sueños siempre la veo caer en el lugar correcto. Bien afuera..."

Spataro se levantó y agarró una cerveza de la heladera. Con la mirada buscó el destapador. Walter lo ayudó pero por compromiso.

—Eso fue lo que me impulsó a buscar. En internet. Alguien tenía que tener una versión donde la pelota picara afuera. Imaginaba a algún técnico de edición arrepentido. Nunca apareció. Esos hijos de puta retocaban la imagen mientras salía al aire. Deben tener algún programa de computadora que lo hace.

"Así que sólo los espectadores, Slovenskö, el juez de silla y yo habíamos visto lo que realmente pasó. Pero claro: sólo yo quería verlo. Y recordarlo."

El destapador no aparecía. Spataro estiró el cuello para ver si aparecía Torres.

—Viajé a Inglaterra, pero ninguno de los alcanzapelotas quiso encontrarse conmigo —Spataro mostró los dientes—. Deben pagarles muy bien.

Ni señales de Torres. Spataro abrió la botella golpeando el pico contra el borde de la barra.

—A esa altura, ya nadie se acordaba del jugador que casi le gana en primera ronda. Un jugador que nunca volvió a tener otra oportunidad. Un jugador que se volvió más mediocre aún y se retiró para dar clases en un club de la Boca. Un borracho al que nadie le cree cuando cuenta su historia. La historia de cómo le ganó al número uno.


Ilustración: Pedro Belushi

Apretó el botón para eyectar el DVD y lo arrebató de la mano de Torres, que recién entraba y se lo estaba alcanzando.

—No señor —sentenció—: nadie le cree.

Y desapareció por la puerta del bar, sin saludar, sin esperar una respuesta o una opinión.

Walter lo miró a Torres, que se encogió de hombros:

—No te lo tomes como personal, pibe. Siempre es igual. Primero te pide que lo escuches y después se va sin terminar, como si estuviera ofendido.

—¿Y usted? —preguntó Walter mientras dejaba caer las últimas burbujas de espuma en su vaso.

—¿Yo qué?

—¿Le cree?

—Spataro no es más que un borracho a quien el tinto le hace ver el pasado color de rosa.

—¿Y por qué lo deja quedarse?

—¿Y vos por qué venís?

—¿Yo...? —la repregunta lo tomó por sorpresa—. Porque es un club de barrio, tranquilo...

—¡Claro! ¿Y dónde viste un bar de barrio sin un borracho? Sacálo a Spataro y mirá a tu alrededor. Cada vez es más difícil crear clima de barrio cuando hace tiempo que a los barrios se los comió la ciudad.

Torres retiró el vaso de Spataro y le sirvió otra cerveza a Walter. Éste se dio cuenta de que el barman había eludido la respuesta.

—No me dijo si pensaba que puede ser verdad.

Torres tardó un poco en contestar, mientras secaba un vaso con un repasador sucio. Walter estuvo a punto de decirle que eso también era de barrio.

—No sé. No es el primero que se queja de esto. Supongo que no va a ser el último —apoyó el vaso dudosamente limpio en la repisa de aluminio—. Pero me inclino a pensar que no. Después de todo, del otro lado estaba Slovenskö. Y por algo era el número uno, ¿no?



No vamos a agregar nada sobre Hernán Domínguez Nimo, salvo poner al día su lista de cuentos publicados en Axxón que, con éste, suman once: "No, gracias" (141), "En punto" (143), "Cambio" (148), "Hasta la siguiente" (150), "Viaje al pasado (154), "El morador" (155), "El guasón" (156), "Final incierto" (157), "Motorhome" (160) y "Malos pensamientos" (163) y aclarar aquí (aunque también se consigna en otro lado) que este cuento es el producto de una convocatoria para escribir cuentos en los que el rasgo dominante fuera el cruce de géneros.


Axxón 165 - agosto de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Deportes: Tenis: Argentina: Argentino).

            

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