EL BRILLO DEL MAL

Miguel Ángel López Muñoz

España

Me tocó vivir en la época en que resultaba extraño conocer a un hombre que se hubiera apoyado alguna vez en un árbol.

No es difícil darse cuenta de por qué era así. Uno puede fingirse ciego a los ojos del mundo, pero el mundo le sigue mirando. Las ciudades alcanzaron tal nivel de desarrollo que acabaron por comerse lo que en siglos anteriores se conocía como el campo, el verde, la vegetación. La mayoría de la población no pensaba mucho en estas cosas. Imagino que les pasaría algo parecido a lo que ocurre con los dinosaurios. Unos curiosos animales cuya desaparición no le quita el sueño a nadie porque nadie los conoció. En el siglo LII aún quedaban algunas plantas, aunque sólo los que como yo eran paleobotánicos tenían acceso a ellas, como aquel ciprés que vi hace años. Resultaba curioso tener ante uno algo que se sabe vivo y sin embargo permanece inmóvil, aparentemente inmune al paso del tiempo.

Inmune al paso del tiempo, claro, pero no a la acción de los hombres.

Mi hogar era la ciudad de Europa, en concreto la parte este, la que se dio en llamar la Zona Mediterránea. Un lugar que milenios atrás disfrutó de un clima suave y templado y que para mí se antojaba asfixiante y pegajoso. El cambio climático, decían algunos. Supongo que es lo bueno que tiene la historia para los políticos. Acaba empañando las barbaridades que éstos cometen, como ignorar el calentamiento global del planeta hasta que sólo un grupo de viejos con barba blanca y bata de laboratorio sostienen que dicho proceso no se ha debido a causas naturales. La desaparición de las plantas no ayudó demasiado a mitigar el cataclismo. Por fortuna allá por el siglo XXXIX se inventaron las depuradoras de aire, unos grises y opacos aparatos, metalizados y opresivos, del tamaño aproximado de las ciudades del siglo XX, que se encargaban de realizar el proceso de transformar el oxígeno en dióxido de carbono y viceversa. Las plantas por unas aberraciones cromadas y remachadas. No era un cambio muy bueno, pero por lo menos permitió a la humanidad proseguir con su cadena de destrucción.

Tal vez fuera uno de los pocos que se preocupaban por estas cosas debido a mi profesión. Quizás aquella inmensidad frondosa de veinte metros me impactó más de lo que estoy dispuesto a reconocer. La gente, debido a un cierto instinto intelectual, suele despreciar lo grande en comparación con lo pequeño. Se han escrito multitud de artículos de investigación dedicados a la brizna de hierba del museo del barrio de Bélgica, olvidando el papel que los árboles jugaron en el pasado. Tal vez sea porque la hierba aún no ha encontrado un adecuado sustituto artificial. Dicho sea de paso, no creo que lo encuentre nunca.

El caso es que mis trabajos de paleobotánica no pasaron desapercibidos a la comunidad internacional, y se me convirtió en una eminencia mundial al respecto. Multitud de estudios acerca del cactus, el sauce, los pinos y el ecosistema de la tundra acabaron convirtiéndose en libros de texto para los estudiantes de la carrera. Tal fue mi éxito que se me otorgó el más alto galardón al que un ciudadano de Europa podía aspirar: el título de Curmur. Tuve mucha suerte en cuanto a los requisitos, pues para ser Curmur era condición necesaria haber nacido en el primer año del siglo, además de no haber cumplido aún los treinta años. Muchos habrían matado por lo que yo acababa de obtener. La inmortalidad generaba muchas ambiciones tanto entre amigos como entre enemigos.

Es probable que fuera el mayor descubrimiento llevado a cabo por la humanidad. Una máquina que funcionaba por irradiación y que permitía a las células del cuerpo humano (y no humano) regenerarse sin sufrir degradación alguna. Lo que los antiguos sólo se habían permitido soñar, en nuestras manos. Y sin embargo, por una vez la ciencia se comportó de manera sensata. Conscientes de la sabiduría de la naturaleza al dotar de final a toda vida para evitar la superpoblación, se decidió restringir su uso a una serie de individuos elegidos para ser testigos del siglo en el que vivieron, a los que se empezó a designar como los Curmur. De ese modo la historia de la humanidad residiría no sólo en libros sino también en individuos, fuentes de conocimiento vivo, no exentos de cierta subjetividad, pero igualmente valiosos para la toma de decisiones futuras en relación a las pasadas.

Por supuesto, por cada siglo había más de un Curmur. En concreto yo fui el tercer Curmur del siglo LII, por lo que obtuve el nuevo nombre de 52-03, perdiendo para siempre el nombre con el que nací en esta tierra de desastres. Varios siglos atrás hubo cierta confusión al respecto de los nombres, pues se iba enumerando a los Curmur por orden de aparición, pero eso convertía en engorrosa la tarea de encontrar al Curmur adecuado para el momento deseado, por lo que hubo un cambio de notación y, cuales probetas de laboratorio, los Curmur tuvieron que acostumbrarse a sus nuevos códigos de barras. Aunque supongo que 25-09 no era una denominación muy novedosa comparada con 04-09.

Resultaba irónico que la mayoría de los Curmur habían sido en su vida anterior personas solitarias y apagadas, y yo no era la excepción. Parecía que osados aventureros o políticos charlatanes eran sujetos más proclives por la sociedad a ocupar el puesto que me había sido concedido. Luego, con el paso de los años, lo comprendí. Ser Curmur no era ningún don. Era la mayor de las maldiciones. Sin amigos, sin pareja, una máquina sensorial que cuanto más humana era más inútil se la consideraba. Un privilegio que no pude rechazar.

Dado que me nombraron Curmur el mismo año que cumplí los treinta, mi irradiación no se hizo esperar. Había oído toda clase de atrocidades referentes al proceso que el aspirante debía soportar, pequeñas leyendas urbanas como que el dolor que había que resistir era tan elevado que mataba todo ansia por vivir en el sujeto. Debo decir que no era así. El proceso era indoloro y rápido, como si le tomasen a uno una fotografía.

Era lo que venía después lo que se ajustaba al mito.

Nunca se supo muy bien por qué sucedía, pero el cuerpo sufría una especie de transformación evolutiva una vez sometido al proceso. No era inmediato, por supuesto, pero con el paso del tiempo, los focos de dolor de un Curmur se agudizaban de una manera insospechada. Los Curmur sólo eran inmortales en el sentido de la longevidad y la inmunidad a la mayoría de las enfermedades comunes. Tenía sentido razonar que era por eso que el cuerpo, consciente de su nueva situación, desarrollaba una alarma mucho más sofisticada que la de un recipiente mortal y perecedero. La primera vez que lo experimenté personalmente fue cuando me hice un corte en el dedo pulgar, el equivalente a un arañazo. Tuve que tomar morfina durante varios meses, una droga de siglos pasados.

Otro de los problemas que afectaban a la mayoría de los Curmur era la falta de sueño. No tenían necesidad de dormir, pero acusaban cansancio del mismo modo que cualquier otro ser humano. Sin embargo, la mayoría de ellos se acababan volviendo completamente insomnes. Y si soñaban, soñaban que estaban despiertos.

Por fortuna el del sueño no era aún problema para mí por aquel entonces, recién sometido a la irradiación. Asimismo la diferencia entre mi edad física y real no suponía ningún problema ni incomodidad a ojos de los demás, por lo que tenía una existencia normal y apacible. No sería sino hasta los cien años de edad que se me obligaría a vivir encerrado en un enorme búnker, lejos de la contaminación informativa de los siglos futuros, sólo pudiendo ser eventualmente visitado por otros Curmur en ocasiones muy especiales para tener un mínimo contacto con el presente, así como por el máximo dirigente de Europa, para cumplir la función por la que se nos había concedido aquella maldición. Lo cierto es que no me importaba demasiado el aislamiento social ni físico. Nunca tuve vida propia, así que no había perdido realmente nada. Sin embargo, en ocasiones sí me atormentaba pensar que tal vez, de no haber sido Curmur, hubiera podido tenerla. Mujer, hijos. Amigos. Esa clase de cosas.

Pero pronto ocurrió algo que cambió mi vida por completo.

Es... es difícil de expresar meramente con palabras. No sé muy bien el momento concreto en que ocurrió pero sí la época, un par de años después de ser Curmur. Empezó como un defecto de percepción. No de la vista, ni de los oídos, no de ningún sentido que pueda explicar de manera clara y sencilla. Esa clase de sensaciones que todos conocemos pero para las que no se ha inventado palabra que las exprese. Cuando iba por la calle veía personas... objetos... animales... que despedían un especie de... algo... un algo inexplicable, pero que estaba ahí, claro y nítido como el color del cielo o el sonido de una voz. Era una sensación focalizada, que podía discernir y distinguir con claridad. Es probable que la manera más clara de describir lo que había a mi alrededor sea pensar en un estigma, como si de repente una parte del mundo fuera de otro color, de color rojo por ejemplo. Andar por la calle y ver un ladrillo rojo, un perro rojo, una persona roja. Parecía afectar sólo a estructuras cohesionadas: a veces se trataba sólo de la persona, a veces podía incluir parte de su ropa. Estaba en todas partes, sin excepción alguna. Un día hice una prueba con un folio de neocelulosa que tenía en casa y parecía tener dicha cualidad. Lo partí en dos, y de repente sólo una de las dos mitades la conservó: sólo una de las dos mitades permaneció de color rojo. Por cada vez que lo partía ocurría lo mismo, y así siempre que lo intentaba. No era una cualidad inmutable, cosa que comprobaba a menudo en lo que andaba por la calle. Sin embargo, sí parecía transferible. El tubo de escape de un vehículo de arrastre podía tenerla y de repente perderla para adoptarla la nube de humo que estaba desprendiendo.

Decidí contárselo a un equipo de especialistas que estaban a mi disposición las veinticuatro horas del día, los cuales respondieron que era algo que todos los Curmur experimentaban pero se les acababa por pasar. De cara a dicha prescripción médica me limité a esperar, aprovechando para dar largos paseos y jugar al detective. Me planteé si podía tener algo en común todo aquello que para mí estaba destacado. Tras muchas observaciones elaboré una tesis absurda. Todo lo que veía con esa nueva percepción era terrible a mis ojos. Terrible en el sentido más primitivo de la palabra. Parecía que lo que veía con ese nuevo instinto no traía más que dolor y sufrimiento. Los animales que lo poseían, o por lo menos todos los que pude comprobar, mostraban un comportamiento antinatural: rabiosos, hostiles o simplemente despectivos. De modo análogo ocurría con las personas, y empecé a considerar inconscientemente a aquellos tipos marcados como sujetos en los que no se podía confiar. Mis sospechas relativas a aquellos que en mi camino se cruzaban se confirmaron en la mayor parte de los casos, aunque muchas veces no era hasta mucho más tarde cuando lo averiguaba. Empecé a asistir a gran cantidad de mítines y actos políticos sólo para comprobar si los líderes de los partidos poseían tal distinción. Por lo menos en todos los casos que yo pude ver así era. No fui capaz de comprobarlo en todos ya que no pude conocer a todos los grandes aspirantes a Alcalde de Europa, y por algún motivo los medios visuales, como las pantallas de proyección, no me permitían hacer gala de mi capacidad, tal vez porque en su emisión física de ondas no figuraba ese algo que yo era capaz de distinguir.

Con los objetos la cosa era más complicada. No pude encontrar nada aparentemente anormal en ellos, aunque a veces parecía que su presencia estaba relacionada con el dolor y el sufrimiento ajeno de una manera pasiva. Una silla que se rompiera en el momento inadecuado, por ejemplo. Tomé la costumbre de visitar lugares de siniestros recientes, encontrando que en la mayor parte de los casos si el accidente se debía a un fallo de una pieza defectuosa, dicha pieza tenía ese algo que en apariencia sólo yo y los otros Curmur veíamos.

No tardé en llegar a una absurda conclusión, de sentido físico absolutamente incoherente, pero antes de elucubrar más concluí que lo mejor era hablar con los que eran como yo, pues no me cabía ninguna duda de que el tiempo no hacía desaparecer lo que me estaba pasando. Lo único que ocurría era que los Curmur callaban.


Tuve que viajar casi mil kilómetros para llegar al barrio de Hungría, donde vivía el hombre al que quería ver. Su nombre oficial era 22-01, pero la población mundial le conocía con el primer nombre que como Curmur tuvo, 01-01. El primer Curmur de la historia.

La mayor parte de los Curmur iba al menos una vez en su vida a ver a 01-01. Los motivos de tales visitas permanecían en el más absoluto de los secretos, aunque intuía que tenían mucho que ver con el hecho de ser uno de los pocos Curmur que se comportaba con cierta sociabilidad, unido ello a la necesidad que a veces tenemos los hombres de sentirnos rodeados de los que como nosotros son. Empecé a pensar que tal vez el motivo mayoritario era el que me llevaba a mí hasta allí: saber qué era lo que me estaba pasando.

01-01 vivía en un enorme búnker acorazado, vigilado día y noche por gran cantidad de soldados armados hasta los dientes. Pude apreciar que muchos de ellos tenían ese algo que no podía ignorar por más tiempo.

Entré y me maravillé al ver los enormes espacios vacíos que dicho edificio de paredes grises y azuladas poseía, el eco de mi voz atronadora reverberando al preguntar si había alguien. No recibiendo respuesta alguna, me aventuré en las habitaciones interiores hasta encontrar una especie de cómoda biblioteca que, sin ocultar la realidad de la estructura de hormigón reforzado y los cristales blindados, no dejaba de tener un cierto toque acogedor. En una butaca estaba sentado 01-01, al que ya conocía por fotografías: un anciano con apariencia de tener alrededor de 80 años, barba blanca espesa y ojeras marcadas, leyendo un libro hasta que me vio entrar y lo dejó sobre una mesilla, apoyándose al tiempo en su bastón para levantarse.

—Disculpe que no fuera a recibirle —dijo con voz débil, apenas provocando un débil murmullo en la estancia—, supuse que no tendría problemas en encontrarme. ¿Es usted el nuevo Alcalde de Europa?

—No, señor, no lo soy. Ojalá lo fuera.

—Entonces —se interrumpió, como buscando una nueva manera de dirigirse a mí— eres un nuevo Curmur.

—Así es. Soy 52-03.

El hombre se alisó la barba y suspiró.

—Cincuenta y dos... llevo ya treinta siglos en este mundo, hijo... y se me pasan como si fueran días. ¿No te importará que te haga algunas preguntas?

—En absoluto.

Y así hizo. Me preguntó cosas tan aparentemente triviales como si aún existía el chocolate o los cigarrillos, y una vez se enteró de mi profesión, otras de carácter más profundo como si había alguna esperanza de recuperar la flora del planeta. Yo no le mentí.

01-01, por encima de todo, era un hombre que desprendía una gran sabiduría. Seguramente no sería el hombre más inteligente que haya existido jamás, pero sí el más experimentado. Sus ideas y opiniones, aunque no exentas de cierto lógico conservadurismo, eran muy visionarias para lo que de él cabía esperar. Un hombre sin igual que fue hecho Curmur cuando tenía demasiada edad, y para el que los continuos achaques de la anciandad debían suponer una auténtica tortura. Sin embargo poseía cierta entereza que no había conocido antes en ninguno de mis contemporáneos. Una mente excepcional en una época que no le había tocado vivir.

Tal vez por eso me sorprendió tanto su reacción.

—Es hora de que hablemos de ti, hijo. ¿Qué te trae por aquí?

—Es algo... algo que veo en el mundo que nos rodea. Algo que no encaja como debiera. No sé expresarlo con propiedad...

01-01 me miró fijamente y como si de repente tuviera treinta años como yo se sentó, rápido pero sin prisas, de nuevo en su butaca.

—Ya veo... pensé que venías a hablarme de tu soledad, a buscar un alma gemela, pero lo que buscas son respuestas.

—Sin embargo busco las respuestas de igual a igual. No busco más que su punto de vista.

—¿Mi punto de vista? Es posible que difiera mucho del tuyo.

—¿Por qué lo cree así?

—¿Crees en Dios?

—No, pensé que lo sabía. Ya no existen religiones salvo en algunos puntos aislados de la ciudad de Asia.

—Ahí lo tienes. Mi opinión, si es que quieres conocer la opinión de un pobre hombre del siglo XXII, es que Dios nos ha castigado con un don por desafiar sus leyes.

—Pero eso es ridículo. La física tiene algo que ver con ello, no los designios divinos.

—¿Qué es lo que ves, hijo? ¿Animales que matan? ¿Hombres que mienten, engañan, estafan, dominan? Ves el mal en lo que te rodea. Yo fui el primero en verlo, y lo llamé el Brillo del Mal. Todos después de mí lo siguen llamando así. No sólo lo que tiene el Brillo del Mal es malo, al revés también; sólo lo malo posee el Brillo del Mal.

—Pero no tiene ningún sentido...

—Y aun así sabes que es verdad. Pero empiezo a comprenderte... yo era como tú... pensaba que tenía el poder de ayudar a los demás... de convertirme en la luz entre las tinieblas. Eso fue hasta que vino Ella... aún no has hablado con Ella...

—¿Quién es ella?

—Pronto lo sabrás, hijo. Pero por favor escúchame. No podrás ayudar a nadie con lo que posees. Otros como tú lo intentaron a lo largo de los siglos y se encontraron con el fracaso. Verás guerras... cruentas, sangrientas, donde el hombre es bestia y la bestia es hombre... y por todas partes, rodeándote, estará el Brillo del Mal. Yo podría salir de aquí, hijo —se levantó y me mostró un panel disimulado junto a la puerta—. Esto de aquí abre un túnel al exterior, allí —señaló al fondo—. Hace siglos lo llegué a usar alguna vez. Pero ya no. No soporto la mirada constante del Brillo del Mal. Como puedes ver, nada en esta habitación lo posee. Todo lo que lo tuviera, lo alejé de mí cuanto pude.

—Pero tiene que haber algún motivo por el que poseamos tal cualidad...

Sin mediar palabra empezó a alejarse de la habitación. Sin embargo el eco de sus palabras sí sonó claro en aquel momento.

—Hazme caso, hijo... ignora el Brillo del Mal...


A veces me sorprendo al recordar la facilidad con que seguí el consejo de 01-01. Por lo menos inicialmente. Más que hacerle caso a él, su actitud alienante me convenció de que lo que me ocurría no respondía más que a una extraña patología resultado de jugar a ser Dios con las criaturas de la naturaleza. Pero no era más que eso, una patología. No un mensaje divino, no una señal oculta, no un poder a comprender y aprovechar.

O eso pensaba yo hasta que se presentó ella.

Ocurrió en uno de esos neoparques que tanto acostumbraba a visitar, de los que solían tener gran cantidad de esculturas de mármol de árboles ya desaparecidos por todas partes, distribuidos siguiendo pautas caóticas que siempre me extrañaron. Alguna vez he leído testimonios de personas que convivieron en la época de coexistencia de dichos neoparques con los que aún poseían vegetación, los llamados parques a secas. A la mayoría de ellos esos lugares lúdicos les traían un inconfundible aroma de muerte y quietud fantasmal en comparación con los que estaban acostumbrados a disfrutar. He intentado muchas veces imaginar cómo sería estar en un parque. No sólo limitarme a verlo en documentos, sino proyectarme en sus avenidas verdes y frondosas, sus paseos vivos, llenos de toda clase de plantas agitándose con el viento, silbando entre ramas; he tratado una y otra vez de asimilar el concepto de las estaciones no sólo como un cambio de temperatura, también como un ciclo cromático, unas veces decadente, otras veces vivo y explosivo, pero siempre en movimiento, cambiante, alejado del eterno gris de las máquinas depuradoras que se ven a lo lejos, grandes como colosos allá donde supuestamente antes hubo horizonte. Nunca lo conseguía, pero no dejaba de intentarlo. En parte era ese el motivo por el que iba a los neoparques, y por el que fui aquel día concreto. Para recordar que hubo una vez en que no todo en ellos fue frío, blanco y rígido, aunque no pudiera concebir cómo era.

Me acerqué al centro del neoparque y me senté en un banco, a la sombra de un antiguo monumento de hormigón dedicado a un olmo. Los primeros neoparques solían ser de tal material, pero acabó por quedar en desuso. Al parecer era fuente de múltiples depresiones entre los habitantes que aún habían conocido aquello que se representaba, especialmente los días de tormenta, unas moles oscuras y pétreas destacadas entre la agresividad de los rayos, sucias por el efecto del agua cayendo a lo largo de sus paredes estriadas. Después de aquel fracaso se probó un segundo tipo de neoparque basado en el vidrio, pero tampoco prosperó. A veces me pregunto por qué.

Aunque normalmente el olmo petrificado era el objeto en que solía centrarme para dejar fluir mis pensamientos, uno detrás de otro en una inconsciente y eficaz cadena lógica, aquel día vacié mi introspección y miré al exterior. Por todas partes estaba aquello que 01-01 había llamado el Brillo del Mal, algo que estaba empezando a ignorar, como la mayoría de los Curmur antes que yo había hecho. De repente vi a una mujer joven, de unos treinta años, acercándose a la plaza a través de una de las marmóreas avenidas. Vestía ropa formal, de moda en aquella época en el siglo LII, además de ir abrigada con una amplia gabardina. Al andar tenía que apoyarse en una muleta que llevaba en la mano izquierda, debido a lo que parecía una leve cojera. Era extremadamente bella, como proveniente de otro mundo. Pero hubo algo en ella que me aterrorizó.

El Brillo del Mal era tan acusado en ella que casi me provocaba dolor mirarla.

Traté de ignorarla, pero al llegar a mi altura se sentó en el banco y dejó la muleta a un lado. Era como si hubiéramos quedado de antemano.

—Me alegro de conocerte, 052-03 —dijo sin dejar de mirar el olmo.

—¿Quién es usted?

—Pensé que 001-01 te habría hablado de mí. Supongo que con el paso de los siglos tiende a abreviar sus disertaciones.

—¿Es usted una Curmur?

—Así es.

—¿Cuál es su nombre?

Entornó los ojos antes de contestar. Miré fijamente y no me gustó lo que vi en ellos. Aparté la vista y me centré de nuevo en el olmo.

—Soy 666-01.

Me estremecí. No de manera que ella pudiera percibirlo. O eso pensaba yo.

—No la creo —afirmé con miedo—. Según esa numeración...

—...provengo del siglo DCLXVI. Un siglo tan alejado del tuyo que la idea de los viajes en el tiempo no parece un sueño inalcanzable.

—¿Cuál es su verdadero nombre?

—No tiene interés ni siquiera para mí. Aunque a lo largo de los siglos he tenido otros... doce, para ser exactos. 666-01 es, por decirlo de alguna manera, el decimotercero, y el que de verdad expresa mi naturaleza. Los otros... no son más que producto de las supersticiones.

—Usted es... es quien decía 01-01, pero él... él hablaba de usted como si fuera...

—Supersticiones, no son más que supersticiones —dijo como disculpándose—, aunque debo admitir que en ocasiones resultan útiles para convencer a sujetos como él, que aún siguen esclavizados bajo la creencia del alma inmortal, algo que tanto él como tú y yo ya tenemos al alcance de la mano.

No supe qué decir, porque en el fondo estaba de acuerdo con ella. Y eso era lo que más me atemorizaba.

—He venido aquí porque deseo hablar contigo, 052-03. Quiero contarte la verdad, algo para lo que los Curmur de siglos muy anteriores al tuyo no estaban preparados. A ellos tuve que contarles fábulas y leyendas, incluso a los que eran posteriores al segundo milenio, los que pertenecieron a la tan sobrevalorada edad futura. No obstante debo reconocer que vestían con buenas ropas —dijo alisándose la gabardina—. Diseño del siglo XXI, si no recuerdo mal. Muy parecido a lo que ahora imitáis sin saberlo.

—¿Qué es lo que quiere?

—Como ya te he dicho, vengo del futuro, 052-03. Soy la última Curmur de la historia de la humanidad. El mundo tal y como lo conocemos se inmoló a sí mismo a mediados del siglo DCLXVI, dejándome como única superviviente en una tierra envuelta en llamas. No deseo aburrirte con detalles.

ğAl igual que tú fui sometida al proceso que me convirtió en Curmur a los treinta años. Por supuesto llevábamos muchos siglos empleando mejoras de la máquina que usaron contigo, pero en mi caso introdujeron, sin saberlo, una serie de modificaciones... esenciales. Lo llamaban el Atomizador, porque alteraba la esencia ya no de las células sino de los átomos que las componían. El propósito era experimentar en los nuevos aspirantes a Curmur posibles mejoras, resistencia a enfermedades a las que sujetos como tú sucumbían, es decir, sucumben. Y en cierto modo... lo lograron. Pero no como ellos pensaban.

ğLa barrera entre el espacio y el tiempo, 052-03, es muy delicada. Gracias a aquella máquina me otorgaron tal control sobre mi propio cuerpo que era consciente de todos y cada una de los átomos que lo componían, no ya en mi época, sino más allá de ella. ¿Alguna vez te has planteado qué fueron en el pasado los átomos que componen tu cuerpo? ¿Parte de un hongo? ¿De una montaña? ¿De Napoleón Bonaparte? Mira a tu alrededor y sabrás la respuesta.

Por todas partes estaba, rodeándonos, el Brillo del Mal. De repente todo objeto, persona o animal que lo poseía se quedó inmóvil y me miró. No sé cómo expresar que el banco de metal de un neoparque me mirara, pero juro por Dios que esa es la sensación que tuve. Yo, que ni siquiera pertenecía a ese porcentaje de miserables que creían en Dios.

—¿Empiezas a entenderlo? Tal vez necesites una pequeña muestra de lo que te estoy diciendo.

Apenas hubo acabado, un trozo del banco se desprendió sin motivo aparente y atravesó la garganta de un perro que caminaba cerca de donde estaba. El animal cayó fulminado en el acto. Miré el banco de metal y reflexioné acerca de la fuerza que sería necesaria emplear para arrancar tan siquiera un minúsculo pedacito.

—Tal vez sea conveniente una muestra más.

Un hombre con el Brillo del Mal se metió la mano en el abrigo y sacó un pulverizador de fotones. Sabía que debía ponerme a cubierto, pero tenía la sensación de que nada me iba a pasar. Disparó contra una pareja joven que andaba por la avenida, no dejando más que sus huesos carbonizados. Se oyó un chillido y un par de transeúntes, exentos del Brillo del Mal, se lanzaron sobre él para reducirlo. Los gritos de pánico eran ensordecedores. Sin embargo 666-01 se levantó con parsimonia y empezó a andar ayudada por la muleta, dejando a sus espaldas los acontecimientos que al parecer había provocado. La seguí.

—¿Por qué hace todo esto? ¿Por qué?

—Aún no lo has comprendido.

Se paró y sostuvo la muleta en el brazo, apretando un extraño y diminuto botón que tenía implantado en la palma de la mano. Me agarró fuerte del hombro y en aquel momento sentí que el mundo a nuestro alrededor se difuminaba. Apenas fue un momento, y cuando pude volver a enfocar me sobresaltó el estruendo de las bombas neutrínicas y los pulverizadores de fotones. Sin embargo sonaban distintos, como si fueran modelos mucho más antiguos. 666-01 seguía junto a mí. Su gabardina oscilaba con el viento artificial, provocado por lo que reconocí como Vehículos de Embestida, una salvaje y arcaica máquina de matar. El cielo rojo oscilaba sobre nuestras cabezas. Era un crepúsculo aterrador.

—¿Dónde estamos? —grité para elevarme por encima del ruido.

—Estamos en el siglo CCCXVII. Estás siendo testigo de la guerra entre la ciudad de Europa y América, no la más cruel de las que han asolado este mundo, pero suficiente para mostrarte de qué estamos hablando.

A sus órdenes una columna de roca con el Brillo del Mal nos elevó por encima de la batalla, otorgándonos una vista impresionante. Ambos bandos se distinguían con claridad, así como los distintos frentes de batalla. Por un momento me pareció que con la mirada podía abarcar todo territorio que sobre la Tierra existiera, como si hubiera sido puesto ante nuestros ojos.

Y por todas partes, reluctante y victorioso, estaba el Brillo del Mal.

En los vehículos. En los soldados. En los cadáveres. En las armas.

—¡Mira atentamente, 052-03! ¡Mira el mundo al que perteneces! ¡No pretendas darme lecciones de moralidad, a mí que soy como una fuerza de la naturaleza, a mí que soy la responsable de TODO el dolor, de TODO el sufrimiento que desde el principio de los tiempos asola este planeta!

—¡Pero el Mal es un concepto inherente a la propia naturaleza racional!

—¡Te equivocas, 052-03! ¡El hombre es bueno por naturaleza!

—¡Pero usted es parte de la raza humana!

Los gritos, los estruendos cesaron de repente, y sólo quedó un vacío oscuro que nos envolvió a ambos.

—Ya no, 052-03... ya no.

Y volvimos de nuevo al neoparque.

—Ahora ya comprendes —dijo con calma.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté.

—Sólo que calles. No exijo más que eso. Si hablas... morirás. O tal vez no te mate, sino que te deje vivir por toda la eternidad. No hace falta ser excesivamente cruel para torturar a un Curmur hasta tal punto que desee por él mismo la muerte.

—Yo... callaré.

—Eres sensato. Más que tus antepasados. Aprovecha esa sabiduría para otorgar consejos a tus dirigentes. Los necesitarán.

Volvió a apretar aquel extraño botón de su palma y desapareció como si fuera una perturbación ocular provocada por un espejismo desértico. Me quedé de nuevo solo frente al olmo gris y compacto. Una vez volví de mis abstracciones reparé en que se habían llevado los cuerpos de los dos jóvenes carbonizados. Un soldado trataba de calmar a los transeúntes asustados en lo que sus compañeros se llevaban al asesino. Pude distinguir claramente en ellos el Brillo del Mal.


Pasó el tiempo pero no podía dejar de pensar en lo que había descubierto acerca de la historia de la humanidad. La Maldad, un concepto que se creía global, extendido a todo representante de nuestra raza, era en realidad un concepto local, limitado a un único ser, causante de todos los tormentos de los desdichados hombres desde que éstos aprendieron a moverse con sólo dos patas. Lo que muchas religiones predicaban era cierto. Una sola entidad era la causante de la infelicidad del hombre. Una entidad cuyos múltiples y arcanos nombres no me atrevía a pronunciar.

En mi interior deseé rebelarme. Más que por un sentimiento de heroísmo, por una necesidad de individualidad, de no sentirme dominado ni controlado. Un burdo intento de recuperar el control de una vida que nunca había sido enteramente mía, y menos a partir del momento en que me hicieron Curmur. Traté de evadirme lejos en busca de un lugar, de un sitio donde no llegara el Brillo del Mal, donde ella no me estuviera mirando, vigilando mis pasos para efectuar la próxima jugada.

Fue inútil. Era como intentar huir a donde la oscuridad no llegara. Poco importaba el destino que escogiera, desde las profundas ruinas del centro de Europa a los extensos y solitarios bosques marmóreos del barrio de Ucrania, pasando por las inmensas depuradoras de aire inglesas, de entrañas voluminosas y laberínticas. El Brillo del Mal siempre estaba allí, bajo formas y apariencias que no era capaz ni de sospechar. Era aquella una pobre e inútil forma de sublevación infantil, de desafío a los dioses, que no pudo más que tener un lógico y esperable final.


Ilustración: Chema Lera (España)

Ocurrió en el extenso desierto del barrio de Holanda, aunque bien pudo haber ocurrido en cualquier otra parte. Un nuevo intento de escapar del Brillo del Mal que se convirtió en el último por motivos ajenos a mi voluntad. Después de haber ayunado lo que me parecieron cuarenta días y cuarenta noches tuve hambre, y pasé por momentos terribles, pero estaba solo. Solo al fin en todos los sentidos, incluyendo aquellos nuevos que había aprendido a percibir. Una extensión plana de arena se extendía ante mí, sólo empañada fugazmente por algún edificio ruinoso y lejano. Lo había conseguido. Había escapado a su control.

A veces me sorprendo al recordar lo iluso que podía llegar a ser.

De todas partes de donde era posible que surgieran, inicialmente fuera del alcance de mi vista, una multitud fue poco a poco llenando el vacío paisaje hasta constituir un aberrante ejército formado por toda clase de personas, con independencia de sexo, edad, paradero, raza ó estatus social. Sin embargo todos ellos tenían algo en común: poseían de forma inequívoca el Brillo del Mal.

No traté de huir, pues no había dirección en la que no me cruzara con ellos. No traté de esconderme, pues no había lugar material donde poder hacerlo. Hice lo menos sensato, lo único que podía hacer: permanecer inmóvil y esperar.

Y como supuse ella apareció.

Cerca de mí, donde pudiera verla con claridad. Ni siquiera supe si se había presentado de repente o ya estaba allí desde hacía mucho. En la situación en la que me encontraba resultaba sencillo no caer en detalles como aquel.

—¿Por qué tratas de esconderte?

No respondí.

—Pensaba que te limitarías a vivir el resto de tu eternidad olvidándote de todo este desagradable asunto. Por desgracia para ti veo que no es así.

—Dijiste que mientras callara, no me matarías.

—Lamentablemente no puedo arriesgarme. No creo que tengas intención de permanecer...

Y en aquel momento hice la que probablemente fue la mayor locura de toda mi vida. Me lancé sobre ella.

Fue como si hubiera comprendido que se trataba de mi única posibilidad. La muchedumbre se acercaba, pero aún estaba lejos, y en su omnipotente arrogancia, 666-01 no había previsto la posibilidad de que alguien estuviera tan loco como para tratar de atacarla directamente. Ambos caímos al suelo y la muleta se deslizó lejos de nuestro alcance. No tenía el Brillo del Mal.

Pensándolo en perspectiva, comprendí cuál había sido su actitud en aquel momento. Si me iba a matar en un lugar sin testigos, donde poder desplegar todo su poder, el desierto era más que idóneo para ello. Sin embargo no contó con que eso también suponía una ventaja para mí. Ventaja que no aproveché demasiado bien.

666-01 me asestó un puñetazo en la mandíbula al tiempo que sus hordas se acercaban a toda velocidad. No era una mujer especialmente fuerte, pero estaba atacando a un Curmur, una criatura a la que bastaba con que la arañaran para que se retorciera de dolor. Tratando de luchar contra la extrema agonía que invadía mi cuerpo, forcejeé como pude, sin saber muy bien qué hacer ni para qué, sólo intentando actuar, conseguir algo antes de que aquel grotesco ejército se me echara encima y me descuartizara como un trozo de carne en la picadora. Fue en aquel momento cuando, más por accidente que por decisión propia, la agarré por la muñeca y apreté el minúsculo botón que tenía implantado en la mano. Los resultados fueron similares a los que ya había vivido antes; la sensación de no poder enfocar, de perder nitidez, de entorno que desaparecía ante mí, pero resultó ser mucho más larga que la vez anterior. Los motivos los ignoraba, pero la sensación de mareo fue suficiente como para perder el conocimiento antes siquiera de averiguar nuestro paradero.


Cuando desperté me encontré a mí mismo en un edificio que me resultaba familiar. Se trataba del búnker que había conocido como el hogar de 01-01, sólo que mucho más ruinoso, ciertas secciones de pared derribadas y partes del techo al descubierto, pero al parecer aún operativo y útil para la función para la que había sido diseñado, función que parecía haber desempeñado con éxito, siendo los desperfectos menores que mencionaba una prueba aparente de ello. Me levanté aturdido sin tener una idea clara de cuánto tiempo había estado sin sentido, aunque lo que más me preocupaba era saber qué había sido de 666-01 y sobre todo por qué no estaba muerto. Avancé por el interior de los pasillos azulados apoyándome en las paredes hasta que llegué a la biblioteca donde había hablado con 01-01. No esperaba que las cosas estuvieran como cuando las observé por última vez allí, pero lo que me encontré superó en cierto modo mis expectativas. Junto a la puerta había una nueva ventana blindada, de una forma difícil de describir, que mostraba el exterior, un infierno de llamas y lenguas de lava extendiéndose por todas partes bajo una noche de oscuridad impenetrable, sólo alumbrada bajo el eterno brillo de un cielo estrellado cuya distribución en constelaciones fui incapaz de reconocer. Sólo en algunos puntos aislados podía distinguir pequeñas zonas de tierra aisladas, como si fueran islotes en un mar rojo y ardiente. Las llamas crepitaban y se agitaban, pero no parecía haber corriente de viento alguno, sino extraños fenómenos que nunca antes había visto pero que, según deduje a partir de mis escasos conocimientos en el tema, tenían que ver con la irradiación directa de rayos cósmicos y ultravioleta sobre la superficie terrestre. Traté de acercarme con cuidado a la ventana, pues seguía mareado, pero de repente 666-01 se asomó por otra puerta que tampoco estaba ahí cuando visité a 01-01. Llevaba un objeto en las manos que, a pesar de no haberlo visto en mi vida, no me costó identificar como un arma.

—¿Te gusta mi siglo, 052-03? Hasta un poeta ciego lo apreciaría.

—Por eso me apuntas con un arma... aquí no tienes poder alguno. Los átomos que forman parte de ti están, simplemente... en ti.

—Eres inteligente, pero no lo suficiente. Esto se acabó. Apártate de la ventana.

Me alejé del cristal blindado y me apoyé en el marco de la puerta. Estaba muy débil pero un plan se fraguó en mi cabeza. Sólo tenía una posibilidad.

—¿Fuiste tú la causante de este Apocalipsis? —pregunté para ganar tiempo.

—Nadie provocó esta destrucción más que el tiempo mismo. Yo soy la única superviviente porque residía en este búnker cuando los acontecimientos más drásticos sucedieron. Muchos quisieron entrar por la fuerza pero no lo lograron. Otros muchos trataron de usar la cronotecnología, aún en fase de pruebas, para escapar, pero tampoco lo lograron. Esto es todo lo que queda. Esto y el fuego. Cuando no queda nada, el fuego sigue ahí —dijo señalando la ventana—. Y ahora, adiós.

No tenía ni idea de lo que el aparato que ella llevaba iba a hacerme, pero corrí a los controles próximos a la puerta y los apreté. Tenía que ganar tiempo como fuera.

Una compuerta acristalada bajó a toda prisa y nos separó en lo que sirenas de alarma sonaron por todo el búnker, impregnado con luz roja allá donde se mirase, lejos del tono azul que en el siglo LII lo caracterizaba. 666-01 disparó y una extraña onda de energía surgió del arma, impactando en la compuerta y dejando una marca oscura sobre ella. Parte de la compuerta se desintegró, aunque aún servía para dividirnos. No por mucho tiempo, deduje.

—Se acabó, 052-03. Aquí se separan nuestros caminos.

—Tienes razón —pronuncié con voz desconocida para mí en lo que dejaba al descubierto el panel disimulado que en su día 01-01 me enseñó.

666-01 me miró. Por un momento creí ver compasión en sus ojos.

Cerré los míos y apreté el botón.

Tal y como dijo el anciano Curmur, un túnel se abrió al fondo de la habitación. Si lo supe fue no porque viera abrirse la puerta, sino porque de repente una violenta corriente de aire entró con fuerza en la mitad de la sala donde ella estaba y la succionó sin que opusiera resistencia alguna. Poco importaba que lo hubiera hecho, pues la diferencia de presión entre el exterior y el interior fue tan grande que llegó a arrancar trozos enteros del interior del búnker, arrastrándolos a cielo abierto sin importar lo que encontraran a su paso. Supongo que 666-01 murió en cuanto alguno de esos trozos chocó con ella a velocidad suficiente como para destrozarla. De no ser así, no me cabe duda de que al salir al exterior la diferencia de presión, unida al fuego y a la radiación cósmica y ultravioleta, acabaron con ella de formas que preferí no tratar de especular. Cuando hubo transcurrido un rato cerré de nuevo el túnel y me dejé caer agotado. Estuve varias horas sin moverme hasta que junté suficientes fuerzas como para ponerme de nuevo en pie y explorar la parte del búnker por la que aún podía moverme, pues la zona donde 666-01 estaba se había vuelto completamente inaccesible. No tardé en darme cuenta de que estaba atrapado para siempre en aquella fortaleza moribunda, ya que la única posibilidad de regresar a mi época había desaparecido sin remedio.

Al cabo de un rato de avanzar por intrincados pasillos llegué a una sala amplia y al fondo lo vi. No era como imaginaba, pero no tuve ninguna duda de que se trataba de aquel Atomizador que 666-01 mencionó cuando se presentó ante mí. Reflexioné ante la posibilidad que los míos tenían a partir de entonces de vivir una época de eterna paz y prosperidad, pero recordé mis propias palabras acerca de la naturaleza humana y recapacité. Entré en la inmensa máquina, la puse en marcha y una vez me hubo irradiado todas las dudas desparecieron y por primera vez lo comprendí con claridad.


El mundo no sería mundo sin el Brillo del Mal.



Miguel Ángel López Muñoz tiene 25 años, es de Madrid, España, y estudia ciencias matemáticas. Escribe desde hace cinco y ha publicado en NGC3660, Alfa Eridiani, Golwen y Miasma. Tiene el ingenuo proyecto de tomar por asalto a las editoriales cuando se sienta preparado. Mientras tanto alienta dos sueños: ser profesor doctorado de matemáticas y escritor profesional.


Axxón 168 - noviembre de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Utopía: España: Español).

            

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