EL DIA DE LA GUERRA

Joëlle Wintrebert

Francia

«Hemos inventado la felicidad»,
dirán los últimos hombres y guiñarán los ojos.
Friedrich Nietzsche


—¡No! ¡Te lo suplico, ella no!

Murmullo. Él no puede gritar más. Demasiado dolor. Su voz se ha quebrado. Siente en su boca el gusto de la sangre, áspero, mohoso.

El alto sin orejas se inclina sobre él. Es el peor: finge ser amable. Solía sacudir la cabeza con aire afligido cuando sus acólitos torturaban.

—¿Ella no? —dice su voz suave—. De acuerdo. Pero tú nos debes dar respuestas.

Idris se agita en sus ligaduras. Para qué repetir por milésima vez que él no sabe nada, que él ignora hasta el sentido de sus preguntas. Lo repite, de todos modos. Con la voz rota. Su cuchicheo tiene la fuerza de un grito.

Dolor inútil. Lo hacen entre los tres. La violan delante de él. Su hija, su Leïda, su bebé, la carne de su carne. Tiene apenas once años.

Querría estar ciego. Querría estar sordo. Querría estar muerto. Antes de este día nunca había imaginado la muerte como una liberación. El fin de lo que no es soportable. ¿Es cobarde desear la nada?

Llora, suplica, lanza andanadas de nombres. El alto sin orejas consulta su terminal, y sacude la cabeza con aire apenado.

No hay tregua para Leïda. Para su cuerpo desnudo, desarmado, manchado, para su perfección de niña que los acólitos empiezan a destruir. Sollozos y aullidos, y luego el olor atroz a carne quemada. Y sobre todo, la mirada de la niña, la incomprensión en esa mirada.

Ellos dicen:

—Vas sufrir, Leïda. ¿Y sabes por qué? Simplemente porque tu padre se niega a hablarnos. ¿Quieres pedirle a tu padre que no hable, Leïda?

Ella pregunta, pregunta. Hasta en este último instante cuando logra soltar en un suspiro:

—Entonces, ¿no vas a salvarme, papá?

Se acabó. Uno de los acólitos patea el cuerpo sangriento e hinchado. Idris vomita, hipa, le impiden ahogarse. No morirá, no. Están decididos a negarle el olvido de la muerte. Curaciones, cuidados; lo mantendrán con vida hasta la próxima sesión.


Abismo negro.

Es libre, pero su cabeza es una prisión que ha capturado las imágenes, los ruidos, los olores de la muerte. Idris no puede librarse de ellos. Él lo ha intentado todo para alejar de sí la visión de Leïda torturada. Hasta la droga. En vano. Entonces ha empezado la caza. Los suyos han triunfado. Los otros se ocultan. Idris es la venganza en movimiento. Sólo la muerte del alto y sus acólitos lo devolverá la vida real.


Abismo negro.

Idris los ha encontrado. Fue sencillo. En seis meses de cautiverio se volvieron familiares. Como si ellos y él se hubieran convertido en las dos caras de una misma moneda. Siente que los conoce mejor que a sus propios parientes.

Idris para ellos es la muerte. Tras los primeros momentos de turbación, lo miran de frente, sin parpadear. Verdugos. Pero no sólo eso. No sienten ningún remordimiento. Son fanáticos, han actuado por convicción. Para que triunfe su causa.

Idris quisiera disparar. Alza la mano con la que sostiene el arma, mira esa mano temblorosa, se dice que debe disparar para vengar a la torturada Leïda.

Su mano tiembla.

Pensaba que matar sería sencillo. Lo atraviesan retazos de discursos. Amnistía, espiral de violencia, necesidad de perdón. Palabras de políticos. Recuerda su amargura, y comienza a sacudir la cabeza: ni olvido ni perdón, no, sería como asesinar a Leïda por segunda vez.

Y por eso vacila. Tampoco acepta las palabras de su esposa: la sangre llama a la sangre. ¿Matar estos hombres te devolverá a Leïda? Convertirte en un perro de la guerra es como bajar a su nivel, el nivel más miserable de la humanidad. Nadie te pide que olvides, ni que perdones. Pero rehusarte a la venganza cuando tienes el poder, es permitir la paz.

¿Quieres la paz, Idris? ¿O liberar la bestia oscura que se esconde dentro de ti?

Idris vacila: ¿el hombre alto sin orejas acaso tiene también una niña que podría ser torturada? Esta idea le produce náuseas. Por un instante, el arma sube hasta su sien. Su propia muerte también le permitiría la paz. Y cómo vivir todavía con el recuerdo de Leïda...

Su mano cae, cuelga al final de su brazo, al final de su cuerpo. En los ojos de los cuatro hombres, la incomprensión, el desprecio. Idris de repente se siente tanto más fuerte. Negarse a matar cuando se tiene el poder de hacerlo es dar la vida. Es otra forma de ser todopoderoso. Le proporciona un sentimiento de triunfo.


Lo despiertan. Sus labios sonríen. Y le hace eco la sonrisa de una mujer vestida de blanco que lo mira, de pie en la pequeña sala de tonos azulados. Su rostro todavía lleva la marca del casco-memoria. El espíritu turbado de Idris se aclara. La mujer es Betsy, su examinadora o, como ella prefiere nombrarse a sí misma, su terapeuta.

Idris sacude la cabeza y consigue levantarse apoyándose en un codo. Leïda, los verdugos, aquello parecía tan real... Su garganta se agarrota. Idris tiene veintitrés años. No tiene ninguna hija, pero Leïda estará dentro de él de ahora en adelante. Sabe que nunca olvidará su cara, su miedo, su horrible sufrimiento.

Saca las piernas fuera de la cama. Marcharse. Abandonar ese museo de los horrores lo más pronto posible. Su cabeza gira, la náusea lo inunda, se siente débil como un recién nacido; llora.

A su lado, el colchón se ahueca. Betsy. Su brazo rodea la espalda de Idris. Su mejilla, también húmeda por las lágrimas, se une a la suya. Idris acepta el abrazo. Otras veces lo rechazó. Hoy acepta la compasión de Betsy.

—¿Por qué? —dice y su voz se quiebra—. ¿Por qué debemos soportar esto?

—Sabes bien por qué —susurra Betsy—. No hemos encontrado otro medio. Es el precio de la paz.

—Extraña paz, si para obtenerla necesitamos un «Día de la Guerra».

—Somos sobrevivientes, Idris. Todo lo que queda de una humanidad devastada. La guerra es un lujo que no podemos permitirnos más. Por cierto, no la queremos más.

Idris la aparta, se levanta, recorre el piso azul del cuarto con pasos largos y vacilantes.

—¿No la queremos? ¿Y qué es lo que insertan en nuestras cabezas?

Con los brazos cruzados entre las piernas, el busto encorvado, la cara del color de la cera, Betsy parece la imagen del abatimiento.

—Es la primera vez que apruebas el examen, Idris. Pensaba que habías entendido. El objetivo de este día. Además, no eres el único que sufre.

El muchacho desvía la mirada. No le gusta Betsy, pero de repente ella parece tan frágil. Empieza a sentirse culpable. Seguro que ha entendido. Hasta el Blitzkrieg, la transfusión de memoria sólo se usaba para el placer. Los nuevos dirigentes de la Unión han decidido usarla para crear una especie de electroshock. Vivir la guerra una vez al año, para mantener presente el espíritu de su horror. Una forma de vacunarse contra ella. Con la condición de resistir el deseo de represalia... Un transfundido olvida por completo que se encuentra en un mundo virtual. Se convierte en el hombre, la mujer o el niño del que ha recibido una porción de memoria. Si el escenario ya está escrito, el final queda abierto. El transfundido siempre tiene la libertad de elegir cómo acabar la historia. El que arriesga el frágil equilibrio de la paz por satisfacer una venganza personal es considerado como un peligro para la comunidad. Lo envían a hacer un «cursillo de capacitación», también llamado el «Purgatorio».

Idris ha pasado tres veces por el Purgatorio. Detesta esos institutos luminosos donde los educadores nunca se permiten una gentileza. No es fácil engañar a Idris. Se lo considera un descarriado al que hay que devolver al camino correcto, por lo que todo está permitido para alcanzar esa meta. Pruebas, ejercicios, proyecciones, aprendizajes, deportes, el objetivo es lograr un condicionamiento positivo.

La primera vez fue terrible. Su brazalete de contención impedía que se alejara del Centro. Cada vez que intentaba traspasar las limites del parque, caía paralizado. No sintió ningún dolor. Simplemente, sus miembros estaban paralizados. Ni siquiera podía hablar. Los enfermeros tuvieron que ir a recogerlo. Él, que no toleraba ninguna dependencia, tuvo que soportar durante días que lo alimentasen y lavasen su mierda, sin más autonomía que un niño de pecho.

Pasaron tres semanas, durante las cuales él se mostraba menos inteligente que una fiera, que apenas es consciente de los límites de su prisión. Terminó el encierro, y aprendió. Cómo responder en las pruebas, cómo comportarse durante las proyecciones, cómo dominarse en los enfrentamientos deportivos, cómo administrar el pequeño espacio de libertad que le concedían.

Su primera estancia había durado seis meses. En el siguiente Día de la Guerra Idris volvió a fracasar. Había visto, esta vez, la matanza de toda su familia. La venganza era irresistible.

La segunda permanencia en el Purgatorio sólo duró seis semanas. Idris había aprendido, lo que no le impedía recaer cuando se le inyectaban imágenes de la mujer que amaba trasformada en una antorcha viviente. La guerra era una porquería inaceptable. Únicamente los cabrones ofrecían su mejilla para recibir otra bofetada...

La tercera permanencia de Idris duró diez días. Cuando salió del Purgatorio, había redescubierto las lágrimas, y a llorar por sí mismo y su vida destruida. Advirtió que había dejado de fingir. Sinceramente quería un mundo donde reinara la paz.


Idris sacude la cabeza. Ha superado el Día de la Guerra. Amarga victoria, que constriñe su garganta, y que nunca podrá engullir.

Pero, ¿qué quieres para este mundo, Idris? ¿Niños torturados? ¿Familias destruidas? ¿Inmolaciones mediante el fuego? Estabas tan contento de tu elección, en el mundo de Leïda. Recuerda la alegría que sentías al despertar. ¿Te han condicionado? Pero no eras nada más que violencia. ¿Y si, al final, logras vivir en paz contigo mismo?

Idris sacude la cabeza. Sobre la cama, Betsy se acuna. Con los ojos cerrados, ella canturrea una canción infantil. Idris aguza el oído. ¿«Tres ratones ciegos»? ¿La terapeuta se ha quebrado? No parece prestar ninguna atención a su paciente. Es un hecho que él ya no necesita su ayuda. Molesto por esta aparente derrota, Idris se aproxima, da unos golpes en la espalda de la muchacha, inspira profundamente...

—Sabes que he comprendido, Betsy. Perdóname.

Se apresura a abandonar la habitación.


En cuanto se cierra la puerta, Betsy se endereza, seca sus mejillas, comprueba su aspecto en el espejo que está encima del lavabo que está en el rincón. Hace un pequeño mohín.

—Pobre Anne-Elisabeth —le dice a su imagen de ojos enrojecidos—. Este te ha dado trabajo.

¿De qué te quejas? ¿Está a salvo, no? Uno más que se añade a tu cuota. Desde ahora, Idris será un buen soldadito de la paz.

Se da unos toques de agua fría sobre los párpados y, con sus dedos separados para formar un peine, aparta de su frente las greñas desordenadas. Una mirada a su muñeca le informa que ya es la hora. Debe atender al próximo paciente: Héloïse, una muchacha a la que Betsy le envidia la calma y la serenidad; sabe de antemano que no le causará el menor problema.

Suspiro. Betsy se siente cansada, desencantada. ¿Acaso hace unos momentos se limitó a representar la comedia del desaliento? Idris... Ella lo sabe demasiado bien. ¡Él sabe que ella es incapaz de superar la prueba! Fracasa en cada Día de la Guerra. Extraña situación... Los dirigentes de la Unión han admitido que los mejores terapeutas son aquellos que son capaces de volver a sentir los impulsos asesinos de sus pacientes. Evidentemente, es necesario que hayan aprendido a canalizar su violencia. También son los «cazadores de memoria».

Betsy pone las manos sobre sus mejillas. ¿Gesto de protección? ¿Enmascaramiento de un rostro que quisiera distinto? ¿Nuevos rasgos para una nueva vida, virgen de recuerdos, con la memoria purgada? Es lo que le prometen a todos los cazadores de memorias. Antes de que las atrocidades se hagan tan pesadas que la razón se tambalee.


Ilustración: Pedro Belushi

Incapaz de decidirse a abandonar de inmediato el abrigo del cuarto, para enfrentarse de nuevo con la muerte de Leïda, vista por la mente de Héloïse, Betsy se echa sobre la cama. En el olor de Idris. El olor del miedo y de la pena. Refriega su nariz en la almohada. Este olor es también el de la vida contra la muerte.

Con suavidad, frota su cabeza. Como sus otros pacientes, Idris nunca ha preguntado de dónde provienen los recuerdos que le son transferidos. Es más cómodo imaginarse en un mundo virtual, con situaciones fabricadas. Decirse, al despertar: no soy el padre de Leïda, pues este hombre no ha existido, ni su hija. Es sólo una proyección destinada a curarme de mi propia violencia.

Muchos dudan de la verdad, pero es demasiado pesado: prefieren no saberlo.

Betsy se da vuelta. Se masajea el esternón, que siente habitado por una masa en fusión. Leïda y su padre están aquí, le queman el vientre, es ella quien los ha traído consigo de su viaje al otro continente.

Un océano nos separa del otro lado de este mundo devastado. En la Unión, la mayoría de las personas ignoran o simulan ignorar que la vida persiste, allá lejos, en algunas regiones que se han salvado de la destrucción. Una vida aterradora, regida por la ley del fanatismo y de la intolerancia de algunos.

Betsy conoció al padre de Leïda. Al término de algunas semanas de vida en común, ella pudo retener una porción de su memoria. Él murió en sus brazos. Había matado a los asesinos de su hija. En su lugar, Betsy también habría usado el arma, y disparado sin fallar. Y por lo tanto... Había ponderado con frecuencia si la venganza era vana y aportaba sólo destrucción.

Hoy sólo necesita cerrar los ojos para verlos acercarse. Está recogiendo madera en el baldío a medias calcinado, detrás de la casita. Un ruido la pone en estado de alerta. Ya es demasiado tarde. El padre de Leïda se para en el umbral, como ofreciéndose a la muerte. Ha venido toda una tropa. Matará a dos de ellos antes de que a su vez lo maten.

Ella amaba a ese hombre. Se embarcó en secreto durante la hora siguiente para no sucumbir al demonio. Ella trajo para el mundo, para su mundo, una ración de imágenes atroces, la forma de la paz.


Betsy aspira el aire como si le faltara. La fórmula de la paz. Lo que hace que sus actos sean soportables es que esta terapia del Día de la Guerra funciona. En el continente de la Unión, durante los últimos diez años, se ha creado un equilibrio. Algo que se asemeja a la felicidad. Frágil, sin duda... Y Betsy se estremece al pensar que este equilibrio se construyó a costa de los que mueren allá lejos, en medio de horrorosos sufrimientos. Se dice que los dirigentes de la Unión podrían intervenir. Que tienen los medios técnicos para que los fanáticos dirigentes del otro continente no perjudiquen más a nadie. ¿Pero cómo harán para abastecer a su vivero de imágenes? Sin la guerra de los otros, ¿cómo transmutar el horror en paz?

Betsy se clava los puños en el esternón. Se sofoca, hasta casi no poder respirar. Algún día, puede que... Algún día, tal vez no sea necesario usar muletas, las transfusiones no serán necesarias, el concepto mismo de guerra habrá perdido su sentido. Un día...

Betsy se incorpora. Su labor no está terminada. Recibe a Héloïse y la corona con el casco-memoria, mientras que a su vez se conecta y se exhorta a tener coraje. Por el padre de Leïda. Para que ese hombre y su hija no hayan muerto en vano. Para que el odio se trasforme en un acto de amor.



Título original: "La journée de la guerre"
Traducción del francés: Georges Bormand.
Corrección: José Vicente Ortuño/Claudio Biondino


Joëlle Wintrebert nació en 1949 en Toulon, Francia. Ha escrito principalmente ciencia ficción, pero también es guionista, antologista, autora de libros para niños y periodista. Recibió tres veces el Premio Rosny Ainé: por la novela corta "La Créode", en 1980, y por otras dos novelas: Les Olympiades truquées en 1988, y por Pollen en 2003. Su novela Le Créateur chimérique obtuvo el Grand Prix de la ciencia ficción francesa en 1989.


Axxón 168 - noviembre de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Reeducación: Francia: Francesa).

            

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