SU NUEVO YO

Kit Reed

Estados Unidos

"Y Ahora... Su Nuevo Yo", decía el aviso. Era una publicidad a dos páginas en una de las revistas de moda más sofisticadas y estaba acompañada por una fotografía con artísticas sombras texturadas, que sugerían la posibilidad de una transformación milagrosa cerniéndose al alcance de las manos de cualquier mujer.

Extasiada, Marta Merriam se inclinó sobre la revista, tironeando de su sencillo batón con ramitos de violetas hasta que casi llegó a cubrirle las gruesas rodillas. Contempló la fotografía, la lista de promesas escritas en elegante bastardilla, y al hacerlo, ni siquiera notó que su boca estaba mordisqueando una hebra de su sucio cabello color ratón.

En sus momentos de mayor nostalgia y rebeldía, Marta Merriam olvidaba su cuerpo regordete y se imaginaba como la esbelta e impecable Marnie, veinte centímetros más alta y veinte kilos más delgada. Cuando una mujer mejor vestida y de modales elegantes, la dejaba con la palabra en la boca durante un almuerzo o su esposo la dejaba sola en las fiestas, ella se retraía en un diálogo con Marnie. Marnie sabía qué frase exacta y devastadora debía decir a esas mujeres súper elegantes y presumidas y, además, era experta en todas las argucias capaces de mantener a un hombre en casa. Al adoptar la personalidad de Marnie, Marta podía autoengañarse.

"Observe Cómo Desaparece Su Viejo Yo", leyó Marta y al murmurar esas palabras por segunda vez, sintió a Marnie agitándose en su interior, esperando ser liberada. Marta se irguió en forma imperceptible, dándose golpecitos en la rolliza papada con una mano regordeta, y cuando sus ojos hallaron el anzuelo —el precio para el Nuevo Yo en letra pequeña en la esquina inferior derecha— el deseo la consumió y Marnie tomó el mando.

—Nos vendría muy bien un Nuevo Yo —dijo Marnie.

—Pero tres mil dólares... —Marta mordisqueó la hebra de cabello.

—Tienes esas acciones.

—Pero son el regalo de bodas que me hizo Howard. Parte de sus negocios.

—A él no le va a importar... —Marnie se retorció y se confundió con la fotografía.

—Pero cien acciones... —La mecha de pelo estaba empapada y Marta masticaba aún más rápido.

—A él no le va a importar cuando nos vea —dijo Marnie.

Y Marta, con los ojos iluminados, se puso de pie, fue hacia el teléfono casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, y llamó a su agente de bolsa.

Su Nuevo Yo llegó dos semanas después, tal como lo habían publicitado, y cuando llegó, Marta se sintió demasiado excitada para tocarlo, sola en la casa como estaba, a solas con ese futuro de imposible belleza.

A media tarde, cuando ya había mirado al cajón de madera con forma de ataúd desde todos los ángulos posibles y había acariciado hasta alisar los bordes ásperos y astillados de la madera, juntó coraje para tirar del cordón de apertura que la compañía había dispuesto... y dejar que comenzara su futuro. Saltó hacia atrás con un chillido cuando los costados rígidos del cajón se abrieron para revelar una caja negra con lujosas molduras. Temblando, hizo girar el cerrojo dorado con el emblema de un capullo de rosa y abrió la tapa.

Por un momento, todo lo que vio fue un folleto de instrucciones, apoyado en pliegues y más pliegues de papel tisú violáceo, pero al mirar más de cerca vio que el papel se arracimaba para proteger una forma misteriosa y prometedora que yacía debajo.

IMPORTANTE: LEA ESTO ANTES DE PROSEGUIR, advertía el folleto. Distraída, lo arrojó a un lado, reflexionando al hacerlo que la última vez que ella había visto papel plegado de esa manera era alrededor de los largos tallos de las Bellezas Americanas, la docena de rosas que Howard le había enviado una docena de años atrás.

El último trozo de papel cayó de sus manos, revelando la figura que había debajo, y Marta ahogó un grito. Era una Belleza Americana de tallo largo; todo lo que había soñado. Reconoció su propia expresión en ese rostro, pero era una versión soberbia y glamorosa de su propio rostro, y al mismo tiempo era Marnie, Elena, Cleopatra; era más de lo que se había atrevido a anticipar. Era su nuevo yo. Temblando de impaciencia por sumergirse en su interior, se inclinó sobre ella sin prestar la más mínima atención al folleto de instrucciones y hundió sus brazos hasta los codos en el remolino susurrante y vertiginoso de violáceo papel tisú. Envuelta en una súbita aureola de perfume, en el movimiento del papel y en una sensación de creciente excitación, lo último que recordó fue que aferró las sedosas manos de la figura con sus dedos regordetes y las apretó contra su pecho mientras las dos figuras, la nueva y la vieja, se hundían en un arremolinado mar violáceo. Luego, las hirvientes sábanas purpurinas giraron como un caleidoscopio y las engulleron y Marta perdió el conocimiento.

La despertó un ruido sordo y húmedo. Yacía en medio del tisú violáceo, desperezándose lujuriosamente, pensando que debería ponerse de pie para ver qué había sido ese ruido sordo. Dobló la pierna como primer movimiento para ponerse de pie y se detuvo, deleitada por la dorada elegancia de su rodilla. Estiró la pantorrilla que sabía debía de hallarse justo más allá de esa rodilla perfecta y luego se abrazó los hombros, que eran tan gráciles y suaves como los de una pantera, sintiendo que crecía en su interior la conciencia gradual de lo que había sucedido. Entonces recordó que su nuevo yo estaba totalmente desnudo y que Howard regresaría a casa en cualquier momento; recobró la compostura y con un fluido deslizar de músculos se puso de pie. Con el aire de una reina, levantó un pie con suma delicadeza y salió de la caja.

Recordó la frase del aviso, "Observe Cómo Desaparece Su Viejo Yo", y sonrió lánguidamente mientras fluía alejándose de la caja. Bostezando, buscó en el ropero, recogió su viejo salto de cama acolchado y lo descartó en favor del quimono de seda que Howard le había traído del Japón. Le había sentado muy bien diez años atrás, pero luego le había quedado muy chico. Dio dos vueltas al cinto alrededor de su cintura y luego —incapaz de dejar de ser una ordenada ama de casa— comenzó a plegar el papel tisú que parecía haber explotado por todo el cuarto. Cuando llegó al lugar donde su viejo yo había tocado por primera vez el dorado capullo de rosa, levantó en sus brazos una enorme cantidad de papel con gesto exuberante... y lo dejó caer con un pequeño alarido. Sus pies habían tropezado con algo. No deseando ver qué era, escarbó entre los restantes trozos de papel con la uña dorada del pie. Su pie entró en contacto con algo blando. Se obligó a bajar la vista. Y dejó escapar un gemido sordo.

La vieja yo no había desaparecido. Todavía estaba allí, tan deslucida como siempre en su batón de florcitas violeta. El pelo sin brillo se esparcía como algas marinas y las caderas parecían desparramarse allí donde yacía, aplastándose sobre la alfombra.

—¡Pero lo habían prometido! —chilló la nueva y elegante Marta. Con una súbita sensación de angustia, rebuscó entre los restos violáceos de papel hasta encontrar el folleto de instrucciones que había descartado.

"Deben tomarse muchas precauciones al efectuar la transferencia", advertía el folleto con urgente bastardilla. Y luego proseguía con una serie de complicadas instrucciones técnicas sobre la transferencia y la puesta en marcha, que Marta no entendió. Al aferrar las manos de su nuevo yo se había arrojado de cabeza a la transferencia, sin pensar para nada en el cuerpo que dejaba atrás. Pero tenía que ser desmaterializado en el mismo momento de la transferencia y no después. No servía de nada devolver las transferencias fallidas a la compañía, advertía el folleto. La compañía las enviaría de regreso. Aparentemente la nueva Marta no podría deshacerse de la vieja yo.

—Oooh... —Hubo un leve quejido de la figura sobre el piso. Y la vieja Marta se sentó y miró torpemente a su alrededor.

—¡Tú! —La nueva Marta miró a la vieja yo con odio creciente—. ¡Será mejor que me dejes en paz! —le dijo. Iba a arrojarse sobre eso en un arranque de irritación cuando escuchó un ruido en el camino de entrada. —¡Ah! Es Howard. —Sin pensarlo más, empujó a la torpe y vieja yo, que no se resistió, la metió dentro del armario del vestíbulo y, cerrando la puerta con llave, se guardó la llave en el bolsillo.

Entonces, ajustándose el quimono se dirigió hacia la puerta.

—Howard, querido —comenzó a decir.

Él la reconoció y no la reconoció. Se quedó parado al lado de la puerta con el aspecto de un niño que acabara de recibir una heladería de regalo, escuchando mientras ella le explicaba (dejando de lado ciertos detalles: la venta de sus acciones, el problema de la vieja yo) en tonos vibrantes e íntimos.

—Marta, mi amor —dijo por último, atrayéndola hacia él.

—Llámame Marnie, querido. ¿Sí? —Ronroneó y se acurrucó contra su pecho.

Por supuesto que el cambio significó un nuevo guardarropa para ella y para Howard, porque Marnie había leído en docenas de revistas femeninas lo importante que era tener al lado a un hombre bien vestido. Los Merriam fueron arrastrados a infinidad de fiestas y fueron admitidos por primera vez en las casas más brillantes de la ciudad. Los negocios de Howard florecieron y Marnie, rodeada de admiradores, Marnie, mucho más atractiva que las más elegantes de sus rivales, también floreció. Había fiestas, reuniones, salidas al teatro, encuentros para almorzar y una gran cantidad de hombres atractivos. Y entre una cosa y otra, Marnie no tenía demasiado tiempo para ocuparse de la casa. La caja negra de la Compañía Su Nuevo Yo seguía donde ella la había dejado y la vieja yo estaba todavía almacenada (como una vieja aspiradora, pensaba Marnie, pasada de moda y sin usar) en el armario del vestíbulo.

En la segunda semana de su nueva vida, Marnie comenzó a notar ciertas cosas. El papel tisú alrededor de la caja de Su Nuevo Yo estaba desordenado y el libro de instrucciones había desaparecido. En una ocasión, cuando había salido del dormitorio por un momento, le pareció ver una sombra moviéndose en el vestíbulo.

—Ah, eres tú —le dijo Howard con una mirada ambigua cuando ella regresó a la habitación—. Por un momento creí... —Sonaba casi nostálgico.

Y había miguitas —pequeños senderos de migas— y recipientes de comida vacíos abandonados en extraños rincones de la casa.

Perturbada por la suciedad que había empezado a juntarse, Marnie rechazó dos citas para almorzar y una invitación a un cóctel y pasó una de sus escasas tardes en el hogar. En zapatillas y con la bata acolchada que había descartado el primer día de su transformación, comenzó a limpiar la casa. Se sintió enfurecida al encontrar un sendero húmedo que iba desde la cocina al ropero del vestíbulo. Con un líquido limpiador y un trapo, comenzó a fregar la moqueta del vestíbulo y se enderezó indignada cuando llegó a un charquito particularmente sórdido, una mezcla de líquidos y migajas, justo delante de la puerta del ropero. Rebuscando nerviosa en sus bolsillos, sacó la llave y abrió la puerta.

—Ah, eres tú —dijo disgustada. Casi la había olvidado.

—Y sí..., sí, señora —le respondió la vieja yo con humildad, acobardada casi por completo. La Marta regordeta con su vestido de florcitas violeta estaba sentada en un rincón del ropero, con un cartón de leche en una mano y un paquete de galletitas dulces abierto sobre la falda.

—¿Por qué no puedes simplemente...? ¿Por qué no puedes....? —Marnie resopló con asco. La criatura tenía chocolate en las comisuras de la boca y había aumentado tres kilos.

—Una tiene que vivir —dijo la vieja yo con timidez, tratando de limpiarse el chocolate con el dorso de la mano—. Lo olvidaste: yo también tenía una llave del ropero.

—Si vas a andar rondando por ahí —dijo Marnie, dándose golpecitos con la uña en sus dientes perfectos—, será mejor que sirvas para algo. Ven —dijo tironeando de la vieja yo—. Vamos a limpiar la habitación de la antigua criada. ¡Muévete!

La vieja Marta se puso torpemente de pie y siguió a Marnie arrastrando los pies y dejando escapar leves murmullos de obediencia.

El experimento fue un fracaso total. La criatura comía sin cesar y tenía cierta cantidad de hábitos asquerosos (al menos para Marnie), y cuando Marnie invitó a cenar a algunos de los contactos comerciales más atractivos de Howard, eso se negó a usar la cofia y delantal de una criada y hizo un terrible desastre al servir la sopa. Cuando ella la reprendió en la mesa, Howard dejó oír una leve protesta, pero Marnie estaba demasiado absorta en la conversación con un tipo latino que comerciaba en platino para darse cuenta. Ni tampoco se dio cuenta en los días que siguieron, que Howard estaba aumentando de peso. Ella estaba ahora más esbelta y delgada que el primer día de su nueva vida y caminaba por la casa con pasos largos y elásticos, impaciente, nerviosa y tan atildada como una potranca de pura raza. Howard parecía estar curiosamente silencioso y reservado, y Marnie lo atribuyó al efecto que causaba el tener a la vieja yo rondando por ahí, con zapatillas y muda en su batón con ramitos de violetas. Cuando la pescó dándole torta de chocolate a Howard en la mesa de la cocina, el mismo día en que él no había podido cerrarse la chaqueta de su traje de gala, Marnie supo que la vieja yo tenía que desaparecer.

Ella tenía un triturador de basura instalado en la pileta de la cocina y comenzó una silenciosa investigación sobre las propiedades de varios venenos, con la esperanza de hallar una manera permanente para deshacerse de eso. Pero cuando introdujo en la casa una buena provisión de instrumentos con filos aguzados, la Marta de las florcitas violeta pareció intuir lo que Marnie planeaba. Eso se le paró delante, retorciéndose las manos humildemente hasta que ella la miró.

—¿Y bien? —dijo Marnie, quizás con más severidad de lo que hubiera querido.

—Bueno... sólo quería decirte que no te puedes deshacer de mí de esa manera —le dijo eso casi como si estuviera disculpándose.

—¿De qué manera? —preguntó Marnie, tratando de disimular y luego, con un leve gesto de indiferencia, levantó una ceja—. Muy bien, genio, ¿por qué no?

—Matar va contra la ley —dijo la criatura con infinita paciencia.

—Esto no sería matar —respondió Marnie con su tono de voz más hiriente. —Es como entregar las ropas viejas al ropavejero o a Cáritas, o como quemarlas. Deshacerse de ropas viejas nunca ha sido considerado un asesinato.

—No, asesinato no —dijo la vieja yo y sacó el libro de instrucciones. Con paciencia guió los ojos de Marnie por encima de páginas muy usadas hasta un párrafo marcado con chocolate. —Suicidio.


Ilustración: Valeria Uccelli

Desesperada, le dio mil dólares y un pasaje de avión a California.

Y por unos pocos días, la vida alegre siguió como antes. Ahora, los Merriam iban a recepciones o recibían gente en su casa noche y día, y Howard casi no tuvo tiempo de observar que la vieja y pacífica Marta ya no estaba en la casa. El nuevo autochef de Marnie hizo que sus cenas de gala fueran la comidilla del grupo social más elegante de la ciudad, y se encontró en el centro de una inextinguible multitud de jóvenes atractivos y atentos vestidos de gala. Aunque antes Howard solía dejar abandonada a la vieja yo en las fiestas, Marnie ahora lo veía aún menos, porque los atractivos jóvenes que la rodeaban la adoraban demasiado para dejarla sola. Era bienvenida en los mejores lugares y no había una sola mujer en la ciudad que se atreviera a excluirla de su lista de invitados. Marnie iba a todas partes.

Si se sentía insatisfecha era sólo porque Howard parecía cada vez más gordo y menos atractivo que antes, y los bultos y arrugas en sus ropas de noche impedían que fuera el perfecto accesorio que ella deseaba. Huía de su lado bien temprano cada noche que salían juntos y volvía a buscarlo sólo en las últimas horas de la madrugada, cuando era tiempo de irse a casa.

Pero a pesar de todo ella aún lo quería, y por eso lo sintió como un golpe cuando se dio cuenta de que ya no era ella la que lo evitaba en las fiestas: él también la estaba evitando. Se dio cuenta por primera vez una noche de cena y baile. Había estado sosteniendo una fascinante conversación con alguien que estaba en el negocio de los metales y le pareció que sería el toque correcto, el toque final de la noche, si el caballero en cuestión la viera de pie junto a Howard bajo la suave luz, serena, hermosa, la esposa devota junto a su marido.

—Tiene que conocer a mi esposo —murmuró, acariciando las solapas del magnate—. ¿Viste a Howard? —le preguntó a una amiga que estaba allí cerca, y algo en la forma en que la amiga negó con la cabeza y le dio la espalda, la hizo ponerse nerviosa.

Varios minutos después el magnate del metal se había despedido y Marnie aún estaba buscando a Howard. Lo encontró por fin en un balcón y podría haber jurado que lo vio saludar con la mano a una silueta oscura, que se llevó las manos a los labios y desapareció entre los arbustos justo cuando Marnie cerraba la puerta del balcón.

—No es muy halagador, ¿sabés? —le dijo, enroscándose alrededor de su brazo.

—¿Mmmmm? —Él apenas la miró.

—Tener que buscarte por todos lados de esta manera —le respondió, apretándose contra su cuerpo.

—¿Mmmmmm?

Ella iba a seguir hablando, pero en cambio lo condujo a través del departamento y lo hizo bajar hasta la puerta del frente. Incluso en el taxi, ella no pudo despertarlo de su ensueño. Lo ayudó a meter las colas de su chaqueta de gala dentro del taxi como un pequeño gesto de amabilidad. Y se quedó muy pensativa. Había visto algo perturbadoramente familiar en la silueta del balcón.

A la mañana siguiente, Marnie se levantó a una hora desusada y se vistió con exquisito cuidado. Había sido convocada para tomar una taza de café matutino con Edna Hotchkiss-Baines. Por primera vez había sido invitada a ayudar con la Kermesse para Viudas y Huérfanos. "Encontré a alguien fabuloso para que nos ayude con el planeamiento", había confiado a sus asociadas la elegante Edna; "nunca van a adivinar quién es".

Soberbia en un conjunto que podía sostener incluso el escrutinio de Edna, Marnie se presentó ante la puerta de los Hotchkiss-Baines y siguió al mayordomo hasta el comedor donde desayunaban los Hotchkiss-Baines.

Edna Hotchkiss-Baines apenas la saludó. Estaba absorta en la conversación con una figura rechoncha y modesta, que estaba sentada como un saco de patatas al otro lado de la mesa, con los zapatos abiertos para acomodar unos pies que se estaban expandiendo cada vez más y con el vestido de florcitas violeta un poco más ajustado.

Con el rostro rojo de furia, Marnie dio un paso atrás. Luego se sentó sin decir palabra y dirigió una mirada de odio a la mujer que tenía maravillada a la líder social más elegante de la ciudad: la vieja yo, aburrida, rolliza y sin una pizca de elegancia.

Y ese fue sólo el comienzo. Aparentemente, la criatura había devuelto el pasaje de avión a California y había usado el dinero que le devolvieron y los mil dólares para alquilar un pequeño departamento y comprar un modesto guardarropa. Y ahora, ante la furia impotente de Marnie, parecía estar yendo a todas partes. Eso aparecía en los cócteles vestida con una serie de matroniles atuendos en crepé, que iban desde el marrón topo hasta el gris paloma. Eso se sentaba en los comités más importantes y aparecía en las cenas más elegantes. No importaba lo exclusiva que fuera la lista de invitados o lo festiva que fuera la compañía, no importaba cuánto esperaba Marnie que eso no hubiera sido incluido, alguien siempre la invitaba. Eso se le aparecía a sus espaldas en los espejos de las boutiques cuando Marnie se estaba probando ropas nuevas y la miraba por encima del hombro en los restaurantes cuando estaba cenando con uno de sus impactantes jóvenes. Le seguía los pasos y se le parecía tanto que todo el mundo se sentía incómodo; y se parecía tanto a todo lo que Marnie odiaba, que se sentía avergonzada de verla.

Y entonces, una noche, encontró a Howard besando a eso en una fiesta.

En casa, unas pocas horas después, él la enfrentó. —Marnie, quiero el divorcio.

—Howard. —Hizo movimientos espasmódicos con las manos—. ¿Es que hay...?

Él se expresó con gran seriedad. —Querida, hay alguien más. Bueno, no es exactamente alguien más.

—¿Quieres decir...? Howard, no puedes hablar en serio.

—Estoy enamorado de la muchacha con la que me casé —dijo—. Una muchacha tranquila, una muchacha en pardo y gris.

—Eso... —Su cuerpo de última moda estaba temblando. Sus ojos como gemas brillaban flameantes—. Esa aburrida...

—Una mujer de su hogar... —Ahora él se estaba poniendo rapsódico—. Como la muchacha con la que me casé hace tantos años.

—¿Después de tanto dinero... de la transformación.... del nuevo cuerpo...? —La voz de Marnie se elevaba con cada nueva palabra—. ¿Del CAMBIO?

—Nunca te pedí que cambiaras, Marnie. —Sonrió, nostálgico—. Eras tan...

—¿Me vas a dejar por ese pedazo de grasa? —Estaba chillando—. ¿Cómo voy a mirar a mis amigos a la cara?

—Te mereces alguien mejor parecido —dijo él con un suspiro—. Alguien alto y delgado. Mejor voy a empacar y me voy...

—Está bien, Howard. —Se las arregló para dar a su voz un tono de nobleza—. Pero todavía no. —Estaba pensando con rapidez—. Tiene que haber un Período de Espera Decente...

Un período que le daría tiempo para manejar la situación.

—Si eso es lo que quieres, querida. —Se había cambiado y puesto su bata de baño de franela favorita. En otras épocas, la vieja Marta se había sentado a su lado en el sofá enfrente de la televisión, ella con su salto de cama acolchado y él con su fiel bata de baño. Se acarició las solapas—. Sólo quería asegurarte que estoy absolutamente decidido... todos seremos mucho más felices...

—Por supuesto —dijo ella y cientos de planes le pasaron por la mente—.

Por supuesto.

Se sentó sola durante el resto de la noche, tamborileando con uñas opalescentes la mesa de tocador, dando golpecitos en el suelo con un pie esbelto.

Y a la mañana siguiente ya lo había resuelto. Algo que Howard había dicho daba vueltas en su mente. —Te mereces alguien mejor parecido.

—Tiene razón, —dijo en voz alta—. Me merezco alguien mejor.

Y para cuando comenzó a amanecer, ya había concebido una manera de deshacerse del persistente bochorno de la vieja yo y de los... más caseros elementos de Howard de un solo golpe. Tan pronto como Howard salió para su oficina, ella comenzó a hacer una serie de consultas a larga distancia y una vez satisfecha su curiosidad, llamó a cierto número de amigos y obtuvo varios préstamos discretos durante el curso de unos tragos en el almuerzo.

Dos semanas más tarde había un gran cajón en la sala de estar. —Howard —dijo Marnie haciendo un gesto para que se acercara—. Tengo una sorpresa para ti...

Él acababa de entrar acompañado de la vieja Marta, con quien había salido en una cita. Les gustaba sentarse en la cocina con una taza de chocolate y charlar. Ante la mirada de Marnie, la vieja Marta se irguió en la silla. No podía apartar sus ojos del cajón con forma de ataúd. Howard se adelantó con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto? —preguntó, y entonces, sin esperar a que ella le respondiera, murmuró—. ¿No tuvimos uno de estos en la casa hace algunos meses? —y tiró del cordón adherido a una esquina del cajón. El cajón se abrió —quizás con demasiada facilidad— y la tapa de la pulida caja de ébano saltó bajo sus dedos casi antes de que él tocara el cerrojo con forma de capullo de rosa. El papel tisú era verde en esta ocasión, y si había habido un folleto de instrucciones anidado entre los papeles, ahora ya no estaba.

Tanto la nueva Marnie como la vieja yo observaron absortas mientras Howard, sin prestarles la más mínima atención, se abría camino entre las capas de papel tisú y con una exclamación espontánea de placer aferraba la figura dentro de la caja.

Tanto la mujer nueva como la vieja observaron cómo los papeles comenzaban a girar y elevarse y se quedaron sentadas, inmóviles, hasta que se oyó un ruido sordo y los papeles volvieron a asentarse.

Cuando todo terminó, Marnie giró hacia la vieja yo con una sonrisa maliciosa. —¿Estás satisfecha? —le preguntó. Y con ojos brillantes esperó a que el nuevo Howard saliera de la caja.

Él emergió como un nuevo Adán, ignorándolas a ambas, y se dirigió a su propio cuarto para vestirse.

Mientras él no estaba, el viejo Howard, un poquito deshilachado en los bordes, casi enterrado bajo una cascada de papel tisú, se movió débilmente e intentó levantarse.

—Ese es el tuyo —dijo Marnie, dándole a la vieja yo un golpecito en las costillas—. Será mejor que lo ayudes a levantarse. —Y entonces se preparó, de cara a la puerta, esperando con los brazos abiertos a que reapareciera el nuevo Howard. Luego de unos momentos, él entró con el aspecto de un dios, vestido con uno de los trajes de negocios más caros de Howard.

—Mi amor —murmuró Marnie, cancelando mentalmente la cena en casa de los Hotchkiss-Bainses y una fiesta en Westport con un hombre nuevo.

—Mi amor —dijo el nuevo Howard. Y pasó de largo por delante de Marnie dirigiéndose hacia la vieja Marta, que todavía estaba revolviendo en el papel tisú de rodillas sobre el suelo. Con delicadeza, con el aire de un príncipe que ha descubierto a su Cenicienta, la ayudó a ponerse de pie.

—¿Nos vamos?

Marnie los miró boquiabierta.

Se fueron.

Sobre el piso, el viejo Howard había logrado darse vuelta sobre el estómago y estaba agitándose como un pez fuera del agua. Marnie lo observó, rígida de rabia, demasiado conmocionada para hablar. El viejo Howard se agitó unas pocas veces más, logró ponerse de rodillas y luego volvió a resbalar sobre el papel tisú. Sin apenas dirigirle a eso la mirada, Marnie alisó la toca que ella había preparado para la cena en lo de los Hotchkiss-Baines esa noche. Siempre le quedaría la cena, y también la fiesta en Westport. Con frialdad se movió hacia adelante y pateó el papel tisú para sacarlo del paso. Se irguió, ágil, flexible y hermosa, y pareció hallar nuevas fuerzas. El viejo Howard se agitó otra vez.

—Bueno, levántate de una vez —dijo y golpeó a eso con la punta del pie. Se sentía completamente calmada—. Levántate... querido —lo soltó, rabiosa.



Título original: The New You
Traducción del inglés: Norma Dangla


Hace unos pocos meses, en Axxón N° 166, de septiembre de 2006, publicamos un inquietante cuento de Kit Reed, "Cama familiar". En el número siguiente tuvimos oportunidad de leer una entrevista exclusiva realizada por el Equipo Axxón, en la que Kit, aguda y lúcida, habló de ciencia ficción, slipstream, autores y tendencias. Aquí está de nuevo, con otro relato perturbador, o tal vez debamos decir turbulento o sombrío o atormentado... Bueno, no es fácil. Este es uno de esos casos en los que es preferible que hable la ficción y no las etiquetas.


Axxón 170 - enero de 2007
Cuento de autora norteamericana (Cuentos: Fantástico: Ficción especulativa: Humor Negro: Estados Unidos: U.S.A.)

            

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