ANUBIS

Giampietro Stocco

Italia

Este grifo de mierda... ¿Estoy realmente seguro que he girado la manivela hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha? Como cada noche, Giacomo retrocedió los dos metros cuadrados que dividían su dormitorio de la cocina. Por octava vez, controlaba si había cerrado el gas. El problema era haber llegado al número ocho. Porque según la ley inviolable que regulaba su angustia, una vez que Giacomo hubiese superado el umbral místico del siete, el rito se prolongaría hasta el número veintiuno, primer múltiplo impar después del siete. Así era, porque si siete era el número que salvaba, tres era el número por salvar, o sea, eran Giacomo, su madre y su padre.

El doctor le había diagnosticado una perturbación obsesivo-compulsiva, recomendando a los padres no protegerlo demasiado y tener paciencia. Si hubiese empeorado, bueno, se podría haber pensado en un remedio, pero por ahora no había necesidad de preocuparse demasiado porque se trataba de un adolescente con un par de manías solamente. Manías, pensó con amargura Giacomo. Sería mejor llamarlas obsesiones. No se explicaba cómo le habían venido. De repente se encontró dando vueltas en el corredor. Había cumplido quince años hacía poco tempo, y el rito nocturno se presentó así, espontáneo, junto con las masturbaciones frenéticas, después de que...

—¿Quieres explicarme lo que quieres que haga? —El tono exasperado de su padre le llegó de improviso, del otro lado de la puerta cerrada del dormitorio. Trataba de no levantar la voz. Como había hecho desde hacía un año, todas las noches.

—Sabes muy bien lo que quiero... —La voz de su madre era perentoria, como siempre.

O desde que papá perdió el trabajo...

—Ya no tienes arte ni parte —insistía su madre con dureza—, y lo peor es que ahora no te importa un carajo. ¿Qué es lo que eres, eh?

—Anna, soy un trabajador socialmente útil —respondió el papá, alzando el tono de voz—, y sin recomendaciones de otros. Por eso es que....

—¿Por eso es... qué cosa? Es por eso más bien que te han despedido. ¿Estás frustrado pero no eres un recomendado? Qué buen consuelo.

Oh, no. Por favor, no comiencen de nuevo. Giacomo advirtió los primeros estremecimientos familiares. Cuando las voces se alzaban haciendo vibrar las copas de la vitrina del corredor, también sus dientes empezaban a entrechocarse. Nononononono. Como en una danza, Giacomo empezó a ir hacia adelante hacia y atrás entre el umbral de la cocina y el de su dormitorio. Sus padres saldrían dentro de poco para seguir discutiendo en la cocina. Tendría problemas si lo encontraban haciendo sus ritos nuevamente.

Apagadoapagadoapagado. El gas está apagado. Después de la prueba número dieciocho, empezó a darle vueltas la cabeza. No debía perder el control. Pobre de él si llegaba a la prueba número veintiuno sin la seguridad de que había cerrado el maldito grifo hacia la izquierda. Veinte, ¡veintiuno! Cerrado. En punta de pie, Giacomo, ya sin fuerzas, atravesó el umbral de su dormitorio, cerró la puerta, apagó las luces y se metió a la cama. Era casi un movimiento único, recurrente como se había impuesto hacerlo. La discusión entre su mamá y su papá le llegaba más sorda, pero era cuestión de pocos minutos. Como su obsesión, así también la batalla entre sus padres tenía reglas precisas. Cada combate seguía escrupulosamente los mismos ritmos de engranaje, desarrollo y conclusión. Dentro de poco su padre empezaría a justificarse...

—No hay mucho que pueda hacer con un diploma de ingeniero después de cinco años fuera de circulación...

—¿Por eso te encierras en casa? Bueno, ¡mientras la estúpida, que soy yo, gane el dinero! ¡Pero mira que no puedo llevar adelante esto yo sola, con ese maldito estudio jurídico! ¿Y Giacomo? ¿Has pensado en él? ¿Has pensado en la opinión que se está formando de su padre?

La madre lo había incluido en la discusión. Generalmente lo hacía más adelante. Giacomo se cubrió con las frazadas tapándose la cara. Lo hacía desde que era niño. Le parecía como cerrar con un diafragma el paso entre él y...

Un crujido casi imperceptible. Giacomo sintió que se le enderezaban las orejas casi físicamente. Sacó la cabeza de la oscuridad. En el fondo, las voces de sus padres se volvieron más claras, y un olor diferente, como de alquitrán, estaba invadiendo el cuarto. Ambos se han puesto a fumar en la cocina, resopló Giacomo.

Trató de meter nuevamente la cabeza bajo las sábanas para escapar del mal olor, cuando con el rabillo del ojo vio algo que le llamó la atención. La percha se estaba moviendo. Giró la mirada hacia el armario: el objeto donde Giacomo generalmente colgaba su abrigo, lo dejaba apoyado sobre la manija. Pero ahora no estaba, más bien lo observaba oscilar, lentamente y sin ninguna duda, como si alguien hubiera colgado un pesado abrigo sobre él.

¿Dónde está mi abrigo? Mientras sus padres seguían discutiendo impertérritos, en la cocina, finalmente Giacomo lo vio. Su abrigo estaba colgando de otra percha, suspendida del borde superior del armario. Yo no lo puse allí, apenas tuvo tiempo de pensarlo y su mirada fue nuevamente capturada por la oscilación de la otra percha. ¿Estaba cerca a una... mano?

Sí, sin duda alguna, aquella era la sombra de una larga mano que parecía acariciar la percha colgada de la manija, moviéndola lentamente. Una mano encorvada que provenía de un largo brazo simiesco y que llegaba casi hasta los pies de dos piernas, toscas y torcidas, que terminaban en garras bestiales. El pecho enorme se adivinaba apenas, justo detrás del abrigo de Giacomo en la puerta con espejo del armario que se entreabría, así como la cabeza peluda y el hocico alargado listo para abrir las fauces y...

No. No puede ser. Nonononono. He apagado el gas. He contado hasta veintiuno. Entonces, ¿por qué? Metió la cabeza bajo las frazadas. Gotas de sudor frío le inundaron la frente y las mejillas. A lo lejos, en la cocina, como si no sucediera nada raro, continuaba la discusión. Hacía años que ese íncubo no regresaba a visitarlo. En un instante, Giacomo se sintió niño nuevamente, llorando desesperado y llamando a su padre para que lo liberase del horror del armario. Entonces, llegaba su padre a encender la luz, con esos cabellos densos y más oscuros, a explicarle cómo los juegos de luces y sombras entre el abrigo y la puerta con espejo del mueble podían sugerir una figura monstruosa que existía solamente en su imaginación, y...

Un gruñido. Se escuchó bajo, pero con claridad, en la petulante columna sonora proveniente de la cocina. Y, otra vez, el golpe de la percha contra la puerta del armario, que se alternaba con otro golpe rítmico, que Giacomo identificó como el de sus propios dientes. Esta vez, sin embargo, no eran los gritos de sus padres los que lo asustaban. Con un dedo, bajó la cortinaque lo defendía. Desde el techo, en el cuadro de luz reflejado por la ventana, vio agitarse la sombra de una enorme cabeza con orejas en punta. No es real. No es posible. Tengo que pensar en otra cosa. Tengo que... Así es. ¿Cómo se llama la del segundo F? Clara. Sí, Clara. Las tetas de Clara. Giacomo se llevó la mano derecha al pene y empezó a masturbarse. Bien. Así. Funciona. Las tetas de Clara. Clara que me lo agarra y se lo mete en la boca... El olor en el cuarto había cambiado. Mientras frotaba vigorosamente, le maduró una erección en pocos segundos de fantasías, y Giacomo se dio cuenta que el olor a alquitrán se había transformado en un flujo... ¿selvático?

Ahora basta. Tomando el pene con la mano derecha, se descubrió con la izquierda, de golpe. Lo vio nuevamente. Esta vez, el ser se había desprendido de su mundo achatado entre el espejo, el armario y el abrigo y estaba allí, de pie, gigantesco, sobre su cama. Unos brazos larguísimos le colgaban junto al cuerpo peludo y tosco. Giacomo contempló sin aliento la enorme cabeza de lobo, las fauces que dejaban ver colmillos largos y amarillos, con un aliento apestoso de carnívoro... Los ojos del color del carbón encendido, fosforescentes, recorrieron su cuerpo. La erección se le aflojó al instante. El monstruo, por su parte, inclinó la cabeza hacia un lado, en una parodia de estupor canino que daba miedo.

—A... a... a... —Giacomo trató de pedir ayuda pero no podía emitir ni una sola sílaba. Mientras que desde la cocina llegaban aún las voces de la discusión, el ser se alzó en toda su gigantesca estatura y levantó lentamente un largo brazo. Brillando en la oscuridad, Giacomo entrevió las garras e instintivamente se cubrió el rostro con los brazos. El monstruo se limitó a levantar el índice encorvado y a colocarlo sobre los labios.

Silencio, tronó una voz en su cabeza.

—¿Qué... quién eres? —pudo escupir finalmente, con una voz ronca que le costó reconocer como la suya.

Tú sabes quién soy.

—Yo no... No sé nada. ¡Y todo esto no es real! —Aterrorizado, Giacomo trató de levantarse. Una garra con uñas afiladas se posó sobre su pecho y lo obligó a echarse otra vez. Sobre la camisa fueron visibles los cortes que le produjo, de donde brotaron unas gotas de sangre.

Ves bien que soy real, continuó la voz dentro de su cabeza. Y no puede ser diferente. Tú me has llamado.

—¡Yo no he llamado absolutamente a nadie! —exclamó Giacomo en voz baja.

¿Estás seguro?, preguntó la voz de la sombra en su cabeza, mientras un índice puntiagudo indicaba la puerta cerrada.

—¡Esta sí que es buena! —le llegó la voz mordaz de su madre desde el otro lado—. ¿Te pondrías a estudiar de nuevo? ¿Crees que el mundo te está esperando todavía a los cincuenta años?

—¡Esta vez es de verdad, Anna!

—¡Ja, de verdad! ¡Hazme el favor...!

—¡Hace un tiempo estabas feliz al ver que me ocupaba de algo!

—¡Basta, Fulvio! Deja de jugar. ¡Te pasaste toda la vida jugando! —El ser volteó el hocico hacia la puerta y dio dos pasos inciertos. Una garra se aferró a la manija.

—No lo hagas —susurró Giacomo.

¿Por qué? ¿No deseas que todo esto acabe de una vez?

—¿Qué... qué quieres decir? Ellos son mis padres. Yo los amo.

No, los odias. Los has odiado siempre.

—¿Qué te estás inventando?

Tú me has llamado a causa de ellos.

—¡No es verdad!

He esperado hasta que estuvieras lo suficientemente fuerte...

—No es verdad. No está sucediendo...

Hasta sentir fluir la energía que hay dentro de ti. Esa energía que te he visto usar antes... El índice encorvado indicó su bajo vientre. Giacomo se dio cuenta de que estaba aún jugando con el pene y lo soltó al instante.

Es esa fuerza la que me ha empujado a salir de mi mundo...

—¡Basta!

Sólo debías dibujar nuevamente mi figura sobre el espejo... El ser quitó la garra de la manija de la puerta y avanzó hasta el borde inferior de la cama. Los brazos se deslizaron a los lados de Giacomo, hasta que las garras se apoyaron sobre la almohada y el hocico se encontró a medio palmo de su nariz. Esos ojos color del carbón. La piel negra bajo el pelo gris oscuro. Sus orejas, tiesas, con el pabellón hacia adelante. El lenguaje corporal le indicaba que el monstruo no sentía rencor hacia él. Al menos, por el momento.

Creo que voy a enloquecer. Lo presiento. Imprevistamente, tuvo un pensamiento. —¿Quizás eres el dios Anubis? —preguntó.

Las fauces aserradas se alargaron hacia lo alto con una mueca que podría parecer una sonrisa. Me han llamado con muchos nombres. Pero mi intención es siempre la misma.

—Tú... ¿tú juzgas quién debe morir y quién no?

No. Yo ejecuto una sentencia que ya ha sido pronunciada. Es el curso de tu vida el que decide cómo será tu muerte. Una lengua larga y canina salió del hocico del monstruo y lamió el rostro de Giacomo, de abajo hacia arriba.

Tu sabor es fuerte. Recién te estás asomando a la vida, estás empezando a probar los secretos. Pero tu existencia está amenazada.

—¿Qué idioteces dices?

Te estás consumiendo por nada.

—No te entiendo.

Estás convencido de que tu voluntad, si está mal encauzada, puede hacer daño a quien amas. Tus ritos tienen ese significado.

—¿Tú cómo lo sabes?... Oh, Dios, estoy enloqueciendo. ¡Hablo con un monstruo que existe solamente en mi imaginación!

Un sonido sordo y rítmico retumbó en el dormitorio de Giacomo. El ser estaba riendo. La cama se estremecía con las vibraciones que aquella garganta sobrenatural transmitía al ambiente. Al otro lado, el papá y la mamá seguían discutiendo como si nada estuviese sucediendo.

Si crees que tu voluntad puede escapar al control, ¿cómo es posible que no creas que puedes abrir un umbral entre los mundos?

—¿O sea que eres real?

Digamos que ahora estoy aquí.

—¿Cómo puedo hacer para que regreses por donde has venido?

El ser volvió a sonreír. Dejándome hacer aquello para lo cual me has llamado... Se alejó de la cama de Giacomo y regresó hacia la puerta.

—Por favor, no lo hagas.

Eres tú quien lo desea. Siempre lo has deseado.

La certidumbre se deslizó por la mente de Giacomo como esa voz hecha de sombras a pesar de ser tangible. Es verdad. Siempre lo he querido. Supo, con absoluta seguridad, que aquellos ritos nocturnos habían tenido el único fin de defender su paz desde que terminó el amor entre sus padres. El ser le hizo una señal, con las orejas tiesas sobre la cabeza. Y Giacomo supo también que cuando esas orejas no humanas se bajaran, el monstruo saldría e iría a la cocina en busca de papá y mamá.

No.

¿Por qué no? Basta de contar números en las noches. Basta con el grifo del gas. Basta con ir hacia adelante y hacia atrás. Finalmente serás libre, y lo sabes.

—¿Por qué, en cambio, no me llevas a mí? —preguntó Giacomo con un hilo de voz.

Porque no es tu tiempo. Tú aún no has vivido como para justificar aquello que llamas muerte. Y yo no tengo el poder de procurar la muerte por mi propia iniciativa.

Giacomo miró a su alrededor, desesperado. El cuarto tenía el mismo aspecto de siempre... si no fuera por la mole de aquella criatura absurda, con la pata curva apoyada sobre la manija de la puerta; su ropa estaba aún sobre la silla, ordenada, bien apilada como había aprendido a dejarla desde el año pasado. El reflejo de las luces de la calle se proyectaba ahora dentro de un cuadrado del techo. El abrigo en la percha colgaba delante de la puerta con espejo del armario. El espejo. No le había hecho caso antes, pero desde que el ser había salido de allí, un reflejo como de carbón encendido se desprendía de él. La misma luz que ardía en los ojos de la criatura. Ahora, todo el dormitorio estaba iluminado.

—¿Qué hay allí detrás? —preguntó Giacomo, indicando el espejo llameante.

Todos los mundos posibles. Y todos aquellos que no lo serán jamás.

—¿Es allí donde quieres llevarte a mamá y papá?

"Allí" no es exacto. Pero atravesaremos ese umbral. Porque tú lo deseas.

—¿Qué les sucederá?

Abandonarán este mundo. Morirán, como dicen ustedes.

—¿Los harás sufrir?

Sufrimiento. Miedo. Muerte. Todas son palabras que indican transición. A través del sufrimiento se entiende la propia fragilidad. A través del miedo se comprenden los propios límites. A través de la muerte se empieza una nueva vida.

—No me has contestado.

Sí lo he hecho. ¿Deseas que sea más explícito? Es cierto que sufrirán. Ellos no creen que están listos para abandonar este mundo. Escúchalos ahora.

—¡... Dios del cielo, Fulvio! ¿Debería morir aquí, en este instante, para que comprendieras cuál es nuestra situación? No puedo perder un día de trabajo. No puedo enfermarme. Con lo que gano en el estudio obtenemos lo justo para sobrevivir. ¿Lo entiendes?

—Anna, te lo ruego. Es importante para mí. ¿No entiendes que justamente estudiando otra vez puedo tener una posibilidad? Sería necesario poco dinero. Apenas...

—¡Ni lo menciones! Primero fue el automóvil, luego la motocicleta. Increíblemente, ahora se trata de este maldito curso de formación. Y yo pago. Basta, Fulvio. Yo no pago nada más. ¡Aunque te mueras!

¿Extraño, verdad?, dijo la voz, pensativa. ¿Los escuchas hablar de la vida y de la muerte? A veces, la cortina entre los mundos es tan liviana y al mismo tiempo impenetrable.

—¿Quieres decir que si tú fueras para allá... ni siquiera te verían? —Un hilo de esperanza alumbró la negra desesperación de Giacomo.

Yo no puedo pasar por la puerta mientras tú no lo desees. Y mientras tanto, ellos no me verán.

—¡Y yo no lo deseo! —exclamó triunfante Giacomo, en voz muy alta.

—¿Qué pasa, Giacomo? —Del otro lado de la puerta, la voz de la madre parecía preocupada.

—¿Lo ves? ¡Ya lo despertaste! —escuchó al padre, amargado.

La criatura movió su cabeza de lobo. La garra se cerró sobre la manija. La puerta pareció moverse unos milímetros.

—Giacomo, ¿necesitas algo? —La madre nuevamente.

Responde.

—N... no, mamá. He tenido una pesadilla. Ahora estoy bien.

—¿Quieres que te lleve una manzanilla? —La voz culpable del padre.

—No, papá. Gracias. Tengo sueño. Vayan... váyanse a dormir los dos.

Bien hecho.

—Ahora vamos, mi amor. Terminamos de conversar. —La madre, aliviada, ya tenía la mente en otros asuntos.

¿Ahora entiendes? Su destino ya está escrito. Pero atravesaremos el umbral cuando llegue el momento. Y cuando llegue, tú serás quien abrirá esta puerta. Y entonces, ellos me verán.

—¿O sea que yo no puedo cambiar... mi decisión?

Empiezas a entender. Por supuesto que no. Tú has decidido la muerte de tus padres. Ahora sólo debes determinar el momento y entonces estarás listo. Y yo también.

—¿Por qué tengo este poder?

Pregúntate más bien por qué tienes conciencia de ello. Pero has usado la palabra justa. Te han concedido un poder. El de decidir sobre tu vida. El de eliminar todos los obstáculos. Y tu libre albedrío ha decidido que tu madre y tu padre son obstáculos.

—Pero, eso es monstruoso... Yo...

No es ni monstruoso ni nada. Así es. Tú has tomado una decisión sin pensar en los otros. Es tu justa decisión. Si no, yo no estaría aquí.

—¡Esto está mal!

La criatura volvió a mover la cabeza. El bien... el mal... Por milenios tu especie ha discutido ese dualismo entre lo que debe hacerse y lo que es un obstáculo. Algunos han intuido que la verdad está más allá de estas discusiones y que no tiene importancia cómo se llega a la meta, sino la meta misma.

Repentinamente, Giacomo recordó lo que había estudiado unos años atrás, en el catecismo. —¿Eres el diablo?

Una risa sonora, ronca y vibrante.

—¡Tesoro, apaga el estéreo! ¡Es tarde! —Otra vez su madre, con voz más fuerte que la discusión convertida en un murmullo.

¿Te has dado cuenta? Ha escuchado mi risa. Estamos más cerca en este momento.

—Por fuerza, debes ser el diablo —dijo Giacomo para sí.

Te lo he dicho antes. Me han llamado con muchos nombres.

—No me has dicho lo que será de mí... después.

¿Después de haber matado a tus padres?

Giacomo casi se sofoca por las náuseas. La criatura parecía cada vez más real y determinada. Era como si la luz del infierno que le llegaba desde el espejo estuviese tomando cuerpo y solidez. Ese cuerpo que hasta el momento parecía translúcido, estaba volviéndose denso y profundo.

Se está volviendo real. Debo hacer algo. — S...sí. Después de haberlos llevado... al otro lado.

Te lo he dicho. Serás libre. Tendrás el poder de hacer lo que quieras.

—Y tú, ¿qué quieres a cambio?

No entiendo tu pregunta.

—Si me das el poder, querrás algo de mí a cambio.

Eres un muchacho listo. Pero ya debes haber entendido que lo que deseo a cambio está por llegar.

—¿Me quieres a mí... a cambio?

Tu corazón. Tus deseos. Tu modo de ser. Tu vida.

Giacomo se sintió perdido. ¡ Reflexiona! Se repitió. Tiene que haber alguna forma.

La criatura abandonó por un instante la manija de la puerta y colocó las garras sobre las caderas. Giacomo recordó en ese momento la pose desafiante de un héroe dibujado en una de sus revistas.


Ilustración: Sue Giacoman

Es inútil pensar. Las cosas son así. No puedes cambiar tu destino. Puedes solamente acompañarlo.

—¿Qué me dijiste antes, sobre el miedo?

¿Qué cosa? Por primera vez, la voz pareció sorprendida.

—¿Qué es lo que descubrimos a través del miedo?

Nuestros límites. Pero hacer preguntas no te servirá para ganar tiempo. Al contrario. Más te acercas al entendimiento, más real me vuelvo en tu mundo.

—Eso vale también para mí, entonces...

¿Qué dices, muchachito? ¿Una pizca de inquietud después de tanta indiferencia?

—Dices que enfrentar el miedo me hará entender, ¿o no? ¿No es eso mismo lo que deseas?

La criatura bajó los brazos a lo largo del cuerpo macizo. Las garras empezaron a abrirse y cerrarse. Las orejas bajaron sobre la cabeza. Moviéndose atentamente, Giacomo se quitó las frazadas de encima y se levantó, enfrentando el íncubo que se alzaba sobre él como una torre.

¿Cuáles son tus intenciones? La sospecha de sus intenciones creció en la criatura en forma tan pesada como el plomo y se transformó en una amenaza.

Espera y verás. Giacomo lanzó la frase como una flecha a la mente del ser. Éste comenzó a temblar todo, primero las piernas y los brazos, luego el pecho. Volteó la cabeza hacia atrás y rugió. Un sonido que hizo vibrar toda la casa, hasta su base.

—¡Giacomo! ¿Qué sucede allí adentro? —Su padre, alarmado.

—¡Papá, corre! ¡Hay algo aquí conmigo...!

Muchacho loco, loco. ¿Qué crees que estás haciendo? Me las pagarás. Me las pagaraaaaaás...

Se abrió la puerta desde afuera en el mismo instante en que la criatura se daba la vuelta con las garras hacia adelante.

Oh, Dios mío, no... Giacomo bajó la cabeza con los ojos cerrados.

—¡Giacomo! ¡Qué diablos...! ¡Oh, Dios mío! —El mundo enloqueció en un tumulto de vidrios rotos. La cacofonía llegó a un paroxismo insoportable. Después de lo que pareció un tiempo infinito, dos manos suaves y sin garras se posaron en la espalda de Giacomo.

Abrió los ojos. Ahora la luz estaba encendida. Vio el rostro del padre, y su cuerpo. Ileso. Más atrás estaba la madre. Sus ojos reflejaban los carbones ardientes que se apagaban. Giacomo miró a su alrededor. No había rastros de la criatura. Su mirada corrió hacia el espejo. El cristal estaba fragmentado en mil pedazos, como si hubiera explotado desde adentro y los fragmentos se encontraban en todas partes. El más grande se había incrustado en la cama de Giacomo. El abrigo sobre la percha se balanceaba.

—¿Qué has visto? ¡Dímelo! —le preguntó Giacomo a su padre, frenético.

—Yo... no estoy seguro, pero...

—Apenas entramos explotó el espejo —dijo su madre—, y se abrió la ventana de par en par.

—Había como una neblina, y... —El padre miró a la madre.

—Tesoro, si querías nuestra atención, te garantizo que la has obtenido —pronunció ella finalmente, levantando las cejas. Y señaló el martillo que se encontraba en el suelo, casi sepultado bajo los trozos del espejo—. ¿Quién ha puesto eso allí?

—Mamá, yo... —Giacomo se interrumpió de repente. No tenía importancia quién había puesto o usado aquel pesado martillo. Tampoco lo que su madre pensaba de ello. Le bastaba ver cómo lo miraba ahora su padre. El miedo te hace entender tus límites. Gracias, Anubis, o quien hayas sido. Giacomo sonrió.

—Hey, Giacomo...

—¿Sí, papá?

—Desde hoy, basta con esas tonterías del gas, ¿quieres? —El padre se volvió hacia la madre—. Y con todo el resto —añadió.

—Claro que sí, con todo el resto —sonrió la mamá—. Ahora, tesoro, te ayudaremos a limpiar todo. —Tomados por la cintura, los padres salieron del dormitorio. Giacomo se sonrojó. Se dio vuelta a mirar el cielo nocturno a través de la ventana abierta. Justo delante de él, una nube con cabeza de lobo se estaba disolviendo en el aire.



Traducción de Adriana Alarco de Zadra


Giampietro Stocco nació en Roma el 13 agosto de 1961. Se licenció en Ciencias Políticas en 1986 con una tesis sobre la historia de las minorías étnicas en Alemania y Dinamarca. En 1988 ganó un concurso para periodista practicante en la RAI. Desde hace algunos años vive y trabaja en Génova. Fratelli Frilli Editores de Génova ha publicado su primera novela, Nero italiano (2003) y su secuela, Dea del Caos (2005). Actualmente maneja el site The Uchronicles http://www.giampietrostocco.it/, desde donde promueve el análisis de obras de historia alternativa sin olvidar su interés primario por la historia y la política.


Axxón 170 - enero de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Psicología: Italia: Italiano).

            

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