PARÁLISIS

Rüta-Marija Klovaste

Lituania

Tantos años en la misma habitación, las mismas paredes presionando desde todos lados, el alma aplastada... mientras la juventud y los sentimientos, extendidos hacia atrás, y la vida misma, fluyen del cuerpo como el jugo exprimido de las frutas... Acá, este silencio: no hace falta siquiera morirse; y así me siento, como en la tumba... tumba... tumba...

Una y otra vez oigo sus pasos, acercándose y alejándose... Antes el corazón casi me saltaba del pecho cuando abría la puerta para salir corriendo a recibirlo, y después, deambulando, lo buscaba... Y en sus ojos, alegres chispas de fuego; y en sus ojos, imposible polvo de muerte, polvo que me tapa cuando muero, con cada día, con cada noche, con cada pensamiento... muero y muero y no puedo morirme...


Los recuerdos a veces parecen tan irreales, como si eso que pasó en la eterna eternidad, le hubiese pasado a algún otro y no a mí. ¿Dónde está ahora esa frívola y antojadiza princesa que gritaba que a ella todos le aburrían, que ella, al fin y al cabo, quería quedarse sola; la que pateaba enojada contra el trono real de su padre, cuando él, por enésima vez, le ofreció casarse con el admirador que a él le gustaba; la que sólo se reía cuando el padre, aparentemente preocupado al fin por la educación de su hija, llamó al hechicero de la corte y le dijo que ya era tiempo de darle una lección de comportamiento y concederle estar más tiempo... sola? ¿Dónde está esa muchacha, que se reía a carcajadas sentada en la cornisa mirando cómo esos pequeños escarabajos, caballeros de corazas brillantes, reunidos debajo, trataban permanentemente de escalar y volvían a caer graciosamente? Eso realmente la divertía y nada estorbaba (sólo de vez en cuando, cada vez menos, el penetrante sonido de la trompeta que venía de abajo, que avisaba desde lejos que otro de sus "liberadores" llegaba a probar su fuerza). Podía merodear cada día por los alrededores, despreocupada, observando, conjeturando qué aroma desparramaría hoy el lejano humo que se elevaba erguido desde la cocina del castillo, observando cómo el capricho del viento cambiaba la forma de las nubes, convirtiéndolas ora en dragones, ora en azores, ora... al fin, recostarse en paz junto al macizo de rosas para pensar en todo y en nada. Estaba sola, como quería...


Estoy sola, como quería, sin embargo, la aventura duró demasiado: a la consentida hijita de papá se le hace aburrido contar los pájaros que pasan volando, y mirar las nubes ya no es entretenido. A veces me falta el horroroso chillido de la trompeta viniendo desde abajo, y cada vez más seguido recuerdo los cuentos sobre caballeros o príncipes, que después de muchos años liberan a las pobres princesas maltratadas del enojado hechicero o de las garras del padre (yo tiendo cada vez más a sentirme esa "pobre princesa maltratada"), y viven mucho tiempo y felices. Sólo que yo ya no quiero que eso suceda "después de muchos años".


Cuento las hebras de la telaraña que tejió la araña que se mudó a vivir conmigo, no hace mucho: todavía no la vi, pero ella deja sus rastros por todos lados. Una, dos, tres... doce. De repente, estremecido por un increíble sonido, el dedo se engancha en la hebra y corta toda la tela asombrosamente delicada. Salgo corriendo, sin habérmela limpiado del dedo, pero el viento la atrapa y la lleva más lejos. Oigo un rugido, como si de repente sobre mi colina se hubiera descolgado un animal salvaje herido. El animal está acostado, inclinado sobre la cornisa de la colina, y es asombrosamente parecido a un hombre muy cansado. Me acerco a él, sin animarme a tocarlo. Él se estremece una vez más y cae con todo su cuerpo bajo mis pies. Respira lento y con dificultad, y cuando por fin levanta la cabeza hacia mí, de sus ojos se desprenden alegres chispitas.

—Oh, hermosa princesa —se esfuerza—; ¿podrías subir a la colina de cristal más alta del mundo para traerle al héroe un vaso, no... mejor una jarra, de agua fría?

Estamos sentados junto al macizo de rosas y él come el alimento que trajo.

—¿Cómo vives aquí si nadie te provee de comida? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Por un hechizo —le digo—. El hechicero de mi padre, el rey, arregló todo para que yo nunca tenga hambre mientras viva aquí.

Me mira durante una hora, como si no me creyera, después sonríe, apretujando los restos de su comida en la canasta de viaje.

—Los hechiceros son útiles, muy útiles, sólo que parece que a mí no me afectan.

Encogiéndome de hombros, digo: —Me parece que él no hechizó el lugar, sino a mí.

Inclina la cabeza, como aceptando, o como negando, y junta con diligencia las migas de sus ropas harapientas, aunque alguna vez bastante caras. Me animo y le pregunto: —¿Qué reino gobiernas?

Me mira, y después, sonriendo insidiosamente, comienza a contar: —Yo, personalmente, no gobierno, pero en otro tiempo mi padre tenía un reino bastante grande, que abarcaba de un mar al otro. Cabalgando tres días no lo atravesabas, si cabalgabas otros tres días tampoco llegabas a ver el límite. Sólo que, por razones únicamente conocidas por él, un hechicero muy antipático y muy poderoso se enojó con mi padre y convirtió todo el reino en un pequeño prendedor, ¿sabes? —Se golpeó el pecho mostrándome una pequeña hebilla bronceada—. Como éste, y yo me salvé sólo porque en ese momento estaba del otro lado del mar, salvando a todos los que pedían mi ayuda...

—¿Entonces eres muy pobre? —le pregunto, sabiendo que lisa y llanamente no me va a responder, pero para mi sorpresa, sonríe y pronuncia:

—No soy tan terriblemente pobre, sólo que... el gobierno de mi padre no iguala tu reino. Además tengo una montaña de hermanos y hermanas mayores.

Me acerco más a él, tratando de distinguir el escudo grabado sobre la hebilla, me acerco a él, mucho, mucho.

—¿Siempre —le pregunto— la llevas contigo?

—¿Qué? —le pregunta él a mi cabello.

Levanto mi cara hacia él, acariciando la hebilla con mis dedos. —Tu reino.

Sus labios bajan cada vez más cerca de los míos y susurra:

—Siempre.


Hoy el viento no sopla del lado del castillo de mi padre; sin embargo, de alguna extraña manera me trae sus palabras, dichas delante de los hechiceros cuando me trasladaban a la colina de cristal: "Cuando finalmente te calmes y encuentres a ese 'único e irrepetible', dale este anillo de oro y envíamelo. Así te liberaremos." El "único e irrepetible" está ahora acostado cerca del borde de la colina y dormita. Me siento a su lado, girando el anillo en mi dedo. Tomo la palma de su mano, como si quisiera predecir cuantos años está destinado a vivir, y él abre los ojos. Me mira y en sus ojos se refleja todo el cielo. Y yo también.

—Quiero regalarte algo —le digo.

—No, no —sonríe él, extendiendo los labios.

Le doy un besito y luego me saco el anillo y trato de ponérselo en un dedo, luego en otro, hasta que finalmente, después de mucho esfuerzo, logro encajárselo en el meñique. Entonces le digo:

—Vas a ir hasta el trono real de mi padre, se lo vas a mostrar y le vas a decir: "Sí, sí, su hija quiere volver a casa. Ya aprendió a comportarse bien, será tan dócil como..." eh... a ti se te va a ocurrir como qué, "y esa colina de cristal la aburrió hasta los huesos."

—¿Así le digo, "hasta los huesos"? —se ríe él.

—Sí, dile eso. —Trato de no reírme, pero imaginándome la cara real de mi padre no aguanto y se me escapa la carcajada.

Él gira la mano en dirección a los rayos de sol, mirando durante mucho tiempo el anillo, que queda muy raro en sus manos, oscuras y grandes. Sin mirarme murmura:

—Entonces no lo entiendo; ¿esto es o no es un regalo?

—Sí y no —me río yo, sintiendo como nace en mi pecho cierta alegría—. Cuando se lo lleves a mi padre lo entenderás todo —y salto la cornisa de la colina sintiendo que pronto, pronto, levantaré las alas y volaré como un pájaro.

Él me alcanza, me abraza y susurra, acercando sus calientes labios a mi oído:

—¿No tienes miedo de caerte?

—No —digo soltando su mano—, no tengo miedo, ¡si soy un pájaro! Mira. Voy a levantar las manos y voy a volar, voy a aletear: ¡plast, plast, plast!

De repente, él me levanta alto, alto, tan alto como nunca me sentí hasta ahora, ni siquiera sentada tanto tiempo sobre mi colina, y grita: —¡Entonces vuela, pájaro, vuela!

Y se ríe, se ríe, se ríe...


—¿Cuándo vas a volver?

Él permanece sentado, inclinado, durante un tiempo excesivamente largo, después toma el otro zapato y se lo pone, callado, con una exasperante lentitud. Yo espero: aprendí a esperar, a ser paciente, aunque estos últimos días no quería serlo. Al fin, dirige su mirada hacia mí, y su rostro tan serio, tan serio, me hace entender que pronto va a pasar algo, algo muy malo... Yo ya no quiero escuchar lo que él se prepara para decirme. Realmente no quiero.

—En realidad, no voy a volver, pero prometo llevarle el anillo a tu padre, como me pediste...

—¿Cómo que no vas a volver? —le pregunto con un nudo en la garganta. A duras penas trago el nudo y ahora grito—. ¿Cómo que no vas a volver?

Se levanta, se acerca y trata de acariciarme la cara, pero yo me vuelvo hacia la pared para que no vea cómo caen las lágrimas por mis mejillas. Entonces él pasa la palma de su mano por mi espalda suave, dulcemente, y habla:

—Yo no te prometí que te llevaría conmigo, que serías mi mujer o alguna de esas tonterías. ¡Al diablo!, yo ni siquiera te dije que te quiero. Bueno, tal vez alguna vez se me escapó, pero seguro que no lo tomaste en serio, eres una princesa muy inteligente, ¿o no? Seguro que no fui el primero, sólo pasamos algunos días maravillosos. —Se calla un momento y luego continúa, pero con voz más alta y firme—. Bueno sería, al final, que terminase siendo el marido de la princesa, de la futura reina... piénsalo tu misma...

Cierro la puerta tras de mí con un portazo para no seguir escuchando lo que dice, corro hacia la cornisa, me paro justo en el borde, sobre la pared de vidrio que se hunde en el barranco, pero siento que hoy no soy un pájaro, no me voy a elevar y no voy a poder volar, sino que voy a caer como una pesada piedra.


Cuando llego al lugar donde lo encontré la primera vez, él está parado esperando.

—No quería irme sin saludarte —dice mirándome directamente a los ojos.

—Y sin recibir el último besito —gruño yo enojada.

Su rostro se ilumina de repente con una alocada sonrisa. —Y que el besito no sea de costado —dice seductor—; ayudaría mucho para el pesado viaje.

Me acerco, lo abrazo tan fuerte como puedo. Sus labios quiebran algunas astillas de piedra, pero las plumas no me vuelven a crecer.

—¿Tienes a otra? —le murmuro en el pecho.

Él se retira de golpe.

—¡No, qué dices! —Su sorpresa es tan espontánea que no puedo no creerle.

Pero igual no entiendo:

—Entonces no te parezco suficientemente linda, aunque todas esas noches y esos días...

Siento como mis ojos son otra vez presa de las lágrimas, pero me contengo, no sea que de verdad me vuelva tan fea como una bruja. Él sacude la cabeza, decidido.

—No, no eres fea, eres la princesa más encantadora con la que me puedo imaginar casado, pero yo todavía no me quiero casar, no quiero atarme a una esposa, a hijos, a un reino. Nadie me enseñó a estar atado. Y —noto como titubea antes de decirme algo, siento que se prepara para decirme algo desagradable o para mentir—, ¿como decirte?, a mí me gustan las muchachas un poco distintas, más vivas, más ágiles.

—Yo puedo cambiar —trato de decirle—, voy a cambiar; la culpable de todo es la colina, a causa de este vidrio, sólo de este vidrio que enfrió, que endureció mi cuerpo y mi espíritu, yo...

Pero él ya baja, vuelve a levantar la cabeza hacia mí, vuelve a sonreír, y desaparece detrás de la primera cornisa.

—No. ¡NO! ¡NOOO!



Ilustración: wkowalsky

Sobre mi ventana al mundo (como si eso fuera), una negra e hinchada araña de patitas peludas teje su red. Mi puño, como una gran mosca gorda, sale volando hacia la telaraña, arrancando las hebras de seda; viene rápido a ver quien cayó en su trampa, como un viejo muñeco deforme (me la imagino frotando sus asquerosas manitos y pensando: "oh, ahora lo muerdo, lo mastico, me lo como, lo destrozo"; la "mosca" abre la boca, y mi mano se traga a la insidiosa. Siento como se revuelve en la palma de mi mano con sus patitas pegajosas tratando de abrirse paso entre mis dedos, pero yo no pienso soltarla. Por ahora. Toda la eternidad. Tal vez, después de muchos años de tener oprimido mi puño, las telarañas desnuden mi piel, y yo, al fin, vea cómo es mi mano envejecida y arrugada. Las supersticiones de estos lugares, las que me mantienen viva, y mi cuerpo eternamente joven, entran en mí, me comen por dentro, y siento como cada vez más y más me invade la parálisis, la parálisis de la muerte; no muerte, de la no vida y no muerte...

Habiendo descansado un poco, la araña vuelve a raspar el puño.


Junto a mi oído susurra una voz, contando sobre la espera, las redes y la presa. Presa que en realidad no es lo más importante, pues el placer más grande es paralizarse y esperar, entumecerse y esperar, esperar, esperar... Un sonido inusitado me despierta. Pero por mucho tiempo, no me puedo mover, ya que la araña teje una nueva hebra de la tela sobre mi mano. La colorea con nuevos tonos, porque eso no lo puede hacer el tiempo. Cuando por fin salgo por la puerta, lo veo sentado en el mismo lugar que la otra vez. Respira mal y me mira. No me pide algo para tomar. Me paro bien cerca de él y él se eleva lentamente. Su cabello está lleno de polvo, despeinado por el viento y encanecido (como si se le hubieran mezclado telarañas).

—No te pude olvidar de ninguna manera, hermosa princesa. —Me mira con sus ojos sinceros, de cielo, ya no ojos furiosos como los de otros tiempos, sin las doradas y locas chispas resplandecientes. El año que pasó allá abajo no tuvo compasión de él. Parece cansado, sin embargo, cada uno de sus rasgos quedaron inolvidablemente grabados en mi recuerdo... "¿No te pude olvidar?" ¿Qué dice? ¿Él no me pudo olvidar? ¿Él? ¿Y yo qué, que cada instante de mi vida guardé su recuerdo en mi corazón porque...

—De ninguna manera te pude olvidar —sigue repitiendo—, por eso volví a buscarte, o a quedarme aquí contigo, eternamente...

Ya no lo escucho. Me acerco a él cada vez más, sumerjo mi rostro en su pecho, caliente, consolador, recordado en mis noches de insomnio, las que alargaba y trataba de retener cuando me visitaba en los sueños el fantasma real de mi padre. Me adhiero tanto a él, tratando de calentarme, que parece que jamás lo podré soltar, bebiéndome con gula los olores, los olores de la tierra, olores de bosque, de hoguera, de hombre. Siento como, todavía perturbado, intenta decirme algo y me atrae más estrechamente hacia él, como echando de menos a la amante... siento como levanta mi rostro con la palma de su mano y me mira durante mucho, mucho tiempo. Tengo miedo de abrir los ojos y mirarlo. Tengo miedo de verme reflejada en los de él, pero más miedo tengo de ver mi desesperanza y mi odio reflejados en sus ojos cansados.

—Y tú, no cambiaste nada —escucho su voz asombrada—. Vagando por ahí, pensaba que alguno habría vencido la colina de cristal y te habría llevado a tu casa, y que ya te habrías olvidado de mí, como se olvida la nieve del año anterior cuando cae la nueva. Pero...

Abro los ojos. En los de él, sofocando el azul del cielo, hay una muchacha quieta y silenciosa. ¿Qué puede decirle? ¿Qué puede decirle ella al infiel enamorado, a quien esperó toda la eternidad? Retrocedo un poco para poder verlo de cuerpo entero. Veo su planta firme, sus piernas largas y las manos fuertes y grandes, las que alguna vez fueron tan cariñosas conmigo, cuyos dedos son tan gruesos comparados con los míos que en ellos no entra mi anillo...

—¿Dónde está mi anillo? —le pregunto—. ¿Se lo diste a mi padre?

Hay duda en sus ojos.

—¿No?

—Yo... yo lo... perdí —gime, pero advierto que me está mintiendo, que seguramente se lo regaló a alguna mujerzuela o lo vendió cuando no tuvo con qué andar de juerga con sus amigos, o... ¡Y por él yo tuve que quedarme acá todos estos años, todas estas edades e instantes! ¡La llave de mi salvación vaga por el mundo sobre un dedo cualquiera!

Otra vez me acerco a él, y veo con mayor precisión que en sus ojos se refleja la araña que se acerca; la araña..., la vieja y horrible araña.

—¿Me vas a perdonar? —pregunta como conociendo la respuesta, con su satisfecha y segura voz de hombre—. ¿Nos quedaremos aquí o bajaremos juntos?

—Sí. —Inclino la cabeza y la araña en sus ojos despliega sus tentáculos. —Sí, nos vamos a quedar aquí. Eternamente.

La araña aprieta su asquerosa boca sobre los labios de su presa, largando poco a poco su veneno para que la víctima se intoxique y no se siga resistiendo. Y la víctima ciertamente va cerrando sus ojos, hundiéndose despacio, inevitablemente, y en sus ojos la araña se va agrandando, agrandando, y a su alrededor gira y gira el polvo de la muerte... Gira y gira...


Acá el tiempo pasa despacio. No hay acontecimientos que lo apuren, no hay recuerdos que detengan su transcurso. Él sólo gira alrededor de mí, debajo de mí, sobre mí, sólo... él no me domina. Y mi colina de cristal. Siento cada una de sus vibraciones. Cuando alguien pasa junto a ella, cuando el viajero cansado reposa en su ladera para descansar, y su transpiración y los cálidos recuerdos se deslizan hasta mí, siento invisibles venas de cristal. No tenemos secretos entre nosotros, la colina y yo. Somos casi una sola, la colina de cristal y yo. Y ambas esperamos un contacto que signifique que se acerca la presa a nuestra trampa. Tejí la más sorprendente, la más inadvertida tela de araña de la tierra. ¿Quién sería capaz de distinguir la trampa en un inocente vidrio tan transparente? Y ahora puedo esperar toda la eternidad. Entumecida, anquilosada, para no espantar la presa. Sé verdaderamente que alguien va a venir: ellos siempre vienen. Y esta vez no lo voy a soltar. Ya sé cómo tenerlo firmemente sujeto y no soltarlo. Y chuparle toda la savia de la vida, para reponerme, para poder volver a esperar a otro, saboreando por anticipado, sus ojos, su cuerpo, su alma fluyendo hacia mí.



Título original en lituano: "Sustingimas"
Traducción del lituano: Lala Veselis


Rüta Marija Klovaste nació en 1976 en Panevezys, Lituania. Es profesora de Filosofía y ejerce la docencia en una escuela secundaria de su país. Ha traducido Duna de Frank Herbert al lituano y otros libros del inglés y del polaco. Sus intereses son la historia Medieval y japonesa, las religiones, los idiomas, la literatura, dibujar y cantar. Ha publicado varias historias cortas de fantasía y actualmente está trabajando en su primera novela.


Axxón 171 - febrero de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Hechizos: Lituania: Lituana).

            

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