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La crí­ptica Ciencia Ficción
Ensayo de Luis Saavedra V.

Cuando era más joven —o menos viejo, como algunos me expresan—, me gustaba creer que expresarme en forma académica y culta era un beneficio de leer muchos libros. Luego aprendí­ que mi pobre agilidad mental y un léxico poco extenso no me ayudaban mucho para lograr lo anterior. Intenté durante años suplir mi falencia leyendo forzosamente la gran cantera de intelectuales brillantes como Kierkegaard y Kant, pero sus devaneos titánicos entre el ser y el no-ser terminaron por devorarme el coco. De esta pelea —que siempre supe que no ganarí­a— salí­a triste y angustiado, sin haber sacado en conclusión nada, sólo más preguntas y un mundo más ancho. Llegué a creer que mi entendimiento era tan corto como el de mis gatos ronroneantes. Con el tiempo aprendí­ a diferenciar las frases aparentemente clarificadoras de estos intelectuales, pero llenas de oscuras metáforas, y a notar una tendencia en muchos de ellos. Definitivamente después de leer "Intelectuales", de Paul Johnson, mi confianza en los cultores del conocimiento se vino abajo. A través de 200 años de existencia del mundo contemporáneo, el amor a lo crí­ptico se vuelve un punto en común entre muchos pensadores.

Efectivamente, los intelectuales caen enamorados frente a adjetivos, adverbios y sustantivos poco usados que dificultan el entendimiento, así­ como de la metáfora de alto vuelo que es difí­cil de visualizar. Quizás es debido en parte a que la acumulación del conocimiento ha requerido de neologismos que, con la rapidez con que se acumulan, el hombre común no ha tenido el tiempo de digerirlos antes de la próxima hornada de términos. Un caso señero es el ejercicio de la ciencia. Pienso que nuestra sociedad rinde culto a quien logre confundir la razón con palabras poco comunes, diciendo en su dialéctica poco y nada con mucho.

Espécimen de esta naturaleza ha sido Jean-Jacques Rousseau. Reverenciado en la civilización occidental por la profunda influencia de su Contrato Social, en la práctica era un mentiroso compulsivo con un pensamiento polí­tico bien primario. Claro que un mentiroso genial cuya magní­fica retórica logró ocultar sus embustes muy bien. Otro tótem ungido es Jean-Paul Sartre, existencialista, cuya insufrible verborrea le permitió rodearse como un antiguo rey de una corte siempre dispuesta a escucharle la más mí­nima sandez. Si bien tuvo el privilegio de denunciar la insustancialidad del hombre, pocos se preguntan en dónde está el cuerpo de doctrina o la verdad luminosa que le hacen merecedor de la honra de tantos. Como estos ejemplos, hay muchos más, y me ayudan a dar pie a mi vieja impresión: parte de la ciencia ficción es una charlatanerí­a crí­ptica.

Por definición se ha vuelto imposible definirla sin hacer uso de teorí­as sociales y literarias para iniciados. En fin. Pero concretemos:

El carácter crí­ptico incomprensible no responde casi nunca a la hondura o dificultad real del pensamiento. Depende del uso de términos abstrusos, de neologismos o términos en vez de palabras de la lengua viva, que tienen que ser definidos —y no lo son o muy imprecisamente—, con lo cual los textos resultan escritos en un alfabeto desconocido. Por eso son incomprensibles, aunque en su contenido sean triviales, como es ininteligible un anuncio de aspirina en caracteres que no podemos leer.

Así­ es, mi apoyo es un intelectual. La cita corresponde a Julián Marí­as, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, y pretende expresar, básicamente, que no es culpa del concepto la incomprensión sino la representación que se hace de éste. Análogamente, en la ciencia ficción podemos encontrar muchos e indicadores ejemplos de esto; uno de ellos son las novelas de ciencia ficción dura y su sobreexplotación de términos cientí­ficos y técnicos, cuya función se dirige a la necesidad de establecer un marco altamente probable para la trama, pero si bien fomentan ese apego a la realidad cientí­fica también la confunden a quien asiste a estos esfuerzos, su abuso es contraproducente en el ambiente de la novela. En "Mundo Anillo", de Larry Niven, se introducen términos como terminátor y Roseta de Kemplerer que se nos revelan a través de la trama y resultan, la mayorí­a de las veces, gratuitas, pero que parecen complacer una secreta tendencia del autor para demostrarnos cuánto sabe de ciencias duras. Por otra parte, se nos brindan las explicaciones correspondientes al término, pero el remedio es peor que la cura, una Roseta de Kemplerer es como sigue:

Se cogen tres o más masas iguales. Se sitúan en los vértices de un polí­gono equilátero y se les dan velocidades angulares iguales respecto a su centro de masa.

La gratuidad de la palabra no queda anulada con la explicación; en cambio, la explicación queda anulada por sí­ misma, se vuelve gratuita cuando resulta más crí­ptica que la palabra. Los efectos gratuitos brindados al lector entorpecen el objetivo mismo de la novela, haciéndola difí­cil y elitista. Así­ es, una pelí­cula no es sus efectos especiales.

En el seno de la actividad que genera la ciencia ficción —o fándom, cayendo en el juego—, también vemos esta misma inclinación. Aunque en Latinoamérica sólo seamos herederos de las convenciones del Gran Norte, tendemos a demostrar nuestra encriptación encerrándonos en un lenguaje de redefinición de nuestras actividades ligadas al género. Una publicación de aficionados es un fanzine y una columna de correspondencia es una lettercol. Estas convenciones de la lengua se erigen en una barrera para entorpecer la comunicación entre los que se creen dentro y los mirones que miran desde afuera, generando un ghetto deseado y celebrado por gran parte de los aficionados.

Vamos a mi querido Julián Marí­as nuevamente:

Cuando un autor hace afirmaciones que no son evidentes y no justifica, la intelección queda en suspenso; reclama una especie de acto de fe, fundado en el prestigio que se le atribuya, y hay una adhesión provisional a la tesis recién leí­da o escuchada; pero cuando a ésta siguen otras y otras, en las mismas condiciones, se pierde pie, ya no se sabe de qué se está tratando, y en lugar de claridad, se cae en una oscura conclusión. Por eso no es posible resumir, formen términos propios la doctrina recibida; esto significa que no ha sido posible apropiársela, hacerla 'propia', conseguir que forme parte de la realidad del lector o del oyente. Es la fórmula misma de la esterilidad.

El problema subyacente en una sociedad —o grupo— que ha decidido crear sus propios códigos, es que exige un acto de fe tan grande que la obliga a permanecer desconectada de los demás acontecimientos y ser desconectada cuando no ha sido posible entenderla y asumirla. Un ejemplo representan las diversas asociaciones que se forman alrededor de las series de ciencia ficción televisiva, en donde las sesiones regulares se transforman en una torre de Babel. Además de exigir una alta acumulación de conocimientos, la poca diversidad compone un ambiente propicio para que el recién llegado se sienta cohibido y, entre los complejos de inferioridad y frustración, parta hacia rumbos donde no le exijan un prerrequisito tan alto. En general, la ciencia ficción es un grupo tan hermético por su propia encriptación que su esfera cognitiva no admite más elementos que los propios.

Cuando leemos o escribimos en nuestros fanzines, damos por sabido qué fue "La Edad de Oro", en condiciones que en todo campo existe una edad de oro, o La Nueva Cosa, y se da por sentada la importancia de escritores como Robert Silverberg y George R. R. Martin. Omitimos toda explicación de procesos cientí­ficos, técnicos o ficticios, como la descomprensión, la teorí­a cuántica, las distopí­as, ucroní­as, el salto hiperlumí­nico, etc. Sin darnos cuenta hacemos abuso de nuestra condición crí­ptica y nos jactamos de ella autoproclamándonos un grupo intelectual privilegiado.

Sin embargo, ésta no es una denuncia, es apenas una indicación curiosa de una caracterí­stica de la ciencia ficción. Un género que creció al borde de la literatura tuvo obligatoriamente que desarrollar mecanismos para sobrevivir, para justificarse. Ningún otro, con excepción de la novela policial y la fantasí­a, ha tenido tanto éxito usando el sencillo expediente de explotar sus convenciones y celar por sus fronteras. El género se ha vuelto tan complejo que se hace ineluctable la encriptación de códigos, por medio de la especialización. Pero lo crí­ptico conlleva al descrédito del pensamiento teórico, en general, y la distorsión de la visión de quienes están afuera como observadores se desvirtúa más. Esta es una de las principales razones del desconocimiento del género.

Si constituirse en un ghetto sin parangón —el ghetto dorado para el historiador de la ciencia ficción James Gunn—, desde el punto de vista de preservación y recombinación de sus ideas-fuerza, trajo beneficios en las primeras décadas del género en los Estados Unidos, hoy existen argumentos suficientes para una mayor apertura. En el mundo, dados los últimos decenios de expansión de cuota de mercado, junto al hecho de que la "literatura seria" comienza a tomar escenarios que siempre traí­an el sello de la ciencia ficción, esta última se ha vuelto lo suficientemente buena a ojos de un público más amplio y posmoderno, y es necesaria una reconfiguración de sus paradigmas, o al menos una moderación de su uso. En Latinoamérica, el ghetto de género sigue siendo una forma de autopreservación, obligado por las paupérrimas condiciones editoriales y sometido al continuo bombardeo cultural del primer mundo. Por ello, no tiene mucho sentido hoy que una columna de correspondencia en una revista sea una "lettercol", ni un aficionado un "fan", para que de ese modo el género tenga la suficiente flexibilidad y deje de ser considerado uno menor, bajo el prisma de los crí­ticos.

CC 2005, Luis Saavedra.
Attribution-"NoDerivs 2.0
http://creativecommons.org/licenses/by-"nd/2.0/
Nota: Una primera versión apareció en el fanzine Nadir, 1996.

Ilustrado por Axxonita
Axxón 171 - febrero de 2007

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