LAS RUINAS DE DARTRUM

Damián Cés

Argentina

—Treinta tres por ciento de circunvalación examinada sobre latitud 47 de Dartrum —dijo una melodiosa voz femenina.

Alejandro Clío ya casi no escuchaba a Sidré, la IA de su nave. No esperaba demasiado de la exploración del cuarto y último planeta del Sistema Novartis, al que los científicos habían catalogado como Sistema Biogenerador Cero. En pocas horas más lo confirmarían.

—Y así se nos va la vida  —canturreó el joven teniente Luca Bertoni.

—¿Le pasa algo, teniente? —preguntó Clío.

—¡Oh! Nada importante, señor.

—¿Seguro? Parecía un lamento.

—¿Sabe qué sucede, capitán? Le voy a explicar.

—Soy todo oídos teniente —dijo Clío, con una mueca.

El capitán apreciaba a Luca. Admiraba su capacidad de combate, y la larga travesía había ayudado a forjar una buena amistad. Aunque por momentos lo fastidiaba con comentarios que pecaban, según su criterio, de obvios o inmaduros.

—Uno siempre idealiza las cosas. Se esfuerza, vive sólo para entrenar y capacitarse —explicó Bertoni, acompañando las palabras con ampulosos movimientos de las manos, como era su costumbre—. Y el esfuerzo parece ser recompensado, al menos eso sentí al ser asignado a una nave interestelar tipo cuatro.

—¿Y entonces? ¿Cuál es su problema?

—Simplemente que… hace dos años que exploramos el espacio en busca de vida y sólo conseguimos, qué… ¿Unos bellos videohologramas?

—Se está olvidando de las bacterias sulfotermófilas de Vrik IV, y las hifas de Machi I, teniente.

—Pero, capitán, ¡por favor! Usted es un hombre de acción, como yo; esos bichitos que ni siquiera se pueden ver no generan adrenalina en nadie.

—Qué equivocado está, Teniente —dijo la doctora Sandra Mazza, quien hasta ese momento se había limitado a escuchar—. Esos descubrimientos, a los que usted trata tan despectivamente, han provocado una revolución en nuestro planeta y han justificado los años de esfuerzo, incluso el suyo.

—¡Hey, Doc! No te enojes —se defendió Luca, esquivando los penetrantes ojos café de Mazza— era sólo una opinión. Acaso…

—Señal de origen indeterminado detectada en cuadrante G17 —interrumpió Sidré.

—¿Qué? —exclamaron al unísono la doctora y el capitán.

—Estabilice la nave sobre cuadrante —ordenó Clío a la IA.

Los tres se ubicaron alrededor de la holopantalla, alojada en el ala izquierda de la sala de mando de la nave. El resto de la tripulación que se encontraba allí en esos momentos interrumpió sus tareas para mirar, expectantes. La imagen proyectada por la holopantalla era un objeto gris, conformado por varias estructuras rectangulares superpuestas con otras circulares.

—¿Qué es eso? —pregunto Bertoni.

—Ni idea, pero no parece natural, si bien su aspecto es como piedra o…

—Metal. Parece Metal erosionado —interrumpió la doctora al capitán.

—Dame zoom máximo sobre la estructura, Sidré, y comienza análisis fisicoquímicos —indicó Clío.

Luego del acercamiento la imagen mostraba una estructura porosa de aspecto granítico o fundición de mala calidad. Algunos círculos estaban sobreelevados, otros formaban una oquedad y, a diferencia de las formas rectangulares, parecían de acero. El conjunto daba la apariencia de haber sido ensamblado por partes, como un mecano gigante.

Bertoni se frotaba nervioso las manos y parecía abrumado por lo que veía.

—Debe ser un accidente natural, ¿no?

—¿Qué pasa teniente? ¿Acaso no deseaba encontrarse con alienígenas? —le dijo Clío, sarcástico.

—¿Cree realmente que esto es artificial, capitán? —preguntó entusiasmado Luca.

—No quiero apresurarme. Pero sin duda es muy raro.

—Análisis estructural y ambiental completado —informó Sidré.

—Quiero la información en pantalla —ordenó Clío.

Inmediatamente la holopantalla comenzó a cubrirse de datos.

 

Paredes externas: Metal de aleación desconocida.
Composición: Adamcadmio 53%, carbofol 20%,
material desconocido a base de glucoelastómero 17%
Temperatura: -145 grados centígrados
Penetración de rayos Beta: cero
Penetración de LaserTac: cero
Penetración de Átomo resonador: Mínima.
Estructura con emanación energética a nivel central.
No hay señales térmicas, de movimiento, ni acústicas que indiquen vida o actividad.
Biosensores: sin registro.

 


Ilustración: Damián Cés

—¡Por Dios! ¡No lo puedo creer! ¿Serán ruinas? —gritó Bertoni, mientras algunos tripulantes abandonaban sus puestos y se acercaban a la holopantalla.

—Eso parece. Pero lo más importante es que está construida con metales sintetizados ¿Se dan cuenta de lo que implica? —dijo la doctora.

—Tranquilos, no hagamos elucubraciones hasta tener más datos —dijo el capitán, tratando de demostrar serenidad, aunque su voz trémula denotaba lo contrario—. Teniente.

—¡Sí, señor!

—Prepare un equipo de exploración, escoja a siete hombres y equipo necesario.

—Sí, capitán —respondió Bertoni y salió apresurado de la sala de mando.

Mientras recorría con grandes zancadas el luminoso pasillo que lo llevaba a los hangares, Luca Bertoni no podía creer en su suerte. Toda su vida había esperado algo así.

Bertoni se había pasado la mayor parte de su niñez en la colonia marciana. Había acostumbrado a sus padres a cenar apresurado e irse temprano a la cama, aduciendo que estaba cansado. Pero lejos de dormirse, se pasaba horas debajo de la inte-sábana mirando los videohologramas de los Bioguardianes del Espacio. Difícilmente pasaba una noche en la que no soñara con una de esas aventuras, y desde entonces sabía que su vida era ser un explorador, un gran aventurero. Lo que descubrió tardíamente es que los acontecimientos en la vida real, a diferencia de la ficción, ocurren con mucha lentitud. Y ahora, cuando la frustración comenzaba a invadirlo, Dartrum ofrecía no sólo la posibilidad de conocer algún animalillo alienígena, sino toda una cultura desarrollada.

¿Cómo serían los seres capaces de construir esa estructura? —pensó Bertoni, a quien ya no le quedaba dudas de que eso no era natural.

Veinte minutos más tarde, los siete hombres seleccionados por el teniente realizaban los últimos aprestos a bordo de la nave exploratoria “Halcón furtivo”. Llevarían equipos de exploración de rutina y, si bien la posibilidad de ser atacados era nula, portarían armamento de defensa básico.

 

—Se te ve nervioso —dijo la doctora Mazza, casi al oído del capitán y rozando suavemente sus dedos contra la mano de éste.

—Estás equivocada. Soy el capitán, no puedo estarlo —contestó Clío, también en voz baja y mirando hacia los costados.

—¿Qué piensas de esto? —preguntó la doctora.

—No sé qué pensar. Tiene todo el aspecto de una estructura artificial.

—De hecho, los materiales no son naturales —replicó Mazza.

—Sí, ya lo sé. Pero conoces mejor que yo el informe de los científicos: no hay posibilidad de vida en Novartis, y nunca se han equivocado.

 

—Acercándonos a superficie. Cañones de aterrizaje en ochenta —se escuchó decir a Juan Simons, primer piloto del “Halcón furtivo”.

Un ruido agudo y la sensación de hundirse en un colchón inflable indicó a los tripulantes que habían aterrizado.

Antes de que la compuerta se abriese los hombres giraron la pulsera gris plateada que llevaban en la muñeca izquierda, activando el traje protector. En segundos, una película como metal líquido recorrió sus cuerpos. El nanotraje de color naranja se ajustaba perfectamente al cuerpo, sin provocar limitaciones al movimiento. Su densidad parecía fluctuar mientras los hombres se movían, pero era totalmente opaco. Sólo los ojos podían verse a través de una franja traslúcida con aspecto de antiparra.

Descendieron de la nave de dos en dos. Bertoni y Simons iban al frente.

La superficie del terreno era oscura, pero los cristales formados por el frío extremo reflejaban la luz emitida por los equipos. Parecía una extensa llanura con escasos desniveles y grandes rocas irregulares esparcidas por doquier. A no más de cien metros se hallaba la gigantesca estructura visualizada por Sidré. Una bruma flotaba en toda la zona y limitaba aún más la visibilidad para el ojo humano.

—Atento, teniente Bertoni.

—Adelante, capitán.

—Tómelo con calma, teniente. Los biosensores indican que su frecuencia cardíaca es muy elevada.

—No se preocupe, capitán, que no es por temor. Es sólo la adrenalina que estaba necesitando.

Bertoni y su equipo se detuvieron al llegar frente a una pared porosa y grisácea que sobrepasaba los cuarenta y cinco metros de altura.

—¿Y ahora qué? —preguntó el teniente, y sin dar tiempo a respuestas agregó:— Creo que vamos a tener que escalar esto, capitán. Posiblemente arriba...

Inesperadamente, la pared comenzó a moverse y se formó una enorme abertura ante el grupo. Podía adivinarse en la penumbra un largo y amplio pasillo.

Un soldado apuntó un laserTac portátil; otro, los sensores biológicos. Las lecturas indicaban actividad nula, no había rastros de vida ni movimiento alguno.

—Procedemos a ingresar.

—Tomado, teniente —respondió Clío.

El grupo llevaba recorridos treinta metros del pasillo abovedado. De pronto, el haz del reflector de Luca iluminó un bulto blanquecino. Rápidos de reflejos, los soldados activaron las armas defensivas. Al acercarse, pudieron apreciar que se trataba de un esqueleto de aspecto humanoide, sin restos de tejidos. Yacía tirado boca abajo y contra la pared.

—¡Teniente, aquí hay otros! —gritó uno de los soldados.

Las fuentes lumínicas apuntaron hacia donde indicaba el hombre. Una docena de esqueletos idénticos al primero se encontraba tirada a lo largo del pasillo.

—¡No puedo creerlo, lo encontramos Capitán! ¡Doc! ¿Están viendo esto? ¡No somos los únicos! ¡Existen otros!

Pero la voz de Clío resonó alterada en el auricular de Bertoni:

—¡Teniente Bertoni! La información audiovisual y fisicoquímica sale muy fragmentada. Active el amplificador de señales, por favor.

 

Habían transcurrido más de dos horas desde el ingreso de Bertoni y su equipo. En la nave reinaba una calma tensa. Si bien más de un tripulante ya hubiese descorchado un buen espumante y dado rienda suelta a la emoción, todos esperaban aún más de las ruinas de Dartrum. Sidré acababa de informar que los restos óseos poseían una antigüedad de mil setecientos años.

—Todavía no caigo en lo que esto representa, Alejandro —dijo Mazza.

—Lo sé, a mí me pasa lo mismo. Esto cambiará nuestras vidas —contestó el capitán.

—¿Crees qué se trata de una especie extinta? —interrogó la doctora.

—No, no lo creo. No encontramos ninguna otra estructura compatible con una especie desarrollada, ni rastros biológicos, ni fósiles, nada.

—¡Vamos!, juégate por una teoría.

—Está bien. Pienso que fue un puesto de avanzada, o una base de investigación de seres de otro sistema.

—Es una buena teoría, que por supuesto, entenderás, abre muchos interrogantes.

—Sí, lo sé. Que al menos hay una especie por ahí, que puede llevarnos unos milenios de ventaja, con todo lo que ello implica.

—¡Atención! Código amarillo —advirtió Sidré—. Los biosensores informan una baja acentuada de los niveles de glucosa en el comando exploratorio.

—¿Cómo? —dijo Mazza—. Amplíe datos.

—La glucemia del grupo oscila entre los 55 miligramos y los 65 miligramos por decilitro.

—¿Qué pasa, Sandra? —quiso saber el capitán.

—No lo entiendo. Una baja generalizada del azúcar en sangre es un sinsentido —respondió confundida la doctora Maza.

—Teniente Bertoni ¿Me escucha? —llamó Clío.

—Fuerte y claro, capitán. Estamos llegando al centro de las ruinas, las señales de emisión energética van en aumento. Veremos de qué se trata.

—¿Cómo se encuentran?

—Fatigados, pero debe ser por la emoción.

—Atención. Glucemia grupal en descenso —informó Sidré.

—Capitán, no sé lo qué esta sucediendo. Habría que sacarlos de allí. No tiene lógica, pero si esto continúa, podrían estar en problemas —aconsejó la doctora.

—¡Teniente Bertoni!

—Sí, capitán.

—Retírense de la estructura, tenemos registros de alteraciones fisiológicas importantes.

—Pero, capitán… Alejandro, escúchame.

—¡Teniente, retírese de inmediato!

—¡Esperen! Se abrió un acceso. ¡Miren, miren esto! —gritó Luca.

Una enorme abertura oval permitía observar una gran sala circular. Estaba pobremente iluminada por el resplandor de una cosa informe, de más de diez metros de altura y ubicada en el centro de la sala. Era una masa de aspecto gelatinoso, translúcida, oblonga y con eje vertical. Suspendida de ambos extremos por unas pirámides que parecían de acero. Corpúsculos de diferentes tamaños se desplazaban en su interior. Una iridiscencia violeta se desprendía de ella y envolvía a los exploradores.

El grupo entero se adentró unos pasos, fascinado por el espectáculo. En el piso del recinto había al menos una decena de esqueletos iguales a los anteriores. En las paredes, imágenes tridimensionales similares a las emitidas por las holopantallas fluctuaban como si de una falla de sistema se tratara.

De pronto, tres de los ocho soldados cayeron inconscientes. Otros dos se agarraron la cabeza con las manos y comenzaron a girar hasta perder el equilibrio.

—¡Atención! ¡Atención! Código rojo. Emergencia fisiológica. Glucemia de grupo en niveles críticos y descendiendo, PH en descenso, aumento de la frecuencia cardiaca, detección de arritmias. Repito, código rojo —alertaba sin emoción Sidré.

—¡Teniente Bertoni! ¿Me escucha? —llamó Clío, e insistió— ¡Luca, responde por favor!

Luca, apenas alcanzó a decir:

—Doc, me falta el aire… doc...

Las imágenes transmitidas por los equipos, desde las ruinas, eran caóticas. Se veían cuerpos tirados, algunos convulsionando, otros inertes. Nadie respondía al llamado del capitán, tan sólo podían oírse algunos quejidos.

—¡Sargento Fernández, prepare de inmediato un grupo de rescate que irá con la doctora Mazza! —ordenó el capitán.

 

Al cabo de diez minutos, Alejandro Clío veía en la holopantalla los registros fisiológicos de sus hombres en las ruinas de Dartrum.

… Juan Simons: sin signos vitales

… Luca Bertoni: sin signos vitales.

Los ocho hombres estaban muertos. Ya no había nada que hacer por ellos. Decidió cancelar el rescate, a pesar de la airada protesta de la doctora Mazza.

La sala de mandos quedó inmersa en un silencio sepulcral, apenas quebrantado por los leves zumbidos de los equipos y la apertura de la puerta de acceso ante el ingreso del personal solicitado por Clío. Con los ojos hinchados, Sandra Mazza negaba con la cabeza.

—No puedo creer esto. ¿Qué sucedió? Tiene que haber sido algún elemento tóxico, un contaminante que no pudimos detectar; no hay otra explicación.

—Sidré nos dará más datos muy pronto; al menos el amplificador de señales quedó funcionado —dijo Clío apoyando su mano en el hombro de Sandra.

—¿Vamos a dejar sus cuerpos abandonados en este planeta? —preguntó Sandra, mirándolo con dureza.

—Trataré de que no sea así, pero debes comprender que no arriesgaré a nadie más hasta no saber qué pasa.

Sandra Mazza asintió con la cabeza.

—Análisis concluido —comunicó Sidré.

—Muéstralos en pantalla —solicitó Clío.

 

Elemento orgánico unicelular tipo eucariota, núcleo pequeño y excéntrico. ADN nuclear no compatible con ninguna forma conocida. Contiene numerosas y grandes organelas productoras de energía. La energía es acumulada en compuestos multifosfóricos y citocromáticos. Potencial de carga equivalente a un mol/ATP12. Fuente de combustible utilizada glucosa y también, aunque con menor eficiencia, ácidos grasos y aminoácidos. La absorción de combustibles y sustratos parece realizarla a través de canales iónicos-electromagnéticos.

Estado actual: continúa absorción de moléculas de ácidos grasos desde los cuerpos del comando exploratorio.

 

—¡Es una célula gigante! —exclamó la doctora—. Es una célula gigante que… que devora literalmente a otros organismos para producir energía.

—¿Pero… por qué la tenían ahí estos estúpidos? Es evidente que a ellos les ocurrió lo mismo —dijo Clío.

—Quizá investigaban una fuente de energía alternativa —especuló el ingeniero que había sido solicitado por Clío.

—Es probable. Tiene una capacidad productora de energía increíble si la comparamos con una célula humana —dijo la doctora, apoyando la teoría y agregó:— No me imagino para qué necesita tanta energía un organismo unicelular.

—Tal vez para atrapar a sus víctimas. Recuerdo los hologramas de la extinta anguila eléctrica terrestre —dijo Clío—. Siempre admiré ese mecanismo para dejar fuera de combate a sus presas.

—Humm… no es mala esa teoría. Quizá la utiliza para generar esos canales iónicos- electromagnéticos a los que hacia referencia Sidré —conjeturó Mazza.

En la sala de mandos el silencio se rompía en murmullos. Distintas hipótesis entraban en juego.

—En fin, parece que algo les salió mal a estos cerebros —dijo Clío.

—O los prefirió a ellos —razonó Maza.

—¿Cómo?

—Cada especie tiene su alimento preferido, ¿no?

—Así dicen.

—Bueno, no sé cómo le suministrarían glucosa u otro sustrato similar, pero es evidente que los prefirió a ellos.

—Y a los nuestros —agregó Clío—. ¿Piensas que fue creada genéticamente? ¿O la habrán traído de otro lugar?

—No cuento con elementos suficientes para deducirlo.

—No importa. Vamos a destruir ahora mismo a esta maldita célula carnívora.

—¿Qué? —exclamó Mazza—. Es un elemento muy valioso, Alejandro. No lo hagas; deberíamos investigarla un poco más.

A pesar del dolor por los sucesos acontecidos, Sandra había estado observando a Clío. Lo conocía lo suficiente como para saber que ese rostro inexpresivo, pero de ojos inyectados, era la coraza que utilizaba para proteger a su alma abatida ante la perdida de sus hombres y su joven amigo.

—¿No viste lo que le hizo a nuestra gente, Sandra? Los devoró. Aún lo está haciendo, según Sidré —dijo con firmeza Clío, y agregó: —Además, nuestros trajes y armamento no nos sirven contra este depredador. Por lo tanto, no podemos acercarnos.

—Igual creo que es un gran error. Al menos deberías informar a la Presidencia antes de destruirla.

Clío la miró y esbozó una sonrisa.

—Sabes bien que jamás me autorizarían. No, Sandra, no pienso darle ninguna oportunidad —dijo Clío, luego giró dándole la espalda y comenzó a darle órdenes a Sidré—. Prepara protocolo para respuesta Roja. Asciende a orbita de escape. Localiza punto de mayor debilidad estructural.

—Ordenes copiadas capitán. Solicito código de activación.

—Cero, cero, tango rojo.

—Nuclear-PEM activados, capitán.

—Esto es por ti, Luca. Al menos espero que hayas podido disfrutar un poco de tu adrenalina.

A través de la holopantalla, Alejandro Clío observó elevarse el gigantesco hongo de centro naranja y contornos azulados, desde donde partían centellas plateadas que parecían sujetarlo al suelo.


Damián A. Cés es especialista en Medicina Familiar y Preventiva y en Medicina del Deporte. Participante de Taller 7, ya ha publicado minificciones en números anteriores, pero esta es la primera vez que publica en Axxón un cuento más largo.


Este cuento se vincula temáticamente con "Nombre propuesto para el planeta: ?", de César López Orbea (cuento elegido), "El arma", de Yoss (106) y "El capitán, el piloto y la sirena", de Juan Pablo Noroña (174).


Axxón 175 - julio de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Ciencia Ficción, Aventura, Contacto Extraterrestre: Argentina: Argentino).

            

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