LA RESIDENCIA

Graciela Lorenzo Tillard

Argentina

Ester entró precipitadamente, entrecerró la puerta cancel y se sintió mucho mejor, ahora que estaba al reparo del fuerte sol de la calle. Tras secarse el sudor de la frente y guardar el pañuelo en el bolsillo de su chaqueta, cruzó el corto zaguán. En el patio, florido como una estampa de primavera, la señora Méndez levantó la cabeza y esforzó la vista para reconocer a la recién llegada. Entonces sonrió.

—Ester, querida, le esperaba —dijo sin aliento—. Necesito que me acompañen al baño y es urgente.

De regreso en el patio, mientras la sentaba nuevamente en el sillón de mimbre - el del respaldar bien recto- Ester vio a sus compañeras y socias, Inés y Laura, quienes entraban agitando la mano a modo de saludo. Luego se sentó junto a la señora Méndez para darle conversación. La anciana disfrutaba de los relatos de Ester, sobre todo los que detallaban alguna diligencia realizada; cada pregunta suya recibía una respuesta minuciosa; jamás un gesto de fastidio ni de cansancio. Después de todo, era de esperar ese trato gentil ya que era una pensionista.

Inés entró en la sala de adelante exhibiendo una amplia sonrisa. Pronunció un "buenas, buenas" en voz muy alta y batió las palmas. La que allí dormitaba, la señora Guerra, abrió los ojos casi incoloros por la claridad del celeste y sonrió a su vez.

—Vamos, vamos, no sea remolona, que es hora de dar un paseo —dijo Inés.

—Pero, dígame querida, ¿no tomaré desayuno? Además, la señora Costas aseguró que hoy se levantaría para caminar con nosotras. Ya sé que es más trabajo para usted, pero... ¡últimamente ha estado tan triste!

—Ella ya no está con nosotras.

—No me diga que ha muerto... ¿De verdad? Prometió entregarme su relicario de San Roque. ¿Lo tiene usted? ¿No? Debió sacárselo antes de entregar el cuerpo a la funeraria. ¿Rezaremos los responsos en esta sala? ¡Ahora esos parientes que no vienen nunca y que pagan sus buenos pesos para que nadie les moleste, no me lo darán! El relicario, digo. ¿Conoce usted a los parientes de la señora Méndez? No he visto que alguien la visite. ¿Estarán enemistados? Contésteme, Inés, ¿o se ha quedado muda? Y hablando de otra cosa, ¿cuándo murió?

—¡Mujer! Lo que tiene de sorda lo tiene de conversadora. Falleció anoche. Sí tengo su relicario. No la velaremos aquí. No conozco la familia de la señora Méndez. ¿Conforme? Ahora, vamos, ¡arriba!

Esperó a que la menuda anciana se levantara; tomadas por el brazo caminaron a lo largo de la galería que flanqueaba el patio de las macetas y salieron juntas de la residencia.

Laura estaba en la cocina, brillante como un espejo luego de la limpieza que le habían hecho la noche anterior, después de acostar a las pensionistas y de acompañar a la señora Costas en sus últimos minutos de vida terrenal.

En unos días, llegarían dos nuevas residentes: hermanas y solteras, con familia de buena posición económica y portadoras de la carta enviada por la mañana con las instrucciones necesarias.

Como se había quedado sin una anciana a su cargo y no le gustaba vagabundear —la señora Costas siempre le había dado bastante trabajo—, Laura se dedicó a preparar las comidas. Se respetaban religiosamente las indicaciones del Dr. Andrés y se cocinaba lo necesario para cada una.

Ester, Inés y ella misma tenían hábitos frugales: comidas casi sin proteínas, poca sal, nada de condimentos —sólo algunas hierbas cultivadas en la misma residencia—, una buena actividad física y casi nada de alcohol, a excepción de esa copita de licor tras el fallecimiento de alguna pensionista. Se mantenían sanas y lúcidas; no tenían tiempo para lujos ni excesos, de modo que, con el correr de los años, cada una contaba con el capital suficiente para sentirse tranquila.

Dos veces por semana realizaban el abastecimiento de víveres. Se habían tomado por costumbre concurrir al supermercado; un empleado acarreaba la compra desde allí hasta la misma cocina, a cambio de unas monedas. Antes, iban a la tienda, o al mercado, donde siempre encontraban vecinos que preguntaban por alguna de las ancianas. Estaban conformes con el cambio: no había interrogatorios.

La casa era antigua, pero se adaptaba a sus requerimientos. Construida en una sola planta facilitaba el desplazamiento de las huéspedes desde las galerías a los patios o las habitaciones y el comedor, sin el esfuerzo de subir o bajar escalones. Había dos pequeñas habitaciones sobre la azotea a las que se accedía por una escalerilla desde el patio de tierra.

Las tres socias se repartían las tareas domésticas, que solían realizar mientras las ancianas dormían, y para tener asegurado el descanso nocturno —no era tarea liviana atenderlas— les administraban algún medicamento recetado, en cada caso, por el Dr. Andrés.

Pasaron los días y llegaron las nuevas pensionistas. La mayor, quien respondía —no literalmente— al nombre de señorita Nuria, tenía una edad tan avanzada que la mantenía postrada de manera permanente. La menor, señorita Florencia, era mujer despierta y vivaz y gozaba de buena salud, quizá como consecuencia de haberse encargado de la atención de su hermana durante mucho tiempo.

En menos de dos meses la mayor había fallecido, y luego de un breve periodo de duelo, las actividades de la residencia retomaron su ritmo habitual. No buscaron nueva pensionista; después de todo siempre hubo tres porque ellas eran tres, y el equilibrio estaba por sobre todas las cosas.

La señorita Florencia se resignó rápidamente a vivir sin su hermana. Luego de un par de años, ocurrió que una sobrina apareció muy afligida y portando malas nuevas. El esposo sufría un revés económico 'serio', y las propiedades y demás recursos se habían hecho aire. Lo cierto es que no podrían seguir costeando la cuota de alojamiento en la residencia.

Las tres socias dejaron a las dos mujeres acongojadas en la sala de adelante, y con la excusa de servir café se dirigieron hacia la cocina. En realidad necesitaban hablar en privado.

—¿Qué opina, Inés?

—Será mejor que hable Laura; además —agregó mirándola directamente—, era usted quien cuidaba a la señorita Nuria.

—Es muy arriesgado —respondió la aludida—. Creo que es demasiado pronto, es decir, no tenemos ninguna seguridad.

—Pero no es necesario que participe... digo, completamente. ¡Uf! Me cuesta hacerme entender, lo siento. —Ester buscó las palabras con visible esfuerzo— Digo que me parece conveniente continuar nosotras con algunas de las cosas, porque no estoy hablando de compartir todo, todo.

—¿Se refiere a ofrecerle empleo? Sería un problema fiscal.

—No, no, y no. Les preguntaré llanamente. ¿Creen ustedes que Florencia sea la persona adecuada para compartir las tareas domésticas? Más adelante veremos las de mayor importancia, que por el momento prefiero sean de nuestra incumbencia.

Sin pronunciar palabra, prepararon platos y pocillos, cucharillas y azucarera, y una bandeja con bizcochos secos; luego sirvieron el café y regresaron a la sala de adelante.

—Yo estoy de acuerdo —dijo Laura por fin.

—También yo —afirmó Ester.

—Muy bien —asintió Inés—. Usaremos la habitación del patio con damero como comedor; subiremos esos trastos a los cuartos de la azotea.

Y mirándose avariciosas y divertidas, un poco antes de llegar a la sala, dijeron a coro:

—Y podremos tener una pensionista más.

Inés se detuvo. Miró a las otras y preguntó: "¿Monto fijo o porcentaje?", y ellas respondieron a dúo: Diez por ciento, alojamiento y comida.

Sonrientes sirvieron el café y lo tomaron; entonces Florencia, un tanto asombrada por la evidente alegría de las tres, comenzó a despedirse. Su rostro se veía viejo y arrugado; las cuidadoras la miraban calladamente y le dejaron terminar de hablar. Entonces Inés se levantó y le dijo:

—Usted no va a ningún lugar; éste será su hogar; desde hoy vivirá con nosotras.

El rostro de la anciana se transfiguró y los ojos se le llenaron de lágrimas; asentía una y otra vez, desordenando un poco su peinado de natural compuesto. La sobrina vio la oportunidad de desligarse de la carga y despidiéndose apresuradamente levantó raudo vuelo.

Enviaron algunas cartas, recibieron otras, y en menos de una semana dos nuevas pensionistas estaban instaladas en la residencia.

Como era lógico, se reorganizaron algunas tareas domésticas, en las que Florencia se ofreció para ayudar en todo, como siempre; alegraba la residencia con sus bromas y canturreos. Y así llegó el día en que la señora Méndez ya no se pudo levantar de la cama. A pesar de que Ester cuidaba de ella desde que llegó, Florencia le pidió hacer el cambio.

—Sin problemas, querida —dijo Ester—, la señora Méndez es toda suya. Además, confieso que mis fuerzas no son las de antes y que exigirá mucho esfuerzo físico moverla para todo; es una mujer grande y pesada.

Y fue de esa manera tan impensada como se generó el primer inconveniente, y por la rutina del médico. El Dr. Andrés visitaba la residencia una vez por quincena y era más lo que conversaba con las pensionistas que el tiempo que le tomaba examinarlas. Controlaba el estado general; ordenaba algún estudio en los casos particulares —diabetes o glaucoma— como medida de control. Pero si alguna de las ancianas caía en cama concurría hasta tres veces en la semana. Entonces la auscultación era minuciosa e indicaba medicación con dosis precisas, que era administrada solamente por las tres socias; pero ahora Florencia les ayudaba, y ninguna había tomado en cuenta aquel detalle.

—¿Porqué aceptamos, si ya sabíamos que ella también tendría que darle los medicamentos? —preguntó Inés— No podemos arriesgarnos a que se dé cuenta de las modificaciones.

—Lo sé, es mi culpa. Muy bien, lo asumo —respondió Ester—. Ofrezco hacerme cargo de los inconvenientes que esto pudiere acarrear.

—El ofrecimiento es aceptado —respondió Laura, mirando a Inés, quien asintió gravemente—, pero el problema es otro: si esta primera vez en que una pensionista cae en cama, es Florencia quien se hace cargo, ¿cómo modificar el hecho e impedir que se repita en el futuro, sin darle demasiadas explicaciones?

—Tiene razón —aceptó Ester—. Ahora lo advierto. El perjuicio es mucho mayor. Me siento realmente mal.

—No se angustie —dijo Inés—; ya mismo le haremos... algo.

—Pero, ¿sugiere...? —preguntó Laura, interrumpiéndose al ver los ojos de Inés—. ¿Se refiere a...?

—No hasta ese extremo, sino algo más leve... como con la inglesa... —Inés suspiró—. ¿Estamos de acuerdo? Por supuesto, nos haríamos cargo entre las tres de las enfermas y de las demás pensionistas.

—Ay, queridas, ¡cuánto daño les he ocasionado! Pero les compensaré, les aseguro.

—Si le parece justo, me gustaría acompañar a la señora Méndez en su última jornada —Ester asintió—. ¿Estará con nosotras, Laura?

—Y bien pagada me sentiré —respondió la aludida.

—Entonces ya está arreglado.

Se hizo todo según lo planeado y en dos días tenían en cama a Florencia, además de la señora Méndez; las otras tres huéspedes se mantenían en buen estado de salud y consideraron esta situación como excepcional, minimizando sus exigencias. El Dr. Andrés tenía tarea doble y pasó por la residencia todas las tardes.

Afortunadamente, la señora Méndez falleció tres días después y fue velada en la sala de adelante, para deleite de la señora Guerra, quien asumió inmediatamente el rol de anfitriona. Llegaron unos parientes que apenas se asomaron a mirar dentro del cajón y se retiraron.

Un par de días después Florencia estaba nuevamente en pie; pero la enfermedad le había afectado un poco. No cantaba, y aunque no había perdido su vigor, raramente se ofrecía para colaborar.

Otra vez las cartas trajeron una pensionista nueva a la residencia, y fue como siempre: alguna que moría, otra que venía.

Cuando la señora Guerra falleció las cuidadoras estuvieron muy tristes. Había pasado sus últimos once años en la residencia.

La anciana había sentido mucho sueño durante todo el día. Tenía que solucionar algunos problemas surgidos a raíz de una mala inversión que había reducido su capital personal a menos de la mitad. Pero ese sueño, que no podía controlar, le distraía; comenzaba a imaginar una estrategia y perdía el hilo, ya que al despabilarse no recordaba dónde había quedado.

A media mañana fue despertada por Ester para llevarla a su paseo diario y le respondió que no saldría; pero su tono fue tan desagradable que sumó el desconcierto a su estado mental ya incomprensible.

Antes del almuerzo caminó hasta el patio con damero frente al comedor y se entretuvo mirando los cajones donde las mujeres cultivaban las hierbas aromáticas con que sazonaban las comidas. Al inclinarse para oler una pequeña flor entre las hojas, la señora Guerra sufrió un desmayo y solamente recordó que la voz de Inés la tranquilizaba, diciéndole que el Dr. Andrés estaba avisado y que pasaría a verla en unos minutos.

El médico hizo una prescripción y se retiró. Luego se le ofreció un almuerzo simple, de verduras escalfadas y un bocado de natillas como postre. Ella comió de mala gana, ya que no sentía sabor alguno. No les dijo nada, para no preocuparlas más, pero fundamentalmente porque sentía mucho miedo; miedo a no saber, miedo a qué le pasaría, miedo a no poder resolver las cosas del dinero... Durmió el resto del día. Y despertó creyendo estar del otro lado. «He muerto», se dijo.

Todas las lecturas sobre las experiencias de gente que había fallecido y regresado para contarlo hablaban de una luz. Y allí estaba la luz, frente a ella. Lo que no ajustaba eran las figuras: blancas siluetas que se movían y de las que no podía distinguir rostro alguno. Tampoco lograba escuchar un solo murmullo, lo que de alguna manera la decepcionó; el espíritu no dependía de la carne y era su parte mortal la que no le permitía escuchar correctamente.

Unas manos la hicieron girar, boca abajo. ¿Realmente estaría muerta? Intentó volverse. Una de las figuras se acercó a su rostro. Y murmurando algo acercó una nube a su boca. La señora Guerra ya no recordó nada más.

—Inés, está despertando.

—Adminístrele más, que no he terminado aún. Falta un buen rato. Nunca imaginé que una anciana tan pequeña me diera tanto trabajo.

—Listo. Puede usted continuar.

—Laura, acérqueme la bandeja, por favor.

—Aquí la tiene. ¿Necesita de mi ayuda? Parece tener la piel muy adherida a los músculos.

—Está bien, querida. Ya sale.

—Bastante poco, a decir verdad. Después de once años podría haber sido más generosa.

—No hable así. Fíjese si ha muerto, Ester, ¿quiere?

—No. Todavía respira. Pero el corazón late muy débil.

—Bueno. Ya está terminada la extracción del cuarto trasero. ¿Me ayudáis a darle vuelta?

—Inés, esta sartén está a punto. No se demore, por favor.

—Ya mismo.

—Apenas me lo entregue lo añado —agregó Laura, un tanto llorosa por efecto de las cebollas.

—Aquí está. Bien. Esta parte de la tarea está terminada. No diré que tendremos reserva de proteínas por mucho tiempo, pero servirá y es de primera calidad. Buen alimento y paseos diarios mantienen el organismo en perfecto estado.

—¿Le alcanzo las bolsas de paja? —preguntó Ester.

—Se lo agradeceré, querida. Mientras tanto, cambiaré de guantes. Eso, abra bien la cubierta del abdomen. Bien... bien... listo. No debe parecer muy obesa. Ahora una preciosa costura y...


Ilustración: M.C. Carper

—Acaba de fallecer.

—Es lógico. El deceso se acelera al faltarle el hígado. Pero de esta manera la causa será siempre falla cardiaca. Una hermosa costura; es la ventaja de una piel gruesa como la de la señora Guerra. Nadie notará las puntadas, ni buscándolas.

—La damos vuelta...

—Así. Gracias, Ester. Bien... ahora cosemos esta pierna... y la otra... listo. Es una obra de arte, ¿verdad?

—Es usted la mejor, a decir verdad. Y cada vez que la veo trabajar, aprendo muchísimo.

—Bueno, basta de charla, que esto está listo, y si el hígado se cocina de más, toma sabor amargo —indicó Laura—. A la mesa, señoras. Inés, acerque el licor, que es noche de celebración. Ester, querida, ¿agradece?

—Claro, es un honor.

Las tres se sentaron alrededor de la mesa. Sobre el mueble lateral descansaba el cuerpo de la señora Guerra, esperando el final de la última cena en la que participaría —como plato principal— antes de ser acomodada en su ataúd de madera de primera calidad.

Las tres unieron sus manos y bajaron sus rostros al tiempo que el murmullo de Ester, apenas vocalizado, llenaba la cocina, desplazando del aire el aroma del hígado frito con cebollas. «Te agradecemos, Señor, el alimento...» Un suave roce interrumpió la letanía. Las tres giraron la cabeza hacia la puerta de la cocina simultáneamente. Florencia estaba en el umbral y las observaba. El rostro inexpresivo y la mirada fija no indicaban nada sobre sus sentimientos. Ninguna de las tres se atrevió a moverse.

Cada segundo pareció durar siglos. La recién llegada adelantó un paso dentro de la cocina; luego otro; abrió la alacena, retiró un juego de cubiertos, un plato y una copa, y sentándose junto a Inés, dijo:

—No les perdonaré jamás que no me hayáis invitado a la cena de la señora Méndez. Después de todo, estaba a mi cargo.



Graciela Lorenzo Tillard, nacida en Córdoba, Argentina, ha publicado sus relatos en fanzines tanto electrónicos como de papel. Uno de ellos es "La peste amarilla en la Buenos Aires", en Menhir 2 (papel) y en Alfa Eridiani 4 (digital). Ha escrito prosa, infantiles, crítica y poesía. La lista detallada de sus publicaciones puede ser consultada en su página. Hemos publicado en Axxón: ESPORA (con Fabio Andrés Ferreras) (140).


Este cuento se vincula temáticamente con "EL INCUBADO", de Rogério Amaral de Vasconcellos (141) y "EL CATETO PROHIBIDO", de Yoss (164)


Axxón 181 - enero de 2008
Cuento de autora latinoamericana: Literatura fantástica : Terror realista : Ritos: Canibalismo: Argentina : Argentina.

            

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