LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

Ariel S. Tenorio

Argentina

"¿Así que esto es lo que llaman cielo?
Hacía tiempo que quería olisquear esta rica mierda"
Teniente Roderick "Bolo" Sinclair.


Montaigne se fastidió porque no estaba acostumbrado a sentir miedo. El miedo era un ente abstracto que pertenecía al plano emocional y, por lo tanto, algo que podía ser perfectamente dominado. El resto era puro pensamiento especulativo y distorsión psíquica que le arrojaba su monitor sensible. Montaigne sabía que, como soldado especial de La Federación, no tenía derecho a cuestionar nada que pudiese entorpecer una misión. Por otro lado, siempre había sido un tipo duro, entrenado exhaustivamente en innumerables disciplinas de combate, con casi siete años de experiencia en la guerra a lo largo de todo el Sistema Solar.

Bajo la sólida aleación de su armadura había músculos y tendones bien trabajados, y también una compleja red de cables y circuitos diseñados para actuar en función de un objetivo. ¡Era una pieza clave dentro del Escuadrón de Ensamble, por el amor de Dios! Sin embargo, el miedo estaba allí. Montaigne lo sentía como una segunda capa de piel, como un injerto parasitario luchando para abrirse paso y destruir sus nervios.

¿Pero miedo a qué? ¿A qué podría temerle él, que había visto y sufrido horrores indecibles desde que fuera procesado y concebido nuevamente para la lucha al igual que todos sus congéneres de Cirión Blanco?

Montaigne respiró hondo y jugueteó con las correas de su asiento; una náusea fría pulsaba en la boca del estómago y a cada bocanada de aire sus pelotas se reducían y endurecían como un par de nueces.

Esto es ridículo, pensó. Irracional. Absurdo.

Observó al resto de la tripulación y notó que, al igual que él, todo el mundo hacía grandes esfuerzos por mantener la calma.

A su izquierda estaba Crasher, el soldado bufón que nunca abandonaba su sonrisa. Salvo que esta vez lucía ceñudo y pensativo. El diminuto mono robot que lo acompañaba bailoteaba entre sus piernas una especie fox-trot especialmente desprolijo, pero Crasher apenas le prestaba atención.

Cuando se percató de la escrutadora mirada de Montaigne, le guiñó rápidamente un ojo y amagó una sonrisa tensa.

Nadie engañaba a nadie. Amarrado en el compartimiento siguiente, Figueroa observaba el piso de la nave y movía los labios en silencio, como si discutiera cuestiones privadas con su monitor sensible.

Montaigne notó que fuera lo que fuera el tema en discusión, le había quitado color a sus mejillas.

De pronto resonó una voz hueca dentro de su casco.

—Tengo mala espina Mont. —Enfrentado a él, pero en posición invertida, el rostro de Thompsom parecía una gran luna pálida flotando por encima de su traje negro—. Odio reconocerlo, pero tal vez estemos entrando en territorio enemigo por última vez. El Oráculo no auguró nada bueno, y además...

Montaige lo fulminó con la mirada, en parte aliviado de tener en quien descargar sus sentimientos.

—Y una mierda, soldado. Tenemos un trabajo que hacer y tenemos las mejores herramientas para hacerlo. Así que deja de ponerte a profetizar como un puto Pastor Elemental ¿Me oíste?

—Sí, señor.

—¿Qué dice el código asesino?

—No existe el miedo. No existe la duda. Sólo existe el Escuadrón de Ensamble y el infierno, y el segundo no es ni la cuarta parte del primero —recitó Thompsom de mala gana la letanía que más les gustaba a los peces gordos de La Federación.

Pero la sensación crecía.

Montaigne consultó su muñeca. Faltaba muy poco para el gran salto. Una vez en tierra firme, deberían enfrentarse a lo desconocido como tantas otras veces. Pero al menos entrarían en acción; todos ellos sabían moverse en el caos y hasta resultaba tranquilizador. La naturaleza misma de la batalla les borraría de inmediato cualquier huella de duda, pensamiento e inquietud.

La voz metálica de Paley sonó en los oídos del Escuadrón.


Ilustración: Fraga

—Escuadrón Gama 3, El Batracio estará llegando a la posición en dos minutos. Prepárense para el salto, chicos.

Crasher se ajustó el monitor sensible y escupió en sus guantes.

—Buena suerte, Mont.

—No te preocupes por mí, mejor preocupate por el culo de tu novia.

El mono robot miró a Montaigne con aire ofendido, luego se escabulló en un bolsillo de la chaqueta de Crasher, no sin antes dedicarle un gesto obsceno.


Tres días atrás la Federación los había citado en el Edificio Torre para terminar con las pruebas psicológicas. Pero la máquina Hertestein se había cuidado mucho de orbitar su conversación alrededor del miedo que cada uno sentía. En cambio, se había pasado tres horas ajustando los detalles más insignificantes de sus vidas privadas. Al parecer a la máquina Hertestein sólo le interesaban las estupideces Smithianas relacionadas con el sexo y los sueños y los actos reprimidos de la infancia. El aparato había concluido que en general el grupo gozaba de un "estado emocional aceptable dentro de los parámetros de la misión" y ése fue el final de la entrevista.

Boleto al paraíso, señores.

Herwig había soltado su risotada de mandril y se había bajado los pantalones para enseñarle su gordo culo a la máquina Hertestein. Ésta, luego de meditarlo un par de segundos, había soltado un par de pitidos para recomendarle con toda seriedad que visitara un burdel lo antes posible. La carcajada fue mayúscula.

Esa noche habían ido al bar de la estación a emborracharse con aguanegra y todo había sido más o menos predecible. Incluso más tarde, cuando las cosas se pusieron sórdidas, todo se desarrolló dentro del "comportamiento esperado". Pero eso se debía más que nada al hecho de que a la gente de La Federación no le importaba otra cosa que no fuera la efectividad de sus hombres en el campo de batalla. Un par de bajas civiles no significaban nada para ellos, o bien podían compensarse en nombre de la hegemonía del Imperio. Nadie era tan tonto como para ignorar que las peleas contra la población civil eran moneda corriente en la zona de bares de la Bahía, pero esta vez había sido una pelea demasiada feroz. Montaigne lo había pensado más tarde: cada uno de ellos había actuado bajo un shock de adrenalina como si se estuvieran midiendo contra un enemigo terrible en vez de un puñado de borrachos, y las consecuencias habían sido catastróficas para estos últimos.

Montaigne estiró las correas y accionó su monitor sensible en posición de descenso. Debajo de sus pies se deslizaba la selva nocturna a toda velocidad como un océano encabritado y fantasmagórico.

—Cinco minutos, todos en posición.

—Que se la den a tu madre, Paley.

—Gracias Costance, eso espero.

Montaigne presentía que algo se acercaba, y no tenía que ver precisamente con el enfrentamiento en sí. Era como si un animal gigantesco estuviera agazapado a la espera de saltarle encima.

—El Escuadrón de Ensamble les va a enseñar modales a esos... Humbreys-como-se-llamen —murmuró Figueroa, que a juzgar por su expresión no parecía creer en absoluto que tal cosa pudiera ocurrir.

—Se llaman "Hombres" —interrumpió la voz de Joseff por los parlantes del Batracio—. Y estaría bien que por una vez aprendas el nombre de tu enemigo, creo que está noche lo vas a ver de cerca.

Joseff sonaba más nervioso que nunca. Pero el resto del escuadrón no pareció notarlo. Cada uno estaba encerrado en su propio creciente miedo y sólo atinaron a responderle con insultos.

Paley salió al rescate de su compañero.

—Chicos, la guerra es allá abajo, no aquí. Nosotros sólo piloteamos este armatoste. Oigan, un minuto para el salto. ¿Me oyeron?

—Para ti es fácil decirlo, idiota.

Paley hizo caso omiso de los comentarios.

—¿Thompsom?

—Estoy listo, cabroncito.

—¿Crasher?

—Más que listo, mamón.

—Adorable como siempre. ¿Bradley?

—Que te pudras.

—¿Costance?

—Sí, lo que digas.

—¿Herwig?

—¿Tú lo estarías, imbécil?

—No necesito responderte eso ahora. ¿Figueroa?

—Eres un grano en el culo, Paley. ¿Lo sabes?

—Por supuesto que lo sé. ¿Sinclair?

—Sí, sí.

—¿Mac?

—¿Por qué no cortas el rollo, Paley? No tenemos que aguantar esta mierda.

—Sólo uno más y dejaré de atormentarte. Lo prometo. ¿Mont?

—Estoy listo, Paley.

—Muy bien señores, así me gusta. ¡Que se mantenga el espíritu del grupo!

Adelante se escuchaban sordos estampidos que de a ratos eclipsaban los motores del Batracio. Montaigne tragó saliva. Su monitor registraba resplandores blancos como relámpagos que parecían sacudir la vegetación y conferirle un aspecto irreal.

Antes de que pudiera preguntarse por enésima vez que era lo que andaba mal, la respuesta le llegó con una vehemencia innegable.

El batracio fue alcanzado por la artillería enemiga, una explosión brutal que partió en dos la cabina y lanzó por el aire parte del fuselaje central como si fuera un trozo de cartón. El panel que separaba al escuadrón de la cabina se retorció hacia adentro y todos vieron con horror como su interior ardía en llamas. Se oyó un estruendo de hierros retorcidos que espiraló los gritos y los catapultó en intermitencias enloquecidas. A la izquierda, la silueta de Paley era una antorcha viviente, un fuego azul de metano brotaba desde dentro de su esqueleto reforzado y le lamía el torso. Montaigne vio que, de la nariz para abajo, su rostro sencillamente había desaparecido.

A la derecha, Joseff colgaba en posición grotesca de las correas de su asiento. Partes de su masa encefálica estaban regadas por todo el tablero inferior de controles.

Montaigne no quiso ver más. Cerró los ojos y se preparó para morir.

Sintió de pronto como el Batracio perdía altura y se acercaba al techo de la jungla. Su monitor sensible lanzó un chillido de estática en señal de que había entendido los avatares de una trayectoria aberrante. Montaigne accionó la botonera y esperó. En pocos segundos, el monitor sensible se enroscó en los pliegues de su frecuencia mental como si fuera una mascota reclamando muestras de atención y consuelo.

Está bien, no pasa nada, pensó Montaigne, pero se engañaba.

A modo de respuesta, el monitor le envió una serie de imágenes cargadas de elocuencia. El miedo sin refinamientos de la infancia y la fobia. Una araña medular, esperando escondida en el cajón de los cubiertos. Un ascensor trabado entre dos pisos, llenándose de agua velozmente. Papá, un arma demencial, un ruidoso gemelo robot desaparecido (Papá dijo que escapó) y la insondable relación entre ellos.

—Perdí un brazo en el asedio Calypso y no dolió tanto —se dijo Montaigne inútilmente para darse ánimos.

Entonces la aeronave penetró en la jungla y todas las imágenes fueron barridas como insectos en una tempestad.

Montaigne abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo el sistema de ventilación se rompía en pedazos y una parte de la tapa metálica volaba directo hacia él.

Ni siquiera consiguió ladear la cabeza. Recibió el golpe en plena cara, como la bofetada bestial de una doncella desairada. La boca se le llenó de sangre y fragmentos de dientes. Por los visores laterales, un enredo de follaje corría a toda velocidad y chocaba con violencia en los cristales.

Alguien más gritó. Un grito potente, desgarrador. El viejo Mac tal vez, pero Montaigne estaba demasiado aturdido como para identificarlo. El batracio se sacudía como un simulador enloquecido y sus ocupantes eran muñecos amarrados a los asientos dando tumbos en todas direcciones. El techo de la aeronave desapareció como si una bestia enfurecida lo hubiera arrancado de una dentellada. Montaigne parpadeó frente a un cielo rojizo flanqueado por las inmensas siluetas de los árboles. A unos metros de la abertura, Thompsom rebotaba entre su asiento y el compartimiento de carga. Una de sus correas se había cortado y éste no podía encontrar asidero para evitar los golpes.

Por lo que pareció un tiempo interminable, el Batracio continuó rodando y chocando contra troncos y ramas. Poco después pareció encontrar tierra firme y espacio suficiente como para deslizarse en línea recta por unos cuantos metros. Finalmente se detuvo al colisionar contra el grueso tronco de un árbol que tenía la altura de un edificio gubernamental. La gran sacudida provocó que desde las altas copas se desprendiera un escándalo de plumas y graznidos, que la misma selva se encargó de tragarse. Después, como si nada hubiera ocurrido, sobrevino el silencio.

Montaigne escupió un coágulo de sangre y, con mucho cuidado, se tocó la boca con la yema de los dedos. Ahora que todo había terminado, se sorprendía de percibir aquella quietud casi sobrenatural.

Ensayó una sonrisa incrédula, pero sus labios partidos se lo impidieron. Le dolía cada centímetro del cuerpo como si lo hubieran apaleado con ganas. Pero era increíble estar entero a pesar de todo.

Lo que quedaba del Batracio no era más que una cáscara de metal retorcido, un armazón irreconocible que no guardaba concordancia con ningún vehículo. El denso humo negro que brotaba de la cabina lo hizo lagrimear y arrugar la nariz.

Montaigne evitó mirar los restos carbonizados de Paley y Joseff. Se desprendió las correas que lo sujetaban y se tambaleó entre los restos en busca de sus compañeros.

—Mont. ¿Estás bien?

Montaigne volvió a escupir sangre y palpó con la lengua los destrozos de su dentadura. Resultó no ser tan grave como había temido.

—Sí, gran Bolo, me he volado un par de dientes, pero eso es todo.

—Mejor así, oye, ¿podrías ayudarme a zafar de esto?

Montaige se apresuró a levantar una plancha de acero, pero al inclinarse sobre Bolo soltó un gruñido de sorpresa.

La carga orgánica de Bolo se había quebrado y los gusanos de mercurio habían perforado el traje protector para meterse en el cuerpo. Era una herida del diámetro de una bala de cañón por donde se asomaba un manojo de intestinos infestados de larvas transparentes. El gran Bolo tenía los minutos contados.

—Tienes un agujero en las tripas Bolo... La carga orgánica se ha activado...

Bolo levantó su enorme cabeza. Gotitas de sudor habían aparecido en su cráneo y brillaban como diminutos diamantes.

—Mierda. Eso parece.

—Lo siento, camarada.

—No. No lo sientes ¿Tienes algo de aguasol? ¿Mordina?

—¿Mordina? No. Sólo un poco de Lid en mi Cantimplora.

—No me gusta el Lid. Te achica las pelotas.

—Eso dicen.

—¡Mierda!

—Lo siento Bolo.

—Deja de decir lo siento, me estás enfermando Chico.

Bolo suspiró y miró a los ojos de Montaigne.

—Supongo que es un buen momento para que cumplas tu promesa.

—Sí, supongo que lo es.

Montaigne sacó su pistola y le quitó el seguro.

—Nunca me gustaste, Mont —dijo Bolo.

—Cállate.

—Hijo de una gran puta artificial. Nunca me gustaste.

Montaigne apuntó directo a la frente de su compañero.

En ese momento Crasher y Thompson llegaron tosiendo y lanzando maldiciones.

—Eh Mont, hay malas noticias. Costance está muerta, tiene una varilla de cromo incrustada en la garganta. No podemos encontrar a los demás, es posible que hayan sido despedidos pero no sabemos... ¡Dios!

Se detuvieron en seco al ver la situación en la que se encontraba Bolo.

—¿Qué demonios haces, Mont?

—¡Silencio idiotas! No quiero que los gusanos me devoren vivo. ¿Qué esperan que haga?

Bolo le hizo una seña a Montaigne. Sus pupilas se habían dilatado hasta invadir el iris.

—¿Qué estás esperando, Mont? No me dejes así ¡HAZLO!

Montaigne disparó.

El eco del estampido repercutió en el silencio somnoliento de la selva y a lo lejos despertó voces de protesta de una fauna desconocida. La cabeza de Bolo estalló como una calabaza podrida. La sustancia grumosa y blancuzca que conformaba su cerebro salpicó el visor lateral y se quedó adherida al vidrio como una decoración abstracta. Las piernas de

Bolo temblaron como si lo hubiera atravesado una corriente eléctrica.

El monitor sensible mostró la imagen de una hembra. Los bordes espejearon en azul. Recortada y nítida sobre un fondo de estática, la criatura movía los labios y formaba oraciones silenciosas. Echaba el brazo derecho hacia atrás, en un gesto de absoluto desdén. Luego empezaba a dar media vuelta, como para marcharse. El movimiento se detenía en un cuarto de giro. Volvía a empezar. Cada escena del loop no duraba más de siete segundos. Una hembra joven y hermosa, pero de rasgos indefinidos, como lavados por la memoria. Apuntes tomados a las apuradas que, leídos años después, apenas tenían sentido. El duro entrenamiento del Campamento Nuevo Blitzkrieg incluía la lectura de labios. Montaigne pensó que lo que la criatura repetía no quería decir nada: "No ofrecerás tu cuerpo a infiernos ni hoteles olerán a rosas".

—Yo soñé esto antes —susurró Crasher a nadie en particular.

A mitad de camino del brazo, en su noveno gesto desdeñoso, la imagen se congeló. El azul espejado de los bordes se oscureció hasta el negro. La oscuridad avanzó hasta dejar sólo un punto brillante en medio de la pantalla, que parpadeó hasta desaparecer.

Ahí quedaba el viejo Bolo. Teniente oficial y asesino galáctico calificado. El gran devorador de estrellas que había sobrevivido a la guerra de los tres planetas y que había encontrado la muerte en manos del subalterno que más detestaba.

Montaigne tomó su logo de identificación y lo guardó en el bolsillo.

Unos pasos más atrás, Crasher y Thompson lo observaron con expresión lúgubre, pero no dijeron una palabra. Conocían bien los códigos del Escuadrón y sabían que no era momento para discutir.

Montaigne enfundó su pistola. Todavía se sentía aturdido pero ya había tomado el control de sus pensamientos. Sin mirar a sus compañeros se alejó de los restos de la nave para reconocer el territorio.


En el tramo final de su caída, el Batracio había atravesado un claro de unos doscientos metros cuadrados, dejando un surco en la tierra que parecía el zarpazo de un dragón. Partes del fuselaje y el motor estaban esparcidos por todas partes y brillaban a la luz de la luna con malsana intensidad. Montaigne tuvo la sensación de haber inaugurado el primer basurero espacial de la selva. Caminó junto al retorcido tren te aterrizaje y por segunda vez se sintió admirado de mantenerse con vida.

Siguiendo el rastro que había dejado la nave, salió del claro y se internó entre los árboles gigantes.

Cuando Montaigne se perdió de vista, Thompsom le dirigió una furtiva mirada a Crasher.

—¿Tú que piensas? ¿Se habrá vuelto loco?

—¿Loco? No. No lo creo. Pero pienso que es un hijo de puta impredecible. El gran Bolo decía a menudo que no podía confiar en un droide semiorgánico. Nunca se tuvieron simpatía ¿sabes?

—Pues a mí tampoco me gusta.

—Está bien. Ya arreglaremos cuentas más adelante. Ahora lo importante es ocultarnos. El enemigo puede estar en cualquier parte y este claro nos convierte en blanco fácil. Sigamos.

Los dos soldados fueron tras los pasos de Montaigne.

A los cinco minutos de marcha, ya habían descubierto que la selva era espesa y oscura, y también húmeda y sofocante, y que parecía intentar engullirlos a medida que avanzaban. Los árboles eran altos como torres y sus troncos anchos como casas. El cielo había quedado completamente oculto por una espesura asombrosa tan cerrada como la cúpula de una catedral.

Crasher y Thompsom se ayudaron para trepar por los nudos de una raíz y se detuvieron al otro lado para beber un poco de Lid. Allá adelante estaba Montaigne, acuclillado y aguardándolos con esa expresión tensa, indescifrable.

Les hacía señas.

Thompson se adelantó procurando no hacer ruido. Detrás de él percibió que Crasher también había interpretado el mensaje. Cuando llegó junto a Montaigne, movió los labios sin llegar a emitir sonido:

—¿Qué pasa Mont?

—No lo sé. Adelante. Cincuenta metros. Hay algo.

Crasher observó inquieto en la dirección que señalaba Montaigne, pero sólo vio árboles y plantas.

—¿Estás seguro?

Montaigne lo miró como si no comprendiera la pregunta.

—Vamos a averiguar de qué se trata. Prepárense.

Desenfundaron sus armas y se arrastraron por la vegetación con calculada lentitud. Crasher por la izquierda, Montaigne por el centro y Thompsom por la derecha. Avanzaron con movimientos sinuosos que se adaptaban a las formas del entorno. Los ojos abiertos, los oídos alertas y los labios apretados. Habían compartido situaciones semejantes infinidad de veces, y estaban entrenados para ser sigilosos. No había soldado en la historia del universo que no conociera ese trance de vida o muerte. El instinto de preservación afilaba los sentidos y los convertía en los de un reptil mortífero y terrible, un animal tenso antes de dar el salto hacia la confrontación. Pero esta vez había un factor adicional que no alcanzaban a comprender y que los trastornaba: los tres tenían miedo.

Montaigne volvió a sentir esa furia hacia sí mismo que era una mezcla de vergüenza y reproche. Presentía que algo andaba mal, pero era incapaz de detenerse. Sus aletas nasales se dilataron en busca de oxígeno. ¿Quién le había inoculado ese veneno? Era como un germen que crecía y lo arrastraba.

Estaban más cerca ahora. Se lo decía su corazón desenfrenado y las extrañas figuras que bailaban erráticas en los márgenes del monitor sensible.

Montaigne se adelantó unos metros y desapareció tras la cortina de hojas de una gigantesca planta parásito. Se parapetó detrás de un tronco caído y aguzó el oído.

Nada.

Sólo un rumor de pájaros saludando el amanecer y más atrás, casi imperceptible, ese otro sonido bajo y grave que era como un temblor lejano, un sonido que parecía salir de las entrañas mismas de la tierra y que hablaba en su propia lengua.

Preso de la curiosidad, Montaigne se asomó por encima del tronco, y cuando lo hizo comprendió por fin la dimensión de su error.

Abrió la boca para gritar pero no brotó ningún sonido.

No había miedo que pudiera conjurar para medirse contra eso. Por primera vez en su vida de bio-droide, Montaigne se quedó paralizado. Su último pensamiento coherente fue rogarle a Dios una muerte rápida y sin dolor.


El Tigre Rojo había escupido una bola de fuego que había impactado de lleno en el aparato volador. Cuando éste se precipitó sobre la selva, se relamió a sabiendas de que obtendría su cacería. Guiado por su olfato, localizó a los mamíferos sobrevivientes y empezó el juego que mejor sabía jugar: acechar. Sus poderosas patas recorrieron la jungla sin hacer el menor ruido. A las dos primeras presas las había encontrado indefensas y heridas, pero no dudó en divertirse un rato con ellas antes de devorarlas.

El tercero había demostrado valentía, pero de todas maneras había durado poco. No tuvo la menor posibilidad. Sus colmillos habían desgarrado la carne antes de que pudiera disparar esa ridícula arma.

Mientras saciaba su apetito, aún con el hocico hurgando en las humeantes tripas de su presa, sus oídos detectaron a los tres restantes, que se acercaban a paso sigiloso por el antiguo camino de la ciudad antigua.

¡La desfachatez de estos seres era increíble! ¿Acaso intentaban cazarlo a él? ¿Y con qué armas podrían detenerlo?

Él era un Tigre Rojo.

Un ser eterno. Un Dios de la estirpe de los hombres.

Ah, pero cómo se divertiría con esos pequeños.

Levantó su ensangrentada cabeza y observó directo a los ojos de aquel ser insignificante.

El cruce de miradas duró apenas un segundo, pero alcanzó para que la cordura de su presa se derrumbaba sin remedio.

Más tarde, encontró entre sus propias heces un diminuto mono robot empeñado en seguir funcionando y entonces, no pudo impedirlo, la carcajada que brotó de sus fauces fue un rugido que retumbó en todos los rincones de la selva.



Ariel S. Tenorio, argentino, nació el 2 de agosto de 1975. Se ha dedicado a la creación de relatos cortos de ficción y poesía. Actualmente vive en General Pacheco, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es miembro fundador del grupo literario pro-horror "The Wax". Ha recibido una Mención de honor en el 16° certamen de poesía y narrativa 2007 de la Editorial Zona. Es lector desde hace años de la revista Axxón. En el número 178 publicamos su cuento "Sunny Rose y el vendedor de espejos" y aquí llegamos con su segunda entrada.


Este cuento se vincula temáticamente con "PRIMERA LÍNEA", de Carlos Gardini, "EL IMPERIO CAOS", de Miguel Ángel López Muñoz (173) y "LAS ENTRAÑAS ELASTICAS DEL CONQUISTADOR", de Bernardo Fernández (145)


Axxón 181 - enero de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico: Ciencia Ficción : Invasión Extraterrestre: Guerra : Contacto : Argentina: Argentino).

            

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