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Un experimento de
un millón de años
(2001, A Space Odyssey,
a 40 años de su estreno)

por Guillermo Doi

Desde la antigua mitología griega hasta el Frankenstein de Mary Shelley, el mito de Prometeo ha sido contado y vuelto a contar infinidad de veces, en miles de formas y variantes.

Profundamente arraigado en el inconsciente colectivo, todas las culturas de la Tierra poseen su propio relato sobre el ser superior que crea al primer hombre, o da inicio a la primera civilización humana.

En tiempos modernos, pocas recreaciones del mito han sido tan originales e impactantes como 2001, A Space Odyssey (2001, Una Odisea del Espacio) del cineasta estadounidense Stanley Kubrick.

Desarrollada a partir del cuento breve The Centinel (El Centinela, 1951) de Arthur C. Clarke, 2001, A Space Odyssey fue estrenada, luego de múltiples contratiempos para su creador, el 2 de abril de 1968.

Icono de los '60, hito en la historia del cine y obra señera del género science-fiction, el filme —de hipnótica belleza visual— ha sido objeto de un inabarcable cúmulo de interpretaciones y exégesis, que han terminado por desbordar las iniciales intenciones de su director.

Organizado a modo de tríptico o triple retablo, 2001, A Space Odyssey describe el pasado, presente y posible futuro de la especie humana, en el marco de un singular experimento biológico de origen cósmico.


En el primer cuadro, titulado The Dawn of Man (El Amanecer del Hombre), nos encontramos un millón de años en el pasado, en una Tierra primigenia, escasamente habitada por una suerte de mono-hombre, vagamente asimilable al ilustre fósil Australopithecus.

La vida no se presenta fácil para este primer esbozo de humanidad. Sobrevive como puede, mal alimentándose de los desechos que dejan los animales predadores o carroñeros del entorno, a la vez que disputa a una tribu vecina la posesión de un maloliente charco de agua.

Con un cuerpo que parece dispuesto para un cerebro que no termina de desarrollarse, los últimos homínidos languidecen inexorablemente. La naturaleza ha realizado con ellos una arriesgada apuesta evolutiva. Y están perdiendo.

Confundidos y asustados, ateridos de frío y transidos de hambre, incapaces de procurarse el fuego o la más simple de las herramientas, están al final de un callejón sin salida. Sólo un suceso providencial puede salvarlos.

Y el deux ex machina hace su aparición una mañana, majestuosamente posado en tierra, frente a una de las cavernas en las que las desdichadas criaturas duermen acurrucadas.

Hilo conductor a lo largo de toda la obra, este enigmático elemento, cuidadosamente elegido —un paralelepípedo negro azabache, de afiladas aristas, perfecto como un diamante— constituye un notable hallazgo expresivo. Es lo suficientemente complejo y artificial para denotar claramente la presencia de una avanzada inteligencia tras él, y lo suficientemente simple como para desalentar cualquier intento de especulación sobre la naturaleza de tal inteligencia.

El brutal contraste entre su perfecta y severa geometría y el agreste entorno natural a su alrededor, pone al espectador ante una escena de absoluto surrealismo, digna de un cuadro de René Magritte.

A poco de hacer su aparición, el misterioso monolito opera su milagro. Potenciada con los acordes iniciales de Así hablaba Zaratrusta —poema sinfónico de Richard Strauss— asistimos a la prodigiosa transmutación del hombre-mono en hombre-humano.

Es éste uno de los momentos más célebres en la historia del cine, una secuencia portentosa, arrolladora, que ha sido objeto de recreaciones e imitaciones, además del nunca desdeñable elogio de la parodia.

Ya provista del fuego y la herramienta —es decir, de inteligencia— la nueva criatura, fácilmente asimilable a nuestro lejano antepasado Homo habilis, tiene asegurada su supervivencia.

Más aún, utilizará sus nuevas facultades para afirmar su presencia en el mundo, incluso —o principalmente— a expensas de sus propios congéneres.

Tras sentar su predominio sobre la odiada tribu vecina, quedándose con la exclusiva posesión del charco de agua, la triunfante y eufórica criatura celebra su nuevo status, arrojando al cielo su prodigiosa herramienta: un simple fémur de antílope, ahora devenido en temible arma de guerra.

Un súbito cambio de escena toma desprevenido al espectador. Ahora estamos en el espacio exterior, en órbita alrededor de la Tierra, y un millón de años después: el hueso-herramienta ha tomado la forma de un trasbordador espacial. La tecnología de punta del Pleistoceno inferior, magistralmente enlazada a la tecnología de punta del año 2000, desdeñando todos los pasos intermedios. Un salto cuantitativo en definitiva insignificante, si se lo compara con aquel prodigioso salto cualitativo operado un millón de años atrás.

Una sucesión de imágenes de notable belleza, un vals espacial con el Danubio Azul de Johann Strauss (h) como cortina, nos pone rápidamente al tanto del mundo que el triunfante Homo sapiens ha creado a su alrededor.

En las secuencias subsiguientes comprobamos, sin embargo, que las cosas tampoco son sencillas para la atribulada criatura humana del presente. Casi parece estar nuevamente al final de un callejón sin salida.

Aburrido y rutinario, perdido y alienado en la maraña tecnológica que él mismo ha entrelazado, el contraste entre el dinamismo y actividad de las máquinas y el estatismo y pasividad de los humanos, no puede ser mayor.

Las máquinas parecen criaturas vivas. Los humanos, criaturas muertas.

El Homo sapiens, de tan fortuito y conflictivo nacimiento, una vez más languidece sin remedio, incapaz de alumbrar su verdadero potencial. Los soviéticos no confían en los americanos más de lo que éstos confían en aquellos. Todo es tensión y desconfianza.

Para empeorar la situación, un extraño suceso viene a complicar las cosas. Un misterioso objeto ha sido hallado en la Luna.

Se trata de un paralelepípedo negro azabache, de afiladas aristas, perfecto como un diamante. Parece haber sido enterrado en el suelo lunar hace al menos un millón de años.

El Dr. Heywood Floyd, eficientísimo burócrata gubernamental, es enviado a la base lunar en Clavius para hacerse cargo de la situación.

Envuelto en una circunstancia cuyas implicancias finales lo desbordan por completo, Heywood Floyd, confrontado con la inescrutable losa azabache, hace finalmente lo que su imaginación le dicta: nada.

Sólo atina a taparse los oídos y caer a tierra, cuando el enigmático monolito comienza a radiar una señal —casi un aullido— hacia el espacio exterior.

Así, con este poco esperanzador vistazo al presente de la criatura humana, se cierra el primer cuadro del filme.


En el segundo cuadro, titulado Jupiter Mission: Eighteen Months Later (Misión Júpiter: Dieciocho Meses Después), nos encontramos a bordo de la nave Discovery, en viaje hacia los confines del Sistema Solar. Delgada como una libélula, armoniosa como una medusa, la Discovery se desliza silenciosamente por las oscuras aguas del océano sideral.

La etérea melodía del Adagio de la suite del ballet Gayane de Aram Khachaturian potencia este extático momento de inefable belleza.

A bordo de la nave, tres científicos viajan en estado de hibernación. Otros dos tripulantes, los astronautas David Bowman y Frank Poole, son los encargados de custodiar la nave y velar por el buen sueño de sus compañeros.

Y hay un sexto tripulante: HAL-9000. Constituido él mismo en un nuevo Prometeo, el humano ha terminado por dotar a la nave de inteligencia propia. La portentosa supercomputadora es la encargada de mantener en operaciones todo el funcionamiento de la Discovery.

Verdadero protagonista del filme, presencia seductora y ominosa a la vez, el enigmático HAL-9000 es el elemento axial en toda la grandiosa trama de 2001, A Space Odyssey.

La misión parece desarrollarse con total (monótona y rutinaria) normalidad. Hasta que algo inesperado comienza a suceder en lo más recóndito del prodigioso —y aún no del todo comprendido— cerebro electrónico de HAL-9000.

La más encumbrada creación del hombre ha comenzado a evidenciar síntomas inequívocos de psicosis y paranoia.

Convencidos de que el errático comportamiento de la computadora amenaza el cabal cumplimiento de la misión, Bowman y Poole deciden desconectarla.

A partir de allí, HAL-9000 —que jamás ha sido desconectado y apenas puede concebir tan aterradora inmersión en la nada— comienza a luchar por su supervivencia.

Es el hombre contra la máquina —es decir, el hombre contra sí mismo. Y es el futuro de la especie humana lo que está en juego. El viaje de la Discovery se ha constituido, finalmente, en una exacta alegoría de la marcha del "Homo tecnologicus" hacia su incierto futuro.

El trascendental enfrentamiento, definitivo y final, termina segando la vida de Frank Poole y los tres tripulantes en hibernación. Sólo David Bowman consigue burlar los designios de la desquiciada computadora.

Contra la espada y la pared, el robotizado hombre-máquina recupera finalmente su humanidad. Con coraje e imaginación, David Bowman toma una decisión descabellada —lo único que los circuitos lógicos de HAL-9000 no pueden prever—, superando así la fría lógica del supercerebro electrónico.

Ya a salvo, Bowman se dispone ahora a vaciar la memoria del cerebro de HAL-9000, pese a las súplicas de la impredecible máquina pensante.

(Uno no puede evitar sentir pena por la ahora angustiada supercomputadora, durante esta escena perturbadora; habida cuenta que HAL-9000, a su manera —la única que estaba a su alcance— sólo había estado luchando por su supervivencia.)

Así, la azarosa travesía del hombre y la nave Discovery ha terminado costando la vida de cuatro personas. Y la de HAL-9000 (él mismo, al fin, una víctima más).

Con el único superviviente de la Discovery dispuesto a proseguir la misión hasta el final, se cierra el segundo cuadro de la obra.


En el tercer y último cuadro, titulado Jupiter and beyond the Infinite (Júpiter y más allá del infinito), David Bowman —agotado y maltrecho, pero vivo y humano— ha conseguido llevar la inutilizada nave hasta el planeta mayor del Sistema Solar.

Ya es otro hombre, inspirado e iluminado, que observa sin sorpresa la aparición del enigmático monolito, flotando en las inmediaciones del gran planeta de la mancha roja.

Sabe que debe seguirlo; y así lo hace, a bordo de un pequeño módulo espacial. El espacio normal se rasga, y la pequeña nave y su tripulante se sumergen en un vertiginoso viaje por el hiperespacio hacia los confines del universo conocido, observando por vez primera territorios y dominios hasta ahora vedados al ojo humano.

Cuando la fantástica travesía llega a su fin, David Bowman y su vehículo se encuentran en el sitio más inesperado: la elegante suite de un lujoso hotel de la Tierra.

Tal vez lo sea o tal vez no. Pero para un hombre agotado, que ha transcurrido meses a bordo de una fría nave en mitad de la nada, lo familiar y acogedor del entorno es una irresistible invitación a descender (el flagrante paralelismo con el zoólogo que dispone un hábitat adecuado para su criatura en estudio, es de una mordacidad feroz).

La sorpresiva yuxtaposición del módulo espacial, su tripulante con su traje de astronauta, y el suntuoso mobiliario de estilo de la lujosa suite, parece nuevamente extraída del universo plástico de René Magritte. Resulta difícil dudar de que Stanley Kubrick conocía muy bien la obra del gran surrealista belga.

David Bowman, que a esta altura parece haber sobrepasado todos lo límites del asombro, tiene aún un último motivo para sorprenderse.

En un extremo del salón, un terrícola —de ralos cabellos blancos e impecable robe de chambre de satén negro— toma plácidamente su cena. Apenas asombrado, Bowman descubre que se está observando a sí mismo, muchos años después.

El resultado final de esta sucesión de Bowmans de diferentes épocas, cohabitando el mismo lugar (un manejo del tiempo y el espacio totalmente vedado a la comprensión de las aún rudimentarias criaturas de la Tierra), es un desfalleciente anciano, calvo y arrugado, yaciendo en su lecho de muerte.

Al pie de la cama, un enigmático paralelepípedo negro azabache, de afiladas aristas, perfecto como un diamante, se yergue majestuosamente frente al agonizante octogenario

Es el momento de la transmutación final, el punto culminante de un recorrido de un millón de años.

Todo el entorno desaparece, y el hombre-humano se ha convertido en...

Es difícil saberlo. Su apariencia es vagamente asimilable a la de un embrión humano, flotando apaciblemente en su acogedor líquido amniótico. Su cabeza es grande, su mirada serena. Sus brazos son delgados, sus pies parecen demasiado delicados para tomar contacto con el áspero suelo material.

Y su útero no es el vientre materno, sino la inmensidad del espacio estelar, desde donde observa la conflictuada Tierra con pensamientos que escapan totalmente a nuestra comprensión.

¿Es éste el final del recorrido?

Es difícil decirlo.

Baste saber que "2001, A Space Odyssey" es uno de esos filmes a los que siempre es posible —y de hecho, inevitable— encontrar nuevos y más profundos significados, y que uno nunca ha terminado de ver por última vez.


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