ESTIMADO DESCONOCIDO

Carlos López Hernando

España

Estimado desconocido:


Tienes en tus manos una carta dirigida a quien quiera leerla. Tienes en tus manos la posibilidad de cambiar tu vida. Más aún, de cambiar el mundo. Pero sobre todo, y esto es lo que de verdad me interesa, tienes en tus manos la posibilidad de acabar con mi agonía.

Sí, lo sé. No soy más que un desconocido al que ni siquiera has visto. Quizás pienses que esto no es más que una broma. Otra de esas cadenitas inútiles que circulan por aquí y por allá prometiéndote riquezas inconmensurables a cambio de fastidiar a más gente con la dichosa carta y amenazándote con incontables desgracias en caso de no seguir al pie de la letras sus estúpidas instrucciones. Nada más lejos de la realidad. La prueba son los planos adjuntos, que probablemente ya habrás manoseado y contemplado con curiosidad. Pero, por favor, no desvíes tu atención hacia ellos, pues primero me gustaría explicarte de qué va esto exactamente.

Quizás me lleve un tiempo, pero me gustaría dejar claras todas las implicaciones de este trozo de papel que el destino, maldito destino, ha puesto en tu poder. Si te parece que la carta es demasiado larga, es obvio que no eres quien estoy buscando. No pasa nada, déjala donde la has encontrado y continúa tu camino. En caso contrario, puede que la leas y no tengas el valor de llevar a cabo lo que voy a pedirte. Ningún problema, déjala donde estaba.

Pero basta ya retahílas innecesarias, ni siquiera me he presentado y ya me estoy cansando de escribir. Me llamo Jesús Mata Quintana, soy físico y me dedico principalmente a la docencia y a mis experimentos privados. Dichos experimentos y mi afición por el cine me han colocado en mi actual tesitura. Verás... cómo decirlo sin que pienses que soy un perturbado mental... Realmente no se me ocurre la manera, así que seré conciso: Me gusta matar gente. Menuda una revelación ¿eh? Pero no pienses mal de mí, lo que me gusta es el proceso. La muerte puede ser un arte tan delicado como transformar un trozo de roca basta en un discóbolo, unir melodía y letra para componer una canción o simplemente hacer una pajarita de papel. La parte negativa de matar a alguien es que el sujeto en cuestión se muere. Parece una tontería, pero no deja de ser un engorro. Yo no quiero causar perjuicio a nadie, pero en un asesinato eso es algo inevitable. Quizás podría haberme dedicado a matar a enfermos terminales. A esa gente a la que se le niega decidir sobre el momento de su muerte. Hubiera sido algo humanitario, pero no era lo que buscaba.

¿Que qué buscaba? Influenciado por las películas sobre crímenes (debí de ver cientos durante mi adolescencia) siempre he deseado alcanzar ese grado de sutil perfección al que llegan los asesinos en serie. Capaces de convertir una obsesión en una obra de arte. Capaces de hacer que la muerte sea bella. Admito que algo puede no ir bien en sus cerebros para dedicarse a lo que se dedican, pero todos los genios son algo excéntricos. Por supuesto, no los estoy defendiendo. Admiro lo que hacen, pero aunque matar sea un arte exquisito, arrebatarle la vida a alguien no. Y dado que son procesos que van íntimamente unidos, siempre me he sentido frustrado. Yo jamás —me reitero—, jamás le haría daño a una mosca. Pero siempre he soñado con sesgar la carne de un tajo, hundir un cuchillo en la piel de mi víctima mientras escucho sus gritos y dejar el escenario del crimen convertido en un verdadero espectáculo. Sangriento, macabro. Pero a su vez hermoso.

Aunque mis palabras puedan ser semejantes a las de un demente, no lo soy. Siempre he sido capaz de contenerme, un demente daría rienda suelta a sus ansias asesinas. Desde que era un niño he llevado una vida normal, ayudando en la medida de lo posible a mis semejantes. Hasta ayudaba a cortar el césped a la vecina de al lado por unos míseros caramelos de eucalipto. Sin embargo, seguía pensando día a día en mi obsesión. Hasta que se me ocurrió una idea que podría hacer realidad mis sueños y evitar una muerte sin sentido. Me vino en mitad de una lección de física. Tendría unos dieciséis o diecisiete años. Yo no hacía mucho caso en clase, pero aquel día una palabra retumbó en mi cerebro, haciendo que viera un posible paliativo para mi obsesión: relatividad. Efectivamente, se trataba de la más que famosa teoría de la relatividad. Si el tiempo era relativo, quizás pudiera cometer un asesinato y retroceder en el tiempo, con lo que la víctima no estaría muerta. Era una esperanza vana, una idea estúpida, un sueño de adolescente que jamás podría llevarse a cabo. Pero era lo único a lo que podía agarrarme así que decidí al menos intentarlo. Por eso me hice físico.

Supongo que no soy el único que ha intentado vencer al tiempo, vivir épocas pasadas y asistir a los grandes acontecimientos de la historia. Sin embargo, creo que soy el único que ha tenido éxito y estoy seguro de que soy el que ha tenido las motivaciones más extrañas.

Como ya he dicho, tuve éxito. Construí una máquina del tiempo. Dicha máquina ni siquiera debió ser excesivamente grande. Es parecida a un reloj de pulsera digital. Pero ya habrá tiempo para especificaciones técnicas. Lo importante es que tras años de investigación intensiva estaba a un paso de conseguir mi objetivo. A diferencia de lo que ocurre en muchas películas, el aparato que inventé no me teletransporta a otra fecha. No entraré en jerga técnica, pero lo que hace básicamente es crear dos flujos de tiempo relativos, uno personal (flujo interior) y otro para el resto del mundo (flujo exterior). La máquina puede alterar el flujo exterior, acelerándolo o decelerándolo, de forma que el flujo interior permanece estable, evitando que el usuario se vea afectado. Por eso no es recomendable utilizarlo delante de la gente. Ellos tendrían la impresión de que me quedo paralizado por completo durante un largo periodo de tiempo, que me muevo a cámara lenta o al revés, que me he convertido en el campeón mundial de atletismo, dependiendo de los parámetros que se introduzcan en la máquina. Además la energía cinética debida al desfase relativista puede ser enorme, haciendo peligrar mi vida en caso de impactar con algo o alguien, pues un simple toque de una persona normal puede ir acelerado a varios cientos de kilómetros por hora.

Hice un par de viajes de prueba para cerciorarme de que todo marchaba como era debido. Cualquier otro científico hubiera aprovechado para conocer a importantes figuras históricas o para contemplar acontecimientos que hicieron época; pero yo estaba tan deseoso de llevar a cabo mi obra que mis viajes fueron meros experimentos sin otro objetivo que comprobar el buen funcionamiento de la máquina.

Tras las pertinentes pruebas pasé a seleccionar una víctima. No fue tarea fácil. Sentí una especie de miedo escénico. Era el momento que llevaba esperando durante toda mi vida y no se me ocurría cómo empezar. Tenía mil ideas y no tenía ninguna. Era como cuando vas a un examen y tienes toda la información completamente memorizada, pero ésta se te escapa en el momento en el que más la necesitas. Finalmente elegí a una preciosa chica rubia que vi por la calle mientras paseaba pensando en una víctima propicia. Fue como una revelación, simplemente me pareció perfecta para el papel. La seguí hasta su casa y, cuando estaba abriendo la puerta, activé la máquina. Desaceleré enormemente el flujo exterior, de forma que mi movimiento en relación fuera tan rápido que ella no me viera entrar en su casa. Llevé cuidado de no tocarla ni a ella ni a las paredes, pues a la velocidad relativa a la que me movía podría haberla matado o causado estragos en la fachada de su casa.

Vivía sola en un chalet pequeño pero acogedor. Cuatro habitaciones, dormitorio, cocina, cuarto de baño y sala de estar. Rezumaba sencillez pero resultaba muy agradable y acogedor. Exactamente igual que la dueña. Casi me dio pena pensar que iba a matarla. Pero sabía que sería algo efímero, ella volvería a vivir y yo habría cumplido mi sueño. He de reconocer que la simple idea de pensar en clavarle un cuchillo y rociar el suelo con su preciosa sangre me excitó. Seguramente piensas que soy un enfermo, pero si has leído hasta aquí no creo que vayas a parar ahora. ¿Acaso tiene más legitimidad aquel que manda bombardear un país en nombre de la paz? Mi asesinato no tendría consecuencias. Eso es algo de lo que nadie puede presumir.

Esperé una semana. Me conocía su piso de memoria, así como sus horarios y su vida privada. Decidí esperar a la tarde, cuando ella volvía del gimnasio. Iría directa a la ducha. Yo entraría sin ser visto como ya hice el día que decidí que sería mi víctima y esperaría a que estuviera dentro. Entonces me acercaría por detrás, como el asesino de Psicosis y la apuñalaría mientras escuchaba con mi reproductor mp3 la famosa tonadilla de la mítica escena de la ducha. Después arrastraría el cadáver hasta su cama y la dejaría allí postrada, con los dedos de las manos pegados a su frente. Tuve una gran controversia entre cortárselos o pegárselos con los brazos y las manos unidos a ellos. Al final decidí no separarlos del cuerpo. Lo que sí le corté fue los dedos de sus preciosos pies y se los metí en la boca. Añadiría algún corte en el vientre en forma de tribal y pintaría algún mensaje en las paredes con su sangre para terminar de dar color al conjunto.

El plan no fue perfecto, pero yo sabía que no era un profesional y tenía una máquina que me permitía intentarlo de nuevo así que estaba preparado para aceptar el fracaso. La primera vez me vio entrar en el baño. Conseguí clavarle el cuchillo en la garganta tras un forcejeo, pero en el proceso tuve que hacerle alguna que otra herida que le hubiera restado belleza al conjunto final. La segunda vez fue aún peor, pues consiguió debatirse e intentar huir, así que acabé desnucándola contra el lavabo. Digamos que su bello rostro no quedó en muy buen estado, así que hice borrón y cuenta nueva una vez más. La tercera vez todo salió a pedir de boca. Hendí dos veces mi cuchillo en su espalda y contemplé extasiado como moría a mis pies desangrándose poco a poco. El resto fue sencillo. Dispuse la escena del crimen como había planeado y escribí la palabra "Triunfo" en la pared con su sangre. Fue uno de los momentos más felices de mi vida.

Después de unas horas contemplando mi obra y con una extraña pero reconfortante sensación, me dispuse a retroceder en el tiempo y permitir a la mujer continuar con su existencia, ajena a que ya había muerto tres veces. Eso hice y ahí fue cuando empezaron los problemas. Estuve celebrando el éxito, yendo de copas con mis amigos. Sí, los asesinos también tienen amigos. Cuando volvía medio borracho a mi casa, apuré el último botellín de cerveza y lo lancé con fuerza hacia delante con la mala fortuna que una persona dobló la esquina y el botellín impactó contra su cabeza estallando en mil pedazos. Me acerqué corriendo a ver si podía ayudar y se me heló la sangre al descubrir que se trataba de una preciosa mujer rubia cuyo rostro conocía demasiado bien. Estaba muerta.


Ilustración: Endriago

Retrocedí innumerables veces para evitar que tan aciago destino siguiera cerniéndose sobre su persona, pero siempre acababa participando en su muerte de una u otra forma. La forma de morir no siempre fue tan estúpida, pero no cambiaba el hecho. Había dejado una especie de huella en el flujo del tiempo y... siempre la veía morir. La belleza inherente en su muerte desapareció. He intentado que mis palabras parezcan lo más neutrales posible pero ahora mismo las lágrimas bañan mis ojos y dejan su huella en el papel que estás leyendo. Lo peor es que descubrí por qué la maté. Fue porque la amaba... En serio, quise hacerla partícipe de una locura, una locura que me parecía enormemente bella; quería entregarle lo mejor de mí mismo. En ese momento no fui consciente, pero la atracción estaba ahí. Ahora me siento como un miserable. Tras unas cuantas muertes intenté protegerla personalmente y acabé saliendo con ella. Fue algo que nunca me había pasado antes con una mujer, conectamos de una forma increíble. A ella también le gustaban las películas sobre crímenes, pero no fue tan gilipollas como para querer emularlas en la realidad. Dijo que le gustaría ser actriz y actuar en una. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí esa idea cuando era adolescente, pero tuve que atender en clase el día que explicaban la relatividad. Quizás es que al fin y al cabo sí soy un perturbado mental. Por más que lo intenté no pude protegerla y tuve que admitir que no podría luchar contra el destino. Al menos, no solo. A las muertes por botellazo en la cabeza, incendio y atropello se les sumaron rotura del cuello contra el cabecero de la cama en pleno acto sexual, resbalón en la ducha con el consiguiente golpe mortal contra el grifo y algunas más que no quiero relatar.

Poco más hay que contar ya. Soy un hombre destrozado por sus propios sueños. He matado a la que, creo, era la mujer de mi vida, y todo por una estúpida fascinación sublimada durante años y que podría haber permanecido así. No sabes lo duro que es. Es posible que pueda parecerte una patraña. Puede que mi léxico parezca demasiado tranquilo para lo que te estoy contando. Pero la he visto morir tantas veces que una dolorosa calma inunda mi ser. Hasta me estoy volviendo poético como constato al releer algunas de mis líneas.

Ahora ya estás preparado para leer lo que quiero que hagas. Junto con esta carta están los planos de mi invento. Los he simplificado bastante para que casi cualquier persona con una educación mínima sea capaz de reproducirlo sin necesidad de comprender la ciencia que hay detrás. Si no lo consigues, por favor actúa como si no te hubieras atrevido a leer la carta, es decir, dejándola donde estaba. Mi plan es que la utilices para evitar que yo la invente. O para persuadirme de intentar acometer mis peregrinas ideas. O, si todo lo demás falla, para quitarme mi vida antes de que yo tenga oportunidad de matar. A cambio, tienes el poder de viajar en el tiempo a tu antojo. Lleva cuidado, no es un poder para tomárselo a la ligera. Ya has visto lo que puede suceder. Además de los cambios con posibilidad de desviar el rumbo de la historia, tienes que tener en cuenta que puedes dejar huellas en el futuro, como yo lo hice con la muerte de mi amada víctima. Recuerda siempre los peligros de una energía cinética superacelerada, una simple piedra podría reventarte la cabeza. Por lo demás, utiliza tu sentido común.

Recurro a ti, estimado desconocido, porque no me conoces. No dejarás de dirigirme la palabra porque nunca lo has hecho y, puesto que no me conoces, no te importará matarme si fuera la única posibilidad de salvar a mi amada.

He previsto un último inconveniente. No sé cómo funciona exactamente lo de dejar huellas en el tiempo, sólo que acaban quedando allí. Quizás con la entrega de esta carta haya creado otra. Si eso ocurriera, no podrás evitar que escriba esta carta. Eso significa que tampoco podrás evitar que mate a mi amor, ni que invente la máquina. Si eso ocurriera, nada de esto tendrá sentido, pero al menos alguien, espero más responsable que yo, podrá disfrutar de mi invento y darle un buen uso. Yo, por mi parte, iría a reunirme con ella para explicarle lo que hice, si es que hay algo más allá de esta absurda existencia, y pedirle perdón. No habrá belleza en mi suicidio.

Eso es todo. Gracias por leer mi penosa historia y gracias por lo que vas a hacer.


Atentamente:

Jesús Mata Quintana



Carlos L. Hernando nació un día en extremo caluroso del verano del 86 en una muy calurosa ciudad de Madrid. Desde pequeño desarrolló un gusto especial por la vaguería y el arte de no hacer nada. Aún así logró sobrevivir a la adolescencia, a pesar de que algunos opinan que mentalmente todavía se encuentra en ella. El autor lo niega rotundamente; según él aún no ha llegado. A pesar de que escribir siempre fue una de sus grandes aficiones, sus ya mencionadas habilidades para mantenerse inactivo durante largos periodos de tiempo condenaron al letargo sus latentes posibilidades como literato. No fue hasta el año 2006 cuando consiguió ganarle el pulso a su propia indisciplina y comenzó a escribir más o menos regularmente. Gracias a eso publicó en algunas antologías como Tierra de Leyendas V y el Especial Asimov, así como en varios ezines. Lamentablemente, el fantasma de la vaguería ha vuelto a perseguirle recientemente, convirtiendo todo esfuerzo literario en una batalla. Pero él no se rinde.


Este cuento se vincula temáticamente con "TIEMPO (DE) REVELADO", de Fabio Andrés Ferreras y Raquel Froilán García (157), "EL VIAJERO", de José Luis Zárate Herrera (160) y "RESPONSABILIDAD", de José Vicente Ortuño (152)


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Viaje en el tiempo : Asesinato : España : Español).

            

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