EL RELOJ QUE MARCHABA HACIA ATRÁS

(Cuento clásico)

Edward Page Mitchell

EEUU

1

Había una hilera de álamos lombardos frente a la casa de mi tía abuela Gertrude, a orillas del río Sheepscot. En su apariencia personal, mi tía se parecía sorprendentemente a aquellos árboles. Tenía el mismo aspecto de anemia incurable que los distingue de otros, más vitales. Ella era alta, de perfil severo, y muy delgada. Sus ropas colgaban. Estoy seguro de que si los dioses hubieran querido imponerle el destino de Dafne, hubiese ocupado con facilidad y naturalmente un lugar en la hilera, tan melancólica como los restantes álamos.

Algunos de mis más tempanos recuerdos proceden de esta venerable pariente. Tanto viva como muerta, tuvo un rol importante en los acontecimientos que estoy por relatar, acontecimientos que, creo, no tienen paralelo en la experiencia de la Humanidad.

Durante nuestras periódicas visitas de cortesía a tía Gertrude en Maine, mi primo Harry y yo acostumbrábamos a especular sobre su edad. ¿Tendría sesenta años o sesenta elevado a la sexta potencia? No teníamos información precisa; podía ser cualquiera de las dos cosas. La vieja dama estaba rodeada de cosas antiguas. Parecía vivir totalmente en el pasado. En sus breves medias horas en que era comunicativa, cuando llegaba a su segunda taza de té, o en la plaza donde los álamos proyectaban su escasa sombra hacia el este, solía contarnos historias de sus supuestos antepasados. Digo #supuestos# porque nunca llegamos a creer del todo que tuviera antepasados.

La genealogía es una cosa estúpida. Aquí tenemos a tía Gertrude reducida a su forma más simple:

Su tatarabuela (1599-1642) era una holandesa que se casó con un refugiado puritano y navegó de Leiden hasta Plymouth en el buque Ann en el año 1632 de Nuestro Señor. Esa madre viajera tuvo una hija, bisabuela de tía Gertrude (1640-1718). Ella vino al distrito oriental de Massachusetts a principios del siglo pasado y fue muerta por los indios en la guerra de Penobscot. Su hija (1680-1776) vivió hasta ver esas colonias libres e independientes, y contribuyó a la población de la futura república con no menos de diecinueve robustos hijos y encantadoras hijas. Una de estas últimas niñas (1735-1802) se casó con un capitán de barco de Wiscasset que se dedicaba al comercio con las Indias Occidentales, con quien se embarcó. Naufragó dos veces... una en lo que hoy es la isla Seguin y la otra en San Salvador. Tía Gertrude nació en San Salvador.

Muy pronto empezamos a cansarnos de oír esa historia familiar. Quizá fue la constante repetición y la despiadada insistencia con que esos datos fueron martilleados en nuestros jóvenes oídos lo que alimentó nuestro escepticismo. Como he dicho, tomábamos muy poco en cuenta a los antepasados de tía Gertrude. Parecían altamente improbables. Nuestra opinión particular era que las tatarabuelas y las bisabuelas y todo lo demás eran puro mito, y que la propia tía Gertrude era la principal protagonista de todas las aventuras atribuidas a ellas, permaneciendo con vida siglo tras siglo mientras las generaciones de contemporáneos seguían el camino que sigue todo lo que es de carne.

En el primer rellano de la cuadrada escalera de su mansión había un alto reloj holandés. La caja tenía más de dos metros de alto, y era de una madera color rojo oscuro, pero no caoba, que estaba curiosamente taraceada con plata. No era una pieza vulgar. Hace cosa de un siglo se hizo famoso en la ciudad de Brunswick un relojero llamado Cary, un industrioso y consumado artesano. Eran pocas las casas acomodadas de aquella parte de la costa que no poseían un reloj Cary. Pero el reloj de tía Gertrude había marcado las horas y los minutos dos siglos antes de que naciera el artesano de Brunswick. Funcionaba ya cuando Guillermo el Taciturno rompió los diques para salvar Leiden. El nombre de su fabricante, Jan Lipperdam, y la fecha, 1572, aún resultan legibles en negras letras mayúsculas y números que casi cruzan la esfera. Las obras maestras de Cary son plebeyas y recientes al lado de este antiguo aristócrata. La alegre luna holandesa, destinada a exhibir sus fases sobre un paisaje de molinos de viento y pólders, estaba diestramente pintada. Una hábil mano había tallado el sombrío adorno de la parte superior, una cabeza de muerto traspasada por una espada de doble filo. Como todos los relojes del siglo XVI, carecía de péndulo. Un simple escape Van Wyck gobernaba el descenso de las pesas hasta el fondo de la alta caja.

Pero esas pesas nunca se movían. Año tras año, cuando Harry y yo regresábamos a Maine, descubríamos las manecillas del viejo reloj señalando las tres y cuarto, como las señalaban cuando lo habíamos visto por primera vez. La gorda luna colgaba perpetuamente en los tres cuartos de su creciente, tan inmóvil como la cabeza de muerto que tenía encima. Había un misterio en el acallado movimiento y las paralizadas manecillas. Tía Gertrude nos dijo que el mecanismo había dejado de funcionar cuando un rayo había penetrado en el reloj; y nos mostró un negro agujero en el costado de la caja, cerca de la parte superior, con una bostezante grieta que se extendía hacia abajo varios centímetros. Esta explicación no nos dejó satisfechos. Como tampoco lo hizo la firmeza de su negativa cuando le propusimos llevarlo al relojero del pueblo, ni su singular agitación cuando una vez descubrió a Harry subido a una escalera de mano y con una llave que había pedido prestada en su mano, a punto de comprobar por sí mismo la suspendida vitalidad del reloj.

Una noche de agosto, cuando ya habíamos dejado atrás la infancia, fui despertado por un ruido en el pasillo. Desperté a mi primo.

—Hay alguien en la casa —le susurré.

Nos deslizamos fuera de nuestra habitación en dirección a la escalera. Nos llegaba una débil luz desde abajo. Contuvimos la respiración y descendimos sin hacer ruido hasta el segundo rellano. Harry aferró mi brazo. Señaló hacia abajo por encima del pasamano, empujándome al mismo tiempo hacia atrás, hacia las sombras.

Vimos algo extraño.

Tía Gertrude estaba de pie sobre una silla frente al viejo reloj, tan espectral en su camisón blanco y su gorro de dormir también blanco como uno de los álamos cubierto por la nieve. El suelo crujió apenas bajo nuestros pies. Ella se volvió con un movimiento repentino, mirando intensamente a la oscuridad y alzando una vela en dirección a nosotros, de tal modo que la luz le dio de lleno en su pálido rostro. Parecía muchos años más vieja que cuando había venido a darnos las buenas noches. Durante unos minutos no se movió, excepto el tembloroso brazo que sujetaba en alto la vela. Luego, evidentemente tranquilizada, depositó la luz en un estante y se volvió de nuevo hacia el reloj.

Vimos entonces que la vieja dama tomaba una llave de detrás de la esfera y procedía a subir las pesas. Podíamos oír su respiración, rápida y entrecortada. Apoyó una mano en cada lado de la caja y acercó su rostro a la esfera, como si la sometiera a un ansioso escrutinio. Permaneció en esa posición durante largo rato. Oímos su profundo suspiro de alivio, y medio se volvió hacia nosotros por un momento. Nunca olvidaré la expresión de salvaje alegría que transfiguraba sus rasgos.


Ilustración: Valeria Uccelli

Las manecillas del reloj se estaban moviendo; estaban moviéndose hacia atrás. Tía Gertrude rodeó el reloj con ambas manos y apretó su arrugada mejilla contra él. Lo besó repetidamente. Lo acarició de un centenar de formas diferentes, como si fuera una cosa viva y querida. Le hizo mimos y habló con él, utilizando palabras que podíamos oír pero que no podíamos comprender. Las manecillas siguieron moviéndose hacia atrás.

Luego retrocedió, lanzando un repentino grito. El reloj se había parado. Vimos su alto cuerpo tambalearse por un instante sobre la silla. Abrió los brazos en un convulsivo gesto de terror y desesperación, devolvió las manecillas a su antigua posición de las tres y cuarto, y cayó pesadamente al suelo.


2

Tía Gertrude me dejó todo su dinero, acciones y propiedades, y a Harry el reloj. Por aquel entonces pensamos que era un reparto muy desigual, sorprendente sobre todo porque mi primo había parecido ser siempre su preferido. Medio en serio, efectuamos un meticuloso examen del antiguo reloj, haciendo resonar su caja de madera en busca de compartimentos secretos, y comprobando también la no muy complicada maquinaria con una aguja de media para asegurarnos de que nuestra extravagante tía no había ocultado allí algún codicilo u otro documento que cambiara el aspecto del asunto. No descubrimos nada.

Había una cláusula testamentaria referente a nuestra educación en la Universidad de Leiden. Abandonamos la escuela militar en la que habíamos aprendido un poco de teoría de la guerra y mucho del arte de permanecer firmes con la barriga hundida y el pecho salido, y nos embarcamos rápidamente. El reloj vino con nosotros. A los pocos meses estaba establecido en una habitación en la esquina de la Breede Straat.

La obra del ingenio de Jan Lipperdam, aunque devuelta a su ambiente nativo, siguió marcando las tres y cuarto con su vieja fidelidad. El autor del reloj llevaba unos trescientos años bajo tierra. Los talentos combinados de sus sucesores en el oficio en Leiden no consiguieron hacerlo funcionar ni hacia adelante ni hacia atrás.

Rápidamente, aprendimos el suficiente holandés como para hacernos entender por la gente, los profesores y aquellos de entre nuestros ochocientos y pico compañeros con los que entablamos relaciones. Este idioma, que parece tan difícil al principio, es tan sólo una especie de inglés polarizado. Desconcierta un poco, y luego salta a tu comprensión como uno de esos jeroglíficos sencillos hechos uniendo todas las palabras de una frase y luego dividiéndolas por lugares equivocados.

Dominado el lenguaje y desaparecida la novedad de nuestro entorno, nos dedicamos a otras actividades tolerablemente regulares. Harry se abocó con una cierta asiduidad al estudio de la sociología, con especial referencia a las muchachas de cara redonda y no excesivamente ariscas de Leiden. Yo me incliné hacia la alta metafísica.

Aparte de nuestros respectivos estudios, poseíamos un terreno común de inagotable interés. Para nuestra sorpresa, descubrimos que ni uno de cada veinte miembros de la facultad o estudiantes conocían ni les importaba un comino la gloriosa historia de la ciudad, y ni siquiera las circunstancias bajo las cuales había sido fundada la propia universidad por el príncipe de Orange. En notable contraste con la indiferencia general estaba el entusiasmo del profesor Van Stopp, el guía que yo había elegido para que me ayudara a cruzar las nebulosidades de la filosofía especulativa.

Este distinguido hegeliano era un hombrecillo viejo y reseco como el tabaco, con un perenne gorro sobre unos rasgos que me recordaban extrañamente a los de tía Gertrude. Si hubiera sido su hermano, el parecido facial no habría podido ser mayor. Se lo dije en una ocasión, mientras estábamos juntos en el Stadthuis, contemplando el retrato del héroe del asedio, el burgomaestre Van der Werf. El profesor se echó a reír.

—Le mostraré que hay una coincidencia aún más extraordinaria —dijo.

Y conduciéndome a través de la sala hasta la gran pintura que representaba el asedio, obra de Wanners, señaló a la figura de un ciudadano que participaba en la defensa. Era cierto. Van Stopp podría haber sido el hijo de aquel ciudadano; el ciudadano podría haber sido el padre de tía Gertrude.

El profesor pareció tomarnos afecto. A menudo acudía a nuestras habitaciones en la vieja casa de la Rapenburg Straat, una de las pocas casas que quedaban anteriores a 1574.

Paseaba con nosotros a través de los hermosos suburbios de la ciudad, por rectas calles flanqueadas de álamos que llevaban nuestra imaginación de vuelta a la orilla del Sheepscott. Nos llevó a la cima de la torre romana en ruinas en el centro de la ciudad y, desde las mismas almenas desde las cuales ansiosos ojos habían contemplado tres siglos atrás el lento avance de la armada del almirante Boisot sobre los sumergidos pólders, señaló hacia el gran dique del Landscheiding, que fue cortado a fin de que el océano permitiera a los zelandeses de Boisot reunir a los aliados y alimentar a los hambrientos. Nos mostró el cuartel general del español Valdez en Leiderdorp, y nos dijo cómo el cielo había enviado un violento viento del nordeste durante la noche del primero de octubre, amontonando las aguas profundas allí donde antes habían sido someras y barriendo la armada entre Zoeterwoude y Zwieten contra los muros de la fortaleza en Lammen, último bastión de los sitiadores y último obstáculo en el camino para socorrer a los hambrientos habitantes.

Luego nos mostró dónde, en plena noche, antes de la retirada del ejército sitiador, se había producido una brecha en el muro de Leiden, cerca de la Puerta de las Vacas, abierta por los valones de Lammen.

—¡Toma! —exclamó Harry, inflamado por la elocuencia de la narrativa del profesor—, ése fue el momento decisivo del asedio.

El profesor no dijo nada. Permaneció inmóvil con los brazos cruzados, mirando intensamente a los ojos de mi primo.

—Porque si ese punto no hubiera estado vigilado —continuó Harry—, o hubiera fallado la defensa y la brecha producida por el asalto nocturno de Lammen se hubiera visto coronada por el éxito, la ciudad habría sido incendiada y la gente masacrada ante los ojos del almirante Boisot y la flota de auxilio. ¿Quién defendía la brecha?

Van Stopp respondió muy lentamente, como si sopesara cada palabra:

—La historia registra la explosión de la mina bajo el muro de la ciudad en la última noche del asedio; no cuenta la historia de la defensa ni da el nombre del defensor. Pero ningún hombre ha tenido en su vida una responsabilidad tan tremenda como la misión encargada a ese héroe desconocido. ¿Fue el azar el que lo llevó a enfrentarse a tan inesperado peligro? Consideren algunas de las consecuencias si hubiera fracasado. La caída de Leiden habría destruido las últimas esperanzas del príncipe de Orange y de los estados libres. La tiranía de Felipe habría sido restablecida. El nacimiento de la libertad religiosa y del autogobierno del pueblo habría sido pospuesto, ¿quién sabe por cuántos siglos? ¿Quién sabe si habría existido o habría podido existir la república de los Estados Unidos de América si los Países Bajos no hubieran estado unidos? Nuestra universidad, que ha dado al mundo personalidades como Grotius, Escalígero, Arminius y Descartes, fue fundada gracias al éxito de la defensa de la brecha por parte de ese héroe. Le debemos nuestra presencia aquí hoy. Más aún, le deben ustedes su propia existencia.

Sus antepasados eran de Leiden: esa noche él se interpuso entre sus vidas y los carniceros que aguardaban fuera de las murallas.

El pequeño profesor pareció crecer ante nosotros, un gigante de entusiasmo y patriotismo. Los ojos de Harry brillaron y sus mejillas enrojecieron.

—Vamos a casa, muchachos —dijo Van Stopp—, y demos gracias a Dios de que, mientras los ciudadanos de Leiden tendían sus miradas hacia Zoeterwoude y la flota, había un par de ojos vigilantes y un corazón intrépido en la muralla de la ciudad, precisamente al otro lado de la Puerta de las Vacas.


3

La lluvia golpeaba contra las ventanas un atardecer de otoño en nuestro tercer año en Leiden, cuando el profesor Van Stopp nos honró con su visita en la Breede Straat. Nunca había visto al viejo caballero de aquel talante. Hablaba sin cesar. Los chismorreos de la ciudad, las noticias de Europa, ciencia, poesía, filosofía, tocó todos los temas sucesivamente, y los trató con el mismo sentido del humor. Intenté llevar la conversación al tema de Hegel, con cuyos capítulos sobre la complejidad e interdependencia de las cosas estaba encarando yo por aquel entonces.

—¿No comprende usted el regreso del Uno Mismo al Uno Mismo a través del Otro? —dijo sonriendo—. Bueno, algún día lo comprenderá.

Harry permanecía silencioso y preocupado. Su taciturnidad afectó gradualmente incluso al profesor. La conversación languideció, y permanecimos largo rato sentados sin pronunciar palabra.

De tanto en tanto nos llegaba el resplandor de un relámpago seguido por un distante trueno.

—Su reloj no funciona —observó de pronto el profesor—. ¿Ha funcionado alguna vez?

—Nunca desde que podamos recordar —respondí—. Es decir, sólo una vez, y entonces marchó hacia atrás. Fue cuando tía Gertrude...

En aquel momento capté una mirada de advertencia de Harry.

Me eché a reír y tartamudeé:

—El reloj es viejo e inservible. No hay forma de ponerlo en marcha.

—¿Sólo hacia atrás? —dijo el profesor, calmadamente y sin darse cuenta al parecer de mi azoramiento—. Bueno, ¿y por qué un reloj no debe marchar hacia atrás? ¿Por qué el propio tiempo no puede ir hacia atrás y retrasar su curso? —Pareció estar aguardando una respuesta. Yo no tenía ninguna que darle.

—Pensé que era usted lo suficientemente hegeliano como para admitir que toda condición incluye su propia contradicción —prosiguió—. El tiempo es una condición, no un elemento esencial. Observado desde el absoluto, la secuencia por la cual el futuro sigue al presente y el presente sigue al pasado es puramente arbitraria. Ayer, hoy, mañana; no hay ninguna razón en la naturaleza de las cosas por la cual el orden no deba ser: mañana, hoy, ayer.

El brusco fragor de un trueno interrumpió las especulaciones del profesor.

—El día se forma por la revolución del planeta sobre su eje de oeste a este. Imagino que puede concebir usted condiciones bajo las cuales pueda girar de este a oeste, desenrollando, por decirlo así, las revoluciones de las eras pasadas. ¿Es mucho más difícil imaginar al tiempo desenrollándose por sí mismo: el tiempo en el reflujo en vez de en el flujo; el pasado desplegándose mientras el futuro retrocede; los siglos yendo a contramarcha; el curso de los acontecimientos procediendo hacia el principio y no, como ahora, hacia el fin?

—Pero —intervine yo— sabemos que, en lo que a nosotros respecta...

—¡Sabemos! —exclamó Van Stopp, con creciente desdén—. Su inteligencia no tiene alas. Sigue usted las huellas de Comte y su asquerosa progenie de ramplones y rastreros. Habla con una sorprendente seguridad de su posición en el universo. Parece creer que su pequeña y miserable individualidad tiene clavados firmemente sus pies en el absoluto. Y sin embargo, se va a la cama por la noche y sueña, trayendo a la existencia a hombres, mujeres, niños, animales del pasado o del futuro. ¿Cómo sabe usted que en este preciso momento su yo, con toda su presunción del pensamiento del siglo XIX, es algo más que una criatura de un sueño de futuro, soñada, permítame decírselo, por algún filósofo del siglo XVI? ¿Cómo sabe que es algo más que una criatura de un sueño de pasado, soñada por algún hegeliano del siglo XXVI? ¿Cómo sabe usted, muchacho, que no se desvanecerá en el siglo XVI o en el año 2060 en el momento en que el durmiente despierte? —No había respuesta a esto, pues sonaba metafísico. Harry bostezó. Yo me levanté y me dirigí a la ventana. El profesor Van Stopp se acercó al reloj.

—Ah, hijos míos —dijo—, no hay un avance fijo del progreso humano. Pasado, presente y futuro están entretejidos en una malla inextricable. ¿Quién puede decir que este viejo reloj no funciona correctamente marchando hacia atrás?

El retumbar de un trueno sacudió la casa. La tormenta estaba sobre nuestras cabezas. Cuando el deslumbrante resplandor hubo pasado, el profesor Van Stopp estaba de pie sobre una silla ante el alto reloj. Su rostro se parecía más que nunca al de tía Gertrude. Permanecía inmóvil allí donde ella había permanecido también inmóvil en aquel último cuarto de hora, cuando la vimos dar cuerda al reloj.

El mismo pensamiento nos golpeó a Harry y a mí.

—¡Espere! —gritamos, mientras empezaba a darle cuerda al reloj—. Puede representar la muerte si usted...

Los pálidos rasgos del profesor resplandecieron con el mismo extraño entusiasmo que había transformado a tía Gertrude.

—Cierto —dijo—, puede representar la muerte; pero puede representar el despertar. Pasado, presente, futuro, ¡todos entretejidos! La lanzadera efectúa su movimiento de vaivén, hacia delante y hacia atrás...

Le había dado cuerda al reloj. Las manecillas estaban girando a toda velocidad en torno a la esfera, de derecha a izquierda, con una inconcebible rapidez. Nosotros mismos tuvimos la impresión de sentirnos arrastrados por aquel girar. Eternidades parecieron contraerse en minutos, mientras vidas enteras eran desechadas a cada tic-tac. Van Stopp, con los brazos extendidos, se tambaleaba en su silla. La casa se estremeció de nuevo bajo el tremendo resonar de un trueno. En aquel mismo instante una bola de fuego, dejando un rastro de vapor sulfuroso y llenando la habitación con una deslumbrante luz, pasó por encima de nuestras cabezas y golpeó el reloj.

Van Stopp estaba tendido en el suelo. Las manecillas dejaron de girar.


4

El rugir del trueno sonaba como un intenso cañoneo. El resplandor del relámpago parecía la constante luz de una conflagración. Cubriéndonos los oídos con las manos, Harry y yo nos precipitamos hacia la noche.

Bajo un cielo rojo, la gente corría hacia el Stadthius. Las llamas en dirección a la torre romana nos decían que el corazón de la ciudad ardía. Los rostros de aquellos a quienes vimos eran macilentos y extenuados. Por todos lados captamos retazos de frases de queja o desesperación. «Carne de caballo a diez schillings la libra —decía uno—, y pan a dieciséis schillings.» «¡Pan, no me diga! —replicó una mujer vieja—. Hace ocho semanas que vi el último mendrugo.» «Mi nietecito, el inválido, murió la noche pasada.» «¿Sabe lo que hizo Gekke Betje, la lavandera? Estaba muriéndose de hambre. Su bebé murió, y ella y su hombre...» El sordo retumbar de un cañón cortó en seco su revelación. Nos abrimos camino hacia la ciudadela, pasando a algunos soldados aquí y allá, y a muchos ciudadanos con ceñudos rostros bajo sus sombreros de fieltro de ala ancha.

—Hay montones de pan allí donde está la pólvora, y el perdón absoluto también. Valdez lanzó otro indulto por encima de las murallas esta mañana.

Una excitada multitud rodeó inmediatamente al que estaba hablando.

—Pero; ¿y la flota? —gritaron.

—La flota está varada en el pólder del Camino Verde. Boisot puede dirigir su único ojo hacia el mar esperando el viento hasta que el hambre y la peste se hayan llevado a todos nuestros hijos, y su barcaza no tiene cerca ninguna cuerda lo suficientemente larga. Morir por la peste, morir por el hambre, morir por el fuego y las descargas de fusilería..., eso es lo que nos ofrece el burgomaestre a cambio de la gloria para él y el reino de Orange.

—Nos ha pedido que resistamos tan solo veinticuatro horas más —dijo un robusto ciudadano—, y que roguemos mientras tanto para que venga viento del mar.

—¡Oh, sí! —se burló el primero que había hablado—. Rogad. Hay pan de sobra encerrado en la bodega de Pieter Adiaanszoon van der Werf. Os aseguro que eso es lo que le proporciona un estómago tan maravillosamente orondo como para resistir al Más Católico de los Reyes.

Una muchacha con el rubio cabello trenzado se abrió camino a través de la multitud y se enfrentó al descontento.

—Buena gente —dijo—, no le escuchéis. Es un traidor con el corazón español. Soy la hija de Pieter. No tenemos pan. Comimos galletas de malta y semillas de colza como el resto de vosotros hasta que se terminaron. Luego arrancamos las hojas verdes de los tilos y sauces de nuestro jardín y las comimos. Hemos comido incluso los cardos y la maleza que crecen entre las piedras junto al canal. El cobarde miente.

Sin embargo, la insinuación había causado su efecto. El grupo de gente, ahora convertido en multitud, se lanzó en dirección a la casa del burgomaestre. Un rufián alzó su mano para apartar a la muchacha de su camino con un golpe. En un abrir y cerrar de ojos el canalla estaba bajo los pies de sus compañeros, y Harry, jadeando y echando chispas se detenía junto a la doncella, gritando su desafío en buen inglés a las espaldas de la muchedumbre que se alejaba rápidamente.

Con suma franqueza, la muchacha echó los brazos en torno al cuello de Harry y le besó.

—Gracias —dijo—. Es usted un hombre de corazón. Mi nombre es Gertruyd van der Werf.

Harry rebuscó en su vocabulario para hallar las palabras adecuadas en holandés, pero la muchacha no estaba para cumplidos.

—Pretenden hacerle daño a mi padre —dijo, y nos urgió a que la siguiéramos a través de varias calles extremadamente estrechas hasta un mercadillo triangular dominado por una iglesia con dos torres.

—Aquí es —exclamó—, en las escalinatas de San Pancracio.

Había un tumulto en la plaza del mercado. La conflagración tenía lugar más allá de la iglesia, y las voces de los españoles y los cañones valones fuera de las murallas eran menos airadas que el rugir de aquella multitud de hombres desesperados clamando por el pan que una simple palabra de los labios de su líder podría proporcionarles.

—¡Rendíos al rey! —le gritaban—, ¡o enviaremos vuestro cadáver a Lammen como señal de la rendición de Leiden!

Un hombre alto, más de media cabeza más alto que cualquiera de los ciudadanos que se enfrentaban a él, y tan moreno que nos preguntábamos cómo podía ser el padre de Gertruyd, oyó la amenaza en silencio. Cuando el burgomaestre habló, la multitud escuchó a su pesar.

—¿Qué es lo que pedís, amigos? ¿Que rompamos nuestra promesa y rindamos Leiden a los españoles? Eso nos conduciría a un destino mucho más horrible que morir de hambre. ¡Tengo que mantener mi juramento! Matadme si queréis. Yo sólo puedo morir una vez, ya sea a vuestras manos, a las del enemigo, o a manos de Dios. Pero os dejaré morir de hambre si es necesario, recibiendo con alborozo la inanición porque viene antes que el deshonor. Vuestras amenazas no me moverán. Mi vida está a vuestra disposición. Aquí está, tomad mi espada, clavadla en mi pecho, y descuartizad mi carne y repartidla entre vosotros para apaciguar vuestra hambre. Mientras siga con vida no pienso rendirme.

Hubo un nuevo silencio, mientras la multitud se agitaba. Luego hubo murmullos a nuestro alrededor. Fueron dominados por la clara voz de la muchacha, cuya mano Harry mantenía todavía sujeta... innecesariamente, me pareció.

—¿No sentís el viento que viene del mar? Por fin ha llegado. ¡A la torre! ¡Y el primer hombre que llegue allí verá a la luz de la luna las blancas velas desplegadas de las naves del príncipe!

Durante varias horas recorrí las calles de la ciudad, buscando en vano a mi primo y a su compañera; el repentino movimiento de la multitud hacia la torre romana nos había separado. Por todos lados vi evidencias del terrible castigo que había conducido a aquella gente intrépida al límite de la desesperación. Un hombre de ojos hambrientos perseguía a una flaca rata por la orilla del canal. Una joven madre, con dos bebés muertos en sus brazos, permanecía sentada junto a una puerta, mientras esperaba a que le trajeran los cuerpos de su marido y de su padre, muertos en las murallas. En mitad de una calle desierta pasé junto a un montón de cadáveres insepultos dos veces más alto que mi cabeza. La peste se había adueñado del lugar..., más benévola que los españoles, puesto que no arrastraba consigo traidoras promesas mientras asestaba sus golpes.

Hacia la madrugada el viento se convirtió en ventarrón. Nadie durmió en Leiden, nadie habló ya de rendirse, nadie pensó en preocuparse de la defensa. Estas palabras estaban en los labios de todos aquellos con los que me cruzaba: «¡La luz del día traerá a la flota!».

¿Trajo la luz del día a la flota? La historia dice que sí, pero yo no fui testigo de ello. Solo sé que antes del amanecer el fuerte viento culminó en una violenta tronada, y que al mismo tiempo una ahogada explosión, más fuerte que el trueno, sacudió la ciudad. Yo estaba entre la multitud que observaba desde la loma romana en busca de los primeros signos de la proximidad de los socorros. La confusión borró la esperanza de todos los rostros.

«¡Sus minas han alcanzado la muralla!» ¿Pero dónde? Me apresuré hasta que encontré al burgomaestre, que estaba de pie con los demás.

—¡Rápido! —le susurré—. Es más allá de la Puerta de las Vacas, de este lado de la Torre de Burgundy.

Me echó una mirada interrogativa, y entonces echó a andar a grandes zancadas, sin hacer ningún intento de apaciguar el pánico general. Le seguí pisándole los talones.

Había una distancia de casi un kilómetro hasta la muralla en cuestión. Cuando alcanzamos la Puerta de las Vacas esto fue lo que vimos:

Una enorme brecha, allí donde había estado la muralla, abriéndose a los pantanosos campos de más allá; en el foso, abajo y por la parte de fuera, una confusión de trastornados rostros, pertenecientes a los hombres que forcejeaban como demonios para rematar la brecha, y que habían ganado unos pocos pies y ahora se veían obligados a retroceder; sobre la destrozada muralla, un puñado de soldados y ciudadanos formando una muralla viviente allí donde la mampostería había cedido; un número aún mayor de mujeres, entregando piedras a los defensores e hirviendo agua en calderos, junto con brea y aceite y cal viva, y algunas de ellas lanzando garfios ardientes y embreados sobre los cuellos de los españoles en el foso; mi primo Harry mandaba y dirigía a los hombres; la hija del burgomaestre, Gertruyd, animaba e inspiraba a las mujeres.

Pero lo que atrajo mi atención mucho más que cualquier otra cosa fue la frenética actividad de un hombrecillo vestido de negro que, con un enorme cazo, estaba echando plomo fundido sobre las cabezas del grupo asaltante. Cuando se volvió hacia la fogata y metió el cazo en la marmita, sus rasgos quedaron enteramente a la luz. Lancé un grito de sorpresa: el hombre del cazo de plomo fundido era el profesor Van Stopp. El burgomaestre Van der Werf se volvió hacia mí al oír mi brusca exclamación.

—¿Quién es el hombre del cazo? —dije.

—Ése es el hermano de mi esposa —respondió Van der Werf—, el relojero Jan Lipperdam.

El asunto en la brecha había terminado antes casi de que tuviéramos tiempo de darnos cuenta de la situación. Los españoles, que habían derribado la muralla de ladrillos y piedras, se toparon con una muralla viviente impenetrable. Ni siquiera pudieron mantener su posición en el foso; fueron arrojados a la oscuridad. Entonces sentí un agudo dolor en mi brazo izquierdo. Alguna bala perdida debía de haberme alcanzado mientras observaba la lucha.

—¿Quién ha conseguido esto? —preguntó el burgomaestre—. ¿Quién es el que ha mantenido la vigilancia sobre el hoy mientras todos los demás estábamos con nuestros estúpidos ojos clavados en el mañana?

Gertruyd van der Werf avanzó orgullosamente, llevando a mi primo de la mano.

—Padre mío —dijo la muchacha—, él ha salvado mi vida.

—Eso es mucho para mí —dijo el burgomaestre—, pero no es todo. Ha salvado Leiden y ha salvado a Holanda.

Empecé a sentirme aturdido. Los rostros a mi alrededor se hicieron irreales. ¿Por qué estábamos nosotros con esta gente? ¿Por qué el trueno y el relámpago seguían sin cesar?

¿Por qué el relojero Jan Lipperdam, se volvía siempre hacia mí con el rostro del profesor Van Stopp?

—¡Harry! —dije—, volvamos a nuestras habitaciones. Pero aunque sujetó cálidamente mi mano, su otra mano seguía sujetando la de la muchacha, y no se movió. Entonces las náuseas me vencieron. Mi cabeza flotó, y la brecha y sus defensores desaparecieron de mi vista.


5

Tres días más tarde estaba sentado, con un brazo vendado, en mi sillón habitual en la sala de lectura de Van Stopp. El asiento junto al mío estaba vacío.

—Hemos oído hablar mucho de la influencia del siglo XVI sobre el XIX —dijo el profesor hegeliano, leyendo en su bloc de notas con su habitual tono rápido y seco—. Ningún filósofo, por lo que sé, ha estudiado nunca la influencia del siglo XIX sobre el XVI. Si la causa produce el efecto, ¿el efecto nunca induce la causa? ¿Acaso las leyes de la herencia, al contrario de todas las demás leyes de este universo de mente y materia, operan únicamente en una dirección? ¿El descendiente lo debe todo al antepasado, y el antepasado nada al descendiente? ¿Acaso el destino, que domina nuestras existencias y nos conduce para sus propias finalidades adentrándonos en el futuro, no nos adentra nunca en el pasado?

Regresé a mis habitaciones en la Breede Straat, donde mi único compañero era el silencioso reloj.


Título original: The Clock That Went Backward (1881)
Traducido por Axxón, © 2008



Edward Page Mitchell (1852-1927) fue un talentoso escritor de ciencia ficción del siglo pasado cuya obra ha sido redescubierta y recogida en el libro The Cristal Man (1973).

Nació en Bath, Maine, y tras residir temporalmente, de niño, en la ciudad de Nueva York y en Carolina del Norte, regresó a Brunswick, Maine, para acudir al Bowdoin College. Pero antes incluso de graduarse en 1874 era nombrado Director del The Lewiston Joumal, un floreciente periódico de una ciudad vecina.

Poco después de asumir su cargo, un accidente fortuito de tren le dejó ciego de un ojo. Durante su convalecencia empezó a escribir ciencia-ficción, enviando su primer relato, The Tachypomp, al Scribner's Monthly, donde fue aceptado de inmediato y publicado anónimamente en la primavera de 1874.

Sin embargo, Mitchell se sintió muy pronto fascinado por el periódico más enérgico de la ciudad de Nueva York, el New York Sun. Le ofreció varias crónicas cortas y luego dos historias cómicas, Back From That Bourne (1874) y The Story of The Deluge (1875), las cuales obtuvieron tanto éxito que el director del Sun, Charles A. Dana, ofreció al joven periodista un trabajo estable con un generoso aumento de sueldo. Mitchell aceptó, y el 1 de octubre de 1875 inició una asociación de cuarenta y siete años que duraría hasta su jubilación en 1922.

Durante los primeros once años de Mitchell con el Sun, publicó otras dos docenas de sus historias de ciencia ficción y fantasía, cuatro de las cuales —por lo menos— eran notables.

Hoy podría ser conocido como el H. G. Wells norteamericano, pero, desgraciadamente, sus cada vez mayores responsabilidades editoriales le obligaron a dejar de escribir en 1886. Y puesto que su obra apareció únicamente en periódicos (con una sola excepción) y fue anónima (con una sola excepción), permaneció olvidada durante más de ochenta años.

Como hombre, sin embargo, Edward Page Mitchell tuvo una vida colmada de éxitos. Fue un conocido de Edward Everett Hale y Edward Bellamy, y un amigo de Madame Blavatsky, Frank R. Stockton, Garrett P. Serviss y Frank A. Munsey.

Cuando Dana murió en 1903, Mitchell se convirtió en el director del Sun, trabajando en este puesto hasta su jubilación en 1922. Murió en 1927, satisfecho de su vida.


Axxón 188 - agosto de 2008
Cuento clásico de autor americano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Ruptura temporal : Estados Unidos : Norteamericano).

            

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