LA RESPUESTA

Claudia Cortalezzi

Argentina

Más de dos horas llevaba Leni luchando con los burletes y la cinta de embalar, y no cesaba de enredarse. Satisfecha comprobó que le faltaba cubrir apenas un tramo del ventanal del living. Mientras deshacía el pegote, se dijo que la puerta de calle y la que daba al baño le habían quedado impenetrables.

Recordó a Syrina y su mirada inquieta. Las palabras entrecortadas, como si le costase respirar.

Es muy importante, le había dicho. Prestame atención, Leni: es importantísimo que mantengas la habitación cerrada, bien pero bien cerrada, ¿entendés?

Leni estiró el último trozo de PVC, lo empalmó con la goma del burlete y pegó el conjunto sobre el marco. Dejó bien terminado el perímetro de la ventana y se alejó para observar el resultado. Admirándose de su prolijidad, comprobó que había quedado todo perfectamente, minuciosamente cubierto.

Encendió la lámpara del sillón y siguió con el próximo paso.

Una jarra de agua sobre la alfombra, al lado del equipo de música.

Entonces, levantó la vista: su cartera.

Aún sobre la mesa.

Le pareció más grande, ¿se habría mareado al levantarse de la alfombra? Se acercó y la abrió. No se atrevió a meter la mano. Tanteó desde afuera.

Sí, la cajita estaba adentro.

Cerró los ojos y buscó.

El cassette.

Ese cassette que le había entregado Syrina con un gesto raro, misterioso.

Y había algo más. Un sobre. En el anverso del sobre figuraba esta advertencia:


Vos vas a saber cuando llegue el momento. Y cuando llegue el momento, abrí este sobre. Y leé en voz alta lo que dice el papel que contiene. Leé sólo una vez. Es muy importante que lo leás sólo una vez, jamás lo repitás.


Cuánto misterio, se dijo Leni.

Si al menos aquella bruja le hubiese dicho qué contenía el cassette, sería más fácil.

¿Música, tal vez? Ella le había preguntado, pero a aquella le gustaba jugar a las incógnitas: Escuchalo cuando todo esté listo, le había dicho, no antes.

Y ahí estaba Leni: sentada en la alfombra, en un cuarto impenetrable, el índice a punto de presionar PLAY. Notó que su mano había perdido el pulso firme del que siempre se había jactado, hasta en aquellos momentos tan difíciles. Debe ser el cansancio, se mintió.

Antes de apretar PLAY verificó los pasos. No había saltado ninguno.

Puso en funcionamiento el equipo.

Se recostó en la alfombra y cerró los ojos.

No se oye nada, pensó. Y se dio cuenta de que una música muy suave empezaba a crecer. Había pájaros de fondo. Tal vez Syrina lo había grabado en el campo.

Segundos después, la música se intensificó hasta cubrir el sonido de los pájaros. Leni creyó reconocer la melodía, y entonces un chillido, seguido de otro y otro —una gata en celo, pensó—, le impidió concentrarse. Debía descifrar si realmente tenía que ver con una gata o... Pero el llanto se convirtió en berrinche.

Leni ya no tuvo dudas, se trataba de un chico. ¿Vendría del cassette o de la casa de un vecino? ¿Lo habrían incorporado a la grabación misma? De ser así, debería tener algún sentido. O quizá Syrina ni se había dado cuenta. De todos modos, Leni se sentía cada vez más inquieta por los aullidos del chico.

Trató de no escucharlo. Se concentró en la música —apenas audible ahora—, que le seguía sonando lejanamente familiar.

Syrina. Otra vez la imagen de Syrina.

Te vas a dar cuenta, le había dicho, el momento justo para decirlo es el que vos sientas. No lo dejés pasar. Palabras más, palabras menos, lo mismo le había escrito en el anverso del sobre.

El sobre. Leni no se había dado cuenta de que aún lo tenía en la mano.

Respiró hondo tratando de sacarse de encima el berrinche del chico, que se hacía más y más agudo.

Se dijo que había llegado el momento preciso. Y abrió el sobre. Y leyó en voz alta:

—Te estoy esperando.

¿"Te estoy esperando"? ¿Eso era todo?

Defraudada, se incorporó en la alfombra. ¿Recibiría alguna respuesta?

Nada.

Acurrucándose, entrelazó las manos debajo de las rodillas. Inspiró profundo y soltó el aire de golpe.

—Por qué no viene —dijo en voz baja. Y, por un momento, se le ocurrió que su voz flotaba por las tuberías de luz, avanzando y avanzando, empujada por sus propios ecos, saliendo de las paredes, elevándose. Era extraño.

Advirtió que la música y el llanto, sobre todo el llanto, habían desaparecido. La habitación se había quedado en silencio. Un perfecto silencio.

Y estaba eso, aquella frase estúpida.

Te estoy esperando.

Una sola vez, le había advertido Syrina. Tenés que decirlo una sola vez. Y había enfatizado la última frase. Ojo, es muy importante que no lo repitás. Lo mismo decía en el sobre: Es muy importante que lo leás sólo una vez, jamás lo repitás.

Leni sintió un dolor en el pecho, no podía seguir esperando. ¿Hasta cuándo? ¿Cuántos meses había estado ilusionándose, aguardando el momento justo? No podía dejarlo pasar. No podía ni debía dejarlo pasar.

Aún percibía los ecos de los gritos del chico y el volumen insoportable de aquella música. Tal vez, cuando ella dijo las palabras, el ruido se había superpuesto, las había convertido en un rumor apenas. Nadie podía haberlas oído.

Te estoy esperando.

Nadie podía haberlas oído.

Eran palabras tan sencillas. ¿Qué podía pasar si las decía de nuevo? Nada.

—¡Te estoy esperando! —gritó como si esos tres simples sonidos le quemasen el alma.

Se tapó los oídos. ¿Qué acababa de hacer? ¿Se había vuelto loca? Acaso fuera mejor morirse.

Apretó con tanta fuerza que le dolían los dedos, las orejas.

Aun así creyó oír algo.

No, se dijo. Es imposible.

Esperó.


Esperó minutos. Esperó horas. El tiempo se había desordenado en su cabeza.

Levantó la mirada, inquieta, preparada para cualquier cosa.

Nada, se dijo con alivio.

Y, cuando empezaba a incorporarse, percibió un movimiento. Una sombra.

Giró la cabeza. No había nadie más que ella en la habitación.

Apoyó un brazo en la alfombra y, cargándole todo su peso, se levantó. Le dolía el cuerpo.

Caminó lento, agarrándose del respaldo del sillón. Miró hacia el mueble de roble que, un año atrás, ella y Walter habían comprado en la feria de antigüedades. Ahí estaba la foto de Walter.

—¡Cuánto te extraño! —dijo—. Estoy tan sola, mi amor.

Agarró el portarretratos y se tiró en el sillón, abrazándolo.

—Con vos me siento mejor —dijo—. Ya no tengo miedo.

Y el cansancio la fue venciendo.


El timbre de la puerta la sobresaltó.

Abrió los ojos. El ambiente estaba a oscuras.

Ella había encendido la lámpara un rato antes. No recordaba haberla apagado. Estiró un brazo tratando de llegar a la tecla. No logró alcanzarla.

El timbre volvió a sonar.

—¿Quién es?

—Juan. ¿Se encuentra bien, señora?

—¿Juan? ¿El encargado?

—Sí, Juan.

—¿Qué quiere, Juan?

—¿Pasa algo? Se oyeron gritos, sabe.

—Está todo bien —dijo Leni, procurando que la voz le saliera lo más normal posible. Y pensó: ¡Déjeme en paz!

Oyó los pasos del portero, alejándose.

Sintió la garganta seca como si hubiera estado gritando. Seguramente había gritado en sueños.

Sí, se dijo, eso debió alertar al tipo, que por casualidad pasaría delante de su puerta.

El corazón le latía tan fuerte que lo oía como tambores acercándose. Dejó en el piso el portarretratos con la foto de Walter y se arrastró por el sillón hasta que logró alcanzar la lámpara. Apretó el interruptor. Nada, no había luz. Leni se levantó y ajustó la bombita: se había desenroscado.

Ahora podía ver y distinguir todo a su alrededor.

Las puertas y la ventana cerradas con la cinta de embalar la hicieron sentir ridícula.

Se acostó en el sillón y quedó mirando el techo, repasando el proceso desde el principio.

Unos meses atrás ella se había sentado en ese mismo sillón: la mujer más feliz de mundo. No veía la hora en que llegara Walter, quería celebrar el resultado del Evatest.

De sólo recordar le ardían los ojos y no podía evitar las lágrimas. Habían sido la pareja perfecta. ¡Qué alegría ese embarazo! La cena en Tomo I había sido el broche de oro. Leni sonrió una sonrisa triste evocando la expresión feliz de Walter.

Y, apenas un mes después, cuando se habían animado a darle la noticia a los familiares y volvían de Venado Tuerto... el accidente.

Y otra vez ante sus ojos desfilaron el velorio, las manos de la gente en su vientre diciéndole que ese hijo sería...

Pero el hijo se había ido con el padre.

Entonces Leni había visitado a Syrina. Inmediatamente había visitado a Syrina. Ya ni recordaba de dónde había sacado el nombre y la dirección de esa bruja. Quizá había sido Syrina misma la que la había buscado.


Ilustración: Valeria Uccelli

Para empezar —le dijo Syrina en la primera sesión—, tenés que comprarte una panza de utilería. En realidad más de una, así se ve que aumenta de tamaño. Volvé a verme cuando se acerque la fecha. Y traeme también otra cosa. ¿Vos oíste hablar del ADN, no?

Esa mujer estaba loca, y ella desesperada. Era la única explicación para lo que había hecho: deslizarse en el cuarto de su suegra mientras dormía y robarle el sobrecito de pelo de Walter bebé.

Poco después se lo había entregado a la bruja. ¿Cuánto había pasado? ¿Cuánto llevaba de "embarazo"?

Pensó en el cuerpo de Walter totalmente descompuesto, alimento de gusanos.

Leni sintió náuseas. Agarró el vaso y se sirvió agua, pero no llegó a beberla: el vómito enchastró la alfombra y el equipo de música.

Se le nublaba la vista, y su vómito se mezclaba con el agua derramada y se convertía en gusanos blancos que iban uniéndose, que iban formando gusanos más y más grandes. Dos grupos de gusanos, mientras el centro de la alfombra quedaba limpio, impecable.

Debía salir de ahí, pero no podía dejar de mirar.

Necesitó un gran esfuerzo para mover su cuerpo, que ahora le resultaba excesivamente pesado.

Agitada, temblorosa, como si hubiera corrido dos cuadras sin parar, consiguió llegar a la puerta de salida y estiró el brazo para despegar la cinta.

Cerró los ojos y se concentró en la respiración: inspirar y exhalar, lo más importante. Si no la normalizaba, no podría hacer ninguna otra cosa.

Y no lograba serenarse. Le parecía que esos gusanos enormes habían dejado la alfombra y venían a por ella.

Volvió a mirar la cinta y buscó la unión. Habría sido mejor no haberme esmerado tanto en el trabajo, pensó. Se le nublaba la vista, pero su uña seguía hurgando hasta que por fin encontró la terminación. Cuando hubo despegado lo suficiente para agarrarlo entre el índice y el pulgar y pegar el tirón, oyó la voz de Syrina:

—¡No lo hagas! —le gritó aquella horrible mujer—. ¡No lo hagas!

Leni creyó que se desmayaba. Lo que menos quería era volverse hacia la alfombra y ver. Pero la voz de Syrina... ¿de donde venía?

Se golpeó los oídos, no quería oírla.

Syrina hablaba cada vez más fuerte.

Ella recordó que nunca había parado el cassette, la voz de aquella bruja debía salir de ahí. Por un segundo respiró aliviada.

Se esforzó por mantenerse lejos —hubiera dado cualquier cosa por poder cerrar los ojos—, pero la voz de la bruja la obligó a arrastrar los pies, paso a paso. A arrastrar los pies y a mirar. Era como si frente a ella hubiesen puesto una lupa gigante: cada detalle de su casa se le hacía exagerado.

Las palabras de Syrina la guiaban: acaso hipnotizada, caminó hacia la repugnante alfombra.

El ambiente hedía. Un vapor ácido le ardía en la nariz.

—¿De qué se alimentan los bebés? —dijo la voz de la bruja.

Leni se quedó quieta, el aire nauseabundo la descomponía.

—Querida —dijo amablemente la voz—, contestame por favor. ¿De qué se alimentan los bebés? Necesitamos que lo digas.

Ni siquiera debo imaginar la respuesta, pensó Leni. Si no se lo digo, no podrá hacerme nada.

—¡De qué se alimentan los bebés! —gritó Syrina.

—De la madre —dijo Leni sin aire, y cayó al piso. El vapor se había vuelto denso, una niebla espesa. Le quemaba los ojos, la nariz. Le secaba la boca.

Escuchó un susurro. La inconfundible voz de Syrina ahora llegaba desde lejos:

—Acercate, querida.

Leni no sabía qué hacer. Se arrastraba, intentando mantener la cabeza en alto, fuera de la niebla. Pero la niebla lo cubría todo.

—Acercate, querida. Vamos. Muy bien. Muy buena chica. ¿Ves a tu bebé?

Leni intentó quitar la vista de la alfombra pero no pudo. Los gusanos cobraban una forma extraña, como moluscos carnosos.

Entonces se abandonó a la contemplación. Se había equivocado, los gusanos estaban convirtiéndose en humanos: dos homúnculos, ahora un bebé partido en dos, mitad derecha, mitad izquierda. La herida supuraba un líquido fluctuante, que se deshacía en vapor; estiraban sus bracitos hacia ella.

—Dale tu alimento, querida. Tu hijo debe nutrirse.

Leni atisbaba a uno y a otro.

—Alimentalo, madrecita. Vamos... eso es.

—¡Basta! —gritó Leni y se aproximó a los engendros.

Agarró a uno y lo juntó con el otro.

Le dolían los pechos. Debía unirlos. Necesitaba que formaran uno solo.

Pero se volvían líquidos.

Se escurrían entre sus dedos temblorosos.



Claudia Cortalezzi nació en Trenque Lauquen en 1965. Es integrante del círculo de escritores de horror y fantasía "La abadía de Carfax" (ver). Sus cuentos Entre humanos y El familiar integran su primera y segunda antología. Además publicó, Adefesio (1999, en la antología "Pasajeros en Arcadia"), El regalo (1999), Ada (2000), A 9000 metros de altura (2004), El aire es libre (2004), La forma de su belleza (2006, en dos libros: uno de cuentos y otro de cuentos ilustrados), Cambio de caja (2006), De nacimiento (2007), Encierro (2007, premiado y publicado en el "Concurso de cuento brevísimo", Ediciones del Árbol); Milagro de amor y ¿Al matadero? fueron publicados en la revista virtual AXOLOTL, versión infantil. Aunque Claudia Cortalezzi navegó por varios tipos literarios —realista, infantil, teatro, fantástico—, lo que más disfruta es escribir terror.

Hemos publicado en Axxón: ABRIRSE PASO (185)


Este cuento se vincula temáticamente con "EL BRUJO", de Patricio Chaija (178), "ZARZA", de Santiago Eximeno (167) y "PARÁLISIS", de Rüta-Marija Klovaste (171)


Axxón 188 - agosto de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Brujería : Hechizo : Monstruo : Argentina : Argentina).

            

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