LA TAQUIPORTA,
Una demostración matemática

(Cuento clásico)

Edward Page Mitchell

EEUU

No había nada de misterioso en la aversión que sentía hacia mí el Profesor Surd. Yo era el único matemático pobre en una clase excepcionalmente matemática. El viejo caballero buscaba la sala de conferencias todas las mañanas con entusiasmo, y la dejaba de mala gana. Porque, ¿no era cosa de júbilo encontrar a setenta jóvenes quienes, por separado y colectivamente, preferían 'x' a XX; quienes más bien se diferenciaban que se disipaban; y para quienes los miembros de los cuerpos celestes tenían más atractivo que los de las estrellas terrenales sobre el escenario espectacular?

De modo que los asuntos iban de maravillas entre el profesor de matemática y la clase de estudiantes de tercer año en la Universidad Polyp. En cada uno de los setenta hombres el sabio veía el logaritmo de un posible La Place, de un Sturm, o de un Newton. Era una tarea encantadora para él conducirlos a través de los placenteros valles de las secciones cónicas, y junto a las quietas aguas del cálculo integral. Figuradamente hablando, su problema no era difícil. Sólo tenía que manipular, eliminar, y elevar a una potencia más alta, y el triunfal resultado de un día de examen estaba garantizado.

Pero yo era un elemento preocupante, una desconcertante cantidad desconocida, que de alguna manera se había deslizado en el trabajo, y que amenazaba con afectar seriamente la exactitud de sus cálculos. Era una visión conmovedora contemplar al venerable matemático cuando me suplicaba no ignorar tan completamente el precedente en el uso de las cotangentes; o cuando me instaba, con los ojos casi llenos de lágrimas, que los ordinales eran cosas peligrosas para andar jugando. Todo en vano. Más teoremas iban a mi puño que a mi cabeza. Nunca una tiza hizo tanto trabajo por tan pequeño propósito. Y, por lo tanto, vino que Furnace Second fue reducido a cero en la estimación del Profesor Surd. Me consideraba con todo el horror que una naturaleza no-algebraica podía inspirar. He visto al profesor caminar alrededor de toda una plaza para no encontrarse con el hombre que no tenía matemática en su alma.

Para Furnace Second no había ninguna invitación a la casa del Profesor Surd. Los setenta de la clase cenaban en delegaciones alrededor de la periferia de la mesa del té del profesor. El septuagésimo primero no conocía nada de los encantos de esa elipse perfecta, con sus grupos gemelos de fucsias y geranios en espléndida precisión en los dos costados.

Esto, por desgracia, no era privación insignificante. No era que yo anhelara especialmente las porciones de pasteles de limón justamente célebres de la Sra. Surd; no era que las esféricas ciruelas damascenas de sus excelentes mermeladas tuvieran ningún notable encanto; ni siquiera que ansiara escuchar la jocosa charla en la mesa del profesor sobre los binomios, y las informales ilustraciones sobre abstrusas paradojas. La explicación es muy diferente. El Profesor Surd tenía una hija. Veinte años atrás hizo una proposición de matrimonio a la actual Sra. Surd. Añadió un pequeño Corolario a su proposición no mucho tiempo después. El Corolario era una niña.

Abscisa Surd era tan perfectamente simétrica como el círculo de Giotto, y tan pura, además, como la matemática que su padre enseñaba. Fue justo cuando la primavera estaba llegando para extraer las raíces de la vegetación congelada que me enamoré del Corolario. Pronto tuve razones para considerar como una verdad evidente que ella misma no era indiferente.

El lector sagaz ya reconocerá casi todos los elementos necesarios de una trama bien-ordenada. Hemos presentado a una heroína, deducido un héroe, y formulado un padre hostil según el modelo más aprobado. Un movimiento para la historia, un único Deus ex machina está faltando. Con considerable satisfacción puedo prometer una novedad perfecta en esta línea, un Deus ex machina nunca antes ofrecido al público.

Estaría desestimando la inteligencia común al decir que busqué con incansable perseverancia imaginarme en la buena voluntad del severo padre; que nunca un estúpido se dedicó a la matemática con más paciencia que yo; que nunca la fidelidad logró una recompensa tan magra. Entonces contraté a un profesor particular. Sus instrucciones seguí sin el menor éxito.

El nombre de mi profesor particular era Jean Marie Rivarol. Era un alsaciano único, aunque galo de nombre, totalmente teutón de naturaleza; de nacimiento francés, por la educación alemán. Su edad era treinta; su profesión, la omnisciencia; el lobo en su puerta, la pobreza; el esqueleto en su ropero, una pasión devoradora pero no correspondida. Los principios más recónditos de la ciencia práctica eran sus juguetes; las complejidades más profundas de la ciencia abstracta sus diversiones. Los problemas que eran misterios predestinados para mí eran para él tan claros como agua de Tahoe. Quizás este mismo hecho explicará la falta de éxito en la relación entre profesor particular y alumno; quizás la falla sea sólo debida a mi propia y rematada estupidez. Rivarol había colgado de las faldas de la universidad durante varios años; proveía a sus pocas necesidades escribiendo para revistas científicas, o ayudando a estudiantes que, como yo mismo, eran caracterizados por una plétora de dinero y una pobreza de ideas; cocinaba, estudiaba y dormía en su alojamiento en el ático; y llevaba a cabo experimentos extraños por sí mismo.

No necesitamos mucho tiempo para descubrir que incluso este genio excéntrico no podía trasplantar un cerebro en mi cráneo deficiente. Dejé la lucha desesperado. Un año desdichado arrastraba lentamente su longitud. Fue un año triste, sólo iluminado por ocasionales entrevistas con Abscisa, la Abbie de mis pensamientos y sueños.

El día de graduación se acercaba rápidamente. Pronto me iría, con el resto de mi clase, a sorprender y encantar a un mundo que esperaba. El profesor parecía evitarme más que nunca. Nada más que los convencionalismos, que creo que lo alejaban de darle forma a su tratamiento hacia mí sobre la base de una no disimulada aversión.

Por fin, por la misma imprudencia de la desesperación, resolví verlo, suplicarle, amenazarlo si era necesario, y arriesgar toda mi fortuna en una oportunidad desesperada. Le escribí una carta algo desafiante, declarando mis aspiraciones, y, mientras me halagaba, astutamente le di una semana para superar la primera impresión de la horrible sorpresa. Entonces, estaba listo para conocer mi destino.

Durante la semana de suspenso me preocupé casi hasta tener fiebre. Primero era la esperanza descabellada, y luego la desesperación más sensata. El viernes por la noche, cuando me presenté en la puerta del profesor, era un espectro tan demacrado, somnoliento y arrastrado, que incluso la Srta. Jocasta, la severa doncella predilecta de los Surd, me hizo pasar con compasión, y sugirió un té de menta.

El Profesor Surd estaba en una reunión del cuerpo docente. ¿Esperaría?

Sí, hasta que todo se pusiera azul, si era necesario. ¿La Srta. Abbie?

Abscisa había ido a Wheelborough a visitar a un amigo de la escuela. La anciana doncella esperaba que me sintiera cómodo, y partió hacia los sitios desconocidos que conocían la diaria caminata de Jocasta.

¡Cómodo! Pero me senté en una enorme silla incómoda y esperé, con el espíritu contradictorio común en tales coyunturas, temiendo cada paso que debía anunciar al hombre que, de todos los hombres, deseaba ver.

Había estado allí al menos una hora, y me estaba sintiendo somnoliento.

Por fin entró el Profesor Surd. Se sentó en la penumbra enfrente de mí, y pensé que sus ojos brillaban con maligno placer cuando dijo, abruptamente:

—De modo que, joven, ¿usted piensa que será un adecuado esposo para mi hija?

Tartamudeé algunas sandeces sobre darle en afecto lo que carecía en méritos; sobre mis expectativas, familia y todo eso. Me interrumpió rápidamente.

—Usted me entiende mal, señor. Su naturaleza carece de percepción y conocimiento matemáticos que son los únicos fundamentos seguros del carácter. Usted no tiene matemática dentro. Usted es adecuado para la traición, las estratagemas, y el botín --Shakespeare. Su estrecho intelecto no puede comprender y apreciar una mente generosa. Hay toda una diferencia entre usted y un Surd, si puedo decirlo, que interviene entre una infinitesimal y una infinito. ¡Vaya, incluso osaré decir que usted ni siquiera comprende el Problema de los Correos!

Admití que el Problema de los Correos debería ser clasificado más bien fuera de mi lista de logros que dentro de ella. Lamentaba esta falla muy profundamente, y sugerí enmendarme. Esperaba levemente que mi fortuna fuera tal...

—¡Dinero! —exclamó impaciente—. ¿Trata usted de sobornar a un senador romano con un flautín? Vaya, muchacho, ¿alardea su mísera riqueza, la cual, expresada en millas, no cubrirá diez lugares decimales, ante los ojos de un hombre que mide los planetas en sus órbitas, y cierra multitudes de infinitos por sí mismos?

Con premura negué cualquier intención de imponer mis tontos dólares, y él continuó:

—Su carta no me sorprendió ni un poco. Pensé que "usted" sería la última persona en el mundo entero que supusiera una alianza aquí. Pero teniendo una contemplación hacia usted en persona —y otra vez vi que la malicia brillaba en sus ojos pequeños— y aun más consideración hacia la felicidad de Abscisa, he decidido que usted la tendrá, con condiciones. Con condiciones —repitió, con un gesto despectivo medio encubierto.

—¿Cuáles son? —grité, ansiosamente—. Sólo dígalas.

—Bien, señor —continuó, y la forma deliberada de su discurso parecía el mismo refinamiento de la crueldad—, usted sólo tiene que demostrar que es digno de una alianza con una familia matemática. Sólo tiene que lograr una tarea que le daré en este momento. Sus ojos me preguntan cuál es. Le diré. Distíngase en esa noble rama de la ciencia abstracta en la cual, no puede dejar de reconocer, es en este momento tristemente deficiente. Pondré la mano de Abscisa en la suya siempre que usted venga ante mí y cuadre el círculo a mi satisfacción. ¡No! Ésa es una condición demasiado fácil. Me haría trampas a mí mismo. Digamos movimiento perpetuo. ¿Le gusta eso? ¿Cree que está dentro del alcance de su capacidad mental? Usted no sonríe. Quizás su talento no corre en el sentido del movimiento perpetuo. Varias personas han descubierto que los suyos no lo hacían. Le daré otra oportunidad. Estábamos hablando del Problema de los Correos, y creo que usted expresó un deseo de saber más de esa ingeniosa cuestión. Tendrá la oportunidad. Siéntese algún día, cuando no tenga nada más que hacer, y descubra el principio de la velocidad infinita. Quiero decir la ley del movimiento que logrará una infinita distancia en un tiempo infinitamente corto. Puede mezclar un poco de mecánica práctica, si quiere. Invente algún método para llevar el Correo atrasado en su camino a la velocidad de sesenta millas por minuto. Demuéstreme matemáticamente este descubrimiento (¡cuando lo haya hecho!), y aproxímese a él prácticamente, y Abscisa será suya. Hasta que pueda, le agradeceré que no me moleste ni a ella.

No podía soportar su burlar por más tiempo. Salí mecánicamente y a trompicones de la habitación, y de la casa. Incluso olvidé mi sombrero y mis guantes. Caminé una hora a la luz de la luna. Gradualmente gané un marco mental más optimista. Esto era debido a mi ignorancia de matemática. Si hubiera comprendido el verdadero significado de lo que pedía, debería haber estado completamente abatido.

Quizás este problema de las sesenta millas por minuto no era tan imposible después de todo. De todos modos podía intentar, sin embargo podía no tener éxito. Y Rivarol vino a mi mente. Le preguntaría. Conseguiría el apoyo de sus conocimientos para acompañar mi propia perseverancia fiel. Busqué sus alojamientos de inmediato.

El hombre de ciencia vivía en el cuarto piso, atrás. Nunca antes había estado en su habitación. Cuando entré, estaba en el acto de llenar un jarro de cerveza de un bidón etiquetado "Aqua fortis".

—Siéntese —dijo—. No, no en esa silla. Es mi Ajustador de Caja Chica.

Pero fue un segundo demasiado tarde. Me había lanzado sin cuidado sobre una silla de apariencia seductora. Ante mi total asombro, extendió dos brazos de esqueleto y me sujetó fuertemente, contra lo que me debatí en vano. Entonces, un cráneo se estiró sobre mi hombro y sonrió abiertamente con una espantosa familiaridad cerca de mi cara.

Rivarol llegó en mi ayuda con un montón de disculpas. Tocó un resorte en algún lugar y el Ajustador de Caja Chica aflojó sus espantosos brazos. Me senté con cautela en una simple mecedora con base de caña, que Rivarol me aseguró era una ubicación segura.

—Ese asiento —dijo—, es un arreglo sobre el que me felicito. Lo hice en Heidelberg. Me ha ahorrado una gran cantidad de pequeños fastidios. Envío a sus brazos a los amigos que me aburren, y las visitas que me exasperan. Pero nunca es tan útil como cuando aterroriza a algún comerciante con una cuenta insignificante. De allí viene el sobrenombre que le he dado con humor. Ellos están siempre demasiado felices para comprar su liberación al precio de una factura. ¿Comprende bien la idea?

Mientras el alsaciano diluía su vaso de Aqua fortis, le agregaba una infusión de licores amargos, y se lanzaba del parachoques con evidente deleite, tuve tiempo de mirar el extraño departamento.

Las cuatro esquinas de la habitación estaban ocupadas, respectivamente, por un torno, un rollo Rhumkorff, un pequeño motor a vapor y un planetario en movimiento. Mesas, estantes, sillas y piso sostenían un raro conjunto de herramientas, retortas, químicos, receptores de gas, instrumentos filosofales, botas, matraces, cajas de cuellos de papel, diminutos libros, y libros de gran tamaño. Había bustos de yeso de Aristóteles, Arquímedes y Comte, mientras que un enorme búho somnoliento parpadeaba apoyado sobre la frente benigna de Martin Farquhar Tupper.

—Siempre hace nido allí cuando se propone dormir —explicó mi profesor particular—. Eres un ave con una mente no corriente. Schlafen Sie wohl.

Por una puerta del ropero, entreabierta, pude ver una forma casi humana cubierta con una sábana. Rivarol captó mi mirada.

—Eso —dijo—, será mi obra maestra. Es un Microcosmos, un Androide, aunque sólo parcialmente completo. ¿Y por qué no? Albertus Magnus construyó una imagen perfecta para charlar sobre metafísica y refutar a las escuelas. También lo hizo Sylvester II; también Robertus Greathead. Roger Bacon hizo a una cabeza desvergonzada que lanzaba discursos. Pero el primero de los nombrados llegó a la destrucción. Tomás de Aquino se alzó en cólera por algunos de sus silogismos e hizo añicos su cabeza. La idea es bastante razonable. La acción mental será reducida a leyes tan precisas como las que gobiernan lo físico. ¿Por qué no debería lograr un maniquí que sermonee discursos tan originales como los del Rev. Dr. Allchin, o que diga poesía tan mecánicamente como Paul Anapest? Mi Androide ya puede resolver problemas en fracciones vulgares y componer sonetos. Espero enseñarle la Filosofía Positiva.

De entre la desconcertante confusión de sus efectos, Rivarol sacó dos pipas y las llenó. Me pasó una.

—Y aquí —dijo—, vivo y estoy aceptablemente cómodo. Cuando mi abrigo se gasta en los codos, busco al sastre y me toma las medidas para otro. Cuando estoy hambriento, doy un paseo hasta lo del carnicero y me traigo a casa una libra o algo así de filete, que cocino muy bien en tres segundos con esta llama de oxy-hidrógeno. Sediento, quizás, pido el envío de un bidón de Aqua fortis. Pero hago que lo anoten, todos anotan. Mi espíritu está por encima de cualquier pequeña transacción pecuniaria. Odio los sucios billetes, y nunca manejo lo que llaman certificado.

—¿Pero nunca es molestado con las facturas? —pregunté—. ¿Los acreedores no lo preocupan?

—¡Acreedores! —gritó Rivarol—. No he aprendido semejante palabra en su muy admirable idioma. El que permita que su alma sea afectada por acreedores es una reliquia de una civilización imperfecta. ¿De qué sirve la ciencia si no puede servir a un hombre que tiene cuentas en curso? Escuche. Al momento que usted o cualquiera entra por la puerta exterior, esta campanilla eléctrica suena advirtiéndome. Cada escalón sucesivo de la escalera de la Sra. Grimier es un espía y alerta informante para mi beneficio. El primero escalón es pisado. Ese confiable primer escalón de inmediato telegrafía su peso. Nada podría ser más simple. Es exactamente como cualquier balanza de plataforma. El peso es registrado aquí arriba sobre este dial. El segundo escalón registra el tamaño de los pies de mi visitante. El tercero, su altura; el cuarto, su complexión, y todos así. Cuando llega a la cima del primer tramo, tengo una descripción muy exacta de él aquí mismo, en mi codo, y un margen del tiempo para deliberar y actuar. ¿Me sigue? Es bastante simple. Apenas el ABC de mi ciencia.

—Ya veo todo eso —dije—, pero no veo cómo lo ayudan. El saber que un acreedor viene no pagará su cuenta. Usted no puede escapar a menos que salte por la ventana.

Rivarol se rió suavemente.

—Le diré. Usted verá en qué se convierte cualquier pobre diablo que viene a exigir dinero de mí, de un hombre de ciencia. ¡Ja! ¡Ja! Me complace. Estuve siete semanas perfeccionando mi Supresor de Crueldad. ¿Sabía que —susurró exultante—, sabía que hay un agujero a través del centro de la tierra? Los físicos lo han sospechado durante mucho tiempo; fui el primero en encontrarlo. Usted ha leído cómo Rhuyghens, el navegante holandés, descubrió en la región de Kerguellen un hoyo abismal donde mil cuatrocientas brazas de línea de plomada no sonaron. Herr Tom, ¡ese agujero no tiene fondo! Corre desde una superficie de la tierra hasta la superficie antipodal. Es diametral. ¿Pero dónde es el sitio antipodal? Usted está parado sobre él. Lo supe por la más simple casualidad. Estaba cavando en el sótano de la Sra. Grimier para enterrar a un pobre gato que había sacrificado en un experimento galvánico, cuando la tierra bajo mi pala se desmenuzó, se hundió, y lleno de asombro quedé sobre el borde de un pozo muy amplio. Dejé caer un trozo de carbón. Se fue abajo, abajo, abajo, saltando y rebotando. En dos horas y cuarto ese trozo de carbón apareció otra vez. Lo atrapé y se lo devolví a la furiosa Grimier. Sólo piense un minuto. El trozo de carbón cayó, más y más rápido, hasta que llegó al centro de la tierra. Allí se detendría, si no fuera por la velocidad adquirida. Más allá del centro su viaje fue relativamente hacia arriba, hacia la superficie opuesta del globo. De modo que, al perder velocidad, fue cada vez más lento hasta que llegó a esa superficie. Aquí llegó a detenerse por un segundo y luego cayó otra vez, ocho mil millas y pico, a mis manos. Si yo no hubiera interferido, habría repetido su viaje, una y otra vez, cada uno de menor extensión, como las decrecientes oscilaciones de un péndulo, hasta que al final llegara al descanso eterno en el centro de la esfera. No soy lento para darle una aplicación práctica a un descubrimiento tan imponente. Mi Represor de Crueldad nació de él. Una trampa, justo fuera de la puerta; un resorte aquí, un acreedor en la trampa. ¿Necesita que diga más?

—¿Pero no es un poco inhumano? —sugerí tímidamente—. Lanzar a un ser desdichado a un viaje perpetuo hacia y desde la región de Kerguellen, sin advertencia.

—Les doy una oportunidad. Cuando aparecen por primera vez, espero en la boca del pozo con una soga en las manos. Si son razonables y aceptan los términos, les arrojo la línea. Si se mueren, es por su propia culpa. Sólo que —añadió, con una sonrisa melancólica—, el centro se está obstruyendo con tantos acreedores que me temo que pronto ya no habrá elección para ellos.

Hasta ese momento, había concebido una alta opinión de la habilidad de mi profesor particular. Si alguien podía enviarme a bailar alegremente por el espacio a una velocidad infinita, Rivarol podía hacerlo. Llené mi pipa y le conté la historia. Escuchó con atención seria y paciente. Entonces, por toda una media hora, fumó en silencio. Al final, habló.

—La antigua figura se ha extralimitado. Le ha dado la oportunidad de dos problemas, y él considera que ambos son insolubles. Ninguno de ellos es insoluble. El único rayo de inteligencia que mostró el Viejo Cotangente fue cuando dijo que cuadrar el círculo era demasiado fácil. Tenía razón. Le habría dado su Liebchen en cinco minutos. Yo cuadré el círculo antes de quitarme los pantalones cortos. Le mostraré el trabajo... pero sería una digresión, y usted no está de humor para digresiones. Nuestra primera oportunidad, por lo tanto, está en el movimiento perpetuo. Ahora, mi buen amigo, le diré francamente que, aunque comprendo este interesante problema, no decido usarlo en su provecho. Yo también, Herr Tom, tengo un corazón. Lo más encantador de su sexo me desaprueba. Sus encantos algo maduros no son para Jean Marie Rivarol. Ha dicho con crueldad que sus años demandan de mí una consideración filial más que una matrimonial. ¿Es el amor una cuestión de años o de eternidad? Esta pregunta le hice a la fría aunque encantadora Jocasta.

—¡Jocasta Surd! —repetí con sorpresa—. ¡La tía de Abscisa!

—La misma —dijo tristemente—. No intentaré ocultar que mi doncel corazón ha sido otorgado a la doncella Jocasta. ¡Deme su mano, sobrino mío en aflicción y en afecto!

Rivarol se secó una no deshonrosa lágrima, y continuó:

—Mi única esperanza está en este descubrimiento del movimiento perpetuo. Me dará fama, riqueza. ¿Puede Jocasta rechazarlas? ¡Si puede, sólo queda la trampa secreta y... la región de Kerguellen!

Con timidez le pedí ver la máquina del movimiento perpetuo. Mi tío en la aflicción sacudió la cabeza.

—En otro momento —dijo—. Ya es suficiente decir en este momento, que es algo sobre el principio de la lengua de una mujer. Pero ahora ve por qué debemos girar su caso a la condición alternativa, la velocidad infinita. Hay varias maneras de lograrlo, en teoría. Por la palanca, por ejemplo. Imagine una palanca con un brazo muy largo y un brazo muy corto. Aplique potencia al brazo más corto que la moverá con gran velocidad. El extremo del brazo largo se moverá mucho más rápido. Ahora continúe acortando el brazo corto y alargando el brazo largo, y a medida que se acerque al infinito en la diferencia de longitud, se acercará al infinito en la velocidad del brazo largo. Sería difícil hacerle una demostración práctica al profesor. Debemos buscar otra solución. Jean Marie meditará. Venga en una quincena. Buenas noches. ¡Pero deténgase! ¿Tiene usted dinero, das Geld?

—Mucho más del que necesito.

—¡Bien! Estrechemos las manos. Oro y Saber; Ciencia y Amor. ¿Qué no podría lograr esta asociación? Vamos a conquistarte, Abscisa. ¡Vorwärts!

Cuando, al final de la quincena, fui al apartamento de Rivarol, pasé con alguna pequeña inquietud sobre la terminal de la Aerolínea a la región de Kerguellen, y eludí los brazos extendidos del Ajustador de Caja Chica. Rivarol me extendió un jarro de cerveza, y llenó el suyo con su propia bebida peculiar.

—Venga —dijo por fin—. Bebamos por el éxito de la TAQUIPORTA.

—¿TAQUIPORTA?

—Sí. ¿Por qué no? "Taqui", rápidamente, y "porta, transporta". ¡Puede enviarlo rápidamente al día de su boda! Abscisa es suya. Es un hecho. ¿Cuándo iremos por las praderas?

—¿Dónde está? —pregunté, mirando en vano alrededor de la habitación cualquier artefacto que pudiera parecer calculado para adelantar posibilidades matrimoniales.

—Está aquí —y dio un a su frente golpecito significativo. Entonces habló didácticamente.

—Hay fuerza suficiente en existencia para lanzarnos a una velocidad de sesenta millas por minuto, o incluso más. Lo que necesitamos es el conocimiento de cómo combinarla y aplicarla. El hombre sabio no intentará hacer que alguna gran fuerza produzca alguna gran velocidad. Seguirá añadiendo pequeña fuerza a la pequeña fuerza, haciendo que cada pequeña fuerza produzca su pequeña velocidad, hasta que la suma de pequeñas fuerzas será una gran fuerza, produciendo ese total de pequeñas velocidades pequeñas, una gran velocidad. La dificultad no está en agregar fuerza; está el correspondiente agregado de velocidades. Una bala de mosquete irá, por decir, hasta una milla. No es difícil aumentar la fuerza de los mosquetes por mil, sin embargo, las mil balas de mosquete no irán más lejos, ni más rápido, que la primera. Vea, entonces, dónde está nuestro problema. No podemos fácilmente sumar velocidad a la velocidad, como sumamos fuerza a la fuerza. Mi descubrimiento es simplemente la utilización de un principio que consigue un aumento de velocidad por cada incremento de la potencia. Pero ésta es la metafísica de la física. Seamos prácticos o nada.

»Cuando usted caminó hacia adelante en un tren en movimiento, desde el coche del final hacia la máquina, ¿alguna vez pensó qué estaba haciendo realmente?

—Vaya, sí, generalmente iba al coche de fumadores a fumar.

—Ps, ps, ps... ¡eso no! Quiero decir, ¿alguna vez se le ocurrió en tales ocasiones que se estaba moviendo más rápido que el tren? El tren pasa los postes del telégrafo a una velocidad de treinta millas por hora, por decir. Usted camina hacia el vagón de fumadores a una velocidad de cuatro millas por hora. Entonces usted pasa los postes del telégrafo a una velocidad de treinta y cuatro millas. Su velocidad absoluta es la velocidad de la máquina, más la velocidad de su propia locomoción. ¿Me sigue?

Empecé a conseguir un indicio de lo que quería decir, y se lo dije.

—Muy bien. Avancemos un paso. Su adición a la velocidad de la máquina es trivial, y el espacio donde puede ejercitarla, limitado. Ahora suponga dos estaciones, A y B, a dos millas de distancia junto a las vías. Imagine un tren de coches de plataforma, el último coche está detenido en la estación A. El tren tiene una milla de largo, por decir. La máquina está, por lo tanto, a una milla de la estación B. Digamos que el tren puede correr una milla en diez minutos. El último coche, que tiene que correr dos millas, llegará a B en veinte minutos, pero la máquina, una milla más adelante, llegaría en diez. Usted salta en el último coche, en A, en una prisa prodigiosa por llegar hasta Abscisa, que está en B. Si se queda en el último coche, pasarán veinte minutos antes de que la vea. Pero la máquina llega a B y a la bella dama en diez. Usted será un estúpido racionalista, y un amante indiferente, si no se pone a correr hacia la máquina sobre esos coches de plataforma, tan rápido como puedan sus piernas. Usted puede correr una milla, el largo del tren, en diez minutos. Por lo tanto, llega a Abscisa con la máquina, o en diez minutos, diez minutos más temprano que si se hubiera sentado perezosamente en el coche trasero para hablar de política con el hombre del freno. Ha reducido el tiempo a la mitad. Le agregó su velocidad a la de la locomotora para algún propósito. ¿Nicht wahr?

Lo vi perfectamente; mucho más claro, quizás, cuando puso la cláusula sobre Abscisa.

Él continuó:

—Este ejemplo, aunque lento, conduce a un principio que puede ser llevado a cualquier extensión. Nuestra primera preocupación será prescindir de sus piernas y aliento. Supongamos que las dos millas de vías son perfectamente derechas, y hagamos que nuestro tren tenga un coche de plataforma, de una milla de largo, con rieles paralelos colocados encima. Ponga una pequeña máquina de juguete en estos rieles, y déjela correr a lo largo del coche de plataforma mientras el coche de plataforma se mueve a lo largo de las vías en el suelo. ¿Capta la idea? El juguete toma su lugar. Pero puede correr su milla mucho más rápido. Imagine que nuestra locomotora es bastante potente y puede tirar del coche de plataforma las dos millas en dos minutos. El juguete puede tener la misma velocidad. Cuando la máquina llega a B en un minuto, el juguete también porque corrió una milla sobre el coche de plataforma. Hemos combinado las velocidades de esas dos máquinas hasta lograr dos millas en un minuto. ¿Es todo lo que podemos hacer? Prepárese para ejercitar su imaginación.

Encendí mi pipa.

—Todavía dos millas de vías rectas, entre A y B. Sobre las vías, un largo coche de plataforma, que va desde A hasta un cuarto de milla de B. ahora descartaremos las locomotoras comunes y adoptaremos como nuestra fuerza motriz una serie de motores magnéticos compactos, distribuidos debajo del coche de plataforma, a lo largo de toda su longitud.

—No comprendo esos motores magnéticos.

—Bien, cada uno de ellos consiste en una gran herradura, cargado con un magneto y un no-magneto alternativamente por medio de una corriente eléctrica intermitente que viene de una batería, esta corriente a su vez está regulada por un mecanismo de relojería. Cuando la herradura está en el circuito, es un magneto, y atrae su badajo hacia ella con un enorme poder. Cuando está fuera del circuito, al siguiente segundo, no es un magneto, y suelta el badajo. El badajo, que oscila de un lado al otro, produce un movimiento rotatorio a un volante, que lo transmite a las ruedas en los rieles. Ésos son nuestros motores. No son ninguna novedad, porque han demostrado ser practicables.

»Con un motor magnético en cada par de ruedas, podemos esperar razonablemente que nuestro inmenso coche se mueva, y vaya hacia adelante a una velocidad, por decir, de una milla por minuto.

»El extremo delantero, que tiene que hacer sólo un cuarto de milla, llegará a B en quince segundos. Llamaremos a este coche de plataforma número 1. Encima del número 1 hay rieles sobre los que otro coche de plataforma, el número 2, un cuarto de milla más corto que el número 1, se mueve precisamente del mismo modo. El número 2, a su vez, está cargado con el número 3, que se mueve de manera independiente de los de abajo, y es un cuarto de milla más corto que el número 2. El número 2 tiene una milla y media de largo; el número 3, una milla y un cuarto. Arriba, en niveles sucesivos, están el número 4, de una milla de largo; el número 5, de tres cuartos de milla; el número 6, de media milla; el número 7, de un cuarto de milla, y el número 8, un coche pequeño de pasajeros, encima de todos.

»Cada coche se mueve sobre el coche de abajo, de manera independiente de todos los otros, a la velocidad de una milla por minuto. Cada coche tiene sus propios motores magnéticos. Bien, el tren está dibujado con el extremo del final de cada coche descansando contra un elevado poste de freno en A, Tom Furnace, el caballeroso conductor, y Jean Marie Rivarol, ingeniero, montan por una larga escalerilla hasta el elevado número 8. El complejo mecanismo es puesto en movimiento. ¿Qué ocurre?

»El número 8 corre un cuarto de milla en quince segundos y llega al extremo del número 7. Mientras tanto, el número 7 ha corrido un cuarto de milla en el mismo tiempo y llegó al extremo del número 6; el número 6, un cuarto de milla en quince segundos, y llega al extremo del número 5; el número 5, al extremo del número 4; el número 4, al del número 3; el número 3, al del número 2; el número 2, al del número 1. Y el número 1, en quince segundos, ha corrido su cuarto de milla a lo largo de las vías en el suelo, y ha llegado a la estación B. Todo esto en quince segundos. Por lo cual, los números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, y 8 llegan contra el poste de frenado en B, precisamente en el mismo segundo. Nosotros, en el número 8, llegamos a B justo cuando llega el número 1. En otras palabras, hemos corrido dos millas en quince segundos. Cada uno de los ocho coches moviéndose a la velocidad de una milla por minuto, ha aportado un cuarto de milla a nuestro viaje, y ha hecho su trabajo en quince segundos. Todos hicieron su trabajo al mismo tiempo, durante los mismos quince segundos. Por consiguiente, hemos sido lanzados por el aire a una velocidad algo sorprendente de siete segundos y medio por milla. Esto es la Taquiporta. ¿Se justifica su nombre?

Aunque un poco perplejo por la complejidad de coches, comprendí el principio general de la máquina. Hice un diagrama, y lo comprendí mucho mejor.

—¿Ha mejorado la idea de mi movimiento más rápido que el tren cuando simplemente estaba yendo al vagón de fumadores?

—Precisamente. Hasta ahora nos hemos mantenido dentro de los límites de lo practicable. Para satisfacer al profesor, puede teorizar algo después, de esta manera: Si duplicamos la cantidad de coches, y disminuimos a la mitad la distancia que cada uno tiene que correr, conseguiremos doblar la velocidad. Cada uno de los dieciséis coches tendrá que correr apenas un octavo de milla. A la velocidad uniforme que hemos adoptado, podemos hacer las dos millas en siete segundos y medio, en lugar de quince. Con treinta y dos coches, y un dieciseisavo de milla, o una diferencia de veinte varas en su longitud, llegamos a la velocidad de una milla en menos de dos segundos; con sesenta y cuatro coches, cada uno corriendo diez varas, una milla en menos de un segundo. ¡¡Más de sesenta millas por minuto! Si esto no es bastante rápido para el profesor, dígale que continúe incrementando la cantidad de coches y disminuyendo la distancia que cada uno tiene que correr. Si sesenta y cuatro coches alcanzan una velocidad de una milla en un segundo, permítale disfrutar de un Taquiporta de seiscientos cuarenta coches, y diviértase calculando la velocidad del coche número 640. Susúrrele que cuando tenga una cantidad infinita de coches con una diferencia infinitesimal en sus longitudes, habrá obtenido esa velocidad infinita que parece anhelar. Entonces exíjale a Abscisa.

Estreché la mano de mi amigo en admiración silenciosa y agradecida. No podía decir nada.

—Usted ha escuchado al hombre de la teoría —dijo con orgullo—. Ahora contemplará al ingeniero práctico. Iremos al oeste del Mississippi y buscaremos alguna localidad adecuadamente llana. Allí erigiremos un modelo de Taquiporta. Convocaremos allí al profesor, a su hija, ¿y por qué no a su bella hermana Jocasta, también? Los llevaremos a un viaje que mucho sorprenderá al venerable Surd. Pondrá los dedos de Abscisa en los suyos y los bendecirá a ambos con una fórmula algebraica. Jocasta contemplará con asombro al genio de Rivarol. Pero tenemos mucho que hacer. Debemos enviar a St. Joseph la enorme cantidad de material a ser empleada en la construcción de la Taquiporta. Debemos contratar a un pequeño ejército de obreros para realizar esa construcción, porque vamos a aniquilar tiempo y espacio. Tal vez sea mejor que usted vea a sus banqueros.

Corrí hasta la puerta impetuosamente. No debía haber ninguna demora.

—¡Deténgase! ¡Deténgase! ¡Um Gottes Willen, deténgase! —chilló Rivarol—. Lancé a mi carnicero esta mañana y no he asegurado la...

Pero fue demasiado tarde. Yo estaba sobre la trampa. ¡Se abrió con un estrépito, y me zambullí hacia abajo, lejos, lejos! Sentí que caía a través de un espacio ilimitado. Recuerdo haberme preguntado, mientras aceleraba a través de la oscuridad, si debía llegar a la región de Kerguellen o detenerme en el centro. Me parecía una eternidad. Entonces mi curso se detuvo repentina y dolorosamente.

Abrí los ojos. A mi alrededor estaban las paredes del estudio del Profesor Surd. Debajo de mí había un plano duro y persistente que conocía demasiado bien y era el piso del estudio del Profesor Surd. Detrás de mí estaba la silla negra, resbaladiza y de piel que me había arrojado, tal como la ballena a Jonás. Enfrente de mí, el propio Profesor Surd, miraba hacia abajo con una sonrisa no desagradable.

—Buenas tardes, Sr. Furnace. Permítame ayudarlo. Parece cansado, señor. No me asombra que se haya quedado dormido cuando lo dejé esperando tanto tiempo. ¿Desea un vaso de vino? ¿No? A propósito, al recibir su carta descubro que es un hijo de mi viejo amigo, el juez Furnace. He hecho algunas preguntas, y no veo ninguna razón por qué no pueda ser un buen marido para Abscisa.

Todavía no puedo ver ninguna razón para que la Taquiporta no haya tenido éxito. ¿Puede usted?


Título original: The Tachypomp. Publicado en la revista Scribner's Monthly, marzo, 1874.
Traducido por Graciela Lorenzo Tillard, © 2008



Edward Page Mitchell (1852-1927) fue un talentoso escritor de ciencia ficción del siglo pasado cuya obra ha sido redescubierta y recogida en el libro The Cristal Man (1973).

Nació en Bath, Maine, y tras residir temporalmente, de niño, en la ciudad de Nueva York y en Carolina del Norte, regresó a Brunswick, Maine, para acudir al Bowdoin College. Pero antes incluso de graduarse en 1874 era nombrado Director del The Lewiston Joumal, un floreciente periódico de una ciudad vecina.

Poco después de asumir su cargo, un accidente fortuito de tren le dejó ciego de un ojo. Durante su convalecencia empezó a escribir ciencia-ficción, enviando su primer relato, The Tachypomp, al Scribner's Monthly, donde fue aceptado de inmediato y publicado anónimamente en la primavera de 1874.

Sin embargo, Mitchell se sintió muy pronto fascinado por el periódico más enérgico de la ciudad de Nueva York, el New York Sun. Le ofreció varias crónicas cortas y luego dos historias cómicas, Back From That Bourne (1874) y The Story of The Deluge (1875), las cuales obtuvieron tanto éxito que el director del Sun, Charles A. Dana, ofreció al joven periodista un trabajo estable con un generoso aumento de sueldo. Mitchell aceptó, y el 1 de octubre de 1875 inició una asociación de cuarenta y siete años que duraría hasta su jubilación en 1922.

Durante los primeros once años de Mitchell con el Sun, publicó otras dos docenas de sus historias de ciencia ficción y fantasía, cuatro de las cuales —por lo menos— eran notables.

Hoy podría ser conocido como el H. G. Wells norteamericano, pero, desgraciadamente, sus cada vez mayores responsabilidades editoriales le obligaron a dejar de escribir en 1896. Y puesto que su obra apareció únicamente en periódicos (con una sola excepción) y fue anónima (con una sola excepción), permaneció olvidada durante más de ochenta años.

Como hombre, sin embargo, Edward Page Mitchell tuvo una vida colmada de éxitos. Fue un conocido de Edward Everett Hale y Edward Bellamy, y un amigo de Madame Blavatsky, Frank R. Stockton, Garrett P. Serviss y Frank A. Munsey.

Cuando Dana murió en 1903, Mitchell se convirtió en el director del Sun, trabajando en este puesto hasta su jubilación en 1922. Murió en 1927, satisfecho de su vida.


Axxón 189 - septiembre de 2008
Cuento clásico de autor americano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Estados Unidos : Norteamericano).

            

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