CREADOR DE MUNDOS

Adhemar Terkiel

Uruguay

1ª Parte - Encuentros


Caminar durante la noche tenía sus grandes encantos. Bajo las luces del alumbrado público y el neón de las marquesinas, se podía ver desfilar hasta altas horas de la madrugada todo tipo de seres marginados. En las calles oscuras circulaban como por una pasarela, prostitutas, travestís, borrachos, drogadictos, linyeras, rapiñeros, etc. Raúl gustaba de esas extensas caminatas, iba por las calles tranquilamente, mirando a su alrededor, observando lo que ocurría en el entorno que lo rodeaba. Cada uno de esos paseos que realizaba le insumía varias horas, las cuales disfrutaba plenamente. Era un hombre de aproximadamente 30 años de edad, bien parecido aunque carecía de cualquier rasgo particular que hiciera que alguien se pudiera alguna vez fijar con especial interés en él. De hecho le resultaba muy importante poder ir por las calles pasando desapercibido para quienes se le cruzaban.

Esa noche en particular, tenía un atractivo muy especial que aún no había logrado descifrar. No se trataba simplemente del aire fresco de la Primavera sino que tenía algo así como una corazonada de que ésta sería una buena noche.

Y lo que tanto estaba buscando, eso que era el principal motivo del actual paseo, eso que hacía que una simple caminata se convierta en algo trascendente en la vida de uno, sucedió en la otra esquina cuando a sus oídos llegaron los gritos desesperados de aquella mujer pidiendo socorro y llamando a la policía con toda la fuerza de su aguda voz. Raúl dejó de lado sus meditaciones y corrió con presteza hacia ese lugar para encontrarse con la escena del forcejeo entre la anciana mujer y el ladrón. Éste llevaba puesta a modo de máscara, una bolsa de plástico imitación arpillera con dos huecos en los ojos, que le dejaba mirar pero al resto de la gente no le permitía llegar a ver ninguna parte de su rostro. Luchaba utilizando tan sólo su brazo derecho ya que el izquierdo colgaba fláccidamente sin resultarle de ninguna utilidad.

Finalmente, antes que Raúl los pudiera alcanzar, la resistencia de la mujer cedió y el asaltante, aferrándose a la cartera de ella, huyó con suma torpeza ya que una de sus piernas era más larga que la otra y tenía una joroba en la espalda que le impedía moverse con la suficiente agilidad. Su tronco se torcía y se contorsionaba hacia uno de sus costados dando a su fuga una imagen un tanto grotesca y patética, cualquier tropezón que tuviera en su camino sería una inminente caída que acabaría en forma irremediable con su escape permitiendo a cualquier perseguidor darle caza de inmediato. Mientras tanto a lo lejos y, entre los ruidos que se venían produciendo por la confusión, se sintió la llegada un tanto demorada de un patrullero de la policía que, alertado del griterío, se encontraba en camino. Cuando estuvieran aquí, ya sería demasiado tarde y una vez más, un delincuente se saldría con la suya.

Por tal motivo fue que Raúl reaccionó con presteza corriendo detrás del fugitivo a quien no tendría ninguna dificultad en alcanzar antes que se pudiera alejar demasiado. Éste, luego de dar la vuelta en la siguiente esquina y sabiéndose próximo a ser capturado, penetró con desesperación en un oscuro callejón sin salida en cuyo fondo se culminaba con un muro de ladrillo visto de unos dos metros de altura. En forma inútil, el ladrón trataba de treparlo, cuando un jadeante Raúl penetró en el callejón y lo encontró sufriendo en su intento que, dada su condición física, le insumía un esfuerzo totalmente sobrehumano. Cada intento por escalarlo finalizaba en un nuevo y reiterado fracaso.

—Rápido —le indicó Raúl—. Ahí te atrapan enseguida. Escondete aquí. —Con urgencia le hizo señas indicándole la claraboya de un sótano, uno de cuyos vidrios movió de inmediato permitiéndole ayudar al fugitivo a penetrar en su interior. No fue nada fácil hacerlo pero luego de lograrlo, Raúl hizo lo propio y saltó al piso de allí abajo.

Todo fue justo a tiempo ya que una vez agazapados en su improvisado escondite, sintieron pasar corriendo a dos policías quienes según ellos alcanzaron a ver, saltaron el muro y continuaron con su persecución por el sitio equivocado. Cuando notaran su error, ya no tendrían posibilidades de averiguar dónde fue que perdieron la pista del reo. Ambos hombres permanecieron en el interior del sótano de la claraboya por un tiempo interminable que ninguno de ellos se atrevió a medir, en el más absoluto silencio y sin moverse, respirando suavemente para no hacer ningún tipo de ruido que pudiera en algún caso atraer la atención de alguien. Eran como dos topos guarecidos en sus respectivas madrigueras aguardando que el predador que esperaba por ellos para atacarlos, se cansara y abandonara su emprendimiento, y de esa forma ellos podrían asomar sus cabezas tranquilos al exterior. El hombre embolsado miraba a su salvador a través de su capucha sin comprender cuáles podrían haber sido los motivos que lo llevaron a asistirlo. En todo ese rato, escucharon pasar gran cantidad de gente, hubo mucho griterío pero en ningún momento se fijaron en la existencia del refugio. Tampoco llegaron los fugitivos a saber de quienes se trataba, si quienes allí estaban los buscaban a ellos o no.

Antes de salir de allí y ya sintiéndose seguros, Raúl le pidió al otro que le pasara la cartera de la mujer y, hecho lo cual tras algún suave forcejeo, retiró el dinero que le fue devuelto al enmascarado diciéndole:

—El resto de sus pertenencias se lo voy a devolver mañana a la señora. Ella no tiene la culpa de que alguien esté tan necesitado de dinero que tenga que salir a robar para obtenerlo. Sus documentos son demasiado importantes para ella y a ti no te van a servir de nada.

Lo llevó hasta su casa cuidándose de que nadie los descubriera y dando todos los rodeos que fueran necesarios para evitar algún encuentro inoportuno. Ya era muy entrada la madrugada y por las calles no circulaba casi nadie, lo que les facilitó el trayecto. El extraño se resistía a acompañar a su salvador pero luego de varias discusiones accedió no muy convencido de que eso fuera lo correcto.

Raúl vivía en un apartamento en la Ciudad Vieja, en un edificio antiguo, descuidado y sin ascensor. Por ese motivo, tuvieron que subir tres entrepisos altos por escalera, lo que fue dificultado por la condición física del hombre. En reiteradas oportunidades debieron detenerse para que éste pudiera tomarse un corto descanso antes de reiniciar la marcha.

Cuando, un tanto cansados hubieron llegado, penetraron en un oscuro y pequeño estar con paredes húmedas con un muy mal estado de pintura y un póster de Gonchi y otro de John Lennon como solitarios elementos decorativos. El único mobiliario que los ojos del visitante alcanzaron a percibir, era un viejo sofá y una mesa con tres sillas, también había al fondo una pequeña estantería con algunos libros de Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Stanislaw Lem entre otros. Al sentarse en dos de las sillas, Raúl rompió el silencio y dijo:

—Bien, ahora que estamos a salvo, te voy a bañar, darte ropa limpia y comida y también vas a poder dormir en el sofá. Pero antes, me tenés que decir tu nombre y mostrarme tu rostro.

—Me llamo Gabriel. Mi cara no te la voy a mostrar porque entonces me vas a echar de este lugar. Y pensándolo bien, creo que mejor me voy solo ahora mismo y evitamos todos los problemas. —Y dicho lo cual, Gabriel intentó ponerse de pie para así partir.

—Yo quiero ayudarte —insistió Raúl—, pero sin poder ver cómo es tu cara me va a ser imposible hacerlo.

Al final, Gabriel aceptó de mala gana permitiendo que Raúl le retirara la bolsa. El aire se impregnó entonces de un olor casi nauseabundo, producto de todo el tiempo transcurrido sin que Gabriel se higienizara ni siquiera una sola vez. Su desagradable rostro presentaba dos grandes inflamaciones permanentes, una ubicada en el costado izquierdo de la frente y la otra en la mejilla opuesta. Esos bultos le daban a su boca, ojos nariz y orejas, un aire de asimetría completo, siendo algo totalmente deforme y a su vez repugnante para los ojos de los humanos normales. Sus cabellos comenzaban a la altura de la nuca y caían lacios sobre sus deformes hombros. Su edad era difícil de medir con exactitud, pero Raúl calculó que se trataba de un joven varios años menor que él. El anfitrión mantuvo la calma y la postura que siempre le caracterizaban, frente a la imagen de este desdichado John Merrick moderno. Lo llevó al baño donde lo desvistió cuidadosamente. Ahí pudo ver por primera vez su espalda que, aparte de la joroba que había notado en primera instancia, presentaba unas malformaciones que caían como bultos y que lo convertían en algo aún más repulsivo.

Le pasó el jabón con extrema lentitud por todo el cuerpo cuidando que no quedara ninguna parte sin higienizar y luego que estuviera completamente aseado, le alcanzó alguna ropa vieja que a él le quedaba chica por lo que sería aproximadamente de la medida de Gabriel. Costó ponérsela pero, a la larga le quedó mejor que la que llevaba en uso con anterioridad, ésta última se encontraba en estado irrecuperable y tan sólo se la podría arrojar al contenedor de la basura.

De regreso en el estar y, mientras devoraba con desesperación un pollo al horno que le había preparado Raúl, Gabriel se fue animando a contarle algunas cosas de su desgraciada vida. Llevado por la emoción y el nerviosismo del momento, aunados a sus dificultades para expresarse de forma correcta en idioma español, fue que su alocución resultó confusa a la vez que difícil de comprender. Raúl necesitó recapitular más tarde para ordenar en su memoria ese bagaje de conceptos recibidos.

Cuando Gabriel nació, su madre lo entregó al Consejo del Menor donde creció hasta que, hace dos años cumplió la mayoría de edad y no le quedó más remedio que abandonarlo. A ella, su hijo decidió no juzgarla por no haberle querido, dejándolo abandonado de esa forma en un sitio así. Gabriel confesó que en su lugar, él también hubiera procedido del mismo modo. Consideró que era correcto que ella haya deseado vivir sin la carga pesada que un crío deforme le hubiera significado. Nunca llegó a conocer ni su nombre ni su rostro ya que no le dejó ni siquiera una fotografía de ella. De igual manera, tampoco de su padre supo nunca nada.

Sus tutores siempre lo trataron bien, atendiéndolo decorosamente a pesar del indisimulado asco que sentían frente a su presencia, no siendo así por parte de los compañeros quienes siempre se encargaron de hacerle la vida insoportable, un verdadero infierno que Gabriel rememoraba llenándose de estremecimientos y que no le deseaba a nadie. Se alejaban de él y no lo aceptaban como compañero de juegos y, cuando no se iban dejándolo solo, entonces lo golpeaban con palos mientras se burlaban con frases y motes insultantes siempre muy desagradables, siempre haciendo hincapié en las malformaciones. Por consiguiente, tuvo que armarse de una gran fuerza moral para soportarlo, cosa que no resultó ser algo para nada fácil.

En ese lugar, aprendió el oficio de carpintero. Le costaba con su cuerpo realizar los trabajos que se le solicitaban pero con esfuerzo, finalmente los lograba acabar. El gran problema, peor que soportar a los compañeros, comenzó cuando Gabriel salió de ahí ya que le resultó imposible conseguir trabajo. En todas las carpinterías en que se presentó, fue rechazado de inmediato negándose los propietarios a tomarle ninguna prueba. Finalmente, ante la desesperación producida por el hambre, acabó optando por la rapiña como la que Raúl presenciara esta noche.

—Pero nunca quise hacerle daño a nadie y me alegra mucho que le devuelvas la cartera a esa señora, creéme que eso me va a permitir dormir mucho más tranquilo durante las próximas noches, hasta que me vuelva a ver obligado a robar —fue la frase con que Gabriel terminó de relatar su historia.

Luego de meditar esas palabras durante algunos minutos, Raúl se levantó con lentitud y, dirigiéndose a la ventana miró hacia el exterior, donde ya empezaba a asomar la claridad del nuevo día.

—Creo que estamos muy cansados —dijo—. Es mejor que vayamos a dormir un buen rato. Mañana más enteros, seguimos conversando. Todavía tengo unas cuantas cosas que consultarte sobre tu vida.

Acomodó a Gabriel en el sofá y se quedó unos minutos sentado junto a él, aguardando a que se durmiera. No fue necesario esperar mucho, ya que el hombre deforme cedió ante el sueño rápidamente. Luego de quedar convencido que su huésped estaba dormido, él también se fue a acostar.


Cuando Gabriel se despertó sin tener idea de cuánto tiempo había estado sumido en los brazos de Morfeo y sin recordar con qué estuviera soñando, vio a Raúl sentado en la mesa junto a la taza y el plato de su culminado desayuno, leyendo una vieja novela de Ray Bradbury.

—Me gusta leer Ciencia-Ficción —se disculpó—. Me ayuda a tratar de comprender ciertas cosas que me suceden y me resultan inexplicables —y luego, cambiando de tema dijo—: Tenés tu desayuno pronto en el microondas. Podés calentarlo a tu gusto y tomarlo.

Gabriel había dormido muy profundamente, como no lo había hecho desde que salió del Consejo del Menor, cosa que era lógica ya que se trataba de la primera vez que se encontraba con las condiciones mínimas de confort necesarias.

Esta vez, comió lentamente, guardando las condiciones de urbanidad lógicas de las circunstancias. En realidad, no era todo lo agradable que se podía desear ya que por la forma de su rostro, le era imposible cerrar la boca en ningún momento. Por ese motivo, mientras se alimentaba, se veía en el interior de su boca la comida que por él era masticada. Raúl no realizó ninguna observación al respecto ni correspondía que lo hiciera.

A pesar de lo último que le dijera Raúl la noche anterior, por un largo momento ninguno de los dos tomó uso de la palabra hasta que, cuando Gabriel hubo acabado su desayuno Raúl le dijo:

—No quiero que te lo tomes a mal, pero vas a tener que retirarte.

Lo único que sorprendió a Gabriel, fue que esta tan dura frase demorara tanto tiempo en llegar. Con otra persona que no fuera su actual anfitrión, la hubiera recibido mucho antes. Por ese motivo, se levantó en silencio y, agradeciéndole por todo lo recibido, se dirigió a la salida.

—Por ahí no, usá la otra puerta —le dijo Raúl señalando hacia otra pared. Gabriel quedó totalmente anonadado pues hubiera jurado que en esa pared no había ninguna puerta. La había estado observando la noche anterior y estaba seguro de no haber visto nada más que el viejo y carcomido revoque.

—¿Dónde dejaste mi bolsa? —preguntó—. No pienses que voy a salir a la calle con la cara al descubierto.

—No la vas a necesitar —le respondió Raúl.

Gabriel no quedó nada conforme con esta respuesta y permaneció un momento dudando. No obstante, terminó obedeciendo y salió tímidamente por donde le indicaba Raúl.


En la vereda, Gabriel caminó tímidamente dos pasos. ¿Cómo era eso posible? Recordaba que la noche anterior habían subido tres pisos por escalera y ahora salía directamente al nivel exterior, y lo hacía sin que existiera siquiera un vestíbulo de por medio. Era como si abandonara una casa sin retiro y no un departamento.

Miró a su alrededor sin comprender nada de lo que a su allí sucedía. Lo que vio lo llenó de temor y de una inexplicable repugnancia. Había unos niños jugando a la pelota en la calle, corriendo entusiasmados y gritando en todo momento con alegría. Y los niños eran como él. Una pareja de enamorados caminaba a paso lento por la acera de enfrente, muy abrazados y besándose largamente. Y ambos eran como él. Dos mujeres conversaban en un tono animado sobre las alternativas del teleteatro de la tarde, en la puerta de una casa. Y eran como él. Un coche pasó frenando y tocándole varios bocinazos a los niños. Y el enfurecido conductor era como él.

¿En dónde se encontraba? ¿Qué clase de mundo era ése, lleno de monstruos horribles, en donde había llegado sin saber cómo una situación así podía haber llegado a ocurrir?

Lleno de pánico, dio media vuelta buscando la puerta por donde había accedido a ese extraño y terrible lugar. Quería huir de inmediato de aquel sitio antes que pudiera llegar a enloquecer. Del otro lado, Raúl le podría explicar qué era lo que verdaderamente estaba sucediendo con él.

No pudo hacerlo. Todo ahí estaba impregnado de un misterio que superaba su razón. Es que la puerta que tanto anhelaba cruzar no se encontraba más allí. En su lugar, solamente divisó un muro revocado y todo grafiteado con frases ininteligibles para su conocimiento, en un idioma que le resultaba desconocido. No había ninguna manera visible de que pudiera abandonar de inmediato aquel sitio para reencontrarse con su mundo, habitado por las personas normales con quienes se encontraba habituado a convivir.

Resignándose, tomó sus cosas y echó a caminar. Ya tendría tiempo de comprender algo de eso que le había ocurrido. Después de todo, lo más increíble era que esta fuera la primera vez en su vida que salía a la calle y caminaba entre la gente sin que nadie le prestara ninguna atención.


2ª Parte - Reencuentros


Gabriel volvió como de costumbre a su morada tras vivir otra ardua y extenuante jornada de trabajo. Allí se encontró con su esposa Patricia quien había llegado unos minutos antes y lo estaba recibiendo con un beso en la boca para luego continuar con su tarea de preparar la cena.

—¿Dónde están los niños? —preguntó intrigado Gabriel. La mayoría de las veces los encontraba en casa al llegar. Mientras lo hacía, se quitó el abrigo y se puso a ayudarla con la cocina.

—Fueron a la casa de unos amigos —le contestó ella—. Les ordené que volvieran más o menos a esta hora. Ya deben estar por llegar.

Su memoria siempre parecía querer retornar a aquel pasado, aquella jornada inolvidable desde la que habían transcurrido quince largos e inexplicables años. En un principio, a Gabriel le había resultado por demás difícil adaptarse a un sitio en el que había conseguido ser una persona enteramente normal, vencer sus miedos y ese sentido de repugnancia frente a tanta gente que le parecía en extremo desagradable. Pero al conseguir su primer empleo en una carpintería al poco tiempo de llegar, comenzó a agilitarse su proceso de integración.

Más adelante fue creciendo al asociarse con uno de sus compañeros y crear su propia empresa de carpintería. Ese mismo amigo fue quien cierto día le presentó a Patricia, la que a la postre se convertiría en su esposa y en la madre de dos hermosos varones quienes crecían sanamente. Fue algo impresionante el descubrir que él, Gabriel el deforme, el monstruo a quien nadie podía ver, estaba capacitado para mantener relaciones sexuales normales con una mujer e, incluso que fuera capaz de procrear sin inconvenientes. Con el paso del tiempo, Gabriel fue comprendiendo y admirando toda la belleza de los habitantes de aquella ciudad. Patricia siempre lo miraba con un indisimulado dejo de ironía cada vez que su marido le contaba cómo había transcurrido su cada vez más remota y difícil de imaginar juventud. Hasta él, a esta altura de su vida y ya siendo un hombre maduro, había comenzado a dudar de que todo aquello que siempre recordaba, hubiera sido real o se trataba tan sólo una horrible y acabada pesadilla. Pero no podía de ninguna manera olvidar al hombre que había sido responsable de su felicidad actual, ese hombre con quien había compartido solamente unas pocas horas de su vida y nunca más había vuelto a ver.

Sus pensamientos y su tarea fueron interrumpidos cuando los niños entraron precipitadamente quitándolo de sus reflexiones.

—No nos vas a creer lo que acabamos de ver —le dijo el mayor con apresuramiento. Ambos niños jadeaban por la intensa excitación.

—Mariano, ¿cuántas veces te tengo que decir que de esas cosas no se habla en casa? —se apuró a interrumpir Patricia presintiendo que ya sabía de qué asunto se trataba.

El niño no pareció escuchar las palabras de su madre y continuó con su alocución. —Hay un monstruo horrible en la esquina a cuatro cuadras de aquí. Es lo más feo que uno se puede imaginar.

La madre iba a cortarlo una vez más pero Gabriel con un movimiento de su mano le solicitó al niño que continuara. Patricia no tuvo más remedio que hacer un gesto de contrariedad y luego permitir que Mariano siguiera relatando lo ocurrido. Su hermano menor Florencio, a veces lo interrumpía para agregar más datos.

—Tiene los brazos y las piernas del mismo tamaño entre sí, su espalda está toda derecha y al caminar no renquea. No le pudimos ver la cara porque la tiene cubierta con una bolsa, pero otros chicos que pudieron verlo nos contaron que es algo indescriptible. Es horrendo. —Una expresión exagerada, como imitando un vómito acompañó sus últimas palabras.

Gabriel se impacientó al pedir a los chicos que le indicaran con exactitud, en qué esquina vieron a ese hombre. Ellos se rieron frente al término hombre y, cuando lograron contenerse le explicaron dónde podría encontrarlo.

Cuando salía apurado, Patricia le cortó el paso suplicándole:

—Por favor, no vayás.

—Sabés bien que tengo que ir. Es algo muy importante para mí —le contestó y de inmediato echó a correr hacia donde le habían indicado los niños. Ninguna súplica de su mujer podría ya detenerlo.

Como en un sueño, Gabriel se movió por las calles buscando la esquina indicada por su hijo mayor. Su ansiedad parecía que iría a jugarle una mala pasada ya que lo único que su mente deseaba en ese instante era descubrir el oscuro secreto que alguna vez en su pasado cambiara de golpe su destino. El corazón le dio vueltas cuando vio a la distancia el hombre sentado en la vereda, en posición de pedir limosnas con un tacho viejo y con la bolsa cubriéndole la cabeza. Fue una tremenda impresión cuando notó que movía ambos brazos con igual comodidad.

Al llegar al hombre se detuvo y, con mucha lentitud producida por innumerable cantidad de temores, le retiró la bolsa de la cabeza. A sus oídos llegó un montón de desagradables comentarios por parte de las otras personas que circulaban por el lugar y que alcanzaron a observar lo que ocurría, incluso una mujer lanzó un grito de horror frente a lo que sus ojos contemplaron. No aconteció lo mismo con Gabriel, quien mantuvo la calma en todo momento a pesar del espectáculo que tenía allí adelante, frente a sus ojos. Ambos quedaron confundidos en un fuerte abrazo cuando Gabriel pudo reconocer, no sin una gran repugnancia, el rostro tan conocido y bastante avejentado de su antiguo amigo Raúl.


Como era dable esperar, Gabriel llevó a Raúl a su casa, lo que pareció disgustar enormemente a Patricia quien volvió a sentirse molesta al empezar a comprender lo que estaba sucediendo.

—Mirá, es el monstruo. Papá lo trajo. —Todos escucharon la voz de alguno de sus hijos que hablaba en voz baja desde la otra habitación. Con presteza, Patricia se dirigió a donde estaban los chicos y los envió directo a la cama, para luego furiosa tratar de encarar a su marido.

—¿Que estás tratando de demostrar al traerlo a casa?

—Es un viejo amigo, alguien muy importante para mí. Lo acabo de invitar a cenar.

—Ya veo que no voy a poder convencerte, así que voy a la cocina a terminar de preparar la comida —dicho lo cual, se retiró de la sala para continuar su tarea, lo que seguramente fue un gran alivio para ella al no tener que encarar ese rostro tan inmundo que se encontraba en el estar de su hogar.

Al quedar solos, Gabriel sirvió dos vasos de whisky y se sentó junto a Raúl para, de esa manera, poder iniciar la conversación que prometía ser muy larga. Al principio, fue Raúl quien realizó las preguntas, interesándose por la suerte de Gabriel quien, luego de responder a las primeras cuestiones, decidió que había llegado el momento de cambiar de tema, diciendo:

—Ésta es la segunda vez que nos encontramos y siempre estuvimos hablando sobre mí. Ahora quiero escuchar algo acerca de tu vida.

Raúl dudó por unos instantes para luego comenzar diciendo:

—Tenés razón, estás en todo tu derecho de conocer la verdad, al menos hasta la parte donde realmente la sé.

Mientras hablaba, a Raúl le fueron retornando remembranzas de aquella mañana durante su adolescencia, cuando despertó descubriendo que no podía recordar nada de su pasado, ni siquiera un rostro, ni un nombre. En cambio y por extraño que pareciera, conservaba la memoria de todo lo que había aprendido, podía leer y escribir, realizar operaciones aritméticas, sabía de geografía e historia pero por más que se esforzara, no lograba recordar absolutamente nada de lo que antaño viviera.

Al principio pensó que saliendo a la calle y haciéndose ver por la gente, alguien lo reconocería y llamándolo por su verdadero nombre, lo llevaría con su familia y de a poco su vida volvería a la normalidad. Pero pronto comprendió que él no existía en el pasado de nadie y que tendría que forjarse su propio futuro a partir de ese momento. No fue muy diferente de lo que le pasaría más adelante a Gabriel al entrar en su actual mundo.

La necesidad de encontrar a alguien que le dijera:

—Yo te conozco, vos sos... —le hizo relacionarse con innumerable cantidad de personas hasta que un día comprendió que tenía un don especial al entablar amistad con una joven mujer a la cual le faltaban ambos brazos.

Había nacido con una malformación física que le dificultaba moverse con la comodidad del resto de la gente. En cierta medida, se trataba de un caso asimilable al de Gabriel aunque no resultara tan grave. Le mostró a Raúl cómo intentaba superar esa limitación utilizando sus piernas, pero que igualmente, su relación con la gente no podía ser nunca algo del todo normal. A pesar de sus esfuerzos por gustar, no lograba evitar un rechazo de gran parte del resto de las personas ¿Cómo podría alguien así conseguir, por ejemplo una pareja con quien compartir todo el resto de su existencia siendo feliz?

Estando con ella, Raúl se preguntó cómo podía ayudarla y, entonces se produjo lo que en aquel momento él comparó con un milagro. Se formó ante la vista de ambos, un mundo en el cual todos sus habitantes carecían de ambos brazos. En ese lugar, esa mujer podría llegar finalmente, a ser alguien común y corriente y hasta destacarse en sus capacidades.

—Sé perfectamente que no era eso lo que ella me hubiera pedido, comprendo que su deseo era ser una persona normal en el mundo que le había tocado en suerte, es lo mismo que me hubieras pedido vos —completó su explicación Raúl—. Pero no era eso lo que yo podía brindarle, como tampoco lo hice con vos ni con otros individuos. En cambio, considero que lo que sí estoy capacitado a darle al resto, es muy importante y dignifica al máximo su vida.

En adelante, Raúl intentó lo propio con un enano, más tarde con un ciego y después con un idiota. Ésos resultaron ser los casos más sencillos de resolver, al igual que lo sería cuando abordara a Gabriel. Pero hubo situaciones que de por sí significaron unos verdaderos desafíos, fueron los casos en que las dificultades no se encontraban en la parte física sino en el carácter, en la compleja personalidad de las personas. Hubo varias situaciones diferentes y de variado nivel de complejidad, como el de aquella otra persona.


Ilustración: Valeria Uccelli

Se trataba de un joven que desde hacía varios años habitaba en la calle dedicándose tan sólo a ingerir bebidas alcohólicas gracias a las limosnas de otras personas y algunos cantineros que le permitían acabar lo que sus clientes dejaban. Por intermedio de algunos vecinos, Raúl se enteró que era hijo de un matrimonio de médicos muy destacados, que vivía en una mansión en un barrio caro de la ciudad y que nunca en su infancia le había faltado nada de lo que necesitaba y tampoco de lo que no necesitaba. Evidentemente, era un ser humano que no estaba preparado para ser descendiente de triunfadores ni para tener todo servido, eso tan sólo lo había llenado de todo tipo de complejos. Esa vida lo había superado en la totalidad de sus limitadas capacidades psicológicas y lo había arrojado de lleno a la autodestrucción en su máxima expresión. Entonces, conversando con él, Raúl se cuestionó cuál podía ser el mundo adecuado para que alguien así pudiera acceder a un mínimo de felicidad. Hubo de asesorarse con un psicólogo hasta que le pareció encontrar la respuesta y, entonces hizo un mundo a su medida, un mundo en el que no habría triunfadores ni fracasados y donde nadie viviera en lugares de súper lujo, un mundo con el que mucha gente sueña pero al que casi nadie podría adaptarse para vivir.

Casos como ése, hubo varios y, en todos ellos Raúl quedó totalmente exhausto, sin poder actuar por varios días, un hombre que decía ser extraterrestre, un travestido, etc. Hay que imaginar cuál podría ser el mundo adecuado para insertar a un travestido, un lugar donde las leyes de la procreación fueran diferentes. Al menos a Raúl no le resultó nada fácil. En primera instancia y sabiendo que este individuo lo que más deseaba en la vida era pertenecer de hecho al sexo femenino, construyó un mundo en que naciera una mujer cada tres hombres. Ése era un buen comienzo y hacía que la homosexualidad y el travestismo fueran mucho más normales y socialmente aceptables. Pero también estaba el problema de la preservación de la especie, al haber menor número de mujeres, nacerían menos bebes. Entonces, decidió aumentar la fertilidad femenina de modo que la mayoría de los embarazos fueran múltiples y más cortos, durando cinco meses. Al haber mayor cantidad de hijos, las progenitoras no darían abasto en su crianza y allí aparecerían los travestís para brindar su colaboración como las verdaderas madres que tanto deseaban ser.

—Nunca pude comprender cómo es que puedo hacerlo —redondeó sus conceptos Raúl—, mis conocimientos de ciencia son totalmente insuficientes y, por lo que pude averiguar, es algo inexplicable para la sabiduría de los expertos con quienes hablé y que me miraron con un cierto dejo de escepticismo.

»Pero ahora, me atreví a iniciar algo que debí haber hecho mucho antes y comencé a recorrer todos los mundos creados por mí y conocer cuáles habían sido los resultados obtenidos. Por ese motivo, era para mí muy trascendente enterarme de los pormenores de tu vida durante los últimos quince años.

—¿Y cómo te fue en los otros mundos? —preguntó Gabriel quien, durante todo el relato de su amigo, había permanecido escuchando atentamente con una amplia sonrisa de aceptación y aprecio.

—Me alegra poder decirte que me fue muy bien, lo que encontré resultó ser mucho mejor de lo que esperaba. Incluso, tuve la oportunidad de corregir algunos de los errores que había cometido en ciertos casos particulares, especialmente en los más complejos donde encontré situaciones muy inesperadas pero viables de resolver. El muchacho borracho por ejemplo, aún no se había habituado a dejar el alcohol a pesar de encontrarse entre amigos. —Una pausa de Raúl para completar—: Me resulta extraño y hasta paradójico tener que reconocerlo, pero en este lapso de tiempo pude crear mundos para todo tipo de seres marginados y sufrientes y, sin embargo jamás encontré un lugar que se pudiera adaptar a mis necesidades.

Luego de esto, siguió un largo silencio, como si ya ninguno de ellos tuviera más nada que agregar. Sin embargo, Gabriel permaneció pensativo mientras masticaba con lentitud unos bocados que les sirviera hacía unos instantes Patricia. Su mente pareció por un momento, estar divagando por un sinfín de lugares diferentes, habitados por seres de la más diversa índole, llevando consigo las más variadas situaciones de vida que la imaginación humana pudiera concebir.

—Estás equivocado —le espetó al fin—. Encontraste hace ya mucho tiempo el mundo que tanto necesitabas y entonces lo creaste para vos mismo aunque vos no lo notaras.

—¿Sí? ¿Y cuál es ese mundo? —se interesó Raúl sintiendo que ahora el escéptico, incapaz de creer lo que le dijeran otras personas, era precisamente él.

Gabriel demoró una eternidad en darle la tan ansiada respuesta. Parecía como si las simples palabras que el otro aguardaba fueran en extremo difíciles de pronunciar, hasta que se animó y dijo:

—El mundo que creaste para vos mismo fue la Tierra.



Adhemar Terkiel nació en Montevideo en 1954, ciudad donde aún habita; es Arquitecto y Profesor Técnico ejerciendo ambas profesiones en forma pública y privada. Como escritor es autodidacta habiendo obtenido menciones con sus cuentos La Visita a un Castillo y La Era de Matusalén en 2002, en el concurso realizado por la AACPUU. En 2007 publica varios de sus cuentos y un artículo en el Sitio de Ciencia-Ficción. Ahora participa en el taller de literatura de Axxón, Máquinas y Monos 5.


Este cuento se vincula temáticamente con EL MAYOR PODER (II), de Guillermo Rothsche (177), BURROS MÁS VELOCES QUE LA LUZ, de Javier Goffman (187), y COPYRIGHT, de Pedro Pablo Enguita Sarvisé (186)


Axxón 190 - octubre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Seres extraordinarios : Mundos pararalelos : Uruguay : Uruguayo).

            

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