DÉCIMA ÓRBITA

Gustavo Bondoni

Argentina

Invierno.

No hay movimiento. La debilísima energía que llega desde la estrella distante no es suficiente para sustentar movimiento alguno, pero debo moverme. Mi supervivencia depende del movimiento, ya que el invierno no me permite suficiente acumulación de energía para sobrevivir la noche. Sobrevivir significa alimentarme, y alimentarme significa mantenerme siempre delante de la sombra del planeta. Aún eso no será suficiente en otra fracción de revolución. Entonces, la energía sólo alcanzará si me mantengo alineado con el movimiento del planeta de tal manera de absorber constantemente el sol de mediodía.

Irónicamente, esto sería imposible si no fuera por el frío mismo. Yo no siento el frío, pero sin embargo es un concepto que siento claramente en la estructura cristalina del planeta. Es mucho más fácil moverme a través del cristal durante el frío invierno: puedo cruzar medio planeta en un instante.

Pero no sin expender energía. Energía preciosa. Y no puedo quedarme dentro del cristal más tiempo que el necesario para moverme. Necesito estar en la superficie para alimentarme de la luz de la estrella. Toda la energía que llega a la superficie se me escapará para siempre.

Esto es el invierno. Períodos de alimentación seguidos por desplazamientos desesperados hasta un nuevo mediodía de energía abundante. Incluso mi tamaño disminuye a medida que consumo la energía que almacené durante mejores épocas. El área que puedo cubrir se achica tanto que, en ocasiones, apenas alcanzo a cubrir sólo dos o tres depresiones en la superficie. En el invierno me marchito.

¡Cómo añoro los gloriosos días de verano! En el verano puedo descansar noches enteras y aún así tendré energía para expandirme al día siguiente. Puedo estirarme y alcanzar la pequeña luna en su órbita con el borde del campo energético que define mi existencia. Ella se siente distinta al planeta. Es más difícil desplazarme allí, como si su matriz cristalina fuera, de alguna manera, imperfecta.

En el invierno la luna es como un sueño. Puedo sentir su posición, sus dimensiones y su movimiento, pero no puedo estirarme y palparla. Es una simple cuestión de energía insuficiente.

Esto también es invierno. Imposibilitado de actuar o de moverme salvo para esos desplazamientos que son necesarios para sobrevivir, debo contentarme con recibir información de mis alrededores. En invierno, debo prestar atención a todo lo que transcurre dentro de mi esfera de conciencia. Es la única manera de evitar el sueño. El sueño que es inactividad. El sueño que es muerte. Sólo en verano, dentro de una eternidad, puedo arriesgarme a dormir.

Siento la estrella. Está a una distancia inimaginable, pero, al mismo tiempo, es el centro de mi existencia. Es mi fuente de nutrición, mi fuente de vida. También es la brújula para mis percepciones, pues sólo puedo sentir lo que ocurre dentro de la órbita elíptica de mi planeta. ¿Habrá algo, podrá haber algo, fuera de mi órbita? La lógica parecería indicar que sí, pues, muchas veces, el planeta de la novena órbita se desplaza hacia fuera de la elipse y desaparece de mis sentidos. ¿Será que el sistema completo es un producto de mi imaginación, y simplemente desaparece cuando las órbitas no están alineadas según un conjunto de reglas caprichosas? No lo creo. Durante los largos inviernos, he llegado a creer que estoy de alguna manera unido a la estrella y que el universo puede dividirse en dos partes: todo lo que ocurre entre mi ser físico y mi fuente de energía, y todo lo demás. Yo sólo puedo percibir lo que ocurre dentro de mi órbita.

Hoy siento la estrella por hábito. Hubo una época, hace incontables revoluciones, cuando la estrella era lo único a lo que le prestaba atención alguna. Mi conciencia no estaba tan desarrollada como ahora, y mis únicos recuerdos de esos inviernos son sensaciones agudas de miedo y de hambre. Hambre por la falta de nutrición disponible, combinada con el miedo de que algo le fuera a pasar a la estrella. Al comprobar que se encontraba en buenas condiciones, mi miedo se abatía, para regresar momentos después. Mis memorias de los veranos de ese mismo período son sensaciones de felicidad y movimiento y exploración. Parece que, aún en esa época, podía olvidarme de la supervivencia cuando se presentaban propuestas más importantes.

Y, mirando hacia atrás, entiendo por qué ignoré al resto del sistema. ¿De qué uso podían ser los planetas de las primeras cuatro órbitas? Nada más que enormes bolas de piedra circulando la estrella, no despertaban ningún interés.

Las órbitas entre la sexta y la novena mostraban una pequeña dosis de promesa incumplida. Aunque eran similares en composición a la estrella, la energía que emitían no era suficiente para complementar la nutrición proveniente desde la estrella. Después de echarles una mirada superficial, había perdido el interés.

¡Y la quinta! Un lugar triste, vacío, desprovisto del planeta con el que debería haber contado. El potencial del lugar era ilimitado; se podría haber formado un planeta similar a cualquiera de sus hermanos. Pero ninguno había nacido allí. Es una desolación de pequeñas piedras, poco más grandes que la luna con la que sueño en invierno.

Hace muchos inviernos, mi atención había sido atraída por una pequeña incongruencia de energía en el planeta de la cuarta órbita. Pequeñísima, inconsecuente, pero distinta. Una pulsaciónque podía sentir en el núcleo mismo de mi ser, como si me estuviera llamando. Hasta podía sentirla en verano, cuando normalmente estaba más concentrado en explorar y en la alegría del movimiento ilimitado y sin preocupaciones. Intenté responder el llamado, pero, como siempre, la luna era lo más lejos que podía ir. Ese verano fue la primera vez que esta restricción se me tornó insoportable. Quería cruzar el vacío y unirme a la pulsación. Se transformó en mi nueva razón de ser. Mi hambre y mi miedo fueron reemplazados por mi deseo.

Durante muchas revoluciones fue así. Mi añoranza creció y creció hasta que en lo único que podía pensar era en cómo cruzar la brecha que nos separaba. Y podía sentir que la señal se tornaba más débil con cada momento que pasaba. Mi urgencia creció.

Y la pulsación cesó. En sus últimos momentos, se sentía débil y tirante, como si estuviera siendo derrotada en una lucha monumental. Las razones mismas de mi existencia habían dejado de existir.

No tengo recuerdos de los siguientes inviernos. No estoy seguro de cómo sobreviví, ni siquiera si efectivamente sobreviví. Quizás simplemente dejé de existir y reaparecí en un tiempo posterior. Sea como sea, no me acuerdo de nada salvo que un día de invierno, la pulsación había vuelto en una encarnación distinta. De alguna manera, ¡imposible!, se había reubicado en el planeta de la tercera órbita, y estaba latiendocon una fuerza que nunca había exhibido la pulsación del planeta de la cuarta órbita. Era como la diferencia entre un día de verano y una noche de invierno.

El deseo volvió, más fuerte que antes. Una urgencia incandescente, incontrolable, de unirme al pulso, de internarme en él y consumirlo, se sobrepuso a mi rutina de supervivencia, perfeccionada durante años. Dejé de lado toda cautela y me desplacé a gran velocidad a lo ancho de la superficie del planeta - en parte como festejo y en parte para sentir que estaba haciendo algo, lo que sea, para lograr mi meta. Pero era invierno, y había gastado una energía que no podía reponer. Casi no logro escapar de la sombra, y para cuando el invierno finalmente terminó, mi tamaño era casi insuficiente para alimentarme efectivamente.

Pero estaba contento. La razón para existir se había tornado, una vez más, en algo más que meramente asegurarme la absorción de suficiente energía nutritiva de la estrella. Había un propósito.

Y mi hambre creció. A medida que crecía la fuerza del latido, así también se incrementaba mi deseo. Y su fuerza crecía continuamente, revolución tras revolución. Apenas podía controlarme. A veces me encontraba tratando de usar el movimiento de la luna para arrojarme en dirección de la tercera órbita, pero era inútil. Huía al centro del planeta, entre la estructura cristalina más profunda, en un intento por dejar de sentirlo. Pero también era inútil.

Y el latido se tornaba cada vez más fuerte.


***


Invierno.

Este objeto es un descanso temporario. Es obviamente ajeno al planeta, no parte de su superficie. La energía que absorbe es entregada libremente, y se irradia hacia fuera. Es aquí, y sólo aquí en toda la superficie, que puedo saciarme. El objeto nunca estuvo aquí en los inviernos anteriores. Su estructura cristalina es distinta, muy distinta de la del planeta. Aún durante el calor del verano, es un placer desplazarme fácilmente por sus tubos y paredes.

Este objeto era un vehículo que ha llegado durante el verano. Nunca se iría.

Muchas revoluciones habían pasado, y el latido se había vuelto sutilmente distinto. Más complejo, más intrincado, de alguna manera más decidido. Y cada vez más fuerte. Era como si una pulsación ínfima, más veloz, se hubiera sobrepuesto a la primera, amenazando con ahogarla, pero que nunca lo lograba. ¿Qué significaba esta gran concentración de energía pulsante? ¿Por qué la tercera órbita, con sus cortas estaciones y gran planeta rocoso, era especial de una manera que la cuarta no lo había sido?

Lentamente, la segunda pulsación creció, y en algunos casos superó y enmascaró al latido original. Con el pasar del tiempo, el planeta de la tercera órbita pasó a ser dominado por esta recién llegada y parecía, desde donde yo observaba distante, que la primera pulsación existía sólo en los lugares donde la segunda se lo permitía. El balance de poder había cambiado, y yo no tenía idea de qué podía significar. Pero mi hambre no se había abatido, sólo había cambiado de foco. Nunca podría descansar hasta no haber absorbido el segundo pulso.

El planeta de la tercera órbita comenzó a cambiar. Esto por sí mismo no era inusual, pero el ritmo del cambio amenazaba con abrumar. Hubo un tiempo en el que era suficiente monitorear el progreso de las pulsaciones cada uno inverno o dos inviernos. Aunque me era imposible, dejar de sentirlos una vez que los hube descubierto, igualmente requería concentración de mi parte para discernir las sutilezas, los detalles.

El ritmo de su crecimiento era increíble. Aun cuando la nueva pulsación estaba recién empezando en el planeta, el crecimiento no había sido tan grande.

Pero, un invierno, la pulsación rompió con todas mis expectativas. El primer gran golpe vino cuando el tercer planeta comenzó a emitir energía. Aunque débil, era del mismo tipo que la de la estrella. ¿Podría esta radiación, proveniente de una fuente tan inesperada, ser mi próxima fuente de energía?

Y entonces parte de la pulsación se separó del suelo. Fue como si hubiera separado una pequeña parte de sí, y la enviara desde una parte de la superficie a reunirse con el cuerpo principal en un punto lejano.¿Cómo podía ser posible? Y mientras yo observaba fascinado, esto ocurrió una y otra vez. ¿Sería ésta la manera en que yo podría alcanzar la pulsación? Intenté separar una pequeña parte de mi campo energético.

¡Éxito! Pero mi entusiasmo tuvo corta vida. La energía que había separado simplemente se difundió en el espacio y se me perdió para siempre. Éste estaba destinado a ser otro invierno sacrificado. ¡Pero qué distracciones tan fascinantes!

El pulso se separó una vez más, de una forma distinta, y una pequeña porción se trasladó al gran satélite que orbita el planeta. Permaneció ahí un tiempo que pareció ser de sólo unos momentos antes de volver a unirse con el cuerpo principal, pero fue inconfundible. Antes de que llegara el verano, este proceso se repitió un puñado de veces.

No volvió a ocurrir hasta el siguiente invierno, aunque observé ansioso la tercera órbita cada momento del verano más largo de mi vida, intentando hacer que la pulsación se moviera por el solo ejercicio de mi voluntad. Sentía que si podía llegar hasta la luna de su planeta, entonces llegaría hasta mí. Para ser devorada. Para agregar su energía a la mía.

Y el tiempo llegó, el siguiente invierno, en el que la pulsación emanó de su planeta. Primero a su luna. ¿Podía soñar que intentaría dejar la tercera órbita? ¿Podía desear que a su debido tiempo, llegara hasta mí?

Sí. A finales de ese mismo invierno, una pequeñísima fracción se separó de la tercera órbita en curso al planeta silencioso de la cuarta. Habiendo dejado atrás la masa principal de la pulsación, podía sentir de manera mucho más íntima esta porción. Todavía recuerdo mi sorpresa al darme cuenta de que no era una pequeña porción de una masa mayor, sino varias pulsaciones individuales. Diferentes, pero de una manera casi imperceptible.

Por eso retomé mi escrutinio del latido principal, aún en el planeta. Con mi nueva perspectiva, podía discernir cientos, miles, miles de millones de pulsantes, latientes fuentes individuales de energía. Y, finalmente, algunas de ellas venían hacia mí.

Su progreso me cautivó durante varios ciclos. Observé mientras se acercaban lentamente a la cuarta órbita. Sufrí cuando la señal que emitían se volvió agitada, recordándome los patéticos últimos días de la pulsación del cuarto planeta. Agonicé mientras se apagaban los chispazos individuales. Me desesperé cuando terminaron por desaparecer. Habían cubierto menos de la mitad de la distancia que separaba la tercera órbita de la cuarta.

Pero no se dieron por vencidos. Rápidamente, dos grupos más de pulsaciones individuales se desprendieron del planeta desde diferentes puntos de su superficie. Un tercero los siguió de cerca. Todos se dirigían hacia el planeta de la cuarta órbita, como si estuvieran corriendo una carrera. Dos de los grupos arribaron. El tercero pereció en el vacío entre las órbitas.

Los grupos exitosos eventualmente emprendieron el viaje de regreso a su planeta de origen. Pero antes de esto, ya había partido un número de nuevos grupos, intentando cruzar el abismo. Muchos de éstos lograron el objetivo, y varios se mantuvieron en el planeta por algunas revoluciones. El pulso había logrado su cabeza de playa y estaba creciendo en un lugar completamente distinto. Había cruzado el gran golfo.

¿Vendrían hasta mí? Mi hambre no conocía límites. Pero yo tenía paciencia. Yo había estado antes de la existencia del pulso y podía esperar un poco más para consumirlo.

Observé mientras la pulsación continuaba expandiéndose, ocupando pequeños lugares en cada órbita. En todos los casos, el patrón era el mismo. Los primeros pasos tentativos seguidos por la subyugación completa de cada superficie bajo el dominio del pulso. Estaba absorbiendo todas las órbitas. La segunda. La quinta. La séptima. La octava.

Cuando comenzaron las primeras visitas a la novena órbita, tuve miedo por primera vez desde mis primeros inviernos. ¿Qué es esta fuerza incontenible que estaba absorbiendo el sistema? ¿Podría ser, como había pensado, una nueva fuente de energía para ser consumida y para que pudiera sentir la gloria de su paso a través de mí y que podría hacerme crecer más allá de mis sueños más ambiciosos? ¿O estaban ellos viniendo a consumirme a mí, de la misma manera que habían consumido a cada órbita entre mi estrella y yo?

Una sola cosa era segura: me enteraría muy pronto.

La pulsación estaba en camino. Podía sentir la trayectoria. Mi eterna espera llegaría a su fin el próximo verano.


***


Invierno.

No es necesario el arrepentimiento. He aprendido que la paciencia es la manera de obtener beneficios. Tendré otra oportunidad. Y, entonces, usaré mi paciencia para controlar el hambre. He aprendido.

La sombra se acerca, y con algo de remordimiento dejo el vehiculo en búsqueda de un lugar más seguro donde alimentarme. He conocido cómo se siente estar completamente satisfecho, y he sido castigado por mi avaricia. Por ahora, me moveré con la energía de la estrella. Pero sé que creceré nuevamente. Sólo debo tener paciencia. Durante innumerables revoluciones he aprendido a esperar. Con la salvación tan cercana, debo poner en práctica ese conocimiento.

El aterrizaje del vehículo fue un evento violento. La energía de la desaceleración. Calor. Yo me atrincheré en lo profundo del planeta, mi miedo batallando contra mi hambre. ¡Cuánto quería trasladarme a la superficie y absorber esa energía! Lo poco que llegaba a mi posición distante era más energía de la que había experimentado jamás. Más de la que hubiera creído posible. Las cosas que podría lograr si sólo pudiera consumirla.

El vehículo finalmente se detuvo. Podía sentir dos pulsos distintos moviéndose adentro. Me acerqué lentamente, asustado ante la posibilidad de revelar mi posición a estos dos miembros de la fuerza que había devorado el sistema entero. Sólo la potencia desesperada de mi hambre me empujaba hacia las pulsaciones gemelas. A esta distancia, su latido era increíble. Me acerqué de a poco.

Y pude ver a la pulsación como realmente era. Me retrotraje, repugnado.

La pulsación no estaba formada de energía pura y limpia, como me había imaginado. Estaba encapsulada dentro de un cuerpo físico. Como una piedra. O la luna. Su energía estaba íntimamente entretejida en el componente físico. La pulsación era el cuerpo, y el cuerpo era la pulsación. La energía estaba corrupta, impura.


Ilustración: Valeria Uccelli

Pero también era infinitamente apetitosa. Me llamaba, despertaba mi hambre. A pesar de mi repulsión, me acerqué lentamente. El cuerpo de una de las pulsaciones había salido del vehículo y se estaba moviendo sobre la superficie del planeta, interactuando con ella físicamente. Dos protuberancias soportaban el torso y ayudaban en la locomoción. Me acerqué hasta la superficie y extendí mis sentidos, fascinado.

A esta distancia, la energía de la pulsación era casi irresistible. Ansiaba absorberla, hacerla mía. Me olvidé de la corrupción y me acerqué. Sólo el miedo me impedía saltar la brecha que nos separaba en un instante. Cada vez más cerca, temiendo el momento en que sería detectado y devorado como todos los demás planetas de las otras órbitas. ¿Sería ése mi fin?

Más cerca. Y aún más. No podía acelerar por mi temor paralizante a esta monstruosidad, pero tampoco podía obligarme a frenar.

Y aún más cerca. Pero de pronto me di cuenta de que me habían detectado. La figura se enderezó y se quedó quieta. Su pulsación aumentó en intensidad, irradiaba miedo y desesperación. Estaba tan cerca que casi podía leer sus pensamientos a través de la red de energía.

La figura empezó a moverse hacia el vehículo, y sentí terror ante la idea de perderla para siempre. Nunca podría experimentar cómo era absorber esta fuente gloriosa de energía. Se movió rápidamente, desesperada, hacia el vehículo.

Pero no lo suficientemente rápido. Crucé la matriz cristalina de la superficie que me separaba de la pulsación y me introduje en su cuerpo.

Y absorbí la pulsación.

Una eternidad subsistiendo con la energía de la estrella distante no me había preparado para esto. Fue como si me hubiera expandido a diez veces mi tamaño normal. Podía encapsular al planeta sin esfuerzo alguno. Expandí mi tamaño y rodeé la luna. La luna completa. Me sentía más poderoso de lo que podría haber imaginado. La energía fluía a través de mi cuerpo a tal punto que me era posible afectar la superficie del planeta.

Pero, demasiado pronto, la energía se acabó. La desolación de su ausencia despedazó mi ser, una agonía que nunca antes había experimentado. Tenía que absorber la segunda pulsación.

Pero me fue imposible. Observé impotente mientras la parte superior del vehículo se separaba del resto y se desplazaba al vacío, fuera de mi alcance para siempre.


***


Invierno.

Debo evitar la tentación de alimentarme excesivamente. Si soy pequeño, no podrán detectarme.

Ellos volverán, y yo me infiltraré en su vehículo. Me saciaré en otra órbita, dejaré la décima para siempre. ¿Estaré más cerca de la estrella que fue mi única compañía durante tantos años? ¿O aún más lejos, en una órbita desconocida con revoluciones más largas e inviernos más crueles? No importa, pues la pulsación me proveerá con más energía que la que puedo consumir.

Pero debo ser paciente. Ellos volverán, y yo estaré acá.

Esperando.



Gustavo Bondoni es un autor argentino que escribe principalmente en inglés. Su obra ha sido editada (impresa y en internet) en Europa, Canadá y Estados Unidos. Sus cuentos de ciencia ficción fueron publicados en "Ruins Extraterrestrial", "Escape Velocity", "Jupiter", "Scribal Tales" y "Science Fiction" (Dinamarca). También ha publicado obras de otros géneros.

El cuento Tiempo de descuento fue publicado originalmente como Borrowed Time en la antología de ciencia ficción "Ruins Extraterrestrial" por la casa estadounidense Hadley Rille Books. Es la primera vez que la obra de Gustavo aparece en castellano. Su sitio en internet (en inglés) es Bondoni.

Hemos publicado en Axxón: TIEMPO DE DESCUENTO (182)


Este cuento se vincula temáticamente con LA CARGA, de Sue Giacoman Vargas (166), MICROMEGAS, de François Mary Arouet (Voltaire) (176), y LAS RUINAS DE DARTRUM, de Damián A. Cés (175)


Axxón 190 - octubre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Especies : Ser Extraterrestre : Argentina : Argentino).

            

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