EL REÑIDERO

Alejandro Mariatti

Argentina

Los viejos galpones de la estación Buenos Aires en aquel entonces servían para juntar basura y alojar cirujas, salvo los viernes y sábados a la noche. En esas ocasiones Don Roque organizaba diferentes eventos. Había mucho público ávido de emociones fuertes. Pagaban substanciosas entradas para ver cosas que nadie legalmente permitiría.

Don Roque era toda una leyenda en el barrio, nadie se metía con él. En no pocas oportunidades algún pobre infeliz que le debía algo o le había faltado el respeto había ido a integrar involuntariamente uno de los espectáculos del sábado a la noche. Era una verdadera picadora de carne y el público pagaba precisamente por eso. Si había alguna desgracia, el ganador se podía considerar muy afortunado pues su cotización subía a las nubes. Cuantas más desgracias acumulaba, más subían las apuestas.

La policía... ¿qué tenía para decir a todo esto? Nada, obviamente, si uno de los más fuertes apostadores era el comisario, seguido de varios fiscales y jueces que por lo general iban acompañados no necesariamente de sus esposas. Era un espectáculo aparte ver a estos personajes entrando del brazo de mujeres tres veces más jóvenes, y por otro ver a sus viejas esposas con varias cirugías encima acompañadas por musculosos efebos.

En verdad nada de esto es el pasado; sigue siendo y más sangriento aún. Los protagonistas sí son historia, tal vez leyenda. Uno en especial es un auténtico mito.

Aquella fue una noche estelar, habría una pelea verdadera. Normalmente las peleas se arreglaban; con un poco de ginebra o cocaína hacían subir a dos boxeadores ya acabados para que terminaran de destruirse. Pero esta vez era diferente. Subirían dos peso pesado verdaderos. Uno de ellos, nuestra leyenda, se destacaba en los rankings oficiales, tenía una fama bien ganada y todos podían pensar que no tenía necesidad de esto, pero las peleas oficiales no ofrecían la misma emoción que éstas. Aquí no había quien tirara la toalla, corrían las mismas reglas, salvo el abandono. Una auténtica masacre, con el valor agregado de que los protagonistas eran profesionales. Las figuras de mediano reconocimiento, como nuestro caso, acostumbraban cada tanto a hacer este tipo de combates. Se exponían mucho, pero en una sola noche ganaban diez veces más que con las luchas oficiales. Si perdían podían quedar muy estropeados o no levantarse más; de todas formas el perdedor cobraba muy bien, si perdía totalmente, cobraba su familia.

Cuando se producían estas noches estelares, se alborotaba todo el barrio y algunos se sentían en especial contentos, porque los que habitualmente caían en la lona no le importaban a nadie; deshacerse de ellos o lo que quedase no era problema. Si todavía podían moverse los dejaban en la guardia del hospital con parte de su paga, de la que se harían cargo los que lo atendiesen. Pero cuando el tumbado era alguien más o menos conocido, había más pistas y apariencias que cubrir, no se podía hacer desaparecer el problema, así que las cuentas a pagar para no ver nada se multiplicaban. El barrio agradecido. Enfermeros, médicos, policías, jueces, porteros, etc. Había una extensa lista que se beneficiaba con buenos extras por ver las cosas cambiadas. Aunque tampoco nadie se hubiera atrevido a denunciar nada, pero la posibilidad de infidencias ante la prensa era un peligro probable. Encontrar un campeón nacional o internacional medio muerto a golpes en su auto no era algo muy discreto. Estos hechos podían ser disfrazados con un accidente automovilístico, una repentina caída por una escalera u otras cosas que justificasen las lesiones. Así eran las cosas. Así son. Todavía.

Aquella noche el galpón parecía explotar con tanta gente. A medida que se acercaba la hora de la pelea, entraban más y más personas pagando hasta diez veces el precio habitual. Las apuestas subían a favor del local. Fueron pasando los diferentes espectáculos organizados por Don Roque, elevando los ánimos por encima de lo común. En esta oportunidad el retador era extranjero, un puertorriqueño desconocido.

Pasaron "la gallinita ciega" —uno de los grandes favoritos del público—, la riña con perros, las peleas con manoplas y el duelo criollo, para finalizar. Esta vez ambos contendientes habían ganado o perdido, depende de cómo se lo veía. Esta lucha había sido del mayor agrado para los presentes. Cuando estaban anunciando la pelea final de la noche, los encargados de limpieza todavía estaban tratando de limpiar el desparramo de sangre en la lona.

Hubo un momento de silencio antes de que el locutor anunciase la pelea. En los sitios de privilegio estaban Don Roque y un visitante muy importante, mister Ferguson. Venía desde Las Vegas trayendo al retador. A su lado había una escuadrilla de sirvientes y guardaespaldas; Don Roque sólo tenía dos hombres de confianza.

Se encendieron todas las luces a pleno sobre el ringside, subió el locutor con su esmoquin negro reluciente y anunció con toda profesionalidad.

—Y ahora tenemos el placer de anunciarles el quinto enfrentamiento de esta noche especial. NOCHE DE BOXEO EN PARQUE PATRICIOS. —La gente irrumpió en exclamaciones de entusiasmo y ansiedad—. Esta noche tenemos un encuentro internacional gracias a la gestión de nuestro respetado patrocinador don Roque Santorini y por el otro lado gracias al honorable señor Charles Ferguson.

La gente aplaudió con respeto mientras los luchadores iban entrando sorteando a todo el gentío hasta llegar al cuadrilátero. El locutor continuó repartiendo elogios para los organizadores mientras los boxeadores subían al ring acompañados de sus respectivas comitivas.

—Y en el rincón izquierdo —seguía el locutor— con pantalón negro tenemos al campeón argentino de peso pesado, el chaqueño Ignacio "Tano" Pietranera, con un metro noventa y cuatro centímetros de altura y pesando ciento un kilos. En el rincón derecho tenemos al puertorriqueño Carlos "Tanque" Fuentes, con dos metros y un centímetro y pesando ciento tres kilos. El encuentro es a diez rounds, con posibilidad de extensión. HASTA QUE QUEDE UNO SOLO EN PIE. —Las exclamaciones atronaron—. Árbitro de la pelea: el honorable señor Gonzalo Bezerra.

El locutor se retiró y los contendientes fueron hacia el centro del ring junto al árbitro, quien les dio unas pocas indicaciones y los mandó a sus rincones.

A los pocos segundos sonó la campana. Ignacio saltó hacia el centro. A todos sorprendía la ligereza de sus pies para esa categoría. Fuentes hacía presencia, con la guardia baja. Ignacio comenzó a bailar midiendo la capacidad de reacción de Fuentes. Saltaba a un lado, al otro, se acercaba, se alejaba, levantaba la guardia, amenazaba un golpe y retrocedía, volvía a avanzar, y la única respuesta de Fuentes era seguirlo con la mirada y girar con lentitud, enfrentándolo. Era demasiado lento. Ignacio decidió probar y lanzó un directo "suave". Fuentes lo esquivó pero no más que eso. Parecía como si sólo le preocupase proteger su estómago. Ignacio no se dejó estar, siguió atento a los movimientos del "Tanque".

Los ojos negros de Fuentes registraban con cuidado los movimientos de Ignacio, estos ojos eran totalmente inexpresivos, ni siquiera reflejaban la luz que los rodeaba. Ignacio estaba reparando en eso cuando detectó la súbita tensión o mejor... ¿vibración? en los músculos de los hombros y tras ello partieron dos pesadas manos hacia Ignacio, él las finteó, hacia un lado y luego un paso atrás. Fuentes quedó cerca y desprotegido, Ignacio lo tenía servido y aprovechó, le estrelló un directo en pleno rostro. Fuentes trastabilló hacia atrás, pero siguió firme y bien plantado, a Ignacio le ardía la mano. Sin darle tiempo a nada saltó y le colocó un impecable cross derecho en la mandíbula. Fuentes sólo giró la cabeza como un resorte y siguió parado, listo para seguir recibiendo golpes como si fuera un chiste. Sonó la campana.

Ignacio volvió a su rincón. Sentía un torniquete frío en la nuca. Involuntariamente se estremeció cuando se iba desplomando en el banquito. Su manager de años, su hombre de confianza, le susurró al oído.

—En el tercero tiráte —le dijo casi con vergüenza. Ignacio giró hacia él, no quería creer lo que oía. El nudo frío le mordió desde la nuca hasta el coxis.

Sonó la campana del segundo round.

Ignacio saltó al centro con más decisión. Fuentes se incorporó, pesado, y llegó hasta el centro. Ignacio no esperó más, se lanzó a fondo contra el "Tanque".

Izquierda a la ceja, cross derecho a la cabeza, izquierdo a la mandíbula, un derechazo fulminante al rostro, pero Fuentes no parecía hacer acuse de esos mazazos, sólo se sacudía su cara a un lado y otro sin ruido, como si estuviera vacía. Fuentes seguía atornillado al piso, sus ciento tres kilos parecían toneladas imposibles de mover. Ignacio tomó distancia, lo midió tratando de ver los daños. Fuentes seguía con su rostro intacto y la mirada igual de inexpresiva. El público gritaba exasperado:

—¡¡TANO, LA PUTA QUE TE PARIÓ, QUEREMOS SANGRE!!

Ignacio perdió la calma y se lanzó adelante, desprotegiéndose, muy previsible el movimiento. Fuentes lo aprovechó y lo despidió hacia atrás con un gancho ascendente al hígado. Ignacio se dobló sin aire; al hinchar el pecho buscándolo sintió unas puntadas como cuchillos clavándosele. El público gritó feliz. La mayoría había apostado por él, pero no les importaba ese detalle. Fuentes avanzó buscándolo, Ignacio retrocedió al centro del ring para recuperarse. Fuentes no cambió su expresión, los ojos eran tan negros como antes, seguía allí firme, los puños a la altura del pecho y el estómago, fijos.

Ignacio saltó adelante, amagó un directo de derecha. Fuentes apenas giró el torso hacia él, Ignacio dio un cambio rápido a la izquierda y cargó con su peso de ese lado contra el rostro de Fuentes. Lo sacudió haciéndole perder el equilibrio y creando un claro en la defensa, allí el Tano achicando distancias metió un gancho al estómago, se colgó de Fuentes y volvió a golpearlo en el estómago. Esta vez pudo sentir que ya no estaba firme. Fuentes temblaba convulso.

Sonó la campana.

Ignacio volvió a su rincón, pero Fuentes se quedó parado en el medio sin saber qué hacer, los brazos caídos, sacudidos espasmódicamente por estremecimientos epilépticos. Los colaboradores lo volvieron a su rincón. El público gritaba, se desgañitaba pidiendo sangre. Sus rostros se contorsionaban colorados, hinchados, rechinando los dientes, con los ojos desorbitados. Los hombres y mujeres estaban unidos en un concierto de sonidos chirriantes como sus rostros.

Ignacio volvió a ver a su manager, que con rostro ya no avergonzado, sino preocupado, le decía algo. Ignacio veía sus labios moverse y no escuchaba, pero sabía que le insistía en lo mismo. Echó una mirada a Don Roque y a mister Ferguson, había incertidumbre en sus grasientos rostros. Eran gente que jamás aceptaba perder nada.

Sonó la campana del tercer round.

Ignacio volvió animoso, dispuesto a demostrar claramente que a él sólo lo podrían sacar muerto.

Fue directo a Fuentes, todavía bailando ágil sobre un pie y otro, le sacudió el rostro con cuatro directos. Los ojos del "Tanque" seguían igual, como si por su cabeza no pasase nada, sólo que ahora no tenía tan firme la guardia sobre el estómago. Ignacio siguió saltando, midiendo, acercándose y alejándose. Fuentes avanzó más decidido, Ignacio se lanzó sobre el rostro. Izquierda, derecha, izquierda, combinados directos poderosísimos que sólo servían para mantenerlo a distancia. Acortó distancia; necesitaba descansar, no podía seguir con el baile. Se tiró con su peso contra Fuentes y disimuladamente le dio un cabezazo de costado. Sintió un ¡crack! fuerte y claro. Algo se había roto en la cara de Fuentes. Se sintió aliviado por esto. Lo trabó y entonces se dio cuenta que el otro seguía tan fuerte como al principio, ni había sentido el último golpe. Le parecía estar tratando de parar una locomotora; la piel estaba seca y fría. El árbitro los separó. Ignacio pudo ver el rostro de Fuentes, lo que veía era imposible: el cabezazo le había quebrado el hueso nasal. La nariz estaba torcida por efecto de la rotura, pero no había sangre, ni dolor en la ancha y fría cara de Fuentes. El público seguía reclamando sangre, ya perdida toda compostura.

Ignacio no sabía qué hacer, se volvió a tirar contra el "Tanque" para buscarle un punto flojo, pero esta vez Fuentes lo vio venir y lo recibió con un golpe al hígado que lo despidió a un metro. Ignacio se quedó doblado buscando aire. Fuentes se le fue encima justo cuando se incorporaba. Primero fue un directo a la boca. Sintió cómo se le estremecía la cabeza, aún así tuvo reflejos para prepararse, no se sentía capaz de hacer nada más que aguantar y amortiguar los golpes, podía anticiparlos por la lentitud de Fuentes. Voló un derechazo al ojo, ahora Ignacio veía tras una cortina de sangre por la izquierda, el siguiente fue el ojo derecho con el mismo efecto, un cross le hizo girar la cabeza y lo lanzó contra las cuerdas. Se tomó de éstas para no caer e hizo fuerza con todo el cuerpo para mantenerse en pie; ya tenía que estar por sonar la campana. No iba a darles el gusto de caer cuando ellos lo decían. Fuentes venía hacia él. Ignacio tomó aire, aunque le pareció como si se lo hubieran robado. El público gritaba feliz, por fin había empezado el espectáculo. Todos estaban perdiendo sus apuestas, pero no les importaba. A él tampoco les importaría frustrarlos. Se impulsó hacia la mole acechante que tenía al frente y se estrelló con todo su peso contra el esternón de Fuentes, despidiéndolo contra las cuerdas. Ignacio perdió pie y quedó en cuclillas, pero entre la cortina de sangre en sus ojos pudo ver a Fuentes boqueando con los brazos sacudidos por espasmos mecánicos.

Sonó la campana.

Ignacio llegó trabajosamente a su rincón, a Fuentes lo tuvieron que llevar empujándolo entre tres.

Al desplomarse en el banquito, escuchó a su manager que vociferaba rojo de ira y miedo.

—¡Escuchame, idiota, ¿qué te dije antes?! ¡Tirate ya! No nos arruinés, está todo arreglado...

Ignacio con sus labios entumecidos le respondió.

—¡Moríte, hijo de puta!

—Aquí el muerto sos vos... Únicamente vos...

Sonó la campana del cuarto round.

Cuando Ignacio iba hacia el centro, algún jocoso gritó:

—¡Tanque, metelo en la picadora a este gil!

Fuentes se había recuperado o lo habían recuperado, a él apenas le habían puesto ungüento en las cejas. No podía enfocar bien. El primer golpe de Fuentes lo tomó por sorpresa, fue en el estómago. No se sintió capaz de reaccionar. Un gancho cerrado a la mandíbula le hizo saltar el protector bucal. El árbitro contuvo a Fuentes mientras le alcanzaban el protector y ayudó a Ignacio a ponérselo. Apenas había tenido tiempo de colocárselo cuando Fuentes salió de atrás del árbitro y lo partió al medio con un mazazo en el vaso y otro al hígado. Ignacio sintió el aullido informe de la multitud, como si fueran sirenas de fábrica. Trató de levantar los brazos, amagó un par de golpes. Cuando se incorporó, tratando de mantener el equilibrio, vio una maza negra que venía hacia su rostro. No sintió la sacudida, porque el mundo tembló surcado por una copiosa lluvia de sangre y transpiración que volaba en todas las direcciones. Por segunda vez la mano-maza de Fuentes le tapó la visión y le pareció que desde alguna parte de su cuello lo habían tomado y sacudido como a un trapo viejo. Vio las luces del ring sobre él, cegándolo, y cuando sintió la lona sacudirse bajo sus pies vino de alguna parte un mazazo que le hizo girar como un trompo oxidado. No sintió más los pies, ni la lona, los gritos eran sirenas lejanas perdiéndose en la noche.

Ignacio vio sobre sí las luces del "estadio", alejándose disparadas como un "big bang" de utilería. Una niebla oscura invadió todo a su alrededor y se espesó hasta ser totalmente negra y diáfana.

En esa oscuridad, Ignacio distinguió la voz del árbitro.

—Uno... —Podía imaginarlo bajando el brazo en la cuenta—, dos... —Era más bien intuirlo que imaginarlo—, t... r... e... s... —La voz de Becerra desaceleró, los ruidos del estadio desaparecieron, todo se hizo silencio.

En medio del abismo surgió un resplandor. Éste creció extendiendo sus haces en un túnel que llegaba hasta Ignacio. La intensidad de la luz creció hasta lastimarle la vista. Su atención viajó muy lejos, hasta la fuente de esa luz tibia. Se transportó vertiginosamente hacia allí y saltó al otro lado.

Ignacio abrió los ojos. Encima suyo estaban las poderosas luces del galpón, muy cerca, casi pegadas a él. Sin embargo no lo calentaban ni cegaban. Todo a su alrededor era de un tono azulado. Giró livianamente y se vio a sí mismo varios metros abajo, despatarrado y desfigurado en el medio del ring, a su lado estaba el árbitro Becerra congelado en medio de la cuenta. Se sentía liviano, más que fuerte, rebosante de poder y libre, flotando.

Más allá de las cuerdas, el público formaba una masa compacta que destilaba un halo fosforescente, sucio, sus rostros y cuerpos estaban congelados en su más bajo y bestial aspecto, lejos de la apariencia humana y lejos de los animales. Todos despedían esa luminosidad leve, enfermiza. Todos, salvo uno que era la ausencia misma de esa luz, parecía su negación y estaba parado en medio del ring, todo él tan sin vida como sus ojos. ¿Quién o qué era Fuentes? Lo ignoraba. Ahora mientras bajaba hasta el ring, su atención fue fascinada por alguien entre el público. Ella brillaba como nadie más lo hacía y como ningún mortal podría jamás brillar. No era luz, sino una fuente de luz y majestuosidad lo que irradiaba. Ella estaba allí, era allí "REAL", como no lo era nada de todo lo que los rodeaba, ni siquiera él mismo.

Tenía un vestido negro, muy corto, ajustado y escotado. La piel como marfil, el cabello muy largo, negro, ensortijado, cayendo en una cascada sobre sus hombros y espalda. Las piernas largas, perfectas como las de una pantera, enfundadas en medias negras. Ignacio se acercó sin caminar. Ella lo llamaba sin hablar. Sus ojos celestes, si es que podía denominarse de alguna forma a ese color profundo como un lago de montaña. La boca ávida, dulce, irónica, sensual y tierna, todo a la vez. Tentadora como frutillas maduras. Ella le hablaba pero Ignacio no podía entender, no sabía en qué idioma. Ella se estaba comunicando con él, un pobre boxeador en la lona. Ella no movía su preciosa boca, pero le decía algo que sonaba como la música más hermosa que hubiese escuchado. "La lengua AKLO", ese nombre resonaba en su cabeza, vaya a saber de qué rincón de su memoria o de memorias ancestrales. Sabía que alguna vez la habló, alguna vez todos la hablamos.

Llegó frente a Ella. Sobre su seno izquierdo había algo similar a un tatuaje, era la luna filosa como una hoz, estaba en cuarto menguante. Ella sonrió y con la mano le ordenó con suavidad que se acercase a su lado. Ignacio cumplió antes de pensarlo. Ella le dijo con un susurro subterráneo:

—Todavía no teníamos cita. ¿Qué haces aquí?

—Hubiera preferido llegar a viejo, pero me mandaron de prepo. De todas formas por lo que veo no me quejo.

Ella sonrió un momento y cruzó las piernas, sentada en un repentino trono hecho de calaveras y coronado de rosas ardientes.

—Debes quedarte, tienes cosas importantes por hacer. ¿Sabes qué quiere decir tu nombre?

—Sí, claro —contestó extrañado Ignacio.

—Tus antepasados más lejanos me llamaban en su ayuda antes de las batallas, en los claros del bosque. Allí donde hubiera un círculo de piedras, yo estaba.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó dispuesto.

—Primero mira bien el ring... ¿qué ves? —dijo ella.

—Lo veo al "Tanque" Fuentes... y veo que no es humano. ¿Qué es?

—Míralo con atención y azuza tu visión, aquí no dependes de los ojos.

Ignacio vio a Fuentes en detalle. Sus hombros, los brazos, la cabeza, su cuerpo no tenía brillo alguno, por las arterias corría un líquido amarillo, la piel estaba recubierta por una finísima capa sintética que lo preservaba. Su centro de control estaba en el pecho, en el corazón atravesado por cientos de cables. Un zombi cibernético.

—¿Cómo hago para derrotar a eso? Estoy medio muerto.

—Te puedo ayudar, para eso tienes que beber de mi fuerza —dijo Ella sin despegar los labios, como la brisa acariciando los árboles—. Ven, arrodíllate y ámame...

Ignacio se hincó ante Ella que descruzó las piernas. Él besó sus rodillas, despacio fue desenrollando las medias, daba carnosos y húmedos besos en cada centímetro de la Divina piel. Era más tierna que la de un recién nacido, irradiaba poder. Ella dejó caer el vestido, Ignacio siguió disfrutando del gusto único de esa piel. No olía a nada que pudiera igualarse, bosques y mar se unían en esa presencia. Ella fue animándolo con besos suaves; se tendieron. Ignacio conoció el más íntimo de los sabores de la Diosa y Ella gritó gozando. Sus gemidos eran la suma de todos los gemidos de placer. La gracia y musicalidad del sonido hacía inútil todo intento de imitación, el arte más hermoso era solo un pálido intento. Ignacio continuó abrazándola dispuesto a poseerla.

—No. No hagas eso —interrumpió Ella—, eso no te permitiría volver. Bebe de la fuente del Poder. Aprovecha, yo siempre tengo sangre para ofrendar...

Ignacio bajó entre las Divinas piernas y volvió a hacerla estremecer mientras fue bebiendo el licor más preciado. Conocimientos olvidados por toda la raza volvieron a él. Ahora sabía, y la fuerza del guerrero volvió a su espíritu hasta sentir que no tenía límites, y que él era una gota de agua en un océano y también el océano.

Ya saciados se separaron. Ignacio aún tenía sangre en la boca. Ella relajada, feliz y sudorosa, recompuso su cabello desmelenado, se incorporó y le ordenó a Ignacio:

—Ahora ve y cumple con tu tarea, sigue tu camino por encima de todo.

Ella tomó su cabeza entre las manos y besó su frente, como una bendición. Luego acercó tierna la boca a su oído y le susurró moviendo los labios por primera vez.

—Hazlo en mi nombre.

Ignacio se incorporó, al instante siguiente estaba junto a su cuerpo, y se deslizó dentro. Por un instante todo volvió a la oscuridad, seguida de un violento flash que dio paso a la cegadora luz del galpón sobre su cabeza seguido del atronador griterío del público.

El árbitro continuaba con su cuenta.

—... e... ssss... cuatro... —continuaba Becerra.

Ignacio abrió sus golpeados ojos, ahora veía bien, excelente, y veía más allá de lo que hay en la superficie. Se levantó de un salto, como si sólo hubiera estado haciendo la siesta. El público se quedó mudo. Ignacio los veía alternativamente en su real aspecto bestial y en el aparente. En la platea Don Roque se levantó pálido con los ojos desorbitados, se tomó la cabeza sacudiéndola incrédulo. Mister Ferguson miraba a Don Roque con furia y al ring con profundo estupor. No le entraba en la cabeza cómo alguien podía atreverse a desafiar sus intereses.

El árbitro Becerra se hizo a un costado, como quien ve levantarse a un muerto. Ignacio no esperó, fue directo a Fuentes, que estaba parado esperando, como si nada hubiera ocurrido. Sin darle tiempo a nada se lanzó contra su estómago; el "Tanque" se quedó parado, boqueando como un pescado con los brazos caídos. Ignacio, agachado y avanzando, descargó otro mazazo al esternón, un segundo y un tercero, y el cuarto golpe lo lanzó con todo su peso, en su espíritu visualizó sus cien kilos concentrados en su puño. Fuentes rebotó en las cuerdas, volviendo hacia Ignacio como una masa inerte y desarticulada. Ignacio lo levantó con un gancho de derecha que lo hizo doblar en dos. Se tomó unos segundos para contemplar mejor su obra. Fuentes se sacudía convulsivamente. El público bramaba pidiendo sangre. Cansado de la farsa, Ignacio tomó a Fuentes y lo impulsó contra uno de los rincones y lo incrustó, o mejor dicho lo empaló, en su rincón. El sonido de carne muerta desgarrándose fue repugnante, saltaron chorros del líquido amarillo que empaparon a varios espectadores, produciendo un desbande. Fuentes todavía se sacudía, tratando de recomponerse. Ignacio se descargó con su peso sobre los hombros del zombi, hundiéndolo más en el poste. Los huesos se rompieron y el poste penetró más, salpicando más líquido amarillo. Ignacio saltó sobre el "Tanque". El poste penetró más adentro del pecho rompiendo el esternón y llegando al corazón. Fuentes quedó atravesado, inmóvil. Ignacio tomó con una llave la cabeza de Fuentes y tiró hacia arriba. El cuello cedió con un sonido seco y la cabeza se desprendió, rebotando en la lona, con todas las conexiones de cables a la vista.

El público estalló en un informe abucheo.

—Nos arruinaste la diversión, tano.

—Queríamos ver sangre, no aceite.

—Devuélvanme la guita.

Y ya no prestó más atención, después de haber escuchado la belleza perfecta cantar para él era demasiado repulsivo escuchar a aquellos sub seres. Entre todo el revuelo vio cómo los servidores de Don Roque se llevaban afuera a su manager, que lo llamaba desesperado para que lo ayudase. El árbitro Becerra se acercó temeroso y le levantó el brazo, declarando el triunfo. Ignacio lo apartó a un costado y saltó fuera del ring. Fue directo a la platea VIP, donde Mister Ferguson rebajaba a don Roque como a papel higiénico. Éste había abandonado la actitud amenazante que todos conocían. Ahora se arrastraba colorado de vergüenza, implorante de disculpas. Ignacio se sacó los guantes, tenía un plan en las manos.

Primero enfrentó a don Roque con aire inocente, pero éste no llegó a darle tiempo.

—Vos, pibe, no tenés nada que decirme. Sos un perdedor. ¿Me entendés?

—Don Roque, usted no puede hacerme esto —dijo Ignacio—. Me tendría que haber dicho que era un robot. No me habría dejado dar semejante paliza. Terminábamos en el primero y salíamos ganando todos.

Don Roque sudaba frío, con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, primero por la furia y luego por el miedo. Le gritó desesperado:

—¡¿Qué decís?! ¡HIJO DE PUTA! ¡MENTIROSO! ¡Yo no arreglé nada con él! Se lo juro, señor Ferguson...

—¿Pero cómo? —Ignacio siguió haciéndose el tonto—. Si usted quería que ganase yo, había apostado todo a mí. Si quería que me tirase, me lo hubiera dicho.


Ilustración: Aradano

Don Roque quiso tirársele encima, pero Mister Ferguson le hizo unas señas a dos de sus "colaboradores", quienes lo tomaron de cada brazo. Mister Ferguson habló en un castellano bastante entendible.

—¡Eh!, kids, antes de terminar con éste que me devuelva the money, all my money. Cuentas bancous, prropiedades, all. I want my fukin money. Do You Understand?

Los muchachos se estaban llevando a rastras a don Roque, que lloriqueaba desesperado. Mister Ferguson se dio vuelta y agregó.

—¡Ah! One moment, kids. Quierro que sufra. Que maldiga a su fukin mother. ¡OK! Lets go.

Los muchachos se llevaron arrastrando a don Roque, que fue dejando un rastro de orina mientras lo sacaban por la puerta trasera.

Mister Ferguson se volvió hacia Ignacio, sonriendo satisfecho, con ancho y con fingido gesto paternal.

—I never see other boxer like you —Ignacio se hizo el que no entendía—. ¡Oh! Excuseme, boy. Digo... nunca vi otro como tú. Podríamos hacerr negocioss juntos, ¿eh, boy? Me and you.

Ignacio registró los movimientos del único colaborador con el que se había quedado Ferguson. Era un tipo grande como de ciento diez kilos. Lo mantuvo bien a la vista.

—Mire, yo con usted no hago negocios. —Mientras decía esto, se acercó al asistente—. Usted, de todos los gusanos que hay en el Universo, es el peor. —Ahora lo tenía bien a mano—. La única que le cabe es el exterminio.

—¡¿What do you said?! ¿Are you mad? ¡Son of a bitch!

El asistente se estaba preparando, llevando la mano bajo el saco, a la sobaquera. Ignacio no le dio tiempo. De un solo golpe le hundió la nariz en la frente. El ruido de huesos rotos resonó en medio de todo el bullicio de las hienas. Ferguson aflojó sus mandíbulas, blanco como una vela. No tenía a nadie que lo protegiese.

—¡No, please, kid! I want pay you. I have money —titubeaba y trataba de alejarse.

—¡Habláme en castellano, infeliz! —le dijo Ignacio, sonriendo tras su rostro desfigurado.

—Puedou pagarr mucho... no convenir. Piensa, no convenir...

Ignacio giró sobre sí con mucha fuerza, con todo su peso, levantando el codo y lo estrelló en la mandíbula de Ferguson. Salieron despedidos varios dientes y una lluvia de sangre y saliva. Ignacio completó el giro de su cuerpo y, aplicando su peso sobre el puño izquierdo, le descargó un gancho descendente a la cabeza de Ferguson, que ya estaba cayendo. Quedó desparramado en el piso con el cuello roto, aunque aún parpadeaba, congelado en una mueca de terror. Ignacio levantó el pie derecho y terminó con Ferguson como se hace con las cucarachas. De inmediato se limpió la sangre y sesos con el saco del asistente, que así le brindó un pequeño servicio post mortem.

Salió corriendo de allí. No tenía intención de encontrarse con los otros asistentes. Ya los encontraría en su propio territorio, si es que lo venían a buscar.

Nunca más se supo nada concreto de Ignacio. Se contaba que volvió a Roque Sáenz Peña, en el Chaco. Unos cuantos fueron a tratar de cazarlo. Gente de la Federal, especialistas mandados por los familiares de Las Vegas, agentes del FBI, hasta unos marines supuestamente de vacaciones. Ninguno regresó. Nadie salió de la selva. Ni rastros dejaron.

No son las únicas desapariciones que han sucedido por la zona. De allí llegan historias muy raras y alarmantes para quienes pensaban tener todo planificado.

En el barrio, el "Tano" se convirtió en una leyenda. Y pronto, cuando EL NUEVO AMANECER hunda la actual historia contada por un cretino, él será un verdadero mito.



Alejandro Mariatti nació el 21 de agosto de 1959 en Buenos Aires. Comienza a escribir a los diecisiete años; reconoce influencias de Niesztche, Lovecraft, Borges, Arlt, J. Thomson, P. K. Dick, M. Foucoult, Castañeda, y todo el cine e historieta de fines de los '70 y '80. Su primer cuento es publicado en 1982 en la revista universitaria BRONCA. Hacia fines de 1986 edita IMARGINAL, revista de historietas y relatos fantásticos, de la que salen tres números. Es socio del CACYF desde 1986; en 1991 participa en la organización de la "Consur". Ese año participa en el Taller literario del escritor uruguayo Tarik Carson. En 1992 recibe el premio "Más Allá" por el cuento Pequeña ceremonia nocturna. Entre 1992 y 1993, con Gabriel Miró editan EL ENEMIGO PÚBLICO cuyo lema era "La única revista que te miente de verdad"; entre 1993 y 1996 colabora con la edición de la revista NEUROMANTE INC.; llegan a editar doce números, con un subsidio de la "Fundación Antorchas".

Hemos publicado en Axxón: ÉXTASIS (51), PEQUEÑA CEREMONIA NOCTURNA (54), NO ENTRES AHORA (54), LA MARCA (76), LA PERSISTENCIA DEL MAESTRO ZEN (123)


Este cuento se vincula temáticamente con ESA PROFUNDA SOLEDAD, de Francisco Costantini (175), LÁPICES LACRIMALES, de Pedro Félix Novoa Castillo (159) y SU SEGURO SERVIDOR, de José Ramón (Txerra) Vila (162)

Axxón 191 - noviembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia ficción : Boxeo : Androide : Argentina : Argentino).

            

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