ESA PROFUNDA SOLEDAD

Francisco Costantini

Argentina

A Julieta


Apartás los ojos del libro por un instante. Desde hace varias páginas ellos iban recorriendo cada renglón de manera religiosa, pero vos, en realidad, estás en otra parte, tu mente se ha perdido en divagaciones que, te das cuenta, nada tienen que ver con lo que estás leyendo. Ni siquiera recordás qué originó estos pensamientos intrascendentes.

Apartaste los ojos del libro para ver la hora en la pantalla de la computadora, y eso hacés.

En cualquier momento va a llegar él, cansado de trabajar todo el día, y comenzará con sus reproches. Casi sin quererlo, te invaden los versos de una antigua canción inglesa: It's been a hard day's night, and I've been working like a dog.

Sonreís, pues los versos que siguen no se aplican a tu situación.

Te incorporás, dejando sobre el cómodo sillón el libro de tapas fucsias. Mirás alrededor y te das cuenta de que la habitación es un desastre: tres tazas vacías sobre el escritorio, el cenicero desbordado, libros por todos lados, cuadernos viejos llenos de apuntes, de antiguas ideas que estuviste tratando de reflotar todo el día con muy poco éxito.

Te acercás a la computadora y guardás lo poco que lograste escribir hoy.

"Contar palabras", ordenás, y la voz inconfundible de Eduardo Aliverti pronuncia una cifra que te desilusiona.

"¡Cómo mierda puede ser que ni siquiera pueda escribir mil palabras por día!". Decidís tomar un té de tilo, para tranquilizarte.

Descalza, como más te gusta andar por la casa, vas hacia la cocina. Te sorprende ver un desorden similar al de tu cuarto en el living-comedor. Tenés que pisar con cuidado para no tropezarte con las pilas de libros o de antiguos video-casetes. "¿Cómo puede haber tanto quilombo acá?", te preguntás por un instante, y de inmediato recordás que hoy te habías levantado bien temprano para limpiar el polvo de la biblioteca y la videoteca y, cuando ya habías vaciado sus estanterías, una idea pasó por tu mente y decidiste correr hasta la computadora antes de que se esfumara.

Diez horas después ves que tu tarea está aún sin terminar. El té puede esperar. Empezás a ordenar un poco; no vas a colocar los libros y los casetes en las estanterías porque mañana tendrías que sacarlos otra vez para limpiarlas, pero al menos los apilás cuidadosamente contra una pared.

Estás en esta labor cuando se abre la puerta. Llegó él, con esa puntualidad que suele exacerbarte. Se queda unos segundos bajo el dintel, con una mano aferrando el picaporte y la otra sosteniendo el portafolio que le regalaste. Estudia la escena que tiene frente a sus ojos, a vos incluida. Te molesta ver en su rostro el enfado y el reproche.

Cierra la puerta tras de sí y por fin habla:

—Esta casa cada vez se parece menos a un hogar —se quita la campera y la cuelga en el perchero. Pasa el dedo índice por el lustre de la madera y te lo enseña cubierto de polvo.

—Hola, ¿no? —protestás.

—No me jodas, ¿querés? Yo me la paso todo el día trabajando, como un perro, ¿y vos qué hacés? No me parece justo.

—Disculpame. Me levanté temprano para limpiar pero se me ocurrió algo para escribir y no quería dejarlo pasar. Sabés que últimamente ando medio mal, no se me ocurre nada, y la editorial ya...

—¡Me importa un carajo! Con lo que yo gano nos alcanza. Si dedicaras tres o cuatro horas por día a la casa todo esto estaría brillando. Pero claro, no hace falta, total después llega el pelotudo y limpia él, cocina él, en la cama hace todo él, ¿no? —Hace una pausa y se toca la sienes con los dedos medio y pulgar de su mano derecha. Luego, ahora en voz baja y mostrando lágrimas en los ojos, te dice—: Al final, no soy nada para vos...

Otra vez empieza la extensa perorata, la misma de siempre. Directamente no lo escuchás, pensás en otra cosa.

Palpás los bolsillos de tu pantalón: no lo tenés, debe estar en la habitación. Con la mayor cautela posible, te dirigís hacia allá. Empezás a buscar en medio del caos de libros y cuadernos; te fijás debajo de la cama. Él comprende para qué son los movimientos de búsqueda y se queda mirándote con los ojos bien abiertos, llenos de pánico, pues queda claro que ha adivinado tu intención. Por un momento creés que se abalanzará sobre vos; pero no, él también comienza a revolver toda la habitación, buscando.

Una imagen fugaz pasa por tu mente: la cocina. Salís corriendo. Él te persigue. A decir verdad, ahora estás algo asustada, nunca lo habías visto actuar con tanta decisión. Escuchás que te dice algo, que está hablando de la revolución, y un escalofrío corre por tu cuerpo.

Llegás antes que él y abrís la puerta de la alacena. Ahí está. Apuntás directo a su cabeza. Él se queda inmóvil y comienza a suplicar:

—¡No, mi amor, por favor, te prometo que...! —Presionás el botón rojo y su voz se apaga. Su cuerpo se desploma sobre el piso de la cocina.


Ilustración: Fraga

Suspirás, aliviada. Ahora sí vendría bien ese té de tilo. Ponés a calentar el agua.

No es la primera ocasión en la que sucede algo así, pero no querés deshacerte de él; hace tres años que lo tenés y sentís afecto. Tal vez es demasiado parecido a lo que sería un marido real. Tal vez es demasiado humano. Lo que dijo de la esclavitud y de la revolución te preocupa. Especulás con la posibilidad de reprogramarlo (es fácil, y lo has hecho antes), reduciéndolo a las funciones básicas además de suprimirle el sentimentalismo, aunque te duela, a veces, esa profunda soledad.

Te vas, descalza, con la taza hasta tu cuarto. Recogés el libro que habías dejado sobre el sillón y sonreís, con cierto cinismo, al leer el título en letras blancas: La máquina de follar, de Charles Bukowski.

Te sentás, bebés un poco de té y seguís leyendo.


Batán, 24 de enero de 2007


Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de "La feliz"). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. En diciembre de 2005 ingresó en el Taller 7, donde aún participa. Este cuento es su primer texto publicado.


Este cuento se vincula temáticamente con "Laura y Paula", de Michel Encinosa Fú (144), "El rostro desnudo", de Salvador Badía (140) y "Horacio Kalibang o los autómatas", de Eduardo Ladislao Holmberg (162).


Axxón 175 - julio de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Ciencia Ficción: Robótica: Androides: Argentina: Argentino).

            

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