EL SALUDO

Juan Manuel Valitutti

Argentina

Cayo Julio César desvió la vista de su cuerpo sin vida, innumerablemente perforado por la furia de los puñales de la turba, y la concentró en su hijo, el primero de los instigadores, el gesto aún arrobado por la cólera, las manos culpables restregadas de manera incansable en el blanco de la toga.

—También tú, Bruto, hijo mío... —repitió el Dictador, convencido esta vez de que su ingrato vástago no sólo no lo oiría, sino que tampoco repararía en su presencia, de pie como él en las mismas escalinatas marmóreas donde se había desarrollado el suplicio, a escasos palmos de su diestra homicida.

—¡Vamos, Bruto, vamos! —El retoño oscuro, impelido por sus aliados, se alejó calle abajo y se perdió entre las tolderías de la plebe.

César le dio la espalda a sus restos exánimes y descendió los últimos peldaños que lo separaban de la Plaza Pública. El lugar estaba desierto, y pensó que contemplar su propio cuerpo mutilado no era tan sorprendente como aquel silencio expectante, en un sitio por lo común tan concurrido.

Recordó a Livio. Los augurios de su boca habían sido certeros, y él los había desoído. "No vayas, oh, César", le había dicho el anciano invidente. "No vayas; ya lo ves: veintitrés cuervos negros que se cierran sobre una caléndula. ¡Oh, no, que tus pies no vuelen, regio Soberano!"

Tarde vio entonces las negras alas abatirse sobre sus sienes coronadas, y tarde vio multiplicarse la visión de sus picos insaciables.

Ahora sólo quedaba el silencio.

Volvió la atención hacia lo alto de las escaleras y examinó su cuerpo abandonado: el cuerpo de un hombre predestinado a dirimir entre la vida y la muerte. Se preguntó cómo sería esperar la magnanimidad de César, el beneplácito o el castigo de su dedo omnipotente. Se vio en la Arena de nuevo, en el ápice de los palcos, atisbando el horror en la mueca del caído y el orgullo en el gladiador victorioso: dos esclavos de castas simples obsequiados al imperio de su capricho. "¿Qué será?", decían esos rostros, mientras observaban cómo César se levantaba y extendía su misterioso puño. "¿La condena o la absolución?". Y el silencio que mediaba entre la decisión y el destino era muy parecido a este otro silencio, en el que él, Julio César, de pie en su propia Arena de mármol, contemplaba el cuerpo caído del Dictador de Roma en lo alto de las escalinatas.


Ilustración: Valeria Uccelli

Los Centuriones, previsiblemente, acudieron tarde y de mala gana. Subieron los peldaños. Comentaron entre ellos. Se rieron, y movieron con la punta del pie el cuerpo ensangrentado de César. Ninguno de ellos reparó en la figura digna del Padre de la Patria, a pocas varas de distancia, escalones abajo.

Pasó otra gente. Amigos y desconocidos. Murmuraban, se iban.

Sólo un hombre se percató de la presencia de ultratumba: Livio.

Salvó el trecho entre el portalón del edificio del Senado y la aparición. Miró sin ver a los ojos del Prócer.

—Ave, César —dijo.

—¡Salud, Livio, el más juicioso de mis arúspices! —contestó el fantasma del Dictador—. Ya me ves, viejo amigo, ultimado por mis detractores a los pies de Pompeyo. Más me valdría haber seguido el juicio de tus esclarecidas palabras: ¡Veintitrés cuervos oscuros como la noche violentando a la caléndula!

—Sea fuerte, mi Señor —dijo Livio—. La prueba aún está en sus albores.

César miró a Livio como si lo hiciera por primera vez.

—¿A qué te refieres, anciano? La nube de tus cuervos sobrevoló mi carne mortal y, como en la obra del Trágico, cercenó mi vida y la llevó en su bolsa. ¡Los augurios se han cumplido como tú lo predijiste!

Livio se apoyó sobre su bastón.

—Estos ojos inútiles conocen terrores infandos mucho más severos que la muerte, mi Señor. Los veintitrés cuervos se acercan ahora por los empedrados de Roma. No vuelan ni caminan. Se arrastran. Blanden el tridente y la red en sus manos, ocultan sus ennegrecidos rostros tras máscaras grotescas y protegen sus cuerpos, otrora aceitados, con aparejos de combate. Y todos a un tiempo, con un eco antiguo, repiten la misma frase. ¿No la oyes, mi Señor? —Livio entrecerró los ojos muertos—. ¿No la oyes?

Julio César aguzó el oído. El murmullo que se aproximaba no era el del viento entre la imaginería voluptuosa de la Plaza, ni el del transcurrir del agua a través de los canales de riego. Eran palabras ensimismadas, pronunciadas a duras penas, en un letargo perenne y viscoso.

—¿Qué es lo que dicen, Livio?

—Es un saludo, mi Señor —dijo Livio—. El saludo al Dictator Perpetuus.

¿El saludo? El Dictador volvió de nuevo con la mente a la Arena. Otra vez presidía el destino de los mortales gladiadores. Las planchas de los portones se abrían y el público celebraba la aparición de sus héroes, y cuando los aplausos y los vítores se silenciaban, todos esperaban de pie el saludo previo al combate, proveniente de la Arena: "Los que van a morir, te saludan", decían finalmente los gladiadores a César, quien se limitaba a asentir con grandeza.

Pero, ¿qué era, en cambio, lo que decían estas voces, estas voces que se aproximaban por las sendas del Imperio, arrastrándose, superponiéndose en un eco de aciagas estridencias?

—¡Livio! ¿Qué es lo que dicen?

Livio movió los ojos en el abismo de las órbitas.

—La caléndula advierte la presencia de la noche cuando su mortaja se vuelca sobre el mundo —dijo el anciano—. Por eso, sus capullos broncíneos se cierran como si presintieran el avance de un mal irrefrenable. —Livio recalcó sus palabras con vehemencia—: ¡La noche ha llegado, mi Señor! Ya vienen. Véalos... ¡Vencerán!

Veintitrés veces veintitrés, y más aún, los gladiadores muertos en combate se acercaban. Y sus voces se aclaraban, y todas ellas, al unísono, concedían a César el último saludo, el saludo previo a la contienda final: "Los que ya han muerto, te reciben, ¡oh, César!", decían.

Livio le volvió la espalda al Dictador y remontó los peldaños de la escalinata, mientras el rigor de los aceros se desencadenaba en la Arena improvisada por el Destino.

La noche, como una mortaja, se abatía largamente sobre Roma.



Juan Manuel Valitutti nació el 16 de junio de 1971. Es egresado de la carrera de Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como profesor de Lengua en colegios secundarios. Colabora como evaluador en la revista AXXÓN.

Hemos publicado en Axxón: LA SOMBRA (184)


Este cuento se vincula temáticamente con JUEGO DE LUCES, de Claudio Biondino (162), EL GLADIADOR, de Javier Esteban (157) y LOS EMBRIONES DEL VIOLETA, de Angélica Gorodischer


Axxón 192 - diciembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantasía : Personajes históricos : Seres de ultratumba : Roma : Argentina : Argentino).

            

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