SINGULARES PAUTAS DE COMPORTAMIENTO A 55 A.L DE LA TIERRA

Javier Fernández Bilbao

España

Nadie dijo que sería sencillo formar un reducto humano en este planeta extrasolar. Esta pequeña comunidad amurallada debería ganarse a pulso su permanencia, luchando contra la indómita naturaleza del lugar. Y todos los que aquí se hallan vinieron voluntariamente, a sabiendas del riesgo, desdeñando la seguridad de los laboratorios y observatorios orbitales. Aquí, en Rho Nentaura, todo es exagerado. El clima, la fauna... todo. Y todo en conjunto es digno de atención y estudio por lo extraordinario de su concepción.

Desde este aposento, si lográbamos sobreponernos a las numerosas adversidades, había trabajo de investigación científica para muchas vidas. Porque el increíble despliegue de formas de vida que aquí encontramos solamente encuentra equivalencia (que nosotros hayamos descubierto) en nuestro planeta de origen, la distante Tierra. Pero es que aquí, como he dicho, todo es tan exagerado...

Dentro de este grupúsculo humano que convive y trabaja en la base soy, con mucha diferencia, el de menor preparación académica entre los que ostentamos un puesto de responsabilidad. Porque aquí pasan por mi lado todo el tiempo auténticos genios en su terreno. Todos los campos de la biología y la geología se encuentran excelentemente representados y puede decirse que no se echa en falta a nadie. Y todos desean estar aquí a pesar de las molestias, de la incomodidad que les presta el desarrollar su labor en unos laboratorios que, aún estando bien equipados, no dejan de ser improvisados, eventuales y más incómodos. Pero es que aman profundamente su profesión y yo eso lo comprendo. Y esta oportunidad de explorar in-situ nuevas facetas de la vida, cuando debe desarrollarse en condiciones difíciles y distintas de las nuestras, no podían desaprovecharla.

Ahora bien, aunque sea pecar de inmodestia, y sin menoscabar a nadie, sin mi labor poco podrían hacer estos aventajados discípulos de Mensa Internacional. Podría pensarse que yo soy el único elemento sustituible del grupo, pero puedo asegurarles que no existe nadie capaz de realizar esa tarea como yo lo hago. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque después de dieciséis meses de trabajo y observación, comprendo y respeto el carácter de este planeta como nadie en esta base. Conozco mis limitaciones y los riesgos que podrían derivarse de ellas; creo conocer también las del resto de mis compañeros, y todo lo que trascienda de mi responsabilidad hacia ellos.

Por eso estoy convencido de que nuestro tiempo aquí ha terminado.


***


Yo soy el primero en interactuar con el entorno. Soy, por decirlo de alguna manera, y aunque suene poco elegante, el que arriesga su culo y el de los hombres a su cargo para salir ahí afuera cada dos días en el transporte especial. Encargado de capturar especímenes y recoger muestras para trasladar luego hasta los laboratorios.

Les he advertido en varias ocasiones que las criaturas que pululan alrededor de la base —especialmente por la noche—, están al acecho, esperando encontrar un fallo en el protocolo de seguridad o un resquicio estructural por el cual colarse, para así dar rienda suelta a sus ansias de conquista de ese nuevo sabor que tanto les seduce con sus aromas desde el interior.

La doctora Adamsky, jefa del comité científico e interlocutora entre ellos y yo, —jefe del equipo externo—, me intenta explicar en las distendidas charlas que tenemos la definición del llamado "comportamiento hiperbiótico de las especies". Y yo la rebato con mi experiencia:

—Perdóneme esta pequeña insolencia, doctora, pero ustedes no saben nada de comportamiento hiperbiótico. Debería ver las marcas en el metal del transporte externo. Me gustaría que viese el aspecto que tienen los paneles exteriores de la muralla de aislamiento. No se ofenda, pero hasta que no logren ver lo que son capaces de hacer, no tendrán ni idea del comportamiento animal en este planeta.

Andan últimamente empeñados en realizar un estudio de campo. Quieren que los traslade hasta bien adentro en el valle. Y yo, por lógica prudencia, lo he desaconsejado repetidas veces.

—Cojan sus muestras, envuélvanlas bien y pidan el traslado al laboratorio orbital. Desalojemos la base ahora que aún estamos a tiempo.

Pero su ceguera es hasta cierto punto comprensible. El despliegue de vida desbocada nubla con sus encantos a todos éstos, y yo soy el práctico que pretende hacerles ver que sin redoblar la seguridad es del todo imprudente empeñarse en continuar. Al menos por ahora.

Mientras tanto no sea escuchado y ellos se nieguen a transmitir al centro orbital de estudios esta opinión, seguiré desempeñando mi labor lo mejor que pueda, durante el tiempo que me dejen, que para eso me pagan.

Mañana saldré de nuevo en el vehículo especial e intentaré dar caza a un par de especies nuevas que he divisado. Se las traeré sedadas y bien aseguradas dentro de sus jaulas de cristal con rejilla de titanio; como de costumbre. Ellos se encargarán luego de diseccionarlos convenientemente trozo a trozo hasta llegar a la cadena de ADN; estudiar su especial anatomía, hasta formar un archivo completo del espécimen que pasará a engrosar el macro-banco de datos del planeta. Y a pesar de ello, serán incapaces de entender cómo subsisten y cómo funcionan, en realidad, estos ejemplares en estado salvaje.


***


Ellos han debido pensar que me he puesto demasiado pesado con el tema de la seguridad, y para mí esto significa que realmente subestiman mi labor, y ni creen ni confían en mis palabras. Entienden que, porque cuentan con que su rango científico dentro del organigrama de la base es superior al que yo ostento, debo plegarme a sus deseos sin rechistar. Piensan —desde el pedestal de sabiduría en que se hallan instalados— que no puede existir quien contraríe sus designios absolutistas. Porque de hecho, esta misma mañana me han transmitido un severo ultimátum. O cedo a sus peticiones, o solicitarán mi destitución como jefe del equipo externo y pedirán mi traslado inmediato. ¿Y saben qué les he contestado? Que no pienso cargar con la responsabilidad de sus actos imprudentes. Esperaré tranquilamente mi traslado y ojalá tengan suerte, porque la van a necesitar.


***


Mientras ellos se empeñan en buscar las pulgas al lobo, yo me cuidaré de sus dientes. No me agrada en absoluto aguardar aquí la respuesta a sus acciones inconscientes como si nada, pero poco más puedo hacer; hoy mismo he sido relevado de mis funciones, y por tanto, mi opinión (si alguna vez contó para alguien) ya no es considerada.


***


Sigo esperando, pues el transporte de avituallamiento que deberé coger para regresar a casa aún tardará sesenta y ocho horas en llegar. Mientras tanto soy un observador pasivo de la actividad habitual dentro las instalaciones, el trajín diario de todo ese equipo que trabaja en segundo plano en labores diversas. Personal de mantenimiento, técnicos, auxiliares de laboratorio, cocineros, etcétera, hasta completar la plantilla de noventa personas que componen el total de la base.

Y contemplo cómo la expedición científica regresa sana y salva, guiados por el nuevo jefe de equipo externo: mi segundo oficial hasta ayer mismo.

Ahora que he sido despedido no paso de ser un espectador de excepción. No sólo eso, sino que parece que la gente con la que antes me atrevía a discutir aspectos científicos me ignora a propósito. Incluso mi ex subordinado (el que hasta hace un par de días acataba mis órdenes sin rechistar) pasa a mi lado con desdén, crecido por las circunstancias y la felicitación del comité científico.

No le culpo. Su sueldo se ha duplicado y también su notoriedad dentro y fuera de la base. Pero también se ha multiplicado su responsabilidad, y es en este punto donde creo que se ha tomado el asunto demasiado a la ligera. Pienso que este muchacho aún no está preparado para tomar las riendas de este cargo, que él ha aceptado sin vacilar. Otro que sin duda, ha subestimado mi anterior labor.

Es cierto que yo personalmente lo escogí para servir como mi ayudante. Es aplicado, obediente, preparado física y psíquicamente, y hábil en desempeñar sus funciones. Pero aún carece de algunas sutiles cualidades que yo considero determinantes para el puesto. No es tan observador como yo, y esto es esencial para servir bien en este trabajo. Un simple error o un exceso de confianza en lo que hace, pueden derivar en un fallo que dé al traste con todo el programa.


***


Efectivamente, hoy han conseguido un nuevo éxito. Mientras yo recomendaba salir de caza sólo cada dos jornadas y dedicar el día intermedio a explorar y observar, ellos deben haber pensado que es perder tiempo inútilmente y han preferido salir los dos días seguidos.

A los científicos que le han acompañado en la expedición se les ve exultantes. Debe de haber sido una campaña emocionante y fructífera. Parece que les ha gustado y repetirán, es posible que mañana mismo. Markus ha conseguido su objetivo, y porta consigo dos jaulas con sendos especímenes que yo no había previsto capturar hasta tener un mejor conocimiento de sus pautas de comportamiento. Y no sólo eso, puesto que veo con sorpresa que traen también dos nuevas especies de plantas y varias rocas. Hoy por lo pronto tendrán mucha tarea en los distintos departamentos de los laboratorios.

Y a pesar de las apariencias, yo presiento que han cometido un grave error. Markus habrá atendido solícito las peticiones de algún biólogo sin sopesar convenientemente los riesgos. Siempre le insistí que hay que ser muy cauto y observador; pensar las cosas dos veces antes de actuar. De forma refleja los científicos pretenden hacer paralelismos de formas, modos y comportamientos entre las especies terrestres y las nentauranas, y esto, a mi modo de ver, es un craso error.

Rho Nentaura gira más rápido que la Tierra y su diámetro es aproximadamente la mitad. Aquí los ciclos de día y noche son vertiginosos, de seis horas y media. Y la diferencia de temperatura entre la noche y el día es brutal, pudiendo pasar de un pico de 28° C por el día, a mínimas de -20° C por la noche. Esto hace que para alcanzar un ratio intermedio se consuma casi todo el tiempo de luz. Por ello la máxima actividad de la mayoría de las especies se desarrolla en el intervalo en que la temperatura se estabiliza y es soportable, esto es, durante menos de cuatro horas, de las cuales aproximadamente la mitad se desarrollan en la nocturnidad y en absoluta oscuridad, puesto que R-N no posee satélites que aporten claridad alguna reflejada de su estrella.

Esto supone que tanto animales como plantas deben realizar la mayor parte de sus funciones durante un breve período de tiempo. Aquí no hay lugar para complicados cortejos reproductivos. Tampoco para el acecho de los depredadores. Ni para sofisticadas técnicas de camuflaje. Ni siquiera hay tiempo para construir nidos, por eso hay tan pocas especies voladoras. Y casi todos los animales depredadores vienen muy bien equipados, morfológicamente hablando, para atinar a la primera y no fallar. Apenas hay tiempo de efectuar más intentos, y el elevado índice de aciertos es esencial para la supervivencia, pues la temperatura desciende bruscamente y el frío se hace insoportable. Sus bocas son desproporcionadas y las mandíbulas en los depredadores comúnmente se desencajan para poder atrapar a presas más grandes. Las superpobladas encías cuentan con dos o más hileras de dientes extremadamente afilados que se clavan como finos estiletes; en ocasiones retráctiles, y con frecuencia entrecruzan los dientes superiores con los inferiores por fuera del labio, lo que les otorga un aspecto realmente amenazador. De hecho, y por poner un ejemplo, existe una familia de mamíferos que poseen un temible diente central, retráctil, puntiagudo y hueco. Una vez que agarran a su presa por la cabeza, cierran con fuerza y atraviesan el cráneo. Sin pérdida de tiempo, mientras dan traslado a la víctima, inyectan una enzima que deshace rápidamente los sesos y después los van absorbiendo por el camino que les conduce a otra posible captura. Así funciona esto. Casi todos utilizan madrigueras subterráneas —en ocasiones bastante grandes—, y para excavarlas con rapidez, suelen tener un par de patas equipado especialmente para esa labor, con largas uñas y dedos en forma de pala. Es muy frecuente encontrarse animales con más de dos pares de extremidades, pues es necesaria la máxima velocidad, agilidad y destreza de movimientos en este mundo.

Y qué decir de su increíble comportamiento. Aquí la vida y la muerte se abrazan y ruedan por una pendiente, relevándose a cada instante. Todas las criaturas viven en un estado de permanente frenesí cuando la temperatura es óptima. A esto le llaman "comportamiento hiperbiótico". Por eso yo jamás salí de caza durante ese trecho del día.


***


"Observar y observar atentamente sus pautas y conductas. Intentar anticiparse a las sorpresas que puedan surgir. Nuestros prismáticos deben ser nuestros microscopios. Debes ver y sentir la vida con otro cariz distinto al que le otorgan los biólogos."

Siempre le insistí en la importancia de recoger sólo brotes jóvenes y semillas, nunca plantas enteras desde la raíz; aparte que aquí, las plantas alcanzan tamaños bastante considerables. "¿Por qué?", me preguntaban los botánicos. Markus, sin embargo, nunca me preguntó eso. Y si me lo hubiera preguntado, no habría sabido convencerle con argumentos justificados, pues me basaba mucho más en mi intuición que en hechos concretos.

Pero es que yo había observado que algunas de aquellas plantas de extraño aspecto parecían ser algo más de lo que aparentaban. Por ejemplo, omití a propósito un espécimen concreto en mi informe de observación preliminar porque sabía que el jefe del departamento de botánica me insistiría en que le consiguiera un ejemplar adulto para su estudio. Ahora veo que han encontrado uno y lo han trasladado sin escrúpulos al interior de la base.

Yo los bauticé como "bulbos púrpuras", porque ese era exactamente su aspecto. Sin floraciones ni semillas, sin esquejes ni particiones; plantas que crecían solitarias... ¿Cómo se reproducirían? Sin ninguna abertura que dejara entrever sus secretos...


***



Ilustración: Valeria Uccelli

Nunca salimos de noche. Por eso no descubrimos que los bulbos púrpuras sólo se abren completamente cuando ya ha oscurecido y hace mucho frío. Y tampoco sabíamos que no eran plantas. Ni animales. Pues son la justa mezcla de ambas cosas. Y del interior de los bulbos sale la parte móvil del ser. No es como un animal que habite en su interior, no es un simbionte. Es la parte de la planta capaz de transportarse lejos de forma autónoma para realizar las tareas más importantes. Sus raíces no se clavan en la tierra para buscar alimento, en realidad sólo son apéndices filosos de sujeción al terreno. Las verdaderas raíces son más fuertes, crecen hacia adentro y se internan por las aberturas y partes blandas de la víctima para inyectar sus potentes ácidos gástricos y así succionar la papilla alimenticia resultante. Y es su parte móvil (ese extraordinariamente largo y ágil gusano verde provisto de cientos de espinas) quien da caza, enrollándose alrededor de la víctima, por lo que ésta es incapaz de zafar, ya que al forcejear se desgarra la carne. Y tras la asfixia traslada a las presas hasta el interior del bulbo. Supongo que también es el encargado de extraer de la planta las partes más duras que no se digieren, por ejemplo las uñas y los dientes que a veces observé aparecían en sus cercanías.

Pero este descubrimiento fue demasiado tardío para el doctor Johansson, jefe del equipo de botánicos. Trabajador incansable a quien no le importaba trasnochar si estaba a gusto con su tarea, y esto era casi siempre. Sólo quien dio cuenta de la anormal turgencia del bulbo púrpura ofreció respuesta a la misteriosa ausencia del científico al día siguiente.

Al principio pensé, al verlo así, reducido a una masa amorfa, que se había internado demasiado en la investigación...

Tampoco cayeron en cuenta los zoólogos que aquel rapidísimo mamífero herbívoro de aspecto apacible, e imposible de atrapar por mi equipo hasta el momento (y que curiosamente esta vez —por lo que entendí a los muchachos—, caminaba anormalmente lento en comparación a sus congéneres), estaba siendo devorado por dentro por otra especie depredadora y agresiva cuyo pequeño tamaño no la hacía menos peligrosa. Y a la doctora Adamsky no le dio tiempo siquiera a decir ni "mu". Cuando quiso reaccionar ya era tarde. De la boca del animal —estando sedado en el laboratorio— surgió inesperadamente esa especie de lagarto centípodo de largas mandíbulas que la asaltó el abdomen, practicándola una pequeña pero profunda dentellada con sus diminutos y afilados dientes. Y sin más, se le introdujo como un rayo por la hendidura.

Ahora ha de sentir resignada como sus entrañas van siendo rasgadas y roídas por ese cáncer viviente, imposible de extirpar. A cada intento de exploración o cirugía, el animal se desplaza rápido por entre los órganos escabulléndose, con suma habilidad. Sabe perfectamente lo que hace. Le gusta sentir el calor de su portador, y sabe dónde y cómo morder para que la víctima no muera rápido.

Supongo que la doctora, si pudiera dejar de gritar por unos instantes, podría explicarme más en profundidad y con total conocimiento de causa su nueva teoría del comportamiento hiperbiótico de la fauna nentaurana...

Markus, ese mismo día y de vuelta a la base, descubrió en el valle una nueva especie de ave mandibulada semi-voladora. Sin más, y dentro del fructífero día de caza que habían tenido, se propuso darle alcance. Si hubiese esperado a observar su comportamiento unos días se habría dado cuenta de que mataba sin tener contacto con la víctima. Le bastaba sobrevolar la presa y batir rápidamente sus rechonchas alas sobre ella. Así esparcía una copiosa lluvia de piojillos, de aquellos que se criaban entre sus plumas, y éstos se encargaban de penetrar en los ojos, las fosas nasales y los oídos. Con sus picaduras urticantes los ojos se irritaban e hinchaban hasta hacer perder la visión del todo; las fosas nasales y más tarde los bronquios se inflamaban tanto que obstruían casi por completo la entrada de aire. E incluso penetraban por los pabellones auditivos hasta llegar a secar la endolinfa que controla el equilibrio. No muchos minutos después, la víctima caía prácticamente ciega, desorientada y asfixiada. A punto para ser devorada por los dientes del ave.

Gracias a Dios que el profesor Trencor —jefe de ornitología—, llevaba puestas todas las protecciones reglamentarias; es decir, las gafas, los guantes y la mascarilla. Lástima de sus oídos al descubierto, porque una vez que cayó al suelo mareado sus orejas fueron lo primero que se merendó el pajarraco...

Pero activar el protocolo de emergencia (que supuso la incineración total de los habitáculos, las especies hostiles y nuestras/suyas apreciadas víctimas) no supuso el fin de las sorpresas.

Quizás aquel día la mala suerte se cebó con todos en exceso. Yo he de decir que considero el castigo exagerado tan sólo para ser la segunda salida de Markus. Y es que los chicos esa jornada no estuvieron nada finos. Bueno, realmente no dieron una. Tal vez transcurridos los meses se permitió inconscientemente una relajación en la rutina de trabajo de los laboratorios debido a la ausencia de contratiempos —algo tendría yo que ver en ello—, y esto derivó en un exceso de confianza. Quizás la fenomenal carga de trabajo en cuestiones más importantes hacía obviar otros aspectos, a priori mucho menos atractivos ¿Como puede entenderse sino que se permitieran el lujo de arrojar sin más un excremento del herbívoro al contenedor de desechos cuando limpiaron su jaula de transporte?

Puede decirse que la temperatura estabilizada del interior de la base resultó ser ideal para el rápido desarrollo bacteriológico. Asimismo estos microorganismos encontraron una extraordinaria red de autopistas por los conductos de circulación de aire. Por fortuna, la gran mayoría eran eliminados por los filtros de desinfección, y los pocos que escaparon a su acción bactericida resultaron débiles contra el sistema inmunitario del cuerpo humano. Lo que nadie pensó es que algunas de ellas podían alimentarse de plástico, y entonces, al calor de los circuitos electrónicos, se desarrollaron extraordinariamente rápido. Por ello en pocas horas empezaron a fallar ciertos sistemas, que se cortocircuitaban sin causa aparente.

Una vez que se produjo una preocupante colección de fallos en cadena, los sistemas de seguridad del recinto se vieron comprometidos y declararon el estado de emergencia en toda la base.

La alarma del bloqueo de la puerta principal empezó a sonar cuando comenzaron a fallar los sensores de presión hidráulica en las botellas de los pestillos automáticos, marcando un valor insuficiente como para mantener sellada la puerta durante mucho tiempo más. La base ya no era inexpugnable y, hecha la oscuridad, los terribles pantópodos gigantes que tanteaban los paneles exteriores cada noche lograban introducir sus largas patas por la pequeña hendidura dejada por la puerta al relajarse la presión hidráulica. Y la fuerza de muchos logró vencerlas los centímetros suficientes para que ellos mismos y otros ejemplares que vinieron detrás, encontraran entrada al recinto.


***


Así fue como el pánico general recorrió las instalaciones. No tardaron en reunirse en urgente comité los iluminados (más bien poco, puesto que eran escasas las luces de emergencia que aún funcionaban correctamente). Y a tan sólo seis horas de la llegada del transporte de avituallamiento —que no de rescate—, todos se afanaban en coger posiciones para el trasbordo. Evidentemente no había sitio para todos, y establecieron un orden de prioridad en función del rango de importancia o escalafón científico. Por tanto yo (el único que estaba realmente legitimado para coger ese transporte, pues habían sido ellos quienes me habían reservado la plaza de salida de este planeta al destituirme de mi puesto), me encontraba fuera de la lista de los elegidos para la salvación. Y no me pareció nada justo. Mientras esos pocos aguardaban en la cabina de emergencias (único reducto dentro de la base que se consideraba inexpugnable al ser autónomo del resto de las instalaciones), los demás aporreaban desesperados sus indestructibles puertas. Y el resto del prescindible personal de servicio sucumbía por los pasillos a las dentelladas, desgarros, picotazos y demás formas de matar que propinaban aquellas bestias desbordadas por sus impulsos de supervivencia hiperbiótica.

Yo mismo —encerrándome a mí mismo dentro de una de las jaulas de cristal reforzado al titanio—, logré ver pasar a casi todos los componentes de la base transportados en pequeños pedacitos de un lado para otro por multitud de criaturas nocturnas y hasta ahora desconocidas. Cada cual reclamaba su porción y casi todos obtenían su recompensa. Y cuando se acabó la carne humana, comenzaron a comerse unos a otros en una orgía desenfrenada que jamás imaginé fuera posible. La fauna nocturna se mostraba aún más fiera, si cabe, que la diurna. Y esta dramática lucha destinó muy pocos ganadores y muchos perdedores. Numerosos colmillos, pinzas, uñas y tentáculos tentaron mi jaula desde todos los ángulos, pero por fortuna aguantó perfectamente los envites. Cuando el abominable despliegue de muerte pareció acabar al despuntar el alba, los monstruos supervivientes se retiraron a sus escondites a descansar unas pocas horas sus estómagos hinchados, momento que yo aproveché para salir del improvisado refugio.

Pero mi salvación sólo había sido momentánea, y estando a menos de tres horas de la llegada del transporte —en el cual no ocuparía plaza—, debía actuar rápido.

Tal vez me impregné del espíritu que reinaba en este mundo cruel, o me contagié del carácter y la conducta agresiva de sus criaturas, razones por las cuales el hecho de sobrevivir en este lugar cobraba un nuevo y potente significado. Porque comprendí que la vida aquí era una constante que sólo se ganaba minuto a minuto; sin mostrar piedad con los adversarios, sin misericordia con los débiles y sin clemencia para los contrincantes.

"Piensa, piensa como humano:

Cárgate a uno de ellos. Te darán su plaza. ¿A quien? Cárgate a Markus. El de menor rango de los que van a salvarse. Tal vez no es el máximo responsable de este desastre, pero es el que ejecutó sus planes sin sopesar las consecuencias. No se merece ocupar mi plaza. Por su culpa han muerto muchos. Los más inocentes...todo el personal auxiliar, los prescindibles. Los condenados a morir sin remedio más tarde o más temprano. Sí...cárgatelo...y todos declararán en tu contra por ese acto cruel e inhumano...y te condenarán a muerte (otra vez) por su asesinato...

Piensa, piensa como un nentaurano, más rápido, más simple y efectivo...

Sí, eso haré."

Y si las situaciones extremas exigen actos desesperados, y más cuando está en juego la permanencia de uno mismo, creo que estarán plenamente justificados mis actos posteriores. De hecho estas notas me sirven para diluir cualquier rastro de culpabilidad que ose deslizarse con sigilo en mis pensamientos alentada por convicciones humanas éticas y morales, que de poco sirven en este planeta.


***


Ejemplo de comportamiento hiperbiótico aplicable a la conducta humana y puesto en práctica para mi propia supervivencia:

Alcanzo el vehículo de transporte externo. Por fortuna no me he cruzado con ninguna criatura por el pasillo. Conduzco rápido en dirección este, hacia los pantanos. Por el camino diviso un animal que huye a toda velocidad, el primero con el que me cruzo, y le disparo con el fusil un dardo tranquilizante teledirigido. Lo recojo con el brazo mecánico y lo introduzco en una de las jaulas del remolque. Llego a los pantanos. Sin osar bajarme un instante del vehículo, engancho la jaula con el control remoto y la deposito sobre el fango de la orilla. El olor corporal del animal atrae pronto a cientos de tábanos sable, que se cuelan por los respiraderos de la jaula, clavándose sin piedad sobre el cebo. Cada uno inyectará una larva en las capas más profundas de la epidermis. Éstas devorarán la carne hacia dentro y engordarán. En menos de veinticuatro horas crearán quistes en los que llevarán a cabo su transformación a fase adulta. Mientras, los tábanos adultos libarán la superficie de la piel hasta dejar un lienzo sangrante e irreconocible. Y no cesarán hasta descubrir los quistes, de los que saldrá una nueva generación de tábanos sable que repetirá la operación sin parar, hasta dejar impoluta la estructura ósea.

Ya de regreso, escucho por el equipo de telecomunicaciones del vehículo que la nave de avituallamiento está intentando comunicarse con la base, sin obtener resultado. Consigo conectar con ellos y les traslado de un modo escueto la urgencia de la situación. En menos de una hora habrán aterrizado.

Tengo muy poco tiempo y me doy toda la prisa que puedo.

Una vez en las instalaciones, voy corriendo al taller. Tengo que extremar las precauciones, pues muy pronto el planeta alcanzará una temperatura agradable que hará que salga una nueva oleada de depredadores desde todos los rincones.

Sin pérdida de tiempo, me agencio el equipo de soldadura autógena y lo llevo hasta las proximidades de la puerta blindada de acceso a la cabina de emergencias, en donde se encierran sanos y salvos los científicos y otros pocos privilegiados. Y comienzo a trabajar.

Al cabo de diez minutos, logro perforar un agujero sobre la base de la gruesa chapa de aislamiento en una de las paredes, un agujero que comunica directamente al interior y que pasará inadvertido para el equipo de rescate. Y ahora llega la etapa más delicada. Trasladar la jaula hasta él. Para ello he de colocarme perfectamente bien uno de aquellos trajes que el equipo de geología utilizaba para analizar rocas susceptibles de tener actividad radiactiva.

Con la jaula colocada, los dípteros asesinos salen por los respiraderos y se encuentran con el agujero, a través del cual se dirigen raudos al interior. Ahora ya he concluido el trabajo. Sólo me queda esperar dentro del vehículo exterior a que la nave de avituallamiento aterrice y me encuentren.

Y a partir de aquí creo que es innecesario extenderme en más explicaciones que las justas de cómo vi abrirse las puertas del recinto en que se ellos atrincheraban. Los que pudieron huían desesperados del letal ataque, echándose sin querer en brazos de aquella indómita turba que se desperezaba a un nuevo día de excesos.


***


Voy sentado confortablemente en la nave de regreso a casa, viajando como único superviviente de la colonia humana en Rho Nentaura. Las cosas están bien y son justas. Y no siento nada. Ni remordimientos ni culpa. Creo que mi corazón se ha vuelto nentaurano.



Javier Fernández Bilbao nació en España el 7 de diciembre de 1969. De profesión operario, vive en Muriedas, Cantabria, España. Según se califica, es un escritor aficionado al género fantástico, con predilección especial por el género de terror. Intenta imprimir un sello actual a sus relatos, que han sido "testeados" en varias páginas web especializadas, con críticas alentadoras. Fue finalista del III premio "Liter" de terror.


Este cuento se vincula temáticamente con EL CATETO PROHIBIDO, de Yoss (164) y RESPIRA CON CUIDADO, de Ariel Cruz (102)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento: Fantástico : Ciencia Ficción : Biología extraterrestre : Etología : España : Español).

            

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