EN EL UMBRAL ENTRE LUGARES Y TIEMPOS

M. Eugenia Pereyra

Colombia

—¡Dese prisa, Conan! Ya llegó el ocaso, comienza el Sabbat... —exclamó Gwendolyn, mientras colgaba la última guirnalda de muérdago en las paredes de la choza, confiando en que esas hierbas mágicas protegieran su hogar de presencias no deseadas...

—¡Odio esta celebración, madre! Pero ya voy, no demoro.

—¡En un momento iniciarán Yule! Debo encender el tronco de roble. ¡Conan, apúrese! Yo me adelanto —replicó ella, dirigiéndose con paso firme hacia el bosque.

Caminando a cierta distancia de Gwendolyn, el muchacho la contempló con admiración: la escarcha iluminaba sus largas trenzas del color del sol poniente y su cuerpo delgado ondulaba al ritmo de su andar... parecía deslizarse sin pisar el suelo casi blanco. ¡Así debían ser las Diosas! Era explicable que algunos hombres del clan no despegaran de ella sus ardientes ojos, la llenaran de regalos y de insinuaciones amorosas, a pesar de su distante altivez. Sin embargo, con todo y su belleza, su padre se había ido, ¿por qué...? De nuevo, revoloteó en su mente la eterna pregunta. Durante un festejo semejante al que realizarían esa larga noche de nieve fina, y de forma similar a la niebla, Eithear el Guerrero Estrella se había desvanecido hacía diez inviernos. Él sólo tenía siete en ese tiempo; ella, apenas llegaba a los veintidós, reflexionó con rabia Conan. No obstante, los había abandonado. Su madre eludía el tema, lo mismo que el resto del pueblo.

Cinco o más veces Gwendolyn volteó la cabeza durante el trayecto, sonriéndole a su hijo con dulzura. Mas él sabía que lo vigilaba. Lo enardecía este exceso de celo, pero prefería callar. ¡Nunca podía estar solo...! Si ella no podía estar con él se lo encomendaba a Dáith, el sabio y viejo bardo que sabía calcular las lunas, maestro de su padre, ahora... maestro suyo.


La gente quería a Dáith. La tribu había construido la aldea hacía muchas lunas llenas, desde que el abuelo del abuelo del bardo arribó al lugar, procedente de Tierras Secas del Norte, buscando buenos pastos, bosques, agua purificadora... para sus cuerpos y cultivos.

Dáith había hecho un buen trabajo con Conan,decía Gwendolyn a sus allegados: la ardiente pasión juvenil ya empezaba a templarse. No obstante, todos sabían que en el fondo temía... temía...

Ya podían divisar la arboleda. Desde allí tan sólo restaba un corto trecho por las Tierras Altas para acceder al Lugar de Aguas Apacibles, caviló el muchacho. Él no entendía por qué los Druidas Uar y Amergin le tenían prohibido ir a ese sitio. Además, Gwendolyn, de ordinario serena, nada más con mencionarle el paraje perdía su tranquilidad, de inmediato sus pupilas azules se humedecían. ¡Imposible desviarse hacia allá, ni pensarlo! Con desgano siguió a su progenitora internándose por los senderos marcados bajo las ramas tristes y peladas de los robles. La brisa jugaba entre la vegetación halando hacia ellos el sonido de las arpas.

Aquel robledal de gruesos troncos, salpicado de abetos siempre verdes, era el lugar venerado por su pueblo, el santuario tejido con amor por la Madre Naturaleza para alabar a los Dioses y a las Diosas: el Nemeton. Pero más sagrado era el claro de la floresta. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Conan al llegar. Detestaba esa isla abandonada por los árboles en la que, soberbia, se erguía la Peña que Marca la Sombra: percibía la presencia invisible de su padre, lo sentía cerca de él, rozando su piel, casi podía olerlo. Fue allí donde lo vio por última vez.

Sobre la enorme roca, altar de los Druidas, Amergin comenzó a oficiar la festividad y los sacrificios de Yule. Esgrimía su hoz de oro, en tanto que recitaba:

—... y comprenderán la lengua de los espíritus..., obtendrán sabiduría de las cosas ocultas..., y entenderán la voz del viento..., tendrán el conocimiento de...

Mas, ensimismado, Conan nada oía, lo ensordecían sus propios pensamientos. Hipnotizado, examinaba uno a uno los rostros de los guerreros allí congregados, ataviados con sus mejores galas. Inconscientemente buscaba lo perdido. Luego, como si despertara en forma brusca de un mal sueño, su cuerpo se tensó, sus facciones se contrajeron. Observó un alto abeto cubierto de nieve, acicalado con cintas y campanillas, y a algunos hombres y mujeres que, engalanados con sus más preciadas joyas, encendíanlos Fuegos de la Necesidad.Ellosalentarían la energíadel Dios Lugh, El Que Brilla, porque lo "semejante atrae a lo semejante" le había enseñado Dáith. Los fuegos le darían la fuerza para renacer, para alumbrar la tierra, para hacer germinar las semillas que su tribu sembraría. Miró con amor a Gwendolyn; ella preparaba con vino y hierbas el grueso tronco de roble con el fin de que ardiera lento toda la noche hasta convertirse en cenizas sacras.

Danzaban frenéticas las llamas de las lumbres a medida que la oscuridad avanzaba: era la lucha entre sombras y luces en esa noche en la que el imperio de las tinieblas tenía su regencia más larga. Un silencio denso cubrió el claro tan pronto Amergin terminó sus palabras... Pero fue oído por la Diosa: Arianrhod, la de La Rueda de Plata, asomó brillante, redonda..., e inició su ascenso pausado y sin prisas por la bóveda estrellada hacia el cenit, exhalando a chorros su esplendor. Bajo su luz, el abeto adornado se tornó plateado. No dieron espera las risas, la música, los cánticos, los bailes rituales... mientras que Gwendolynfue al centro con antorchas. El tronco de roble empezó a arder. Uar bendijo el vino del caldero, lo repartió; hombres y mujeres comenzaron a libar.

Con pasos quedos de felino, Conan retrocedió poco a poco hasta el límite del claro. Su madre departía, distraída. Empero, de repente, igual que una aparición, Eithlinn, La de la Segunda Vista, surgió de la penumbra, y se acercó a él por detrás.

—Sé lo que piensa, joven. No debe hacerlo —susurró, sobresaltando al muchacho.

—Debo saber, Eithlinn, necesito saber por qué me prohíben ir. Mi instinto me indica que eso está relacionado con mi padre.

—Eithear no volverá... Camina en el umbral entre lugares y tiempos. Debe conformarse con saber eso, no indague más. Cuando se abren de par en par las invisibles Puertas del Otro Lado del Espejo y alguien las traspasa, jamás vuelve a salir, ni con un trébol de cuatro hojas. No vaya, Conan, no tiente al Hado del Destino, lo tiene prohibido por los Druidas. Obedezca.

—No comprendo...

—Nada tiene que comprender ahora, sólo obedezca, obedezca. Cuando llegue el tiempo, su tiempo, Dáith le mostrará las runas. En este Sabbat del Abeto Plateado surgen de la naturaleza espíritus luminosos, pero también oscuros... No se aleje —indicó ella al tiempo que sostenía sus ojos en los azules del muchacho, después se marchó como había aparecido.

Sin embargo, Conan no estaba dispuesto a ceder, además las palabras de la de La Segunda Vista lo intrigaron más. Esa interminable noche le brindaba la oportunidad única: podía ir y volver para el alumbramiento de Lugh, sin que su madre lo notara. Estaría de nuevo en el Nemeton antes del amanecer.

Casi reptando se apartó de allí. Luego corrió, corrió en zigzag para evitar raíces y troncos con toda la potencia de sus largas piernas hasta que las retorcidas ramas de los robles dejaron de cubrirlo. Jadeante, alcanzó el final de la arboleda. Sus sienes y sus venas latían, no por la carrera, para la que lo habían entrenado bien, sino porque infringiría la orden. ¡Pero él asumiría su responsabilidad, de ser necesario! Creyó escuchar voces amenazantes provenientes de la floresta. Volteó su mirada, no había nadie... Observó cómo en las cimas de las colinas del campo abierto también clamaban al cielo las hogueras y Arianrhod convertía la negrura en claridad.Sosegado, desnudo, frío... el paisaje dormía arrullado por la melodía del viento.

      Le pareció ver una carroza tirada por venados que, no muy lejos de allí, se dirigía rauda hacia el bosque, debía ser la de Flidais, la diosa de Las Criaturas Salvajes. Su corazón aceleró el ritmo. Dáith le había enseñado que el velo que divide los mundos se volvía más delgado en esa fecha; que no sobraba estar alerta pues había "cosas que son y al mismo tiempo no son, así como la niebla, el rocío, las nubes... son aguas que no son aguas"...Debía cuidarse.

Volvió a correr sin descanso hasta encontrar la cabaña más cercana, del corral tomó prestado un caballo blanco. Al galope recorrió el sendero por la Tierra de Parajes en Alto, atravesó el Valle de la Quietud, cruzó el cañón de las Rocas Silbantes, vadeó la Pequeña Cinta de Agua... Lo guiaban los recuerdos atesorados en lo más recóndito de su ser sobre el camino que había conocido con su padre hacía diez festividades de Beltane.

Aquel lejano día de Sabbat, Lugh resolvió evidenciar su furia ante su eminente muerte. Hervía la tierra. El Dios buscó doblegar al pueblo exhibiendo su formidable poderío. Insoportable era el calor. Eithear anhelaba refrescarse en el Lugar de Aguas Apacibles y había llevado al niño en su ágil corcel bayo. La mente de Conan se negaba a darle detalles, pero saltaban imágenes borrosas aprisionadas en su memoria de esa fecha, algo... Algo quería florecer de la bruma de sus remembranzas. El color rojo... el agua... ¡No, él no podía echarse atrás! Resonaba en sus oídos la triada de claves de la sapiencia Druídica que su padre había pronunciado ese día: saber, atreverse, guardar silencio. Eso haría, nadie lo sabría.

Los reflejos chispeantes de la de La Rueda de Plata sobre el grandioso espejo de agua cubierto de hielo delgado, sacaron a Conan de la madeja de sus pensamientos. Desde el alto por donde transitaba, divisó la abúlica placidez de aquel lugar prohibido. Se hallaba cerca de su destino. Una rara amalgama de sentimientos revolcó su alma. ¿Por qué él no había tenido antes la valentía de llegar allí? Pero de pronto, sorprendido, desaceleró la marcha al oír una vocecilla detrás de él:

—Conan, devuélvete, cobarde...

—¿Quién eres? —preguntó asustado, al ver en la grupa del caballo a un hombrecillo diminuto, vestido de verde, arrugado y con el ceño fruncido.

—Preguntas demasiado... vienen por ti los sabuesos del mundo de las hadas sombrías... los envía Carman, La Destructiva de La Magia Oscura...

Dicho esto, ese extraño ser se esfumó. De inmediato, el muchacho percibió a lo lejos una furiosa jauría negra, rápida cual un vendaval, que lo perseguía. Preocupado, notó que la guirnalda de muérdago que su madre había urdido para él, había caído de su cuello: ¡estaba desprotegido! Arreó al caballo. El corcel pareció entender los afanes de su jinete, y emprendió un galope tan veloz que sus patas sólo rozaban el suelo, parecía volar. Conan creyó haber dejado atrás a los sabuesos, sin embargo... Los canes habían llegado antes que él a la Piedra Que todo Lo Divisa, lo esperaban... sabía que lo llevarían a la Tierra de Las Sombras. Y por allí debía cruzar para tomar el sendero que bajaba hacia el Lugar de Aguas Apacibles. El paso había sido cerrado.

—¡Cerridwen! ¡Cerridwen, mi Diosa! Que tu poder blanco aclare los tenebrosos designios de Carman... que tu beneficio se riegue sobre mí... que tu...—clamó, temeroso, desde la roca situada frente a la Piedra Que todo Lo Divisa.

—Conan... ya te advertí que debías devolverte —dijo una voz desde la niebla luminosa que principiaba a formarse en lo más alto de la roca.


Ilustración: Ferrán Clavero

—¿Cerridwen...?

—Sí, Conan, soy yo. La de las Formas Cambiantes —respondió una bellísima mujer envuelta en la brillante niebla y vestida con una túnica rosa. Su pelo era semejante al de él: tenía el color de los campos que el pueblo cosechaba al inicio de la época más calurosa.

El joven advirtió que la visión no se apoyaba sobre cosa alguna, sin embargo, se encontraba a la misma altura que él encima del caballo. Su temor volvió a aflorar: era el miedo a lo sobrenatural, a lo divino. Pensó que la única solución era saltar de esa roca y salir galopando antes de que el espíritu decidiera mostrar sus potestades. Templó sus músculos, se dispuso a hacerlo... Empero, como si hubiera leído sus pensamientos, ella, sonriente, le dijo:

—Conan... ya te hablé desde la grupa de tu caballo...

—¿El hombrecillo que...?

—Sí, Conan... Te repito, devuélvete... si la cobardía anida en tu ser. Aún estás a tiempo. Yo te exhorto porque ni la vigilancia de tu madre, ni las enseñanzas de Dáith,ni las advertencias de Eithlinn, ni la prohibición de tus maestros, han logrado disuadirte. Pero todo humano está en su derecho de buscar la verdad, aunque ella lo destruya... te ayudaré sólo esta vez, dejo tu camino libre, no obstante... tú tomas la decisión...

Con un gesto de su mano, la que se decía Cerridwen hizo desaparecer los negros sabuesos de la Piedra Que todo Lo Divisa. La brillante niebla comenzó a disiparse y con ella la figura de la bella joven, hasta que se desvaneció por completo ante la perplejidad de Conan...

La ventisca helada volvió a soplar; el muchacho se encontró de pronto solo frente a la realidad de su situación. Raro, él nunca había oído que Cerridwen cambiara de forma, algo no le sonaba bien... Transcurrieron unos minutos más, hasta que azuzó al caballo y bajó por el sendero antes vedado. Recorrió pensativo aquel paraje blanco tan anhelado, hasta llegar a las orillas del vasto lago. Apeándose del animal, se sentó en una piedra: no sabía qué hacer. La glacial soledad del lugar invadió su ser, el profundo silencio lo aturdía.

Rompiendo la calma, un fuerte aleteo resonó sobre su cabeza, inquietándolo. Alzó la vista: una descomunal mariposa roja y dorada descendía en círculos sobre él. En ese momento, el caballo relinchó asustado, se alzó en dos patas, y galopó desbocado por el camino de llegada.

Desconcertado e intranquilo ante el terror del animal, Conan volvió de nuevo la vista hacia el insecto que ya estaba cerca. Una adolecente de su misma contextura, y desnuda, sustituía el cuerpo del lepidóptero... Una preciosa mujer. Ella le sonreía con su boca carnosa, con sus ojos verdes. Impresionado e inmóvil la observó hasta que se paró frente a él, acariciándolo con sus alas de terciopelo. La joven alada dio un paso más. El muchacho sintió sus senos erguidos, cubiertos por una larga cabellera negra, tocándole el pecho, todo su cuerpo se templó, perdió el temor, su reprimida pasión juvenil explotó... Recorrió con sus largos dedos el rostro perfecto, su cuello, sus pezones... Ella lo besó y lo cubrió con sus alas. De repente, Conan se alarmó al percibir que se alzaba con ella del suelo, que giraba a toda velocidad y que después de un leve crujido, algo helado empapaba su cuerpo...

Al unísono, resonó una aguda y maléfica carcajada, y una voz estridente que se escurrió hasta los más recónditos rincones del congelado entorno, resquebrajando el hielo:

—¡Sal de mi santuario, Eithear!Me lo llevo a él... No deseo entregas con ataduras... ¡Vuelve a tu mujer!

—¡Nooo...! ¡Carman!¡Conan no... te lo suplico! —imploraba temblando una figura casi fantasmal cubierta de algas, mientras emergía del agua—.Diez largos inviernos han transcurrido purgando mi culpa al dejarme seducir por ti, mientras él... ¡No, no lo ahogues de nuevo! ¡Carman, la de Las Formas Cambiantes, maldita seas! Lo engañaste y yo te había dado mi vida por la de mi hijo... Volví aquel Yule, me entregué a ti... ¡Maldita seas entre todas las hadas oscuras!

Desesperado, gritaba y sollozaba Eithear en la soledad gélida del Lugar de Aguas Apacibles, cuando el pueblo que, encabezado por Gwendolyn e iluminándose con teas, venía en busca de Conan, encontró al Guerrero Estrella mojado, arrastrándose por la orilla...



María Eugenia Pereyra nació al pie del Mar Caribe en Cartagena (Colombia). Pero en Bogotá D.C. creció y se graduó como Arquitecta en la Universidad de los Andes, especializándose luego en urbanismo en Italia.

Sus autores y lecturas preferidas: todos y todas, desde Andersen, pasando por Verne, Poe, Asimov, Dostoyeski, Tolstoy, Víctor Hugo, Tolkien, hasta llegar a Sábato (El túnel es el preferido, el que más la impactó), García Márquez, y la literatura latinoamericana contemporánea. Siempre quiso escribir, pero el trabajo se lo impedía. Ha publicado algunos artículos en periódicos y una página infantil en la separata del diario EL PAÍS (de Cali). Alfaguara Infantil publicó La mariquita vanidosa en 2007, y ahora va por su 3ª edición. Además, una buena cantidad de sus relatos aparecen en Internet, principalmente en Forjadores, en MiNatura y en Biblioteca Imaginaria.

Hemos publicado en Axxón: JUICIO FINAL (180), DERROTA (186)


Este cuento se vincula temáticamente con DE NUEVO, EL PRINCIPIO, de Alfredo Álamo (133), EN EL BANQUETE DE LA ALIANZA, de Yoss (167), LA GEMA AMARILLA, de Carl Stanley (194) y EL ESPEJO DEL VODÚ, de Luis Joaquín Sánchez (193)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Magia : Ser fantástico : Colombia : Colombiana).

            

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