MARTE HUMANO

Sergio Alejandro Amira

Chile

A Hugo Correa


Pese a su esforzada argumentación, Ilya no logró convencer a los suyos de su inocencia. "No estamos en condiciones de mantener prisioneros", le explicó el capitán. "Son noventa días de abandono en este desierto, ¿comprende? Por el buen éxito de esta expedición, usted debe morir".

"Debo morir", se repetía Ilya mientras marchaba escoltado por sus compañeros de tripulación al sitio donde sería ejecutado. "Debo morir por el bien de la colectividad, por el bien de la Unión Soviética y el comunismo..."

—El Estado multinacional soviético ha resistido todas las pruebas impuestas desde la Segunda Guerra Mundial, señor Kachur —decía el capitán, sermoneando detrás de ellos—. Que nosotros hayamos sido los primeros en llegar a Marte es una demostración más de ello y no podemos permitir que nada empañe esta gloriosa misión.

Oír al capitán con su fuerte acento georgiano de erres arrastradas y ese tono de hablar blando y monótono era como estar escuchando a Stalin en persona. Si con las balas Ilya dejaba de escucharle, se daba por satisfecho.

—¿Listo, señor Kachur? —preguntó el capitán.

—No, un momento —dijo Ilya iluminado por una fugaz comprensión—. Esto ya ocurrió antes, pero... se supone que debía cambiar...

—¿De qué habla, señor Kachur? Acepte su fin como hombre.

—No, capitán, no soy un hombre. Soy un neomarciano.

Y dicho esto, el cosmonauta Ilya Kachur desapareció frente a los desconcertados ojos del improvisado pelotón de fusilamiento.

Casi al instante, Ilya se materializó frente a una línea de diminutas pirámides de no más de quince centímetros de altura que se extendía hasta donde sus ojos abarcaban. Estaba aún en Marte, sin lugar a dudas, pero el paisaje era diferente.

"Éste no es el sitio desde el cual partí", se dijo Ilya, mientras observaba las pequeñas construcciones confeccionadas con diminutos ladrillos, rotos en la cúspide y vacíos. Intrigado, decidió seguir la fila de pirámides mientras reordenaba sus pensamientos procurando entender qué había salido mal en su viaje al pasado.

Al cabo de un buen rato, Ilya notó que las pirámides iban aumentando de tamaño. El mismo número de ladrillos en cada una, pero más grandes. Hacia el mediodía le llegaban ya al hombro. Todas eran iguales, estaban rotas en la cúspide y vacías. Ilya examinó un ladrillo y comprobó que era de sílice. Estaba gastado y con las aristas redondeadas por lo que debía ser muy antiguo.

Ilya continuó caminando mientras pensaba en qué hacer tras su infructuoso intento por cambiar la historia. Tal y como el marciano le había advertido, viajar al pasado no le serviría de nada. No podía alterar los hechos acaecidos y hasta cierto punto parecía verdad. Una vez que Ilya se teleportó al pasado su memoria pareció ajustarse a ese presente, olvidando que provenía del futuro hasta el momento en que estuvo a punto de ser fusilado nuevamente. Sólo entonces recordó que era un neomarciano, que podía teleportarse. Ilya pensó que le faltaba práctica, sólo eso. Volvería a intentarlo y tal vez la segunda vez lograse retener más del presente, o del futuro más bien... la verdad, era bastante complicado para la mente humana manejar estos conceptos una vez convertido en neomarciano. Como le había explicado uno de los ovoides, el marciano vivía en el presente y hablaba de presente-menos y presente-más, pero no de arcaicos conceptos como ayer y mañana.

Hacia la tarde las pirámides se acabaron. Estaba ante la última de las construcciones y algo estaba saliendo de su interior. Las hileras de ladrillos superiores estaban siendo desplazadas y de pronto se deslizaron a un lado con un ligero crujido. Apareció un largo brazo de un color gris perla y detrás un cuerpo recubierto de escamas del mismo color mate. El brazo sacó el cuerpo de aquel hueco y la criatura quedó tendida en la arena.


Ilustración: Esteban Decker

El cuerpo de aquel ser tenía un solo orificio que recordaba vagamente a una boca y estaba dotado de dos brazos: flexible uno, rígido el otro. No poseía más miembros, nada de ojos, nariz, oídos, nada de nada. Aquella cosa se arrastró unos cuantos metros, metió su puntiaguda cola en la arena, se enderezó y quedó erguida. Al cabo de unos diez minutos la criatura movió un brazo y sacó de su boca un ladrillo. El brazo colocó cuidadosamente el ladrillo en el suelo y la cosa quedó inmóvil nuevamente. Otros diez minutos... otro ladrillo. Ilya comprendió entonces que aquellos ladrillos eran el material de desecho de la criatura. Era de silicio y su desecho por lo tanto era dióxido de silicio, es decir, sílice. Éste era el constructor original de las pirámides por lo que debía tener medio millón de años al menos. Antes de extraer el tercer ladrillo, la cosa proyectó un enjambre de bolitas de cristal que se fueron flotando sobre el desierto. Ilya supuso que se trataba de sus esporas o huevos, y decidió que ya era suficiente de estar observando esta monótona forma de vida, si es que acaso podía considerarse algo vivo en absoluto.

"Debo intentar volver a mi presente", se dijo Ilya y por primera vez pensó que podía estar extraviado. Cerró los ojos, tal y como hacía cada vez que se teleportaba, y cuando los abrió se encontró sobre una vegetación amarillenta, semejante al musgo, que se extendía más allá de donde la vista podía llegar. Estaba de pie en una depresión circular y profunda, a lo largo de cuyo borde podía distinguir las irregularidades de unas colinas bajas.

Ilya se puso de pie y observó su entorno. A unos cien metros a su izquierda, divisó una estructura baja, de paredes de unos dos metros de alto, y decidió explorar aquel indicio de civilización, o "civilización primitiva" como le había llamado uno de los ovoides.


Ilustración: Esteban Decker

El techo de la construcción era de vidrio sólido, de unos diez centímetros de espesor y debajo había varios cientos de huevos de un metro de diámetro, perfectamente redondos y blancos como la nieve. Cinco o seis ya habían sido empollados e Ilya, con desconcierto, observó a las criaturas que habían emergido de aquellos huevos. Eran pura cabeza, con cuerpos pequeños, cuellos largos y seis piernas. Los ojos estaban en los lados opuestos de la cabeza, un poco más arriba del centro, y sobresalían de tal forma que podían apuntar hacia adelante o hacia atrás y moverse también en forma independiente uno del otro. Las orejas eran pequeñas, como antenas con forma de copa, y sobresalían no más de dos centímetros. Sus narices no eran más que fosas longitudinales en el centro de la cara, justo en la mitad, entre la boca y las orejas. Carecían de pelo en el cuerpo, que era de un color verdoso brillante. El iris de sus ojos era rojo sangre, en tanto que la pupila era oscura. El globo del ojo era tan blanco como los prominentes colmillos que se curvaban hacia arriba terminando en afiladas puntas.

Tan absorto estaba Ilya observando el proceso de incubación de aquellas criaturas que no se percató de que una veintena de ejemplares adultos se aproximaba a sus espaldas hasta tener a unos tres metros de su pecho la punta de una enorme lanza. El ser que sostenía la lanza tenía más de cinco metros de alto y montaba un animal con una ancha boca que partía su cabeza desde el hocico hasta el cuello. Detrás de este primer demonio seguían otros diecinueve, iguales en todos los aspectos.

Desarmado y desnudo como estaba, Ilya pensó inmediatamente en teleportarse pero luego pensó que quizás estos seres estaban preocupados de verle tan cerca de lo que a todas luces eran sus crías, por lo que retrocedió unos cuantos pasos con los brazos y manos abiertas. Al hacer esto, los extraños seres comenzaron a hablar entre ellos señalando a Ilya.

El guerrero que estaba cerca de la construcción desmontó y arrojando su lanza y demás armas, dio un rodeo a la incubadora y se dirigió hacia Ilya completamente desarmado. Al igual que Ilya estaba desnudo, exceptuando los ornamentos de la cabeza, miembros y pecho. Cuando ya se encontraba muy próximo se desabrochó un gran brazalete de metal y presentándolo en la palma abierta de su mano, se dirigió hacia Ilya con voz clara y sonora, pero en un lenguaje que el cosmonauta no pudo entender.

Ilya supuso que ésta se trataba de una propuesta de paz, por lo que improvisó un pequeño discurso acompañado de gesticulaciones mientras avanzaba hacia el líder de aquellos demonios verdes. Tomó el brazalete de la mano de la criatura y lo abrochó a su brazo. El guerrero esbozó una ancha sonrisa como respuesta y enganchó uno de sus brazos intermedios con el de Ilya para entonces caminar hacia su montura. Luego intercambió algunas palabras con sus hombres, indicándole a Ilya que podía montar detrás de uno de ellos y montó su propio animal. El guerrero que había sido designado bajó dos o tres de sus brazos y colocó a Ilya en la parte trasera de su montura. Entonces el grupo se volvió y galopó hacia la cadena de colinas que se divisaba a la distancia.

—Tú no eres marciano —dijo a Ilya su acompañante de cabalgadura.

—¿Hablas mi idioma? —preguntó Ilya sorprendido.

—Claro, te escuché hablarlo a Tars Tarkas. Eres ruso, ¿no? He visitado Rusia en distintas eras, he estado en Tungunska y en el río Podkamennaya...

—¿No eres de esta era?

—No, soy un viajero y ésta tampoco es mi verdadera forma.

—Conozco tu forma real, tu cuerpo es un ovoide ligeramente translúcido. He conocido a algunos como tú en el... presente-más.

—¿Presente-más?

—Uno de los tuyos me dijo que era lo único asimilable a los conceptos de ayer y mañana.

—Sí, es una aberración, pero te entiendo. Tú no eres marciano, pero sabes de discontinuidad-extratempórea-hiperespacial. ¿Cómo es eso?

—Los míos me fusilaron por traición. Soy inocente, por supuesto. Me enterraron en la vitalina y reviví. Intenté viajar al pasado, al presente-menos, para evitar mi muerte...

—¡Eso no es posible! —lo interrumpió el ovoide.

—Así me dijeron y tuve ocasión de comprobarlo. Estaban a punto de fusilarme de nuevo cuando recordé que podía teleportarme. ¿Por qué olvidé todo?

—La teleportación es un deporte peligroso, deberías haber practicado primero. Algo que debes evitar es teleportarte a locaciones espacio-temporales ocupadas por ti mismo. Complica mucho las cosas. Además de que, por lo visto, no puedes cambiar de forma.

—¿Cómo aprendo a cambiar de forma?

—Al igual que como aprendiste a teleportarte: entiérrate en la vitalina pensando en el cambio de forma. Vas a perder la conciencia. Cuando la recuperes sabrás cómo hacerlo.

—¿Y dónde hay vitalina por aquí?

—La vitalina no existe en esta era. Deberás teleportarte a otra locación, cosa que recomiendo a menos que quieras vivir como esclavo de Tars Tarkas.

—Yo no soy esclavo de nadie.

—Lo eres, tú mismo te pusiste el brazalete.

—No sabía... Bueno, será mejor que me marche entonces.

Dicho esto Ilya desapareció dejando al marciano verde solo en su cabalgadura. El marciano esbozó una amplia sonrisa y transmitió telepáticamente a los demás: "Fernus ha retomado el camino, todo marcha de acuerdo a lo planeado".


***


Ilya apareció en la playa de un extenso océano con los pies hundidos en la arena. No era vitalina sino arena marciana común y corriente.

Los científicos soviéticos desde hace mucho creían que Marte albergó grandes océanos que cubrían aproximadamente la tercera parte de su superficie e Ilya era el primer humano en contemplar uno de esos vastos cuerpos de agua, específicamente el Océano Deuteronilus.

El cosmonauta se había teleportado a un presente-menos aún más remoto que el de los marcianos de cuatro brazos. Estaba a cuatro mil millones de años en el pasado de Marte cuando lo que intentaba era regresar al futuro. "¿Qué estoy haciendo mal?", se preguntó, mientras tomaba asiento en la arena y contemplaba aquella vastedad desprovista de vida. Sin duda era un buen sitio para estar solo. La mente de Ilya comenzó a divagar y por algún motivo recordó a su padre. La última vez que lo había visto antes del viaje al Planeta Rojo en su natal Sebastopol.

—¿Y papá? —preguntó Ilya a la criada.

—Se ha levantado y está tomando el café —repuso la vieja.

Ilya entró en la casa. Su padre, sentado ante la mesa, en zapatillas y con una chaqueta vieja, examinaba sus cuentas para distraerse y sin poner en ello gran interés. Su atención estaba en otra parte. Lo habían dejado solo en la casa, pues tampoco estaba Smerdiakov: se había ido a comprar lo que necesitaba para la cocina. Aunque se había levantado temprano y se hacía el valiente, era indudable que el viejo se sentía débil y fatigado. Al notar la presencia de su hijo le dirigió una mirada nada amistosa.

—El café está frío —dijo secamente—; por eso no te ofrezco. Hoy sólo comeré una sopa de pescado, y no invito a nadie. ¿A qué has venido?

—Quería saber cómo estaba, padre.

—Claro. Además, yo te rogué ayer que vinieras. Fue una tontería. Te has molestado en vano... Estaba seguro de que vendrías.

Sus palabras reflejaban los peores sentimientos. El viejo se acercó al espejo y se miró la nariz, seguramente por cuadragésima vez desde que se había levantado. Luego se arregló con coquetería el pañuelo rojo que protegía su frente.

—El rojo me sienta mejor que el blanco —dijo con acento sentencioso—. El blanco es un color de hospital y odio los hospitales. Bueno, ¿qué hay de nuevo, hijo? ¿Cómo va la conquista del espacio?

—En una semana me embarco en la misión a Marte.

—Una pérdida de tiempo. Conquistar otros planetas cuando ni siquiera se tiene control del propio.

—Para usted todo es una pérdida de tiempo, padre. Todo menos acumular dinero.

—Debes entender, hijo, a los sesenta y cinco años conservo la virilidad y espero que esto dure veinte años más. Pero envejeceré, mi aspecto será cada vez más repelente, las mujeres no vendrán a mí de buen grado y habré de atraérmelas por medio del dinero. Por eso quiero reunir mucho dinero y para mí solo.

—Eso va en contra de todo lo que el camarada Stalin...

—¡Qué me importa a mí lo que haya dicho ese mal poeta georgiano! Bien hizo Beria envenenando al bastardo. Te lo digo claramente, Ilya: quiero llevar una vida de libertinaje hasta el fin de mis días. No hay nada comparable a ese modo de vivir. Todo el mundo lo censura, pero todos lo adoptan, aunque a escondidas. Yo, en cambio, llevo esa vida a la vista de todos. Esta franqueza explica que todos los bribones hayan caído sobre mí. ¿De qué me sirve a mí que Rusia conquiste Marte? ¿En qué afecta mi proyecto de vida? ¡En nada! ¿Y para qué se malgastan recursos en estas insulsas utopías de cualquier forma? ¿Acaso Bogdanov y Tolstoi no fueron ya al planeta rojo y comprobaron que los marcianos son también comunistas?

—Ésos eran libros, padre, obras de ficción. No puede comparar eso con la realidad, son fantasías literarias.

—Pero el comunismo marciano en algún momento pareció algo científicamente defendible, hijo. Los canales de Marte llevaban la marca de la solidaridad, de un esfuerzo común extraordinario. Hasta Giovanni Schiaparelli se sacrificó al mito...

—Ha pasado mucho tiempo desde 1895, padre. Marte ha perdido sus canales...

—Y en consecuencia, sus comunistas. Y si no hay comunistas allá arriba entonces ir es una pérdida de tiempo.

Ilya apretó los puños regresando de aquel viaje puramente mnemónico y maldiciendo a su padre. "Podría teleportarme a esa última vez que lo vi y decirle lo que realmente pienso de su virilidad y de su dinero. De su falta de apoyo y de su incapacidad para reconocer mis logros y hazañas. Pero debo practicar. Cada teleportación me lleva a un sitio y tiempo distintos, debo controlar alguna de las dos variables..."

Finalmente Ilya decidió concentrarse en permanecer en el mismo sitio moviéndose sólo a través del tiempo. Otra idea aborrecible, por supuesto, para quienes están acostumbrados a la teleportación y saben que tiempo y espacio son uno solo.

El joven cosmonauta cerró los ojos y al abrirlos, se encontró en la misma playa, sobre la misma arena, pero el paisaje había cambiado drásticamente.

A lo largo de la costa once mil cabezas de piedra de unos veinte metros de altura habían sido erigidas. Cada una de ellas era idéntica a las otras y sus rasgos eran los de un anciano de nariz aguileña, labios delgados, frente alta, mentón firme, coronilla calva y cabello que caía tras las orejas. A diferencia de los míticos moáis de la Isla de Pascua, todas las cabezas miraban hacia el mar. La primera de estas cabezas había sido erigida en la base del Monte Olimpo y desde ahí los hombrecillos verdes habían colocado una y otra con intervalos de un kilómetro cada una. Porque ahora Ilya no estaba solo, sino rodeado de lo que se podría describir sólo como hombrecillos verdes.

Estaban inclinados sobre él, observándolo con los ojillos negros de sus caras verdes y transparentes. A diferencia de los marcianos de cuatro brazos, éstos eran muy pequeños, inferiores al metro de estatura. Eran bípedos, con brazos y piernas, pero no tenían orejas, ni nariz, ni boca. No llevaban ropa y sólo tenían tres dedos en cada mano. Ilya advirtió que al igual que los marcianos del futuro, éstos carecían de sexo y su piel transparente dejaba ver un interior repleto de flotantes glóbulos, partículas y masas verdes, pompas fluyendo y borboteando. Ilya vio más hombrecillos verdes que transportaban otra cabeza en posición horizontal sobre una larga plataforma de madera sobre ruedas y dedujo que estas criaturas eran los constructores de las efigies.

Ilya se enderezó y los hombrecillos retrocedieron uno o dos pasos. De pronto un aire a ozono invadió el aire y se escucharon truenos cerca de la playa. Sobre la orilla apareció un rombo rojo tridimensional de unos quince metros de largo. El rombo comenzó a ensancharse angostándose luego en el medio, una pequeña esfera emergió del punto en que ambos romboides se unían aumentando de tamaño hasta convertirse en un óvalo verde que se tragó al rombo rojo. Óvalo y rombo comenzaron a girar en direcciones opuestas arrojando arena a cientos de metros en el aire.

Los hombrecillos desviaron su atención hacia el extraño fenómeno, ignorando a Ilya. El óvalo y el romboide tridimensionales giraron hasta convertirse en una esfera que formó un círculo de unos diez metros en medio del aire y que se hundió en la arena hasta que un agujero de Brane cortó una tajada del espacio-tiempo. Del agujero emergió una especie de carriola a vapor y de ésta cuatro criaturas metálicas de unos dos metros de altura. Los robots comenzaron a ensamblar un complejo aparato compuesto de proyectores parabólicos y una vez finalizada su labor se quedaron tan quietos como los hombrecillos verdes.

La proyección de un hombre parpadeó para luego cobrar solidez entre la arena y el proyector. El anciano vestía un atuendo azul cubierto de símbolos astronómicos, acarreaba un caduceo de madera y su rostro era el mismo de las estatuas.

El mago observó a Ilya y caminó hacia él.

—Tú no deberías estar aquí —le dijo, apuntándole con su bastón.

—Disculpe, aún no domino del todo la teleportación.

—¿Y cómo haces para teleportarte? Estás completamente desnudo y no veo que tengas ningún disco TC contigo.

—¿Disco TC?

—Teleportador Cuántico Personal, como el que utilizan los dioses.

—¿Dioses?

—Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

—No, soy un neomarciano. ¿Y usted quién es?

—Soy el legítimo Duque de Milán, enviado a morir en un bote junto a mi hija por mi usurpador hermano que ambicionaba convertirse en Duque. Pero Miranda y yo logramos sobrevivir y encontramos asilo en una pequeña isla, donde me convertí en amo de Calibán y de Ariel. ¿No has leído La Tempestad?

—Me temo que no.

—Pues te has perdido de uno de los más memorables discursos de toda la literatura shakesperiana. En el cual yo digo:

"Ahora magia no me queda

y sólo tengo mis fuerzas,

que son pocas. Si os complace,

retenedme aquí, o dejadme

ir a Nápoles. Con todo,

si ya el ducado recobro

tras perdonar al traidor,

no quede hechizado yo

en la isla, y de este encanto

libradme con vuestro aplauso.

Vuestro aliento hinche mis velas

o fracasará mi idea,

que fue agradar. Sin dominio

sobre espíritus o hechizos,

me vencerá el desaliento

si no me alivia algún rezo

tan sentido que emocione

al cielo y excuse errores.

Igual que por pecar rogáis clemencia,

libéreme también vuestra indulgencia".

El aplauso como de una muchedumbre se escuchó a lo largo de la playa y Próspero instintivamente se inclinó, haciendo una reverencia. Pero no eran los hombrecillos verdes ni los robots quienes aplaudían, sino una monstruosa entidad desde la orilla. Era grande como una casa y en su textura y forma recordaba a un cerebro gigante. Tenía múltiples ojos amarillos y manos, muchas manos grandes y pequeñas, que aplaudían al unísono.

—¡Bravo, Próspero! Es una pena que el Bardo de Stratford-upon-Avon no me haya dado un papel más protagónico en su pequeña obra.

—Esta cosa aborrecible que ves aquí, mi joven amigo, es Setebos —dijo Próspero señalando al monstruo con su báculo—. Es uno de los cuatro Hecatónquiros hijos de Gea y Urano. En realidad es el único, ya que asesinó a sus hermanos Coto, Giges y Briareo. ¿Cómo te tratan las Euménides hoy, oh, poderoso Setebos?

—No vengo a hablar de mí, viejo hechicero. Dime, ¿qué has hecho con mi adorador favorito?

—Está libre en el mundo, me apena decir.

—¿Qué mundo? Hay demasiados.

—La Tierra.

—¿Qué Tierra? Hay demasiadas.

—Mi Tierra, la única verdadera.

—¿Y quién es ése que te acompaña?

—Dice ser un neomarciano, según él puede TCear sin necesidad de un disco.

—¡Eh, neomarciano! —vociferó Setebos a Ilya—. Nuestras cuitas no te incumben.

—Yo sólo quiero teleportarme a un lugar con vitalina —respondió el cosmonauta.

—¿Vitalina? —preguntaron a coro el mago y el cerebro gigante.

—De verdad que no tengo tiempo para esto —contestó ofuscado Ilya y se teleportó nuevamente.

—Impresionante —murmuró Setebos—, por lo visto se trataba de un mago como tú.

—No como yo —sentenció Próspero—. Como yo no hay igual. Ahora dime, ¿en dónde quedamos?


***


El frío de la noche marciana se abatía sobre el yermo en el cual se materializó Ilya. El muchacho contempló el desierto: la gran alfombra escarlata, salpicada de luces iridiscentes, ligeramente sombreadas por Deimos y Fobos... Estaba seguro de haber regresado al presente del cual había partido, pero ¿dónde estaba la vitalina? Realmente todo esto lo estaba cansando, pese a que las toxinas del agotamiento ya no le afectaban y no necesitaba comer ni dormir. El cansancio, por supuesto, era mental e Ilya deseó tener un marciano cerca. A uno de los marcianos "verdaderos" y no a los gigantes de cuatro brazos o a la criatura de sílice o a los hombrecillos constructores de efigies. Y mucho menos al mago y al cerebro parlante. El segundo ovoide con el que habló Ilya antes de emprender la primera teleportación le había dicho que existían infinitas dimensiones paralelas ya que cada mundo poseía infinitos estratos dimensionales, y la criatura llamada Setebos había mencionado la existencia de muchos mundos y muchas Tierras, lo que corroboraba lo establecido por el ovoide. El anciano hechicero, sin embargo, aseguró que existía una sola Tierra verdadera y que ésa era la suya. Pero al mismo tiempo aseguraba ser un personaje salido de una obra de Shakespeare, lo que no tenía ningún sentido. "Más conceptos arcaicos", pensó Ilya. "Todo dejó de tener sentido desde el momento en que regresé a la vida como neomarciano, pero de una cosa sí estoy seguro, debo alcanzar alguna dimensión que posea vitalina para así lograr cambiar de forma y explorar más seguro las posibilidades y beneficios de la teleportación".

Ilya se concentró en la vitalina y se teleportó nuevamente.

Apareció en un pueblucho como sacado del viejo oeste, junto a una línea ferroviaria. Como en todos los anteriores "viajes" no había rastro alguno de vitalina en el suelo y él seguía desnudo. Pero estaba ahí por algo. Tal vez hubiese en este pueblo algún ovoide como el que había encontrado bajo el disfraz de marciano verde y de ser así no tenía más que preguntarle cómo llegar a la anhelada vitalina.

Pero Ilya seguía desnudo y eso era un inconveniente. Se internó en una callejuela y providencialmente encontró algo de ropa en un tendedero. Mientras vestía los pantalones que le quedaban anchos, escuchó una voz que decía: "Acérquense, acérquense. Una vez más, la Feria Ambulante y Fantasía Educativa de Adam Black, les presenta las maravillas de los cuatro cuartos del mundo del espectáculo, completamente renovado. Presentamos para su deleite una novedad nunca vista. ¡Un Ángel de los Reinos de la Gloria! ¡Capturado del Circo celestial, un Ángel real, cien por ciento genuino y garantizado! Acérquense, acérquense, el Ángel puede contestar una pregunta, sea cual sea. ¿Quiere saber cuántos años le quedan de vida, si encontrará el amor? El Ángel tiene las respuestas a eso y más..."

Ilya se acercó al tren de la feria e hizo la fila. Tras una hora de espera por fin llegó su turno.

—Quiero ver al Ángel.

—¿Sólo al Ángel? —preguntó Adam Black.

—Sí, sólo al Ángel.

—Entonces son cincuenta centavos.

Ilya se metió la mano en los bolsillos en busca de una moneda pero todo lo que encontró fueron pelusas apelmazadas y un botón viejo.

—No tengo cincuenta centavos —respondió.

—Mire, amigo, éste es mi negocio. No puedo dejarle ver al Ángel si no me paga cincuenta centavos.

—¿Usted no será un ovoide de casualidad?

—¿Cómo dijo?

—Disculpe, es que necesito preguntarle al Ángel como hallar vitalina.

—¿Vitaqué?

—Vitalina...

Una mujer de considerable envergadura que estaba detrás de Ilya interrumpió el diálogo.

—Hay más gente esperando aquí.

—Disculpe, señora —dijo Ilya.

La vieja pareció apiadarse del cosmonauta, al que seguramente tomó por un pobre vagabundo, y dijo:

—Aquí tiene cincuenta centavos, joven. Entre de una vez por todas que todos queremos ver al Ángel.

El muchacho agradeció a la veterana, le dio la moneda a Black y subió la breve escalinata del vagón donde estaba el supuesto Ángel.

En medio del vagón había una espaciosa jaula de acero sin puertas ni candados. Sentada en un trapecio que pendía del techo de la jaula había una criatura melancólica a la que Ilya debía tomar por un ángel, aunque no era como los ángeles de los que le habían hablado de niño, cuando se sentaba en las piadosas rodillas de su querida y difunta madre.

Su cara y su torso eran los de una mujer extraordinariamente hermosa y joven. Sus brazos y sus piernas estaban hechos con metal remachado. A la altura de los hombros y caderas, la carne se fundía en el metal. Ilya advirtió que aquella no era la simple fusión de lo humano con lo protésico. Aquello era muy diferente.

Un aura azulada y brillante rodeaba al ángel proporcionando al mismo tiempo la única iluminación del vagón.

Ilya no supo cuánto tiempo permaneció quieto y mirando hasta que el Ángel extendió sus piernas mecánicas y, dejando ver unos zancos largos descendió del trapecio. Se comprimió a altura humana y apretó la cara contra los barrotes mirando fijamente al muchacho.

—Si sólo tienes cinco minutos, te sugiero que me preguntes algo —le dijo el Ángel con conmovedora voz de contralto.

—¿Qué cosa eres exactamente?

—Suele ser la primera pregunta —respondió el Ángel de latón con la lasitud de una rutina largo tiempo establecida—. Soy un Anael, serafín del Quinto Orden de las Huestes Celestiales, sirviente manual de la Santísima Señora de Tharsis...

—¡Espera! En realidad quería preguntarte otra cosa...

—Debiste haberlo considerado cuando formulaste tu pregunta. Sólo puedo contestar una por humano.

—Pero yo no soy humano, lo fui, pero ya no.

—¿Y qué eres entonces?

—Si te contesto esa pregunta, ¿me responderás lo que realmente quiero saber?

—Eres ingenioso, mortal. De acuerdo, dime qué eres según tú y responderé otra pregunta.

—Soy un neomarciano. Ahora dime...

—¿Neomarciano? —interrumpió el Anael.

—¿No sabes lo que es eso?

—No, no lo sé y he contestado tu segunda pregunta.

—¡Espera! ¡No es justo!

Adam Black asomó la cabeza por la puerta y anunció:

—Se acabó el tiempo. Salga, por favor.

—Pero no ha contestado mi pregunta...

—No es cierto —replicó el Anael—. He contestado incluso dos preguntas.

—¿Por el mismo dinero? Señor, me debe usted otros cincuenta centavos.

—Sabe que no tengo más dinero.

—Ése no es mi problema, señor.

—¡Al demonio con ustedes! —exclamó Ilya furioso—. Encontraré solo la vitalina —y ofuscado se teleportó lejos de ahí.

Adam Black y el Ángel se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros.


***


Ilya apareció en la meseta de Tharsis, en las cercanías del Monte Olimpo y sin vitalina alguna en las inmediaciones. Por vez primera desde que comenzara su peregrinaje sintió cansancio y decidió guarecerse en el interior de una caverna cercana. Luego de caminar un rato observó una luz en el interior de la cueva. Era una fogata. Ilya traspuso la boca de la caverna y luego, trastabillando, rodeó la fogata, entró, y se quedó parpadeando ante la luz. Cuando al fin pudo ver, distinguió una alta cámara de roca verde. Adentro había dos cosas. Una de ellas, bailando en la pared y el techo, era la enorme y angulosa sombra de un ser vivo; la otra, agazapada debajo, era la criatura misma.

Estaba sentada sobre sus largas caderas con forma de cuña, con los pies encogidos. Un hombre en la misma postura habría apoyado el mentón en las rodillas, pero las piernas del ser eran demasiado largas para eso. Sus rodillas se elevaban por encima de los hombros a ambos lados de la cabeza —como orejas enormes y grotescas— y la cabeza, hundida entre ellas, se apoyaba en el pecho prominente. La criatura parecía tener papada o barba, Ilya no distinguió cuál de las dos a la luz del fuego. Era de color blanco o crema, y parecía estar vestida hasta los tobillos con una tela suave que reflejaba la luz. En las largas y frágiles extremidades había cierto revestimiento natural. No era pelambre, sino una especie de plumaje. Su rostro era demasiado largo, solemne e incoloro, y se parecía desagradablemente a un rostro humano por tratarse de una criatura no humana. Los ojos, como los de todos los seres muy grandes, parecían demasiado pequeños.

—Entra —dijo la criatura—. Entra y deja que te eche un vistazo.

El cansancio de Ilya le había provocado una suerte de lejana indiferencia. No tenía idea de lo que sucedería a continuación, pero estaba decidido a descansar y en el ínterin el calor y el aire más respirable eran una bendición. Entró, dejando atrás la fogata, y habló.

—Supongo que no sabes dónde puedo encontrar vitalina —dijo, sentándose.

—Creo que me queda un poco...

—¿Tienes vitalina? —preguntó Ilya, casi sin dar crédito a sus oídos—. ¿En verdad la tienes?

—¡Ah! Eres uno de esos marcianos que pueden desplazarse a través de los muchos universos, ¿no es verdad?

—Sí, soy un neomarciano —respondió Ilya con impaciencia—. ¿Me das esa vitalina que dices tener?

—Claro, espera un momento mientras la busco, por favor. He acumulado tantas cosas en esta caverna...


Ilustración: Esteban Decker

La criatura se levantó con extraños movimientos de araña y comenzó a ir de aquí para allá, asistido por su delgada sombra de duende.

—Sé que en algún sitio la puse pero ¿dónde...? Vitalina, dónde dejé la vitalina... ¡Aquí está!

El ser volvió a sentarse y le extendió a Ilya un pequeño frasco.

—¿Esto es todo lo que tienes? —dijo Ilya decepcionado.

—Ya no queda vitalina sobre el suelo de Marte —le explicó la criatura—. Fue destruida por los moluscos con sus máquinas de tres patas y sus rayos de muerte.

—¿Moluscos? —preguntó Ilya disolviendo el contenido del frasco en un cuenco con agua. Instintivamente sabía que necesitaba consumir vitalina para contrarrestar el agotamiento.

—Sí, los moluscos son los antiguos opresores de mi raza —explicó el espigado duende—. No soy marciano de nacimiento, fui traído aquí como parte del ganado de los moluscos. Se alimentan de la sangre de los seres vivos y la vitalina no tiene ninguna utilidad para ellos.

—Ya veo —dijo Ilya bebiendo del cuenco mientras sentía que el cansancio se marchaba—. Yo tampoco nací aquí sino en la Tierra. Pero renací en Marte gracias a la vitalina. Necesito más que esto para conseguir cambiar de forma.

—Lamento no poder ayudarte.

—Lo has hecho, llevo una eternidad teleportándome en busca de vitalina. Soy nuevo en esto, nadie me explicó que debía consumir vitalina cada cierto tiempo para mantenerme vivo, o que era necesario enterrarme en ella para aprender a cambiar de forma. Los ovoides son muy irritantes.

—Conocí a uno de ellos, se hizo pasar por seroni para estudiar a los moluscos. Él me ayudó a escapar de los corrales pero se mostró indiferente ante la invasión de su planeta. Dijo que había demasiadas dimensiones donde Marte estaba completamente deshabitado como para molestarse. Dijo que simplemente se mudarían a una de esas dimensiones.

—Algo parecido me dijeron a mí.

—Lo que no comprendo es cómo siendo de una raza diferente puedes metabolizar la vitalina —dijo el sorn, haciendo un gesto que denotaba perplejidad—. El marciano me dijo que estaba diseñada sólo para sus organismos.

—No lo había pensado, a decir verdad —respondió Ilya, aún más desconcertado.

—Creo que la respuesta es obvia, pequeño. Tú no eres humano, ni neomarciano —dijo señalándole con su largo dedo índice—. Eres un marciano que se convenció a sí mismo de que era humano.

Ilya se quedó de una pieza ante tal revelación, la imagen de una mariposa vino a su mente y dijo, casi susurrando:

—Como en el cuento de Chuan-Tzu.

—¿Qué cuento es ése? —preguntó el sorn.

—Uno que me contó mi madre de niño. Chuan-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre. Pero no es posible, recuerdo ser Ilya Kachur, recuerdo a mi santa madre, que en paz descanse, recuerdo al infeliz de mi padre, recuerdo el monumento a los defensores de Sebastopol durante la guerra de Crimea... ¡No, no soy un marciano, soy un hombre!

El joven cosmonauta se levantó con las manos en la cabeza totalmente descontrolado, teleportándose lejos antes que el sorn pudiese prestarle ayuda.


***


Ilya despertó boca abajo semienterrado en la arena y se incorporó sacudiéndose el polvo con la cabeza aún dándole vueltas. Entonces la vio. Una criatura lo acechaba.

Parecía una abuela en cuatro patas, flaca y hambrienta. Fuese lo que fuese era evidente que no comía desde hacía muchos días: la criatura le echó una mirada hambrienta, manteniéndose a distancia... y luego, proyectados telepáticamente, sus pensamientos llegaron a Ilya.

<<¿Puedocomérmelo?>> —le preguntó. Y se puso a jadear, con las fauces vorazmente abiertas.

—Santo cielo. Por supuesto que no —dijo Ilya.

Pese a la negativa del cosmonauta la criatura se precipitó hacia él. De pronto, cuando estaba casi a medio metro de distancia, chilló; cambió de dirección y pasó a su lado sin tocarlo. Ilya se dio vuelta y la vio alejarse. <<Venenoso>>, pensó el chacal; se detuvo a una distancia prudente y lo observó despreciativamente, con la lengua colgando.

<<Ustedesvenenoso>> —le espetó.

—¿Venenoso? ¿A qué te refieres?

<<Nopuedocomérmelo,mesentaríamal>> —respondió la criatura.

—¿Por qué? —preguntó Ilya.

<<Esuncambia-forma.Loscambia-formasonvenenosos,estánllenosdeesacosavenenosa...¡puaj! ¿Cómohaceparasoportarse?>>

Dicho esto, la abuela-chacal se alejó, desapareciendo en el horizonte.

Lo había sugerido el sorn y lo confirmaba ahora el patético depredador marciano. Ilya era un ovoide. Navaja de Occam, la respuesta más simple suele ser la correcta. ¿Pero cómo era esto posible?


***


El frío de la noche marciana se abatía sobre el yermo. El arenal se recubrió de gemas: gotículas de agua rápidamente congeladas. Una túnica púrpura, recamada de brillantes, rodeó a la Gran Syrte. Deimos asomaba un cuerno en lontananza, lanzándose en raudo vuelo por encima de las constelaciones. Los despojos del muchacho descansaban envueltos en la mullida piel del planeta, en la vitalina. ¡Por fin la vitalina!

Ilya se acercó a su cadáver y comprobó que seguía muerto, que nunca se había levantado del lugar donde yacía desnudo. No era hombre, no era neomarciano. Ilya se concentró, o más bien dejó de hacerlo, e inmediatamente su forma humana se hinchó convirtiéndose en segundos en un cuerpo ovoide ligeramente traslúcido.

—Por fin regresas, Fernus.

Al oír ese nombre la personalidad de Ilya fue relegada a un segundo plano. Fernus estaba nuevamente en control de sí mismo.

—¿Scorch? —preguntó Fernus.

—Sí, soy yo. Es bueno tenerte de vuelta, mi joven amigo.

—Lo recuerdo todo, por fin lo recuerdo todo. No soy humano, nunca lo fui... ¡Estaba realmente convencido de serlo, Scorch!

—Ésa era la idea del experimento, Fernus. Lograr no sólo el cambio de forma físico sino el cambio de mente. Es algo que nunca habíamos intentado hacer y requeríamos de una mente joven y receptiva como la tuya. Los marcianos mayores no habríamos logrado jamás una conversión mental tan perfecta. Mientras más tiempo pasa, más nos apegamos a nuestras personalidades, por eso necesitábamos la intervención de alguien sin tanta experiencia acumulada.

"El experimento", pensó Fernus y recordó que los marcianos, al darse cuenta de que los hombres ejecutarían a uno de los suyos, habían planeado todo. Los mayores lo habían elegido por ser el más joven de toda su raza con apenas cien años de vida (los marcianos sólo se reproducían al morir uno de sus congéneres) y lo guiaron en el difícil proceso de transformación mental para enviarlo como una sonda telepática a través de aquellos nuevos mundos.

—Esos sitios a los que me teleporté —dijo Fernus—, esos Martes alternos, no es nada que estuviese catalogado.

—Ciertamente, y fue todo un hallazgo. Teorizamos que al absorber los recuerdos del hombre te conectaste con su noosfera. Todos esos planetas Marte fueron imaginados por ellos. Son reales porque fueron llamados a la existencia mediante algo que los humanos denominan "literatura".

—Pero había marcianos como nosotros en esos Martes, al menos en un par...

—Mientras viajabas, algunos de nosotros pudimos penetrar en esos mundos y explorar. El marciano de cuatro brazos que te habló fui yo mismo, guiándote para que siguieras adelante y no terminaras prisionero de Tars Tarkas.

—Todo tiene sentido ahora...

—El experimento ha sido todo un éxito, Fernus. Un abanico de posibilidades aún mayor se ha abierto para nuestros viajes y todo gracias a este humano muerto.

—Ilya... —murmuró Fernus. Ambos ovoides callaron—. Hay una sola cosa que no acabo de entender, Scorch.

—¿Qué cosa, Fernus?

—¿Por qué razón los humanos dieron muerte a uno de los suyos?

—Ni siquiera yo con mis dos millones de años de vida he logrado entenderlo, mi joven amigo.

—Me cuesta creer que una raza con tal capacidad de creación sea al mismo tiempo tan destructiva, Scorch.

—Es algo que parece ir de la mano, Fernus. Sin esa propensión a la muerte tal vez no amarían tanto la vida. Es contradictorio, sí, como ocurre con todas las razas en estado juvenil. Los humanos son como niños y ya sabes, la teleportación es un deporte para mayores.



Sergio Alejandro Amira (Concepción, julio de 1973, Chile). Casado con Aurora, un hijo: Bastian. Estudios: Arte y Diseño, Inglés (Inglaterra), Licenciatura en Artes, Pedagogía en Artes y Magister en Artes Visuales (Chile). Premios: Segundo lugar Fixion 2000, tercer lugar Púlsares 2002. Publicaciones en papel: FIXION 2000, PÚLSARES I, TIERRAS DE ACERO, VISIONES 2005, DIEZ MÁSCARAS Y UN CAPITÁN, AÑOS LUZ. Publicaciones en la red: Quintadimension, Aurora Bitzine, ALFA ERIDIANI, ERÍDANO, Comiqueando, Fobos, Tauzero, NGC 3660, CALABOZO DEL ANDROIDE. Última exposición relevante: Cuello & Corbata, metro Cal & Canto, Santiago, 2003. Ex-Editor, director de arte y diagramador de TAUZERO. Editor del e-zine de cómics CALABOZO DEL ANDROIDE.

Hemos publicado en Axxón: EL MISFIT (180).


Este cuento se vincula temáticamente con CRÓNICA DE UN VIAJE INÚTIL, de Mariano Carril (169), LA SEGUNDA PIEL, de Gary Daher Canedo (166), TIEMPO (DE) REVELADO, de Fabio Andrés Ferreras y Raquel Froilán García (157) y TIEMPO TREINTA Y TRES, de Raquel Froilán García (154)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Ciencia Ficción : Criaturas extraordinarias : Chileno : Chile).

            

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