FICCION BREVE (Treinta y siete)

Varios Autores

REVERSO

Luisa Axpe - Argentina


Se apartó de la manada y se alejó del bosque. La noche caía, y las posibles presas huían buscando refugios sombríos. Sintió una presencia extraña y se detuvo a aullarle a la luna. Un disco blanco y brillante, completamente lleno. Encontró por fin algo parecido a una madriguera, y decidió pasar la noche. Mientras caía en el sueño, la piel se le tensó de una forma desconocida y algo le dolió en las garras y en las mandíbulas. En sus sueños apareció una corza que lo miró asustada, pero él no hizo nada por atraparla. Cuando despertó, era un hombre.


PEQUEÑOS CAMBIOS

Luisa Axpe - Argentina


Yo la conozco bien, dijo la abuela, a mí no me engañan. Ésta no es mi nieta. Mi nieta tiene la ceja izquierda un poco más levantada que la derecha. Nadie lo nota, pero yo sí. Y así pasa con todo. El otro día compré unos pimientos, y cuando llegaron a casa eran más verdes que antes. Yo misma, esta mañana, me noté una arruga en la frente que hasta hoy no tenía. Esto de la teletransportación es una calamidad. Y la abuela entrecerró los ojos, añorando esa vieja costumbre de andar por el asfalto y de viajar en avión.


Luisa Axpe nació en Buenos Aires, Argentina. Se graduó en Psicología y durante algunos años se desempeñó como redactora publicitaria. Sus primeros textos aparecieron en El Péndulo y Minotauro, coincidiendo con el inicio de la década de 1980 y la gran actividad desarrollada por esos años. En 1986 se publicó Retoños (Minotauro), un libro de relatos, y más tarde aparecería su novela La mancha de luz (Sudamericana). Ha escrito otra, No te duermas en el tren, que esperamos ver publicada pronto. Más datos en la Enciclopedia de la Ciencia Ficción y Fantasía argentina.



TAN SÓLO DE NOCHE

Estela Parodi - Argentina


Carmelo escuchó protestar a su mujer y se tapó los oídos. Que se levantara temprano, que fuera a trabajar, que tenían que comer, que era un vago de m... Filomena siempre con lo mismo. No aguantaba más aquellos reproches. ¿Cómo no se daba cuenta de que él era un artista? ¿Cómo no se daba cuenta de que los artistas no trabajan más que en su arte?

En algunas oportunidades resultaba tan dura de cerebro... Sólo le interesaba el dinero. Pero terminó de bañarse, se puso el pantalón y decidió bajar antes de que la mujer se pusiera peor. Pasó por la ventana y se quedó un segundo mirando el cielo estrellado. "Una noche digna de ser retratada", pensó, mientras suspiraba resignado a ir de una vez a comer el puchero que Filomena había preparado.

Hacía diez años que se habían casado y nueve que discutían siempre por lo mismo. Casi todas las mañanas le prometía que saldría en busca de trabajo pero después agarraba el caballete y las pinturas y se instalaba sobre el puente. Filomena entonces cruzaba la barriada, y llegaba hasta él para interrumpirlo. Y hasta una vez tuvo la audacia de tirarle las pinturas al río. "Te conseguí una changa, Carmelo. Y vas a ir". Ese día le dieron ganas de ahogarla en el río como se habían ahogado sus pinturas, pero en cambio se puso el saco, llevó el caballete hasta la casa y sumido en un hermético silencio, fue e hizo la changa.

Cuando cada tanto lograba vender algunos de sus cuadros, Filomena resplandecía. No hacía comentarios, tomaba el dinero y se dirigía hacia la tienda del pueblo para comprar lo que le venía en gana. Entonces, por un día o dos cesaban los insultos y la risa le abrazaba la cara. Y al menos podían cenar tranquilos. Pasado ese tiempo, todo volvía a comenzar.

Bajó las escaleras y encontró a la mujer presa de una rabia incontenible.

—¡Ya casi no queda para comer, Carmelo! ¿Qué pensás hacer? ¿Comeremos pinceles? —le dijo socarronamente. Pero él no se inmutó.

—Mañana buscaré trabajo, mujer, te lo prometo.

—Ya no me convencés, Carmelo. Mejor sería que te tirara otra vez todas esas estupideces al río y así te decidirías ir a donde debés.

Él no contestó pero se prometió que, si lo hacía, sería lo último que hiciera en su vida.

Las agresiones fueron subiendo de tono. Filomena no detenía sus insultos y a Carmelo el silencio le había hecho inflar tanto los pómulos como los nervios. Cansado de aguantar, en un momento lanzó el plato lleno de papas contra el suelo y Filomena se sorprendió. Pero sólo por unos segundos, porque enseguida comenzó a chillar con más fuerza. Entonces, harto, y a punto de explotar como un rollo de dinamita con la mecha encendida, decidió ir a su cuarto.

Ya arriba, se dirigió a la vieja cómoda. Le daría un gran susto, para que enmudeciera al menos por un buen tiempo. Siempre había creído que la lengua de Filomena tenía vida propia.

En ese pensamiento estaba cuando abrió el primer cajón de la cómoda. El viejo revólver descansaba sobre una pila de camisetas. Estaba dispuesto a hacerlo. Ya nada le importaba tanto como no aguantarla. Pero de pronto reconoció, al lado del revólver, aquel pequeño cofrecito de su juventud con forma de mariposa. De nácar, contrastaba su blancura con el negro del arma.

Le llamó la atención, se le sumó la nostalgia, y cuando lo tuvo entre las manos se olvidó de los aullidos de Filomena que ya retumbaban sobre los escalones. Lo abrió despacio y olió el perfume que se desprendía del algodón que contenía el cofre. Y entonces, Ludmila le llegó a la memoria. La vio pálida en la cama, esforzando la respiración para decirle que lo amaría toda la vida. Le vio las manos delgadas sosteniendo el cofre de nácar entre las sábanas y musitando lentamente "Para que no te olvides de mí, Carmelo". Luego le vio el rostro caído hacia un costado y la boca muda, y los ojos fijos sobre la pared. Vio su propia desesperación y vio su llanto sobre el cuerpo de ella. Vio el cuadro abandonado a un costado, el cabello largo y esos ojos de ángel que él había deseado plasmar. Vio los días de borrachera que siguieron a los de la muerte. Vio su despertar, abrazado a la almohada, pensando en ella tantas veces. Vio su propia imagen desvencijada sobre los bares del puerto y su andar solitario por las noches, convertido más que en una sombra. Se vio enfermo en el hospital del pueblo, rendido por la angustia, y se vio al fin, con los ojos de Filomena sobre los de él, intentando sacarlo de su sopor para que no muriera, para convencerlo que la vida valía la pena, para que olvidara el amor muerto, para que intentaran una vida juntos, después, mucho después.

Claro, pensó con el eco de los insultos aún en los oídos, no pensaba en esos momentos que sería más muerte la vida que la muerte misma. Y cerró el cofrecito.

Al cerrarlo, sorpresivamente a sus dedos comenzaron a crecerle un manojito de alas. Verdes, azules, plateadas, alcanzó a distinguir que eran mariposas. Intentó quitarlas de sus manos pero ellas siguieron ahí, y entonces se percató de que estaban pegadas. Intentó quitarlas, con algo de temor, pero no pudo. Azorado, en medio de un inusual silencio nocturno, se limitó a permitir que ellas lo condujeran hacia donde querían.

Así sus manos fueron depositando el cofre sobre la cómoda, cerrando el cajón, arrastrándolo hasta donde estaban los pinceles y las pinturas y, de a poco, fueron remolcándolo por las escaleras hasta llegar al comedor, donde Filomena yacía sobre el sillón, con la boca abierta y cubierta de gigantes mariposas negras que la apresaban. Ni un sonido brotaba de ella. Sólo se le veía el rostro azorado y sus brazos que luchaban afanosamente por espantarlas.

Los pintorescos insectos le hicieron tomar el caballete y, como en un raudo vuelo, lo depositaron sobre el puente, en medio del centro de las estrellas que matizaban el firmamento. Aún no restablecido de su desconcierto, posó el caballete y preparó las pinturas. Cuando abrió la tela dispuesto a comenzar, se deslumbró al ver que aquel cuadro, el que él dejara olvidado hacía mucho tiempo, estaba allí. Y todavía con las lágrimas nublándole los ojos, comenzó a pincelar los largos cabellos de Ludmila.



En ese pequeño pueblo olvidado, Carmelo continúa con el mismo entusiasmo día y noche sobre el puente. Algunos dicen que está hipnotizado, otros que se droga y otros que se ha vuelto loco de tanto pintar. Muchas veces vende cuadros y, pocas, descansa.

A Filomena la internaron en una casa de salud porque cuando la encontraron los vecinos había perdido el habla y hacía gestos continuos de querer quitarse alimañas del cuerpo que nadie veía.

Al lado de cualquier cuadro nuevo de Carmelo reposa el de Ludmila, terminado. Desde el marco, ella sonríe con su cabello largo sobre los hombros, los ojos vivos y luciendo un vestido blanco, salpicado con diminutas mariposas de colores.

Dicen que de noche brilla. Tan sólo de noche.


Estela Parodi nació en Rosario. Lleva publicado los libros: Cuentos Desnudos (1993) (Premio ASDE, Santa Fe, Leopoldo Marechal. Bs. As., Mención Faja de Honor de SADE Bs. As.), Cuentos Audaces (1998) (Mención Faja de Honor de ADEA) y Mar de Amores (2003), además de colaboraciones en distintas revistas y diarios de Argentina y Chile. Ha coordinado el Taller Letras de Café, en Rosario, Argentina. HA participado en Congresos Nacionales de Escritores y de un espacio radial de Cultura, de cual era conductora. Actualmente está preparando su cuarto libro de cuentos y su tercer novela. Las otras dos aún permanecen inéditas.



LEVANTÓSE Y ANDUVO

Iñigo Fernández - México


Cuando llegó a la plaza, todos guardaron silencio.

—¿Eres Lázaro, el hermano de María y Marta? —se atrevió a preguntar uno.

—El mismo —respondió tranquilo.

—¿Pero... qué haces aquí? ¿No se supone que te sepultaron hace tres días?

—Sí, pero resucité y ahora quiero volver a casa.

—Temo que no podrás hacerlo.

—¿Por qué?

El hombre señaló el letrero que pendía en la entrada del mercado y que sentenciaba: "Prohibida la entrada a perros, publicanos y resucitados".

Sin nada que decir a su favor, Lázaro regresó al sepulcro, y desde entonces espera el día en que vuelva a morir.



Iñigo Fernández vive en la ciudad de México con su esposa e hija. Es historiador, escritor y cocinero, más por vicio que por vocación; admirador entusiasta de la comida griega y viajero deseoso de poder cumplir un sólo sueño: pasar el resto de sus días en Delfos comiendo, bebiendo y escribiendo. Ha publicado cuentos en Alfa Eridani y Necronomicón y una novela llamada Camino de Talamanten El Serial de El Sitio de Ciencia Ficción.



PLUTÓN, ESE GRAN DESCONOCIDO

Daniel Santos Olivan - España


Entre la gente podía sentirse una ilusión pocas veces vista. A pesar de haber sido degradado de la categoría de planeta, para nuestra generación Plutón seguía siendo el noveno planeta del Sistema Solar, y la posibilidad de explorarlo de cerca bastaba para emocionarnos.

Científicamente, la expedición no tenía grandes expectativas si se la comparaba con la exploración de Júpiter y sus satélites, o los anillos de Saturno, pero en cualquier caso, los astrónomos veíamos el proyecto como el fin de una Era. Habíamos llegado al más lejano de los planetas, algo que nos abría infinitas posibilidades.

Es curioso cómo Plutón siempre le ha caído simpático a la gente. Quizá nos sentíamos obligados a protegerlo por ser el más pequeño de los "nueve", o acaso nos atraía su lejanía extrema, en un lugar tan apartado que todo era posible.

En cualquier caso, yo no podía recordar una expectación similar en toda mi carrera. Tal vez porque era yo el que estaba a cargo del proyecto.


II

El hecho de que se tratara de una expedición rutinaria, destinada sobre todo a la publicidad de la Agencia, hizo que cuando encontramos aquello estuviésemos menos preparados, si cabe, aunque, aun si lo hubiésemos previsto, dudo mucho que hubiésemos podido reaccionar de manera diferente.

Demasiado pequeño para haber sido detectado por los telescopios terrestres más potentes, pero lo suficientemente grande para que no hubiera dudas de que se trataba de algo extraño, nos dejó helados cuando apareció en nuestras pantallas. Ni el más soñador de nosotros esperaba encontrar algo remotamente parecido.

Estábamos recibiendo la primera serie de imágenes de la superficie plutoniana y, al observar una imagen general de la zona ecuatorial, notamos una extraña formación grisácea que no resaltaba demasiado del resto de la imagen. Asumimos que se trataba de algún accidente natural, pero a los pocos segundos nos llegó otra imagen, esta vez de más resolución. Se podía distinguir una estructura más o menos poligonal, con un enorme círculo en medio. Estaba claro que no podía ser natural.


III

Fueron las horas más largas de mi vida. En cuanto recibimos esas imágenes enviamos una orden a la sonda para que enfocara la estructura. La información tardaba casi cuatro horas y media hasta llegar a Plutón y otras tantas para que las imágenes llegasen a la Tierra.

Nunca se me ha dado muy bien esperar; y puede resultar algo extraño viniendo de un científico, pero es así. Necesitaba centrar mi atención en alguna tarea, pero los nervios lo hacían imposible. Si era lo que pensábamos, esa extraña estructura iba a revolucionar el mundo.

Estábamos todos medio dormidos cuando sonó la alarma. Un poderoso estruendo recorrió la sala. Se había corrido la voz entre todos los trabajadores de la estación de control, que se apelotonaban delante de los monitores disponibles.

Las nuevas imágenes no hacían sino corroborar nuestras sospechas.

No se podía determinar el tamaño exacto pero se notaba que era bastante extenso. Se observaba una gran estructura hexagonal que sostenía un gran radiotelescopio. Todos los resultados posteriores nos ofrecieron evidencias escalofriantes. No se trataba de una única estructura sino de varias repartidas por todo el planeta; y lo más aterrador de todo: siempre había, como mínimo, un radiotelescopio apuntando hacia la Tierra.


IV

Fueron los veinte años más emocionantes de mi vida.

Como era de esperar, el descubrimiento se ocultó. No les resultó difícil, ya que la sonda y sus imágenes estaban bajo el control del gobierno. Tras meses de incansable lucha, conseguimos que se aprobara la mayor aventura jamás intentada por el hombre: viajar a Plutón.

Una exploración a fondo de las estructuras exigía una atención especial, que no nos atrevíamos a dejar en manos de un robot. El control remoto estaba totalmente descartado debido a la enorme distancia hasta el planeta enano.

Era una oportunidad que no podíamos dejar escapar.

Y tras años de preparativos y un larguísimo viaje, nos encontrábamos a las puertas de Plutón. Kia Svenson, experta en astrobiología; Tsung-Dao Xiuxiu, ingeniera de telecomunicaciones, y yo.

Bautizaron el ordenador central de la nave como HAL 9000, les pareció gracioso; por alguna extraña razón, yo no compartía su entusiasmo.


V

El plan era bien claro. Una vez en órbita, Tsung-Dao y yo descenderíamos a la superficie cerca de una de las formaciones con un transporte especial, y una vez allí tomaríamos datos y muestras. No puedo describir la emoción que sentí cuando nos situamos debajo de lo que ya se conocía como "Las Estructuras".

Efectivamente, estaban dirigidas hacia la Tierra, y no sólo eso, sino que además se movían, ajustándose hacia la posición óptima. Logramos ver también que eran capaces de registrar no sólo las ondas de radio, como habíamos supuesto, sino una amplia gama del espectro electromagnético, que iba desde los rayos X hasta frecuencias bajísimas. Todo esto lo supimos al ver la combinación de los dispositivos ubicados en distintas partes de la superficie plutoniana.

Desde la Tierra, las primeras hipótesis giraban en torno a la idea de la que las estructuras actuaban como repetidores, emitiendo sus registros al sistema del que provenían los constructores.

Por eso nuestra sorpresa fue mayor al comprobar que desde aquellos aparatos no se emitía en ninguna frecuencia: eran simples receptores.


VI

De vuelta en la nave, teorizamos acerca de su función. Estaba claro que se encargaban de recibir gran cantidad de información sobre la Tierra. Parecía muy egocéntrico pensar que todo aquello estuviera organizado única y exclusivamente para nosotros, pero tenía que ser así. No podía ser casual.

Como no emitían ninguna señal, concluimos que el aparato se encargaba de registrar y almacenar la información que le llegaba. Asumiendo esto, se nos venía a la mente una pregunta espeluznante: ¿Quién querría registrar toda nuestra historia? Y sobre todo: ¿volverían algún día a recogerlo?

Desde la Tierra, pensando evidentemente en el interés científico, nos "sugirieron" que volviéramos a la superficie y buscáramos la forma de desmontar esos equipos y averiguar el funcionamiento.

Una parte de mí se opuso, pensando en las posibles consecuencias, pero la emoción de descubrir una tecnología distinta a la nuestra, y sobre todo las presiones por parte del coordinador político, hicieron que al fin aceptáramos.


VII

Llevaban mucho tiempo en el planeta. No pudimos determinar cuánto, pero lo que observamos nos indicaba que era mucho. Sin embargo, Las Estructuras no habían sufrido ningún tipo de daño; ni por el impacto de meteoritos ni por la acción de la tenue atmósfera plutoniana y los fenómenos de congelación.

Los aparatos debían tener algún dispositivo protector que los preservara, pero en todo el tiempo que los observamos no pudimos ver nada de eso.

Era la segunda vez que me encontraba bajo una de aquellas imponentes estructuras, y la sensación era la misma: el solo hecho de pensar que aquello había sido construido por seres que no provenían de la Tierra era suficiente para que se me hiciera un nudo en el estómago. Era el descubrimiento más importante en la historia de la humanidad y el encargado de no fastidiarla era yo. Demasiada responsabilidad.



Con mucha dificultad, logramos abrir una brecha en el caparazón de la estructura. En el mismo instante de abrirla empecé a sentirme atraído hacia el interior. En el centro mismo se podía ver un minúsculo punto negro. No me di cuenta de que la antena de un instrumento de análisis que introdujimos por delante de nosotros, como avanzadilla, también era atraída hacia el interior.

La fuerza de atracción que sufríamos era tan fuerte que la antena se soltó y se precipitó hacia el interior. No puedo asegurar qué fue lo que ocurrió después, pero de repente hubo una gran explosión en el interior de la estructura, que si bien quedó intacta expulsó múltiples restos por la brecha abierta.

Afortunadamente, tanto yo como Tsung-Dao pudimos apartarnos a tiempo y no sufrimos daño.


VIII

Volvimos a la nave e informamos de lo sucedido a la Tierra. Expuse mi teoría de que las estructuras eran, efectivamente, repetidores, pero que usaban una especie de agujeros de gusano microscópicos para enviar la información a otro lugar.

Eso explicaba tanto lo que habíamos visto dentro, tras la brecha, como las alteraciones gravitacionales. Si esto era así, significaba que "alguien" nos ha estado vigilando durante décadas

Poco después de enviar el mensaje, recibimos una transmisión proveniente de Plutón en un perfecto inglés. Un penetrante escalofrío nos recorrió de pies a cabeza.

"No os preocupéis, nunca más estaréis solos"



Daniel Santos Oliván nació en 1989. Actualmente estudia Física en su ciudad natal, Zaragoza. Escribe relatos y guiones de cómic y tiene un blog llamado Punto sin Retorno, donde cuelga, además de relatos y cómics, ensayos y reflexiones acerca de los más diversos temas. Sus intereses son la ciencia, libros, comics, películas, series, sobre todo ciencia ficción y negra. Películas favoritas: 2001 Odisea del espacio, Matrix, El club de los poetas muertos, La vida es bella, Kamchatka... Música favorita: de todo tipo pero no toda, desde clásica a heavy pasando por rock cantautores... Libros favoritos: La Fundación, de Asimov, 2001 Odisea del Espacio, Un Mundo Feliz, V de Vendetta, From Hell, El Juego de Ender, La Voz de los Muertos.... Se trata de su primera colaboración en Axxón.



EL PANTANO

Eduardo M. Laens Aguiar - Uruguay


Se hundía, sin prisa, pero sin pausa en el gris cieno del pantano. Sentía la mugrosa masa de lodo humedecerle las piernas, luego espalda, luego el cuello. Se mantenía quieta sólo por prolongar la agonía, ya que al moverse aceleraba el proceso.

Alzó una mano, intentando aferrarse al aire que pronto le faltaría, y así se hundió.

En la oscuridad de ese viscoso mundo, cuando ya sólo restaba perder la conciencia y rendirse a la muerte, alguien le tomó su mano.

De un tirón, nació a lo maravilloso. Alguien con piernas de cabra y cuerpo de hombre la ayudaba a abandonar un estanque cristalino decorado con nenúnfares.

—¡Ninfa tonta! ¿Quieres Ahogarte? —le dijo jocoso.

Y así olvidó quién era.



Eduardo M. Laens Aguiar (Montevideo, Uruguay, 1979). Publicó cuentos en Axxón: "¿Maldad?" (157), "Khul Yoriú" (158), "Seol" (165, como "Américo C. España", seudónimo colectivo de Laens, Ricardo G. Giorno, Eduardo Erath Juarez Hernández y David Moñino), "Revelación" (dentro de Axxón 100x100, 168) y "La concepción" (170).



EL RELATO

Miguel Carrión Colchero - España


Malgasté cientos de vidas intentando escribir el relato definitivo, aquel que me encumbrara, que me izara al Olimpo destinado a los mejores, que me colocara al nivel de un Lovecraft o un Dunsany, o acaso un Bierce o un Borges. Escribí y escribí hasta lo indecible. Me devané los sesos con cada palabra, con cada párrafo. Exprimí hasta el último de mis recursos. Pero no, ese ser enjuto y odioso tuvo que escribirlo por mí.

No era mejor que yo, ni mucho menos. Era un mero aprendiz, un niñato malcriado de apenas dieciséis años al que soportaba sólo para vivir, para ir tirando. Un bobalicón barbilampiño que plagiaba hasta el último de mis comentarios.

Y sin embargo allí estaba, con un ritmo perfecto, una cadencia envidiable. Una estructura encomiable, a la altura de los mejores. Redondo y completo como una gran bola de nieve. Y sólo yo lo había leído.

Quise creer que era suerte. Mil monos aporreando mil máquinas durante mil años podrían escribir El Quijote, o ese maldito relato. No había que darle más vueltas.

En la siguiente clase en la que nos vimos me asaltó una duda: ¿Y si no era suyo? ¿Y si después de todo lo había copiado de algún escritor que yo no conocía?

Fue directo al grano. Me preguntó qué me había parecido el relato y yo, notando que el aire comenzaba a faltarme, contesté que aún no lo había leído, "sólo pude echarle un vistazo por encima" dije azorado, "escribe algo ahora, tres cuatro líneas".

Las escribió... en apenas dos minutos. Y un odio incontrolable me inundó cuando leí aquellos párrafos. ¿Sabe usted lo que es para un escritor?, ¿imagina acaso el hastío que te produce el reconocer que un adversario es mejor que tú en lo único que sabes hacer? Yo habría tardado horas en escribir esos mismos párrafos y no habrían quedado completos. Me habría costado sangre, sudor y lágrimas expresar tanto con tan poco. Y le aseguro que no lo habría conseguido. Sé cuales son mis limitaciones, no me engaño. Y sin embargo, ese maldito crío...

No sé qué pasó por mi cabeza, sólo anhelaba haber escrito aquello, aquellas palabras instantáneas, aquel relato... Lo maté.

No intente descubrir cómo lo hice, pues al menos yo no lo recuerdo. Sólo sé que cada segundo que pasaba delante de aquél imbécil me hacía empequeñecer, me sumergía cada vez más en una miseria insoportable que me ahogaba, que asfixiaba hasta la última de mis neuronas.

—¿Y el cuerpo? —preguntó el policía en un susurro.

—Ya le he dicho que no me acuerdo. No sé cómo me deshice de él.

—Pero algo tiene que recordar, ¿Lo golpeó y lo tiró al río?

—No lo sé.

—¿Lo enterró?

—No lo sé, no lo sé.

—Pero, por Dios, algo tiene que recordar. Llega aquí un escritor de prestigio, dice que mató a una persona, que se deshizo del cadáver, que ha suplantado su personalidad para publicar el que es, sin duda, el mejor relato del siglo, y no recuerda qué hizo con el cuerpo.

—Yo no he dicho en ningún momento que suplantara la personalidad de nadie. El relato no lo escribí yo y ya está. Mi nombre es mi nombre, mi foto es mi foto y yo soy yo, un asesino. Y no el escritor de ese relato. Lo odio, odio ese relato igual que lo odiaba a él. Cada día me recuerda el mal que hice, ambos me lo recuerdan, me obligan a hacerlo.

—Pero comprenderá que sin cuerpo no hay crimen.

—Ése es el problema. Que hay un cuerpo. Sé que existe aunque no sé cómo me deshice de él.

— ¿Dónde está? ¿Dónde lo ocultó? ¿Lo descuartizó acaso? ¿Le ató una piedra al cuello y lo tiró al canal? ¿Lo sumergió en ácido hasta que se descompuso? ¿Qué hizo con el cadáver? ¿Dónde está?

—En todas partes. Alzo la vista y lo veo observarme desde una ventana. Miro por el retrovisor y allí está, en una moto o en otro coche. Lo siento andar a hurtadillas por la casa, furtivo. Ajeno a todo y siguiéndome. Observándome. Sumergiéndome en algún viaje siniestro que no alcanzo a comprender. Pensando nuevas formas de hacerme sufrir.

—¿Y cuál era su nombre?

—Marcelo, Marcelo Estadievki.

—¿Español?

—Argentino, de abuelo ruso.

—¿Vivía con los padres?

—Con la abuela materna.

—¿Dónde?

—No lo sé, no lo sé.

Comenzó a llorar. Se enjugó las lágrimas con las palmas de las manos.

—Pues no podemos ayudarle. —El comisario aspiraba profundamente un cigarrillo. Se mesaba la barba, manía que había adquirido en sus años de servicio y releía las notas que había ido tomando durante la declaración—. No hay ningún desaparecido que concuerde con esas características. Llevamos horas intentando dar con él. Hemos revisado los expedientes de desaparecidos. Sencillamente no existe. Sí lo mató como usted dice, nadie se ha preocupado en poner una denuncia, por lo que no se le puede acusar de nada.

—Pero yo lo maté.

—Y yo le creo, pero la Justicia es como es, ciega ante la falta de evidencias. Sin cuerpo no hay asesinato, y sin asesinato no hay cárcel.

—Pero usted no lo entiende. Tiene que detenerme. No puedo salir a la calle con ese ser persiguiéndome, acechándome, controlando todos y cada uno de mis movimientos, de mis actos. Creo que quiere matarme.

—Y es muy loable por su parte, pero así son las cosas. —Comenzaba a sentirse asqueado. La sola presencia del escritor le estaba empezando a fatigar y a resultar tediosa, quería quitárselo de encima lo antes posible, que desapareciese. Sí de verdad había matado a aquel chico y alguien se lo estaba haciendo pasar mal, peor para él. Estaba atado de pies, manos y efectivos. No podía comenzar una investigación que podía extenderse a varios años.

—¿Por mi parte o por parte de él? Creo que usted también quiere que me mate. Sabe que soy culpable pero no hará nada. Me va a dejar salir y ya está. Va a dejar que un asesino ande suelto para que otro lo ajusticie.

—Tiene que descansar, sólo eso. Intente recordar qué hizo con el cuerpo. Cómo pudo deshacerse de él. Cuánto hace de eso; seis, ocho años. Cuando recuerde algo me avisa y hablamos. Aquí tiene mi tarjeta. No puedo hacer otra cosa.

—Es usted un completo imbécil. Yo maté a ese chaval. No sé qué hice con el cuerpo, pero lo maté. Eso es lo que cuenta. Hace exactamente siete años y cinco meses. Ese es el tiempo que llevo observándolo, que lleva observándome, siete años y cinco meses. Lo maté y tiene que detenerme.

—Yo no tengo que hacer una mierda. Ya le he dicho que sin cadáver no hay asesinato y sin asesinato no hay cárcel. Así que váyase antes de que lo eche yo a patadas.

El pequeño hombre se levantó airadamente y salió de la comandancia envuelto en un sudor frío y malsano. Su aspecto no se diferenciaba mucho del de los pordioseros que deambulaban por los alrededores de las iglesias: chaqueta de paño roída, barba de varios días, hedor...

Miró a su alrededor esperando ver aquella cara siniestra, pero nada. Imaginó que al doblar la esquina lo encontraría frente a él, esperando en la puerta de algún local, o escondido tras alguna vieja en un portal. Siempre lo veía en los lugares más insólitos. Pero tampoco entonces lo encontró.

Se encaminó a su casa intentando hacer lo que el comisario le había sugerido. Intentando rememorar aquel día, aquella tarde. La tarde en la que había dejado de ser humano para convertirse en lobo. Mirando a todos lados para comprobar que, al menos esta vez, Marcelo no lo seguía.

Llegó a su casa, la misma desde hacía ocho años, la misma en la que había cometido el crimen, y se tumbó. Se observó a sí mismo leyendo y releyendo el relato, boquiabierto, maravillado. De nuevo, las lágrimas comenzaban a surcarle las mejillas. Volvía a sentir el aire que había descrito Marcelo, los extraños gorjeos, la luz que surgía de la nada y lo envolvía todo volvía a cegarlo. El relato, su relato, el relato de Marcelo. Todo era uno y... allí estaba. Lo vislumbró en el espejo, con sus ojos sin pupilas y su cabeza a medio hacer. ¿Lo habría golpeado? Supuso que sí, al menos así debió matarlo. ¿Pero cómo se deshizo después del cadáver? No lo recordaba. No recordaba nada, sólo que leía el relato y se ensimismaba, y se sumergía cada vez más en él, y se sentía él. Había nacido con él y crecido por él. Y él era el relato y el relato era él, o era Marcelo el relato. ¿Podía ser? ¿Podría habérselo inventado todo? ¿Podría ser una más de sus historias? Una de tantas.

Y Marcelo crecía y se hinchaba ante sus ojos, que eran los de Marcelo. Y crecía y aumentaba de tamaño como un gran globo aerostático, como un gran batracio deforme y amorfo. Y sus pupilas yertas lo miraban desde lo alto, desde el púlpito destinado a los dioses, a los creadores. Lo observaba y sentía sus pensamientos y se veía a sí mismo por las calles, mirando en derredor, buscando algo que había perdido hacía mucho tiempo... y se veía a sí mismo desde un puente, caminando entre los coches, perseguido por alguien que él creía ver... y se veía a sí mismo. Y el cráneo de Marcelo se cerraba un poco más a cada nueva imagen, con cada nuevo pensamiento y él perdía consistencia. Y un dolor agudo le traspasó el alma, que era la de Marcelo. Y cientos de vidas pasaron ante sus ojos...

... al final...

... todas escritas por Marcelo.



Miguel Carrión Colchero nació en Sevilla, España, allá por 1976. Es Geólogo de profesión y bibliófilo por vocación. Ha publicado en varias antologías, tanto poéticas como narrativas, así como en la revista Miasma.



EL MISFIT

Sergio Alejandro Amira - Chile


Ronan activó su espada y la hoja vibró tanto que dejó de ser visible. El misfit atacó primero propinándole un zarpazo, pero el guerrero esquivó la embestida y la cercenada cabeza de lagarto cayó al suelo.

El cuerpo de león, sin embargo, seguía en pie y de su cercenado cuello brotó una cabeza de lobo.

Ronan volvió a cortar, y otra cabeza ocupó el sitio de su predecesora. Siguió cortando y al misfit continuaron brotándole cabezas provenientes de todo el reino animal.

Hasta que apareció la cabeza de león y entonces, Ronan, haciendo acopio de todas sus fuerzas, hundió la hoja en el pecho del misfit, que se derrumbó con un agónico rugido.

Ronan creyó triunfar, pero entonces a las cabezas separadas comenzaron a crecerles cuerpos...



Sergio Alejandro Amira (Concepción, julio 1973, Chile). Casado con Aurora, un hijo: Bastian. Estudios: Arte y Diseño, Inglés (Inglaterra), Licenciatura en Artes, Pedagogía en Artes y Magíster en Artes Visuales (Chile). Premios: Segundo lugar Fixion 2000, tercer lugar Pulsares 2002. Publicaciones en papel: Fixion 2000, Pulsares I, Tierras de Acero, Visiones 2005, Diez máscaras y un capitán, Años Luz. Publicaciones en la red: Quintadimension, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, Eridiano, Comiqueando, Fobos, TauZero, NGC 3660, Calabozo del Androide. Última exposición relevante: Cuello & Corbata, metro Cal & Canto, Santiago, 2003. Ex-Editor, director de arte y diagramador de TauZero. Editor del e-zine de cómics Calabozo del Androide.



ABOMINABLE

Leonardo Colombi - Italia


La chica está atrapada con los hombros contra el espejo. El monstruo está sobre ella, excitado y feroz, los ojos inyectados de sangre; su cara es una máscara cruel. Ella grita, su rostro palidece mortalmente y sus ojos se abren de par en par por el dolor. Tiene miedo, no desea morir: llora, grita desesperada. El monstruo sostiene su cuello, lo aprieta. Por debajo, con empujes más y más urgentes, la viola sin piedad mientras que, con atroz satisfacción, le retuerce repetidas veces una estaca de fresno en el corazón.

Él goza. Sólo desea verla sufrir, poseído de una excitación bárbara y cruel. Desea tomarla y después verla desaparecer.

El espejo no muestra a la pequeña vampiro, sólo lo refleja a él: un hombre, un monstruo como tantos otros en el mundo.

Traducción: Carlos Daniel J. Vázquez y Graciela Lorenzo Tillard.




Leonardo Colombi nació el 17 de junio de 1982; vive en Trebaselghe, Padua, Italia, y trabaja en el área de computación. Le apasionan la fantasía, el manga, el anime y el cine. Sus trabajos fueron publicados en antologías, libros de cuentos y poesías, y revistas. Ha ganado concursos literarios y fue finalista en otros. Ésta es su primera publicación en Axxón.



Axxón 180 - diciembre de 2007
Ilustrado por Valeria Uccelli
Cuentos breves de autores hispanoamericanos (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Internacional).

            

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