DULCES CUENTOS

E. Verónica Figueirido

Argentina

Cuando le pidió que se marchara con él, Alice Taylor no lo pensó dos veces. Dejando familia y amigos, sin una nota siquiera, se fue con su hombre, casi un desconocido. Por él atravesó el mar y llegó a otro continente, a un país muy diferente de la Inglaterra que abandonara. Pero no tardó en lamentar amargamente su precipitada acción, pues aquél que la sedujera distaba mucho de ser un príncipe azul. Un día se despertó y se halló sola, completamente sola en una tierra extraña y de cuya lengua apenas si comprendía un par de palabras. La idea de pedir ayuda a su familia era impensable, y, tragándose su orgullo, buscó una manera de salir adelante.

Descubrió que una joven inglesa medianamente culta tenía cierta oportunidad como institutriz. Quizás no en una de las grandes casas, pero eran muchos los que la recibirían sin mayores referencias. Lo único que pretendían era que tolerara a los niños.

Y así llegó al hogar de un comerciante en telas, en cuya casa convivían abuelos, padres, un par de niñitas, una cocinera de edad indeterminada y una muchacha para todo servicio. Pequeños burgueses de medios modestos que consideraban la adquisición de una institutriz inglesa como un gran logro social.

Las niñas eran tranquilas y calladas. El único defecto que podía achacárseles era una completa falta de imaginación (pecado imperdonable en un niño). Cumplían con sus tareas y estaban relativamente atentas durante las lecciones. Prácticamente no daban trabajo alguno, y pronto Alice se encontró con un montón de horas vacías que no sabía cómo llenar. De puro aburrimiento, y con pretextos más o menos creíbles, comenzó a frecuentar la cocina, ubicada en los fondos de la casona. El fogón y todo lo que lo rodeaba era del dominio exclusivo de Ña Francisca, una viejísima negra que los moradores de la casa heredaran junto con la propiedad. En ella había nacido, y también su madre, poco antes de que decretaran la libertad de vientres. Había tenido varias oportunidades de abandonar esta vida e irse a trabajar en alguna de las grandes casas, o quizás en un hotel de primera clase, pero invariablemente se había negado. La cocina era su dominio, su reino, donde tenía un poder más absoluto que el más absolutista de los monarcas. Allí freía y guisaba unas pesadas confecciones, horneaba exquisitas empanadas, preparaba sus dulces...

Allí también narraba sus historias, sucesos con más de fabulosos que de verídicos, mientras revolvía el dulce o preparaba el hojaldre.

—Fue cuando murió mi José —comenzó un día en que las niñas salieran de paseo con sus padres—. Le agarró la fiebre y se murió. Yo quedé con los pechos llenos y entonces el ama trajo al hijito de una comadre que había muerto en el parto. —Mientras hablaba había tomado una olla de regular tamaño, y ahora vertía leche en ella. No demasiado llena, para que luego no desbordara. Luego midió azúcar, aproximadamente hasta la mitad de la leche, y lo echó dentro de la olla. La puso al fuego y con una ramita de naranjo, de dudosa limpieza, revolvió una que otra vez.

—El niño —continuó— engordó bien. Hasta casi los tres años que le di mi leche, después papilla y carne jugosa bien cortadita. Cuando tuvo edad, el amo lo puso en un barco. En uno de ésos que van a tierras donde no hay cristianos.

—¿Un carguero? —aventuró Miss Alice con su mejor español.

La cocinera asintió. Cada tanto revolvía la leche con azúcar, ya casi a punto de hervir. Miss Alice hubiera jurado que veía un par de lagrimones en el arrugado rostro de la otra.

—Volvía cada año, mi niño Rafael, lleno de regalos para todos. Hasta para esta negra. Era todo un mozo, tan apuesto que no había niña que se le resistiera. Pero no crea usted, señorita, que él se aprovechaba de eso. No. Era todo un caballero, mi niño.

Ahora la leche hervía a borbotones. Ña Francisca revolvía, pausadamente y sin parar, haciendo caso omiso de las ocasionales salpicaduras.

—El amo —continuó— lo tenía casi prometido a una de sus propias hijas, y para todos era boda segura. Pero está~visto que no se pueden hacer planes.

La cocinera cambió de mano la ramita de naranjo con la que revolvía. Suspirando, siguió con su relato, mientras Miss Alice escuchaba con atención, intentando comprender todo lo que decía la otra.

—Había ido al otro lado del mundo. Muchas veces había ido al otro lado del mundo, pero esa vez fue diferente. Trajo una muchacha. De piel del color de la aceituna y pelo negro como el carbón. Y flaca, tan flaca como jamás había visto a nadie. Mi niño estaba loco por ella, pero la chica... desde el principio no me gustó.

»Era una descarada —prosiguió—. Siempre metiendo sus narices por todas partes. Donde sea que una iba, ella ya estaba ahí, apareciendo de quién sabe dónde. Mirando...

La mezcla, que Ña Francisca no dejaba de revolver, comenzaba a espesarse ligeramente.

—Y entonces pasaron cosas terribles. Lo primero fue que el más chico de los hijos del carbonero desapareció de la cuna. La madre lo había dejado mientras hacía sus cosas, y cuando se volvió a darle el pecho, ya no estaba.

—¡Oh, God! Eso es awful. —Cuando se emocionaba, Miss Alice mezclaba los idiomas.

—Nunca encontraron al pobre angelito —agregó la otra, casi en un murmullo—. Y todavía se hablaba de eso cuando desapareció otra criaturita. Una linda niñita que no llegaba al año. Tampoco se volvió a saber de ella.

La institutriz estaba impresionada.

—¿Y nadie hizo nada?

—¿Qué podían hacer? Era como si el Diablo mismo se los hubiese llevado. —Se persignó rápidamente—. Además, las familias eran de lo más pobres. A la gente respetable no le importaba lo que les pasara a los pobres mientras ellos pudieran seguir viviendo bien. Pero no todos. El amo y el ama se preocupaban por su gente. Pero no había mucho que pudieran hacer. Además, con la llegada del niño Rafael todo estaba patas arriba. El amo tuvo un disgusto porque el niño trajo a esa chica y entonces no se iba a casar con la hija del amo. Y el ama también tuvo lo suyo, y tuvo que guardar cama unos días. Bueno, el caso es que volvió a pasar.

—¿Otro niñito?

La vieja asintió, mientras reducía el fuego bajo la olla. De un pote cerca del fogón tomó una pizca de un polvo blanco que echó adentro. La leche hirviente pareció cobrar vida propia y querer escaparse del recipiente. Ña Francisca no se inmutó. Continuó revolviendo sin parar y eventualmente la mezcla se desinfló como espuma que perdiera su fuerza.

—Es bicarbonato de soda —explicó—. Da mejor color.

Luego de unos instantes de revolver en silencio, continuó:

—Esta vez fue una criaturita un poco mayor. De unos tres o cuatro años. Era la hija del zapatero remendón. Jugaba cerca de donde cosía su padre, y cuando él se volvió a verla, ya no estaba. Como los otros.

Miss Alice seguía fascinada el relato.

—¿Y? —instó a la cocinera. Desde donde se encontraba podía ver que la mezcla de leche iba tomando un leve color dorado.

—El amo, a pesar de su disgusto, se interesó por la familia del pobre zapatero y decidió ocuparse él mismo del asunto. No sé cómo, pero también consiguió la ayuda de dos o tres caballeros. Mientras tanto, la chica que había traído mi niño Rafael, no me acuerdo su nombre pero seguro que no era de cristiana, la chica pues, parecía otra. No sé" más llena.

—¿Llena?

—No tan flaca. Quizás era por mi comida, aunque yo hubiera jurado que ella apenas la probaba.

—Robaría de la cocina, cuando nadie la veía —dijo la Miss, práctica.

La vieja cocinera negó enfáticamente con la cabeza. Luego de unos instantes, dijo indignada:

—Nadie roba en mi cocina. Nadie. Ni los amos.

—Bueno —agregó conciliadoramente la institutriz—. ¿Qué pasó con lo del zapatero?

Lo que hervía en la olla burbujeaba como un volcán a punto de hacer erupción. Estaba espeso, y la ramita de naranjo dejaba profundos surcos. No faltaba mucho para que el dulce estuviera a punto.

—La esposa casi muere de pena, pero por suerte tenía otro bebé y eso le fue de mucho consuelo. Y ahora viene lo horripilante. Fueron las lavanderas en el río los que los encontraron.

—¿Encontraron qué?

—Los huesos. Un montoncito de huesos casi pelados.

Miss Alice estaba horrorizada.

—¿Eran de...? —No terminó la frase.

—Sí. Todos y cada uno eran huesitos de alguna tierna criatura. Se los trajeron al amo y él llamó al boticario. Y fue el boticario el que dijo que eran huesos de cristiano. Que seguramente eran los huesos de los niñitos perdidos. Se empezó a decir que estaban mordidos. Que un animal se los había comido. Pero por acá no había animales grandes. Ratas solamente. Y una rata no come así. Y no deja a los huesos en un montón. Ya está listo —anunció.

El dulce estaba a punto. Espeso y de color dorado oscuro. Quitó la olla del fuego y la puso sobre la enorme mesa de madera. Luego buscó una bonita dulcera y con cuidado volcó dentro la hirviente mezcla. De vez en cuando revolvía. Una que otra vez, con lentitud, para que todo se integrara y se enfriara más rápido. Luego, por primera vez desde que comenzara a preparar el dulce de leche, una de sus famosas especialidades, se sentó en un taburete, cerca de la institutriz.

—Ahí fue —continuó con su relato— cuando la gente respetable comenzó a tener miedo. Si era un animal lo que se llevaba a los niñitos, entonces le podía pasar a cualquiera, no sólo a los pobres. Pero mi señor no estaba seguro de que fuera así, se lo oí decir a los otros caballeros una tarde. El creía que había algo más. Los huesos estaban demasiado "acomodados", dijo. Los otros caballeros estaban de acuerdo, pero entonces bajaron la voz y ya no pude oír casi nada. Sólo retazos de lo que hablaban.

—¿Y? —la instó la Miss.

—Decían algo acerca de un demonio. Un "Devorador". Entonces no supe lo que querían decir. Recién mucho después, cuando el amo y su esposa hacía tiempo que habían sido enterrados.

—¿Y? —repitió Miss Alice.

—Fue el niño Rafael. No fue realmente su culpa, pero él la trajo. O lo trajo, más bien.

La institutriz la miró sin comprender.

—Al demonio, claro está~—dijo la cocinera, como si le hablara a un crío.

Miss Alice aún no comprendía. La otra, haciendo un vago gesto con la mano, sólo dijo:

—No importa. —Luego agregó, en tono casi de conspiración—. Hacía por lo menos diez años que los amos habían muerto. El amo por las fiebres y el ama de pena. Bueno, entonces yo era la cocinera del hijo de uno de los caballeros que andaban con el amo y él me contó la historia.

—¿El caballero?

—No, el hijo. Era marino.

—¿El hijo?

—No. El caballero. Había sido marino.


Ilustración: Daniel Erazo

La pobre institutriz estaba cada vez más confundida.

—Resulta —continuó Ña Francisca— que el niño Rafael llegó hasta esos sitios lejanos y fue allí que todo pasó. —Se detuvo por unos instantes para preparar una taza de fragante té, que le sirvió a la Miss junto con un par de bizcochos.

Continuó con su relato:

—El niño era muy joven e inexperto, y no tuvo oportunidad contra esa mujer que lo embrujó. Lo sedujo y lo dominó como si fuera un perrito. Hizo que él la trajera aquí, olvidando a aquella a la que prácticamente estaba prometido. Ella era un demonio, un poder que venía desde la Creación misma, toda furia y maldad. Ni siquiera el Diluvio había logrado acabarla. Allí estaba, agazapada, esperando hasta que llegara alguien para liberarla. Y llegó el niño Rafael.

Miss Alice se estaba impacientando. Pronto llegarían las niñas y la cocinera todavía no acababa su historia.

—Como dije —siguió Ña Francisca— la trajo aquí, a estos pagos. No a esta casa, claro está, sino a donde yo vivía con mis amos. Era otra casa, ya no está. La trajo y fue entonces que comenzaron a desaparecer los niñitos.

La Miss parecía comenzar a entender.

—Es decir que... ella los... —contuvo la respiración sin llegar a terminar la frase.

—Sí. Ella se los comió.

—¡God! —exclamó la otra, absolutamente horrorizada.

La cocinera no necesitaba traducción para comprender la exclamación. Se la imaginaba.

—El demonio con forma de mujer tomó a tan tiernas criaturas y las devoró. Era algo tan espantoso que a nadie se le ocurrió, pero cuando uno lo piensa se da cuenta de que así fue. Esa mujer se "llenaba" justo cuando acababa de desaparecer alguna criaturita. Era como si le dieran vida. Eran su alimento.

—¿Y qué pasó?

—El señor, junto con los dos caballeros, según me contaron, fueron una noche a su habitación, bien armados y protegidos con cruces y agua bendita. Yo no sé lo que pasó dentro de esa habitación, pero si escuché la gritería más atroz que jamás resonara en esa casa. Y después... la calma. Ese mismo día, temprano en la mañana, el amo me mandó junto con el ama y las niñas a la casa de uno de los caballeros. Lo siguiente que supe fue del incendio. La casa se quemó hasta los cimientos, sólo lograron salvarse el amo y los caballeros.

—Y con el niño Rafael, ¿qué pasó?

—No lo sé. Quiero decir, hasta donde yo sé, estaba en la casa, dormido en su habitación, cuando lo del alboroto. Pero por lo que me dijeron, se pensó que lo más seguro era cortar el mal de raíz. Si ya se había apoderado de él algo malévolo, ¿quién aseguraba que no habría una próxima vez?

—¿Lo mataron?

La cocinera no contestó. En ese momento se escuchó una gritería infantil. Eran las niñas que regresaban del paseo con sus papás. Miss Alice se levantó para ir a su encuentro. Pero antes se volvió hacia la cocinera y la miró interrogativamente. La otra sólo sonrió, mostrando su boca desdentada.

Esa noche, en la cena, tuvieron de postre una porción del riquísimo dulce de leche de Ña Francisca, acompañando bizcochos varios.



E. Verónica Figueirido fue una de las fundadoras del CACyF en 1982, y ha colaborado con sus ficciones en NUEVOMUNDO, SINERGIA, CUÁSAR, VÓRTICE, CYGNUS, PARSIFAL, FOBOS y SOLARIS. Vive en Necochea, provincia de Buenos Aires.

Hemos publicado en Axxón: DEMOGRAFÍA (158), HOTEL IMPERIAL (182), LA DAMA DE LA LUNA (193)


Este cuento se vincula temáticamente con CAMBIO DE SUERTE, de Claudia Feld (178), CERRADA, de Ricardo Germán Giorno (179) y SUNNY ROSE Y EL VENDEDOR DE ESPEJOS, de Ariel S. Tenorio (178)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Entidad maligna : Canibalismo : Argentina : Argentina).

            

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