EL DOBLE

Carlos Almira Picazo

España

Esto ocurrió hace mucho tiempo.

Cierto ingeniero industrial, llamado Ramón W., se hallaba en su apartamento. Recién casado, su mujer encinta dormía. Era plena noche.

Entonces, como si realizase algo que hubiese meditado largo tiempo, concienzudamente, cogió las llaves y fue hacia la puerta para bajar al taller donde guardaba el coche y los electrodomésticos inservibles. En aquella época, las normas de Ciudad Feliz al respecto no eran aún tan estrictas.

Aunque sólo debía cruzar una calle, se abrigó bien. Se asomó a su dormitorio para cerciorarse de que Elena dormía. Y se deslizó a las escaleras.

Ya en el taller, tapó la única ventana que daba al entresuelo con un trozo de cartón. Iluminó la bombilla y comenzó a trabajar en el androide.

Entretanto, las luces de la calle se fueron eclipsando con el amanecer. Un rumor lejano de gente que caminaba las aceras rumbo a los tranvías llegó hasta su escondrijo. Estaba tan absorto en los dibujos y los planos del humanoide que casi no escuchó el reloj, que sonó a las seis en punto.

Elena estaba a punto de despertarse. Guardó todo, se embutió en el abrigo, salió y desapareció en el portal desierto.

Una vez arriba, se deshizo rápidamente de la ropa y se puso el pijama como si acabara de despertar. Fue a preparar el café.

Al poco apareció Elena:

—Hola, cariño.

Le dio un beso en la pelusilla de la nuca. Llenó sendas tazas y se dispuso a ducharse y a vestirse.

Por entonces trabajaba en la construcción de la burbuja de Ciudad Feliz. Los bosques impetuosos, semejantes a un océano, irrumpían en el horizonte de fuego. Aún no habían terminado las murallas y la gente vivía atemorizada por el futuro.

Casi todas las calles estaban levantadas por el metro en construcción; la luz, el agua y los productos básicos racionados, pero las fachadas lucían llenas de carteles luminosos y había consignas feministas, pacifistas y ecologistas por todas partes.

Su trabajo, pese a su juventud, le había deparado dos menciones honoríficas y una medalla de tres puntas. Estaba a punto de ser ascendido a Ingeniero Jefe. Elena iba a dar a luz, si todo salía bien, en tres meses. Pero no era feliz.

Por una razón que sería largo de contar, había decidido fabricar un duplicado de sí mismo y marcharse, desaparecer para siempre.

Acarició su fotografía de cuerpo entero en el fondo del bolsillo y se despidió de su mujer. Su cara juvenil resplandecía pese al insomnio.

Antes de sacar el coche a la calle llena de adoquines y vallas, se aseguró de que no quedaba rastro de su labor nocturna. La cara de Ramón W. segundo, a medio montar, le sonreía con una mueca, ya casi cubierta de cera plástica. No en vano era el mejor ingeniero de su sección. Ramón W. segundo nacería pocos días antes que su hijo. Nacería ya padre, esposo, e Ingeniero Jefe. En cuanto a él...

Una vez programado el robot para suplantarlo, se retiraría a cierto pisito alejado del centro a leer y a pasear, a vivir: engordaría unos kilos, se dejaría la barba, cambiaría de costumbres e indumentaria. En ese entonces no era difícil conseguir documentos nuevos: cada día llegaban grupos de supervivientes y fugitivos desde los bosques a Ciudad Feliz y los registraban apresuradamente. Él sería uno más. Después, al final de su vida, tal vez volviera a los bosques.

Entretanto, el mundo seguiría su curso como si nunca hubiera existido el ingeniero laureado Ramón W.

Camino de la fábrica, se topó con un grupo de obreros que instalaba una cámara de vigilancia en la calle. Dobló hacia la autopista en construcción y se resignó, una vez más, al atasco con la ayuda del librito de poemas que llevaba siempre en la guantera, y que cambiaba cada semana en la Biblioteca.

Si en su exilio añoraba a Elena, vendría a verla desde lejos, parapetado tras su nueva identidad, sin mostrarse. También visitaría a su hijo y, llegado el caso, le ayudaría y le protegería desde las sombras. Ésta era la parte más difícil de su plan.

Con el tiempo quizás sus afectos se irían entibiando, empujados por otros. O quizás no.

Sea como fuere, sintió que aquél era su primer día de libertad.


La noche inmediata y las siguientes, Ramón W. repitió la misma operación: en cuanto Elena (a quien ahora suministraba un somnífero muy suave con la cena) se dormía, se deslizaba de la cama, del dormitorio; se vestía, se abrigaba; bajaba al taller al otro lado de la calle. Durante tres semanas el trabajo avanzó a buen ritmo y con excelentes resultados; todas las piezas y los circuitos que necesitaba, así como la cera plástica, los obtenía de la fábrica donde trabajaba.

Antes de las seis, tras supervisar al androide, guardaba meticulosamente todas las piezas y las herramientas en un zulo improvisado tras los estantes de la cochera, regresaba, se ponía el pijama y preparaba el café, como si hubiera dormido de un tirón toda la noche.

Para recuperarse, después dormía durante el descanso del mediodía en el pequeño despacho de la fábrica donde, con el pretexto de un leve dolor de espalda, se había hecho instalar un diván como los que utilizan algunos psiquiatras. Por la tarde estaba listo para empezar de nuevo.

Curiosamente, aquellas semanas que iban a ser las últimas de su relación matrimonial fueron las más felices: Elena, lejos de avinagrarse con el embarazo, se volvió aún más dulce y tranquila; en cuanto a él, la trataba con una delicadeza y un mimo que, a veces, casi lo traicionaban.

La fotografía de cuerpo entero que ella le había hecho recientemente en un parque, y cuya copia llevaba ahora siempre en su cartera, le sirvió como modelo para darle al humanoide su propia apariencia: esta faceta de su construcción, quizás la más difícil, le descubrió todo su talento de escultor. Muy pronto, Ramón W. segundo estuvo casi listo: tumbado sobre la mesa, los ojos fijos en el techo, parecía casi él; sólo le faltaba la expresión y, como suele decirse, hablar y echarse a andar.

En este punto, cuando se disponía a ultimar su programación (desde los gestos, la forma de moverse y caminar; hasta las opiniones, los recuerdos, los afectos, los gustos), su mujer tuvo un amago de aborto. Durante la semana que estuvo en el Hospital su doble corrió el serio riesgo de oxidarse escondido en el húmedo zulo de la pared.

Así que en cuanto comprobó que milagrosamente había sobrevivido al abandono, el primer abandono de su vida, y tras recomponer las piezas y los cables que se habían deteriorado, aceleró la construcción: obtuvo un permiso de dos semanas para cuidar a su mujer, y dedicó día y noche a la construcción de su obra secreta.

Si imitar su apariencia física había sido difícil, reconstruir su mundo interior en aquel amasijo de cables y circuitos, a base de conexiones de cobre y silicio, resultaba una tarea casi imposible. Había que aceptar que su doble, en algún sentido, sería más tosco que él, y también más hermético.

Una vez introducido el archivo, que incluía un autobloqueo que le impediría sospechar que él era un humanoide, programó la voz con varias grabaciones de la suya; eliminó los ecos metálicos; afinó los sentidos pero no demasiado; y, por fin una noche estuvo en disposición de conectarlo y comprobar si funcionaba.

Paralelamente, había ido reuniendo todo lo que necesitaba para marcharse: una vez que su doble cobrase vida, él debía desaparecer de inmediato; la visión de su artífice, semejante a un espejo en una habitación donde no había ninguno, podía introducir en su doble una secuencia psicológica imprevisible y destructiva.

Así pues tenía toda su ropa lista en una bolsa de viaje; una bicicleta desmontable lo esperaba en el zaguán; se había hecho con los documentos imprescindibles, por si lo paraba la policía; había alquilado a nombre de un tal Eduardo Caneti, electricista, nativo de un pueblo próximo a Ciudad Feliz ocupado ya por el bosque, en adelante él mismo, un cuchitril cerca de la nueva muralla; en un maletín aparte había reunido todos sus libros y cuadernos clandestinos, pero con las prisas olvidó en la guantera del coche el último libro de poemas tomado en préstamo de la Biblioteca, concretamente las Rubaiyats de Omar Khayyam.

Aquella noche, antes de bajar por última vez al garaje, besó a Elena, que se removió en sueños, echó un último vistazo a la casa, se vistió con sus nuevas ropas y salió a la noche helada.

Ramón W. segundo lo esperaba tendido en la mesa de las herramientas, junto al coche. Tras comprobar que todo estaba listo, lo conectó, y corrió hacia la puerta.

Una vez allí, no pudo resistir la tentación de observarlo durante unos segundos: su doble abrió los ojos, y parpadeó como quien despierta de un largo sueño; miró en torno sin visos de extrañeza ni desorientación; evidentemente sabía dónde estaba; se había quedado dormido en su garaje:

—¡Arriba! —dijo con su propia voz.

Y de un salto se plantó en la tarima.

Desde una esquina levantada de la calle, Ramón W., en adelante Eduardo Caneti, lo contempló encorvado bajo el peso de su bolsa de viaje: su doble se dirigió con toda naturalidad hacia el portal de su casa, sacó las llaves del bolsillo del abrigo, y desapareció en el interior.

Eduardo Caneti, electricista, se encaramó a su bicicleta y enfiló por la calle llena de socavones en dirección a la muralla.


La primera semana de libertad fue tranquila porque lo absorbieron pequeñeces, detalles, como acondicionar su nuevo piso; buscar trabajo; registrarse; y un largo etcétera. Pero al llegar el primer domingo, Eduardo Caneti comenzó a sentir inquietudes.

Por ejemplo, ¿y si Elena lo descubría? Al fin y al cabo, habían sido esposos. ¿Y si Ramón W. segundo tenía un accidente? En la Enfermería o en el Hospital se toparían con un robot. Entonces, comenzaría la cacería.

Se daba cuenta, además, de que había dejado atrás mucho más que una familia y un trabajo, un mundo por otro nuevo, indudablemente atractivo pero incierto.

La segunda semana la pasó encerrado con el pretexto de un catarro; se dejó crecer aún más la barba, se depiló las cejas, se cortó las uñas, devoró cajas de galletas y tuvo que tomar somníferos.

Su único consuelo eran los libros. Por fin los leería sin cortapisas ni censuras; los leería a sus anchas, cuando se le antojase; y escribiría su biografía, la biografía de Eduardo Caneti.

A veces le ocurría algo curioso: a fuerza de ocultarse y simular su identidad ante vecinos, compañeros, extraños, se sorprendía interrogándose sobre sí mismo, por supuesto no como un loco sino cuerdamente, con preguntas y respuestas razonables. Por ejemplo, ¿existía Eduardo Caneti o era una creación como Ramón W. segundo, aunque de otro tipo? ¿Quién era realmente él?

Siempre había supuesto que lo más difícil en este mundo era desear realmente algo, mucho más arduo aún que conseguirlo. Cuando él, sin más, había decidido que deseaba cambiar de vida, había puesto manos a la obra como quien construye un artefacto para volar. Pero no era tan sencillo.

Muchas veces, cuando lo saludaban por la escalera, en la calle o en el trabajo, no respondía al no reconocer su nuevo nombre. Pero la gente al ver que era raro pero inofensivo, lo dejó en paz, y empezó a sonreírse en su presencia.

Al cabo de algunos meses, el temor a ser descubierto desapareció y surgió con fuerza un deseo nuevo: volver a ver a Elena, aunque fuese desde lejos, conocer a su hijo, y averiguar si estaban bien.

Su nuevo trabajo le ocupaba todo el día aquí y allá, pero en realidad le dejaba tiempo libre. Podía ir por una calle o por otra, llegar a cualquier hora, la caja de herramientas al hombro, la barba deshilachada sobre el mono de trabajo, y arrojar su bicicleta desvencijada en una esquina sin que nadie lo controlara. Los apagones y averías eran entonces tan frecuentes en Ciudad Feliz que lo raro hubiera sido lo contrario: encontrarlo, predecir dónde estaba y a dónde iría después. En contrapartida, no tenía fiestas ni domingos.

Una mañana, precisamente un domingo, decidió probar suerte en un parque próximo a su antigua casa. El niño debía tener unos dos años. Mientras se arreglaba comprobó hasta qué extremo había cambiado, y no sólo envejecido. No necesitaría ocultarse, nadie iba a reconocerlo.

Iba a guardar el libro en la caja y ésta en la bicicleta, como de costumbre, cuando de pronto palideció.

El recuerdo de otro libro le asaltó como un fogonazo. Al instante, sin embargo, lo desechó con un gesto, como se desechan los peligros mortales que el tiempo ha demostrado inocuos.

¿Quién iba a reparar en un libro de poemas olvidado en la guantera de un coche?


El primer día de su existencia, Ramón W. segundo subió a su casa. Elena ya dormía. No recordaba a qué había bajado al garaje. Se desnudó, se frotó las manos, se embutió en el pijama de lana, que lo acogió con un agradable cosquilleo, y se deslizó bajo las mantas.

Al día siguiente, cuando le preguntó, ella enarcó las cejas, sonriente:

—¡Te acostaste conmigo!

Terminó entonces de vestirse. Bebió de un sorbo el café hirviente; la besó y se despidió hasta la tarde. Ya en el garaje, comprobó que todo estaba como siempre. ¡Al diablo! Abrió la persiana y enfiló hacia la calle, aún entre dos luces.

Por la tarde lo llamaron del Hospital. Cuando llegó, con retraso a causa del atasco, el niño había nacido hacía casi media hora: dormía en su cuna plácidamente, junto a Elena. Todo había salido bien, estaba perfecto, sano, rollizo, de un color rosado.

Al día siguiente les dieron el alta.

Comenzó una época agitada y feliz. Ramón W. segundo dormía mal todas las noches: los gritos de su hijo, potentes y agudos, que traspasaban cristales y paredes, lo irritaban al principio, pero acababan despertándole un secreto orgullo. Era un niño robusto y despierto, y aún lo sería más con el tiempo, y por descontado, inteligente.

Por la mañana trabajaba como si hubiese dormido doce horas seguidas. Sentía la mente lúcida, ágil, y despierta; la fuerza de los veinte años; la experiencia de los cuarenta.

Por aquellos meses se estaba terminando la burbuja que debía cubrir y aislar definitivamente Ciudad Feliz y las obras de la muralla; fuera de su perímetro se alzaba ya la imponente fortaleza que debía vigilar y contener el avance de los bosques.

Poco a poco, la vida de Ciudad Feliz adquiría tono y vigor renovados; la energía llegaba ahora regularmente a todos los barrios, sin apenas apagones; las calles iban asfaltándose una tras otra; por todas partes aparecían las siluetas temblorosas, amarillas de los tranvías (que muy pronto fueron complementados con el subterráneo); en todas las esquinas había cámaras de televisión; altavoces; paneles publicitarios a todo color y pantallas gigantes, donde los que esperaban o pasaban podían contemplar vastos espacios naturales vírgenes, sucediéndose con vertiginosa rapidez; escuchar consignas feministas y pacifistas, consejos publicitarios y música New Age.

Cuando Ramoncito cumplió un año, abrieron el primer Drugstore gigante en la Avenida Ché y la familia acudió a la inauguración, que culminó con unos espectaculares fuegos de artificio en una gran explanada.

Ramón W. segundo se sentía parte de todo aquello: junto a su equipo, había logrado sellar uno de los últimos paneles solares de la burbuja y ahora trabajaba febrilmente en la instalación del Regulador Meteórico, que debía crear la sensación de las cuatro estaciones en Ciudad Feliz. Uno de los momentos más emocionantes de su vida fue cuando, selladas las últimas compuertas de la cápsula, el gobierno ordenó activar el mecanismo estacional, comenzando por la primavera. De pronto, el polvo venenoso y las semillas indomables, que hasta entonces habían seguido colándose por los resquicios y germinando en las calles y los edificios de Ciudad Feliz, entre filtraciones de oxígeno venenoso y lluvia corrosiva, fueron barridos por una brisa artificial. El color plomizo del cielo exterior desapareció tras un intenso azul atravesado por nubes algodonosas que empujaba una brisa alegre, ligera y despreocupada; el termómetro marcó los 18° C exigidos.

Por este trabajo, Ramón W. recibió una mención especial junto con su equipo y una medalla de latón de cinco puntas, que sumó a la de tres que ya poseía.

No era raro, pues, que se sintiese parte de todos aquellos avances. Cuando comenzaron las expulsiones, se sumó a los equipos que trabajaban ya en los ventiladores de la muralla, instalados para absorber y dispersar los ruidos procedentes del mundo exterior.

De vez en cuando se cruzaba con algún grupo de detenidos conducido por las recién creadas Patrullas Ciudadanas, que ahora recorrían las calles día y noche a la caza de indocumentados y ociosos. El ocio solitario fue declarado conducta antisocial y penado con la expulsión. En los cursillos de Ciudadanía Feliz, ahora obligatorios en todas las Empresas, Ramón W. segundo aprendió la cantidad astronómica que costaba a Ciudad Feliz cada minuto que sus ciudadanos no producían ni consumían, sino que dedicaban insolidariamente a pasear, a leer, a vagar por los parques, o simplemente a charlar por la calle. Todas estas conductas, y otras muchas, fueron minuciosamente catalogadas, tachadas de criminales, y perseguidas.

A la par que se resolvía por fin el problema energético gracias a los paneles solares y a la bioenergía generada por las inagotables reservas de basura producidas por los felicinos, se crearon batallones incendiarios y expediciones científicas, entre otros cuerpos militarizados adscritos a la Fortaleza extramuros; al mismo tiempo, el gobierno decretó el fin de todas las guerras.

Un día se cerró la última puerta de la muralla por donde aún llegaban refugiados desde regiones cada vez más próximas. En adelante, sin un salvoconducto especial, quedó rigurosamente prohibido entrar y salir de la Ciudad. Los últimos refugiados, además de ser puestos en cuarentena, hubieron de pasar, como el resto de los felicinos nacidos antes de las Grandes Reformas, los cursillos intensivos de reeducación comunitaria.

Aunque Ramón W., en virtud de sus servicios extraordinarios estaba exento de estos últimos, decidió inscribirse voluntariamente, y en pocos meses logró el grado de monitor y conferenciante.

Lo único que le dolía en su fuero interno era que tuviesen que aplanar los viejos parques donde había jugado en su infancia, pero no había otra solución, las semillas perniciosas arrastradas desde los bosques antes de que se cerrase la burbuja habían proliferado, y amenazaban con contaminar el resto de la vegetación, envenenar el agua y reventar los adoquines y las cloacas. Las autoridades sanitarias tuvieron que realizar una penosa y sistemática selección genética y destruir todos los ejemplares peligrosos para repoblar algunos parques convertidos en invernaderos seguros y jardines climáticos.

Todo esto se hizo con asombrosa eficacia y rapidez. Aunque parezca paradójico, la última tarea abordada por las autoridades quizás era la más compleja, y fue la elaboración del Censo definitivo de los felicinos. En adelante quedó abolida la categoría civil de extranjero y refugiado; todos los habitantes de Ciudad Feliz fueron asimilados y declarados, ya fuesen nativos o adoptivos, ciudadanos iguales.

Meses atrás, casi al comienzo de los Grandes Cambios que darían su fisonomía definitiva a Ciudad Feliz, recién nacido su primer hijo, Ramón W. segundo recibió una carta de la Biblioteca Pública del barrio mediante la cual se le reclamaba un volumen de poemas de un tal Omar Khayyam que al parecer no había devuelto; era la primera noticia que tenía del tal volumen; pero como poco después todas las Bibliotecas y Librerías fueron clausuradas para su reorganización y expurgo, Ramón W. segundo se olvidó por completo del asunto hasta que un día, meses después, la misma semana en que se inauguró el primer Drugstore de la Ciudad, tropezó por casualidad con el libro en cuestión, al fondo de la guantera del coche.

Con la intención de entregarlo a las autoridades, y sin leer una sola línea, se lo guardó en el profundo bolsillo del abrigo. Esa misma tarde su mujer le anunció que estaba embarazada. Y al día siguiente, cuando volvía exultante de su nuevo trabajo en los ventiladores de la muralla, vio a Elena y a Ramoncito, que jugaba en el invernadero recién abierto junto a su nuevo bloque colmena. Se acercó sigilosamente para darles un susto. De pronto, se detuvo.

Elena estaba hablando con un hombre barbudo que se apoyaba en una bicicleta. Intrigado, decidió acercarse.

El viejo le preguntaba por una dirección desaparecida. De cuando en cuando, miraba al niño que jugaba en los columpios. Elena parecía extrañada, casi asustada.

Entonces, sin querer, topó con el libro olvidado en el bolsillo. Con tantas emociones se había olvidado de entregarlo. Cuando el viejo lo vio, se encaramó en su bicicleta y se despidió apresuradamente.

—¿Quién era?

—Un electricista, cariño.

—¿Qué quería? —la besó en una oreja y le acarició el vientre incipiente.

—Nada, buscaba una calle que ya no existe. Figúrate, nuestra antigua calle.

Esa misma noche Ramón W. segundo bajó al garaje y empezó a leer los poemas del tal Omar Kayyham. Aunque aún no lo sabía, sus días felices habían tocado a su fin.

Ya en su cuartucho (había cambiado de apartamento dos veces en el último mes), Eduardo Caneti se tumbó boca abajo sobre la cama deshecha. Por la ventana entraba el aire fresco de la noche. Aún tenía puesto el abrigo y las botas mal hechas, pesadas, con las suelas cubiertas de barro.

Abrumado, no dejaba de mover las manos a izquierda y derecha, de gesticular. Del pasillo abierto a media docena de habitaciones idénticas, la mayoría de las cuales daban a un patio interior, llegaba de cuando en cuando una voz, pasos, ruidos de puertas.

"¿Qué he hecho?", se repetía. Al fin se sentó en la cama, la cabeza desgreñada y mojada entre las manos cubiertas de arañazos, rematadas en unas uñas desportilladas y negras.

Su fuga estaba teniendo consecuencias imprevisibles y desastrosas: además del libro olvidado, en el que ya no pensaba, estaba sobre todo el embarazo de Elena. ¡Lo que saliera de ahí sería exclusivamente responsabilidad suya!

De repente vio que había creado un monstruo, pero que el verdadero monstruo de egoísmo e irresponsabilidad era él mismo.

Aunque no le atormentaban los celos, le dolía hasta cierto punto que ella no le hubiese reconocido. Habían pasado sólo dos años. Claro que en ese tiempo se había transfigurado como si se hubiese sometido a una operación de cirugía estética.

Ella no sólo no le había reconocido sino que se había atemorizado y retrocedido unos pasos. Con la emoción, no había acertado a hacerle bien la pregunta, a pronunciar bien las palabras, que le salían estropajosas como a los borrachos entre los pelos sucios de la barba. Y luego, era evidente que la calle por la que preguntaba ya no existía. Lo había tomado por un vagabundo alcoholizado, o sea, un delincuente.

Entretanto el niño, su hijo, jugaba con la arena del parque, a unos pasos.

De pronto vio su vientre abultado. Una ráfaga loca de esperanza cruzó por su mente: tal vez Elena había vuelto a casarse.

Entonces, encorvado sobre la bicicleta, sorprendió su mirada por encima del hombro. Le bastó volverse un instante para reconocer a su doble, que se acercaba a ellos.

Se encaramó a su bicicleta como si hubiera visto al diablo y, prácticamente sin despedirse, se lanzó a la carrera.

Aún tuvo tiempo de ver, no obstante, antes de doblar la esquina, cómo hablaban, se volvían y lo miraban. El aire aún más frío con la velocidad, le raspaba la cara.

Cerró de un golpe la ventana. La lamparita del techo apenas producía sombras. Un electricista que no tenía luz en su habitación.

Abrió el grifo del lavabo empotrado en la pared y hundió la cabeza en el chorro turbio y helado.

Ella abortaría y se descubriría todo.

Entonces lo expulsarían a los bosques. La pena de muerte había sido abolida de Ciudad Feliz. De todas formas pensaba marcharse voluntariamente un día u otro. Al menos el castigo lo liberaría en parte de la culpa.

Aunque pensándolo bien, tendría nuevos motivos de remordimiento, aún peores. Era probable que Elena no sobreviviera; si no moría en el aborto, o a causa de aquello que crecía en la oscuridad de su vientre, enloquecería al descubrir que su esposo era una máquina, lo que era una forma peor de muerte. En tal caso, lo mejor sería entregarse cuanto antes a la policía, así Elena sabría que su primer esposo, aunque un canalla, había sido al menos un ser humano.

¿Qué sería de su hijo después? El Estado se haría cargo de su tutela, no le permitirían ni siquiera verlo. Por otra parte, aunque se lo permitieran excepcionalmente, el chico no querría saber nada de él, lo odiaría y lo culparía con toda razón de haber matado a su madre y descubierto a su "padre".

En cuanto a este último, si no se suicidaba al descubrir que era un robot, lo más probable era que las autoridades lo desmontaran para investigarlo. Tal vez a alguien se le ocurriera entonces fabricarlos en serie, en alguno de los muchos programas secretos del gobierno (lo sorprendente era que no lo hubiesen hecho ya): robots para los trabajos más peligrosos e ingratos, o sencillamente para engrosar la población de Ciudad Feliz. No le hubiera extrañado en absoluto descubrir que la mayoría de sus conciudadanos, tan demócratas, ecologistas, pacifistas, feministas y progres, eran en realidad mansos y felices androides.

¿Quién le garantizaba a él mismo que no era uno de ellos?

Pero tal vez el niño, o lo que fuera, naciera después de todo; Dios sabe cómo, incluso con apariencia humana. También cabía que la madre sobreviviese al parto.

Todos estos pensamientos se revolvían en su mente. Para conjurarlos, apagó la luz como quien suelta las riendas de un caballo desbocado y trató de dormir.

Entonces, como obedeciendo a un Destino macabro, irónico y guasón, le llegó del fondo del pasillo el llanto de un bebé.


Ramón W. segundo bajaba ahora todas las noches al garaje. Al principio, sin un motivo preciso ni un objeto claro, se limitaba a acomodarse entre el coche y las herramientas, y dejaba vagar su imaginación descontenta. Muy pronto, sin embargo, se entregó con pasión a la lectura de los poemas de Omar Khayyam. Como un hambriento que se ha privado a sí mismo sin percatarse, durante largos años, de darse un verdadero banquete, el ingeniero —descubierta esta extraña vocación tardía— se entregaba a ella con verdadero fanatismo, devoraba de principio a fin el librito del poeta persa una y otra vez, acababa y volvía a empezar por el principio con idéntico entusiasmo; otras veces, cuando estaba más melancólico, se tumbaba en una especie de jergón que había descubierto tras las estanterías, lo abría al azar y leía en voz alta sin preocuparse de las patrullas cívicas que rondaban por las calles en busca, por ejemplo, de ventanas iluminadas. Su única precaución era cerciorarse de que Elena y Ramoncito dormían antes de deslizarse como un ladrón a la oscuridad de las escaleras. Por otra parte, el único ventanuco de la cochera estaba recubierto con un cartón donde rebotaba la luz.

Ramón W. segundo no entendía de poesía. Sin embargo, aquellos versos al vino y a la fugacidad y esplendor de la existencia, lo aturdían y lo emocionaban. Al final, se los aprendió de memoria con el fin de recitarlos en cualquier parte; los mascullaba como un rezo en el tranvía, en la fábrica, en el baño, en la calle, moviendo una y otra vez, imperceptiblemente, los labios, como quien paladea algo prohibido. Así fue adquiriendo poco a poco la costumbre de hablar solo a todas horas, como un demente. Entre sus favoritos estaba el que decía:

Un poco de sol, un poco de agua fresca;

La sombra de un árbol, y tus ojos.

Ningún sultán es más feliz que yo;

Ningún mendigo más triste.

Si le hubieran preguntado qué lo fascinaba de aquellos versos (tan ajenos a su vida), no hubiera sabido qué decir.

Lo cierto es que la Belleza, que él estaba convencido de haber descubierto al fin, sin haberla merecido ni buscado al menos conscientemente, lejos de aportarle confianza, alegría y serenidad, lo estaba hundiendo en un pozo cada vez más profundo de soledad y desdicha.

Como quien lleva escondido en un bolsillo un pajarillo vivo o una joya preciosa, y atraviesa una calle gris y fea, así se sentía él.

Por una parte, veía que aquello era muy importante, y le hubiera gustado proclamarlo en voz alta, por ejemplo en el Drugstore de la avenida Ché; por otra parte se daba cuenta de la locura y —lo que era aún más triste— de la inutilidad de semejante conducta y deseo, y los reprimía. Cada vez le resultaba más difícil fingir. Tal vez el único sonámbulo y enfermo era él. Un enfermo incurable.

Una noche, sin poder resistir más, salió a la calle y se internó en el invernadero vecino, que estaba cerrado. Forzó la puerta y avanzó en la oscuridad entre las plantas. Una vez allí, rodeado por las tinieblas, se encaramó a tientas a un banco y recitó a viva voz:

¡Un poco de sol, un poco de agua fresca;

La sombra de un árbol y tus ojos.

Ningún sultán es más feliz que yo;

Ningún mendigo más triste!

Enmudeció, anonadado, seguro de ser detenido. Nada, sin embargo, se movió ni perturbó el silencio, la densa oscuridad que lo rodeaba. De un salto se plantó en la puerta, salió a la calle desierta y corrió hacia el garaje.

Desde la calle veía las fachadas negras y muertas, sin una sola ventana iluminada, incluidas las de la habitación donde dormían su hijo y su mujer, a punto de dar a luz. Pero al otro extremo de la calle, muy lejos, creía distinguir el zigzag de las linternas de la Patrulla que se acercaba a él como un perro que olfatea en la oscuridad.

Ya no se preguntaba cómo habría llegado aquel libro a la guantera de su coche. En parte, su origen enigmático e inescrutable contribuía a su aureola de objeto sagrado.

Era el único libro ilegal que poseía, y el único que necesitaba.

Poco a poco se operó además en él otro fenómeno. A fuerza de manosearlo, llegó a amar y a necesitar el libro como tal; ya no le bastaba con abrirlo y leerlo; necesitaba olerlo, tocarlo, acariciarlo. Era un tomo de bolsillo, vulgar y corriente, cubierto con una encuadernación pobre de pasta flexible que apenas protegía las páginas ásperas y amarillas; en éstas, apretadas en una letra redonda y menuda que dejaba en torno a sí un hermoso espacio en blanco, estaban impresos los poemas, uno por página.

Olía a algo desaparecido hace mucho tiempo, pero vivo.

Ramón W. segundo sabía perfectamente que tales libros no se imprimían ya: desde las Grandes Reformas implantadas en Ciudad Feliz, los libros, como los demás impresos, debían, además de pasar la rigurosa censura de su contenido que recelaba especialmente de todo lo que pudiese fomentar el individualismo, estar impresos en una letra gruesa, de molde, por supuesto en mayúscula, según las normas de la nueva Gramática Simplificada, con el objeto de ser leídos exclusivamente en voz alta y por turnos, siempre bajo adecuada supervisión. Leer para sí, aunque fuese mascullando, estaba rigurosamente prohibido.

Uno de los eslóganes más repetidos en los paneles luminosos de la Ciudad rezaba: QUIEN LEE SOLO DESTRUYE LA DEMOCRACIA

Ramón W. segundo recordaba aún los grandes autos de fe con que a menudo culminaban, junto a los fuegos artificiales, las fiestas de apertura de los drugstores y los macrocentros comerciales. Uno de los objetivos más ambiciosos del Gobierno era precisamente eliminar del uso cotidiano cientos, miles de palabras, que ya no figuraban en los diccionarios, términos como libertad o individuo, que aún se deslizaban rebeldes en la conversación.

Sea como fuere, todo eso importaba ya bien poco a Ramón W. segundo. Cada noche, solo, tumbado en su jergón, leía y soñaba, soñaba y leía, hasta perder la noción del tiempo y de las cosas, hasta que lo sobresaltaba la primera brizna del amanecer. Entonces guardaba con rapidez su tesoro en un nicho cuidadosamente abierto al efecto bajo las tablas del suelo; se embutía en su abrigo, pálido y desgreñado; y salía a la calle, al portal, con paso rápido, hacia la casa que olía a sueño y medicinas.



Ilustración: Pedro Belushi

Le costó trabajo y disimulo, pero al fin consiguió la pistola y las municiones.

Eduardo Caneti se apostó entonces en el parque donde había visto a su hijo —cuyo nombre ignoraba— y hablado con Elena. Para disimular, desplegó un enorme folleto publicitario ante sí. El día era claro, trémulo. Junto al banco descansaba destartalada la bicicleta y la caja ociosa de herramientas.

Al fin alguien atravesó el invernadero. Unas pisadas infantiles, rápidas, crujieron en la gravilla junto a otras pesadas y parsimoniosas. No era Elena. Tuvo que esperar aún una hora antes de verla aparecer con el chico.

Inmediatamente, con un gesto mecánico, hundió la mano en el bolsillo donde guardaba el arma. Nadie lo advirtió. El parque estaba casi vacío. Más allá la calle empezaba a animarse poco a poco con los que regresaban del trabajo. Era el cambio de turno del mediodía.

Eduardo Caneti miraba fascinado a la mujer embarazada. El chico se había alejado a los columpios. Había otro niño y un hombre mayor que leía, como él, en un banco.

Inesperadamente, su doble apareció en el otro extremo del parque. Acababa de guardar el coche. Aquel día sólo tenía media jornada. Y de inmediato lo vio.

El androide corrió hacia él. ¿Cómo lo había adivinado? El invernadero se estremeció con sus pisadas y sus gritos. Antes de darse cuenta estaban forcejeando. El disparo se había estrellado contra una de las paredes, reventando los cristales. El chico, asustado, gimoteaba escondido tras su madre, ilesa.

Ramón W. segundo logró aferrar el brazo, la muñeca del vagabundo. Pero la bicicleta le estorbaba. El viejo del banco vecino corrió a pedir ayuda. Al fin apareció la patrulla y consiguieron reducirlo y arrebatarle la pistola. Aún tuvo tiempo de hacer un segundo disparo que se hundió, estéril, en el cielo.

—¡Ha intentado matar al chico!

Tras esposarlo y registrarlo, lo arrastraron al coche patrulla. Al pasar junto a su doble que abrazaba a su mujer y al chico, ya no pudo contenerse:

—¡Eres un robot! —le gritó.

Aún dijo algo más. Un torrente de improperios brotó de entre su barba. Al fin, a trompicones, consiguieron taparle la boca, agacharle la cabeza y meterlo en el coche celular.

La pistola sólo tenía una bala.


El incidente no apareció en los medios de comunicación. Todos los días ocurrían cosas parecidas, por desgracia. Elena sufrió una crisis pasajera. Y durante un tiempo Ramoncito dibujó obsesivamente a un gigante barbudo que los perseguía con una pistola. Poco a poco, sin embargo, el incidente fue perdiendo interés en sus fantasías.

Sin embargo Ramón W. segundo no podía olvidar las palabras del loco: "Eres un robot". Por absurdo que fuera, no lograba olvidarlas. ¿Qué habría querido decir?

Una noche estaba tumbado como de costumbre, en su jergón, leyendo, cuando de pronto se le ocurrió una idea al hilo de esas palabras.

Al día siguiente comenzó a construir su doble.

Poco antes de que Elena diese a luz, una noche bajó al garaje y con mucho cuidado conectó los últimos sistemas del androide, que, dicho sea de paso, era mucho más avanzado que su predecesor. El parecido resultó asombroso. Con todo, Ramón W. segundo lloró cuando tuvo que despedirse de su mujer y de su hijo, que dormían.

Desde un rincón, y luego desde una esquina, vio que Ramón W. tercero se despertaba sobre la tarima del garaje. Aturdido, enseguida se espabiló y se incorporó; rebuscó algo en sus bolsillos y salió a la calle.

Ante el portal pareció vacilar un instante. Todas las ventanas de la calle estaban negras y muertas. No había ni rastro de la patrulla.

Al fin, desapareció en el zaguán de su casa.

Cuando se alejaba a toda prisa en su bicicleta por las callejuelas adyacentes, Ramón W. segundo recordó súbitamente que había olvidado el libro de Omar Khayyam en la guantera del coche. Pero ya era demasiado tarde para volver.

Y de todas formas se lo sabía de memoria.



Carlos Almira Picazo nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la dictadura del general Franco ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43) (Editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret, Jesuá (Editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, Todo es Noche (PROMETHEUS MDQ, #22 abril de 2007) y un centenar de cuentos y ensayos, en revistas como ADAMAR, AXXÓN, Ed. BADOSA, DESTIEMPOS, EL COLOQUIO DE LOS PERROS, CAÑASANTA, DIEZDEDOS, REMOLINOS, MAGAZINE SIGLO XXI, EL FANTASMA DE LA GLORIETA, REVESTIDOS, TIEMPOS FUTUROS, QUADERNS DIGITALS, LITERAE INTERNACIONAL, ARIADNA, LAS VOCES DE LA COMETA, etcétera. En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.

Hemos publicado en Axxón: LOBO (175), EL ÁRBOL MALDITO (183), LA HIPOCONDRIACA (194)


Este cuento se vincula temáticamente con ESA PROFUNDA SOLEDAD, de Francisco Costantini (175), EL REÑIDERO, de Alejandro Mariatti (191), YUSTY, de Antonio Mora Vélez (191) y LÁPICES LACRIMALES, de Pedro Félix Novoa Castillo (159)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento: Fantástico : Ciencia ficción : Androide : Ciclo temporal : Español : España).

            

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