LA PORTADORA DE ALMAS

Javier F. Bilbao

España

Siempre tuve un gran respeto y aprecio —ganado a lo largo de los años— por el doctor Calderón, pues aparte de colega y gran amigo, resultaba ser un profesional de una extraordinaria calidad humana. Sabía sacar tiempo de su consulta privada para acudir de forma altruista a colaborar con los enfermos de un centro dependiente del Estado.

Por esa razón, cuando recibí su llamada reclamándome consejo y ayuda, no lo pensé demasiado. Me tomé unos días libres y cogí un vuelo hasta México D.F para reunirme con él.

No negaré que según me expuso el problema sentí al instante una gran curiosidad por lo que me contaba. Aunque lejos de poder ofrecerle una opinión contrastada, me encontré falto de argumentos con que servirle de ayuda. Por ello decidí acudir "in situ" a sopesar el problema junto a él. Tal vez entre los dos lográramos acertar con una respuesta adecuada al problema que se le había planteado.

Tres años después y fuera del circuito de congresos, por fin volvimos a encontrarnos, y los recuerdos y sensaciones que afloraron a la superficie se transformaron en un cálido y efusivo abrazo.

Subidos los dos a un taxi salimos rumbo a su consulta, y tras ponernos al día con las cuestiones personales, el doctor Calderón me expuso de forma muy concisa los pormenores de la situación.

Yo, desde luego y a priori, no encontré una praxis anormal o alejada de los procedimientos médicos habituales administrados en estos casos, por lo que, aunque hubiera querido, no pude aportar ninguna opinión de valor.

El sanatorio mental de Nuestra Señora de los Dolores se encontraba apartado, en las afueras de la ciudad, en el barrio La Merced, dentro de un entorno deprimido con el cual el edificio en cuestión se integraba a la perfección. Su decrépita fachada mostraba los ennegrecidos restos de la polución sobre unos gastados ladrillos que se sucedían formando un frontis de sobria arquitectura, sólo roto por el arco de entrada sobre el cual, en su piedra clave, se hallaba grabado el lejano año de construcción, y que estaba custodiado por unas intimidatorias verjas de gruesa forja pintadas de negro.

Según me explicó mi amigo, antiguamente el edificio había servido como prisión para mujeres y lo habían reconvertido en lo que era ahora hacía casi veinticinco años. De ahí su extraña concepción.

La institución era regentada con dificultad y grandes carencias por un equipo muy limitado de personas. Estaba compuesto por unas religiosas y asistido por celadores de apoyo pagados por el Estado. La falta de medios hacía difícil llevar adelante un centro de estas características, y gubernamentalmente no existía otro proyecto que el abandono progresivo y la clausura definitiva del edificio, por la falta de interés en sostenerlo económicamente.

Para ello tan sólo faltaba esperar pacientemente a que el tiempo hiciese su trabajo y la vejez fuese sobrepasando a los internos, dejando de a poco los colchones vacíos de pacientes.

Sólo aceptarían uno nuevo por caridad, si se trataba de un caso excepcional y fuera del amparo de cualquier familiar que pudiese sostenerlo.

El último ingreso fue el de Violeta Ballesteros, mujer de cincuenta y ocho años. Hubieron de recogerla dado su lamentable estado tras verla deambular sola por las calles durante semanas, durmiendo a la intemperie y soportando las vejaciones infligidas por los muchachos del barrio. La madre sor Adalina aún recordaba que esta mujer había sido su alumna y muchacha de gran hermosura, que un día ya muy lejano decidió abandonar su casa buscando un sueño alentado por lenguas mentirosas y conciencias aprovechadas, para pena y desconsuelo de sus padres, que hubieron de morirse solos sin saber más de su única hija.

Y al cabo de cuarenta años de ausencia, había regresado; vestida como una pordiosera y padeciendo un grave trastorno mental. Ahora vivía fuera del recuerdo de cualquier persona de esta ciudad, a excepción de la lúcida sor Adalina.

Aquella desdichada fue por tanto la última en encontrar cobijo y amparo en este viejo sanatorio-cárcel, para engrosar la tan escuálida como desahuciada plantilla de enfermos residentes en uno más, sumando un total de diecinueve.

Seis hermanas de avanzada edad y cuatro celadores se encargaban de prestarles su atención con toda la honestidad de la que podían hacer gala, cuidándolos con el mayor esmero que la precariedad —suplida por las ganas, el empeño y el cariño— les permitía, haciéndoles más llevadera su difícil existencia y contando con el inestimable apoyo extra del doctor Calderón.

A pesar de la inconciencia de su relativo bienestar, los enfermos disfrutaban de una limpieza y un cuidado del que por desgracia carecían otros enfermos diseminados por el país en centros de reclusión mental, causa ésta que provocaba honda preocupación en mi altruista camarada mexicano.

Hasta aquí, el devenir de los acontecimientos seguía el apático guión de la rutina que durante tantos años había adornado la existencia entre estos pasillos de baldosas gastadas. Los muros del edificio habían conseguido el propósito de aislar al mundo cuerdo de sus desamparados, sin más aporte que el soplo de aire fresco que el doctor Calderón aportaba con sus visitas, dos veces por semana.

Pero el sosiego del sanatorio se había visto enturbiado dos meses atrás, a poco de ingresar Violeta.

El comportamiento de los internos había variado, empeorando notablemente en todos los aspectos y de forma considerable. Nervios, ansiedad, agresividad en algunos internos... síntomas que la medicación habitual no consiguió paliar ni siquiera aumentando la dosis. Las hermanas mostraron su preocupación y su alarma al doctor, que hubo de sacar tiempo extra que no tenía para no dejar desvalidos a los que durante tanto tiempo habían recibido el apoyo de sus terapias.

Sin embargo, según él me comentó, en la última semana sentía que todo se le iba de las manos y no comprendía la razón.

Las hermanas se hallaron en total indefensión cuando, gradualmente, los celadores se negaron a cumplir el turno de guardia nocturna, alegando estupideces y cosas sin sentido que acabaron por fin con la deserción en bloque de la exigua plantilla. A raíz de ello se extendió por el barrio todo tipo de rumores y comentarios desproporcionados que fueron creando el nacimiento de una oscura leyenda alrededor del sanatorio y, en concreto, de Violeta Ballesteros.

El doctor me comentó que él (cuya existencia había pasado mayormente desapercibida hasta entonces para los habitantes de La Merced a pesar de los años que llevaba visitando el sanatorio) se sentía observado a su llegada por miradas indiscretas y descaradas, portadoras de miedos y temores aderezados con una pizca de compasión.

Las hermanas entregaban sus angustias a Jesús, envueltas con la fe de sus oraciones, aún más fervientes y cadenciosas que lo habitual.

La noche portaba la inquietud y la desazón nacida de las gargantas desesperadas de los que no encontraban el descanso nocturno y la relajación de la medicación. Hasta el insostenible punto actual, que hacía imposible conciliar el sueño para nadie.

Las monjas se deshicieron en palabras de agradecimiento cuando les propusimos nuestra intención de pasar unas noches en el sanatorio e intentar esclarecer las causas de tan tremendos comportamientos.

***

Ya por la tarde, nuestro objetivo era visitar sí o sí a Violeta en primer lugar. Frente a nosotros, la mujer permanecía aparentemente tranquila en su celda echada en la cama, lugar que se negaba a abandonar desde su ingreso, excepto a las horas de la comida.

Pronto tomé consciencia de la gravedad de su estado mental, incapaz de cruzar palabra alguna con la paciente. Su mirada perdida permanecía fija en un punto de la pared, enfrentando sus turbios pensamientos con los desconchones de cal que ésta mostraba. Tras permanecer una hora a su lado, sin más avances que haberla conocido en persona, salimos a deambular largo rato por el resto de las instalaciones, mezclándonos con los demás internos.

Los largos años pasados eran patentes en todas las cosas que mis ojos veían. El edificio en sí, los internos, las monjas...

Los desquiciados permanecían solitarios y ensimismados por las esquinas de las dependencias, sin interactuar con nada ni nadie de lo que se hallara a su alrededor. En el salón común se aposentaba la mayor parte de ellos, algunos apoyados en el alféizar de las ventanas, dejándose bañar por la intensa luz del atardecer que pasaba sus rayos oblicuos sorteando los barrotes y proyectando largas sombras en las paredes desnudas. Aprecié un profundo grado de depresión general, mi amigo Santiago Calderón me apuntó que no era el habitual estado de los enfermos durante sus visitas. Si bien su trastorno era profundo e irrecuperable, dos meses atrás se mostraban más activos y sociales, atendiendo al afecto y a las palabras cariñosas del doctor con sonrisas agradecidas nacidas desde la profunda sima de su cerebro y entregadas con la inocencia de su corazón. Ahora, sin embargo, sus miradas parecían querer transportarlos lejos, huyendo más allá de las ventanas enrejadas que hasta entonces les habían protegido del mundo. Sus ojos reflejaban una angustia distinta, lejos de mostrar el apaciguamiento de su alma.

Observé que no había distinción de grado entre todos ellos, mostrando siempre una actitud alicaída y sin responder a los estímulos externos que Santiago y yo nos empeñábamos en imponerles dedicándoles nuestra atención.

Los minutos pasaron de forma pausada y tranquila. Las hermanas empezaron a disponer la hora de la cena y cruzaban afanosas por los corredores portando los enseres, como era habitual, sin interponerse entre nosotros y nuestra conversación. Paseé con Santiago por el largo pasillo, comentándole mis vagas impresiones acerca del estado de los enfermos, y tan ensimismado estaba en la charla que no me di cuenta de que llegábamos a un punto en que un tabique de ladrillos desnudos ponía súbito final al corredor.

Santiago se encargó de aclarar mi sorpresa, explicándome que las instalaciones eran bastante grandes, pero que dado el escaso personal que las ocupaba, tan sólo se utilizaba íntegramente el ala este, que correspondió en su día a las dependencias reservadas a los funcionarios y funcionarias, el resto del complejo —que comprendía sólo celdas y dependencias para las reas— estaba aislado de este ala por sendas tapias en ambos extremos.

Era lógico. El patio exterior —siguió explicándome— fue utilizado durante un tiempo para dar asueto a los internos y dejarles disfrutar del día al aire fresco, pero poco a poco se fue abandonando esta costumbre dado el prolongado recorrido a efectuar por los largos pasillos para llegar hasta él, con lo que se corría el riesgo de que algún interno se extraviara por el camino en algún lugar, y el trastorno que supondría su búsqueda en un complejo tan grande. Así, por fin, se optó por inutilizar el área, levantando esos dos muros.

Me asomé por el sucio cristal de una ventana que daba al interior y observé a lo lejos el abandonado patio rectangular, cubierto de zarzas por sus cuatro flancos. Las alas norte, sur y oeste formaban una gran "U", solitaria y abandonada, por la cual la luz directa del sol pasaba de largo a esta hora, deslizándose silenciosa por los deslucidos tejados.

Las cenas se sirvieron a las siete, dispuestos los internos en dos mesas grandes en las que reposaba un sencillo plato caliente de sopa de verduras, un pedazo de pan y una pieza de fruta para cada uno. Violeta fue transportada del brazo con tranquilidad por la hermana Engracia, desde su celda hasta la silla correspondiente, situada en la cabecera de una de las mesas. Y de forma sorprendente, los dos internos más próximos transportaron sus sillas unos centímetros más alejados de ella, en una clara señal de aislamiento y rechazo a la nueva paciente.

Esta reacción social coordinada respondía a un sentimiento cabal nacido de alguna presunción definida que no acertábamos a comprender en ese instante.

Sor Águeda se acercó instintivamente hacia nosotros bajo el reclamo de nuestra expresión de extrañeza, y nos comentó que esta reacción era el comportamiento habitual de todos los internos, independientemente de quien pusiesen a su lado. El desarrollo de esta actitud se había exhibido a los pocos días de su ingreso, sin ninguna causa conocida. La aparente tranquilidad de la interna no había hecho mella en el resto.

Dada su coexistencia con los internos, le pedí una opinión espontánea a la hermana acerca de esta extraña conducta, y ella nos explicó amablemente que esa actitud no estaba provocada por un rechazo irracional, sino por querer aislarse instintivamente de ella. Por miedo y temor hacia su persona.

Durante las espantosas primeras noches de gritos, llantos y lamentos, los dos celadores de guardia habían recorrido las estancias intentando apaciguar a sus inquilinos, pero en ninguna ocasión hubieron de administrar calmantes o ansiolíticos a Violeta, que permanecía serena, tumbada en su cama —según ellos— con los ojos bien abiertos mirando al techo.

***

Los enfermos llevaban reposando en sus celdas más de una hora, inmediatamente después de haber terminado su cena. Durante ese lapso, hicimos compañía en la mesa a las hermanas, que tuvieron a bien compartir la humildad de su menú con nosotros y charlar brevemente acerca de los acontecimientos.

Una vez terminada la cena las hermanas se fueron retirando, no sin antes prometernos guardar un lugar para nosotros en sus oraciones, agradeciendo de algún modo la amabilidad y el valor de no dejarlas abandonadas con sus enfermos tal y como habían hecho días antes los cobardes celadores.

Las entrañables ancianas se trasladaron a sus aposentos situados en la planta baja, no sin antes enseñarnos la ubicación de los timbres de aviso, por si necesitábamos de su servicio o ayuda a cualquier hora de la noche.

Sor Consuelo y sor Engracia estarían esa noche de guardia preparadas en una pequeña estancia anexa a las escaleras, guardando vigilia hasta que fueran necesarios sus servicios.

Mi amigo Santiago y yo nos quedamos sentados en el salón común, disfrutando del humo de unos cigarros mientras conversábamos en voz baja, intentando no despertar el eco que cualquier sonido provocaba en los dilatados y silenciosos pasillos contiguos. Una solitaria bombilla pendía sobre nuestras cabezas iluminando nuestra charla mientras luchaba estoicamente contra la voraz oscuridad que anhelaba engullirnos —como a todas las cosas circundantes— con su negro manto.

Santiago me guardaba una sorpresa, y de su bolsa sacó una petaca y dos vasitos con los que amenizar un poco la guardia. El licor se deslizó por mi garganta como un río de lava ardiente, que al instante desperezó mis sentidos y más tarde mi buen humor.
***

A las dos y cuarto de la madrugada un sonido quejumbroso resonó por las dependencias, sacándonos de nuestro letargo.

Corrimos hasta su origen guiándonos en la penumbra con la mano apoyada en una pared. Un segundo más tarde, aparecieron en la misma puerta las hermanas Consuelo y Engracia.

—¿Quién duerme aquí? —preguntó Santiago.

—En esta celda descansa el tío Alfredo, señor —respondió sor Consuelo.

Así era conocido cariñosamente el más anciano de los internos, personaje pintoresco que despertaba la simpatía y el afecto de todos. Santiago guardaba una especial predilección por este pobre desgraciado que había sido capaz de ganarse tan bien su corazón con su mirada tierna.

Consuelo tomó el racimo de llaves y pronto centró la oportuna en la cerradura, que efectuó una vuelta con inusitada rapidez para destrancar la puerta.

La luz descubrió al tío Alfredo, que yacía en la cama con los ojos abiertos como platos y volcando espumarajos por su desdentada boca. Sus artríticas manos hacían presa en los laterales del colchón hasta dejar los nudillos blancos por el esfuerzo. Su lastimosa perorata no cedía, a pesar de los esfuerzos que hacíamos por despertarle del trance o pesadilla en que parecía estar sumido. Movía la cabeza de un lado a otro como si quisiera desembarazarse de lo que quiera que fuese que le provocaba aquel estado.

Tras un angustioso minuto, por fin sintió encontrar la calma y la serenidad, y pude observar que el tío Alfredo pareció reconocer a Santiago, se aferró con sus ancianas manos a sus antebrazos y le dedicó una húmeda mirada, tan triste que me conmovió profundamente. Desde lo más profundo de su desbaratado ser le pedía ayuda con todo lo que podía y Santiago se encorajinó consigo mismo por no poder aportarle nada más que su consuelo, al no conocer la causa que le estaba punzando el alma. Todos parecían estar físicamente bien. El problema se escondía en sus cabezas. O no.

La puerta se cerró sola.

Corrimos hacia ella. Nadie se hallaba en el corredor. Sor Engracia se quedó haciendo compañía al tío Alfredo y nosotros tres permanecimos en el pasillo. Santiago y sor Consuelo avanzaron juntos hacia la izquierda, pero yo me desmarqué sin que se dieran cuenta y avancé en dirección contraria. Corrí sigiloso hasta el final del pasillo circulando a tientas, hasta alcanzar la última puerta, después de la cual el pasillo efectuaba el quiebro que se estrellaba contra el tabique de separación de las dos estructuras del edificio.

Al doblar la esquina algo hizo que mis ojos se nublaran y que la vista, que ya se había acostumbrado a la oscuridad, me engañara. Un velo blanco cruzó ante mis ojos y, flotando en el aire, penetró a través del muro, que pareció absorberlo como una esponja. Sé que mis sentidos me tendieron una macabra trampa, pero la serenidad de que hice gala no impidió que se me erizara todo el vello del cuerpo. Mi "yo" más cobarde jalaba hacia atrás de mi ser con todas sus fuerzas, intentando sacarme rápidamente de aquel ángulo de oscuridad donde me encontraba sumido. El tremendo y pavoroso silencio en el que estaba inmerso se transformó de repente en una espantosa coral a la que cada vez se unían más voces. Sus lamentos y gritos despertaron en mí un terror anormal que me dejó paralizado. Tuve que apoyarme en la pared para no caer al suelo aturdido por el miedo irracional que despertaba en mí aquella sinfonía tan desesperada y desgarradora que perpetraban los internos. En aquella espantosa marea sonora, percibí la débil voz de Santiago, que hacía un hueco entre los chillidos, tratando de llegar a mis entendederas. Mi garganta expelió un grito aún más potente que toda la descompasada orquesta de gritos, y pronto Santiago me encontró, sacándome del trance y la confusión en la que me estaba ahogando. Su mano tenaz y su raciocinio sereno fueron capaces de devolverme a la realidad, haciendo de mí de nuevo un hombre útil.

Precedidos por una angustiada hermana Consuelo, que no daba abasto con las llaves, fuimos penetrando sucesivamente en todas las estancias de las cuales surgían los espantosos gritos, encontrando un desalentador panorama muy similar al que descubrimos minutos antes en la celda del tío Alfredo.

Superados por la imposibilidad de dar calma y consuelo a todos los internos al mismo tiempo, accionamos el timbre que comunicaba la alarma al resto de hermanas. Pero los ecos de la locura desatada no podían pasar desapercibidos a las monjas de ningún modo, puesto que toda el ala este era una gran caja de resonancia por la que los gritos exasperados discurrían sin control, inundando cada rincón con su agonía.

Así, las cuatro acaloradas hermanas ya asomaban por la escalera corriendo alarmadas por el escándalo desatado, repartiéndose de inmediato por las estancias a petición de Santiago.

Mientras las hermanas se afanaban en calmar a los internos, Santiago llamó a sor Consuelo y me cogió del brazo instándome a que lo siguiera. Yo intuía la dirección que seguíamos. Al final del pasillo, la última puerta, de la única que no brotaba sonido alguno.

Violeta permanecía tumbada y tranquila, con sus brazos extendidos y destapada por completo, en una extraña pose. Yo quise salir y hacer algo por los desdichados, pues para una que permanecía durmiendo apaciblemente no pensé que fuera buena idea que también se despertara uniéndose al caos sonoro por simpatía. Pero Santiago, una vez más, me reclamó a su lado, tan clarividente como siempre. Sacudió a la mujer lo más fuerte que pudo para despertarla, pero su sueño era tan profundo como la muerte. Le fue tomado el pulso, y su corazón parecía latir con enorme suavidad, como si él tampoco quisiera perturbar el sueño de su consorte.

No fuimos capaces de devolverle la conciencia por más zarandeos que le propinamos. Sor Consuelo nos observaba afligida, cubriendo su boca con la mano. Se echó hacia atrás y sin querer, con su espalda accionó la llave de la luz, dejándonos sumidos en la completa oscuridad. Pronto quiso remendar su torpeza, pero Santiago la detuvo con su voz.

Un profundo suspiro brotó del pecho de la paciente. Yo pensé que había sido el último. Pero, maldita sea, mis ojos de nuevo comenzaron a mostrarme falsas percepciones que confundieron aún más mi abotargada conciencia. Mis ojos se llenaron otra vez de retazos de niebla que parecían flotar a nuestro lado hasta ser absorbidos por el pecho de Violeta. Si no fuese por el grito ahogado que se desprendió de la garganta de sor Consuelo y el tropezón estrepitoso de mi amigo Santiago, hubiera pensado que todo era un problema físico de mis pupilas. Pero sus caras de estremecimiento me confiaron el secreto de que estaban siendo partícipes de las mismas percepciones fantasmales que cruzaban ante mí. Entonces, seguro ya de aquellas apariciones de irreal estampa que osaban presentarse en nuestro plano de realidad, fijé mi aterrorizada vista en una de ellas, palpando cada detalle de su estructura incorpórea. No podía hacer otra cosa, pues mi cuerpo era un frío y pesado bloque de mármol incapaz de efectuar cualquier movimiento disuasorio. El cadavérico y espectral rostro fijó sus oscuros agujeros en mi sien durante un segundo de eternidad, tentando sus posibilidades, para después desaparecer de un soplo en el pecho de la durmiente. Entonces, me desmayé.

***


Ilustración: Ferrán Clavero

Todo estaba tranquilo. La luz de las bombillas alumbraba con fuerza todas las estancias, corredores y pasillos. No había que dejar resquicios a la oscuridad. Los enfermos dormían en sus celdas, tranquilizados por la química administrada, y sobre una mesita placían unas humeantes tazas de tila. Los nervios no habían desaparecido y todos esperábamos ansiosos la llegada del amanecer reparador, expectantes y recogidos en nuestras turbias divagaciones.

El sueño perdió la batalla al fin ante el peso del monstruoso acto llevado a cabo durante mi inconsciencia. Mi colega y amigo, vencido por la desesperación, encontró el beneplácito y la complicidad de las hermanas para llevar a cabo su horrible acto. Yo no quería creer que ellas hubieran accedido a plasmar con su silencio lo vivido allí esa noche, y, entre todos, me convencieron para que sellara un pacto de mutismo imperecedero implicándome en el asunto.

Violeta Ballesteros expiró aquella noche víctima de una sobredosis de sedantes, administrada por alguien que pensó que sacrificándola terminaría con el problema. Su cuerpo asesinado desapareció de la cama y jamás supe qué hicieron con él o a dónde lo trasladaron para hacerlo desaparecer. Tampoco quise saberlo.

***

El tiempo cierra las heridas, pero a veces han sido tan profundas que las cicatrices se encargan de recordarnos el dolor sufrido con su omnipresencia.

Han pasado catorce o quince años, no recuerdo bien...

Desconozco si alguien de los que ocupaban aquel desaparecido escenario sobrevive aún. Ni siquiera si el doctor Calderón lo hace. Nuestro contacto fue breve a partir de aquellos días, cada vez más espaciado hasta hacerse inexistente.

Hoy me he reencontrado con las "vendas" que me procuré buscando respuestas desesperadas en los días posteriores a la terrible noche. Las vendas que taparon parcialmente las heridas abiertas de mi conciencia. Y no ha sido por casualidad. Las guardo con cuidado y me las enseño a mí mismo cuando la gran cicatriz que poseo en mi mente me pica y resquema cada año por estas fechas.

Releo los viejos recortes de prensa y brotan los terribles pensamientos que harán que pase un par de noches sufriendo pesadillas. Como cada año.


EL INFORMADOR

Jalisco,... de Julio de.......

"En la institución psiquiátrica Jalisco (en el centro del país) las condiciones en el pabellón de niños son graves. A los niños los dejan acostados sobre un colchón en el piso, algunos de ellos cubiertos de orina y excremento (...). Es común el auto-abuso y la falta de atención médica básica", apuntan los informes.


"Se observaron niños que, por no tener supervisión adecuada, se comían su propio excremento y abusaban de sí mismos, sin que el personal les prestara atención", añade el informe.


"También se reportó que había niños atado de pies a cabeza a una silla de ruedas, lugar donde permanecían casi todo el día. Otros menores permanecían atados a las camas."


DIARIO PÚBLICO

De Guadalajara

"...En varios países, como México y Uruguay, la población recluida en hospitales psiquiátricos ha ido disminuyendo en los últimos años. La mayoría de pacientes son atendidos ahora en centros ambulatorios mientras viven con sus familiares y amigos.


Pero todavía se registran casos de maltrato y no están a la vista pública, tal como el caso de Marian, recluida por más de diez años en una "granja" psiquiátrica mexicana.


Su hermano mayor, que pidió que no se mencionara su nombre por temor a represalias de médicos, declaró a IPS que Marian, quien sufre de esquizofrenia, ha sido violada y maltratada numerosas veces en el lugar en el que se encuentra..."


OCHO COLUMNAS

Guadalajara

"...Según el grupo de Derechos Internacionales para los Incapacitados Mentales (MDRI en inglés) las condiciones en los hospitales psiquiátricos de México están entre las peores del mundo.


Trato inhumano

El organismo, con sede en Washington, realizó una investigación de tres años en el país y concluye que "Hay graves y constantes abusos de los derechos humanos de las personas con discapacidad mental."


Según Robert O., uno de los coautores del documento, "las violaciones son tan extendidas en algunos hospitales que algunos pacientes literalmente son relegados a una condición infrahumana."


El informe del MDRI señala que los hospitales psiquiátricos de los estados de Jalisco e Hidalgo están entre los que peores condiciones ofrecen a sus pacientes."


EL NUEVO SIGLO

Jalisco

"Denuncian violaciones continuadas y malos tratos a las internas en el sanatorio mental de Santa Rosita..."


EL OCCIDENTAL

De Guadalajara

"Jalisco, a ....de Noviembre de....


Un terrible incendio destruye el centro psiquiátrico Santa Rosita causando más de cuarenta muertes.

Según fuentes no confirmadas aún, el origen pudo estar en la quema accidental de un colchón por una colilla. El centro, sospechoso en los últimos meses de ejercer tratos vejatorios a sus pacientes, ha quedado totalmente arrasado y el cuerpo de bomberos de Jalisco se afana en la recuperación e identificación de los cadáveres calcinados. De forma sorpresiva y a falta de una investigación exhaustiva, tan sólo ha sobrevivido a tan dramática experiencia una mujer, paciente del centro aún por identificar, que dado su estado mental..."


Diario LA JORNADA

"... de Enero de ...

Una enferma mental escapa de un centro hospitalario de la capital.

V. Ballesteros, enferma re-acogida, famosa por ser la única superviviente del desastre de la clínica Santa Rosita, cuya destrucción debido a un incendio causó cuarenta y dos muertes, se escapó ayer por la tarde del centro, según nos informó el..."



Javier Fernández Bilbao dice de sí mismo ser un pseudo-escritor aficionado dedicado principalmente al género del terror, fantasía y un poco de ciencia ficción. Abocado a ejercer de manera improvisada este oficio por la falta de obras suficientes del género que colmen sus ansias o expectativas. Cree que él, como muchos, escribe en cierto modo lo que le gustaría leer de otros.

Pero gracias a ello ha convertido esta afición en pasión a la que dedica abundantes horas de su tiempo libre desde hace algo más de dos años. En este periodo ha creado más de cuarenta relatos, unos pocos de micro ficción y otros un poco más largos y elaborados.

Evidentemente, llegó un momento en que quiso "testear" sus capacidades reales publicando pequeños relatos en varias páginas especializadas, y las críticas recibidas generalmente bastante favorables, lo animan a proseguir en este delicioso y frustrante mundo. De manera furtiva se ha presentado también en algún concurso, hasta ahora sin suerte. Por lo tanto, el único aval que posee para presentarse son las aceptables acogidas que ha obtenido con varios relatos. Y dos antologías de cuentos por auto-publicación que resumen su obra como escritor novel.

Utiliza con frecuencia el seudónimo "Rvdo. Henry Kane" para identificar sus escritos, consciente de lo poco "fotogénico" que resulta su nombre y apellidos para figurar bajo ellos. Y puestos a elegir un nombre, utiliza éste que pertenece a un personaje de ficción extraido del cine, que siempre lo fascinó, porque retrata a un pastor que lleva a la perdición a sus seguidores con sus discursos apocalípticos, y él lo encontró atractivo para asemejarlo a sus intenciones literarias.


Este cuento se vincula temáticamente con LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, de Edgar Allan Poe (174), EL MURO, de Francisco Ruiz Fernández (144), ERRANTE, de Héctor Álvarez Sánchez (00) y EL MAYOR PODER, de Guillermo Rothsche (112)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento: Fantástico : Fantasía : Terror : Criaturas abominables : España : Español).

            

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