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11/Jul/08



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¿Google está volviéndonos estúpidos?

Lo que Internet le está haciendo a nuestros cerebros - Un artículo de Nicholas Carr

"Dave, detente. Detente, ¿quieres? Detente, Dave. ¿Vas a detenerte, Dave?"

Así le suplica la súper computadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una famosa y extrañamente conmovedora escena hacia el final de 2001: Una Odisea Espacial, de Stanley Kubrick. Bowman, después de casi haber sido enviado a la muerte en el espacio interplanetario por esa computadora que no funcionaba bien, está desconectando fría y calmadamente los circuitos de memoria que controlan su cerebro artificial. "Dave, mi mente se va", dice HAL con tristeza. "Puedo sentirlo. Puedo sentirlo".

Yo puedo sentirlo, también. A lo largo de los pasados años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugando con mi cerebro, rediseñando el cableado nervioso, re-programando mi memoria. Mi mente no se va -hasta donde puedo saber- pero está cambiando. No estoy pensando como solía hacerlo. Puedo sentirlo con más fuerza cuando estoy leyendo. Sumergirme en un libro o un artículo largo solía ser fácil. Mi mente quedaba atrapada en el argumento, en sus giros, y me pasaba horas paseando a través de largos trechos de prosa. Ya no es el caso. Ahora mi concentración a menudo empieza a derivar después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, empiezo a buscar otra cosa que hacer. Siento que siempre estoy arrastrando a mi inconstante cerebro de regreso al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en una batalla.

Creo que sé lo que está ocurriendo. Durante más de una década hasta hoy, me he pasado mucho tiempo en línea, buscando y navegando, y a veces sumando a las grandes bases de datos de Internet. La Web ha sido un regalo del cielo para mí como escritor. La investigación que en un tiempo requería días entre las pilas de periódicos, en las salas de las bibliotecas, ahora puede hacerse en minutos. Algunas búsquedas con Google, algunos clics rápidos en los enlaces, y he conseguido el hecho delator o la cita significativa que buscaba. Incluso cuando no estoy trabajando, es probable que no esté rebuscando en la espesura de información de la Web: leo y escribo correo electrónico, repaso titulares y mensajes de blog, miro vídeos y escucho podcasts, o simplemente voy de enlace a enlace. (A diferencia de las notas al pie de página, a las que a veces se enlazan, los hipervínculos no apuntan simplemente a obras relacionadas; lo propulsan hacia ellas.)

Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto para la mayor parte de la información que fluye a través de mis ojos y oídos hacia mi mente. Las ventajas de tener un acceso inmediato a una cantidad tan increíblemente rica de información son muchas, y han sido descritas ampliamente y debidamente aplaudidas. "La perfecta convocatoria de la memoria de silicio puede ser un enorme beneficio al pensamiento", escribió Clive Thompson de Wired. Pero ese beneficio tiene un alto precio. Como el teórico de medios de comunicación Marshall McLuhan señaló en los '60, los medios de comunicación no son exactamente canales pasivos de información. Proporcionan cosas al pensamiento, pero también dan forma al proceso de pensar. Y lo que la Red parece estar haciendo es astillar mi capacidad de concentración y meditación. Ahora mi mente espera tomar la información de la manera en que la Red la distribuye: en una corriente rápida de partículas. Alguna vez fui un buzo en el mar de las palabras. Ahora me deslizo a lo largo de la superficie como un chico sobre un jet-esquí.

No soy el único. Cuando menciono mis problemas con la lectura a amigos y conocidos -tipos de letras, la mayoría- muchos dicen que tienen experiencias similares. Cuanto más usan la Web, más tienen que esforzarse por permanecer concentrados en escritos largos. Algunos de los bloggers a quienes sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, que escribe un blog sobre medios de comunicación en línea, recientemente confesó que ya había dejado de leer libros. "Era un literario importante en la universidad, y solía ser un voraz lector de libros", escribió. "¿Qué ocurrió?" Especula sobre la respuesta: "¿Qué sucede si hago todas mis lecturas en la Red, no tanto porque la manera en que leo haya cambiado, -por ejemplo, sólo busco la conveniencia-, sino porque mi manera de PENSAR haya cambiado?"

Bruce Friedman, que alimenta su blog con regularidad sobre el uso de las computadoras en medicina, también ha descrito cómo la Internet ha modificado sus hábitos mentales. "Sé que casi he perdido totalmente la capacidad de leer y absorber un artículo bastante largo en la Red o impreso", escribió este año. Friedman, un patólogo que ha estado mucho tiempo en el cuerpo docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, amplió su comentario en una conversación telefónica conmigo. Su pensamiento, dijo, ha adquirido una cualidad de "staccato", refleja así la manera en que revisa rápidamente cortos pasajes de texto de muchas fuentes en línea. "Ya no puedo leer La guerra y la Paz", admitió. "He perdido la capacidad de hacerlo. Incluso un mensaje de blog de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para mí. Lo leo por encima".

Las anécdotas solas no demuestran mucho. Y todavía aguardamos experimentos neurológicos y psicológicos a largo plazo que proveerán una imagen definitiva de cómo el uso de la Internet afecta la cognición. Pero un estudio recientemente publicado sobre los hábitos de investigación en línea, conducido por eruditos del University College London, sugiere que bien podemos estar en medio de un cambio de mar en la manera en que leemos y pensamos. Como parte del programa de investigación de cinco años, los eruditos examinaron los ingresos de computadora y documentaron el comportamiento de los visitantes a dos populares sitios de investigación, uno operado por la Biblioteca Británica y el otro por un consorcio educativo del Reino Unido, que proveen acceso a artículos de revistas, e-libros, y otras fuentes de información escrita. Descubrieron que las personas que usaban los sitios mostraban "una forma de actividad de leer por encima", saltando de una fuente a otra, y que rara vez regresaban a una fuente que ya habían visitado. Típicamente, no leían más de una o dos páginas de un artículo o libro antes de "saltar" a otro sitio. A veces guardaban un artículo largo, pero no hay evidencias de que alguna vez volvieran y realmente lo leyeran. Los autores del informe de estudio informan:

Está claro que los usuarios no están leyendo en línea en el sentido tradicional; efectivamente hay signos de que están surgiendo nuevas formas de "lectura" a medida que los usuarios "navegan" horizontalmente a través de títulos, páginas de contenido y resúmenes buscando rápidas respuestas. Casi parece que se conectan para evitar la lectura en el sentido tradicional.

Gracias a la omnipresencia del texto en la Internet, para no mencionar la popularidad del mensaje de texto en los teléfonos celulares, bien podríamos estar leyendo más hoy que en los '70 o los '80, cuando la televisión era nuestro medio preferido. Pero es un tipo diferente de lectura, y por detrás, un tipo diferente de pensamiento -quizás incluso un nuevo sentido de identidad. "No sólo somos lo que leemos", dice Maryanne Wolf, psicóloga de desarrollo en la Tufts University y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. "Somos como leemos". Wolf se preocupa porque el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que pone "eficiencia" e "inmediatez" por encima de todo lo demás, pueda estar debilitando nuestra capacidad para esa clase de lectura profunda que apareció cuando una anterior tecnología, la imprenta, hizo de las largas y complejas obras en prosa un lugar común. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a volvernos "simples descodificadores de información". Nuestra habilidad de interpretar el texto, hacer ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos profundamente y sin distracción, permanece en gran parte desconectada.

La lectura, explica Wolf, no es una destreza instintiva para los humanos. No viene grabada en nuestros genes como la palabra. Tenemos que enseñar a nuestra mente cómo traducir los caracteres simbólicos que vemos en un lenguaje que comprendamos. Y los medios de comunicación y otras tecnologías que usamos para aprender y practicar el arte de la lectura juegan un importante papel en la formación de los circuitos nerviosos dentro del cerebro. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas, como los chinos, desarrollan un cableado mental para la lectura que es muy diferente del que se encuentra en los que emplean un alfabeto como lenguaje escrito. Las diferencias se extienden a través de muchas regiones del cerebro, incluso aquellas que gobiernan funciones cognitivas esenciales, como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Podemos esperar también que el cableado instalado por el uso de la Red será diferente del instalado por la lectura de libros y otras obras impresas.

Una vez, en 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir -una Malling-Hansen Writing Ball, para ser preciso. Su vista estaba fallando, y mantener los ojos enfocados en una página era agotador y doloroso, a menudo le provocaba dolores de cabeza. Había sido forzado a reducir sus escritos, y temía que pronto tendría que abandonarlos. La máquina de escribir lo rescató, al menos por un tiempo. Cuando logró dominar las teclas, pudo escribir con los ojos cerrados, usando sólo las puntas de los dedos. Las palabras podían fluir una vez más desde su mente hasta la página.

Pero la máquina tenía un efecto más sutil en su trabajo. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, notó un cambio en su estilo. Su prosa ya seca se había vuelto aun más tensa, más telegráfica. "Quizás a través de este instrumento usted incluso se haya aficionado a una nueva expresión", escribió ese amigo en una carta, señalando que, en su propio trabajo, sus "ideas" en la música y la lengua a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel".

"Usted tiene razón", respondió Nietzsche, "nuestro equipo de escribir toma parte en la formación de nuestras ideas". Al vaivén de la máquina, escribe Friedrich A. Kittler, erudito alemán en medios de comunicación, la prosa de Nietzsche "cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, de retórica a estilo telegrama".

El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, las densas conexiones entre los 100 mil millones de neuronas dentro del cráneo, estaba fijo en gran parte para cuando llegamos a la adultez. Pero los investigadores del cerebro han descubierto que no es así. James Olds, profesor de neurociencias que dirige el Krasnow Institute for Advanced Study en la Universidad George Mason, dice que incluso la mente adulta "es muy plástica". Las células nerviosas rompen las conexiones viejas con regularidad y forman otras nuevas. Según Olds, "el cerebro tiene la capacidad de re-programarse en vuelo, alterando su manera de funcionar".

Cuando usamos lo que el sociólogo Daniel Bell llamara nuestras "tecnologías intelectuales" -las herramientas que extienden nuestra capacidad mental más que la física- inevitablemente empezamos a adoptar las cualidades de esas tecnologías. El reloj mecánico, que se hizo de uso común en el siglo XIV, provee un ejemplo convincente. En Technics and Civilization, el historiador y crítico cultural Lewis Mumford describió cómo el reloj "disoció el tiempo de los eventos humanos y ayudó crear la fe en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables." El "marco abstracto del tiempo dividido" se convirtió en "el punto de la referencia para la acción y el pensamiento".

El metódico tic-tac del reloj ayudó a dar a luz a la mente científica y al hombre científico. Pero también se llevó algo. Como el fallecido científico de computadora del MIT, Joseph Weizenbaum, observó en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgement to Calculation, la concepción del mundo que emerge del uso extendido de instrumentos con cronómetros "es una versión empobrecida de la anterior, ya que se apoya en el rechazo de esas experiencias directas que constituían la base -efectivamente- de la vieja realidad". Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarnos, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y empezamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptarnos a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en el cambio de las metáforas que usamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, las personas empezaron a pensar que su cerebro operaba "como un reloj". Hoy, en la era del software, llegamos a pensar que funciona "como una computadora". Pero los cambios están a una profundidad mayor que la metáfora, nos dice la neurociencia. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre en un nivel biológico.

La Internet promete tener efectos particularmente trascendentales sobre la cognición. En un trabajo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing probó que una computadora digital, que en su tiempo sólo existía como una máquina teórica, podía ser programada para efectuar la función de cualquier otro dispositivo de procesamiento de información. Y lo estamos viendo hoy. La Internet, un inconmensurable y poderoso sistema de computadora, está subsumiendo la mayor parte de las otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, y nuestra radio y TV.

Cuando la Red absorbe un medio, ese medio es recreado a la imagen de la Red. Inyecta el contenido del medio con hipervínculos, parpadea anuncios y otras baratijas digitales, y rodea el contenido con el contenido de todos los otros medios de comunicación que ha absorbido. Por ejemplo, un nuevo mensaje de correo electrónico puede anunciarse mientras estamos echando un vistazo a los recientes titulares en el sitio de un periódico. El resultado es que dispersa nuestra atención y vuelve difusa nuestra concentración.

La influencia de la Red no termina en los bordes de una pantalla de computadora, tampoco. Cuando la mente de la gente se sintoniza con la loca colcha de retazos de los medios de comunicación en Internet los medios de comunicación tradicionales tienen que adaptarse a las nuevas expectativas del público. Los programas de televisión añaden textos que gatean y anuncios emergentes, y las revistas y periódicos acortan sus artículos, presentan resúmenes, y atestan sus páginas con fragmentos de información fáciles de encontrar. Cuando en marzo de este año, The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera página de cada edición a resúmenes de artículos, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que los "atajos" les darían a los lectores con prisa una rápida "probada" de las noticias del día, y les ahorraría el método "menos eficiente" de pasar las páginas y leer los artículos. Los viejos medios de comunicación tienen pocas alternativas, sólo jugar por las nuevas reglas de los medios de comunicación.

Nunca en nuestras vidas un sistema de comunicación ha jugado tantos roles -o ejercido una influencia tan amplia sobre nuestro pensamiento- como la Internet de hoy. Sin embargo, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, hubo poca consideración de cómo, exactamente, nos está re-programando. La ética intelectual de la Red permanece a oscuras.

Más o menos en la misma época cuando Nietzsche empezaba a usar su máquina de escribir, un joven formal llamado Frederick Winslow Taylor llevó un cronómetro a la planta de acero Midvale en Filadelfia y empezó una histórica serie de experimentos que apuntaban a mejorar la eficiencia de los maquinistas de la planta. Con la aprobación de los propietarios de Midvale, reclutó a un grupo de obreros de la fábrica, los puso a trabajar en varias máquinas, y registró y midió la duración de cada movimiento, y de las operaciones en las máquinas. Desarmó cada trabajo en una secuencia de pasos pequeños discontinuos y luego probó diferentes maneras de llevar a cabo cada uno. Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas -un "algoritmo", podríamos decir hoy- que cada trabajador debía seguir. Los empleados de Midvale se quejaron por el nuevo régimen estricto, y afirmaban que los convertía en poco más que unos autómatas, pero la productividad de la fábrica creció.

Más de cien años después de la invención de la máquina a vapor, la Revolución Industrial por fin encontró su filosofía y a su filósofo. La estricta coreografía industrial de Taylor -su "sistema", como le gustaba llamarlo- fue adoptada por los fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Buscando máxima velocidad, máxima eficiencia y máximo producto, los propietarios de fábricas usaron estudios de tiempo-y-movimiento para organizar el trabajo y diseñar el quehacer de sus trabajadores. El objetivo, como Taylor lo definió en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management, era identificar y adoptar, para cada tarea, el "mejor método" de trabajo, y por lo tanto llevar a cabo "la gradual sustitución de la ciencia para regular a través de todas las artes mecánicas". Taylor les aseguró a sus seguidores que cuando su sistema fuera aplicado a todos los actos de trabajo manual, provocaría una reestructuración no sólo de la industria sino también de la sociedad, creando una utopía de perfecta eficiencia. "En el pasado, el hombre estuvo primero", declaró; "en el futuro el sistema debe estar primero".

El sistema de Taylor todavía está con nosotros; permanece en la ética de la fabricación industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que ejercen en nuestras vidas intelectuales los ingenieros en sistemas y codificadores de software, la ética de Taylor también está empezando a gobernar el reino de la mente. La Internet es una computadora diseñada para una eficiente y automática recolección, transmisión y manipulación de la información, y sus legiones de programadores están decididas a encontrar "un mejor método" -el algoritmo perfecto- para llevar cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como "trabajo de conocimiento".

Las oficinas centrales de Google, en Mountain View, California -el Googleplex- es la iglesia suprema de la Internet, y la religión practicada dentro de sus paredes es el Taylorismo. Eric Schmidt, presidente ejecutivo, dice que Google es "una compañía fundada alrededor de la ciencia de la medición", y que se que esfuerza por "sistematizar todo" lo que hace. Apoyada en los terabytes de datos conductuales que recoge a través de su buscador y otros sitios, lleva a cabo miles de experimentos por día, según el Harvard Business Review, y utiliza los resultados para ajustar los algoritmos que controlan cada vez más el modo en que las personas encuentran la información y extraen su significado. Lo que Taylor hizo con el trabajo manual, Google lo hace con el trabajo mental.

La compañía ha declarado que su misión es "organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil". Busca desarrollar "el buscador perfecto", que define como algo que "comprende exactamente lo que usted quiere decir y le devuelve exactamente lo que usted quiere". En la opinión de Google, la información es una especie de mercancía, un recurso utilitario que puede ser extraído y procesado con eficiencia industrial. Cuantas más piezas de información podamos "acceder" y cuanto más rápido podamos extraer su esencia, más productivos nos volvemos como pensadores.

¿Dónde termina esto? Sergey Brin y Larry Page, los jóvenes talentosos que fundaron Google mientras buscaban títulos doctorales en ciencia informática en Stanford, hablan frecuentemente de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una computadora al estilo HAL que pueda estar conectada directamente a nuestro cerebro. "El buscador final es algo tan inteligente como una persona -o más inteligente", dijo Page en un discurso hace algunos años. "Para nosotros, trabajar en búsqueda es una manera de trabajar en inteligencia artificial". En una entrevista de 2004 con Newsweek, Brin dijo, "Indudablemente, si tuviera toda la información del mundo directamente pegada al cerebro, o un cerebro artificial que fuera más inteligente que el suyo, estaría mucho mejor". El año pasado, Page le dijo a una convención de científicos que Google estaba "realmente tratando de construir inteligencia artificial y a gran escala".

Una ambición así es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con inmensas cantidades de efectivo a su disposición y una pequeña legión de científicos de computadora trabajando para ellos. Como empresa fundamentalmente científica, Google está motivada por el deseo de usar la tecnología, según palabras de Eric Schmidt, "para solucionar los problemas que nunca fueron resueltos antes", y la inteligencia artificial es el problema más difícil. ¿Por qué no querrían Brin y Page ser los que lo logren?

Sin embargo, su fácil suposición de que todos "estaríamos mucho mejor" si nuestros cerebros fueran complementados, o aun reemplazados, por una inteligencia artificial es inquietante. Sugiere la creencia de que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discontinuos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo Google, el mundo donde entramos cuando nos conectamos, hay poco lugar para eso borroso que es la contemplación. La ambigüedad no es una apertura a la penetración sino un defecto a ser arreglado. El cerebro humano es una computadora anticuada que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande.

La idea de que nuestra mente debería operar como una computadora de procesamiento de datos de alta velocidad no sólo se basa en el funcionamiento de la Internet, es también el modelo de empresa que reina en la Red. Cuanto más rápido navegamos a través de la Web -cuantos más enlaces pinchemos y páginas veamos- más oportunidades ganan Google y otras compañías de recoger información sobre nosotros y de alimentarnos con anuncios. La mayoría de los propietarios en la Internet comercial tienen interés financiero de recoger las migajas de datos que dejamos atrás mientras revoloteamos de enlace a enlace -cuantas más migajas, mejor. Lo último que estas compañías quieren es apoyar la lectura ociosa, o el pensamiento lento y concentrado. Es de su interés económico llevarnos a la distracción.

Tal vez me preocupo demasiado. Tal como hay una tendencia a glorificar el progreso tecnológico, hay una contra-tendencia a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Phaedrus de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que las personas confiaran en la palabra escrita como un sustituto del conocimiento que solían llevar dentro de su cabeza, en las palabras de uno de los personajes del diálogo, "dejarían de ejercitar su memoria y se volverían olvidadizas". Y porque podrían "recibir una cantidad de información sin la correcta instrucción", "se creerían muy entendidos cuando son en su mayor parte muy ignorantes". Estarían "llenos de la presunción de la sabiduría en lugar de la real sabiduría". Sócrates no estaba equivocado -la nueva tecnología a menudo tuvo los efectos que temía- pero era miope. No podía prever las muchas maneras en que escribir y leer servirían para difundir la información, estimular nuevas ideas y ampliar el conocimiento humano (y su sabiduría).

La llegada de la imprenta de Gutenberg, en el siglo XV, instaló otra ronda de dientes rechinantes. Al italiano humanista Hieronimo Squarciafico le preocupaba que la fácil disponibilidad de libros condujera a la pereza intelectual, volviendo a los hombres "menos estudiosos" y debilitando sus mentes. Otros argumentaron que los libros impresos baratos y los periódicos socavarían la autoridad religiosa, degradaría el trabajo de eruditos y escribas, y difundiría la sedición y el libertinaje. Como señala Clay Shirky, profesor en la New York University, "La mayoría de los argumentos contra la imprenta eran correctos, incluso proféticos". Pero, otra vez, los fatalistas fueron incapaces de imaginar las innumerables bendiciones que traería la palabra impresa.

Entonces, sí, usted debe ser escéptico acerca de mi escepticismo. Quizás los que desechan las críticas a la Internet como Luditas o nostálgicos tengan razón, y de nuestras mentes hiperactivas y alimentada con datos surgirá una era dorada de descubrimientos intelectuales y sabiduría universal. Entonces, otra vez, la Red no es el alfabeto, y aunque puede reemplazar a la imprenta, produce algo totalmente diferente. Esa clase de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por los conocimientos que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras ponen dentro de nuestra propia mente. En los tranquilos espacios abiertos por la lectura sostenida y sin distracciones de un libro, o por cualquier otro acto de contemplación, para el caso, hacemos nuestras propias asociaciones, diseñamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como argumenta Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo.

Si perdemos esos espacios tranquilos, o los llenamos de "contenido", sacrificaremos algo importante no sólo en nuestra identidad sino también en nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió elocuentemente lo que está en peligro:

Vengo de una tradición de cultura occidental, donde el modelo de perfección (mi modelo de perfección) era la estructura compleja, densa, con aspecto de "catedral" de una personalidad altamente educada y articulada -un hombre o una mujer que llevaban dentro una versión personalmente construida y única de toda la herencia de Occidente. [Pero ahora] veo entre nosotros (yo incluido) el reemplazo de la compleja densidad interior por un nuevo tipo de identidad -que se desarrolla bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo "disponible al instante".

Mientras somos drenados de nuestro "repertorio interior de densa herencia cultural", concluía Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en "gente panqué -delgada y extendida en ancho mientras nos conectamos con esa vasta red de información a la que accedemos con la simple presión de un botón".

Me siento acosado por esa escena en 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan rara, es la respuesta emocional de la computadora ante el desmontaje de su mente: su desesperación mientras se apaga un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta -"Puedo sentirlo. Puedo sentirlo. Tengo miedo"- y su reversión final a lo que sólo puede ser llamado un estado de inocencia. La explosión de sentimientos de HAL contrasta con la falta de emociones que caracteriza a las figuras humanas en la película, que continúan sus asuntos con una eficiencia casi robótica. Sus pensamientos y acciones se sienten preparados de antemano, como si estuvieran siguiendo los pasos de un algoritmo. En el mundo de 2001, la gente se ha vuelto tan máquina que el personaje más humano resulta ser una máquina. Ésa es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: a medida que dependamos de las computadoras para mediar nuestro conocimiento del mundo, nuestra propia inteligencia se aplanará en una inteligencia artificial.

Fuente: The Atlantic. Aportado por Graciela Lorenzo Tillard

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Artículo original (inglés)
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