LOBO

Carlos Almira Picazo

España

Yo era feliz matando y robando. Lo que para unos está bien para otros está mal. Yo era un lobo, y por lo tanto obedecía a mi naturaleza.

El territorio de mi manada era amplio pero preciso: los bosques que los seres humanos han respetado en los alrededores de Londres para la caza del zorro. La vanidad y la arrogancia de esos seres les ha hecho concebir nuestro bosque como su parque, pero la culpa es nuestra. Nuestros antepasados cometieron el error de no exterminarlos.

A veces, ahítos, nos arrastrábamos al anochecer hasta los bordes de su ciudad, con una mezcla de curiosidad y odio. Un río envenenado la cruza entre vapores de azufre y cloacas. Apenas podíamos resistir unos minutos allí.

El ser humano desprende un olor dulzón, inconfundible. Su voracidad nos condenaba a sobrevivir a base de ratones y pájaros. Pero en invierno, cuando todo se cubre de nieve, el hambre nos empujaba hasta las granjas desperdigadas en los límites del bosque. Allí nos dividíamos en dos grupos: uno se aventuraba hasta las calles de la aldea y, mientras era perseguido, el otro asaltaba los corrales y los establos indefensos.

Yo era feliz pese al frío, los copos de nieve, el vacío vertiginoso del estómago; era libre y respetado por mi fuerza: las carreras a campo abierto, los chapuzones en los arroyos helados para despistar a los perros, el aire glacial, me hacían feliz. Cuando contemplaba las ventanas amarillas, no más grandes que madrigueras, o el humo de los techos apelmazados bajo las estrellas, no podía sino sentir compasión.

Tal vez, pensaba, no todo esté perdido aún. Y me entregaba a mis fantasías: por ejemplo, calculaba cuántos seres humanos tendríamos que matar cada uno para exterminarlos a todos en un año, me perdía en ensoñaciones; me imaginaba recorriendo sus calles desiertas, reducidas a escombros. Mi hermano mayor, adivinando mis pensamientos, objetaba:

—Los seres humanos no necesitan nuestra ayuda para matarse unos a otros.

—¡Pero yo...!

Callaba, hambriento y helado, al fondo de mi guarida.

Pero un día, en medio del invierno más riguroso, los aldeanos nos tendieron una emboscada y mi hermano mayor fue muerto de un disparo, atropellado por caballos y despedazado por los perros. Los demás, a duras penas conseguimos huir. El hielo y la nieve que nos habían empujado a aquella trampa impidieron el paso al bosque a nuestros perseguidores.

Durante muchos días, y sobre todo noches, y aún hoy, escucho las cacerolas, los ladridos, los disparos y los cuernos de caza; veo como en una pesadilla el interminable llano nevado, bruñido por el pálido destello de las lámparas; y me acurruco, furioso, siempre acorralado por el recuerdo.

Mi hermano mayor era el jefe de la manada y pasó a poblar nuestros aullidos.

Ese mismo día decidí vengarlo. Decidí matar sin hambre, contraviniendo la regla más sagrada y ancestral de los lobos. Decidí destruir la vida que nos había traído la muerte, sin más distinciones que la oportunidad y la fuerza. E incluso esto no me arredró a la hora de saltar al cuello de hombres armados cuyo estupor redoblaba mi rabia y mi felicidad.

Encontraba su sangre dulce, nauseabunda, como su olor. Jamás probé aquella carne maldita, no ya por hambre, ni siquiera por curiosidad. ¡Y estos son los dueños de la Tierra!, pensaba. De paso, también aniquilaba a sus perros y a sus caballos. Nunca comprenderé cómo seres dignos, animales como nosotros, han podido caer en semejante servidumbre. Tal vez los humanos primitivos que los emplearon fueran diferentes, en todo caso no era asunto mío. Mi fanatismo no admitía matices ni escrúpulos. Mi vida había cobrado un sentido nuevo.

Al principio encontré eco y simpatía en mi manada. Poco a poco nos adueñamos de los caminos y los claros, de los pasos y los barrancos. En cuanto olfateábamos al humano nos disponíamos en un círculo invisible, y esperábamos inmóviles durante horas, procurando que el viento no delatase nuestra presencia. De pronto, nos cerrábamos como un cepo mortífero. El desdichado, en tierra, se revolvía como un pingajo sin la más mínima posibilidad de escapar, atacado por todas partes a la vez. Aunque repito, nunca nos lo comíamos, nos ensañábamos con el cadáver destrozándolo a dentelladas, hasta dejarlo irreconocible. Los cuervos, las cornejas y otras alimañas limpiaban el resto. En ocasiones el humano, llevado sin duda por un ángel, cambiaba de rumbo.

Pero a mis compañeros empezó a cansarles aquel perseguir y matar sin premio. La venganza que en mí se había convertido en una segunda naturaleza comenzó a entibiarse en ellos, y a tornarse absurda. Yo ya no pensaba en mi hermano asesinado, mataba por deporte y placer. Y la manada decidió poner término a aquellas correrías que, además, provocaron la reacción brutal de los humanos, con batidas cada vez mayores y continuas del bosque, cada vez más peligrosas, de las que escapábamos a duras penas, de milagro. No obstante los convencí de que me acompañaran una última vez.

La primavera retrocedía en los bordes resecos del brezal, fuera de las lagunas y las umbrías. Un carro cargado de toneles apareció de pronto en un recodo del camino real de Londres. Nos dispusimos como siempre, alrededor, ocultos a contraviento.

De súbito, los toneles y la lona que los cubría rodaron al suelo y una patrulla de cinco o seis aldeanos armados con escopetas se abalanzó contra nosotros.

Sorprendidos, cuando quisimos huir advertimos que el bosque hervía de cazadores. Dos hermanos más cayeron abatidos por disparos. Yo salté contra los caballos, que se encabritaron arrojando a tierra el carro con sus ocupantes.

Una vez allí, me revolví sobre ellos antes de que pudieran recobrarse. Logré matar, creo, a dos, pero entonces algo frío y afilado me rozó el cuello y comencé a sangrar. Mordí la mano que me había herido y el cuchillo rodó, resonante, contra las piedras. De haber imaginado lo que me iba a ocurrir me hubiera dejado matar allí mismo.

El humano, al defenderse, me aferró del cuello y, en el forcejeo, nuestras sangres se mezclaron.

Entonces huí. No recuerdo cómo logré romper el cerco. Corrí, corrí durante un tiempo interminable, salpicando de sangre el bosque, con la partida cada vez más cerca a mis espaldas. Crucé un arroyo y, al cabo, encontré un tronco hueco lo suficientemente grande, al fondo de un barranco.

Huía asqueado.

¡Sangre humana!

Dormí profundamente, sin sueños.

Cuando desperté era otra vez de noche, mejor dicho, estaba anocheciendo. Me sentía tan débil que, a pesar de estar a salvo, decidí esperar en mi escondrijo.

Retrocedí mentalmente hasta la víspera. La luna comenzaba a asomar entre los renuevos. ¿Cuántos compañeros habían muerto? ¡Qué estúpidos habíamos sido! Pero media docena de humanos no volverían a respirar. La herida del cuello había empezado a cicatrizar, cauterizada por el barro y las hojas, y me escocía. No podía dormirme, así que me sumergí en los ruidos y los olores del bosque.

De súbito noté que me volvía insensible a los olores. A cambio, percibía las formas y los colores de otra manera, como si pudiese leerlos por primera vez. ¡Tenían significados caprichosos, arbitrarios! También los sonidos empezaron a resbalar fuera de mi conciencia, desamparándome. El bosque me expulsaba hacia mi interior, iluminado ahora repentinamente con una luz insoportable.

Después he sufrido muchas veces la misma metamorfosis en los dos sentidos, pero nunca con la misma intensidad. Como si todos mis órganos estallaran a la vez, me estremecí con una sacudida que me arrojó fuera del árbol, en una explosión.

Todo lo que había sido mío hasta ese momento se alejó para siempre.

Aullé y vomité palabras humanas. De pronto yo era alto, incierto, orgulloso. Y eché a correr decidido a arrojarme al primer barranco que encontrara.

¡Yo sería el último humano que mataría!

La luna llena rozaba los bordes del cielo velado. Corrí gritando: cada golpe me extasiaba, cada rasguño me producía placer.

Entretanto mi cabeza (¿mía?) trajinaba con aquellas palabras que matan las cosas. Supe que había sido un lobo por primera vez, mi existencia flotaba y se hundía ante mí como un juguete entre las olas. Pensé, asqueado, que todo estaba muerto, pues existía yo y era su enemigo.

Ya no me salían aullidos sino palabras.

Entonces se apoderó de mí una insensata alegría: ¡vivía! Un deseo de vivir y un terror a perecer como nunca había experimentado antes me esclavizaron desde ese momento. Incapaz de gozar el instante, quise apoderarme desde entonces de la Eternidad. ¡Aunque fuera aniquilándolo todo!

¿Tal era la condición humana?

El miedo me volvía valiente. El embotamiento de mis sentidos, acorchados tras las ideas y las palabras, me hacía insaciable. ¿A dónde ir?

Me detuve en seco. En la oscuridad de la arboleda había oído algo que se acercaba. Sin saber cómo, llegué a un camino alejándome de aquel rumor siniestro, y me topé con un hombre muerto, torcido como un muñeco boca abajo, al que los pájaros habían empezado a devorar.

Sin pensarlo dos veces, me vestí con sus ropas. En los bolsillos de su chaleco encontré un pasaporte, un reloj, y calderilla. Me calcé sus botas enormes y guardé su cuchillo, basto y mellado. A continuación arrastré el cuerpo hasta una grieta cubierta de matorrales, fuera del camino, y borré las huellas.

Aquello era obra de mis hermanos. Las dentelladas (no había apenas otras señales de lucha) aún estaban frescas.

Me dirigí al bosque.

No llevaba recorridos dos o tres kilómetros cuando empezó a insinuarse el amanecer. Entonces, en un paraje que conozco bien, me vi de pronto rodeado por mis antiguos compañeros. Faltaban tres, tal vez cuatro. Me sorprendí esgrimiendo torpemente el cuchillo.

Aunque ya no era uno de ellos, sin embargo, me reconocieron al instante. Desconcertados, se acercaron, sin apartar la vista del cuchillo.

El nuevo jefe, mi sustituto, aulló. No podía quedarme allí. ¿Cómo podía haberlo considerado siquiera? Yo ya no era el que fui. Sus ojos fijos en el cuchillo lo proclamaban.

Vacilé un segundo, dos. En mi interior luchaban el cariño y el miedo. Los reconocí uno por uno y, no sin recelo, sin soltar el cuchillo, les di la espalda.

En ese momento uno de mis hermanos saltó sobre mí, obligándome a revolverme y a repelerlo. Los demás, perplejos, corrieron dispuestos también a abalanzarse, pero tras un momento de indecisión se volvieron y desaparecieron a toda prisa.

Me alejé despacio en dirección a la ciudad.


El arrabal donde encontré alojamiento ocupaba un despoblado en un recodo del Támesis. Durante el día se quedaba desierto: hombres, mujeres y niños desaparecían tragados por las fábricas, las naves y las minas de carbón. Yo pasé los primeros días de mi nueva existencia encerrado en mi cuchitril, tumbado boca arriba mirando el techo. Sólo salía al anochecer, según mi antigua costumbre de lobo. Comía una vez al día y eludía el trato con los humanos.

Precisamente al anochecer el suburbio se animaba algo con las canciones de los borrachos, las voces de los vendedores y los gritos de las putas.

Incapaz de soportarlo, me escurría hacia las callejuelas del centro, cruzando al trote el puente de Picadilly. Vagaba entre los ladridos furiosos de los perros y las miradas de la gente.

Comprendí enseguida la importancia del aspecto. Al cabo de una semana aquella vida se me había hecho insoportable. Una noche, cerca del Circus Teatro, vi a un hombre que se alejaba solo, algo ebrio, probablemente en busca de un coche. Era una de esas noches suaves de verano que tanto me gustaban en el bosque. Lo seguí.

Tras cerciorarme de que nadie nos veía, lo maté y me vestí con sus ropas.

Al día siguiente vendí el reloj y la cadena de oro en el mismo arrabal y me mudé a una pensión cerca del monumento a Nelson. En los periódicos, en las tabernas, no se hablaba de otra cosa que de aquel extraño crimen.

El hombre había muerdo de una dentellada en el cuello, como si lo hubiera atacado un perro rabioso. Sin embargo, estaba desnudo y le habían robado hasta los zapatos. ¿Qué clase de monstruo, producto de la sociedad moderna, podía hacer aquello? Bla, bla, bla...

Yo bebía (había descubierto que el alcohol me sosegaba), y escuchaba. A mi alrededor pululaba la multitud como al borde de un precipicio. Asqueado, pagaba y salía a respirar un poco de fresco. A veces me llevaba un periódico olvidado.

Algunas noches dormía en el parque, me despertaba el traqueteo de un coche, alguien que iba o que venía de un encuentro clandestino, o la voz de algún borracho. Por lo general prefería dormir durante el día. En aquellas horas muertas, entre sueño y sueño, probé todos los placeres de los humanos: el tabaco me ahogaba; la comida me producía ardores y preferí conservar mi costumbre de una sola comida al anochecer a base de carne cruda; las mujeres me aburrían, insípidas o cargantes; los periódicos y los libros que empecé a sacar de la Biblioteca para distraerme me dejaban indiferente con sus noticias de otros mundos.

Por el contrario, comprobé que si cerraba los ojos, con la luz apagada y los batientes echados, podía oír y olfatear casi como cuando era lobo. El mundo recobraba, aunque fuera pálidamente, su antigua intensidad. Sobre todo me gustaba vagar, a ser posible al trote, por los parques donde provocaba el sobresalto inmediato de los perros, el repentino silencio de los pájaros, la curiosidad recelosa de los humanos. Ni por una vez se me ocurrió trabajar o mendigar, ¿no es lo mismo en el fondo?

Londres es un enorme corral, ¿para qué pedir lo que se puede coger?

Una noche, cuando volvía por el dédalo de callejuelas del West End, cerca del edificio nuevo de la Bolsa, vi aparecer de pronto la luna entre los tejados. El resonar de mis pasos cesó en las calles desiertas. ¡Era la misma luna llena bajo la cual me había transformado en humano!

Inmediatamente me coloqué en el centro de la calle más ancha que vi, muy cerca del río que exhalaba sus habituales vapores pestilentes. Cuando el halo de la luna me tocó sentí que podía volver a mi ser. La esperanza, vana en sí, se apoderó de mí con fuerza, y corrí y casi aullé como si ya fuera un lobo otra vez.

Al cabo, cuando me di cuenta de mi error, me detuve en seco. Había llegado en mi euforia a un lugar apartado, casi al campo, y de pronto vi una casa aislada en medio de unos setos, con todas las ventanas oscuras menos una.

¡La sangre maldita seguía en mi cuerpo!

Me abalancé literalmente contra la cerca, que cedió bajo mi peso, y quedé inconsciente, tendido ante la puerta de la casa.

Cuando desperté estaba arropado y unas manos femeninas me aplicaban una compresa caliente en las sienes. La voz de una mujer joven me preguntó si me dolía algo. A continuación mi benefactora me ayudó a incorporarme y me obligó a beber un té hirviente, y muy cargado, sin dejar de sonreír como se hace ante los niños que cometen travesuras.

De una rápida ojeada vi que era joven, simulé estar más aturdido de lo que en realidad estaba, con la esperanza de que me dejara solo para poder escapar. Pero la mujer, que debía ser planchadora o remendadora a juzgar por los montones de ropa que se apilaban en bultos vacilantes por toda la habitación, no se apartaba de mí. El contacto de sus manos en mi frente, suave y frío, no me desagradaba.

Cuando al fin me bebí el té y le di las gracias, empezó a reír. Sin darme cuenta, le había gruñido:

—¡Cualquiera diría que le tengo secuestrado!

—¡Tengo que irme!

—¿Por qué?

De un salto, me planté en medio de la habitación. La mujer retrocedió. Llegué hasta una ventana. Más allá la luna huía rojiza por el horizonte.

Pasmada por mi agilidad, derramó el té. Volvió a reír con una risa sincera y nerviosa.

Yo estaba desnudo.

—¿Y mi ropa?

—¡Tápese, va a coger frío!

Me arrojó una manta y salió de la habitación.

Me quedé solo una media hora. Envuelto en aquella manta, mientras entraba en calor, no dejaba de pensar en lo extraño que era todo aquello: cómo había llegado allí; y por qué no me iba sin más, o mejor aún, mataba a aquella mujer (que lucía sortijas y pulseras falsas); ¿por qué estaba desnudo?, quizás después de todo sí me había transformado, aunque fuera por unas milésimas de segundo, en lobo, y eso lo explicaba todo. En esto se abrió la puerta y entró la mujer con una bandeja:

—Por cierto, mi nombre es Miriam.

—Lobo —respondí.

Y, con aprensión, aunque estaba hambriento, pellizqué una de las magdalenas de la bandeja.

Además de su nombre, los días siguientes que permanecí allí, con la sensación de estar escondido, supe que era viuda sin hijos; que trabajaba como planchadora y lavandera para varias casas; y que procedía de un pueblo lejano, del norte, donde seguían viviendo sus padres y un hermano como colonos. El tiempo que pasé allí no pensé que en mi pensión, donde no cruzaba una palabra con nadie, me darían por desaparecido. En efecto, a los pocos días, mi patrona revolvió el cuchitril que me había alquilado para cobrarse lo que según ella, yo le debía. Como no encontró nada me denunció a la policía.

Yo salía cada anochecer sin dar explicaciones. Recorría los alrededores de La Torre o me iba de nuevo a la Bolsa, donde había matado a aquel hombre del que ya nadie hablaba. El olvido y la indiferencia son inherentes a los humanos. A veces, sin darme cuenta, me detenía ante la estatua de Nelson, abismado en mis pensamientos. Miraba furtivamente el cielo, encerrado entre los tejados, con la esperanza de que la luna llena me devolviera a mi estado original. Soñaba con mi antigua vida.

Como antes hiciera con la patrona, daba una parte de mi botín a la viuda para sufragar mis gastos, pero a diferencia de aquella, ésta nunca me preguntaba por mi oficio y mis actividades. Al día siguiente, en el periódico o en la taberna, me enteraba de las noticias más absurdas, de las extravagantes interpretaciones que circulaban sobre mis crímenes y sobre mí.

Lo que tenía desconcertado a Scotland Yard era el método: una dentellada certera, limpia, en el cuello, en plena yugular. Y también que yo no discriminase a la hora de elegir mis víctimas. En realidad yo elegía el lugar, una callejuela, una plaza apartada, en pleno centro, y me limitaba a esperar al acecho, a veces durante horas, como hubiera hecho en el bosque.

En cuanto me oía llegar, fuera la hora que fuese, Miriam preparaba el té como el primer día, contenta de que hubiese regresado.

Así transcurrió el verano y el otoño. Un día en que, mareado por el olor a ropa húmeda y a humo que reinaba allí, me disponía a salir antes de lo habitual, se interpuso en la puerta y me anunció que esperaba un hijo.

El tren que une Londres con Liverpool pasaba cerca de aquella casa. Pensé tomarlo, miré el reloj. Nevaba. Me alejé hacia el río.

El agua corría negra, engullendo la nieve en sus turbios remolinos. Fascinado, sin comprender aún lo que hacía, oí de pronto un silbato.

De pronto, aparecieron policías por todas partes. Desde hacía semanas, Londres estaba vigilado al milímetro. Yo era el "hombre lobo" del que hablaban los periódicos. Salté sobre el pretil resbaladizo y corrí con el reloj de bolsillo, de oro macizo, donde había labrada una mariposa, perteneciente a una de mis víctimas. Pude haberlo arrojado al agua y nadie hubiese podido relacionarme con los crímenes pero no lo hice.

El puente estaba copado. Corrí hacia el centro, hasta el punto más alto, y salté al agua.

El agua helada me arrastró y luego me hundió para volver a escupirme cerca de una orilla desierta. No obstante, oí pasos y voces. Todo el margen estaba vigilado por perros y hombres que portaban lámparas y se llamaban unos a otros. En cuanto creían ver una sombra, el bulto de un tronco, disparaban sin pensar.

El frío me estaba paralizando poco a poco, sumiéndome en una pesada soñolencia. La nevada arreciaba. El silencio del puerto de Londres, desierto a aquella hora y aquel día, adonde me arrastraba la corriente, me zumbaba en los oídos.

De pronto me golpeé la cabeza con algo. Ya estaba bastante lejos. Una barca. Trepé a duras penas y me cubrí con una especie de lona.

No podía quedarme allí ni remar (aunque hubiese querido), así que desaté el cabo y me dejé arrastrar por la corriente. Conforme me acercaba al mar el viento era cada vez más fuerte. Una montaña de agua retumbaba ahora bajo aquel silbido lúgubre.

La barca, sin remos ni vela, zozobraba de ola en ola, se mantenía a flote de milagro y se adentraba cada vez más en el Canal. A lo lejos me pareció ver un clíper casi tumbado por la fuerza del viento. Filas de acantilados aparecían y desaparecían recortados en su negrura. Un vaporcito arrojaba su cómico penacho de humo a una distancia prudente de la costa.

Grité, levantando los brazos, a punto de perder el equilibrio. Por un momento el vaporcito pareció acercarse. El clíper había desaparecido, al parecer definitivamente, en el horizonte. Me alejaba a toda velocidad. La distancia engulló finalmente al barco. La costa se alejaba. El cielo comenzaba a despejarse.

¡Un hijo humano!

Aullé.

Arrojé el reloj al mar y me tumbé bajo la lona.


Pasaron años y no he logrado recuperar mi forma.

Me recogieron unos pescadores en un islote cerca de Normandía. Al ver que era inglés se sonrieron. Para ellos todos los ingleses son extravagantes, por no decir locos.


Ilustración: Valeria Uccelli

En Francia abandoné mi vida vagabunda. Al principio trabajé en granjas, en lo que salía. Hasta que llegué a París y me empleé en una casa de vinos. Pronto cumpliré sesenta años.

Vivo solo desde hace al menos cinco años, en una pensión de la Isla. Me entretengo arreglando pequeños objetos, leyendo libros de viajes, dormitando junto al brasero, o a la sombra en algún parque del Sena. El Sena es más alegre, menos lúgubre que el Támesis. Los inviernos son crudos en París. Desde últimos de octubre empieza a helar todas las noches, y la primera aguanieve ensucia ventanas y calles desde muy temprano.

En fin: nadie que me conozca diría que soy un lobo.

No me casé, aunque tuve ocasiones: mi patrón tenía dos hijas pequeñas, sin dote y las fiestas abundan, tal vez porque el clima y la gente aquí son más alegres. Tampoco he vuelto a atacar a nadie.

Los pequeños placeres de la vida en los que antes no reparaba: un claro al mediodía, un gato equilibrista, un carro lleno de toneles traqueteando al fondo de una calle, el hilo de un organillo o una campanada lejana, me hacen ahora sonreír.

Aunque he ahorrado lo suficiente para despedirme, aún voy a trabajar cada mañana: me gusta el trato, y conozco bien el negocio; ¿dónde voy a estar mejor que en la trastienda, tras el mostrador, atendiendo a los proveedores y los clientes? Cada vez que alguien abre la puerta se cuela el ruido de la calle, de todo París. Me basta entornar los párpados para imaginar.

Al atardecer regreso por el mismo camino, me cruzo con las mismas caras. Ceno solo en mi rincón y después, si hace buen tiempo, me acerco al Sena a mirar el agua. O bien me apresuro a encerrarme. Al principio en cuanto tenía un día libre, me iba al campo a pescar. Ahora la humedad y el bamboleo del tren me asustan y prefiero quedarme en casa.

El otro día me contemplé por casualidad en la cristalera de la tienda: las piernas flacas; el vientre abultado; los hombros estrechos y cargados; la cabeza vacilante, revuelta; los ojos turbios... apenas me reconocí.

Hace poco estaba haciendo tiempo después de cenar cuando topé de pronto con un suceso: un nuevo hombre lobo en Londres. Leí la noticia dos, tres, cuatro veces. Había tan poca luz que me puse en pie para deletrear casi en voz alta, aprovechando la luz que entraba aún por la ventana. El patrón se me acercó:

—¿Qué, el caso Dreifus?

Cerré el periódico. Asentí, sonriendo.

La viuda, aquella casa atestada de ropa, se me aparecieron de pronto como un sueño. Hacía una noche deliciosa. ¿Cuántos años habían pasado?

Las campanadas de Notre Dame sonaron once, doce veces. Me sorprendí a mi mismo sonriendo, el paso repentinamente ligero, un escalofrío de alborozo en la piel, alejándome casi al trote hacia mi casa.


Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, n° 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.


Este cuento se vincula temáticamente con "1807", de Alejandro Alonso (112), "La danza de los espíritus", de Douglas B. Smith (122) y "El llanto de los niños muertos", de Bernardo Fernández (111).


Axxón 175 - julio de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Seres míticos : Hombre lobo : Licántropo : España : Español).

            

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