LA ANGUSTIA —Y NO BROMEO— DE DIOS

Michael Bishop

Estados Unidos

Los ztun nos atontaron. Habían visto que ciertas superpotencias arrogantes y ciertos fanáticos apátridas sometían a la Tierra con fuerza brutal, y estaban horrorizados. Indignados por nosotros, los ztun intervinieron. Después de estacionar su crucero lumínico en una órbita disimulada alrededor de la Tierra, dejaron caer microscópicas "semillas" químicas en nuestra atmósfera. Éstas reaccionaron con nuestros gases terrestres y pusieron a todos los indígenas humanos —y sólo a los indígenas humanos— en coma durante 24 horas o un año entero, plazo que dependía de la belicosidad innata de la persona incapacitada. Se podría decir que los ztun nos gasearon, pero en realidad reconfiguraron la composición de nuestro aire. Los ztun nos atontaron por nuestro propio bien.

Los ztun no discriminan entre mundos "civilizados" cuando aplican su juicio o sus poderes. Recorren el denso núcleo y los difusos brazos en espiral de nuestra galaxia, hacen sus listas y las verifican dos veces. Determinan cuáles especies inteligentes son malas y cuáles buenas, y corrigen químicamente todas las instancias de las primeras. Los granos mágicos mediante los cuales los ztun reconfiguran una atmósfera planetaria bloquean a los peores bravucones durante un año local completo, pero permiten que los humildes y pacíficos reanuden sus vidas después de apenas un solo día de inconsciencia. Cuando los ztun nos atontaron a nosotros, los seres humanos, ya habían "gaseado" a una docena de especies inteligentes en nuestras inmediaciones galácticas. Después abdujeron a todos los jefes más belicosos, para psicoanalizarlos durante el largo trayecto hasta su mundo de origen.

Como analogía, permítanme citar el envenenamiento por gas del Teatro de la Ópera de Moscú, décadas atrás, cuando los separatistas islámicos se apoderaron de ese edificio y mantuvieron a sus ocupantes como rehenes. Los rebeldes vestidos de negro amenazaron con volar todo si el líder ruso se negaba a detener la guerra de Chechenia y a asegurar su independencia. Sabia o tontamente, las autoridades rusas usaron un gas secreto para poner a dormir a todos los que se encontraban en el Teatro de la Ópera, terroristas y rehenes por igual. Por desgracia, ese gas funcionó tan mal que, aunque terminó con la ocupación, también mató a muchos de los gaseados, incluidos 120 rehenes.

Los ztun, sin embargo, son mejores químicos, físicos, astrónomos, ingenieros y tecnófilos generales que esos rusos ineptos. Efectivamente, sobresalen en tales tareas y no hay quien los iguale en el universo conocido. Y es así que, cuando alteran las atmósferas de los mundos con especies inteligentes moralmente molestas y/o deficientes, rara vez acaban con una vida. Los autóctonos que mueren accidentalmente son considerados por los ztun como mártires de la limpieza ética de otra especie censurable.

—Les hemos hecho un favor —argumentó el ztun—. Arrancamos sus peores malezas y nos las llevamos a casa para convertirlas en malvas reales.

—Rosas —le dije a mi consejero de abordo—. La malva real es una planta demasiado llamativa, sin resonancias poéticas.

—Conocemos las malvas reales —dijo el Consejero Ztang—. Y, créame, nos parecen más encantadoras que sus rosas trepadoras de Bobby Burns1.


Yo pertenecía a una pequeña casta de entidades belicosas a quienes los ztun habían escogido para llevar a su pequeño planeta, que orbitaba la estrella Spica (a 274 años luz de la Tierra). El interior de su crucero lumínico —lo que había visto de él— parecía una cruza entre un flamante sistema de cloacas (muchos pasadizos tubulares, escalerillas metálicas y bocas de acceso curiosamente ubicadas) y un patio de juegos de alta tecnología (barrales de secuoya, toboganes y columpios de cedro, y el suelo cubierto con turba desmenuzada). La decoración derivaba, en parte, del hecho de que los ztun era larguiruchas legumbres humanoides, con lianas por miembros y vainas amarillentas por estómagos, traseros y cabezas. Sin embargo, yo pasaba la mayor parte del tiempo en una litera de suspensión metabólica —los ztun las llaman camas, por supuesto— para evitar los efectos del envejecimiento, del que los ztun se libraban haciendo brotar nuevos apéndices en sus cuerpos cada pocos días.

Uno de cada dos alienígenas cautivos también se metía en una litera de suspensión. En total, conocí a cinco. El Consejero Ztang nos reunía de vez en cuando para mantener... bueno, sesiones de terapia de grupo. Verán: previamente, yo había prestado servicios en la Hegemonía Inmensa de las Montañas Rocosas como comandante en jefe de sus Fuerzas Mundiales de Interdicción y Liberación. De modo que no me gustaba cuando Ztang me decía que me sentara, que hablara o que prestara más atención. ¿Quién pensaba Ztang que era, en todo caso? ¿Y por qué un hombre de mi posición debía doblegarse ante un frijol de panza amarilla como él, incluso bajo la amenaza de una dispersión molecular instantánea?

Bien, las circunstancias hacen cambiar las opiniones, y el cotilleo con mis compañeros de terapia alienígenas me hizo comprender que el rango es relativo y que la vida es un sueño fugaz... cuando no una completa y extravagante pesadilla.

En mi primera sesión, Ztang me presentó al jefe decapitador de un planeta interior de 61 Cygni A (a 11,2 años luz de la Tierra). Nos reunimos en la cabina principal de terapia, donde una niebla nacarada le impartía un surrealismo gótico a nuestra charla. El aire de esta cabina era Omnirrespirable O (la designación ztun para una mezcla que puede sustentar la vida universalmente), y Ztang nos dio un escarabajo traductor con ADN codificado a mi compañero y a mí. Me puse el mío en la oreja, pero el reptil de Cygni se lo pegó a la garganta azul cobalto. La lagartija se autodenominaba "toidi", el nombre de la especie inteligente dominante de su planeta natal y, francamente, apestaba como un combo de damascos ácidos y sexo de víboras.

—Adelante —instó el Consejero Ztang al toidi—. Cuéntele al General Draper quién es usted y por qué está aquí.

—Llámeme Al —dijo la lagartija. Y entonces lloró, exudando de su piel un aceite rojo rubí que le otorgó a su hedor personal un dulce tono fecal.

—Gaah —dije.

Nuestros escarabajos tradujeron, interpretando mi "Gaah", con un empírico inglés antiguo, como "El perfume de Al bordea lo pútrido". Al acotó que podía decir lo mismo del mío, de modo que Ztang activó un bulbo rociador para neutralizar los olores que nos asqueaban.

Al admitió haber autorizado todas las decapitaciones políticas de la nación predominante en el único planeta que sustenta la vida de los que orbitan alrededor de 61 Cygni A. Admitió haber colocado las cabezas cortadas de las víctimas encima de las rocas rodeadas por cactus que señalaban las madrigueras familiares. Al no sentía remordimiento por esta brutalidad, sin embargo, porque afirmaba que había evitado que su nación se hundiera en una anarquía despiadada. Los bordes de la boca de Ztang se rizaron, pero no dijo nada.

—Consejero —dije, ante su silencio—, ¿cómo supone que una especie que ha envenenado el aire de doce planetas pueda enseñarle a nadie sobre conductas no violentas?

Mi mente se dobló de adentro hacia afuera. Una negrura indivisible cayó sobre mí.

Pero mi segunda reunión oficial incluyó al toidi otra vez y a una criatura de energía de Epsilon Eridani IV (a 10,7 años luz de la Tierra). Esta criatura, con una cabeza como la de una nutria, aparecía y desaparecía de manera impredecible. Ella respondía al nombre de Seyj y olía a salsa Worcestershire pasada y a plástico quemado... hasta que Ztang neutralizó su olor con su bulbo rociador con forma de papaya.

Seyj y los suyos vivían en medio de un sistema de campos de fuerza que la entidad política principal de su planeta generaba y retiraba a su antojo, a menudo matando a los "caparoina" —como se llamaban todos los eridanianos inteligentes— hostiles a sus políticas. Los ztun creían que la misma Seyj había autorizado el retiro de los campos, acto que resultó en dos millones de caparoinas muertos. Como Al, sin embargo, Seyj insistía en que había salvado a su mundo tanto de la barbarie como del estancamiento comercial.

Ztang me miró, cargado de intención.

—Por favor, General Draper, vuelva a presentarse y cuéntele a Al y a Seyj qué lo que más le molesta a usted esta mañana.

El frijol me aterrorizaba. ¿Qué pasaría si mis palabras resultaban no gratas otra vez? Intuyendo mi renuencia, Ztang levantó un dedo vaina y juró que nada de lo que yo dijera me haría caer en desgracia.

—En ese caso —dije—, lo que más me molesta hoy es la impunidad con que ustedes, los criticones ztun, han arremetido contra toda nuestra galaxia.

Al jadeó y sudó su sudor rubí. La cabeza de Seyj desapareció, dejando atrás apenas el perfil gris de su cuerpo.

Y, sí, una negrura indivisible se apoderó de mí.

Pero el Consejero Ztang me perdonó. Una semana después, en una nueva sesión, conocí a una oruga inteligente de siete brazos, cubierta de pólipos, del sistema Tau Ceti (a 11,9 años luz de la Tierra). Esta oruga, Kaa Lotcharre, había inventado un líquido incendiario llamado "brea de chispa", que corría a través del campo incendiando al enemigo por contacto y reduciéndolo a cenizas. Lotcharre —científico y maestro de brea— se jactaba de su pericia como ingeniero de materiales y asesino genocida. Al y Seyj, brutal decapitador y despiadada manipuladora de campos de fuerza respectivamente, estaban inmóviles, visiblemente acobardados. Yo me reí —con ironía, lo admito— y fui lanzado por tercera vez a la negrura indivisible.

Al final, conocí a dos criminales de guerra más, los últimos de mi grupo de seis: una medusa con ojos frontales y una laja viviente de granito ocre que vibraba con tedio y una gran presencia interior de nerviosas motas de mica. La medusa era de Groombridge 34 (a 11,6 años luz de la Tierra), olía vagamente a algodón de azúcar y respondía a un nombre que sonaba a Gilneta. La laja de granito era oriunda de un planeta que giraba alrededor de Lacaille 9352 (a 11,7 años luz de la Tierra). Era un hermafrodita llamado Bacmudsorak, que se movilizaba sobre un pie gomoso y secretaba una baba almizcleña que empujaba hacia atrás para crear un desnivel de presión que le permitía avanzar. Bacmudsorak tenía varias personalidades cristalinas dentro de sí, y derribaba a sus enemigos lanzándoles flechas subliminales de música ígnea que inducían el dolor de cabeza por medio de frecuencias de radio.

No dije nada cuando el Consejero Ztang me presentó a Gilneta, la medusa, y por eso escapé del prematuro destierro a mi litera de suspensión. Pero durante la sesión siguiente, con Bacmudsorak allí, bajo la apariencia de una mesa de café fosforescente y asimétrica, me puse a marcar con el pie el ritmo de una especie de música pesada, cordial y subliminal.

Las crestas de Al ondularon, la cabeza de Seyj apareció y desapareció, los siete brazos de Lotcharre se retorcieron y la iridiscente campana violeta de Gilneta se balanceó como si una terrible tormenta oceánica la estuviera azotando. En cuanto al Consejero Ztang, sus ramas crecieron y se encogieron en ciclos de latidos, y los frijoles de sus vainas chasquearon como un conjunto de trampas. Bacmudsorak tronó monótonamente y todos nos balanceamos. No me pregunten qué confesó esa roca, pero, a diferencia del resto de nosotros, sí transmitió un franco remordimiento.


Durante nuestras siguientes reuniones, y en contra de mis expectativas, Al, Seyj, Kaa Lotcharre, Gilneta, Bacmudsorak y yo establecimos lazos afectivos.

Al deploraba la inevitable congoja provocada por la falta de calidez de la mayoría de las relaciones familiares de los toidi. Seyj confesó el trauma que había sufrido al enterarse de que una hermana caparoina tenía una orientación eléctrica bipolar y Kaa Lotcharre observó que pocos ciudadanos de su tierra destrozada por la guerra podían soportar los complejos tormentos de la metamorfosis sin quebrarse; de hecho, él había hilado seda sobre sí mismo al menos tres veces para librarse de la adultez, más que para provocarla. Gilneta se sinceró, lamentándose de la naturaleza urticante de las medusas, y en particular de su dependencia de las marejadas de metano y de los empujones de los cetáceos para transportarse. Bacmudsorak, pidiendo a todos gran reserva, comentó que, al comenzar su desarrollo ígneo, había albergado un caso milenario de envidia piroclástica contra un pozo de mina de laminados colaterales. Incluso el Consejero Ztang, generalmente un frijol callado, dejó deslizar que un virulento hongo negro casi había arruinado sus aspiraciones de entrar en la fuerza espacial ztun.

¿Y yo, Myron "Pit Bull"2 Draper?

Bien, reconocí que había asegurado mi alta posición en la Hegemonía de las Montañas Rocosas acostándome con Eustace, la esposa del Presidente Bobeck, y desviando mil acciones de mis inversiones en armas radiactivas hacia la cartera del Secretario de Guerra. También admití mi amorío adolescente con una linda criatura de un rancho de ovejas de Alberta, haber lanzado granadas de mano a lobos protegidos, haberle pagado a un adicto a la heroína para que pusiera una bomba de clavos en el buzón de un marica pacifista y haber usado dinero de los impuestos para satisfacer mi deseo fetichista, pospuesto por treinta años, de tener zapatos rosados. Reconozco que me extralimité.

Mi grupo de apoyo escuchó atentamente. Seyj se esforzó mucho para ocultar su crítica, creo, y la desaparición de su cabeza durante parte de esta sesión fue, sin duda, un síntoma de la intensidad de su ambivalencia. Ztang entró en erupción, esparciendo un traqueteo de semillas por el piso, pero todos los demás me ofrecieron un estímulo optimista, aunque desconcertado.

Cuando nos encontramos en la siguiente reunión, Seyj declaró que de todos nosotros, los cautivos en la cabina de terapia ztun, sólo yo interponía accesorios artificiales entre mi cuerpo y su equipo óptico. En pocas palabras, que usaba ropa.

—¿Y entonces? —dijo Bacmudsorak.

Mi negativa a aparecer desnudo delante de ellos, hizo notar Seyj, me dejaba expuesto a la acusación, en el mejor de los casos, de estar traicionando mi ridícula vanidad humana y, en el peor, de ostentar una falta de franqueza que frustraba la terapia.

En realidad, Kaa Lotcharre usaba una gorra, una especie de kipá3, pero él, Al y Gilneta clamaban porque me quitara el uniforme militar con el que los ztun me habían subido a bordo de su nave. Al final, me rendí. ¿Qué más podía hacer?

Al instante, la medusa de Groombridge 34 giró alrededor de mi identidad bípeda, nadando hacia mí como si estuviera en el agua más que en el aire. Seyj extendió su cabeza para observarme y Al me palpó del cuello a las rodillas, mientras yo me retorcía con indignación. Kaa Lotcharre se encogió siete veces, mirándome desde lejos.

—Supongo que ésa es su unidad reproductora —dijo—. Pero basándome en su forma, no en su tamaño.

Me ruboricé en un rojo bioluminiscente de la cabeza a los pies.

La cabeza de Seyj retrocedió hasta su cuerpo de nutria parpadeante.

—Adórnese otra vez, Draper —dijo—. Realmente no esconde mucho y, después de nuestras últimas sesiones, ya no disfruto de hacer bravuconadas.

Obedecí, no tanto por la vergüenza sino por un repentino escalofrío, y nunca más aparecí delante de ellos sin mis prendas militares. Lo cual me llevó a preguntarme qué tan "civilizados" podían ser, si ninguna de esas especies había desarrollado el concepto de usar ropa por cuestiones de moda, abrigo e intimidación.


Y así, entre reuniones y sueño, sueño y reuniones, pasábamos el tiempo a bordo la nave ztun, la Conquistador. Los vínculos entre nosotros, belicistas mercenarios y maniáticos genocidas, se volvieron más estrechos, más profundos. Antes de mi secuestro nunca habría creído que la dependencia de las mareas de una medusa podía provocar mi simpatía, que las ansias espirituales de una laja de granito rojo podían influir las mías, o que el hedor de una lagartija podía volverme sensiblero. Lo que demuestra que existen vínculos asombrosos entre las criaturas inteligentes en nuestra galaxia y que incluso los paladines mercenarios de diferentes planetas suspiran por la concordia entre las especies.

Aunque nunca compartíamos una comida —los ztun habían previsto problemas de gran magnitud si lo hacíamos—, compartíamos nuestros complejos y esperanzas y luchábamos por forjar una personalidad unitaria y compasiva a partir de nuestros brutales defectos individuales.

Con el tiempo, incluso, llegamos a "tocarnos" en nuestras literas de suspensión por medio de sueños desconcertantes, algunos de los cuales recordaban la obra de los directores de videos de Hollywood & Whine. A menudo entré en la frecuencia de Bacmudsorak y ocasionalmente en la de Kaa Lotcharre. Por sus sueños, pronto comprendí que la oruga consideraba a la metamorfosis como una forma de muerte por aniquilamiento de la personalidad, y que la Gran Laja le tenía un paralizante terror existencial al fin del universo, al que consideraba cercano y seguro, más que lejano y teórico. O sea, nunca hablamos de ninguna de estas cosas. En los sueños comienzan las locuras, supongo, y aunque ninguno de nosotros se molestó mucho por conocer mejor a nuestros compañeros de terapia a través de las pesadillas, pronto empezamos a resistir las órdenes del Consejero Ztang de terminar las sesiones regulares y regresar a las literas.

—Ustedes están actuando como brotes —nos regañaba Ztang—. Posponen puerilmente la hora de acostarse lo más que pueden.

De modo que volvíamos avergonzados a nuestros ataúdes, donde Al soñaba con canibalizar una cabeza que había cortado, Seyj emitía estallidos de energía psíquica que crispaba nuestras terminales nerviosas y Gilneta proyectaba visiones de pólipos juveniles que atacaban a leviatanes en grutas submarinas tan espaciosas como pistas de rodeo al aire libre. Y todos nos estremecíamos al unísono, llenos de preocupación y temor, por no mencionar el anhelo de mantener una sesión regular de terapia de grupo.

Entonces, durante una de tales reuniones (hasta ese momento, libres de conflictos), la pobre Gilneta se murió. En un momento, la medusa flotaba en la niebla nacarada; al siguiente, sus tentáculos cayeron, su campana se desplomó y cayó en picada como un paracaídas defectuoso. El rociador que Ztang usaba para neutralizar nuestros hedores competitivos falló, y la cabina se llenó de un olor en el que se mezclaban los aromas del ron, las algas y la pulpa de coco necrótica.

Todos nos quedamos paralizados —incluso Bacmudsorak lucía un poco más rígido de lo habitual— hasta que Lotcharre se movió lentamente a través del piso y se deshizo del cadáver de Gilneta, comiéndoselo. Este acto no nos resultó irrespetuoso, por la reverencia con que Lotcharre se la comió y por nuestra propia falta de gusto por los mariscos.

Después de este incidente, las pesadillas de Bacmudsorak empeoraron. La mayoría de estos sueños se centraban en la laja: se volvía roja como lava, por ejemplo, y corría cuesta abajo hasta un hoyo donde se extinguía; o se partía en cristales, diminutos como filamentos de hielo, y se derretía; o se erosionaba durante siglos, hasta quedar convertida en una esponjosa arena de playa. Entonces, en una pesadilla mía, Bacmudsorak se representó como una lápida, en mi viejo pueblo natal:


GENERAL MYRON "PIT BULL" DRAPER

Q. E. P. D.


Yo no podía despertar. De hecho, me habría muerto dormido si Lotcharre no me hubiera proyectado un sueño donde la oruga hacía una torpe imitación de la diosa hindú Kali. Entonces agarró un narguile y sopló anillos de humo. Estos anillos empezaron a volverse rojos, azules y amarillos, y a fusionarse para formar alas de mariposa, cuando finalmente logré zafarme de la pesadilla y regresé al sueño libre de imágenes.


En nuestra siguiente sesión Ztang nos largó un sermón. Nos informó, ásperamente, que nuestros miedos a la muerte eran tontos y que el fallecimiento de Gilneta debía consolarnos en lugar de sacarnos de quicio. La ciencia ztun había descubierto que nuestro universo en expansión era cerrado y no abierto, y este hecho significaba que no acabaría en "una enrarecida trama de restos de materia y antimateria" a causa de los procesos deterministas de una hipotética muerte termodinámica, sino que "cesaría su movimiento de expansión y se contraería". Este movimiento, a su vez, conduciría algún día a un nuevo Big Bang y a la posibilidad de un nuevo ciclo de creación de estrellas y de construcción de civilizaciones.

—¡Entonces deberíamos llamarlo el Big Boomerang! —dije.

Nadie me felicitó por mi creación. (Tal vez nuestros escarabajos no pudieron encontrar buenas equivalencias para la palabra "boomerang".) Efectivamente, Bacmudsorak protestó, diciendo que, según los cálculos de su especie, el universo carecía de materia suficiente para generar la gravedad necesaria para evitar que se dilatara por siempre. Sin ese freno, el universo nunca terminaría, sino que continuaría por toda la eternidad, sumido en una oscuridad gélida, siempre en expansión. La muerte de Gilneta había vuelto a Bacmudsorak extremadamente consciente de este hecho, y el discurso de Ztang sobre una fórmula más optimista para el destino del universo no pudo persuadir a la Gran Laja de renunciar a la verdad que percibía como genuina.

Ztang argumentó que, aunque la mayoría de los astrónomos de las otras especies no tenían explicación para un noventa por ciento de la masa del universo, los ztun sabían con certeza que de verdad existía materia oscura y energía oscura suficiente para detener y revertir la expansión universal. Esta materia oscura, nos dijo, consistía en partículas que no influyen en las reacciones nucleares, por ejemplo los neutrinos, las WIMP (partículas masivas débilmente interactivas) y los ztones de los ztun, de hipotético nivel cuántico. La energía oscura, por otro lado, no sólo surgía de una trama de campos, dispersos a través de todo el vacío en estratos subatómicos, sino también de las ocultas propiedades, creadoras de gravedad, de la angustia de Dios.

—¿La angustia de Dios? —coreamos los cautivos.

—No bromeo. —El Consejero Ztang explicó que, aunque las religiones de muchas criaturas inteligentes o bien negaban la necesidad de una deidad generadora de Creación, o bien sostenían que Dios nunca "sufriría de angustia", los ztun habían legitimado la existencia de Dios y llevado a cabo experimentos que confirmaban el predominio del temor divino entre esas energías oscuras todavía inadvertidas por nuestras especies. Y era el temor divino —la angustia de Dios— el que evitaba que el cosmos cayera en una decadencia entrópica incesante.

El discurso de Ztang fue recibido con silencio... una decadencia entrópica localizada. Los cautivos nos miramos unos a otros y luego a Ztang, con la esperanza de que documentara su afirmación o que muriera como nuestra pobre medusa. Al fin, Lotcharre le preguntó a Ztang por qué tenía que sentir angustia esa supuesta deidad.

—Por la brutalidad implacable e ingeniosa que las criaturas inteligentes ejercen contra su propia especie. —Ztang me miró y añadió—: Por la inhumanidad de la humanidad, si lo desea, contra su propio ser.

Ay, pensé. Lotcharre levantó su séptimo brazo, como si saludara a Dios, y con sus otros seis brazos se abrazó. La cabeza de Seyj desapareció de la vista y de su cuerpo brotó ese olor a plástico quemado. Al se aplastó como una lagartija sobre una roca y la mica del lomo de Bacmudsorak centelleó como loca.

—¿Ahora entienden por qué intervinimos en los asuntos de sus mundos? —preguntó Ztang con tono santurrón.

Oh, cielos. Odiaba a Ztang cuando se ponía así. Aunque asentí, me desintonicé de él para pensar en lo que más extrañaba de mi vida anterior: los edecanes alcahuetes, cobrar mi sueldo en efectivo acumulable y navegar la red buscando zapatos color rosa.

Bacmudsorak empezó a tronar, produciendo un latido que hizo que la marea de nuestros fluidos internos, incluidos los de Ztang, subiera y bajara erráticamente.

—Ustedes quieren disminuir la angustia de Dios —dijo la roca.

—Exacto —dijo Ztang—. Muy bien.

—Y, al disminuir la angustia de Dios, reducir la cantidad de energía oscura que anda suelta en el universo.

—Tal vez —dijo Ztang con cautela.

—Y, al reducir dicha energía oscura —continuó Bacmudsorak—, garantizar el final abierto del cosmos, su muerte termodinámica y la asfixia de toda inteligencia contingente, salvo la de Dios.

—No. —Varias vainas amarillas de Ztang ya habían comenzado a motearse.

—Sí —dijo Bacmudsorak—. La lógica conduce a una única conclusión, a saber, que los ztun se han alineado con la entropía y en contra de...

—La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor —interrumpí. ¿De dónde había salido ese verso? Ah, sí: de una sesión post-coito con Eustace Bobeck, en una cabaña de Camp David. Su tesis de maestría había tratado sobre Dylan Thomas.

Desconocedor de mi fuente, Bacmudsorak terminó su propia frase:

—... y en contra del poder de la vida y la regeneración.



Ilustración: Fraga

¿Qué puedo decir? Fue la última vez que la laja de granito de Lacaille 9352 estuvo con nosotros como entidad receptiva. En nuestra siguiente reunión, Ztang hizo que Al, Seyj, Lotcharre y yo nos sentáramos alrededor de Bacmudsorak en su carácter de mesa, que era su función común por defecto. Sin embargo, no tuvimos sesión. Jugamos al póquer de cinco cartas, rogando que nadie hiciera enojar a Ztang de nuevo. Una vez, Lotcharre bajó su mejor mano con un fuerte golpe, pero nuestras miradas de censura lo disuadieron de levantar el pozo.

Cuando finalmente llegamos al mundo de los ztun, nos atontaron otra vez, cancelando sus programas de reeducación. Fui a trabajar como consultor para los productores de un espectáculo de masas sobre el conflicto armado, a quienes inicié en los placeres transgresores del uso de las armas y de las explosiones sensacionales. Había tantas vainas, flores y tallos volando por el escenario que cualquiera habría pensado que estábamos usando un Cañón de Ensalada.

Al día siguiente el director me despidió, entré en modo mendigo de tiempo completo y le pedí al gobierno un pasaje de regreso a la Tierra. Al final, las autoridades se ablandaron y me enviaron a casa en un crucero lumínico.


Aquí en la Tierra todo había cambiado y vuelto a cambiar. Aún así, mis colegas del Hemisferio Occidental me acogieron en su seno y me asignaron para dirigir sus Legiones de Autodefensa. Los Orientales pronto buscaron la disputa y mañana, probablemente, comenzará una guerra total. Sin embargo, a pesar de la desafortunada angustia de Dios, podría decirles que "La vida es buena, compatriotas míos", porque tengo trabajo que hacer, una medusa como mascota en mi piscina climatizada y un jardín lleno de enormes malvas reales de color púrpura.


Para George Alec Effinger


NOTAS:
1. Referencia a Robert Burns (1759-1796), poeta nacional de Escocia, que escribió un poema titulado A Red, Red Rose.
2. Raza de perros que generalmente se entrenan para la pelea.
3. Pequeña gorra ritual empleada para cubrir parcialmente la cabeza, usada tradicionalmente por los varones judíos.

Título original: The Angst, I Kid You Not, of God
Traducido por Graciela Lorenzo Tillard y Claudia De Bella.



Michael Bishop nació el 15 de noviembre de 1945 en los Estados Unidos. Ha publicado las novelas: El Eslabón perdido, Jugadas decisivas, La ascensión secreta, o Llorad, Philip K. Dick ha muerto, La transfiguración del Conde Geiger, y Sólo un enemigo: el tiempo. Sus relatos aparecen en numerosas antologías y revistas: "El gran libro del terror", EL PÉNDULO 12, "El Universo", "Frankenstein insólito", también titulada "El mito de Frankenstein", GIGAMESH 39, HORROR 1, ISAAC ASIMOV MAGAZINE 1, ISAAC ASIMOV'S CIENCIA FICCIÓN 2, "Las mejores historias de terror IV", "Las moradas del terror", "Los mejores relatos de fantasía 2", NUEVA DIMENSIÓN 110, también en la 121, 131 y 148, y "Premios Nebula 1987".

Su novela Brittle Innings fue finalista del premio Hugo (1995), ganó el Locus (1995), y ganó el Science Fiction Chronicle Poll (1995). Su novela No Enemy But Time fue finalista en "Guía de Lectura de Miquel Barceló" (1988), también finalista en "Las 100 Mejores Novelas de CF (Pringle)" (1984), luego fue finalista en "Las 100 Mejores Novelas de CF Siglo XX" (2000), para ganar el Nebula (1983). Su relato The Quickening fue finalista del Hugo (1982) y ganó el Nebula (1982).

El cuento que presentamos en esta ocasión fue publicado por primera vez en la revista norteamericana Fantasy & Science Fiction, en el año 2006. Luego fue antologizado en el libro This is My Funniest (No. 2), con selección de Mike Resnick.


Axxón 182 - febrero de 2008
Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Fantástico : Contacto con extraterrestres : Humor : Estados Unidos : Estadounidense).

            

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