LA CASA EN EL CONFÍN DE LA TIERRA

(Novela clásica)

William Hope Hodgson

Inglaterra

SUMARIO


PRELIMINAR
A MI PADRE
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR AL MANUSCRITO
PENA
1 - EL HALLAZGO DEL MANUSCRITO
2 - LA PLANICIE DE SILENCIO
3 - LA CASA EN EL ANFITEATRO
4 - LA TIERRA
5 - LA BESTIA DEL POZO
6 - LAS COSAS-CERDO
7 - EL ATAQUE
8 - DESPUÉS DEL ATAQUE
9 - EN LOS SÓTANOS
10 - EL TIEMPO DE ESPERAR
11 - EL REGISTRO DE LOS JARDINES
12 - El TÚNEL SUBTERRÁNEO
13 - LA TRAMPILLA EN LA GRAN BODEGA
14 - EL MAR DE SUEÑO
15 - EL RUIDO DE LA NOCHE
16 - EL DESPERTAR
17 - LA ROTACIÓN MÁS LENTA
18 - LA ESTRELLA VERDE
19 - EL FIN DEL SISTEMA SOLAR
20 - LAS ESFERAS CELESTIALES
21 - EL SOL OSCURO
22 - LA OSCURA NEBULOSA
23 - PEPPER
24 - LAS PISADAS EN EL JARDÍN
25 - LA COSA DEL ANFITEATRO
26 - LA MOTA LUMINOSA
27 - CONCLUSIÓN


PRELIMINAR


Del Manuscrito descubierto en 1877 por los señores Tonnison y Berreggnog, en las ruinas que se encuentran al sur del pueblo de Kraighten, en el oeste de Irlanda. Publicado aquí, con notas.



A MI PADRE


(cuyos pies pisan los eones perdidos)

¡Abre la puerta,
Y escucha!
Sólo el rugido apagado del viento,
Y el resplandor
De lágrimas en torno a la Luna.
Y, en la imaginación, las pisadas
De unos pasos fugaces
Allá, en la noche de los Muertos.

¡Calla! Y escucha
El llanto doliente
Del viento en la oscuridad.
Calla y escucha, sin murmullo ni suspiro,
Las pisadas que caminan los eones perdidos:
El sonido que declara tu muerte.
¡Calla y escucha! ¡Calla y escucha!
Las pisadas de los Muertos



INTRODUCCIÓN DEL AUTOR AL MANUSCRITO


Muchas son las horas que he cavilado sobre la historia consignada en las páginas que siguen. Confío que mi instinto no esté equivocado al impulsarme a dejarlo en toda su simpleza, tal como me fue entregado.

En cuanto al propio manuscrito... Debería verme cuando fue confiado a mi cuidado, lo abrí con curiosidad, le eché una ojeada rápida y sin orden. Es un libro pequeño pero grueso; todo él, salvo unas pocas páginas del final, repleto de una escritura curiosa aunque legible, y de letra apretada. Ahora, mientras escribo, siento su olor raro, desvaído, húmedo en las ventanas de mi nariz, y mis dedos conservan recuerdos subconscientes del tacto blando, «pesado», de sus páginas húmedas durante tanto tiempo.

Lo leí y, al leerlo, levanté las Cortinas de lo Imposible que ciegan la mente, y me asomé a lo desconocido. Vagué entre las frases rígidas y bruscas; y no pude ya rechazar su tremenda eficacia narrativa; pues esta historia mutilada es capaz de plasmar, muchísimo mejor que mi ambiciosa fraseología, todo lo que el viejo Recluso de la desaparecida casa se había esforzado en contar.

Diré poco de la simple y tensa relación de cosas extraordinarias y bizarras. La tiene ante usted. La historia interior debe ser develada personalmente por cada lector, según su capacidad y deseo. E incluso alguno podría no ver, como la veo ahora, la sombría imagen y concepción de eso a lo que uno bien podría dar las aceptadas denominaciones de Cielo e Infierno; puedo prometer, sin embargo, que experimentará ciertas emociones, aún tomando el relato como mero relato.


WlLLIAM HOPE HODGSON
«Graneifion», Borth, Cardiganshire
17 de diciembre de 1907


PENA1


¡Hambre feroz reina en mi pecho,
No había soñado que todo este mundo,
Apretado en la mano de Dios, pudiera producir
Tan amarga esencia de inquietud,
Tanto dolor como Pena que ahora ha lanzado
De su atroz corazón, develado!

Cada aliento sollozante no es sino un grito,
Mis latidos tañen de agonía,
Y todo mi cerebro no tiene sino un pensamiento:
¡Que nunca más en esta vida tocaré
(Salvo en el dolor del recuerdo)
Tus manos con las mías, ¡porque ahora no eres nada!

A través del vacío de la noche te busco,
Tan tontamente gritando por ti;
Pero ya no eres, y el trono inmenso de la noche
Se convierte en formidable iglesia
Sus campanas-estrellas tañen por mí,
¡Que en todo el espacio soy el único!

Y hambriento me arrastro hasta la orilla
Donde acaso me aguarde algún consuelo
Del eterno corazón del viejo Mar;
Pero oíd, desde las solemnes profundidades,
Lejanas voces de misteriov ¡Parecen preguntar por qué no estamos juntos!

Dondequiera que voy estoy solo,
Quien una vez, teniéndote a ti, tuve todo el mundo.
Mi pecho todo es un dolor furioso
Por eso que fue, y ahora ha volado
Al Vacío donde la vida es lanzada,
¡Donde todo es nada, ni tampoco otra vez!


1 - EL HALLAZGO DEL MANUSCRITO


Al oeste de Irlanda existe una pequeña aldehuela llamada Kraighten. Está situada, solitaria, al pie de una baja colina. En torno a ella se extiende una inmensa zona desértica, totalmente inhóspita, donde, aquí y allá, a trechos muy dispersos, uno puede descubrir las ruinas de alguna cabaña abandonada tiempo atrás, sin techumbre y desierta. Toda la región está desnuda y despoblada, y la misma tierra apenas cubre la roca que yace debajo, que es abundante, y emerge del suelo en crestas que adoptan la forma de un oleaje.

Sin embargo, a pesar de su desolación, mi amigo Tonnison y yo habíamos elegido pasar allí nuestras vacaciones. Él había tropezado con este lugar por pura casualidad el año anterior, en el curso de un largo viaje a pie, y había descubierto las posibilidades para el pescador de un riachuelo sin nombre que corre más allá de los límites de la aldea.

He dicho que el río carece de nombre; puedo añadir que ninguno de los mapas que he consultado hasta ahora traen el pueblo ni el pequeño río. Parecen haber escapado enteramente a toda observación: en efecto, podían no haber existido nunca, a juzgar por lo que las guías corrientes nos dicen. Posiblemente, esto pueda explicarse por el hecho de que la estación de ferrocarril más próxima (Ardrahan) está a unos sesenta y cuatro kilómetros de distancia.

Fue en las primeras hora de una cálida noche cuando mi amigo y yo llegamos a Kraighten. Habíamos arribado a la estación de Ardrahan la noche anterior; dormimos en unas habitaciones que alquilamos en la oficina de correo del pueblo, y salimos a la mañana siguiente, mal encaramados a uno de esos típicos coches para excursiones.

Nos llevó un día entero efectuar este viaje por uno de los caminos más escabrosos imaginables, con el resultado de que quedamos completamente agotados y de mal humor. Sin embargo, teníamos que instalar la tienda y ordenar nuestras cosas, antes de siquiera pensar en comer o descansar. Así que nos pusimos a trabajar, ayudados por nuestro cochero, y pronto tuvimos la tienda instalada en un pequeño trozo de terreno en las afueras de la aldea, muy cerca del río.

Luego, una vez guardadas todas nuestras pertenencias, despedimos al cochero, ya que debía emprender el regreso lo antes posible, diciéndole que volviese a recogernos en quince días. Habíamos traído suficientes provisiones para todo ese tiempo y podíamos tomar el agua del río. No necesitábamos combustible, ya que incluimos una pequeña cocina de petróleo en nuestro equipo, y el clima era cálido y agradable.

Fue idea de Tonnison acampar en vez de buscar alojamiento en una de las casas. Como él dijo, no tenía gracia dormir en una habitación con una numerosa familia de saludables irlandeses en un rincón y la pocilga en otro, mientras desde arriba una andrajosa colonia de gallinas y pollos distribuía sus bendiciones sin discriminación, en un ambiente tan lleno de humo de carbón que perderías la cabeza en un estornudo en cuanto pasaras por la puerta.

Tonnison había encendido ahora la cocina, y estaba ocupado cortando lonchas de tocino y echándolas en la sartén; de modo que cogí la pava y bajé al río por agua. En el camino, tuve que pasar cerca de un grupo de aldeanos que miraba con curiosidad pero sin hostilidad, aunque ninguno me dirigió la palabra.

Cuando volvía con mi pava llena, llegué hasta ellos, y tras saludarlos con un gesto de cabeza, al que contestaron de igual manera, les pregunté como al pasar sobre la pesca; pero en vez de responder sacudieron la cabeza en silencio y se quedaron mirándome. Repetí la pregunta, dirigiéndome en particular a un individuo alto y flaco que tenía junto a mi codo, pero tampoco obtuve respuesta. Entonces el hombre se volvió a un camarada y le dijo algo rápidamente en una lengua que yo no entendí; de inmediato todo el pequeño grupo empezó a parlotear en lo que, al cabo de unos momentos, adiviné que era irlandés puro. Al mismo tiempo me echaron varios vistazos. Durante un minuto, quizá, conversaron entre ellos de este modo; luego el hombre al que me había dirigido se volvió hacia mí y me dijo algo. Por la expresión de su rostro supuse que él, a su vez, me preguntaba; pero ahora me tocó a mí sacudir la cabeza e indicarle que no comprendía qué querían saber; de modo que nos quedamos así, mirándonos, hasta que oí que Tonnison me gritaba que me diese prisa con la pava. Entonces, con una sonrisa y un cabeceo, los dejé, y el pequeño grupo sonrió y cabeceó, aunque sus caras aún traicionaban su perplejidad.

Era evidente, reflexioné mientras me dirigía hacia la tienda, que los habitantes de estas pocas cabañas del páramo no sabían una palabra de inglés; y cuando se lo dije a Tonnison éste comentó que ya se había dado cuenta de ese hecho, y más aún, que no era en absoluto poco común en esta parte del país, donde a menudo la gente vivía y moría en sus aisladas aldeas sin haber tenido jamás un contacto con el mundo exterior.

—Me habría gustado tener al cochero con nosotros, para que hubiese hecho de intérprete, antes de marcharse —observé, mientras nos sentábamos a comer—. Les resultará muy extraño a las gentes de este lugar no saber siquiera a qué hemos venido.

Tonnison gruñó un asentimiento, y a continuación se quedó callado durante un rato.

Más tarde, una vez algo saciado nuestro apetito, empezamos a hablar, haciendo planes para la mañana siguiente; luego, tras fumar un rato, cerramos las solapas de la tienda y nos dispusimos a dormir.

—¿Crees que hay posibilidad de que estos individuos se lleven algo? —pregunté, mientras nos envolvíamos en nuestras mantas.

Tonnison dijo que no lo creía, al menos mientras estuviésemos nosotros cerca; y mientras seguía con sus explicaciones pudimos guardar todo, salvo la propia tienda, en el gran cofre que habíamos traído para poner las provisiones. Coincidí con él y no tardamos en dormirnos los dos.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano y fuimos a bañarnos al río, después de lo cual nos vestimos y desayunamos. Luego sacamos nuestros avíos de pesca y los repasamos; ordenamos un poco los enseres del desayuno, lo guardamos todo en la tienda y nos encaminamos hacia el lugar que mi amigo había explorado en su visita anterior.

Durante el día tuvimos suerte en la pesca; nos dedicamos a remontar constantemente la corriente, y hacia el atardecer teníamos una de las más preciosas cestas de pescado que yo había visto en mucho tiempo. De regreso al pueblo, preparamos una buena comida con el botín del día, después de lo cual, y tras seleccionar unos cuantos de los más bellos pescados para nuestro desayuno, regalamos el resto al grupo de aldeanos que se había congregado a respetuosa distancia para ver lo que hacíamos. Se mostraron indeciblemente agradecidos y derramaron infinidad de bendiciones irlandesas, según me pareció a mí, sobre nuestras cabezas.

Así pasamos varios días, disfrutando de un espléndido deporte y de un enorme apetito que hacía justicia a nuestras capturas. Tuvimos la satisfacción de ver que los lugareños se mostraban muy serviciales y que no se habían atrevido a tocar nuestras cosas mientras estábamos ausentes.

Llegamos a Kraighten un martes, y sería el domingo siguiente cuando hicimos un gran descubrimiento. Hasta entonces habíamos ido siempre río arriba; ese día, sin embargo, dejamos a un lado nuestras cañas, tomamos algunas provisiones y emprendimos una larga excursión en dirección contraria. El día era cálido y caminamos sin prisa, deteniéndonos hacia mediodía para almorzar sobre una gran roca plana próxima a la orilla del río. Después, permanecimos sentados y fumamos un rato, reanudando nuestra marcha sólo cuando nos cansamos de estar sentados.

Durante quizá otra hora seguimos andando, charlando tranquila y agradablemente sobre temas diversos, y en varias ocasiones nos detuvimos para que mi compañero —que es un poco artista— tomase rápidos apuntes de algún aspecto sorprendente del agreste paisaje.

Y entonces, sin previo aviso, el río que seguíamos con tanta confianza terminó de súbito, desapareciendo bajo tierra.

—¡Dios mío! —dije—. ¿Quién lo iba a suponer?

Y me quedé mudo de asombro; luego me volví a Tonnison. Estaba mirando, con una expresión vacía en su rostro, el lugar donde el río desaparecía.

Un instante después, dijo:

—Sigamos un poco, puede que reaparezca otra vez; de cualquier modo, vale la pena investigar.

Asentí y reanudamos la marcha, una vez más, aunque un poco a la ventura; no sabíamos en qué dirección continuar nuestra búsqueda. Proseguimos durante una milla tal vez; luego Tonnison, que había estado mirando los alrededores con curiosidad, se detuvo y se protegió los ojos haciéndose sombra.

—¡Mira! —dijo, al cabo de un momento—, ¿no hay una bruma, o lo que sea, allá a la derecha, a la altura de aquella enorme roca? —y señaló con la mano.

Miré y un minuto después me pareció ver algo, aunque no estaba seguro, y se lo dije.

—De todos modos —dijo mi amigo—, iremos hasta allí y echaremos un vistazo. —Y emprendió la marcha en la dirección que había indicado, conmigo a la zaga. Poco después nos adentramos en una zona de arbustos, y trepamos la escarpada loma, desde la que descubrimos un paraje agreste lleno de árboles y vegetación—. Parece como si hubiésemos encontrado un oasis en este desierto de piedra —murmuró Tonnison, mientras contemplaba el panorama con interés. Luego se quedó callado, con los ojos fijos; y yo miré también, porque desde algún punto en el centro de la boscosa depresión se elevaba en el aire quieto una gran columna de bruma o rocío, sobre la que incidía el sol, componiendo innumerables arco iris.

—¡Qué maravilloso! —exclamé.

—Sí —convino Tonnison, pensativo—. Debe haber allí una catarata o algo parecido. Quizá sea nuestro río que sale a la luz otra vez. Vayamos a ver.

Nos abrimos paso pendiente abajo y nos internamos entre los árboles y matorrales. Los arbustos formaban una densa maraña y los árboles se cerraban sobre nuestras cabezas, de forma que el lugar resultaba lúgubre y sombrío. Pero no había bastante oscuridad para ocultar el hecho de que muchos de los árboles eran frutales, y que, aquí y allá, podía distinguir vagamente los vestigios de un cultivo abandonado mucho tiempo atrás. Por eso se me ocurrió que nos estábamos abriendo paso en la lujuriante maraña de un inmenso y antiguo jardín. Se lo dije a Tonnison y coincidió en que, efectivamente, todo indicaba que era así.

¡Qué lugar tan tétrico y oscuro! De alguna manera, mientras avanzábamos, se apoderó de mí la sensación de callada soledad y abandono del viejo jardín, y sentí un escalofrío. Uno podía imaginar extraños seres acechando entre los espesos arbustos; mientras, en el mismo aire del lugar, parecía haber algo misterioso. Creo que Tonnison era consciente de esto, también, aunque no decía nada.

De repente, nos detuvimos. A través de los árboles había llegado a nuestros oídos un rumor distante. Tonnison se inclinó hacia adelante y prestó atención. Ahora lo podía oír con más claridad; era continuo y áspero, una especie de rugido ronco que parecía provenir de muy lejos. Experimenté una vaga e indescriptible sensación de nerviosismo. ¿En qué clase de lugar nos habíamos metido? Miré a mi compañero para ver qué pensaba, pero su cara sólo reflejaba perplejidad; y entonces, mientras leía su semblante, afloró a él una expresión de comprensión, y asintió.

—Es una catarata —exclamó convencido—. Ahora reconozco el ruido. —Y empezó a abrirse paso vigorosamente entre los matorrales, en dirección al rumor.

A medida que avanzábamos, el ruido se fue haciendo más claro, lo que indicaba que caminábamos directo hacia él. El rugido crecía y crecía, de manera constante, cada vez más cerca, hasta que, como señalé a Tonnison, casi parecía brotar de debajo mismo de nuestros pies, aunque seguíamos rodeados de árboles y de matorrales.

—¡Cuidado! —me gritó Tonnison—. ¡Mira dónde pisas!

De repente, salimos de entre los árboles a un gran espacio despejado, donde, a menos de seis pasos, se abría la boca de un tremendo precipicio, desde cuyas profundidades parecía emerger el ruido, junto con la continua nube de rocío que habíamos divisado desde lo alto del lejano ribazo.

Durante un minuto entero permanecimos en silencio, contemplando embobados el espectáculo; luego mi amigo avanzó con cautela hasta el borde del abismo. Le seguí y juntos nos asomamos a través de la furia de rocío a una monstruosa catarata de agua espumeante que saltaba como chorro desde el costado, a unos cien pies por debajo de nosotros.

—¡Buen Dios! —exclamó Tonnison.

Yo guardé silencio, impresionado. El espectáculo era inesperadamente grandioso y sobrecogedor; aunque esta última cualidad se me hizo más patente más adelante.

Luego alcé los ojos hasta el otro lado del precipicio. Allá, por encima de la niebla, se erguía una oscura silueta: parecían los restos de unas ruinas enormes. Toqué a Tonnison en el hombro. Éste miró a su alrededor, sobresaltado, y le señalé la silueta. Su mirada siguió mi dedo y sus ojos se iluminaron con un súbito destello de excitación cuando tropezaron con ella.

—¡Vamos! —gritó por encima del alboroto—. Le echaremos un vistazo. Hay algo raro en este lugar; lo siento en los huesos. —Y nos pusimos en marcha, rodeando el borde de aquella especie de cráter. A medida que nos acercábamos a este nuevo lugar, fui comprobando que no me había equivocado en mi primera impresión: era indudablemente parte de las ruinas de un edificio; sin embargo, ahora distinguía que no estaba construido en el mismo borde del abismo, como había supuesto al principio, sino que estaba encaramado casi en el último extremo de un gigantesco espolón rocoso que sobresalía unos cincuenta o sesenta pies por encima del abismo. De hecho, la irregular masa de ruinas estaba literalmente suspendida en el aire.

Alcanzado el otro lado, nos dirigimos hacia el saliente del espolón, y debo confesar que experimenté una insoportable sensación de terror al asomarme desde aquella vertiginosa cornisa a las oscuras profundidades de abajo, de las que surgían el trueno de la catarata y el sudario de rocío.

Al llegar a las ruinas, gateamos con cautela a su alrededor, y en el extremo más alejado tropezamos con un montón de piedras y bloques desprendidos. Las mismas ruinas me parecían, mientras ahora las examinaba minuciosamente, una parte del muro exterior de alguna construcción prodigiosa, con mucho espesor y sólidamente construido. Sin embargo, no pude conjeturar por ningún medio qué función desempeñaba en semejante sitio. ¿Dónde estaba el resto de la casa, o castillo, o lo que hubiese sido?

Regresé a la parte exterior del muro y de allí al borde del precipicio; Tonnison hurgaba sistemáticamente entre el montón de piedras y escombros del otro lado. Entonces empecé a examinar la superficie del terreno, cerca del borde del abismo, para ver si quedaban más restos del edificio al que evidentemente éstos pertenecían. Pero aunque lo hice con el mayor cuidado, no pude descubrir vestigio alguno que indicase que un edificio se alzaba en este lugar, de modo que me sentí más confundido que nunca.

Entonces oí el grito de Tonnison; me llamaba, excitado, y eché a correr sin dilación por el promontorio rocoso de las ruinas. Primero pensé que se había hecho daño; luego se me ocurrió que quizá había descubierto algo.

Llegué a la pared desmoronada y di la vuelta a su alrededor. Encontré a Tonnison de pie, dentro de una pequeña excavación que había hecho entre los escombros: le estaba quitando la suciedad a algo que parecía un libro, muy arrugado y deteriorado, y abría la boca, cada dos o tres segundos, para aullar mi nombre. Tan pronto como vio que ya había llegado, me tendió el botín, diciéndome que lo guardase en mi mochila, mientras él continuaba sus excavaciones. Así lo hice, aunque no sin antes deslizar mis dedos entre sus páginas y notar que estaban repletas de una escritura cuidadosa, anticuada, completamente legible, salvo una parte donde las páginas estaban casi destruidas, embarradas y arrugadas, como si hubiese quedado doblado por esa parte. Según me dijo Tonnison, así era como lo había encontrado, en realidad, y el deterioro se debía, sin duda, al derrumbe de la albañilería sobre él. Curiosamente, sin embargo, el libro estaba bastante seco, lo que imagino se debía a haber estado muy bien enterrado entre las ruinas.

Después de poner a salvo el libro, bajé y eché una mano a Tonnison en su auto-impuesta tarea de excavar; sin embargo, a pesar de que estuvimos trabajando con denuedo más de una hora revolviendo el montón de piedras y cascotes, sólo encontramos unos trozos de madera, que podían haber sido parte de un escritorio o mesa; de modo que dejamos de buscar y retrocedimos por la roca hasta la seguridad del terreno firme.

Seguidamente, dimos un rodeo completo al tremendo abismo que, según pudimos observar, tenía la forma de un círculo casi perfecto, salvo en el lugar donde sobresalía el espolón rocoso coronado por las ruinas, arruinando la simetría.

El abismo no era, según opinión de Tonnison, otra cosa que una gigantesca sima o pozo que penetraba vertical en las entrañas de la tierra.

Durante algún tiempo más, seguimos mirando a nuestro alrededor; y entonces, al notar un espacio despejado al norte del precipicio, dirigimos nuestros pasos en esa dirección.

Allí, a unos centenares de yardas de la boca del imponente pozo, encontramos un gran lago de aguas silenciosas, silenciosas salvo en un lugar donde había un constante burbujeo y gorgoteo.

Ahora, lejos del ruido de la atronadora catarata, pudimos oírnos el uno al otro sin tener que gritar a voz en cuello; le pregunté qué pensaba del lugar. Por mi parte, le dije que no me gustaba, y que cuanto antes nos marcháramos, mejor.

Él asintió, y miró furtivamente hacia el bosque que habíamos dejado atrás. Le pregunté si había visto u oído algo. No me contestó, pero se quedó callado, como escuchando, y yo guardé silencio también.

De repente, habló.

—¡Escucha! —dijo vivamente. Lo miré a él y luego me volví hacia los árboles y arbustos, conteniendo la respiración sin querer. Transcurrió un minuto de tenso silencio; sin embargo, no pude oír nada, y me volví hacia Tonnison para decírselo; y entonces, cuando ya había abierto la boca para hablar, se oyó un extraño lamento en el bosque, a nuestra izquierda. Parecía flotar entre los árboles, un susurro de hojas. Y luego silencio

Tonnison habló y me puso la mano en el hombro.

—Salgamos de aquí —dijo, y comenzó a caminar despacio hacia donde la espesura de árboles y matorrales parecía menos densa. Mientras lo seguía, observé de repente que el sol estaba bajo, y que en el aire había una definitiva sensación glacial.

Tonnison no dijo nada más, sino que siguió andando sin aminorar la marcha. Ahora avanzábamos entre los árboles y yo miré a mi alrededor, nervioso, pero no vi nada, salvo ramas quietas y troncos y arbustos enmarañados. Seguimos caminando; ningún ruido quebró el silencio excepto el ocasional chasquido de alguna ramita bajo nuestros pies, a nuestro paso. Sin embargo, a pesar de la quietud, tenía la horrible sensación de que no estábamos solos; y me pegué tanto a Tonnison, que dos veces le pisé torpemente los talones; él no dijo nada. En dos minutos llegamos a los confines del bosque y salimos por fin a las desnudas rocas del campo. Sólo entonces fui capaz de sacudirme el obsesionado miedo que me había seguido entre los árboles.

Una vez, mientras nos alejábamos, me pareció escuchar de nuevo el sonido distante de un lamento, y me dije a mí mismo que sin duda era el viento, aunque la tarde estaba serena.

Ahora Tonnison empezó a hablar.

—Mira —dijo con decisión—, no pasaría una noche en ese lugar ni por todo el oro del mundo. Hay algo profano, diabólico, en él. Lo he sentido de pronto, justo después de que hablaras. Me parece que el bosque está lleno de seres malignos. ¡Ya sabes!

—Sí —contesté, y volví la mirada hacia el lugar; pero estaba oculto por una elevación del terreno—. Tenemos el libro —dije, y puse una mano sobre la mochila.

—¿Lo has guardado bien? —preguntó, con súbita ansiedad.

—Sí —respondí.

—Tal vez —prosiguió mi amigo— sepamos algo por él cuando volvamos a la tienda. Será mejor que nos demos prisa; todavía estamos muy lejos y ahora no me gustaría quedar atrapado aquí por la oscuridad.

Dos horas más tarde llegábamos a la tienda y, sin demora, nos pusimos a preparar la cena, pues no habíamos comido nada desde el almuerzo al mediodía.

Terminada la cena, retiramos las cosas y encendimos nuestras pipas. Entonces Tonnison me pidió que sacase el manuscrito de la mochila. Así lo hice, y como no lo podíamos leer los dos al mismo tiempo, sugirió que yo leyese en voz alta.

—Y procura —me previno, conociendo mis inclinaciones— no saltarte la mitad del libro.

Sin embargo, de haber tenido idea de su contenido, se habría dado cuenta de qué tan innecesaria era tal advertencia, por esta vez al menos. Y allí sentados en la abertura de nuestra pequeña tienda, empecé el extraño relato de La Casa en el Confín de la Tierra (pues tal era el título del manuscrito), que ahora se narra en las páginas siguientes.



2 - LA PLANICIE DE SILENCIO


«...»

Soy un anciano. Aquí vivo, en esta antigua casa rodeada de enormes jardines descuidados.

Los campesinos que habitan el páramo dicen que estoy loco. Lo dicen porque no tendré nada que hacer con ellos. Vivo aquí solo con mi vieja hermana, que es también mi ama de llaves. No tengo sirvientes... los odio. Tengo un amigo, un perro; sí, prefiero tener al viejo Pepper que a todo el resto de la creación. Él, al menos, me comprende y tiene el sentido común de dejarme solo cuando estoy de mal humor.

He decidido empezar una especie de diario; esto me permitirá expresar algunos pensamientos y sensaciones que no puedo compartir con nadie; pero, más allá de eso, estoy ansioso por registrar todas las cosas extrañas que he visto y oído a lo largo de los muchos años de soledad en este misterioso edificio.

Durante un par de siglos esta casa ha tenido su reputación, mala, y cuando la compré hacía más de ochenta años que nadie vivía en ella, en consecuencia, la conseguí por un precio ridículamente pequeño.

No soy supersticioso, pero he dejado de negar que suceden cosas en ella... cosas que no puedo explicar; por lo tanto, necesito aliviar mi espíritu anotando una relación con mi mejor capacidad; aunque, si éste, mi diario, fuera alguna vez leído después de mi muerte, el lector sacudirá la cabeza y quedará aún más convencido de que estaba loco.

¡Qué antigua es esta casa! Aunque su edad sorprende menos, quizá, que la singularidad de su estructura, que es curiosa y fantástica en grado extremo. Predominan las pequeñas torres cilíndricas y los pináculos, cuyas siluetas sugieren llamas movedizas, mientras que el cuerpo del edificio tiene la forma de un círculo.

He oído decir que existe una vieja historia, contada entre la gente del país, sobre que fue el diablo quien construyó el lugar. De cualquier manera, que sea como sea. Verdad o no, no lo sé ni me importa, salvo que contribuyó a abaratarla antes de que yo viniera.

Debo haber vivido aquí unos diez años antes de ver alguna cosa que justificara creer en las historias sobre esta casa y que circulaban en la vecindad. Es cierto que había visto, al menos en una docena de ocasiones, vagamente, cosas que me desconcertaron, y quizá las sentí más que verlas. Luego, a medida que pasaban los años y envejecía, a menudo fui consciente de algo invisible, aunque inequívocamente presente, en las habitaciones y corredores vacíos. Sin embargo, pasaron muchos años antes de ver cualquier manifestación real de lo supuestamente sobrenatural.

No era Noche de Difuntos. Si tuviese la intención de contar un cuento por diversión, probablemente lo situaría en esa noche de noches; pero esto es un verdadero registro de mis propias experiencias y no pondría la pluma sobre el papel para divertir a nadie. No. Era pasada la medianoche del 21 de enero. Estaba sentado leyendo en mi estudio, como es a menudo mi costumbre. Pepper yacía, dormido, cerca de mi butaca.

De manera inesperada, las llamas de las dos velas disminuyeron y luego brillaron con luz verdosa, espectral. Alcé la vista con rapidez, y mientras lo hacía vi que adquirían una coloración rojiza, mortecina, de modo que la habitación quedó iluminada con un extraño crepúsculo denso y carmesí que daba a las sombras detrás de las sillas y mesas una negrura de doble profundidad; y dondequiera que la luz tocaba era como si una sangre luminosa hubiera salpicado la habitación.

Abajo, en el suelo, oí un débil gemido temeroso y algo se acurrucó entre mis pies. Era Pepper, que buscaba refugio bajo mi bata. ¡Pepper, que era habitualmente tan bravo como un león!

Fue este movimiento del perro, creo, lo que me hizo sentir la primera punzada de miedo real. Quedé considerablemente sobresaltado cuando las luces ardieron verdes, y luego rojas; pero estaba en ese momento bajo la impresión de que el cambio era debido a la presencia de algún gas nocivo en la habitación. Luego, sin embargo, vi que no era así, y que las velas ardían con llama viva y firme, y no mostraban signos de apagarse, como habría sido el caso de que el fenómeno se debiera a humos en la atmósfera.

No me moví. Me sentía muy atemorizado, pero no pude pensar en hacer otra cosa que esperar. Durante un minuto, tal vez, recorrí la habitación con la mirada, nervioso. Entonces noté que las llamas habían empezado a bajar, muy lentamente, hasta que en poco tiempo fueron dos diminutos puntos de fuego rojo, como el brillo de rubíes en la oscuridad. Sin embargo, seguí sentado y observando, mientras una especie de soñolienta indiferencia parecía invadirme, disipando todo el miedo que había empezado a invadirme.

En el extremo opuesto de esta enorme habitación anticuada capté un leve resplandor. Aumentó sin pausa hasta llenar el lugar con destellos de una luz verde y temblorosa; entonces bajó con rapidez y cambió, tal cual las llamas de las velas, a un carmesí oscuro, sombrío, que se fortaleció e iluminó la habitación con un torrente de espantosa gloria.

La luz provenía del muro del fondo y se hacía cada vez más brillante, hasta que su intolerable luminosidad me dañó los ojos y los cerré, sin querer. Transcurrieron unos segundos antes de poder abrirlos otra vez. Lo primero que noté fue que la luz había disminuido mucho, de modo que ya no dañaba mi vista. Luego, mientras se volvía más tenue percibí, todo al mismo tiempo, que en lugar de ver su rojez estaba mirando a través de ella y a través de la misma pared.

Gradualmente, a medida que me acostumbraba a la idea, me fui dando cuenta de que me asomaba a una inmensa planicie, iluminada por el mismo sombrío crepúsculo que inundaba la habitación. Apenas podía concebir la inmensidad de esta llanura. No podía divisar sus márgenes en parte alguna. Parecía extenderse en ancho y largo, de modo que la vista no alcanzaba a percibir ningún confín. Lentamente, los detalles de las partes más próximas comenzaron a aclararse; entonces, casi en un instante, la luz murió y la visión —si es que era una visión— se destiñó y desapareció.

De repente, fui consciente de que ya no estaba sentado en la butaca. En cambio, me hallaba suspendido en el aire, por encima de ella, y miraba hacia abajo hacia algo tenue, arrebujado y silencioso. Un momento después, una ráfaga fría me arrastró y estaba afuera en la noche, flotando como una burbuja a través de la oscuridad. Mientras me movía, un frío helado pareció envolverme; me estremecí.

Después de un rato, miré a derecha e izquierda y vi la intolerable negrura de la noche, penetrada por remotos resplandores de fuego. Seguía hacia arriba, hacia afuera. Una vez miré hacia atrás y vi la Tierra como una pequeña luna creciente de luz azul, retrocediendo hacia mi izquierda. Más lejos, el sol, una salpicadura de llama blanca, ardía vivamente contra las tinieblas.

Pasó un tiempo indefinido. Entonces, por última vez, vi la Tierra: un perdurable glóbulo de radiante azul, nadando en una eternidad de éter. Y yo, frágil copo de polvo espiritual, vacilaba en silencio a través del vacío, desde el distante azul hacia la extensión de lo desconocido.

Me pareció que había pasado un largo rato y ahora no veía nada en ninguna parte. Había flotado más allá de las estrellas fijas y me precipitaba a la inmensa negrura que espera del otro lado. Durante todo este tiempo, poco experimenté aparte de una sensación de ligereza y fría incomodidad. Ahora en cambio, la atroz oscuridad pareció escurrirse en mi alma y me llenó de miedo y desesperación. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Hacia dónde estaba yendo? Incluso mientras se formaban estos pensamientos creció, sobre la impalpable tiniebla que me envolvía, un débil matiz sanguíneo. Parecía extraordinariamente remoto y brumoso; sin embargo y al mismo tiempo, se alivió la sensación de opresión y ya no me sentí desesperado.

Lentamente, la distante rojez se hizo más definida y amplia; hasta que, al acercarme se desplegó en un enorme resplandor sombrío, pesado y tremendo. Sin embargo, yo seguía volando y en un momento me aproximé tanto que pareció extenderse debajo de mí como un gran océano de rojo sombrío. Poco podía ver, salvo que parecía extenderse, interminable, en todas direcciones.

Un poco más lejos, me encontré descendiendo hacia él, y pronto me sumergí en un inmenso mar de nubes sombrías, de un matiz rojizo. Lentamente, emergí de ellas y allá, debajo de mí, vi la formidable planicie que había visto desde mi habitación en esta casa que se alza al borde del silencio.

Entonces, aterricé, rodeado de una extensión de soledad. El lugar estaba iluminado por un lóbrego crepúsculo que daba la impresión de indescifrable desolación.

Lejos, en el cielo a mi derecha, ardía un gigantesco anillo de fuego rojo oscuro, desde cuyo borde exterior se proyectaban inmensas llamaradas retorcidas, zigzagueantes y dentadas. El interior de este anillo era negro, negro como la penumbra de la noche exterior. De improviso comprendí que el lugar recibía la triste luz desde este extraordinario sol.

Bajé los ojos de aquella extraña fuente de luz y la dirigí de nuevo a mi alrededor. Dondequiera que miraba no veía sino la misma plana monotonía de la interminable planicie. En ninguna parte pude divisar señal alguna de vida, ni siquiera las ruinas de alguna antigua morada.

Paulatinamente me di cuenta de que avanzaba, flotando a través de la plana inmensidad. Durante lo que pareció una eternidad, seguí adelante. No sentía nada de impaciencia, aunque no dejaba de experimentar cierta curiosidad y un enorme asombro. Siempre vi a mi alrededor la extensión de esa inmensa planicie, y siempre busqué algo nuevo que rompiera su monotonía; pero no había cambios, sólo soledad, silencio y desierto.

Entonces, de manera casi inconsciente, descubrí que había una tenue bruma, de matiz rojizo, extendida sobre su superficie. Sin embargo, cuando miré con más atención, fui incapaz de decir si eso era en realidad bruma, ya que parecía fundirse con la planicie, confiriéndole una peculiar irrealidad y transmitiendo a los sentidos la idea de falta de solidez.

Poco a poco, empecé a cansarme de la chatura de la cosa. Sin embargo, fue mucho tiempo antes de que percibiese alguna señal en el lugar hacia el que era conducido.

Al principio, lo vi, lejos y adelante, como un largo montículo sobre la superficie de la planicie. Luego, a medida que me acercaba, percibí que me había equivocado, porque en lugar de una colina ahora distinguía una cadena de grandes montañas, cuyos remotos picos se alzaban en el rojo crepúsculo hasta quedar casi fuera de la vista.



3 - LA CASA EN EL ANFITEATRO


Y así, después de un tiempo, llegué a las montañas. Allí el curso de mi viaje fue alterado y empecé a moverme a lo largo de la base hasta que, de repente, encontré que había llegado frente a una gigantesca grieta que se abría hacia el interior. Fui impulsado a través de ella, a no gran velocidad. A cada lado se alzaban inmensas y escarpadas paredes verticales de aspecto rocoso. Lejos, en lo alto, distinguí una delgada cinta rojiza donde la boca de la sima se abría entre picos inaccesibles. Allí había un silencio lúgubre, profundo y escalofriante. Seguí avanzando durante un tiempo y luego, por fin, vi ante mí un profundo resplandor rojo que me indicó que estaba cerca del extremo opuesto del desfiladero.

Un rato después estaba en la salida mirando un enorme anfiteatro de montañas. Sin embargo, de las montañas y de la terrible magnificencia del lugar recuerdo poco, porque quedé perplejo al contemplar, a la distancia de unos kilómetros y en el centro del mismo, una formidable estructura construida, al parecer de jade verde. Sin embargo, no fue el propio descubrimiento del edificio lo que me había asombrado, sino el hecho, que se volvía a cada momento más evidente, de que no se diferenciaba de esta casa donde vivo salvo en el color y su enorme tamaño.

Durante un rato, seguí mirándola, sin quitar la vista. Incluso así, apenas podía creer lo que veía adelante. En mi mente se formó una pregunta, reiterada, incesante: "¿Qué significa? ¿Qué significa?", y no fui capaz de idear una respuesta, ni siquiera en las profundidades de mi imaginación. Sólo parecía capaz de maravillarme y temer. Miré durante un tiempo más largo, notando todo el tiempo nuevos detalles de semejanza que me llamaron la atención. Al final, cansado y dolorosamente perplejo, quité la vista de ella para mirar el resto del extraño lugar en que me había metido.

Hasta el momento había estado tan absorto en el examen de la Casa que sólo había echado una rápida ojeada a mi alrededor. Ahora, mientras miraba, empecé a darme cuenta de la clase de lugar al que había venido. El anfiteatro, así lo he denominado, parecía un círculo perfecto de unos dieciséis o diecinueve kilómetros de diámetro; la Casa, como he dicho antes, se levantaba en el centro. La superficie del lugar, como la de la planicie, tenía una peculiar apariencia brumosa, que sin embargo no era niebla.

De un breve reconocimiento, mis ojos pasaron rápidamente a lo largo de las laderas de las montañas circundantes. Qué silenciosas estaban. Creo que esta abominable quietud era más agobiante para mí que cualquier cosa que hubiera visto o imaginado. Miraba hacia lo alto ahora, a los grandes despeñaderos que se elevaban altivos. Allá arriba, la impalpable rojez le daba una apariencia borrosa a todas las cosas.

Y entonces, mientras miraba curioso, un nuevo terror vino a mí; porque lejos, entre los brumosos picos a mi derecha, distinguí una vasta forma de negrura, gigantesca. Crecía ante mis ojos. Tenía una enorme cabeza equina, con gigantescas orejas, y parecía mirar con fijeza hacia el anfiteatro. Había algo en la posición que me dio la impresión de una eterna vigilancia, de haber guardado este lúgubre lugar a través de eternidades desconocidas. Poco a poco el monstruo se volvió más definido y entonces, de improviso, mi mirada saltó de él a algo más lejos y más arriba entre los riscos. Durante un largo minuto observé, aterrado. Me sentía insólitamente consciente de algo no del todo desconocido, como si se agitara en el fondo de mi mente. La cosa era negra y tenía cuatro brazos grotescos. No distinguía sus rasgos; en torno a su cuello vi varios objetos de color claro. Lentamente, vi los detalles y fríamente me di cuenta de que eran calaveras. Más abajo el cuerpo tenía otro cinturón, menos oscuro contra el tronco negro. Entonces, aun mientras me esforzaba por saber qué era la cosa, un recuerdo se deslizó en mi mente, y de inmediato supe que estaba mirando una monstruosa representación de Kali, la diosa hindú de la muerte.

Otros recuerdos de mis viejos días de estudiante derivaron a mis pensamientos. Mi mirada volvió a la enorme Cosa con cabeza de bestia. Al mismo tiempo reconocí al antiguo dios egipcio Set, o Seth, el Destructor de Almas. Con el conocimiento vino un gran interrogante... "¡Dos de los...!" Me detuve y me esforcé en pensar. Cosas más allá de mi imaginación espiaron dentro de mi atemorizada mente. Veía, oscuramente, "¡los viejos dioses de la mitología!". Traté de comprender hacia qué apuntaba todo. Mi mirada se detuvo, parpadeante, entre los dos. "Si..."

Se me ocurrió una idea; me volví y miré rápidamente hacia lo alto, hacia los tenebrosos riscos, lejos, a mi izquierda. Algo asomaba bajo un gran pico, una forma grisácea. Me pregunté si no la había visto antes y entonces recordé que aún no había observado esa parte. Ahora la veía con más claridad. Era, como he dicho, gris. Tenía una tremenda cabeza pero no ojos. Esa parte de la cara estaba vacía.

Ahora vi que había otras cosas arriba, entre las montañas. Más lejos, reclinada sobre una altísima cornisa, distinguí una masa lívida, grotesca y macabra. Se veía sin forma, a excepción de una impía cara semi-bestial que miraba, repugnante, desde algún lugar en su centro. Y entonces vi otras, había cientos de ellas. Parecían crecer de las sombras. Reconocí algunas casi de inmediato como deidades mitológicas; otras me eran extrañas, absolutamente extrañas, concebidas más allá del poder de una mente humana.

Miré a ambos lados y vi más, incontables. Las montañas estaban cargadas de cosas extrañas. Dioses-animales, horrores tan atroces y bestiales que la posibilidad y la decencia niegan todo intento de mayor descripción. Y yo... yo estaba lleno de una terrible sensación de aplastante horror, miedo y repugnancia; sin embargo, a pesar de ello, sumamente maravillado. ¿Había entonces, después de todo, algo en los antiguos cultos paganos, algo más que una mera deificación de hombres, animales y elementos? El pensamiento me sobrecogió... ¿lo había?

Más tarde, una pegunta se repitió. ¿Qué eran ellos, esos Dioses-animales y los otros? Al principio me habían parecido sólo Monstruos esculpidos colocados al azar entre los picos y los precipicios inaccesibles de las montañas circundantes. Ahora, mientras los examinaba con mayor atención, mi mente llegó a una nueva conclusión. Había algo en ellos, una indescriptible y silenciosa vitalidad que sugería, a mi dilatada conciencia, un estado de vida-en-la-muerte, algo que no era vida en absoluto según la entendemos, sino más bien una forma inhumana de existencia, que bien podría ser parecida a un trance inmortal... una condición en la que era posible imaginar su continuación, eternamente. "¡Inmortalidad!", la palabra surgió en mi mente y de inmediato me pregunté si sería ésta la inmortalidad de los dioses.

Y entonces, en medio de mis dudas y reflexiones, algo sucedió. Hasta ese momento había permanecido dentro de la sombra de la salida de la enorme grieta. Ahora, sin acto de voluntad de mi parte, comencé a alejarme desde la semi-oscuridad y a desplazarme lentamente hacia el anfiteatro... hacia la Casa. Ante esto renuncié a todo pensamiento en esas Formas prodigiosas por encima de mí, y sólo pude mirar aterrado la tremenda estructura hacia la cual era transportado de manera tan implacable. Sin embargo, aunque busqué con ansiedad, no pude descubrir nada que ya no hubiera visto, de modo que me calmé poco a poco.

Ahora, había llegado a un punto a más de medio camino entre la Casa y la grieta. Todo a mi alrededor se extendía la fría soledad del lugar y el imperturbable silencio. A un ritmo constante me acercaba al gran edificio. Entonces, de pronto, algo atrajo mi mirada, algo que apareció detrás de uno de los enormes contrafuertes de la Casa y quedó a plena vista. Era una cosa gigantesca y se movía con una curiosa zancada, casi erguida, a la manera de un hombre. Carecía completamente de ropa y tenía una notable apariencia luminosa. Sin embargo era su rostro lo que más me atraía y aterraba. Era la cara de un cerdo.

En silencio, con atención, observé a esta horrible criatura y olvidé mi temor, por un momento, absorto en sus movimientos. Caminaba pesadamente alrededor del edificio, se detenía al llegar a una ventana para espiar adentro y sacudir la reja que, como en esta casa, la protegía; y cada vez que llegaba a una puerta la empujaba y tentaba la cerradura con cautela. Era evidente que buscaba algún acceso a la Casa.

Ahora yo me encontraba a menos de cuatrocientos metros del grandioso edificio y todavía era arrastrado hacia adelante. De repente, la Cosa se volvió y miró terriblemente en mi dirección. Abrió la boca y, por primera vez, fue quebrado el silencio de este abominable lugar con una nota profunda, retumbante, que me produjo una sensación adicional de aprensión. Entonces, de inmediato, caí en la cuenta de que venía hacia mí, deprisa y en silencio. En un instante había cubierto la mitad de la distancia entre los dos; me sentí destinado sin remedio a encontrarla. A sólo noventa metros, la brutal ferocidad de la gigantesca cara me paralizó con una sensación de absoluto horror. Puedo haber gritado en la cúspide de mi miedo; y entonces, en el mismo momento del límite de mi desesperación, tuve conciencia de que miraba hacia abajo por encima del anfiteatro, desde una altura que crecía con rapidez. Me elevaba, más y más. En un tiempo inconcebiblemente breve había llegado a una altura de muchos cientos de pies. Debajo de mí, el punto que acababa de abandonar era ocupado por la inmunda criatura-cerdo. Se había puesto en cuatro patas y olfateaba y hozaba, como un auténtico cerdo, la superficie del anfiteatro. Un momento y se levantó sobre sus pies, manoteando hacia arriba, con una expresión de avidez en su cara como jamás había visto en este mundo.

De manera constante, subí más alto. En pocos minutos, al parecer, había rebasado la altura de las enormes montañas, flotando, solo, lejos en la rojez. A una tremenda distancia por debajo se veía el anfiteatro, borroso, con la poderosa Casa no mayor que una diminuta mancha de verde. Ya no se veía la cosa-cerdo.

Ahora pasaba sobre las montañas, por encima de la inmensa amplitud de la planicie. A lo lejos, sobre su superficie y en dirección del sol con forma de anillo, asomó una mancha confusa. La miré indiferente. De alguna manera me recordaba la primera visión que había tenido del anfiteatro-montaña.

Con una sensación de cansancio, alcé los ojos hacia el inmenso anillo de fuego. ¡Qué extraño era! Y mientras miraba, desde el oscuro núcleo brotó una súbita llamarada de vivido fuego. Comparada con el tamaño del oscuro centro era insignificante, y sin embargo, en sí misma prodigiosa. Con despierto interés, la observé con cuidado y noté su extraña ebullición y resplandor. Luego, en un momento, toda la cosa se volvió oscura e irreal y desapareció de la vista. Sumamente asombrado, miré abajo a la planicie de la que todavía me elevaba. Fue así que recibí una nueva sorpresa. La planicie y todo había desaparecido, y por debajo de mí sólo se extendía un mar de roja bruma. Poco a poco, mientras miraba, se volvió más remoto y se esfumó en un apagado y lejano misterio de rojez contra una noche impenetrable. Un rato después incluso ella se había ido, y yo quedé envuelto en una penumbra impalpable y total.



4 - LA TIERRA


De ese modo estaba, y sólo el recuerdo de que una vez ya había vivido a través de la oscuridad, me sirvió para sustentar mis pensamientos. Pasó mucho tiempo, siglos. Y entonces, una única estrella se abrió camino en la oscuridad. Fue la primera de los distantes grupos de este universo. Ahora quedó muy atrás, y todo a mi alrededor brillaba con el esplendor de innumerables estrellas. Más tarde, años al parecer, vi el sol, un coágulo de llamas. A su alrededor distinguí varias distantes motas de luz, los planetas del Sistema Solar. Y entonces vi la Tierra otra vez, azul e increíblemente diminuta. Se volvió más grande y más definida.

Pasó un largo intervalo de tiempo y entonces por fin entré en la sombra del mundo, zambulléndome en la tenue y bendita noche terrestre. Sobre mi cabeza estaban las viejas constelaciones y había luna creciente. Luego, mientras me acercaba a la superficie terrestre, una vaguedad me invadió y me pareció que me hundía en una niebla negra. Durante un rato no supe nada. Estaba inconsciente. Poco a poco, empecé a escuchar un gemido débil y distante. Se hizo más claro. Una desesperada sensación de agonía se apoderó de mí. Luché frenéticamente por respirar y traté de gritar. En un momento, pude respirar con más facilidad. Era consciente de que algo lamía mi mano. Algo húmedo me barrió la cara. Oí un jadeo, y luego otra vez el gemido. Parecía llegar a mis oídos, ahora, con cierta familiaridad, y abrí los ojos. Todo estaba oscuro, pero la sensación de opresión me había abandonado. Estaba sentado; algo se quejaba lastimeramente y me lamía. Me sentí confuso, e instintivamente traté de evitar la cosa que lamía. Mi cabeza estaba vacía, y por el momento me sentía incapaz de acción o movimiento. Entonces, las cosas volvieron a mí y llamé "Pepper", con debilidad. Me respondió con un gozoso ladrido y renovadas, frenéticas caricias.

Al poco rato, me sentí más fuerte y extendí la mano por los fósforos. Tanteé a ciegas unos momentos, luego mi mano tropezó con ellos, encendí una luz y miré a mi alrededor un tanto confuso. Vi las viejas cosas familiares y me quedé sentado, lleno de aturdido asombro, hasta que la llama del fósforo me quemó los dedos y lo dejé caer, mientras una viva exclamación de dolor e ira escapaba de mis labios, sorprendiéndome con el sonido de mi propia voz.

Un momento después, encendí otro fósforo, y tambaleando a través de la habitación encendí las velas. Entonces observé que no se habían consumido, sino que habían sido apagadas.

Mientras las llamas tomaban fuerza, me volví y miré por el estudio; sin embargo no había nada desusado que ver; y de pronto una ráfaga de irritación se apoderó de mí. ¿Qué había ocurrido? Me sujeté la cabeza con ambas manos y traté de recordar. ¡Ah!, la gran Planicie silenciosa, y el sol-anillo de rojo fuego. ¿Dónde estaban? ¿Dónde los había visto? ¿Cuánto tiempo hacía? Me sentía torpe y embotado. Paseé una o dos veces por la habitación, inseguro. Mi memoria parecía nublada y ya la cosa que había visto volvió a mí con cierto esfuerzo.

Tengo el recuerdo de haber maldecido de mala manera, en mi desconcierto. De repente, sentí un vahído, vértigo, y tuve que asirme a la mesa para sostenerme. Estuve así durante unos momentos, débil, y luego logré tambalear de costado hasta una silla. Después de un rato me sentí algo mejor y pude llegar al aparador donde habitualmente tengo coñac y galletas. Me serví un poco del estimulante y lo bebí todo. Luego de tomar un puñado de galletas, regresé a mi butaca y empecé a devorarlas con voracidad. Me sentía vagamente sorprendido ante mi hambre. Era como si no hubiese comido nada durante un tiempo incalculablemente largo.

Mientras comía, mi mirada recorrió la habitación, captando sus diversos detalles y buscando aún, aunque de manera casi inconsciente, algo tangible a que asirme entre los invisibles misterios que me rodeaban. "Seguramente, pensé, debe haber algo..." Y, en el mismo instante, mi mirada se detuvo en la esfera del reloj en el otro rincón. Acto seguido, dejé de comer y sólo miré. Porque, aunque su tictac indicaba con suma certeza que todavía seguía marchando, sus manecillas señalaban un poco antes de la medianoche; mientras que así era, también yo sabía que era considerablemente después de esa hora cuando presencié el primero de los extraños sucesos que acabo de describir.

Durante quizá un momento quedé pasmado y perplejo. Si la hora hubiese sido la misma que cuando había mirado el reloj por última vez, habría concluido que las manecillas se habían atascado en un lugar, mientras su mecanismo interno seguía marchando como era habitual; pero eso de ninguna manera explicaría que las manecillas se movieran hacia atrás. Entonces, mientras daba vueltas al asunto en mi fatigado cerebro, se me ocurrió la idea de que ahora estaba cerca de la mañana del día veintidós, y que yo había estado inconsciente al mundo visible durante la mayor parte de las últimas veinticuatro horas. El pensamiento ocupó mi atención durante un minuto entero; entonces comencé a comer otra vez. Todavía estaba muy hambriento.

Durante el desayuno, a la mañana siguiente, pregunté casualmente a mi hermana la fecha y comprobé que mi conjetura era correcta. En efecto, había estado ausente, al menos en espíritu, durante casi un día y una noche.

Mi hermana no me hizo ninguna pregunta, porque no era de ningún modo la primera vez que me quedaba en mi estudio todo el día, y algunas veces dos días, cuando he estado particularmente absorto en mis libros o trabajo.

Y así, los días pasan, y todavía estoy lleno de interés por saber el significado de todo lo que vi aquella noche memorable. Sin embargo, sé que mi curiosidad tiene pocas posibilidades de quedar satisfecha.



5 - LA BESTIA DEL POZO


La casa está, como ya he dicho, rodeada por una vasta finca y salvajes jardines abandonados.

Lejos por detrás, a unas trescientas yardas, hay un barranco oscuro y profundo llamado "Pozo" por los campesinos. Al fondo corre un lento arroyo tan cubierto por árboles que apenas se ve desde arriba.

A propósito, debo explicar que este río tiene un origen subterráneo, emergiendo de repente en el extremo este del barranco, y desapareciendo abruptamente bajo los acantilados que forman su extremo occidental.

Unos meses después de mi visión (si es que fue una visión) de la gran planicie, mi atención se sintió particularmente atraída hacia el Pozo.

Sucedió que un día caminaba a lo largo de su borde sur cuando, de pronto, varios trozos de roca y pizarra se desprendieron de la cara del acantilado inmediatamente debajo de mí y cayeron con un estrépito sombrío a través de los árboles. Oí el chapuzón en el río en el fondo, y luego silencio. No le hubiese dado a este incidente más que un pensamiento pasajero si Pepper enseguida no hubiera comenzado a ladrar salvajemente, y no quiso hacer silencio cuando se lo ordené, el cual era un comportamiento muy desusado de su parte.

Comprendiendo que debía haber alguien o algo en el Pozo, regresé rápidamente a la casa por un bastón. Cuando regresé, Pepper había cesado sus ladridos y estaba gruñendo y olfateando, inquieto, a lo largo del borde.

Le silbé para que me siguiese, y empecé a descender con cautela. La profundidad hasta el fondo del Pozo debía ser unos ciento cincuenta pies, y me llevó tiempo y un considerable cuidado llegar abajo a salvo.

Una vez allí, Pepper y yo comenzamos a explorar a lo largo de la ribera del río. Estaba muy oscuro, debido a los árboles que lo cubrían, y me moví con cautela, con la mirada a mi alrededor y el bastón preparado.

Pepper estaba tranquilo ahora y se mantenía cerca de mí todo el tiempo. De este modo registramos una orilla del río sin oír ni ver nada. Luego lo cruzamos por el simple método de saltar y comenzamos a abrirnos camino de regreso a través de la maleza.

Habríamos cubierto, quizá, la mitad de la distancia, cuando escuché otra vez el ruido de piedras que caían del otro lado, del lado que acabábamos de dejar. Una enorme roca bajó atronadora a través de las copas de los árboles, golpeó la orilla opuesta y rebotó al río, lanzando un gran chorro de agua justo encima de nosotros. Ante esto, Pepper soltó un profundo gruñido; entonces se detuvo y enderezó las orejas. Yo presté atención, también.

Un segundo más tarde, un fuerte chillido, semi-humano, semi-porcino, sonó desde los árboles, al parecer cerca de la mitad del acantilado sur. Fue contestado por un chillido similar, desde el fondo del Pozo. Ante esto, Pepper lanzó un ladrido breve y agudo, saltó al otro lado del riachuelo y desapareció en los arbustos.

Inmediatamente después escuché que sus ladridos aumentaban en cantidad y profundidad, y entre ellos se escuchó el ruido de un confuso parloteo. Éste cesó y en el silencio que siguió se elevó un alarido semi-humano de agonía. Casi de inmediato Pepper lanzó un largo aullido de dolor; entonces los arbustos se agitaron con violencia y vino corriendo con el rabo entre las piernas, sin dejar de mirar hacia atrás. Cuando llegó a mí, vi que sangraba por lo que parecía una herida producida por una enorme garra, en el costado, y que le dejaba las costillas al descubierto.

Al ver a Pepper así herido me invadió un furioso sentimiento de ira y, enarbolando el bastón, salté al otro lado y me metí entre los arbustos de los que el perro acababa de salir. Mientras pugnaba por abrirme paso, creo que escuché un sonido de respiración. Un instante después había irrumpido en un pequeño claro, justo a tiempo de ver que algo, de color blanco lívido, desaparecía entre los arbustos del otro lado. Di un grito y corrí tras eso, pero aunque golpeé y sondeé entre el follaje con mi bastón, no vi ni oí nada más, de modo que regresé con Pepper. Allí, después de lavar la herida en el río, até mi pañuelo mojado alrededor del cuerpo; hecho esto, retrocedimos hasta arriba del acantilado y salimos otra vez a la luz del día.

Al llegar a la casa, mi hermana preguntó qué le había pasado a Pepper; le dije que había peleado con un gato salvaje, de los que había oído decir que había varios por allí.

Pensé que sería mejor no contarle cómo había sucedido en realidad, aunque, con seguridad, tampoco yo sabía mucho; pero esto sí sabía, que la cosa que había visto correr hacia los arbustos no era un gato salvaje. Era mucho más grande y hasta donde pude observar tenía la piel como de cerdo, sólo que de un color blanco muerto y morboso. Y entonces había corrido erguida, o casi, sobre sus pies traseros, con un movimiento que de algún modo se asemejaba al de un ser humano. Todo esto había captado en mi fugaz vistazo, y a decir verdad sentía una gran inquietud junto con curiosidad mientras le daba vueltas al asunto en mi mente.

El incidente había ocurrido por la mañana.

Luego, sería después de la cena, estaba sentado leyendo cuando, al alzar los ojos de repente vi que algo espiaba por encima del antepecho de la ventana y que sólo mostraba los ojos y las orejas.

"¡Por Júpiter, un cerdo!", dije y me puse de pie. Entonces vi a la cosa completamente, pero no era un cerdo. Sólo Dios sabe qué era. Me recordaba, vagamente, a la atroz Cosa que rondaba el inmenso anfiteatro. Tenía una boca y una mandíbula grotescamente humanas, pero sin una barbilla como tal. Su nariz se prolongaba en un hocico, por lo tanto con los pequeños ojos y las extrañas orejas tenía una extraordinaria apariencia de cerdo. Tenía poca frente, y ésta y la cara eran de un insano color blanco.

Durante quizá un minuto me quedé mirando la cosa con un creciente sentimiento de repugnancia y cierto temor. La boca continuaba parloteando, tontamente, y una vez emitió un gruñido medio-porcino. Creo que más me atraían sus ojos; parecían brillar, a veces, con una inteligencia horriblemente humana y pasaban desde mí a los detalles de la habitación, como si mi mirada la perturbase.

Al parecer se sujetaba del antepecho con dos manos que se veían como garras. Éstas, a diferencia de la cara, eran de color marrón oscuro y tenían una notable semejanza con las manos humanas; tenían cuatro dedos y un pulgar, aunque palmeados hasta la primera articulación a la manera de los patos. También tenían uñas, pero tan largas y poderosas que más se parecían a las garras de un águila que a otra cosa.

Como he dicho antes, sentía algo de miedo, pero un miedo casi impersonal. Puedo explicar mejor este sentimiento diciendo que era más una sensación de aborrecimiento, como la que uno podría sentir al contacto con algo sobrenaturalmente asqueroso, algo impío, perteneciente a un estado de existencia hasta ahora insospechado.

No puedo decir que captara todos estos detalles de la bestia en ese momento. Creo que los recordé después, como si se hubiesen impreso en mi mente. Imaginé más que lo que vi mientras miraba la cosa, y más tarde recordé los detalles materiales.

Durante un minuto, quizá, me quedé mirando fijo a la criatura; luego, a medida que mis nervios se serenaban un poco, sacudí el vago temor que me dominaba y di un paso hacia la ventana. En ese instante la cosa se agachó y desapareció. Corrí a la puerta y me asomé rápidamente; pero sólo vi la maraña de arbustos y maleza.

Entré corriendo en la casa, tomé mi arma y salí a registrar los jardines. Mientras lo hacía, me pregunté a mí mismo si era posible que esta cosa que acababa de ver fuera la misma a la que había echado un vistazo esa mañana. Me inclinaba a creer que sí.

Habría llevado conmigo a Pepper, pero juzgué que era mejor darle a su herida la oportunidad de sanar. Además, si la criatura que acababa de ver era, como imaginaba, el adversario de la mañana, probablemente no me habría sido de mucha utilidad.

Empecé mi búsqueda, sistemáticamente. Estaba decidido a descubrir y, si era posible, terminar con aquella cosa-cerdo. ¡Éste, al menos, era un horror material!

Al principio registré con cautela, con la herida de Pepper en la mente; pero a medida que las horas transcurrían y no encontraba señal de nada vivo en los grandes y solitarios jardines, me volví menos aprensivo. Sentía que casi daría la bienvenida a su aparición. Cualquier cosa parecía mejor que este silencio, con la siempre presente sensación de que la criatura podía estar acechando en todos los arbustos que pasaba. Más tarde, me volví menos cuidadoso del peligro hasta el punto de lanzarme a través de los matorrales, tanteando con el cañón de mi fusil mientras pasaba.

A veces gritaba, pero sólo el eco respondía. Pensaba que así tal vez asustaría o estimularía a la criatura a mostrarse; pero sólo tuve éxito en hacer salir a mi hermana Mary, a preguntar qué pasaba. Le dije que había visto al gato salvaje que hiriera a Pepper y que estaba intentando hacerlo salir de los arbustos. Pareció sólo medio satisfecha y regresó a la casa con una expresión de duda en su semblante. Me pregunté si habría visto o supuesto algo. Durante el resto de la tarde, seguí la búsqueda ansiosamente. Sentía que sería incapaz de dormir, con esa cosa bestial rondando la maleza y sin embargo, cuando cayó la tarde, no había visto nada. Entonces, mientras me dirigía hacia la casa, escuché un ruido breve, ininteligible, entre los arbustos a mi derecha. Me volví, apunté con rapidez y disparé en la dirección del ruido. Inmediatamente después oí que algo se escabullía entre los matorrales. Se movía con velocidad y un minuto después no lo escuchaba. Di unos pasos más, pero cesé mi persecución al darme cuenta de qué tan inútil sería en la creciente penumbra, y entonces, con una curiosa sensación de depresión, entré en la casa.

Esa noche, después de que mi hermana se fuera a la cama, pasé por todas las puertas y ventanas de la planta baja y me ocupé de que tuvieran los cerrojos cerrados. Esta precaución era apenas innecesaria en lo que se refiere a las ventanas, ya que todas las de abajo tenían sólidas rejas; pero con las puertas, de las que había cinco, fue un pensamiento prudente ya que ninguna estaba cerrada con llave.

Habiéndome asegurado de esto, fui a mi estudio; sin embargo, de pronto, la habitación me produjo inquietud; parecía enorme y llena de ecos. Traté de leer durante un rato, pero al final, al encontrarlo imposible, bajé con el libro a la cocina donde ardía un buen fuego y me senté allí.

Me atrevo a decir que había leído un par de horas cuando de repente oí un sonido que me hizo bajar el libro y escuchar atentamente. Era el ruido de algo que frotaba y tanteaba la puerta posterior. Una vez la madera crujió, sonoramente, como si aplicaran fuerza contra ella. Durante estos breves instantes, experimenté una indescriptible sensación de terror, imposible de creer. Me temblaban las manos; un sudor frío bañó mi cuerpo y empecé a tiritar con violencia.

Poco a poco, me calmé. Afuera, los furtivos movimientos habían cesado.

Durante una hora permanecí sentado, silencioso y atento. De repente la sensación de miedo me invadió otra vez. Me sentía como imagino debe sentirse un animal bajo la mirada de una serpiente. Pero ahora no oía nada. Sin embargo, no había ninguna duda de que estaba actuando una inexplicable influencia.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, algo se escurrió en mis oídos, un sonido que terminó siendo un tenue murmullo. Rápidamente creció y se transformó en un ensordecedor y horrendo coro de chillidos bestiales. Parecía surgir de las entrañas de la tierra.

Oí un golpe sordo y me di cuenta, de un modo torpe y casi inconsciente, que se me había caído el libro. Después de eso, me quedé sentado y así me encontró la luz del día, cuando trepó macilenta a través de las altas y enrejadas ventanas de la gran cocina.
Con el amanecer, la sensación de estupor y miedo me abandonó y recuperé la posesión mis sentidos.

Acto seguido, recogí el libro y me acerqué a la puerta para escuchar. Ningún sonido rompía el frío silencio. Durante algunos minutos permanecí allí; luego, poco a poco y con cautela, descorrí el cerrojo, abrí la puerta y espié afuera.

Mi precaución era innecesaria. No había nada que ver, salvo un paisaje gris de tristes y enmarañados arbustos y árboles que se extendían hasta la distante plantación.

Cerré la puerta con un estremecimiento y me fui, tranquilo, a la cama.



6 - LAS COSAS-CERDO


Era la tarde, una semana después. Mi hermana estaba sentada en el jardín, hilando. Yo paseaba de un lado a otro, leyendo. Había dejado el arma apoyada contra la pared de la casa porque, desde el evento de aquella extraña cosa en los jardines, juzgué prudente tomar precauciones. Sin embargo, a lo largo de toda la semana no hubo nada que me alarmara, ni visión ni sonido, de modo que pude mirar hacia atrás con calma el incidente aunque todavía con una sensación de absoluto asombro y curiosidad.

Estaba, como dije, paseando de un lado a otro y algo absorto en mi libro. De pronto oí un estrépito, lejos en la dirección del Pozo. Con un rápido movimiento me volví y vi una tremenda columna de polvo que se elevaba en el aire de la tarde.

Mi hermana se había puesto de pie con una breve exclamación de sorpresa y temor.

Le dije que se quedara donde estaba, tomé el fusil y corrí hacia el Pozo. Mientras me acercaba escuché un sonido apagado y retumbante, que creció rápidamente hasta un rugido áspero, interrumpido con estrépitos más profundos, y desde el Pozo se alzó un nuevo volumen de polvo.

Cesó el ruido, aunque el polvo seguía elevándose, tumultuosamente,

Llegué al borde y miré hacia abajo pero no pude ver nada salvo un bullir de nubes de polvo que se arremolinaban aquí y allá. El aire estaba tan lleno de pequeñas partículas que me cegaban y me sofocaban; finalmente tuve que alejarme de la polvareda, para respirar.

Poco a poco, el material en suspensión cayó y colgó como un escudo sobre la boca del Pozo.

Sólo pude hacer una conjetura de lo sucedido.

Que había habido un deslizamiento de tierra de algún tipo, no tenía dudas; pero la causa estaba más allá de mi conocimiento. Sin embargo, aun entonces imaginé cosas, porque ya estaba recordando esas rocas que cayeron y la Cosa en el fondo del Pozo; pero en los primeros minutos de confusión no llegué a la conclusión natural, hacia dónde apuntaba la catástrofe.

Lentamente, el polvo se disipó hasta que pude acercarme al borde y mirar hacia abajo.

Durante un rato miré con atención, impotente, tratando de ver a través de la calina. Al principio fue imposible distinguir nada. Luego, mientras miraba, vi algo abajo a mi izquierda que se movía. Observé con atención y ahora distinguí otro, y luego otro, tres formas borrosas que parecían trepar por el costado del Pozo. Me era imposible verlas con claridad. Incluso mientras observaba y dudaba, escuché un traqueteo de rocas en algún lugar a mi derecha. Miré hacia allí pero no pude ver nada. Me incliné hacia adelante y espié sobre el borde hacia abajo en el Pozo, justo debajo de donde estaba parado, y vi nada menos que una asquerosa cara blanca de cerdo que había subido hasta un par de metros de mis pies. Debajo de ella pude distinguir varias otras. Cuando la Cosa me vio, lanzó un repentino y tosco chillido que fue respondido desde todas partes en el Pozo. Ante eso, me invadió una ráfaga de temor e, inclinándome, descargué mi arma sobre su cara. La criatura desapareció de inmediato, con un repiqueteo de tierra y piedras desprendidas.

Hubo un momento de silencio, al cual probablemente debo mi vida, porque en su duración escuché un rápido golpeteo de varios pies y al volverme con rapidez vi un tropel de las criaturas que venía hacia mí, a la carrera. Al instante levanté el fusil y disparé a la de adelante, que cayó de cabeza con un horroroso aullido. Luego eché a correr. A más de medio camino entre la casa y el Pozo vi a mi hermana; venía hacia mí. No podía ver su cara con claridad, estaba anocheciendo, pero había miedo en su voz mientras me gritaba para saber porqué disparaba.

—¡Corre! —grité en respuesta—. ¡Corre, por tu vida!

Sin dilación, dio media vuelta y voló, tomándose la falda con ambas manos. Mientras la seguía, eché un vistazo hacia atrás. Los brutos corrían erguidos sobre sus piernas traseras y a veces en cuatro patas.

Creo que debe haber sido el terror en mi voz que espoleó a Mary a correr así, porque estoy convencido de que ella no había visto, hasta entonces, a esas infernales criaturas que me perseguían.

Seguimos corriendo, mi hermana por delante.

A cada momento, el sonido de las pisadas cada vez más cercanas me decía que los brutos nos ganaban, rápidamente. Por fortuna, estoy acostumbrado a vivir, en ciertos aspectos, una vida activa. No obstante, el esfuerzo de la carrera empezaba a pesar severamente sobre mí.

Adelante pude ver la puerta posterior; por suerte estaba abierta. Corría como media docena de yardas detrás de Mary y me estaba quedando sin aliento. Entonces, algo me tocó el hombro. Torcí la cabeza con rapidez y vi a una de esas monstruosas caras pálidas cerca de la mía. Una de las criaturas, adelantándose a sus compañeras, casi me había alcanzado. Mientras me volvía, lanzó un nuevo zarpazo. Con un súbito esfuerzo, salté a un lado y, balanceando mi fusil por el cañón, la estrellé sobre la cabeza de la asquerosa criatura. La Cosa cayó, con un quejido casi humano.

Esta breve demora fue casi suficiente para que el resto de los brutos me alcanzara, de modo que, sin perder un instante de tiempo, me di la vuelta y corrí hacia la puerta.

Al llegar, me arrojé dentro del corredor; luego, me volví rápidamente, di un portazo y pasé el cerrojo, justo cuando la primera de las criaturas se abalanzaba contra ella, con un repentino impacto.

Mi hermana se sentó jadeando en una silla. Parecía a punto de desmayarse, pero yo no tenía tiempo que perder con ella. Debía asegurarme que todas las puertas estuvieran cerradas. Por fortuna lo estaban. La última que revisé fue la que conducía desde mi estudio a los jardines. Tuve el tiempo justo de notar que estaba segura, cuando creo que oí un ruido afuera. Me quedé en perfecto silencio y escuché. ¡Sí! Ahora podía escuchar con claridad el sonido de un susurro y de algo se deslizaba furtivamente sobre los entrepaños como raspando, arañando. Era evidente que algunos de los brutos palpaban la puerta con sus zarpas-manos para descubrir si había alguna manera de entrar.

Que las criaturas hubiesen encontrado tan pronto la puerta era, para mí, una prueba de su capacidad de raciocinio; me aseguraba que de ningún modo debía considerarlas como meros animales. Yo ya había sentido algo como esto cuando esa primera Cosa espió a través de mi ventana. Entonces le había aplicado el término de extra humana, con una comprensión casi instintiva de que la criatura era algo diferente de la bestia bruta. Algo más allá de lo humano; sin embargo no en el buen sentido, sino más bien como algo atroz y hostil a la grandeza y bondad de la humanidad. En una palabra, como algo inteligente y sin embargo inhumano. La sola idea de las criaturas me llenó de náuseas.

Recordé a mi hermana; fui al aparador, tomé un frasco de coñac y una copa. Con ellos, bajé a la cocina, con una vela encendida también. No estaba sentada en la silla sino que había caído, y yacía tendida sobre el suelo, boca abajo.

Con mucha suavidad, le di la vuelta y levanté un poco su cabeza. Entonces volqué algo de coñac entre sus labios. Después de un rato, se estremeció ligeramente. Un poco más, boqueó varias veces y abrió los ojos. Me miró de una manera soñolienta, sin total conciencia. Entonces sus ojos se cerraron otra vez, lentamente, y le di un poco más de coñac. Durante otro minuto, quizá, permaneció tendida en silencio, respirando con agitación. De repente, sus ojos se abrieron otra vez y me pareció que tenían las pupilas dilatadas, como si el miedo hubiese regresado con la conciencia. Entonces, con un movimiento tan inesperado que retrocedí, se incorporó. Al notar que parecía mareada, le ofrecí la mano para ayudarla. Ante eso, lanzó un fuerte grito y poniéndose de pie con esfuerzo, corrió a su habitación.

Por un momento, me quedé allí, de rodillas y sosteniendo la botella de coñac. Me sentía por completo perplejo y asombrado.

¿Podía ella tener miedo de mí? ¡Pero no! ¿Por qué lo tendría? Sólo pude concluir que tenía los nervios seriamente alterados y que ella estaba temporalmente desquiciada. Escuché un sonoro portazo arriba y comprendí que se había refugiado en su habitación. Dejé la botella sobre la mesa. Un ruido en la dirección de la puerta posterior desvió mi atención. Me acerqué y escuché. Al parecer la sacudían, como si algunas de las criaturas forcejearan con ella, en silencio; pero estaba construida y colocada con mucha solidez para moverla con facilidad.

Afuera en los jardines surgió un continuo sonido. Un casual oyente lo hubiera confundido con los gruñidos y chillidos de una piara de cerdos. Pero, parado aquí, se me ocurrió que todos esos sonidos porcinos tenían un sentido y un significado. Poco a poco, me pareció que podía encontrarle una semejanza con el habla humana; pegajosa y pringosa, como si fuera pronunciada con dificultad. Sin embargo, tenía la convicción de que no era una simple mezcla de sonidos sino un rápido intercambio de ideas.

Para entonces los corredores habían quedado a oscuras y desde ellos llegaba toda una variedad de llantos y gemidos de los que una vieja casa está tan llena después de anochecer. Esto se debe, sin duda, a que las cosas están entonces más quietas y uno tiene más tiempo de escuchar. También, puede haber algo en la teoría de que el repentino cambio de temperatura, al caer el sol, afecta a la estructura de la casa y provoca su contracción y asentamiento, por así decir, durante la noche. No obstante, puede ser así; pero en esa noche en particular con total felicidad me habría librado de tantos ruidos misteriosos. Me parecía que cada crujido, cada chasquido, era una de esas Cosas que venía a lo largo de los oscuros corredores; aunque sabía en mi interior que no podía ser porque me había encargado, yo mismo, de que todas las puertas estuvieran aseguradas.

Sin embargo, poco a poco esos sonidos me pusieron nervioso hasta tal extremo que, aunque sólo fuera para castigar mi cobardía, creí que debía hacer la ronda en el sótano otra vez, y si allí había algo, enfrentarlo. Y entonces, subiría a mi estudio, porque sabía que dormir no cabía en mis planes, con la casa rodeada de criaturas, medio bestias, medio algo más, y completamente impías.

Tomé la lámpara de la cocina de su gancho, pasé de bodega en bodega y de habitación en habitación, crucé la despensa y la carbonera, caminé a lo largo de los corredores, y entré en los mil y un pequeños pasadizos sin salida y recodos ocultos que forman el sótano de la vieja casa. Entonces, cuando supe que había estado en cada rincón y en cada grieta lo bastante grande para esconder algo de cualquier tamaño, me dirigí a la escalera.

Me detuve con el pie en el primer escalón. Me pareció escuchar un movimiento, al parecer desde la lechería que está a la izquierda de la escalera. Era uno de los primeros lugares que había inspeccionado, y sin embargo me sentía seguro de que mis oídos no me engañaban. Ahora mis nervios estaban tensos, y casi sin vacilar me acerqué a la puerta con la lámpara por encima de la cabeza. De un vistazo vi que el lugar estaba vacío, excepto por las pesadas losas de piedra sostenidas por pilares de ladrillo, y estaba a punto de salir, convencido de que me había equivocado, cuando, al girar, la luz se reflejó en dos puntos brillantes, afuera de la ventana y arriba. Por unos momentos, me quedé allí, mirando. Entonces se movieron, giraron lentamente y lanzaron centelleos verdes y rojos; al menos, eso me pareció. Y comprendí que eran ojos.

Poco a poco distinguí el sombrío perfil de una de las Cosas. Parecía sostenerse de los barrotes de la ventana y su actitud sugería que trepaba. Me acerqué a la ventana y sostuve la luz en alto. No había necesitad de tenerle miedo a la criatura; los barrotes eran fuertes y había poco peligro de que pudiese moverlos. Y entonces, de repente, a pesar de saber que el bruto no podía hacerme daño, regresó a mí la horrible sensación de temor que me había asaltado aquella noche, la semana anterior. Era el mismo miedo impotente y estremecedor. Y me di cuenta, oscuramente, que los ojos de la criatura estaban clavados en los míos con una mirada firme e irresistible. Traté de volverme, pero no pude. Me parecía, ahora, ver la ventana a través de una niebla. Luego, creo que otros ojos llegaron y espiaron, y luego otros, hasta que toda una galaxia de ojos malignos y fijos pareció esclavizarme.

Mi cabeza empezó dar vueltas y a latir con violencia. Entonces, tuve conciencia de un vívido dolor físico en mi mano izquierda. Se hizo más agudo y literalmente forzó mi atención. Con un tremendo esfuerzo bajé la mirada y se rompió el hechizo que me había sometido. Entonces me di cuenta de que, en mi agitación, había tomado sin pensar el cristal caliente de la lámpara y me había quemado la mano. Levanté la vista hacia la ventana, otra vez. El aspecto brumoso se había disipado y vi que estaba atestada con docenas de caras bestiales. Con un súbito acceso de ira, alcé la lámpara y la arrojé contra la ventana. Dio contra el cristal (haciendo añicos un panel), y cruzó entre dos de los barrotes hacia el jardín, rociando aceite ardiendo a su paso. Oí varios gritos fuertes de dolor y cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad descubrí que las criaturas habían abandonado la ventana.

Me calmé, busqué a tientas la puerta y cuando la encontré subí la escalera, tropezando en cada peldaño. Me sentía aturdido, como si hubiese recibido un golpe en la cabeza. Al mismo tiempo, la mano dolía mucho y estaba lleno de una oscura rabia nerviosa contra esas Cosas.

Al llegar a mi estudio, encendí las velas. Cuando tomaron fuerza, sus rayos se reflejaron en el estante de armas de fuego sobre la pared lateral. Al verlo, recordé que allí tenía un poder que como había probado más temprano era tan fatal para esos monstruos como para animales más corrientes, de modo que decidí pasar a la ofensiva.

En primer lugar, me vendé la mano porque el dolor rápidamente se volvía insoportable. Después de eso, todo me pareció más sencillo y crucé la habitación hasta el estante. Allí, escogí un pesado fusil, un arma vieja y probada y tras conseguir municiones subí a una de las pequeñas torres que coronan la casa.

Encontré que no podía ver nada desde allí. Los jardines presentaban un manchón borroso de sombras, un poco más negras tal vez donde estaban los árboles. Eso era todo, y comprendí que sería inútil dispararle a esa oscuridad. Lo único que podía hacer era esperar a que saliera la Luna; entonces, podría hacer una pequeña ejecución.

Mientras tanto, me senté quieto y mantuve mis oídos atentos. Los jardines estaban relativamente tranquilos ahora y sólo subía algún ocasional gruñido o chillido. No me gustaba este silencio; me llevaba a preguntarme en qué diablura estaban empeñadas. Dos veces bajé de la torre y caminé a través de la casa, pero todo estaba silencioso.

Una vez oí un ruido en la dirección del Pozo, como si hubiera caído más tierra. A continuación, y durante unos quince minutos, hubo una conmoción entre los moradores de los jardines. Se fue apagando y poco después todo estaba tranquilo de nuevo.

Alrededor de una hora más tarde, la Luna asomó sobre el distante horizonte. Desde donde estaba sentado podía verla por encima de los árboles, pero hasta que no se elevó no pude distinguir ninguno de los detalles de los jardines abajo. Incluso entonces, no pude ver a ninguno de los brutos, hasta que, al inclinarme hacia adelante, vi a varios tendidos boca abajo contra la pared de la casa. No pude entender qué hacían. Era, sin embargo, una ocasión demasiado buena para que la ignorara; apunté y disparé a uno directamente debajo. Se oyó un agudo chillido y cuando el humo se disipó, vi que estaba boca arriba y que se retorcía débilmente. Luego se quedó inmóvil. Los otros habían desaparecido.

Inmediatamente después, oí un fuerte grito en la dirección del Pozo. Fue contestado, cientos de veces, desde todos lados en el jardín. Esto me dio alguna idea de la cantidad de criaturas y empecé a sentir que todo el asunto se estaba volviendo aún más serio que lo que había imaginado.

Mientras estaba allí sentado, silencioso y atento, tuve un pensamiento, ¿Por qué era todo esto? ¿Qué eran esas Cosas? ¿Qué significaban? Luego mis pensamientos volaron a esa visión (aunque, aun ahora, dudo que fuera una visión) de la Planicie de Silencio. ¿Qué significaba?, me pregunté. ¿Y esa Cosa en el anfiteatro? ¡Uf! Finalmente, pensé en la casa que había visto en ese remoto lugar. Aquella casa, tan parecida a ésta en todos los detalles de su estructura externa que podía haber sido modelada desde ésta, o ésta de aquella. Nunca pensé en eso...

En ese momento se escuchó otro largo chillido desde el Pozo, seguido, un segundo más tarde, de otros dos más breves. De inmediato, el jardín se llenó de gritos que respondían. Me puse de pie, rápidamente, y miré por encima del parapeto. A la luz de la luna parecía como si los matorrales estuvieran vivos. Se agitaban de un lado al otro, como sacudidos por un viento fuerte e irregular, mientras llegaba hasta mí un continuo sonido de pisadas presurosas. Varias veces la luz de la luna brilló sobre figuras blancas fugitivas entre los arbustos y disparé dos veces. La segunda, mi disparo fue respondido por un breve chillido de dolor.

Un minuto más tarde, los jardines quedaron en silencio. Desde el Pozo se elevó una ronca Babel de charla-cerdo. De vez en cuando, gritos airados castigaban el aire y eran contestados por gruñidos multitudinarios. Se me ocurrió que celebraban una especie de concilio, quizá para discutir el problema de la entrada a la casa. También pensé que parecían muy furiosos, probablemente por mis certeros disparos.

Me pareció que sería un buen momento para hacer una revisión final de nuestras defensas. Procedí a realizarla de inmediato; recorrí todo el sótano otra vez y examiné cada una de las puertas. Por suerte todas ellas, al igual que la posterior, están construidas en roble sólido y reforzadas con gruesos herrajes. Luego subí al estudio. Estaba más ansioso por esa puerta. Es a ojos vista de una hechura más moderna que las otras, y aunque es una sólida obra de arte tiene poco de su pesada fortaleza.

Debo explicar aquí que hay un pequeño terreno elevado de este lado de la casa, sobre el que se abre dicha puerta; las ventanas del estudio están enrejadas por esa razón. Todas las demás entradas, salvo la puerta principal, que jamás es abierta, están en la planta baja.



7 - EL ATAQUE


Pasé algún tiempo resolviendo cómo reforzar la puerta del estudio. Al final, bajé a la cocina y con cierto trabajo subí varias pesadas piezas de madera. Las calcé, inclinadas contra ella desde el piso, y las clavé en ambos extremos. Trabajé duro durante media hora, y por fin la tuve apuntalada a mi satisfacción.

Entonces me sentí más tranquilo; recogí mi casaca, que había dejado a un lado, y atendí uno o dos asuntos antes de regresar a la torre. Ocupado en eso, oí que toqueteaban la puerta y que probaban el picaporte. Mantuve silencio y esperé. Enseguida oí a varias de las criaturas afuera. Se gruñían unas a otras, en voz baja. Entonces, durante un minuto, hubo silencio. De repente, escuché un gruñido rápido y ronco, y la puerta crujió bajo una tremenda presión. Habría estallado hacia adentro de no ser por los puntales que acababa de colocar. El asalto cesó tan rápido como había empezado, y escuché más charla.

Ahora una de las Cosas lanzó un bajo chillido y oí el sonido de otras que se aproximaban. Hubo un breve conciliábulo; entonces, una vez más, silencio, y me di cuenta de que habían llamado a otras para ayudar. Sintiendo que ahora era el momento supremo, me preparé, con el fusil listo. Si la puerta cedía, al menos mataría tantas como pudiera.

De nuevo escuché la señal en voz baja, y de nuevo la puerta crujió bajo la tremenda fuerza. Durante un minuto, quizá, la presión continuó y yo aguardé nervioso, esperando a cada momento verla derrumbarse con un estrépito. Pero no; los puntales resistieron y el intento resultó fallido. Entonces siguió más de su charla horrible, de gruñidos, y creo que distinguí el sonido de otras que llegaban.

Después de una larga discusión, durante la cual sacudieron la puerta varias veces, se quedaron quietas una vez más y comprendí que intentarían echarla abajo por tercera vez. Estaba casi desesperado. Los puntales habían sido severamente probados en los dos ataques previos y mucho me temía que éste resultaría demasiado para ellos.

En ese momento, como una inspiración, una idea cruzó mi mente atribulada. Al instante, porque no tenía tiempo para vacilar, salí corriendo de la habitación y subí la escalera. Esta vez no me dirigí a una de las torres, sino al mismo techo plano emplomado. Una vez allí, corrí hasta el parapeto, esa pared lo rodea, y miré hacia abajo. Cuando lo hacía, escuché el breve gruñido de señal, e incluso desde allí arriba capté el crujido de la puerta bajo asalto.

No había un solo momento que perder; me incliné, apunté rápidamente y disparé. El estampido fue estridente, y casi mezclado con él, llegó el fuerte "splud" de la bala al impactar en el blanco. Desde abajo se elevó un agudo gemido y la puerta cesó sus crujidos. Luego, mientras retiraba mi peso del parapeto, resbaló una enorme piedra del remate y cayó con un estrépito entre la desorganizada multitud debajo. Varios horribles chillidos tremolaron a través del aire nocturno y entonces escuché un ruido de pies en fuga. Con cautela, me asomé. A la luz de la luna pude ver la gran piedra del remate, atravesando exactamente el umbral de la puerta. Creo que vi algo debajo, varias cosas blancas; pero no podía estar seguro.

Y así pasaron unos minutos.

Entonces vi que algo daba la vuelta a la sombra de la casa. Era una de las Cosas. Se acercó a la piedra en silencio y se inclinó. No podía ver qué hacía. Un minuto después se incorporó. Tenía algo en las garras; se lo llevó a la boca y lo desgarró.

En ese momento no me di cuenta. Luego, lentamente, comprendí. La Cosa se agachaba otra vez. Era horrible. Empecé a cargar el fusil. Cuando miré de nuevo, el monstruo estaba tirando de la piedra, moviéndola a un costado. Apoyé el fusil sobre el remate y apreté el gatillo. El bruto se desplomó de bruces y pateó ligeramente.

Al mismo tiempo casi, con el estampido, oí otro sonido, el de un cristal al romperse. Demoré sólo para recargar el arma y bajé corriendo del techo y los dos primeros tramos de escalera.

Aquí me detuve a escuchar. Mientras lo hacía, se escuchó otro tintineo de cristales al caer. Parecía venir del piso bajo. Excitado, salté los escalones y, guiado por el traqueteo del marco de la ventana, llegué a la puerta de uno de los dormitorios vacíos en la parte posterior de la casa y la abrí de golpe. La estancia estaba apenas débilmente iluminada por la luna, casi toda la luz oculta por las inquietas figuras en la ventana. Justo en ese instante, una se arrastró dentro de la habitación. Levanté el arma y le disparé a quemarropa, llenando el lugar con un estallido ensordecedor. Cuando el humo se disipó, el dormitorio estaba vacío y la ventana despejada. La habitación estaba mucho más iluminada. El aire nocturno entraba a través de los paneles destrozados. Abajo, en la oscuridad, pude escuchar un suave lamento y un confuso rumor de voces porcinas.

Caminé hasta un costado de la ventana, volví a cargar y me quedé allí parado, esperando. Ahora oía un ruido como de riña. Desde donde estaba, a la sombra, podía ver sin ser visto.

Los sonidos se acercaron; y entonces vi que algo trepaba el antepecho y agarraba el marco roto de la ventana. Tomó un trozo de carpintería y pude distinguir que era una mano y un brazo. Un momento más tarde, la cara de una de las criaturas-cerdo se alzó ante mí. Entonces, antes de que pudiese usar el rifle, se escuchó un brusco crac-crac y el marco de la ventana cedió bajo el peso de la Cosa. Un instante después sonó un golpazo sordo y un tremendo alarido me indicó que había caído al suelo. Con la salvaje esperanza de que se hubiera matado, fui hasta la ventana. La Luna se había ocultado tras una nube y no pude ver nada; sin embargo, un constante zumbido de parloteo justo desde abajo indicaba que había varios brutos más al alcance de la mano.

Estaba allí, mirando hacia abajo, y me maravilló que las criaturas hubieran trepado tan alto, porque la pared es relativamente lisa y la distancia hasta el suelo debe ser al menos de unos veinticuatro metros.

De improviso, cuando me incliné para espiar, vi algo impreciso que cortaba la sombra gris del costado de la casa con una línea negra. Pasaba junto a la ventana, a la izquierda, a una distancia de unos dos pies. Entonces recordé que era un conducto de desagüe, colocado allí unos años atrás, para el agua de lluvia. Lo había olvidado. Ahora pude entender cómo conseguían las criaturas llegar a la ventana. Había encontrado la solución; entonces escuché un sigiloso ruido, como de rasguños, y supe que otro de los brutos subía. Aguardé algunos momentos, luego me incliné fuera de la ventana y tenté el conducto. Para mi alegría, encontré que estaba bastante suelto y, usando el cañón del fusil como palanca, logré separarlo del muro. Trabajé con rapidez. Luego, lo tomé con ambas manos, tiré hacia afuera todo el elemento y lo arrojé hacia el jardín con la Cosa todavía sujeta a él.

Esperé unos poco minutos, escuchando, pero después del primer alarido general, no oí nada. Ahora sabía que ya no había razones para temer un ataque desde este sector. Había quitado el único medio de llegar a la ventana y, como ninguna de las otras tenía un conducto cercano que tentara a las fuerzas trepadoras de los monstruos, empecé a sentirme más confiado de escapar de sus garras.

Abandoné la habitación y fui a mi estudio. Estaba ansioso por ver la puerta y cómo había resistido ésta la prueba del último asalto. Entré, encendí dos de las velas y me volví hacia ella. Uno de los grandes puntales se había desplazado, y de ese lado la puerta había cedido hacia adentro algunos centímetros.

¡Fue providencial que lograse ahuyentar a los brutos justo cuando lo hice! ¡Y esa piedra del remate! Me pregunté, vagamente, cómo había conseguido desplazarla. No la había notado suelta cuando hice puntería; y entonces, mientras me enderezaba, se deslizó debajo de mí. Sentí que más le debía el rechazo de las fuerzas de ataque a esa oportuna caída que a mi fusil. Entonces pensé que mejor sería aprovechar esta oportunidad para apuntalar la puerta otra vez. Era evidente que las criaturas no habían regresado desde la caída de la piedra, pero, ¿quién podía decir cuánto tiempo se mantendrían lejos?

Allí y entonces me ocupé de reparar la puerta, trabajando dura y ansiosamente. Primero bajé al sótano y revolví por allí; encontré varios tablones de pesado roble. Regresé con ellos al estudio, quité los puntales y coloqué los tablones contra la puerta. Luego clavé las cabezas de los puntales a éstos, y, calzándolos bien en el suelo, los clavé por abajo también.

De este modo, la puerta quedó más fuerte que nunca porque ahora tenía el refuerzo de las tablas y estaba convencido de que resistiría una presión más pesada que la anterior, sin ceder.

Después de eso, encendí la lámpara que tomara de la cocina y bajé a echar un vistazo a las ventanas más bajas.

Ahora que había visto un ejemplo de la fortaleza que poseían las criaturas, sentía una considerable preocupación por las ventanas de la planta baja, a pesar del hecho de que tenían rejas tan sólidas.

Primero fui a la lechería, con un vívido recuerdo de mi anterior aventura allí. El sitio estaba helado y el viento se colaba a través de los cristales rotos produciendo una nota espectral. Aparte del lamentable aspecto general, el lugar estaba como lo había dejado la noche anterior. Fui hasta la ventana y revisé de cerca los barrotes y noté su tranquilizante grosor. Sin embargo, cuando miré más detenidamente, me pareció que el del centro estaba ligeramente doblado; aunque era muy poco y podía haber estado así durante años. Nunca antes me había fijado en ellos, en particular.

Pasé la mano a través de la ventana rota y sacudí el barrote. Estaba firme como una roca. Quizá las criaturas habían tratado de moverlo, y al encontrar que estaba más allá de su fuerza habían abandonado el esfuerzo. Después de eso, hice una ronda por cada ventana, una a una; las examiné con cuidado, pero en ningún otro lugar pude encontrar nada que mostrara algún intento de forzarlas. Terminada la revisión, regresé al estudio y me serví un poco de coñac. Luego subí a la torre a vigilar.



8 - DESPUÉS DEL ATAQUE


Eran ahora alrededor de las tres de la mañana, y el cielo oriental comenzaba a palidecer con la llegada del amanecer. El día venía poco a poco y bajo su luz examiné seriamente los jardines, pero en ningún lugar pude ver señal alguna de los brutos. Me incliné hacia adelante y eché un vistazo al pie del muro para ver si el cuerpo de la Cosa a la que había disparado la noche anterior permanecía allí. No estaba. Supuse que los otros monstruos la habían quitado durante la noche.

Entonces, bajé al techo y crucé hasta el lugar de donde cayera la piedra del remate; me asomé. Sí; allí estaba la piedra, como la había visto la última vez, pero al parecer no había nada debajo de ella; ni pude ver a las criaturas que había matado después de su caída. Era evidente que también se las habían llevado. Me volví y bajé al estudio. Allí, me senté, cansado; completamente cansado. Estaba bastante claro ahora, aunque los rayos del sol aún no se sentían calientes. Un reloj dio las cuatro.

Desperté con un sobresalto y miré a mi alrededor, rápidamente. El reloj en el rincón marcaba las tres. Ya era la tarde. Debía haber dormido durante casi once horas.

Me senté en el borde de la butaca con un movimiento repentino y escuché. La casa estaba perfectamente silenciosa. Despacio, me levanté y bostecé. Me sentía desesperadamente cansado, todavía, y me senté otra vez; me pregunté qué me había despertado.

Debe haber sido el reloj al dar la hora, concluí, y ya comenzaba a adormilarme cuando un ruido repentino me trajo, una vez más, a la vida. Era el sonido de pisadas, como de una persona que se movía con cautela por el corredor hacia mi estudio. En un instante, me puse de pie y tomé el fusil. Sin hacer ningún ruido, esperé. ¿Habían forzado la entrada las criaturas mientras yo dormía? Me estaba haciendo esta pregunta cuando los pasos llegaron a mi puerta, se detuvieron un momento y luego continuaron por el corredor. Me acerqué en puntas de pie y espié hacia afuera. Entonces experimenté una sensación de alivio como la que sentiría un hipotético criminal ante el aplazamiento de su ejecución, porque era mi hermana. Se dirigía a la escalera.

Salí al vestíbulo y cuando estaba a punto de llamarla, se me ocurrió que era muy raro que pasara por mi puerta de esa manera furtiva. Me sentí desconcertado, y por un breve momento un pensamiento ocupó mi mente, que eso no era ella, sino algún nuevo misterio de la casa. Entonces, mientras captaba una vislumbre de sus viejas enaguas, la idea se fue tan rápido como había llegado y medio me reí. Esa anticuada indumentaria no podía estar equivocada. Sin embargo, me pregunté qué estaba haciendo, y al recordar su estado mental del día anterior pensé que sería mejor seguirla, en silencio, con cuidado de no alarmarla, y ver qué estaba por hacer. Si se comportaba razonablemente, mejor; si no, tendría que tomar medidas para contenerla. No podía correr riesgos innecesarios bajo el peligro que nos amenazaba.

Llegué rápido al tope de la escalera y me detuve un momento. Entonces, escuché un sonido que me hizo saltar hacia abajo, a velocidad de locura; era el traqueteo de unos cerrojos al ser descorridos. Esta estúpida hermana mía estaba en este momento quitando los seguros de la puerta posterior.

Llegué allí justo cuando ponía su mano sobre el último cerrojo. No me había visto, y se dio cuenta de mi presencia cuando le sujeté el brazo. Levantó la mirada vivamente, como un animal asustado, y gritó muy fuerte.

—¡Vamos, Mary! —le dije con severidad—. ¿Qué significa esta tontería? ¿Vas a decirme que no comprendes el peligro, que tratas de descartar nuestras vidas de esa manera?

No respondió, sólo temblaba con violencia, jadeaba y sorbía como en el último extremo del miedo.

Durante algunos minutos, razoné con ella; señalé la necesidad de precaución y le pedí que tuviese valor. Había poco que temer ahora, le expliqué, y traté de creer que decía la verdad, pero ella debía ser sensata y no intentar salir de la casa durante unos días.

Al final, callé, desesperado. Era inútil hablar con ella; era obvio que no era ella misma de momento. Por fin le dije que mejor haría en subir a su habitación si no podía portarse racionalmente.

Sin embargo, no entendió. De modo que, sin más preámbulos, la levanté en mis brazos y la cargué hasta allí. Al principio gritó, como una salvaje, pero ya había caído en un temblor silencioso cuando llegué a la escalera.

Una vez en su habitación, la acosté sobre la cama. Ella se quedó allí bastante tranquila, sin hablar ni sorber, simplemente se sacudía por un insuperable terror. Tomé una manta de una silla próxima y la coloqué sobre ella. No podía hacer nada más por ella de modo que me acerqué donde Pepper yacía en una gran canasta. Mi hermana se había hecho cargo de curarlo desde su herida, porque era más grave que lo que yo había pensado, y me alegró notar que, pese a su estado mental, Mary había cuidado al viejo perro. Me incliné y le hablé; en respuesta me lamió la mano débilmente. Estaba demasiado enfermo para hacer más.

Luego me acerqué a la cama, me incliné hacia mi hermana y le pregunté cómo se sentía, pero ella sólo tembló aun más; aunque me dolía mucho, tenía que admitir que al parecer mi presencia la ponía peor.

Así que la dejé; cerré la puerta y me puse la llave en el bolsillo. Parecía ser el único curso a tomar.

Pasé el resto del día entre la torre y mi estudio. Para comer, subí una hogaza de pan de la despensa; eso y un poco de burdeos me bastaron por el día.

¡Qué día largo y fatigoso! Si al menos pudiera salir a los jardines, como era mi costumbre, me habría sentido satisfecho; pero estar encerrado en esta casa silenciosa, sin otra compañía que una anciana loca y un perro enfermo, era suficiente para acabar con los nervios del más curtido. Y afuera, en los enmarañados arbustos que rodeaban la casa, acechaban —lo podía decir— esas infernales criaturas-cerdo esperando su oportunidad. ¿Estuvo alguna vez un hombre en semejantes apuros?

Una vez por la tarde, y de nuevo después, subí a visitar a mi hermana. La segunda vez la encontré atendiendo a Pepper, pero al acercarme se deslizó discretamente al rincón más alejado, con un gesto que me entristeció de manera increíble. ¡Pobre niña! Su miedo me hería de manera insoportable, y no la importunaría sin necesidad. Confiaba en que se pondría mejor en pocos días; entretanto, yo no podía hacer nada; y juzgué todavía necesario —por duro que parezca— mantenerla encerrada en su habitación. Hubo algo que me alentó: había comido un poco de la comida que le había dejado en mi primera visita.

Y así pasó el día.

A medida que atardecía, el aire se volvía más fresco y comencé a hacer los preparativos para pasar la segunda noche en la torre; subí dos fusiles de repuesto y mi pesado abrigo. Cargué las armas y las dejé junto a la otra; tenía la intención de hacerle las cosas difíciles a cualquiera de las criaturas que apareciera durante la noche. Tenía abundantes municiones y pensaba darle a los brutos una lección tal que les mostraría la inutilidad de cualquier intento de forzar una entrada.

Después, hice la ronda de la casa otra vez, prestando particular atención a los puntales que reforzaban la puerta del estudio. Luego, al sentir que había hecho todo cuanto estaba en mi poder por nuestra seguridad, regresé a la torre, acercándome a ver a mi hermana y a Pepper de camino. Pepper estaba dormido, pero despertó cuando entré y meneó la cola en señal de reconocimiento. Pensé que se veía ligeramente mejor. Mi hermana estaba tendida en la cama, pero fui incapaz de saber si dormía o no, y por tanto los dejé.

Llegado a la torre, me puse tan cómodo como me lo permitían las circunstancias, y me dispuse a vigilar durante la noche. Poco a poco cayó la oscuridad y pronto los detalles de los jardines quedaron fundidos en las sombras. Durante las primeras horas estuve sentado, alerta, escuchando cualquier sonido que pudiera decirme si algo se agitaba debajo. Estaba demasiado oscuro para que mis ojos fuesen de alguna utilidad.

Las horas pasaron con lentitud, sin que sucediese nada desusado. Y salió la luna y mostró los jardines al parecer vacíos, y silenciosos. Y así pasó la noche, sin perturbaciones ni sonidos.

Hacia la mañana, empecé a sentirme más tieso y frío por la larga vigilia; también, me estaba poniendo muy inquieto por la continuada inacción de las criaturas. Desconfiaba y hubiera preferido, lejos, tenerlas atacando la casa, abiertamente. Entonces por lo menos habría reconocido mi peligro y lo habría enfrentado; pero esperar así, durante toda la noche, imaginando toda clase de diabluras desconocidas, era poner en peligro la propia cordura. Una o dos veces pensé que quizá se habían ido, pero en mi corazón encontraba imposible creer que fuera así.



9 - EN LOS SÓTANOS


Al final, me sentía cansado y con frío y el nerviosismo me dominaba, entonces decidí hacer una caminata a través de la casa; primero por mi estudio a por una copa de coñac para calentarme. Esto hice y mientras estaba allí, examiné la puerta, con cuidado, pero encontré todo como lo había dejado la noche anterior.

El día acababa de empezar cuando dejé la torre, aunque en la casa estaba todavía bastante oscuro para poder ver sin una luz, y tomé una de las velas del estudio para mi ronda. Cuando había terminado con la planta baja, la luz del día entraba, macilenta, a través de las ventanas con barrotes. Mi búsqueda no me mostró nada nuevo. Todo parecía estar en orden, y estaba a punto de apagar la vela, cuando se me ocurrió echar otra mirada por los sótanos. Si lo recordaba bien, no había estado en ellos desde la precipitada búsqueda de la noche del ataque.

Durante medio minuto quizá, vacilé. De muy buena gana habría dejado la tarea para más tarde —como efectivamente me inclino a pensar que cualquier hombre haría—, porque de todas las enormes y sobrecogedoras habitaciones en esta casa, los sótanos son las más tremendas y siniestras. Enormes, lúgubres cavernas, ocultas a todo rayo de sol. Sin embargo, no eludí el trabajo. Sentía que si lo hacía, sería por pura cobardía. Además, como me aseguraba a mí mismo, los sótanos eran los lugares con menos posibilidad de cruzarme con algo peligroso, considerando que sólo se puede entrar allí por la pesada puerta de roble, cuya llave llevo siempre conmigo.

En el más pequeño de estos lugares guardo mi vino; un oscuro agujero cerca del pie de la escalera, más allá del cual rara vez he caminado. Efectivamente, excepto la ronda de búsqueda que ya he mencionado, dudo que alguna vez antes haya caminado por los sótanos.

Mientras giraba la llave de la gran puerta, en lo alto de la escalera, me detuve un momento, nervioso, ante el olor extraño y desolado que asaltó mi olfato. Luego, con el cañón de mi arma por delante, descendí despacio a la oscuridad de las regiones subterráneas.

Llegué al pie de la escalera, me detuve un minuto y escuché. Todo estaba silencioso, excepto un apagado goteo de agua que caía, gota a gota, en algún lugar a mi izquierda. Estaba parado, y noté qué tranquila ardía la vela, ni un parpadeo ni una llamarada; el lugar no tenía una sola corriente de aire.

Con tranquilidad, me moví de bodega en bodega. Tenía apenas un muy vago recuerdo de su distribución. Las impresiones que quedaron de mi primera búsqueda estaban borrosas. Tenía recuerdos de una sucesión de grandes bodegas, y de una de ellas, mayor que las demás, con el techo sostenido por pilares; más allá de eso, mi mente estaba nublada y predominaba una sensación de frío, oscuridad y sombras. Ahora, sin embargo, era diferente porque, aunque nervioso, estaba bastante sereno para mirar a mi alrededor y notar la estructura y tamaño de las diferentes bodegas donde entraba.

Por supuesto, con la cantidad de luz que da una vela, no era posible examinar cada lugar minuciosamente, pero pude notar mientras pasaba que las paredes parecían estar construidas con maravillosa precisión y acabado, mientras aquí y allá, brotaba un sólido pilar ocasional para sostener el techo abovedado.

Así por fin encontré la gran bodega que recordaba. Se llega a ella a través de una enorme entrada en arco, sobre la que observé unos extraños y fantásticos tallados que arrojaban raras sombras bajo la luz de la vela. Me detuve y los examiné, pensativo; se me ocurrió que era insólito que conociera tan poco mi propia casa. Sin embargo, puede ser fácilmente comprensible cuando uno se da cuenta del tamaño de este antiguo edificio, y del hecho de que sólo mi vieja hermana y yo vivimos en él, ocupando unas pocas habitaciones, según la necesidad.

Sosteniendo en alto la luz, entré en la bodega y avancé despacio por la derecha hasta que llegué al otro extremo. Caminaba tranquilo y miraba con precaución a mi alrededor a medida que avanzaba. Pero hasta donde la luz mostraba, no vi nada desusado.

Al fondo, giré a la izquierda, todavía junto al muro, y así continué hasta haber atravesado toda la inmensa cámara. Mientras caminaba, noté que el piso estaba compuesto de sólida roca, en lugares cubierta con un húmedo moho, y en otros desnuda, o casi, excepto una ligera capa de polvo gris claro.

Me detuve en la entrada. Ahora, no obstante, giré y caminé hasta el centro del lugar, pasando entre los pilares y mirando a derecha e izquierda. Cerca de la mitad de la bodega, mi pie tropezó con algo que produjo un sonido metálico. Me agaché rápidamente, acerqué la vela, y vi que el objeto que había pateado era un gran aro de metal. Me incliné un poco más, limpié el polvo a su alrededor, y entonces descubrí que estaba pegada a una pesada trampilla, negra por la edad.

Me sentí excitado y me pregunté a dónde conduciría; dejé el arma sobre el piso, pegué la vela en el seguro del gatillo, tomé el aro con ambas manos y tiré. La trampilla crujió fuerte—el sonido rebotó vagamente a través del enorme lugar— y se abrió con pesadez.

Sostuve el borde con la rodilla, alcancé la vela y la acerqué a la abertura, moviéndola a derecha e izquierda; pero no pude ver nada. Estaba perplejo y sorprendido. No había signos de escalones, ni siquiera la apariencia de que alguna vez tuviera alguno. Nada; excepto una vacía oscuridad. Podía estar mirando dentro de un pozo sin fondo y sin paredes. Entonces, mientras miraba lleno de perplejidad, me pareció oír, lejos abajo, como desde una incalculable profundidad, un débil susurro. Incliné la cabeza, rápidamente, más cerca de la abertura, y escuché con atención. Puede haber sido imaginación, pero podría haber jurado que escuché una suave risilla que creció en una espantosa carcajada, tenue y distante. Sobresaltado, salté hacia atrás dejando caer la trampilla con un estrépito vacío que llenó de ecos el lugar. Aun entonces, me pareció oír la carcajada burlona y sugerente, pero esto, lo sabía, debía ser mi imaginación. El sonido que había oído era demasiado débil para pasar a través de la voluminosa trampilla.

Durante todo un minuto, me quedé parado allí, estremecido, echando miradas nerviosas detrás y adelante; pero la gran bodega estaba silenciosa como una tumba y poco a poco me quité la sensación de terror. Con la mente más calmada, sentí otra vez curiosidad por saber a dónde llevaba esa trampilla, pero no pude reunir suficiente coraje para hacer una mayor investigación. No obstante, pensé que la trampilla debería ser trabada. Lo logré colocando sobre ella varios grandes bloques de piedra tallada que había notado en mi recorrido a lo largo de la pared este.

Luego, tras un reconocimiento final del resto del lugar, deshice mi camino a lo largo de las bodegas hasta la escalera, y salí a la luz del día con una infinita sensación de alivio porque había llevado a cabo la incómoda tarea.



10 - EL TIEMPO DE ESPERAR


El sol ahora estaba cálido y brillaba, y ofrecía un maravilloso contraste con las oscuras y lóbregas bodegas. Con sentimientos igualmente luminosos, subí a la torre a revisar los jardines. Allí, encontré todo tranquilo y después de unos minutos bajé a la habitación de Mary.

Aquí, tras llamar y recibir respuesta, abrí la puerta. Mi hermana estaba sentada en la cama, tranquila, como esperando. Parecía ser ella otra vez y no hizo ningún intento de alejarse mientras me acercaba; sin embargo, observé que estudiaba mi cara con ansiedad, como si dudara y sólo medio segura en su mente de que no había nada que temer de mí.

A mis preguntas sobre cómo se sentía, ella respondió con bastante sensatez que tenía hambre y que le gustaría bajar a preparar el desayuno, si no me importaba. Durante un minuto, reflexioné si sería seguro permitirle salir. Al fin, le dije que podía ir bajo la condición de que prometiera no intentar dejar la casa, ni toquetear ninguna de las puertas exteriores. Ante mi mención de las puertas, una súbita expresión de miedo cruzó su rostro, pero no dijo nada excepto la promesa lo que le había pedido, y entonces salió de la habitación en silencio.

Crucé la estancia y me acerqué a Pepper. Se había despertado cuando entré, pero más allá de un ligero gañido de placer y un suave meneo de la cola, se había quedado quieto. Ahora, mientras lo acariciaba, hizo un intento de ponerse de pie y lo logró, sólo para volver a caer de costado con un pequeño gemido de dolor.

Le hablé y le ordené quedarse quieto. Me sentí inmensamente contento con su mejoría, y también con la natural bondad del corazón de mi hermana, al brindarle tan buen cuidado a pesar de su estado mental. Después de un rato, lo dejé y bajé a mi estudio.

En poco tiempo apareció Mary cargando una bandeja sobre la que humeaba un desayuno caliente. Cuando entró en la habitación, vi que se fijaba en los puntales que reforzaban la puerta del estudio; sus labios se tensaron y creo que palideció ligeramente; pero eso fue todo. Apoyó la bandeja junto a mi codo, y dejaba la habitación en silencio cuando le pedí que regresara. Se acercó, al parecer con cierta timidez y sobresaltada, y noté su mano agarrada al delantal, nerviosa.

—Vamos, Mary —le dije—. ¡Alégrate! Las cosas se ven mejores. No he visto a ninguna de las criaturas desde ayer a la mañana, temprano.

Ella me miró de manera curiosa y desconcertada, como sin comprender. Luego la inteligencia cruzó sus ojos, y el miedo, pero no dijo nada más allá de un ininteligible murmullo de asentimiento. Después de eso guardó silencio; era evidente que cualquier referencia a las cosas-cerdo era más que lo que sus afectados nervios podían soportar.

Terminado el desayuno, subí a la torre. Aquí, durante la mayor parte del día, mantuve una estricta vigilancia sobre los jardines. Una o dos veces bajé a ver cómo estaba mi hermana. En ambas ocasiones la encontré tranquila y extrañamente sumisa. En efecto, en la última incluso se atrevió a dirigirse a mí por propia iniciativa sobre cierta cuestión doméstica que necesitaba atención. Aunque lo hizo con una timidez casi extraordinaria, lo recibí con felicidad porque era la primera palabra, dicha voluntariamente, desde el crítico momento cuando la sorprendí corriendo el cerrojo de la puerta posterior para salir entre esos brutos que esperaban. Me pregunté si ella era consciente de su tentativa y de qué tan cerca había estado de una de esas cosas, pero me contuve de interrogarla al pensar que era mejor dejarlo pasar.

Esa noche dormí en una cama; la primera de dos noches. Por la mañana, me levanté temprano y caminé a través de la casa. Todo estaba como debía estar, y subí a la torre a echar un vistazo a los jardines. Aquí, otra vez, encontré una quietud perfecta.

En el desayuno, cuando me encontré con Mary, me alegró mucho ver que había recobrado suficiente dominio de sí misma para saludarme de manera perfectamente natural. Habló con sensatez y tranquilidad, sólo manteniéndose lejos de cualquier mención de los dos días pasados. En esto, coincidí con ella hasta el punto de no intentar llevar la conversación en esa dirección.

Temprano esa mañana, había ido a ver a Pepper. Estaba mejorando con rapidez y prometía estar de pie, de veras, en un día o dos. Antes de dejar la mesa del desayuno, hice algún comentario sobre su mejoría. En la breve charla que siguió, me sorprendió deducir, por los comentarios de mi hermana, que ella aún estaba bajo la impresión de que su herida había sido causada por el gato salvaje, de mi invención. Esto hizo que me sintiera avergonzado por engañarla. Sin embargo, le había mentido para evitar que se asustase. Y luego me sentí seguro de que debía haberse dado cuenta de la verdad, más tarde, cuando esos brutos atacaron la casa.

Durante el día me mantuve alerta; pasé mucho tiempo, como el día anterior, en la torre; pero no pude ver señal alguna de las criaturas-cerdo, ni escuchar ningún sonido. Varias veces había llegado a pensar que las Cosas nos habían dejado por fin, pero en tales momentos me rehusé a considerar la idea seriamente; ahora, sin embargo, empezaba a sentir que había razones para una esperanza. Pronto harían tres días desde que había visto alguna de las Cosas, pero no obstante tenía el propósito de ser muy precavido. Por lo que sabía, este prolongado silencio podía ser un ardid para tentarme a salir de la casa, tal vez directo a sus brazos. Sólo pensar en tal contingencia era suficiente para volverme prudente.

Fue así que pasaron el cuarto, quinto y sexto días, tranquilamente, sin que yo hiciera ningún intento de salir de la casa.

Al sexto día tuve la alegría de ver a Pepper en pie una vez más, y aunque todavía muy débil, logró mantenerse en mi compañía todo el día.



11 - EL REGISTRO DE LOS JARDINES


Qué lentamente pasaba el tiempo, y nunca nada que indicara que alguno de los brutos todavía infestaba los jardines.

Era el noveno día cuando finalmente decidí correr el riesgo, si había alguno, y efectué una salida. Con este propósito en vista, cargué con cuidado una de las escopetas y la escogí porque a corta distancia era más mortal que el fusil; entonces, después de un escrutinio final del terreno desde la torre, llamé a Pepper para que me siguiera, y bajé a la planta baja.

En la puerta, debo confesar que vacilé un momento. El pensamiento de lo que podía estar esperándome entre los oscuros matorrales de ningún modo contaba para alentar mi resolución. Fue sólo un segundo, sin embargo; entonces descorrí los cerrojos y quedé parado sobre sendero fuera de la puerta.

Pepper me siguió, se detuvo en el escalón para olfatear con recelo y paseó la nariz arriba y abajo por las jambas, como si siguiera un olor. Luego, de repente, se volvió vivamente y empezó a correr de aquí para allá, en semicírculos y círculos alrededor de la puerta; al final regresó al umbral. Aquí, comenzó de nuevo a olfatear.

Hasta ahora, yo seguía de pie observando al perro, sin embargo con media mirada sobre la salvaje maraña de los jardines a mi alrededor. Entonces fui hacia él y me incliné para examinar la superficie de la puerta donde estaba olfateando. Descubrí que la madera estaba cubierta por una red de arañazos que se cruzaban y entrecruzaban en intrincada confusión. Además de eso, noté que las mismas jambas estaban mordidas en algunos lugares. Aparte de esto, no encontré nada, de modo que me incorporé y empecé mi visita de la pared de la casa.

Pepper, tan pronto me alejé, dejó la puerta y corrió por delante, todavía olfateando y resollando mientras avanzaba. A veces se detenía a investigar. Aquí, sería un agujero de bala en el sendero, o tal vez un taco manchado de pólvora. Más allá, podía ser un trozo de césped suelto, o una parte alterada en un camino de hierbajos; pero, excepto tales nimiedades, no encontró nada. Yo lo observaba atentamente mientras caminaba y no logré descubrir ningún desasosiego en su conducta que indicara que sentía la cercanía de alguna de las criaturas. Por esto estaba seguro de que los jardines estaban vacíos, al menos en ese momento, de esas odiosas Cosas. A Pepper no se le podía engañar con facilidad y era un alivio sentir que sabría y me advertiría oportunamente si había algún peligro.

Llegado al lugar donde había disparado a esa primera criatura, me detuve y efectué una cuidadosa inspección; pero no vi nada. De allí, seguí hasta donde había caído la gran piedra del remate. Estaba de costado, al parecer tal como había quedado cuando le disparé al bruto que la estaba moviendo. A medio metro a la derecha del extremo más cercano había una gran mella en el suelo, donde había caído. El otro extremo estaba aún dentro de la hendidura, mitad dentro, mitad fuera. Me aproximé y examiné la piedra más a fondo. ¡Qué enorme trozo de mampostería! Y esa criatura la había movido, sin ayuda, en su tentativa de alcanzar lo que había debajo.

Di la vuelta hasta el otro extremo de la piedra. Aquí encontré que era posible mirar debajo de ella, hasta una distancia de medio metro. Sin embargo, no pude ver nada de las criaturas aplastadas y me sentí muy sorprendido. Había conjeturado, como he dicho antes, que habían quitado los restos; sin embargo no podía concebir que lo hubiesen hecho tan completamente que no quedara ninguna señal debajo de la piedra, indicativa de su destino. Había visto a varios de los brutos fulminados bajo ella, con tal fuerza que deben haber sido literalmente sepultados bajo tierra; y ahora, no había para ver ni un solo vestigio de ellos... ni siquiera una mancha de sangre.

Me sentía más confundido que nunca mientras le daba vueltas al asunto en mi mente, pero no pude pensar una explicación posible, de modo que al fin me di por vencido, como una de las muchas cosas que eran inexplicables.

Desde allí, tranferí mi atención a la puerta del estudio. Pude ver ahora, aún más claramente, los efectos del tremendo esfuerzo a que había sido sometida, y me maravillé de ver cómo había resistido los ataques tan bien, aun con el apoyo proporcionado por los puntales. No había marcas de golpes, en realidad no habían dado ninguno, pero la puerta había sido literalmente arrancada de sus goznes por la aplicación de una enorme fuerza silenciosa. Y observé un detalle que me impresionó profundamente; la cabeza de uno de los puntales había pasado a través de un panel. Esto era por sí solo suficiente para mostrar qué enorme esfuerzo habían hecho las criaturas para romperla, y qué cerca habían estado de conseguirlo.

La dejé y continué mi visita alrededor de la casa, encontrando poco más de interés; excepto en la parte posterior, donde tropecé con el conducto que había arrancado de la pared, tirado entre la alta hierba debajo de la ventana rota.

Entonces, regresé a la casa, volví a echar el cerrojo a la puerta posterior, y subí a la torre. Aquí pasé la tarde, leyendo y echando vistazos ocasionales hacia abajo a los jardines. Había decidido, si la noche pasaba tranquilamente, ir hasta el Pozo en la mañana. Quizá allí podría saber algo de lo que había sucedido. Se fue el día y llegó la noche, y pasó tal como habían pasado las pocas anteriores.

Cuando me levanté, la mañana había empezado, hermosa y clara; decidí poner en práctica mi proyecto. Durante el desayuno, consideré el asunto con cuidado, después de lo cual fui al estudio a por la escopeta. Además, cargué una pequeña pistola y la metí en el bolsillo. Entendía muy bien que si había algún peligro, éste vendría en la dirección del Pozo, y tenía el propósito de estar preparado.

Salí del estudio y fui hasta la puerta posterior, seguido por Pepper. Una vez afuera, hice un rápido reconocimiento de los jardines circundantes y eché a andar hacia el Pozo. En el camino mantuve la mirada atenta, sujetando el arma, preparada. Pepper corría por delante al parecer sin vacilar. Deduje entonces que no había ningún peligro inminente que temer, y caminé con más rapidez tras él. Había llegado al borde del Pozo ahora, y olfateaba a lo largo del margen.

Un minuto después yo estaba a su lado y me miré hacia abajo en el Pozo. Por un momento apenas pude creer que fuese el mismo lugar, tanto había cambiado. El oscuro y frondoso barranco de dos semanas atrás, con un riachuelo oculto por el follaje y que corría perezosamente en el fondo, ya no existía. En su lugar, mis ojos me mostraban una sima irregular, parcialmente llena con un oscuro lago de agua turbia. Todo un costado del barranco estaba desnudo de maleza y mostraba la roca desnuda.

Un poco a mi izquierda, la pared del Pozo parecía haberse derrumbado por completo, formando una profunda grieta con forma de V en la cara rocosa del acantilado. Corría desde el borde superior hasta casi el agua y penetraba dentro de la pared del Pozo, hasta una distancia de unos doce metros. La abertura era de por lo menos unos cinco metros de ancho y parecía estrecharse hasta un par de metros. Pero lo que atrajo mi atención, aún más que la misma grieta formidable, fue un gran agujero a cierta distancia por debajo de la grieta, justo en el ángulo de la V. Estaba claramente definido y de forma parecida a la de una entrada en arco; aunque, como quedaba en la sombra, no pude verlo muy claramente.

La pared opuesta del Pozo aún conservaba la vegetación, pero estaba tan destrozada en unos lugares, y toda cubierta de polvo y basura, que apenas era distinguible como tal.

Mi primera impresión de que había ocurrido un deslizamiento de tierra no era suficiente, por sí sola, para explicar todos los cambios que veía. ¿Y el agua...? Me volví, de repente, porque había caído en la cuenta de que, en algún lugar a mi derecha, se escuchaba el sonido de agua que corría. No pude ver nada, pero ahora que prestaba atención distinguí fácilmente que venía desde algún lugar en el extremo este del Pozo.

Con lentitud, me dirigí en esa dirección; el sonido se hacía más claro a medida que avanzaba, hasta que en poco rato me paré justo encima de él. Incluso entonces no pude percibir la causa hasta que me arrodillé y asomé la cabeza sobre el acantilado. Aquí el ruido llegaba claramente; vi debajo de mí un torrente de agua clara que brotaba de una pequeña fisura en la pared del Pozo y se precipitaba por las rocas dentro del lago de abajo. Un poco más lejos a lo largo del acantilado vi otro, y más allá dos más pequeños. Entonces ellos ayudarían a explicar la cantidad de agua en el Pozo, y si la caída de rocas y tierra había bloqueado la salida de la corriente por el fondo, había poca duda de que estaban contribuyendo en gran parte.

Sin embargo, mi cabeza desconcertada no podía explicar la apariencia de perturbación generalizada del lugar; estos arroyuelos y la enorme grieta, ¡además del barranco! Me parecía que se necesitaba algo más que un corrimiento de tierra para explicarlo. Podía imaginar que un terremoto, o una gran explosión, podrían crear una condición como la existente, pero no hubo ninguno de ellos. Entonces, me incorporé rápidamente al recordar el estampido y la nube de polvo que vino después, elevándose muy alto en el aire. Pero sacudí la cabeza, incrédulo. ¡No! Lo que escuchara debió ser el ruido de la caída de las rocas y la tierra; por supuesto, el polvo se levantaría, de manera natural. Sin embargo, a pesar de mi razonamiento, tenía una incómoda sensación de que esta teoría no satisfacía mi sentido de la probabilidad; y aun así, ¿había alguna otra que pudiera sugerir que sonara la mitad de posible? Pepper se había tumbado en la hierba mientras hacía mi examen. Ahora, cuando giré hacia el costado norte del barranco, se levantó y me siguió.

Lentamente, y manteniendo una atenta vigilancia en todas direcciones, di la vuelta al Pozo, pero encontré muy poco más que no hubiera visto ya. Desde el extremo oeste pude ver cuatro cascadas consecutivas. Estaban a considerable distancia de la superficie del lago, unos quince metros, según calculé.

Deambulé por allí durante un rato más, con los ojos y oídos bien atentos, pero todavía sin ver ni escuchar nada sospechoso. Todo el lugar estaba maravillosamente tranquilo; en efecto, excepto el continuo murmullo del agua en el extremo lejano, ningún sonido de ninguna descripción rompía el silencio.

Durante todo este tiempo, Pepper no había mostrado señales de inquietud. Me pareció que esto indicaba que, por el momento al menos, no había ninguna de aquellas criaturas-cerdo en las inmediaciones. Hasta donde podía ver, su atención parecía haberse centrado principalmente en escarbar y olfatear entre la hierba del borde del Pozo. A veces se alejaba del borde, y corría en dirección a la casa, como si siguiera huellas invisibles, pero en todos los casos regresó en pocos minutos. Me cabía poca duda de que en realidad rastreaba las pisadas de las cosas-cerdo, y el mismo hecho de que todas ellas parecían conducirle de nuevo al Pozo era una prueba de que todos los brutos habían regresado al lugar de donde habían venido.

Al mediodía, me fui a casa a comer. Durante la tarde hice una inspección parcial de los jardines, acompañado por Pepper, pero sin encontrar nada que indicara la presencia de las criaturas.

Una vez, mientras nos abríamos paso a través de las matas, Pepper se precipitó entre unos arbustos con un ladrido feroz. Ante eso, salté hacia atrás súbitamente asustado y apunté con mi arma, preparado, sólo para reír nervioso mientras Pepper reaparecía corriendo tras un desventurado gato. Hacia el atardecer, abandoné la búsqueda y regresé a la casa. De improviso, mientras pasábamos un gran macizo de arbustos a nuestra derecha, Pepper desapareció y pude escuchar que olfateaba y gruñía entre ellos de una manera sospechosa. Aparté las ramas con el cañón del arma y miré adentro. No había nada que ver, salvo que varias de las ramas estaban dobladas y rotas, como si algún animal hubiese armado allí su guarida no mucho tiempo atrás. Era probablemente, pensé, uno de los lugares ocupados por alguna de las criaturas-cerdo la noche del ataque.

Al día siguiente reanudé mi inspección de los jardines pero sin resultados. A la noche los había revisado por completo y ahora sabía, más allá de toda posibilidad de duda, que ya no había ninguna de las Cosas oculta en el lugar. En efecto, he pensado a menudo desde entonces que tenía razón en mi primera conjetura, que se habían marchado poco después del ataque.



12 - El TÚNEL SUBTERRÁNEO


Otra semana vino y se fue, durante la cual pasé mucho tiempo cerca de la boca del Pozo. Unos días antes había llegado a la conclusión de que el agujero con forma de arco, en el ángulo de la gran grieta, era el lugar por donde habían salido las cosas-cerdo desde algún profano sitio en las entrañas del mundo. Qué tan cerca de la verdad estaba, lo confirmaría más tarde.

Puede ser fácil comprender que me sentía tremendamente curioso, aunque de una manera temerosa, por saber a qué lugar infernal conducía ese agujero; aunque hasta ahora no me había atrapado seriamente la idea de hacer una investigación. Me sentía demasiado lleno de una sensación de horror hacia las criaturas-cerdo para pensar en aventurarme de buen grado donde corría el riesgo de tropezarme con ellas.

No obstante, poco a poco, a medida que el tiempo pasaba, esta sensación disminuyó sensiblemente, de modo que cuando se me ocurrió, unos días más tarde, que podía ser posible arrastrarme hasta abajo y echar una mirada dentro del agujero, no me sentí tan reacio a ello como uno podría imaginar. Sin embargo, creo que ni siquiera entonces me proponía en realidad intentar una aventura temeraria. Según lo que sabía, entrar en esa abertura de lúgubre aspecto sería una muerte segura. Y sin embargo, tal es la obstinación de la curiosidad humana que al fin mi principal deseo era descubrir qué había más allá de esa entrada tenebrosa.

Lentamente, a medida que transcurrían los días, mi miedo a las cosas-cerdo se convirtió en una emoción del pasado, más un recuerdo increíble y desagradable que otra cosa.

Así llegó un día cuando, liberado de ideas y fantasías, encontré una soga en la casa, y tras amarrarla firmemente a un árbol corpulento en lo alto de la grieta y a cierta distancia del borde del Pozo, dejé caer el otro extremo adentro hasta que se balanceó justo enfrente de la boca del oscuro agujero.

Entonces, con cautela, y con muchas dudas sobre si era o no una locura lo que intentaba hacer, descendí con lentitud, usando la soga como soporte hasta que llegué al agujero. Aquí, todavía sujeto a la soga, me detuve y espié dentro. Todo estaba perfectamente oscuro y no llegaba ningún sonido. Sin embargo, un momento más tarde, me pareció escuchar algo. Contuve el aliento y presté atención; pero todo estaba silencioso como una tumba y respiré libremente una vez más. En ese mismo instante, el sonido de nuevo. Era como el ruido de una respiración fatigosa, profunda y brusca. Durante un segundo quedé petrificado, incapaz de moverme. Pero los sonidos cesaron otra vez y no pude oír nada.

Mientras estaba allí, ansioso, mi pie desprendió un guijarro que cayó hacia adentro de la oscuridad con un sonido hueco. De inmediato se repitió una veintena de veces, cada eco subsiguiente más apagado y más lejos de mí, como desde una distancia remota. Entonces, cuando el silencio regresaba, escuché esa respiración furtiva. Cada vez que yo respiraba podía escuchar un sonido en respuesta. Parecía acercarse y entonces escuchaba varios otros, pero más apagados y distantes. No puedo decir por qué no agarré la soga y salté lejos del peligro. Era como si estuviera paralizado. Empecé a sudar profusamente y traté de humedecer mis labios con la lengua. De repente, sentí la garganta seca y tosí roncamente. Regresó en una docena de horribles tonos guturales, burlones. Espié impotente dentro de la oscuridad, pero todavía no veía nada. Tenía una extraña sensación de sofocación y tosí otra vez, con sequedad. De nuevo el eco la tomó, subiendo y bajando grotescamente, hasta desteñirse con lentitud en un silencio amortiguado.

Entonces, de repente, tuve una idea y contuve el aliento. La otra respiración se detuvo. Volví a respirar, y de nuevo recomenzó. Pero ahora ya no temía. Sabía que los extraños sonidos no eran producidos por ninguna criatura-cerdo agazapada sino que eran simplemente los ecos de mi propia respiración.

Sin embargo, había recibido tal susto que me sentí feliz de trepar hasta arriba de la grieta y recoger la soga. Estaba demasiado alterado y nervioso para pensar en entrar en el oscuro agujero en ese momento, de modo que regresé a la casa. Me sentí mejor a la mañana siguiente, pero no pude reunir el coraje suficiente para explorar el lugar.

Todo este tiempo el agua del Pozo había aumentado con lentitud y ahora se hallaba un poco abajo de la abertura. Al ritmo que subía, estaría a nivel del piso en menos de otra semana, y caí en la cuenta de que, a menos que llevara a cabo mis investigaciones pronto, nunca lo haría en absoluto porque el agua subiría más y más, hasta que la misma abertura quedara sumergida.

Puede ser que ese pensamiento me moviera a actuar, pero fuera lo que fuera, un par de días más tarde estaba parado en lo alto de la grieta, bien equipado para la tarea.

Esta vez estaba decidido a vencer mi indolencia y llevar a cabo el asunto. Con ese propósito había traído, además de la soga, un manojo de velas con la intención de usarlas como una antorcha; también mi escopeta de cañón doble. En el cinturón tenía una pesada pistola cargada con perdigones.

Como antes, amarré la soga al árbol. Entonces, después de sujetar la escopeta en los hombros con un trozo de cuerda gruesa, descendí por el borde del Pozo. Ante esto, Pepper, que había estado vigilando mis acciones, se puso de pie y corrió hacia mí con un medio ladrido y medio gemido, que me pareció de advertencia. Pero yo estaba decidido y le ordené que se echara. Mucho me habría gustado llevarlo conmigo, pero era casi imposible en las presentes circunstancias. Cuando mi cara llegó a ras del borde del Pozo, me lamió justo en la boca; entonces agarró mi manga con los dientes y empezó a tirar hacia arriba con fuerza. Era muy evidente que no quería que me fuera. Sin embargo, una vez decidido, no tenía la intención de renunciar al intento, y con una severa orden a Pepper para que me soltase, continué el descenso, dejando arriba al pobre y viejo compañero que ladraba y lloraba como un cachorrillo abandonado.

Con cuidado, bajé de saliente en saliente. Sabía que un resbalón podía significar un chapuzón.

Cuando llegué a la entrada, solté la soga y desaté la escopeta de mis hombros. Entonces eché una última mirada al cielo y noté que se estaba nublando con rapidez; entonces avancé un par de pasos para protegerme del viento y encendí una de las velas. La sostuve por encima de la cabeza, tomé la escopeta con firmeza y empecé a avanzar despacio, mirando en todas direcciones.

Durante el primer minuto pude oír el melancólico sonido de los aullidos de Pepper. Poco a poco, a medida que penetraba en la oscuridad, se volvieron más apagados hasta que en poco rato no pude oír nada. El camino se inclinaba ligeramente hacia abajo y a la izquierda. Así continuaba, todavía corriendo hacia la izquierda, hasta que descubrí que se dirigía en directo hacia la casa.

Con suma cautela me movía hacia adelante y me detenía cada pocos pasos a escuchar. Habría recorrido quizás cien metros cuando de repente me pareció captar un débil sonido en algún lugar del pasadizo detrás de mí. Con el corazón palpitando pesadamente, presté atención. El ruido se hizo más patente y parecía aproximarse con rapidez. Ahora podía oírlo con claridad. Eran las pisadas suaves de unos pies a la carrera. En los primeros momentos de temor me quedé parado, indeciso; no sabía si avanzar o retroceder. Luego, con una súbita comprensión de cuál era la mejor acción, pegué la espalda contra la pared rocosa a mi derecha, sostuve la vela por encima de la cabeza y aguardé, escopeta en mano y maldiciendo mi insensata curiosidad por haberme metido en semejante aprieto.

No tuve que esperar mucho, sólo unos segundos, antes de que un par de ojos reflejaran desde la oscuridad el resplandor de mi vela. Levanté el arma, usando sólo mi mano derecha, y apunté rápido. Al mismo tiempo, algo saltó de la oscuridad con un escandaloso ladrido de alegría que despertó los ecos, como truenos. Era Pepper. No pude concebir cómo había logrado bajar el barranco. Cuando, nervioso, le pasé la mano sobre el lomo, noté que estaba goteando, y deduje que debía haber intentado seguirme y que habría caído al agua, desde donde no le resultaría muy difícil trepar.

Esperé un minuto más o menos para tranquilizarme y continué a lo largo del camino, Pepper a la saga y callado. Me sentía curiosamente contento por tener al viejo amigo conmigo. Era una compañía y de algún modo, con él en los talones, sentía menos miedo. También sabía qué tan rápidamente su agudo oído detectaría la presencia de cualquier criatura no grata, si hubiera alguna en la oscuridad que nos envolvía.

Durante algunos minutos seguimos adelante, lentamente, el camino todavía directo hacia la casa. Deduje que, si continuaba la distancia adecuada, pronto debíamos estar justo debajo de ella. Encabecé la marcha con cautela otros cincuenta metros. Entonces me detuve y alcé la luz; tuve razones suficientes para agradecerlo, porque allí, a no más de tres pasos, el sendero desaparecía y, en su lugar, vi una vacía negrura que me traspasó de miedo.

Con suma prudencia, me aproximé y espié hacia abajo, pero no pude ver nada. Entonces crucé a la izquierda del camino para ver si había alguna continuación. Aquí, pegada a la pared, encontré una estrecha senda de unos noventa centímetros de ancho que seguía adelante. Con cuidado, caminé por ella, pero no había llegado lejos antes de lamentar haberme aventurado. Porque después de unos pocos pasos el ya angosto camino se convertía en una simple saliente, de un lado la sólida e inamovible roca que se alzaba en una gran pared hasta un techo invisible, y del otro el abismo insondable. No pude evitar reflexionar qué indefenso estaba si fuera atacado allí, sin espacio para girar y donde incluso el retroceso de mi arma podía ser suficiente para lanzarme de cabeza a las profundidades.

Para mi gran alivio, un poco más allá la saliente de repente se ensanchaba otra vez a su medida original. Poco a poco, mientras avanzaba, noté que el camino tendía constantemente a la derecha, y así en algunos minutos descubrí que no avanzaba sino que bordeaba el enorme abismo. Era evidente que había llegado al final del gran pasadizo.

Cinco minutos más tarde, me encontré parado en el punto desde donde había partido, después de completar una vuelta a lo que ahora conjeturaba un inmenso pozo cuya boca debía de tener al menos cien metros de diámetro.

Durante un corto rato, permanecí allí perdido en un pensamiento de perplejidad. ¿Qué significaba todo esto? Tal era el grito que empezó a repetirse en mi cerebro.

Tuve una idea repentina y busqué a mi alrededor un trozo de piedra. Entonces encontré uno del tamaño de una pequeña hogaza de pan. Pegué la vela derecha en una hendidura del suelo, me alejé un poco del borde y, con una corta carrera, lancé la piedra hacia el abismo; era mi idea arrojarla bastante lejos para que no tocara los costados. Entonces me incliné y presté atención, pero aunque me mantuve perfectamente inmóvil durante todo un minuto por lo menos, no llegó ningún sonido desde la oscuridad.

Supe entonces que la profundidad del agujero debía de ser inmensa, porque la piedra, si golpeaba con algo, tenía el tamaño suficiente para despertar los ecos de ese extraño lugar y susurrar durante un periodo indefinido. Porque la caverna me había devuelto los sonidos de mis pisadas, multiplicadas. El lugar era imponente y de buena gana habría retrocedido sobre mis pasos, dejando sin resolver los misterios de sus soledades, sólo que si lo hacía significaba admitir la derrota.

Entonces, tuve la idea de tratar de echar una mirada al abismo. Se me ocurrió que si colocaba las velas alrededor del borde del agujero,podría llegar al menos a divisar algo del lugar.

Encontré, al contarlas, que había traído quince velas en el manojo; mi primera intención fue, como ya he dicho, hacer una antorcha con todas. Ahora procedí a colocarlas alrededor de la boca del Pozo, separadas una distancia de veinte metros.

Una vez completado el círculo, me paré en el pasadizo y procuré hacerme una idea de cómo se veía el lugar. Pero de inmediato descubrí que eran totalmente insuficientes para mi propósito. Apenas hacían algo más que resaltar la oscuridad. Sin embargo, algo hicieron, y fue confirmar mi opinión del tamaño de la abertura; y aunque no me revelaron nada de lo que yo quería ver, en cambio, el contraste que proporcionaban con la pesada oscuridad me alegró curiosamente. Era como si quince diminutas estrellas brillaran a través de la noche subterránea.

Entonces, en ese momento, Pepper soltó un súbito aullido que fue recogido por el eco y repetido con espectrales variaciones, apagándose con lentitud. Con un rápido movimiento alcé la única vela que había reservado y miré al perro; en el mismo instante me pareció oír un ruido, como una diabólica carcajada que surgía desde las hasta ahora silenciosas profundidades del Pozo. Me sobresalté, luego recordé que era probable que fuera el eco del aullido de Pepper.

Pepper se había alejado de mí por el pasadizo; estaba olfateando el suelo rocoso y creo haber escuchado que lamía. Lo seguí con la vela baja. Cuando caminaba, escuché que mis botas hacían "sop, sop", y vi que la luz se reflejaba en algo que brillaba y que se deslizaba velozmente por debajo de mis pies hacia el Pozo. Me incliné y miré, luego dejé escapar una exclamación de sorpresa. Desde algún lugar, más arriba en el pasadizo, una corriente de agua corría rápidamente en la dirección de la gran abertura y aumentaba de tamaño a cada segundo.

Otra vez, Pepper soltó un aullido profundo, corrió hacia mí, agarró mi casaca y trató de arrastrarme pasadizo arriba hacia la salida. Con gesto nervioso lo aparté y crucé con rapidez sobre la pared izquierda. Si venía cualquier cosa, tendría la pared a mi espalda.

Entonces, mientras miraba ansiosamente hacia arriba en el pasadizo, mi vela se reflejó en algo a lo lejos. Al mismo tiempo, empecé a percibir un susurrado gruñido que se hizo más fuerte y llenó la caverna con un sonido ensordecedor. Desde el Pozo llegó un profundo eco, cavernoso como el sollozo de un gigante. Entonces salté a un costado, sobre la estrecha saliente que rodeaba el abismo, y, al volverme, vi una gran pared de espuma que pasaba velozmente frente a mí y se precipitaba tumultuosamente en el abismo anhelante. Una nube de rocío estalló sobre mí, apagando la vela y mojándome hasta los huesos. Todavía sostenía el arma. Las tres velas más próximas se apagaron, pero las más alejadas parpadearon brevemente. Después del primer torrente, el flujo de agua bajó a una corriente continua, tal vez de un pie de profundidad, aunque no pude verlo hasta que no tomé una de las velas encendidas y con ella empecé un reconocimiento. Por fortuna, Pepper me había seguido a la saliente y ahora me seguía de cerca, muy sumiso.

Una breve observación me mostró que el agua ocupaba el ancho del pasadizo y que corría a una velocidad tremenda. Incluso ya tenía más profundidad. Sólo podía conjeturar lo que había sucedido. Era evidente que el agua en el barranco había irrumpido allí de alguna manera. Si ése fuera el caso, su volumen continuaría aumentando hasta que me fuera imposible salir del lugar. La idea era atemorizante. Era indiscutible que debía tratar de dejar el sitio tan rápido como me fuera posible.

Tomé la escopeta por la culata y sondeé el agua. Llegaba un poco por debajo de la rodilla. El ruido que producía al caer en el Pozo era ensordecedor. Entonces llamé a Pepper y me metí en el agua, usando el arma como bastón. Al instante, el agua se levantó por encima de mis rodillas hasta cubrir casi por completo los muslos, por la velocidad de su flujo. En un breve momento, casi perdí pie pero el pensamiento de lo que había detrás me estimuló y me esforcé intensamente, y, paso a paso, seguí adelante.

No supe nada de Pepper al principio. Yo hacía todo lo posible por mantenerme en pie, y me alegré mucho cuando vi que aparecía a mi lado. Avanzaba con valentía; es un perro grande con patas largas y delgadas, y supongo que el agua las empujaba menos que a las mías. En cualquier caso, lograba caminar mucho mejor que yo, delante de mí como un guía, a sabiendas o no de que me ayudaba de alguna manera al disminuir la fuerza del agua. Seguimos avanzando paso a paso, forcejeando y jadeando, hasta que completamos unos cien metros a salvo. Entonces, no puedo decir si estaba tomando menos cuidado o si en el suelo rocoso había un lugar resbaladizo, pero de repente resbalé y caí de bruces. En un instante el agua saltó sobre mí como una catarata y me arrastró hacia ese agujero sin fondo a una velocidad espantosa. Luché frenéticamente, pero era imposible hacer pie. Estaba indefenso, jadeaba y me ahogaba. De improviso, algo agarró mi abrigo y me detuvo. Era Pepper. Al perderme, debe haber corrido hacia atrás a través del oscuro torbellino hasta encontrarme, y entonces me atrapó y me sostuvo hasta que pude ponerme de pie.

Tengo un tenue recuerdo de haber visto en algún momento el brillo de varias luces, pero nunca estuve muy seguro. Si mis impresiones son correctas, debo haber sido arrastrado hasta el mismísimo borde de esa espantosa sima antes de que Pepper lograra detenerme. Las luces, por supuesto, sólo podían haber sido las distantes llamas de las velas que había dejado encendidas. Pero, como he dicho, no estoy seguro en absoluto. Mis ojos estaban llenos de agua y yo muy afectado.

Y allí estaba yo, sin mi útil escopeta ni luz, tristemente confundido y con el agua cada vez más profunda, y dependía de la única ayuda de mi viejo amigo Pepper para salir de aquel sitio infernal.

Estaba de cara al torrente. Naturalmente, era la única manera en que podía sostener mi posición un momento porque ni siquiera el viejo Pepper habría podido sujetarme mucho tiempo contra esa tremenda presión sin una ayuda, aunque ciega, de mi parte.

Tal vez pasó un minuto durante el cual dudé; luego, poco a poco reanudé mi tortuosa marcha hacia arriba por el pasadizo. Y así comencé la más penosa batalla con la muerte, de la que esperaba salir victorioso. Me esforcé lenta, furiosa, casi desesperadamente, y ese fiel Pepper me guiaba, me arrastraba adelante y arriba, hasta que por fin vi un resplandor de bendita luz. Era la entrada. Apenas unos metros más y llegué a la abertura, con el agua bullendo y alzándose hambrienta alrededor de mis caderas.

Y ahora comprendí la causa de la catástrofe. Estaba lloviendo a cántaros, literalmente en torrentes. La superficie del lago estaba al nivel del fondo de la abertura, más aún, por encima. Era evidente que la lluvia había hecho crecer el lago y había causado esta crecida prematura, porque al ritmo que el barranco se llenaba no habría alcanzado ese nivel hasta después de un par de días.

Por suerte, la soga por la que había descendido corría dentro de la cueva sobre las aguas. Tomé el extremo y lo até bien firme alrededor del cuerpo de Pepper; luego reuní el último resto de mis fuerzas y comencé a escalar la pared del acantilado. Llegué al borde del Pozo en el último estado de extenuación. No obstante, tuve que hacer un esfuerzo más e izar a Pepper a salvo.

Lenta y cansadamente, tiré de la soga. Una o dos veces me pareció que debía renunciar porque Pepper era un perro pesado y yo estaba completamente agotado. Sin embargo, abandonarlo habría significado una muerte segura del viejo amigo y el pensamiento me impulsó a realizar un mayor esfuerzo. Tengo un recuerdo muy brumoso del final. Tengo memoria de haber tirado durante unos momentos que se prolongaban extrañamente. También tengo algún recuerdo de ver que el hocico de Pepper asomaba sobre el borde del Pozo después de un periodo de tiempo que me pareció infinito. Entonces y de repente, todo fue oscuridad.



13 - LA TRAMPILLA EN LA GRAN BODEGA


Supongo que debí desvanecerme porque lo siguiente que recuerdo es que abrí los ojos y todo estaba oscuro. Yacía de espalda con una pierna doblada debajo de la otra y Pepper me lamía las orejas. Me sentía horriblemente tieso y mi pierna estaba dormida desde la rodilla hacia abajo. Durante unos minutos permanecí así, aturdido, y luego lentamente pude sentarme y mirar a mi alrededor.

Había dejado de llover pero los árboles todavía goteaban. Desde el Pozo subía un continuo murmullo de agua que corría. Sentí frío y me estremecí. Mis ropas estaban empapadas y me dolía por todos lados. Muy lentamente, la vida regresó a mi pierna dormida, y después de un rato traté de pararme. Lo conseguí en el segundo intento, pero me sentía tambaleante y particularmente débil. Me pareció que iba a caer enfermo y giré sobre mí para caminar hacia la casa. Mis pasos eran erráticos y mi cabeza estaba confusa. Con cada paso, un agudo dolor traspasaba mis piernas.

Habría dado quizá unos treinta pasos cuando un ladrido de Pepper atrajo mi atención y me volví, tieso, hacia él. El viejo perro estaba tratando de seguirme, pero no podía avanzar porque aún tenía la soga con que lo había izado atada alrededor del cuerpo y no había desatado el otro extremo del árbol. Durante un rato trajiné vanamente con los nudos pero estaban mojados y ajustados, y no pude hacer nada. Entonces recordé mi cuchillo y en un minuto corté la soga.

Apenas sé cómo llegué a casa y recuerdo aun menos de los días que siguieron. De una cosa sí estoy seguro, y es que si no fuera por el incansable cariño y cuidado de mi hermana, no estaría escribiendo en este momento.

Cuando recuperé mis sentidos, descubrí que había estado en cama durante casi dos semanas. No obstante, pasó otra más antes que estuviera lo bastante fuerte para salir tambaleante a los jardines. Y aun entonces no podía caminar tan lejos como el Pozo. Me hubiera gustado preguntarle a mi hermana cuánto había crecido el agua, pero sentí que no era prudente mencionar el tema. En efecto, desde entonces hice una regla de no hablar nunca con ella de las cosas extrañas que suceden en esta vieja y enorme casa.

Hasta un par de días después no estuve en condiciones de acercarme al Pozo. Allí descubrí que, durante mi ausencia de unas semanas, se había operado un cambio prodigioso. En vez de un barranco con tres cuartas partes llenas de agua observaba un gran lago cuya plácida superficie reflejaba la luz, fríamente. El agua había subido hasta unos dos metros del borde del Pozo. Sólo en un lugar el lago se turbaba y era encima del lugar donde, muy lejos por debajo de las silenciosas aguas, se abría la boca hacia el enorme Pozo subterráneo. Aquí había un continuo burbujeo y, ocasionalmente una curiosa especie de sollozante gorgoteo que emergía de las profundidades. Más allá de eso, no había nada que decir de las cosas que se ocultaban debajo. Mientras estaba allí parado, pensé en el maravilloso modo en que las cosas se habían solucionado. La entrada al lugar de donde habían venido las criaturas-cerdo estaba sellada por una fuerza que me hacía sentir que no había nada más que temer de ellas. Y sin embargo, con esa sensación estaba la otra, que ahora ya nunca sabría nada más del lugar de donde habían venido esas Cosas temibles. Estaba para siempre y por completo cerrado y oculto a la curiosidad humana.

Resultaba extraño, al saber de ese infernal agujero bajo tierra, lo apropiado que había sido nombrar el Pozo. Uno se pregunta cómo se había originado, y cuándo. Naturalmente, llegué a la conclusión de que la forma y profundidad del barranco sugería el nombre "Pozo". Sin embargo, ¿es posible que haya tenido un significado más profundo, una sugerencia —que uno sólo podría adivinar— de ese otro Pozo, mayor y más formidable, en la profundidad de la tierra, debajo de esta vieja casa? ¡Debajo de esta casa! Aún ahora, la idea me resulta extraña y terrible. Pues he comprobado, más allá de duda, que el Pozo se abre justo debajo de la casa, la que se apoya en algún lugar por encima de él sobre una tremenda bóveda de sólida roca.

Sucedió que por esta deducción se me ocurrió la idea, si tenía ocasión de bajar a los sótanos, de visitar la gran bodega donde se situaba la trampilla, y ver si todo estaba como lo había dejado.

Al llegar al lugar, caminé lentamente por el centro hasta encontrar la trampilla. Allí estaba, con las piedras apiladas encima, exactamente como la había dejado. Tenía una linterna conmigo y se me ocurrió que ahora sería un buen momento para investigar qué había debajo de la gran trampilla de roble. Coloqué la linterna sobre el piso, aparté las piedras de encima, agarré el aro y tiré hasta abrirla. Mientras lo hacía, el sótano se llenó del sonido de un trueno susurrado que surgía desde muy abajo. Al mismo tiempo, un viento húmedo me dio en la cara, con una carga de fino rocío. Acto seguido dejé caer la trampilla con prisa, con una sensación casi temerosa de admiración.

Por un momento me sentí perplejo. No estaba especialmente asustado. Hacía tiempo que me había librado del acuciante miedo a las cosas-cerdo, pero estaba por cierto nervioso y asombrado. Entonces, un súbito pensamiento se apoderó de mí y, excitado, alcé la pesada trampilla. La dejé parada sobre su canto, tomé la linterna y de rodillas la introduje en la abertura. De inmediato, el viento húmedo y el rocío me anegaron los ojos y por unos momentos no pude ver. Pero incluso cuando se me aclararon, no pude distinguir nada debajo de mí excepto la oscuridad y el rocío que subía.

Al ver que era inútil distinguir nada con la luz tan alta, tanteé mis bolsillos por un trozo de bramante con que bajar más la linterna por la abertura. En eso estaba cuando la linterna resbaló de mis dedos y se precipitó en la oscuridad de abajo. Durante un breve instante observé su caída y vi brillar la luz en un tumulto de espuma blanca a unos veinte a treinta metros por debajo de mí. Luego se apagó. Mi súbita conjetura era correcta, y ahora conocía la causa de la humedad y el ruido. La gran bodega estaba conectada con el Pozo por medio de la trampilla que se abría justo por encima de él, y la humedad era el rocío que se elevaba del agua mientras caía en las profundidades.

En un instante tuve una explicación de ciertas cosas que hasta ahora me habían tenido desconcertado. Ahora podía entender por qué los ruidos, la primera noche de la invasión, me habían parecido provenir directamente de debajo de mis pies. ¡Y la carcajada que escuché la primera vez que abrí la trampilla! Era evidente que algunas de las cosas-cerdo deben haber estado justo debajo de mí.

Otro pensamiento me asaltó. ¿Estaban ahogadas todas las criaturas? Recordé que me fue imposible encontrar algún rastro que revelase que mis disparos habían sido realmente fatales. ¿Tenían vida, como la entendemos nosotros, o eran espíritus malignos? Estos pensamientos cruzaron velozmente a través de mi mente, allí parado en la oscuridad, mientras registraba mis bolsillos a por fósforos. Ahora tenía la caja en la mano, encendí uno, me acerqué a la trampilla y la cerré. Entonces apilé las piedras otra vez encima de ella, después de lo cual salí de los sótanos.

De modo que supongo que el agua sigue cayendo atronadora en este infernal pozo sin fondo. Algunas veces tengo un inexplicable deseo de bajar a la gran bodega, abrir la trampilla y mirar en la impenetrable oscuridad, húmeda de rocío. A veces el deseo adquiere una intensidad casi irresistible. No es una simple curiosidad lo que me incita, sino más bien como si alguna influencia inexplicable estuviera actuando. Pero nunca voy, e intento vencer el extraño anhelo y aplastarlo, incluso mientras tengo el terrible pensamiento de autodestrucción.

Esta idea de que se ejerce alguna fuerza intangible puede parecer insensata. Sin embargo, mi instinto me advierte que no es así. En estas cosas, la razón me parece menos confiable que el instinto.

Hay un pensamiento, en resumen, que me impresiona con creciente insistencia; que vivo en una casa muy extraña, en una casa espantosa. Y he empezado a preguntarme si es prudente permanecer aquí. Sin embargo, si me marcho, ¿a dónde podría ir, y aun así, dónde puedo encontrar la soledad y la sensación de su presencia2, lo único que hace mi vejez soportable?



14 - EL MAR DE SUEÑO


Durante un período considerable después del último incidente que he relatado en mi diario, pensé seriamente en abandonar la casa, y podía haberlo hecho si no fuera por la cosa grandiosa y maravillosa sobre la que estoy a punto de escribir.

Qué bien me aconsejó mi corazón cuando permanecí aquí, a pesar de las visiones y apariciones de cosas desconocidas e inexplicables. Porque si no me quedaba, entonces no habría visto otra vez el rostro de la que amé. Sí, aunque pocos lo saben, ninguno ahora aparte de mi hermana Mary, yo he amado y, ¡ay!, la he perdido.

Escribiría la historia de esos viejos y dulces días, pero sería como llorar por viejas heridas; sin embargo, después de lo que ha sucedido, ¿qué necesidad tengo de preocuparme? Porque ella ha vuelto a mí desde lo desconocido. Extrañamente, me previno; me previno con pasión contra esta casa; me suplicó que la abandonara; pero cuando la interrogué admitió que no habría venido a mí si yo hubiese estado en cualquier otro lugar. No obstante, a pesar de esto, todavía me advirtió, con seriedad; me dijo que era un lugar dedicado durante mucho tiempo al mal y bajo el poder de sus horrendas leyes, de las que nadie aquí tiene conocimiento. Y al preguntarle otra vez si ella vendría a mí en algún otro lugar, se quedó quieta, en silencio.

Así fue como llegué al Mar del Sueño, como ella lo denominó en su cara conversación conmigo. Me había quedado leyendo en mi estudio y debo haber dormitado sobre el libro. De repente desperté y me incorporé, con un sobresalto. Durante un momento miré a mi alrededor, con una desconcertante sensación de algo inusitado. La habitación tenía un aspecto brumoso que le daba una curiosa blandura a las mesas, sillas y muebles.

Poco a poco esa niebla aumentó, como si surgiera de la nada. Entonces, con lentitud, una suave luz blanca empezó a brillar en la habitación. Las llamas de las velas se destacaban pálidas a través de ella. Miré de un lado a otro y encontré que todavía podía ver cada uno de los muebles, pero de una manera extrañamente irreal, más bien como si el fantasma de cada mesa y de cada silla hubiera tomado el lugar del objeto sólido.

Y así, mientras los miraba, vi que se desteñían más y más hasta que se disolvieron en la nada. Ahora, miré de nuevo las velas. Lucían macilentas, e incluso mientras las observaba se volvieron más irreales y se esfumaron. La habitación ahora estaba llena de un suave aunque luminoso crepúsculo blanco, como una tenue niebla de luz. Más allá no podía ver nada. Incluso las paredes se habían esfumado.

En ese momento tuve conciencia de que un apagado y continuo sonido latía a través del silencio que me envolvía. Escuché intensamente. Se hizo más definido hasta que me pareció la respiración de algún grandioso mar. No puedo decir cuánto tiempo transcurrió, pero después de un rato creí poder ver a través de la niebla, y, despacio, me di cuenta de que estaba parado sobre la playa de un mar inmenso y silencioso. Esta playa era lisa y larga, y se esfumaba a izquierda y derecha en extremas distancias. Enfrente, una inmóvil inmensidad de un océano dormido. A veces me pareció captar un tenue destello de luz bajo la superficie, pero no puedo estar seguro. Detrás de mí se alzaban hasta una extraordinaria altura unos lúgubres acantilados negros.

Por arriba, el cielo era de un color gris, frío y uniforme; todo el lugar era iluminado por un formidable globo de pálido fuego que flotaba apenas por encima del lejano horizonte y arrojaba una luz espumosa sobre las quietas aguas.

Por encima del suave murmullo del mar prevalecía una intensa quietud. Durante un largo rato estuve allí, mirando a través de su rareza. Entonces, mientras observaba, me pareció ver que una burbuja de blanca espuma emergía de las profundidades, y entonces —ni siquiera ahora sé cómo fue— estaba mirando su... ¡no!, dentro del rostro de Ella... ¡sí!, dentro de su rostro... dentro de su alma, y me devolvió la mirada con tal mezcla de alegría y tristeza que corrí hacia ella ciegamente, pidiéndole a gritos en una agonía de recuerdo, de terror y de esperanza, que viniese a mí. Sin embargo, a pesar de mis reclamos, permaneció donde estaba, lejos sobre el mar, y sólo sacudía la cabeza con pena; pero en sus ojos vi la vieja luz terrenal de la ternura que había llegado a conocer antes de todo, antes de nuestra separación.

Ante su perversidad me sentí a cada momento más desesperado y traté de llegar hasta ella; sin embargo, aunque lo intenté, no pude. Algo, alguna barrera invisible me retenía y me obligaba a permanecer donde estaba, y a gritarle con toda mi alma: "¡Oh, mi Amada, mi Amada...!", pero no podía decir más, por la misma intensidad. Y en ese momento se acercó a toda velocidad, y me tocó, y fue como si el cielo se hubiese abierto. Pero cuando le tendí las manos, ella me apartó con las suyas, tiernamente severas, y me sentí avergonzado...


Los fragmentos3

(Las partes legibles de las hojas mutiladas.)


... a través de lágrimas... ruido de eternidad en mis oídos, nos separamos... Ella, a quien amo. ¡Oh, Dios mío!

Permanecí mucho tiempo aturdido y entonces estaba solo en la negrura de la noche. Comprendí que había regresado, una vez más, al universo conocido. En ese momento emergí de esa enorme oscuridad. Había llegado entre las estrellas... muchísimo tiempo... el sol lejano y remoto.

Entré en el abismo que separa nuestro sistema de los soles exteriores. Mientras iba a toda velocidad a través de la oscuridad, observé el siempre creciente resplandor y tamaño de nuestro sol. Una vez, me volví a mirar las estrellas y vi que parecían moverse en mi estela, contra el imponente fondo de la noche, tan enorme era la velocidad de mi espíritu pasante.

Me iba acercando a nuestro sistema, y ahora pude ver el brillo de Júpiter. Más tarde, distinguí el frío destello azul de la Tierra... Tuve un momento de perplejidad. Alrededor del sol parecían moverse unos brillantes objetos en rápidas órbitas. Por dentro, cerca del salvaje esplendor del astro, giraban velozmente dos puntos de luz, y más lejos volaba una mota brillante y azul; supe que era la Tierra. Rodeaba al sol en un tiempo que no parecía mayor que un minuto terrestre.

... más cerca a gran velocidad. Vi los resplandores de Júpiter y Saturno, a increíble rapidez y en órbitas enormes. Y yo siempre continuaba acercándome y miraba esta extraña visión: el giro visible de los planetas alrededor de la madre sol. Era como si el tiempo hubiese sido aniquilado para mí, de modo que un año no era más, para mi espíritu desencarnado, que un momento para un alma atada a la Tierra.

La velocidad de los planetas pareció aumentar y en ese momento observé que el sol estaba todo rodeado con círculos, como cabellos de fuego de diferentes colores; eran las trayectorias de los planetas lanzados a imponente velocidad alrededor de la llama central...

... el sol se hizo inmenso, como si saltara para encontrarme... Y ahora yo estaba dentro del círculo de los planetas exteriores, y volaba rápidamente hacia el lugar donde la Tierra, que brillaba tenue a través del azul esplendor azul de su órbita como una niebla encendida, daba vueltas al sol a una monstruosa velocidad...4



15 - EL RUIDO DE LA NOCHE


Y ahora llego al más extraño de todos los hechos que me han sucedido en esta casa de misterios. Ocurrió hace muy poco, un mes, y me quedan pocas dudas de que lo que vi fue en realidad el fin de todas las cosas. De todos modos, a mi historia.

No sé cómo fue, pero hasta este momento nunca fui capaz de escribir estas cosas inmediatamente después de que sucedieron. Es como si hubiese tenido que esperar un tiempo para recuperar mi equilibrio y digerir, por así decirlo, las cosas que escuché o vi. Sin duda que así debe haber sido, porque tras la espera veo los incidentes con más realidad, y escribo sobre ellos en un marco mental más calmo y sensato. Esto tiene su propósito.

Ahora estamos a fines de noviembre. Mi historia relata lo que sucedió en la primera semana del mes.

Era de noche, cerca de las once. Pepper y yo estábamos en el estudio, esa enorme y vieja habitación mía donde leo y trabajo. En ese momento, curiosamente, leía la Biblia. En los últimos días había empezado a tomar un creciente interés en ese grandioso y antiguo libro. De repente, un perceptible temblor sacudió la casa y escuché un apagado zumbido a la distancia que creció con rapidez hasta un lejano chirrido amortiguado. Me recordó, de una manera extraña y gigantesca, el ruido que hace un reloj cuando se le suelta el pestillo y se detiene. El sonido parecía venir desde una altura remota, desde algún lugar arriba en la noche. No se repitió la sacudida. Busqué a Pepper con la mirada; dormía pacíficamente.

De manera gradual, el zumbido disminuyó y vino un largo silencio.

En ese momento, un brillo iluminó la ventana del fondo, que sobresale bastante del costado de la casa, de modo que desde ella uno puede mirar al este y al oeste. Me sentí desconcertado y, después un momento de vacilación, crucé la habitación y aparté la persiana. Entonces vi surgir el sol por detrás del horizonte. Se elevaba con un movimiento constante y perceptible. Podía ver a través de los árboles cómo se levantaba. En un minuto, al parecer, había alcanzado las copas. Más y más alto, era pleno día ahora. Tenía conciencia de un agudo zumbido detrás de mí, como de un mosquito. Miré a mi alrededor y supe que venía del reloj. Mientras lo observaba, comenzó a dar la hora. El minutero se movía sobre la esfera más rápido que un segundero corriente. La manecilla de las horas se movía veloz de número en número. Sentía un entumecido sentimiento de asombro. Un momento más tarde, creo, las dos velas se apagaron casi al mismo tiempo. Me volví rápidamente hacia la ventana porque había visto que la sombra del marco se desplazaba por el piso hacia mí, como si hubiesen levantado una enorme lámpara delante del cristal.

Ahora vi que el sol había trepado alto en el cielo y que todavía se movía a ojos vista. Pasó por encima de la casa, con un extraordinario movimiento de navegación. Mientras la ventana entraba en la sombra, vi otra cosa extraordinaria. Las nubes no cruzaban el cielo con calma; corrían como si soplara un viento de cien millas por hora. Mientras pasaban, cambiaban de forma mil veces por minuto, como si se retorcieran con una vida extraña, y así se fueron. Y, en ese momento, vinieron otras que se sacudían de la misma manera.

Hacia el oeste, vi que el sol caía con un movimiento suave, veloz, increíble. Al este, el contorno de las cosas visibles se arrastraban hacia la cercana grisura. Y el movimiento de las sombras de los árboles agitados por el viento era visible como un furtivo y solapado deslizamiento. Una extraña visión.

Rápidamente la oscuridad empezó a llenar la habitación. El sol se deslizó bajo el horizonte y me pareció que desaparecía de la vista casi con una sacudida. A través de la grisura del rápido atardecer, vi el plateado creciente de la luna que caía del cielo meridional hacia el oeste. La tarde pareció fundirse dentro de una noche casi instantánea. Por encima de mí pasaron muchas constelaciones en una extraña y silenciosa curva hacia el oeste. La luna cruzó las últimas brazas de abismo nocturno, y sólo quedó la luz de las estrellas...

En ese momento, el zumbido en el rincón cesó, lo que me dijo que el reloj se había detenido. Pasaron unos minutos y vi que el cielo del este se iluminaba. Una mañana gris y sombría se extendió a través de toda la oscuridad y escondió la marcha de las estrellas. Arriba se movía un vasto cielo liso de nubes grises, pesado, incesante; un cielo nublado que podía parecer inmóvil a lo largo de todo un día terrestre. El sol se había ocultado de mí pero, a cada instante, el mundo se iluminaba y oscurecía, se oscurecía e iluminaba, bajo unas ondas de sutiles luces y sombras...

La luz se movía siempre hacia poniente, y la noche descendió sobre la Tierra. Una densa lluvia pareció llegar con ella y un viento de una sonoridad sumamente extraordinaria, como si el rugido de un vendaval nocturno estuviera concentrado en el espacio de apenas un minuto.

El ruido se fue, casi de inmediato, y se abrieron las nubes, de modo que una vez más pude ver el cielo. Las estrellas volaban hacia el oeste a una velocidad asombrosa. Entonces sentí, por primera vez, que aunque el ruido del viento había cesado todavía había un constante sonido confuso en mis oídos. Ahora que lo percibía, caí en la cuenta de que lo había estado escuchando todo el tiempo. Era el ruido del mundo.

Y entonces, mientras accedía a tanta comprensión, apareció la luz desde el este. Apenas unos latidos de mi corazón y el sol se alzó rápidamente. Lo vi a través de los árboles, y ya estaba por encima de las copas. Arriba y arriba se remontó y el todo mundo estaba iluminado. Pasó con un veloz y constante arco hasta su mayor altura y cayó desde allí hacia el oeste. Vi que el día pasaba de manera perceptible sobre mi cabeza. Unas pocas nubes ligeras corretearon hacia el oeste y se esfumaron. El sol bajó en una zambullida rápida, precisa, y por unos segundos estuvo cerca de mí el gris cada vez más oscuro del crepúsculo.

Al sudoeste, la luna se hundía con rapidez. La noche había llegado. En lo que pareció un minuto la luna bajó esa distancia restante de cielo negro. Otro minuto más o menos, y el cielo del este brillaba con el inminente amanecer. El sol saltó sobre mí con espantosa presteza y se disparó con aun mayor velocidad hacia el cenit. Entonces, de repente, algo nuevo apareció ante mi vista. Un negro nubarrón aceleraba desde el sur y pareció saltar todo el arco del cielo en un único instante. Cuando se acercaba, vi que su borde delantero aleteaba, como una monstruosa manta negra en el cielo, que jugaba y ondulaba rápidamente con insoportable insinuación. En un instante todo el aire se llenó de lluvia, y cien destellos de relámpagos desbordaron hacia abajo, como si fueran un gran chaparrón. En ese momento, el ruido del mundo quedó ahogado en el rugido del viento, y entonces me dolieron los oídos bajo el apabullante impacto del trueno.

Y en medio de esta tormenta llegó la noche, y luego en un lapso de otro minuto la tormenta había terminado, y sólo escuchaba el constante borrón del ruido del mundo en mis oídos. Arriba, las estrellas se deslizaban rápidamente hacia el oeste, y algo, quizá la particular velocidad a que habían llegado, me trajo la intensa conciencia de que era la Tierra que giraba. Me pareció, de repente, que el mundo, una masa enorme y oscura, giraba visiblemente contra las estrellas.

El alba y el sol parecían venir juntos, tanto había aumentado la velocidad de rotación del mundo. El sol subió en una curva larga y continua, pasó su punto más alto, descendió veloz en el cielo del oeste y desapareció. Apenas llegué a sentir la tarde, por su brevedad. Entonces estaba observando las aceleradas constelaciones y la presurosa luna hacia el oeste. En apenas unos segundos, así me pareció, se deslizó a toda velocidad a través del azul nocturno y ya no estaba. Y casi en el mismo instante llegó la mañana.

Y ahora parecía venir una extraña aceleración. El sol hizo una curva neta y clara a través del cielo y desapareció detrás del horizonte occidental, y la noche vino y se fue con igual premura.

Mientras los días siguientes se abrían y cerraban sobre el mundo, me di cuenta de un repentino sudor de nieve sobre la Tierra. Venía la noche y casi de inmediato el día. En el breve salto del sol, vi que la nieve se había esfumado y entonces, una vez más, era de noche.

Así era la cuestión, e incluso después de las muchas cosas increíbles que había visto, experimentaba todo el tiempo un sobrecogimiento sumamente profundo. Veía surgir el sol y ponerse en un lapso que podía medirse en segundos; observaba (poco después) que la luna saltaba —un globo pálido y siempre creciente— y planeaba con extraña velocidad a través de un amplio arco de azul; y ahora veía al sol alzarse del cielo del este como en una persecución; y entonces otra vez la noche y el espectral paso acelerado de las estrelladas constelaciones; todo era demasiado para ser creído. No obstante, así era; el día se deslizaba del alba al crepúsculo, y la noche se deslizaba rápido en el día, cada vez más de prisa y con más velocidad.

Los tres últimos pasos del sol me mostraron una tierra cubierta de nieve; de noche me pareció, por unos segundos, increíblemente extraña bajo la cambiante luz de la luna que se elevó y descendió. Ahora, sin embargo, durante un corto momento, el cielo quedó oculto por un mar de nubes vacilantes y plomizas que se iluminaban y oscurecían, alternativamente, con el paso del día y la noche.

Las nubes se trizaron y se esfumaron, y una vez más tuve ante mí la visión del sol que saltaba velozmente y de las noches que venían y se iban como sombras.

El mundo giraba cada vez más aprisa. Ahora, pasaban un día y una noche en el lapso de apenas unos segundos, y todavía la velocidad iba en aumento.

Muy poco después noté que el sol había empezado a tener la sugerencia de una estela de fuego detrás. Era evidente que se debía a la velocidad a la que cruzaba los cielos. Y a medida que los días aceleraban, cada uno más veloz que el anterior, el sol comenzó a adoptar la forma de un inmenso y brillante cometa5, llameando a través del cielo a cortos y periódicos intervalos. Por la noche, la luna se presentaba con un aspecto de cometa mucho más verdadero: era una veloz forma pálida, singularmente clara, con una estela de llamas frías. Las estrellas se veían ahora como simples hilos de fuego contra la oscuridad.

Una vez me aparté de la ventana y eché un vistazo a Pepper. Al destello de un día, vi que dormía tranquilamente y volví de nuevo a mi observación.

El sol ahora salía disparado desde el horizonte del este como un cohete formidable; al parecer no demoraba más de uno o dos segundos en volar de este a oeste. Ya no pude percibir el paso de las nubes a través del cielo, que parecía haber oscurecido. Las breves noches parecían haber perdido la apropiada oscuridad de la noche de modo que los hilos-fuego de las veloces estrellas se mostraban pero de manera tenue. Mientras aumentaba la velocidad, el sol empezó un muy lento vaivén en el cielo, de sur a norte, y luego de norte a sur, lentamente.

Y así, en medio de una extraña confusión mental, las horas pasaban.

Pepper había dormido todo este tiempo. Ahora me sentía solo y consternado y lo llamé, con suavidad, pero no hizo caso. Le llamé otra vez, alzando la voz ligeramente, pero siguió sin moverse. Caminé hasta donde estaba echado y lo toqué con el pie, para despertarlo. Ante ese acto, aunque fue suave, se hizo pedazos. Eso es lo que sucedió; literal y realmente se deshizo en un montón de huesos y polvo.

Durante quizá un minuto, me quedé con la vista clavada en el montón informe que una vez fue Pepper. Parado, sintiéndome atontado. ¿Qué puede haber pasado?, me pregunté, incapaz de comprender el horrible significado de aquel pequeño montón de ceniza. Luego, mientras lo removía con el pie, se me ocurrió que eso sólo podía haber sucedido en un largo periodo de tiempo. Años... y años.

Afuera, la luz palpitaba y parpadeaba mientras contenía al mundo. Adentro, yo seguía parado y tratando de entender qué significaba todo; qué significaba esa pequeña pila de huesos y polvo sobre la alfombra. Pero no podía pensar con coherencia.

Quité la vista, miré la habitación y entonces, por primera vez, noté qué vieja y polvorienta se veía. Polvo y suciedad por todas partes, acumulado en pequeños montones en los rincones y esparcido sobre el mobiliario. La misma alfombra era invisible bajo una capa del mismo material dominante. Mientras caminaba, se levantaban pequeñas nubes de polvo y asaltaban mi nariz con un olor seco y amargo que me hizo resoplar roncamente.

De repente, cuando mi mirada cayó otra vez sobre los restos de Pepper, me detuve y expresé mi confusión; me pregunté en voz alta si en realidad los años estaban pasando; si esto que había tomado por una forma de visión era en verdad real. Me callé. Un nuevo pensamiento me asaltó. Con rapidez, pero con pasos que por primera vez notaba tambaleantes, crucé la habitación hasta el gran espejo del entrepaño y me miré. Pero estaba demasiado cubierto de suciedad para devolver algún reflejo, y comencé a limpiarlo con manos temblorosas. En ese momento, pude verme. Lo que había pensado se confirmó. En lugar de un hombre alto y robusto que apenas se veía de cincuenta estaba mirando a uno doblado y decrépito, de hombros encorvados y cuyo rostro estaba arrugado con los años de un siglo. El cabello, que unas horas antes era casi negro carbón, era ahora blanco plateado. Sólo los ojos brillaban. Poco a poco encontré, en ese anciano, un tenue parecido conmigo mismo en otro tiempo.

Me volví y fui tambaleante hasta la ventana. Ahora sabía que era un anciano, y el conocimiento parecía confirmar mi andar tembloroso. Durante un momento me quedé mirando, deprimido, el borroso panorama de un paisaje cambiante. En ese breve lapso pasó un año, y con gesto malhumorado me aparté de la ventana. Al hacerlo, observé que mi mano se sacudía con el temblor de la vejez, y un breve sollozo escapó de entre mis labios.

Durante un rato, caminé trémulo entre la ventana y la mesa, mi mirada vagaba inquieta de un lado al otro. ¡Qué ruinosa estaba la habitación! En todas partes se acumulaba el polvo espeso; espeso, quieto y negro. El guardafuego era una forma de herrumbre. Las cadenas que sostenían las pesas del reloj se habían oxidado hacía mucho tiempo, y ahora las pesas yacían en el piso debajo, y no eran más que dos conos de cardenillo.

Mientras miraba a mi alrededor, me pareció que podía ver cómo los mismos muebles de la habitación se pudrían y descomponían ante mis ojos. No era mi imaginación porque, de repente, el librero a lo largo de la pared lateral se desmoronó, con un crujido y desgarro de madera podrida, dejando caer su contenido sobre el piso y llenando la habitación con una sofocante nube de átomos polvorientos.

Qué cansado me sentía. Mientras caminaba, me pareció escuchar que mis articulaciones crujían y chasqueaban a cada paso. Pensé en mi hermana. ¿Estaba muerta, como Pepper? Todo había sucedido muy rápido y muy de repente. ¡Esto debía ser, sin duda, el principio del fin de todas las cosas! Se me ocurrió ir a verla, pero me sentía demasiado cansado. Además, ella había estado muy extraña sobre los sucesos recientes. ¡Recientes! Repetí la palabra y reí sin fuerza, sin regocijo, mientras me daba cuenta de que hablaba de un tiempo ya pasado, medio siglo atrás. ¡Medio siglo! ¡Debía ser el doble!

Me moví con lentitud hacia la ventana y miré el mundo una vez más. En ese periodo, mejor puedo describir el paso del día y la noche como una especie de pesado y gigantesco parpadeo. Momento a momento, la aceleración del tiempo continuaba, de modo que ahora en las noches veía la luna tan sólo como una estela vacilante de pálido fuego, que variaba de una simple línea de luz a una franja nebulosa; entonces menguaba otra vez y desaparecía periódicamente.

El parpadeo de los días y las noches se aceleró. Los días se habían vuelto sensiblemente más oscuros y reinaba, por decir, una extraña cualidad crepuscular en la atmósfera. Las noches eran mucho más claras y las estrellas apenas visibles, salvo aquí o allá algún ocasional hilo de luz que parecía hamacarse un poco con la luna.

Más y más aceleraba el parpadeo de días y noches, y de repente me di cuenta de que ya no estaba y que en su lugar reinaba una luz relativamente constante, arrojada sobre todo el mundo desde un eterno río de llamas que se balanceaba arriba y abajo, norte y sur, en formidables y poderosos vaivenes.

El cielo ahora se había vuelto mucho más oscuro y en el azul había una densa penumbra, como si una vasta negrura espiara la Tierra a través de ella. Sin embargo, también había en ella una extraña y espantosa claridad, y vacío. Periódicamente, captaba vislumbres de una fantasmal estela de fuego que se balanceaba delgada y oscuramente hacia el torrente solar, entonces se esfumaba y volvía a aparecer. Era la apenas visible estela de la luna.

Mientras miraba el paisaje, tuve conciencia otra vez de un borroso tipo de "temblor" que venía de la luz del pesado vaivén del torrente-sol, o era el resultado de los cambios increíblemente rápidos de la superficie terrestre. Y en pocos instantes, de repente, la nieve cubrió el mundo y así de abruptamente desapareció, como si un gigante invisible extendiese y quitase una blanca sábana sobre la tierra.

El tiempo volaba, y el cansancio que era mío se volvió insoportable. Me alejé de la ventana y caminé a través de la habitación con el pesado polvo amortiguando el sonido de mis pisadas. Cada paso que daba significaba un esfuerzo mayor que el anterior. Un dolor intolerable se adueñó de todas mis articulaciones y miembros, mientras avanzaba con fatigosa inseguridad.

Cuando alcancé la pared opuesta, hice una débil pausa y me pregunté vagamente qué intentaba hacer. Miré a mi izquierda y vi mi vieja butaca. La idea de sentarme en ella trajo una tenue sensación de consuelo a mi desconcertada infelicidad. Sin embargo, porque estaba tan agotado y viejo y cansado, apenas podía pensar en hacer otra cosa que permanecer de pie y renunciar a esas pocas yardas. Me mecía. Incluso el piso parecía un buen lugar donde descansar, pero el polvo era muy espeso y quieto y negro. Me volví, con un gran esfuerzo de voluntad, y caminé hacia la butaca. La alcancé, con un gemido de agradecimiento, y me senté.

Todas las cosas a mi alrededor parecieron volverse más tenues. Era todo tan extraño e incomprensible. La noche anterior era un hombre relativamente fuerte aunque maduro, ¡y ahora, apenas unas horas más tarde...! Miré el pequeño montón polvoriento que una vez fue Pepper. ¡Horas! Y reí, con una risa débil y amarga; una risotada chillona que sorprendió a mis debilitados sentidos.

Debo haber dormitado un rato. Luego abrí los ojos con un sobresalto. En algún lugar del otro lado de la habitación, el ruido amortiguado de algo al caer. Miré y vi, vagamente, una nube de polvo que se elevaba sobre un montón de escombros. Cerca de la puerta, otra cosa cayó con un estrépito. Era uno de los aparadores, pero yo me sentía cansado y no le hice caso. Cerré los ojos y me quedé sentado en un estado de sopor semiconsciente. Una o dos veces, como a través de nieblas densas, escuché ruidos tenues. Luego debo haberme dormido.



16 - EL DESPERTAR


Desperté con un sobresalto. Durante un momento me pregunté dónde estaba. Entonces recuperé la memoria...

La habitación todavía era iluminada por esa extraña luz, medio sol, media luna. Me sentía descansado y me había abandonado el fastidioso dolor agotador. Me acerqué con lentitud a la ventana y miré afuera. Arriba, el río de llamas corría arriba y abajo, de norte a sur, en un danzante semicírculo de fuego. Como una poderosa lanzadera en el telar del tiempo parecía, en una repentina fantasía personal, estar poniendo en su lugar los puntos de los años. Porque había acelerado tanto el paso del tiempo que ya no había ninguna percepción del sol desplazándose de este a oeste. El único movimiento evidente era el vaivén del torrente-sol de norte a sur, que ahora era tan rápido que podía describirlo mejor como una vibración.

Mientras espiaba afuera, me vino el repentino e intrascendente recuerdo de ese último viaje entre los mundos Exteriores6. Recordé la repentina visión que tuve mientras me acercaba al Sistema Solar, del vertiginoso giro de los planetas alrededor del sol, como si la cualidad de gobierno del tiempo hubiera quedado en desuso, y la Máquina del Universo pudiera correr una eternidad en pocos momentos u horas. El recuerdo se fue junto un indicio parcialmente comprendido de que se me había permitido echar un vistazo a los tiempos por venir. Miré afuera otra vez a lo que parecía el temblor del torrente-sol. Ante mis ojos pareció aumentar la velocidad. Mientras observaba, varias vidas vinieron y se fueron.

De pronto me sorprendió, con una especie de grotesca seriedad, estar vivo todavía. Pensé en Pepper, y me pregunté cómo era que no había tenido su mismo destino. Había alcanzado el momento de su muerte y había fallecido, probablemente después de largos años. Y aquí estaba, yo, vivo, cientos de miles de siglos después de mi legítimo periodo de vida.

Durante un rato reflexioné, abstraído. "Ayer...". Me detuve súbitamente. ¡Ayer! No había un ayer. El ayer del que yo hablaba había sido tragado por el abismo de los años, eras atrás. Más pensaba y más me aturdía.

En ese momento me aparté de la ventana y miré alrededor de la habitación. Parecía diferente... extraña y absolutamente diferente. Entonces supe qué la hacía parecer tan extraña. Estaba vacía: no había una sola pieza de mobiliario en la habitación; ni siquiera un accesorio de cualquier tipo. Poco a poco, mi asombro creció mientras recordaba que éste no era sino el inevitable final del proceso de descomposición que había visto comenzar antes de mi sueño. ¡Miles de años! ¡Millones de años!

Sobre el piso se extendía una profunda capa de polvo que llegaba hasta la mitad del asiento de la ventana. Había crecido enormemente mientras dormía y representaba el polvo de incontables eras. Sin duda, los átomos del viejo y degradado mobiliario habían ayudado a aumentar su volumen y, en alguna parte de todo eso, se descomponía Pepper, muerto hacía tanto tiempo.

De repente se me ocurrió que no recordaba haber pasado a través de todo ese polvo hundido hasta las rodillas, después de despertar. Es verdad, pasó una increíble cantidad de años desde que me acercara a la ventana, pero evidentemente no era nada comparada con los incontables lapsos que, imagino, habían transcurrido mientras dormía. Ahora recordaba que me había quedado dormido sentado en mi butaca. ¿Había desaparecido...? Miré hacia donde solía estar. Por supuesto, no había ninguna butaca para ver. No pude convencerme si había desaparecido después de despertar, o antes. Si se hubiera desmoronado debajo de mí, seguramente habría despertado por el derrumbe. Entonces recordé que el denso polvo que cubría el piso habría bastado para suavizar mi caída, de modo que era muy posible que haya dormido sobre el polvo durante un millón de años o más.

Mientras estos pensamientos vagaban en mi cerebro, eché un vistazo de nuevo y casualmente hacia donde estaba la butaca. Entonces, por primera vez, noté que no había marcas de mis pisadas en el polvo, entre ella y la ventana. Pero entonces habían transcurrido eras desde que despertara. ¡Decenas de miles de años!

Mi mirada descansó, pensativa, otra vez sobre el lugar donde una vez estuvo la butaca. De repente, pasé de la abstracción a la confirmación porque allí, en ese lugar, distinguí una larga ondulación rodeada por el pesado polvo. No obstante no estar muy oculta, yo podía adivinar qué la había causado. Lo supe entonces, y temblé ante la evidencia; un cuerpo humano muerto siglos atrás yacía allí, debajo del lugar donde yo había dormido. Estaba tendido sobre su costado derecho, de espaldas a mí. Pude distinguir e identificar cada curva y perfil, como suavizado y enmohecido en el polvo negro. Traté de explicar su presencia allí, de un modo vago. Lentamente empezaba a sentirme cada vez más desconcertado, cuando pensé que yacía justo donde yo debía haber caído al desmoronarse la butaca.

Poco a poco, una idea empezó a formarse dentro de mi cerebro, un pensamiento que sacudió mi espíritu. Parecía atroz e insoportable, y sin embargo creció en mí, sin parar, hasta convertirse en una convicción. El cuerpo bajo esa capa, esa mortaja de polvo, no era ni más ni menos que mi propia cáscara muerta. No intenté comprobarlo. Lo sabía ahora, y me sorprendió no haberlo sabido todo el tiempo. Yo era una cosa sin cuerpo.

Durante un rato me quedé quieto y traté de ajustar mis pensamientos a este nuevo problema. Pasado algún tiempo, cuántos miles de años no lo sé, logré cierto grado de tranquilidad, suficiente para poder prestar atención a lo que ocurría a mi alrededor.

Ahora, vi que el montículo alargado se había hundido, desmoronado, a nivel con el resto del polvo extendido. Y nuevos átomos impalpables se habían posado sobre aquella mezcla de polvo sepulcral que los eones habían molido. Durante largo rato me quedé parado de espaldas a la ventana. Poco a poco me serené mientras el mundo se deslizaba a través de los siglos hacia el futuro.

En ese momento empecé a reconocer la habitación. Ahora vi que el tiempo estaba empezado su obra destructora, incluso sobre este viejo y extraño edificio. Que hubiese resistido a través de todos los años era una prueba, para mí, de que era algo diferente de cualquier otra casa. Por alguna razón, no creo haber pensado en su desmoronamiento. Aunque no podría decir por qué. Hasta que no medité sobre el asunto, durante un tiempo considerable, no tuve plena conciencia de que el extraordinario lapso que había resistido era suficiente para haber pulverizado completamente hasta las mismas piedras con que está construida, si hubiesen sido extraídas de una cantera terrestre. Sí, sin duda se desmoronaba ahora. Se había caído todo el yeso de las paredes; incluso la carpintería de la habitación había desaparecido, eras atrás.

Mientras estaba allí, de pie y en contemplación, uno de los pequeños paneles con forma de diamante cayó con un ruido sordo, en medio del polvo sobre el antepecho detrás de mí, y se deshizo en una pequeña pila de polvo. Mientras le quitaba la vista vi luz entre dos piedras que formaban la pared exterior. Era evidentemente que el mortero se estaba deshaciendo...

Después de un rato, me volví de nuevo hacia la ventana y miré hacia afuera. Ahora descubrí que la velocidad del tiempo era inmensa. La vibración lateral del torrente-sol había cobrado tal ritmo que el danzante semicírculo de llamas se fundió con él y desapareció en una sábana de fuego que cubría la mitad del cielo del sur, desde el este al oeste.

Del cielo, bajé la mirada a los jardines. Eran apenas un borrón de verde pálido y sucio. Tenía la sensación de que estaban más altos que en los viejos días; la sensación de que estaban más cerca de mi ventana, como si se hubiesen levantado físicamente. Sin embargo, todavía se hallaban a mucha distancia por debajo de mí porque la roca sobre la boca del pozo, sobre la que la casa está construida, forma un arco de gran altura.

Fue más tarde cuando observé un cambio en el constante color de los jardines. El verde pálido y sucio se estaba volviendo cada vez más y más pálido, hacia el blanco. Al final, después de un largo lapso, se volvieron de un tono gris blancuzco, y así se quedaron durante mucho tiempo. No obstante, el gris al final empezó a decolorarse como había sucedido con el verde, en un blanco muerto. Y así permanecieron, constantes y sin cambios. Y en ese entonces, por fin, la nieve cubrió todo el norte del mundo.

Y entonces, durante millones de años, el tiempo voló hacia la eternidad, hacia el final; el final, del que en los días de la vieja Tierra había pensado remotamente, de un modo vagamente especulativo. Y ahora se acercaba de una manera en la cual nadie jamás había soñado.

Recuerdo que por entonces empecé a sentir una vívida aunque morbosa curiosidad, sobre qué sucedería cuando llegase el final; pero extrañamente parecía carecer de imaginación.

Durante todo este tiempo continuaba el constante proceso de descomposición. Los pocos trozos de cristal que quedaban se habían esfumado tiempo atrás y a cada instante un golpe sordo y una pequeña nube de polvo delataban la caída de algún fragmento de mortero o piedra.

Alcé la mirada otra vez hacia la ardiente sábana que temblaba en los cielos por encima de mí y muy lejos en el cielo del sur. Mientras miraba tuve la impresión de que había perdido algo de su primera brillantez, que tenía un matiz más apagado y profundo.

Miré hacia abajo, una vez más, al borroso blanco del paisaje del mundo. Algunas veces volví la mirada a la sábana ardiente de apagada llama que era el sol, aunque escondido. A veces miraba detrás de mí la creciente oscuridad de la enorme habitación silenciosa, con su alfombra de eones de quieto polvo...

Así observaba a través de las eras veloces, perdido en agotadores pensamientos y dudas, y dominado por un nuevo cansancio.



17 - LA ROTACIÓN MÁS LENTA


Debe haber sido un millón de años después cuando percibí, más allá de cualquier posibilidad de duda, que la sábana de fuego que iluminaba el mundo se estaba oscureciendo.

Se fue otro vasto lapso y toda la enorme llama había bajado a un profundo color cobre. Poco a poco oscureció, del cobre al cobre rojo, y de éste a su vez a un profundo y pesado tinte púrpura con una extraña sugerencia de sangre.

Aunque la luz menguaba, no pude percibir ninguna disminución en la velocidad aparente del sol. Todavía se extendía en un resplandeciente velo de velocidad.

El mundo, tanto de él como yo podía ver, había adquirido un terrible matiz de desolación, como si de veras se aproximara el día final de los mundos.

El sol estaba muriendo, de eso podía haber poca duda, y todavía la Tierra avanzaba girando a través del espacio y todos los eones. En ese momento, recuerdo que me invadió un tremendo sentimiento de perplejidad. Me encontré a mí mismo, más tarde, dudando en medio de un extraño caos de teorías modernas fragmentarias y de viejas historias bíblicas sobre el fin del mundo.

Entonces, por primera vez, cruzó por mi mente el recuerdo de que el sol con su sistema de planetas estaba, y había estado, viajando a través del espacio a increíble velocidad. De pronto, surgió la pregunta: ¿Hacia dónde? Durante muchísimo tiempo reflexioné sobre esta cuestión, pero finalmente, con un seguro sentido de la inutilidad de mis especulaciones, dejé vagar mis pensamientos hacia otras cosas. Crecieron mis dudas sobre cuánto tiempo más resistiría la casa. También me pregunté si estaba condenado a permanecer incorpóreo en la Tierra, durante los oscuros tiempos que sabía estaban llegando. De estos pensamientos, de nuevo caí en especulaciones sobre la posible dirección del viaje del sol a través del espacio... Y entonces transcurrió otro larguísimo rato.

Poco a poco, a medida que el tiempo volaba, empecé a sentir el frío de un gran invierno. Entonces recordé que, al morir el sol, el frío debía ser por necesidad extraordinariamente intenso. Lenta, muy lentamente, mientras los eones se deslizaban en eternidad, la Tierra se hundió en un crepúsculo pesado y rojizo. La apagada llama del firmamento tomó un matiz más profundo, sumamente sombrío y turbio.

Entonces, por fin, caí en la cuenta de que había un cambio. El encendido y crepuscular manto de llamas que colgaba tembloroso por arriba, y que bajaba lejos en el cielo sur, comenzó a adelgazar y contraerse, y en él, como uno ve las rápidas vibraciones de una cuerda de arpa rota, vi una vez más al torrente-sol temblar de norte a sur.

Poco a poco desapareció la semejanza con una sábana de fuego y vi de manera muy clara el latido cada vez más lento del torrente-sol. Sin embargo y aun entonces, la velocidad de su vaivén era inconcebible. Y todo el tiempo, el resplandor del arco ígneo se volvía más apagado. Por debajo, apenas se vislumbraba el mundo, una región difusa y espectral.

Por arriba, el río de llama se balanceaba más y más despacio aún, hasta que por fin hizo un vaivén de norte a sur en grandes y poderosos latidos que duraron segundos. Pasó un extenso lapso, y ahora cada vaivén del gran cinturón demoraba cerca de un minuto, de modo que después de un buen rato dejé de verlo como un movimiento, y el torrente de fuego corrió en un río de pálida llama a través del cielo de aspecto mortecino.

Transcurrió un periodo indefinido y el arco de fuego pareció volverse menos nítido. Según mi juicio estaba más atenuado, y creí ver que mostraba ocasionales franjas negruzcas. En ese momento, de improviso, cesó el suave fluir hacia adelante, y pude percibir que entonces venía un momentáneo pero regular oscurecimiento del mundo. Éste creció una vez más hasta que bajó la noche en breves y periódicos intervalos sobre la tierra exhausta.

Más y más largas fueron las noches, y los días, de modo que, al final, el día y la noche duraron varios segundos, y otra vez el sol se mostró como una bola casi invisible de color rojo cobre, dentro de la incandescente brumosidad de su vuelo. En correspondencia con las líneas oscuras, que a veces se mostraban en su estela, había ahora unos enormes cinturones oscuros que se veían claramente sobre el mismo sol visible a medias.

Año tras año pasaron hacia el pasado, y los días y las noches ya duraban minutos. El sol había perdido su apariencia de una cola y ahora salía y se ponía, un tremendo globo de un matiz bronce cobrizo incandescente, en partes rodeado por bandas rojo sangre, en otras por las oscuras que ya he mencionado. Estos círculos, tanto los rojos como los negros, eran de grosor variable. Durante un tiempo me sentí confundido para explicar su presencia. Entonces se me ocurrió que era apenas posible que el sol se enfriara de manera uniforme, y que esas marcas se debían probablemente a las diferencias de temperatura de las diversas áreas; las rojas representaban las partes donde el calor aún era elevado y las negras las porciones que ya estaban relativamente frías.

Pero me sorprendía, como algo peculiar, que el sol se enfriara de manera uniforme en anillos definidos, hasta que recordé que, posiblemente, no eran sino partes aisladas a las que la enorme velocidad de rotación del astro les había dado la apariencia de cinturones. El sol mismo era mucho más grande que el que yo había conocido en los días del viejo mundo, y por eso deduje que estaba considerablemente más cerca.

Por la noche, la luna todavía aparecía7, pero pequeña y remota, y la luz que reflejaba era tan apagada y débil que parecía apenas más que el pequeño y tenue fantasma de la antigua luna que yo había conocido.

Gradualmente, los días y las noches se prolongaron hasta alcanzar una duración un poco menor que una hora de la vieja Tierra; el sol salía y se ponía como un gigantesco disco de bronce rojizo, cruzado con franjas negras como tinta. Para esa época, encontré que de nuevo podía ver los jardines con claridad. Porque el mundo ahora se había quedado muy quieto, e inalterado. Sin embargo, no soy exacto al decir "jardines" porque no había jardines, nada que conociera o reconociera. En cambio, vi una vasta planicie que se extendía en la distancia. Un poco a mi izquierda había una baja cadena de colinas. Por todas partes había una capa blanca y uniforme de nieve, que en algunos lugares se alzaba en lomas y crestas.

En ese momento reconocí qué verdaderamente grande había sido la nevada. En algunas zonas era sumamente profunda, como lo probaba una gran colina con forma de onda, lejos a mi derecha, aunque no es imposible que se debiera, en parte, a algún promontorio en la superficie del suelo. Extrañamente, la cadena de bajas colinas a mi izquierda, ya mencionada, no estaba cubierta por entero con la nieve universal; por el contrario, en varios lugares pude ver sus desnudas y oscuras laderas. Y en todas partes y siempre reinaba un increíble silencio y desolación. La inmutable y espantosa quietud de un mundo agonizante.

Todo este tiempo, los días y las noches se alargaban de manera perceptible. Ya cada día duraba quizá unas dos horas desde el alba al crepúsculo. Por la noche, me sorprendió encontrar que había muy pocas estrellas en lo alto, y que eran pequeñas aunque de un brillo extraordinario, que atribuí a la singular pero evidente negrura de la noche.

Lejos hacia el norte pude distinguir una especie de nebulosa, no muy distinta en apariencia de una pequeña porción de la Vía Láctea. Puede haber sido un racimo de estrellas extremadamente remoto, o —la idea se me ocurrió de pronto— quizá era el universo sideral que yo había conocido, y ahora dejado muy atrás para siempre, una pequeña niebla de estrellas de brillo tenue, lejos en las profundidades del espacio.

Todavía los días y las noches se alargaban lentamente. El sol salía más apagado que cuando se había ocultado. Y los oscuros cinturones aumentaban su grosor.

En ese momento, sucedió algo nuevo. El sol, la Tierra y el cielo oscurecieron de repente, y al parecer se ocultaron durante un breve lapso. Tuve la sensación, la segura conciencia (podía saber muy poco por la vista) de que la Tierra estaba soportando una nevada muy grande. Entonces, en un instante, el velo que había oscurecido todo se esfumó, y miré hacia afuera una vez más. Mis ojos encontraron un espectáculo maravilloso. La oquedad donde se levanta esta casa y sus jardines estaba bordeaba con nieve8. Formaba un labio sobre el antepecho de mi ventana. Estaba por todas partes, una gran extensión blanca que captaba y reflejaba tenebrosamente los sombríos resplandores cobrizos del sol agonizante. El mundo se había convertido en una planicie sin sombras, de un horizonte al otro.

Levanté los ojos hacia el sol. Brillaba con una extraordinaria y tenue claridad. Lo vi, ahora, como el que hasta ese momento lo había mirado sólo a través de un medio parcialmente oscuro. A su alrededor, el cielo se había vuelto negro, con una negrura definida y profunda, espantosa en su cercanía, en su inconmensurable profundidad, y en su absoluta hostilidad. Durante un largo período lo miré, nuevo, impactado y temeroso. Estaba muy cerca. De haber sido un niño, podría haber expresado mi sensación y mi angustia, diciendo que el cielo había perdido su techo.

Más tarde me volví y miré a mi alrededor en la habitación. Todo estaba cubierto con el fino sudario de blanco omnipresente. Podía verlo aunque débilmente, por la luz sombría que ahora iluminaba el mundo. Parecía colgar de los muros ruinosos, y el espeso y blando polvo de los años, que cubría el suelo hasta las rodillas, ya no era visible. La nieve debe haber entrado a través del marco de las ventanas. Sin embargo, no se había amontonado en ningún lugar, sino que yacía por todos lados en la vieja y grande habitación, lisa y uniforme. Además, no hubo viento durante estos miles de años. Pero había nieve9, como he dicho.

Y toda la tierra estaba silenciosa. Y había un frío como ningún ser vivo podría haber conocido jamás.

La tierra era ahora iluminada durante el día por una luz triste; está más allá de mi capacidad describirla. Me parecía contemplar la gran planicie a través del ambiente de un mar de color bronce.

Era evidente que el movimiento de rotación de la Tierra decaía constantemente.

El final llegó, de repente. La noche fue la más larga hasta entonces y cuando el sol moribundo apareció, por fin, sobre el borde del mundo, me sentía ya tan cansado de la oscuridad que lo saludé como a un amigo. Se elevó a ritmo constante hasta unos veinte grados sobre el horizonte. Entonces, se detuvo súbitamente y, después de un extraño movimiento de retroceso, se quedó inmóvil, como un gran escudo en el cielo10. Sólo se veía brillar su borde circular; sólo eso y una delgada franja de luz cerca del ecuador.

Paulatinamente, incluso esta línea de luz murió y ahora, todo lo que quedaba de nuestro enorme y glorioso sol era un inmenso disco muerto, rodeado por un fino círculo de luz color bronce-rojo.



18 - LA ESTRELLA VERDE


El mundo soportaba un feroz crepúsculo, frío e insoportable. Afuera, todo estaba quieto. ¡Quieto! Desde la oscura habitación detrás de mí llegaba el amortiguado sonido ocasional11 de la materia al caer; fragmentos de piedra desintegrada. Así pasó el tiempo y la noche se apoderó del mundo, rodeándolo con envolturas de negrura impenetrable.

No había cielo nocturno, como lo conocemos. Incluso las pocas estrellas dispersas habían desaparecido definitivamente. Podía estar en una habitación cerrada, sin luz, según todo lo que podía ver. Sólo ardía, en la otra dirección, ese vasto y circular hilo de apagado fuego en la intangibilidad del crepúsculo. Más allá de esto, no había un solo rayo en toda la vastedad nocturna que me rodeaba, excepto ese brumoso resplandor que aun brillaba, lejos en el norte.

Silenciosamente, los años pasaron. Cuánto tiempo pasó, nunca lo sabré. Me parecía, mientras esperaba, que las eternidades venían y se iban sigilosamente, y todavía yo observaba. Sólo podía ver el resplandor del borde del sol, a veces, porque ahora había empezado a parpadear, encendiéndose un momento y otra vez apagándose.

De pronto, durante uno de estos periodos de vida, una repentina llamarada cortó a través de la noche, un rápido resplandor que iluminó brevemente la tierra muerta, brindándome una visión fugaz de su uniforme soledad. La luz parecía venir desde el sol, disparada desde algún lugar cerca de su centro, en diagonal. Me quedé mirándolo, sobresaltado. Luego la llama se hundió y el crepúsculo cayó otra vez. Pero ahora no era tan oscuro y el sol estaba rodeado por una delgada línea de vívida luz blanca. Me fijé en ella intensamente. ¿Habría entrado en erupción un volcán en el sol? Sin embargo, deseché la idea tan pronto se me ocurrió. Sentía que la luz había sido demasiado blanca y grande para tal causa.

Tuve otra idea, que surgió sola. Era que uno de los planetas interiores había caído en el sol, volviéndose incandescente por el impacto. Esta teoría me atraía más, por ser más posible y por explicar más satisfactoriamente el extraordinario tamaño y brillantez de la llamarada que había iluminado el mundo muerto de manera tan inesperada.

Lleno de interés y emoción, observé atento a través de la oscuridad aquella línea de fuego blanco que cortaba la noche. Algo me dijo, inequívocamente: el sol todavía estaba girando a una enorme velocidad12. Por eso supe que los años todavía volaban a un ritmo incalculable aunque, en lo que afectaba a la Tierra, vida, luz y tiempo eran cosas que pertenecían a un periodo perdido en las eras pasadas mucho tiempo atrás.

Después de esa única explosión de llamarada, la luz se mostró apenas como una franja circular de brillante fuego. Ahora, de todos modos y mientras observaba, empezó a hundirse en un tinte rojizo y más tarde en un color cobre-rojo oscuro, tal como había sucedido con el sol. En ese momento bajó a un matiz más profundo y en un lapso posterior comenzó a fluctuar entre períodos de resplandor y de agonía. Por eso, después de mucho tiempo, desapareció.

Mucho antes de esto, el ardiente borde del sol se había amortiguado en negrura. Y así, en ese tiempo supremamente futuro, el mundo oscuro e intensamente silencioso rodaba sobre su órbita crepuscular alrededor de la formidable masa del sol muerto.

Mis pensamientos en este período apenas pueden ser descritos. Al principio fueron caóticos y sin coherencia. Pero más tarde, mientras las eras iban y venían, mi alma pareció asimilar la misma esencia de la opresiva soledad y lobreguez que dominaban la Tierra.

Con este sentimiento vino una maravillosa claridad de pensamiento, y me di cuenta, desesperado, de que el mundo podía seguir vagando para siempre a través de esa enorme noche. Durante un tiempo, la insana idea me llenó con una sensación de insoportable desolación, de modo que pude haber llorado como un niño. Con el tiempo, sin embargo, este sentimiento disminuyó de manera casi insensible y una irrazonable esperanza se apoderó de mí. Esperé, con paciencia.

De vez en cuando llegaba a mis oídos el ruido amortiguado de las partículas que caían detrás, en la habitación. Una vez escuché un fuerte estrépito y me volví instintivamente para mirar, olvidando por el momento la noche impenetrable en que todas las cosas estaban sumidas. En un momento, mi mirada buscó el cielo, volviéndose inconscientemente hacia el norte. Sí, el nebuloso resplandor todavía estaba allí. Casi pude imaginar que se veía algo más nítido. Durante largo tiempo mantuve la mirada fija en él, sintiendo en mi alma solitaria que esa suave neblina era, de alguna manera, un vínculo con el pasado. ¡Extrañas las insignificancias donde uno puede encontrar consuelo! Y sin embargo, si hubiera sabido... Pero ya llegaré a eso en su debido momento.

Observé durante un tiempo muy largo, sin experimentar ningún deseo de dormir, que habría tenido muy pronto en los viejos días de la Tierra. Cómo lo habría acogido, aunque sea para pasar el tiempo, lejos de mis perplejidades y pensamientos.

Varias veces, el sonido desagradable de la caída de un gran trozo de mampostería perturbaba mis meditaciones; y, una de las veces, me pareció oír un suspiro en la habitación, detrás de mí. Sin embargo, era absolutamente inútil tratar de ver algo. Esa negrura, como existía, era apenas concebible. Era palpable y espantosamente brutal a los sentidos como algo muerto que presionaba contra mí, algo blando y extremadamente frío.

Bajo todo esto creció en mi mente una enorme y abrumadora angustia e inquietud, que se fue pero sólo para dejarme caer en una desagradable preocupación. Sentía que debía luchar contra esto, y en ese momento, con la esperanza de distraer mis pensamientos, me volví hacia la ventana y miré hacia el norte; buscaba la brumosa blancura que todavía creía el lejano y nebuloso resplandor del universo que habíamos abandonado. Y apenas levanté los ojos, fui sacudido por una sensación de maravilla, porque ahora la luz difusa se había resuelto en una única y enorme estrella de vívido color verde.

Mientras la contemplaba asombrado, un pensamiento cruzó mi mente, que la Tierra debía de estar viajando hacia ella, no alejándose, como había imaginado. A continuación pensé que no podía ser el universo que la Tierra había dejado, sino posiblemente una distante estrella que pertenecía a algún vasto grupo escondido en las enormes profundidades del espacio. La observaba con una mezcla de sobrecogimiento y curiosidad, y me pregunté qué nuevas cosas estaba a punto de revelarme.

Durante un rato, me ocupé en vagos pensamientos y especulaciones con la mirada, insaciable, clavada sobre ese único punto de luz en la oscuridad abismal. La esperanza creció en mi interior, borrando la opresiva desesperación que parecía ahogarme. No sabía hacia dónde viajaba la Tierra, pero al menos se dirigía una vez más hacia los reinos de la luz. ¡Luz! Uno debe pasar una eternidad envuelto en la noche sin sonido para comprender el completo horror de estar sin ella.

De manera lenta pero segura, la estrella crecía ante mis ojos, hasta que después de un tiempo brillaba tanto como lo hacía el planeta Júpiter, en los viejos días de la Tierra. Al aumentar su tamaño, el color se volvió impresionante; me recordaba una inmensa esmeralda lanzando rayos de fuego a través del mundo.

Los años volaron en silencio y la estrella verde crecía en una gran mancha de llamas en el cielo. Un poco después vi una cosa que me llenó de asombro. Era el espectral perfil de un inmenso creciente en la noche; una nueva luna gigantesca que parecía crecer de la tiniebla circundante. Me quedé mirándola absolutamente perplejo. Parecía estar muy cerca, relativamente, y di vueltas en mi cabeza para comprender cómo la Tierra se había acercado tanto a ella sin que la viera antes.

La luz que lanzaba la estrella se volvió más poderosa y en ese momento me di cuenta de que era posible ver el panorama terrestre otra vez, aunque de manera poco clara. Durante un rato me quedé mirando; traté de averiguar si podía distinguir algún detalle de la superficie del mundo, pero encontré que la luz era insuficiente. Poco después, renuncié al intento y miré una vez más hacia la estrella. Incluso en ese breve lapso cuando mi atención fue distraída, había crecido considerablemente y ahora parecía, ante mis desconcertados ojos, del tamaño de un cuarto de una luna. La luz que emitía era extraordinariamente poderosa, sin embargo el color era tan abominablemente extraño que lo que podía ver del mundo se mostraba irreal; más como si mirara un paisaje de sombra que otra cosa.

Todo este tiempo, el gran creciente aumentó su luminosidad y ahora empezó a brillar con un perceptible matiz verdoso. De manera constante la estrella aumentó su tamaño y brillantez hasta que se mostró plenamente de la mitad de la dimensión de la luna; y mientras crecía y se volvía más luminosa, también arrojaba más y más luz, aunque de un siempre creciente matiz de verde. Bajo el resplandor combinado de su luz se hacía más visible el desierto que se extendía ante mí. Pronto me pareció que podía ver a través de todo el mundo que ahora aparecía bajo la extraña luz, terrible en su fría, espantosa y rotunda monotonía.

Fue un poco más tarde cuando me llamó la atención el hecho de que la gran estrella de llama verde salía lentamente del norte hacia el este. Al principio, apenas pude creer que lo que veía pero pronto no hubo ninguna duda de que así era. Se hundió poco a poco y, mientras caía, el vasto creciente de verde incandescente empezó a menguar más y más hasta convertirse en un simple arco de luz contra el cielo lívido. Más tarde se desvaneció; desapareció en el mismo lugar de donde la había visto emerger con lentitud.

Para entonces, la estrella había llegado a unos treinta grados del escondido horizonte. Ahora podría haber rivalizado en tamaño con la luna llena aunque, aún así, no podía distinguir su disco. Este hecho me convenció de que estaba todavía lejos, a una extraordinaria distancia y, por lo tanto, supe que su tamaño debía ser enorme, más allá de cualquier idea que el hombre pueda comprender o imaginar.

De repente, mientras observaba, el borde inferior de la estrella se esfumó, cortado por una línea recta y oscura. Pasó un minuto —o un siglo— y se hundió más hasta que su mitad desapareció de la vista. Muy lejos en la gran planicie, vi una monstruosa sombra que la oscurecía y avanzaba velozmente. Ahora era visible sólo un tercio de la estrella. Entonces, como un destello, la explicación de este extraordinario fenómeno se reveló. La estrella se hundía detrás la enorme masa del sol muerto. O más bien era que el sol, obediente a su atracción, subía hacia ella13 con la Tierra detrás, en su estela. Mientras estos pensamientos se desarrollaban en mi mente, la estrella desapareció completamente oculta por el tremendo bulto del sol. Sobre la Tierra, una vez más, cayó la noche deprimente.

Con la oscuridad vino una insoportable sensación de soledad y terror. Por primera vez pensé en el Pozo y sus habitantes. Después, surgió en mi memoria la Cosa aún más terrible que merodeaba en las playas del Mar del Sueño y acechaba en las sombras de este viejo edificio. ¿Dónde estaban?, me pregunté, y me estremecí con estos desdichados pensamientos. Durante un rato, el miedo se adueñó de mí y recé frenética e incoherentemente por algún rayo de luz que disipara la fría negrura que envolvía al mundo.

Es imposible decir cuánto tiempo esperé... sin duda un periodo muy largo. Entonces, de improviso, vi brillar una insinuación de luz arriba. Poco a poco se volvió más nítida. De repente, un rayo de vívido verde cruzó la oscuridad. En el mismo momento vi una delgada línea de llama lívida, lejos en la noche. Pasó un instante, creo, y había aumentado hasta un gran coágulo de fuego, debajo del que yacía el mundo bañado en un resplandor de luz color verde esmeralda. Siguió creciendo de manera constante hasta que, en ese momento, toda la estrella verde quedó a la vista otra vez. Pero ahora apenas podía llamarse estrella porque había adquirido vastas proporciones, más grande que el sol en sus antiguos tiempos.

Entonces, mientras la contemplaba, me di cuenta de que podía ver el borde del sol muerto; brillaba como un gran creciente lunar. Lentamente, su iluminada superficie se ensanchó ante mí hasta que fue visible la mitad de su diámetro; y la estrella empezó a descender a mi derecha. Pasó el tiempo; la Tierra siguió su desplazamiento y lentamente cruzó la tremenda cara del sol muerto14.

Poco a poco, a medida que la Tierra avanzaba, la estrella bajó aun más a la derecha, hasta que por fin brillaba detrás de la casa, enviando un torrente de rayos rotos a través de los muros que ya parecían esqueletos. Al levantar la vista, vi que mucho del cielorraso se había esfumado; eso me permitió ver que los pisos superiores estaban aun más deteriorados. Era evidente que el techo había desaparecido por completo, y pude ver que el verde fulgor de la luz estelar entraba al sesgo.



19 - EL FIN DEL SISTEMA SOLAR


Desde el contrafuerte, donde una vez estuvieron las ventanas a través de las cuales observé ese primer amanecer fatal, pude ver que el sol estaba inmensamente más grande que antes, cuando la Estrella iluminó al mundo por primera vez. Era tan grande que su borde inferior parecía casi tocar el lejano horizonte. Y mientras miraba, imaginé que se acercaba. El resplandor verde que iluminaba la Tierra congelada era cada vez más brillante.

Así continuaron las cosas durante largo tiempo. Entonces, de improviso, vi que el sol estaba cambiando de forma, más pequeña, exactamente como la luna en el pasado. En un rato, sólo un tercio de la parte iluminada miraba hacia la Tierra. La Estrella se alejaba hacia la izquierda.

Lentamente, a medida que el mundo se movía, la Estrella una vez más brilló enfrente de la casa, mientras el sol se mostraba apenas como un gran arco de fuego verde. Un instante después había desaparecido. La Estrella todavía era completamente visible. Entonces la Tierra se colocó en la negra sombra del sol y todo fue noche... Noche, negra, sin estrellas, e insoportable.

Lleno de tumultuosos pensamientos, observé a través de la noche... esperando. Deben haber pasado años y entonces, en la oscura casa detrás de mí, se rompió la congelada quietud del mundo. Me pareció escuchar las blandas pisadas de muchos pies, y un apagado susurro incoherente se volvió perceptible a mis oídos. Miré a mi alrededor en la negrura y vi una multitud de ojos. En ese momento, vi que crecían y que parecían venir hacia mí. Durante un instante permanecí inmóvil, incapaz de moverme. Entonces un horrendo ruido porcino15 se alzó en la noche, y ante eso, salté por la ventana hacia el mundo congelado.

Tengo la vaga idea de haber corrido un rato, y después esperé... esperé. Varias veces escuché chillidos, pero siempre a la distancia. A excepción de esos sonidos, no tenía idea de qué sucedía con la casa. El tiempo seguía discurriendo. No tenía conciencia de nada, salvo de una sensación de frío, desesperanza y miedo.

Pasó un siglo, creo, y llegó un resplandor que delataba la luz venidera. Crecía lentamente. Entonces, con un atisbo de gloria celestial, el primer rayo de la Estrella Verde tocó el borde del oscuro sol e iluminó el mundo. La luz cayó sobre una enorme y ruinosa estructura a unas doscientas yardas de distancia. Era la casa. Con la vista clavada en ella, vi una escena espantosa; sobre sus muros se arrastraba una legión de cosas malditas que cubría casi todo el viejo edificio, desde sus torres tambaleantes hasta la base. Podía verlas claramente. Eran las criaturas-cerdo.

El mundo se movió a la luz de la Estrella que ahora parecía extenderse hasta una cuarta parte del cielo. La gloria de su lívida luz era tan tremenda que parecía llenar el cielo con llamas estremecidas. Entonces, vi el sol. Estaba tan cerca, que la mitad de su diámetro quedaba debajo del horizonte, y mientras el mundo cruzaba delante de su cara, pareció elevarse hacia el cielo, un formidable domo de fuego color esmeralda. De vez en cuando echaba una mirada hacia la casa, pero las criaturas-cerdo no parecían darse cuenta de mi proximidad.

Pasaron los años, lentamente. La Tierra casi había alcanzado el centro del disco solar. La luz del Sol Verde, como ahora debe ser llamado, brillaba a través de los intersticios que se abrían entre las desmoronadas paredes de la vieja casa, dándole la apariencia de estar envuelta en llamas verdes. Las criaturas-cerdo seguían arrastrándose por los muros.

De repente, se elevó un fuerte rugir de voces-cerdo y desde el centro de la casa sin techo brotó una enorme columna de llamas rojo-sangre. Vi que las pequeñas y torcidas torres y torrecillas se prendían fuego, sin embargo todavía conservaban su retorcidos perfiles. Los rayos del Sol Verde golpearon sobre la casa y se mezclaron con sus llamas chillonas, de modo que parecía un ardiente horno de fuego rojo y verde.

Observé fascinado hasta que una abrumadora sensación de inminente peligro atrajo mi atención. Levanté la mirada y de inmediato caí en la cuenta de que el sol estaba más cerca; tan cerca, de hecho, que parecía colgar sobre el mundo. Entonces, no sé cómo, fui atrapado hacia las alturas, flotando como una burbuja en el espantoso resplandor.

Lejos, debajo de mí, vi a la tierra con la casa convertida en una montaña de fuego siempre creciente, a cuyo alrededor el suelo parecía al rojo vivo; y de algunos sitios ascendían pesadas espirales de humo amarillento desde la Tierra. Parecía como si el mundo estuviera incendiándose desde aquella única atormentada mancha de fuego. Borrosas, pude ver a las cosas-cerdo. Parecían completamente ilesas. Entonces el suelo se hundió, de improviso, y la casa con su carga de inmundas criaturas desapareció en las profundidades de la Tierra, lanzando una extraña nube color sangre hacia las alturas. Recordé el Pozo infernal bajo la casa.

Después de un rato miré a mi alrededor. El enorme bulto del sol se alzaba muy alto por encima de mí. La distancia entre él y la Tierra era cada vez más pequeña. De pronto, la Tierra pareció dispararse hacia adelante. En un momento había atravesado el espacio entre ella y el sol. No escuchaba ningún sonido, pero desde la cara del sol brotó una creciente lengua de llama deslumbrante. Pareció saltar casi hasta el distante Sol Verde y cortar la luz esmeralda, una verdadera catarata de fuego cegador. Alcanzó su límite y se hundió, y sobre el sol brilló una vasta salpicadura de blanco ardiente; la tumba de la Tierra.

Ahora el sol estaba muy cerca de mí. En ese momento me encontraba subiendo más alto hasta que, por fin, viajaba encima de él en el vacío. El Sol Verde era ahora tan inmenso que su ancho parecía llenar todo el cielo adelante. Miré hacia abajo y noté que el sol pasaba directamente debajo de mí.

Debe haber transcurrido un año, o un siglo, y yo estaba abandonado, suspendido, solo. El sol se veía lejos adelante, una masa negra y circular contra el fundido esplendor del gran Globo Verde. Cerca de un borde observé que había aparecido un pálido resplandor, señalando el lugar donde la Tierra había caído. Por esto supe que el sol muerto tiempo atrás todavía giraba, aunque con gran lentitud.

Lejos a mi derecha, me pareció captar un débil fulgor de luz blanquecina. Durante mucho tiempo no estuve seguro si atribuirlo a mi imaginación o no. Por lo tanto, durante un rato me quedé mirándolo, con nuevas dudas, hasta que por fin supe que no era algo imaginario, sino una realidad. Se volvió más brillante y en ese momento un globo pálido de suave blancura se apartó del verde. Se acercó y vi que al parecer lo circundaba un manto de nubes que brillaba suavemente. El tiempo pasó...

Eché una mirada hacia el sol disminuido. Se mostraba apenas como un oscuro borrón sobre la faz del Sol Verde. Justo entonces, vi que se volvía más pequeño, sin cesar, como si acelerara hacia el orbe superior a una enorme velocidad. Me quedé mirando con atención. ¿Qué sucedería? Experimenté extraordinarias emociones cuando me di cuenta de que golpearía al Sol Verde. No era más grande que un guisante y con toda mi alma me concentré en el final de nuestro Sistema, ese sistema que había albergado al mundo a lo largo de tantos eones, con su multitud de dolores y alegrías, y ahora...

De repente, algo cruzó mi visión ocultándome por completo el espectáculo que observaba con interés espiritual. No vi lo que le ocurrió al sol muerto, pero no tengo razones, a la luz de lo que vi después, para dudar de que cayó en el extraño fuego del Sol Verde, y así pereció.

Y entonces, de pronto, una duda extraordinaria surgió en mi mente; si ese formidable globo de fuego verde no podía ser el vasto Sol Central, el gran sol alrededor del cual gira nuestro universo y otros innumerables. Me sentí confundido. Pensaba en el probable fin del sol muerto y me hice otro planteo. ¿Sería el Sol Verde la tumba de todas las estrellas muertas? La idea me resultaba atractiva sin visos de ridiculez, sino más bien algo tanto posible como probable.



20 - LAS ESFERAS CELESTIALES


Durante un tiempo, muchos pensamientos llenaron mi mente de modo que fui incapaz de hacer nada salvo mirar, ciego, delante de mí. Parecía estar agobiado por un mar de dudas, interrogantes y tristes recuerdos.

Más tarde, salí de este desconcierto. Miré a mi alrededor, encandilado. Fue así que vi algo tan extraordinario que durante un rato apenas pude creer que no me hallaba todavía inmerso en el tumulto ilusorio de mis propios pensamientos. Del verde reinante había brotado un río sin límites de esferas que brillaban trémulamente, cada una envuelta en un maravilloso vellón de nube pura. Llegaban por debajo y por encima de mí hasta una distancia desconocida, y no sólo ocultaban el brillo del Sol Verde sino que proporcionaban en cambio una delicada incandescencia que se difundía a mi alrededor, como algo nunca visto, ni antes ni desde entonces.

En poco tiempo noté que estas esferas tenían una especie de transparencia, casi como si estuvieran formadas de cristal nublado y en cuyo interior ardiera un resplandor suave y moderado. Se movían continuamente, flotaban junto a mí y se desplazaban no muy de prisa, sino más bien como si tuviesen toda una eternidad por delante. Observé durante mucho tiempo y no pude percibir el final. A veces, me parecía distinguir en medio de la bruma unos rostros extrañamente imprecisos, como si en parte fueran reales y en parte formados con la misma niebla a través de la cual se mostraban.

Durante mucho tiempo esperé, pasivamente, con creciente satisfacción. Ya no tenía ese sentimiento de absoluta soledad sino que casi sentía que estaba menos solo, menos de lo que había estado durante millones de años. Este sentimiento de alegría creció tanto que habría sido dichoso de flotar en compañía de estas esferas celestiales para siempre.

Las eras pasaron, y vi los difusos rostros con creciente frecuencia, y también con mayor claridad. No puedo decir si se debía a que mi alma había adquirido una mejor sintonía con su entorno, probablemente era así. Pero, de todos modos, ahora sólo estoy seguro del hecho de que poco a poco me había vuelto más consciente de un nuevo misterio a mi alrededor, que me decía que en efecto yo había penetrado las fronteras de una región impensable; un sutil e intangible lugar —o forma— de existencia.

La enorme corriente de esferas luminosas continuaba pasando junto a mí, a una velocidad invariable; innumerables millones y todavía venían más, sin mostrar señales de terminar, ni siquiera de disminuir.

Entonces, mientras flotaba silenciosamente en el éter, sentí un súbito e irresistible movimiento hacia adelante, hacia una de las esferas que pasaban. En un instante estaba a su lado. Entonces me deslicé en su interior sin experimentar la menor resistencia. Por un breve momento no pude ver nada; y esperé, curioso.

De repente me di cuenta de que un sonido quebraba la inconcebible quietud. Era como el murmullo de un inmenso mar en calma, un mar respirando en sueños. Poco a poco, la niebla que oscurecía mi visión empezó a disiparse, y así en un momento mi vista se posó otra vez sobre la silenciosa superficie del Mar del Sueño.

Me quedé mirándolo poco tiempo, y apenas podía creer que veía bien. Eché un vistazo a mi alrededor. Estaba el inmenso globo de pálido fuego, flotando, como ya lo había visto antes, a poca distancia del tenue horizonte. A mi izquierda, lejos a través del mar, descubrí en ese momento una débil línea como de ligera bruma, y supuse que era la playa donde mi Amada y yo nos habíamos encontrado durante aquellos maravillosos períodos de vagabundeos espirituales que me fueron concedidos en los días de la vieja Tierra.

Otro recuerdo, inquietante, llegó hasta mí; de la Cosa Informe que merodeaba las playas del Mar del Sueño. El guardián de aquel lugar silencioso y sin ecos. Recordé éstos y otros detalles, y supe sin dudar que estaba mirando el mismo mar. Con esta seguridad, me asaltó un abrumador sentimiento de sorpresa, alegría y nerviosa expectativa al imaginar la posibilidad de estar a punto de ver a mi Amada, otra vez. Miré atentamente a mi alrededor, pero no pude captar su imagen. Ante ese hecho, por un instante, me sentí desesperado. Recé con fervor, siempre mirando con ansiedad. ¡Qué quieto estaba el mar!

Abajo, lejos por debajo, podía ver muchas estelas de fuego cambiante que ya antes llamaron mi atención. Vagamente me pregunté qué las causaba; también recordé que había intentado preguntarle a mi Amada sobre ellas y sobre muchas otras cosas, y fui forzado a dejarla antes de expresar la mitad de lo que deseaba decirle.

Mis pensamientos regresaron al presente con un salto. Sentí que algo me había tocado. Me volví rápidamente. Dios, Tú eres en verdad benévolo... ¡Era Ella! Alzó sus ojos a los míos con un ávido anhelo, y bajé los míos hacia ella con toda mi alma. Me hubiera gustado abrazarla, pero la gloriosa pureza de su rostro me mantuvo lejos. Entonces, desde la envolvente bruma extendió los brazos. Escuché el susurro de su voz, suave como el rumor de una nube pasajera. "¡Querido!", dijo. Eso fue todo, pero lo había escuchado y un momento después la sostuve contra mí, como había rogado, para siempre.

En breve me habló de muchas cosas y yo la escuché. De buena gana seguiría haciéndolo a lo largo de todas las eras por venir. A veces le respondía con un susurro y mis palabras ponían en su rostro espiritual con un tono indescriptiblemente delicado; era el rubor del amor. Más tarde hablé más libremente y ella escuchó cada una de mis palabras y las respondió, de manera deliciosa; de manera que yo estaba en el Paraíso.

Ella y yo, y nada que nos viera, salvo el silencioso e inmenso vacío, y nada que nos oyera, sólo las quietas aguas del Mar del Sueño.

Mucho tiempo antes, la flotante multitud de esferas envueltas en nubes se había disuelto en la nada. De modo que miramos la faz de las soñolientas profundidades y estábamos solos. ¡Solos, Dios! ¡Hubiera estado así de solo de ahora en adelante, y sin embargo nunca estaría solo! La tenía a ella, y más que eso, ella me tenía a mí. Sí, a mí con una edad de eones; y con este pensamiento, y algunos otros, espero existir a lo largo de los años que todavía pueda haber entre nosotros.



21 - EL SOL OSCURO


No puedo decir cuánto tiempo estuvieron nuestras almas en brazos del júbilo, pero de improviso desperté de mi felicidad a causa de una disminución de la suave y pálida luz que iluminaba el Mar del Sueño. Me volví hacia el gigantesco orbe blanco con la premonición de un problema inminente. Uno de sus lados se curvaba hacia adentro, como si una sombra convexa y negra cruzara enfrente de él. Recordé. Así había venido la oscuridad antes de nuestra última separación. Me volví hacia mi Amada, interrogante. Con un súbito sentimiento de aflicción, noté que se había vuelto vaga e irreal, aun en ese breve lapso. Su voz parecía llegar desde grandes distancias. El roce de sus manos ya no era otra cosa que la tierna presión de un viento de verano y cada vez menos perceptible.

Casi la mitad de la inmensa esfera estaba cubierta. Me invadió un sentimiento de desesperación. ¿Estaba Ella a punto de abandonarme? ¿Tendría que irse, como antes? Se lo pregunté, ansioso y asustado, y ella se acercó y me explicó, con esa extraña voz distante, que era necesario dejarme antes de que el Sol de Oscuridad —así lo llamó— ocultara la luz. Ante la confirmación de mis temores, me venció la desesperación y sólo pude mirar, mudo, a través de la quieta planicie del mar silencioso.

¡Con qué velocidad se extendía la oscuridad a través de la cara del Orbe Blanco! Sin embargo, en realidad el tiempo debe haber sido muy largo, más allá de toda comprensión humana.

Al final, apenas un creciente de pálido fuego ahora borroso iluminó el Mar del Sueño. Todo este tiempo, ella me había abrazado con tan suave caricia que apenas tuve conciencia de que existía. Esperamos juntos, ella y yo, sin palabras por tanto dolor. A la luz que se apagaba, su rostro se mostraba sombreado y se fundía con la sombría niebla que nos rodeaba.

Entonces, cuando sólo una delgada y curva línea de suave luz iluminaba el mar, me soltó, apartándome de ella con ternura. Su voz sonó en mis oídos: "No puedo quedarme más tiempo, Amado". Terminó con un sollozo.

Parecía flotar alejándose de mí y se volvió invisible. Su voz salió de las sombras, débilmente, al parecer desde una gran distancia...

"Dentro de poco...". Y se perdió en la lejanía. Un instante después, el Mar del Sueño quedó oscuro como la noche. Lejos a mi izquierda, me pareció ver por un breve instante un suave resplandor. Se desvaneció y en el mismo momento me di cuenta de que ya no me hallaba sobre el quieto mar, sino suspendido una vez más en el espacio infinito, con el Sol Verde —ahora eclipsado por una inmensa esfera oscura— delante de mí.

Absolutamente desconcertado, me quedé mirando casi sin ver el anillo de llamas verdes que salía por encima del borde oscuro. Aun en el caos de mis pensamientos, me sentí maravillado ante sus extraordinarias formas. Me asaltó una multitud de preguntas. Pensaba más en Ella, en la que había visto hacía tan poco, que en la imagen delante de mí. Me agobiaban el dolor y los pensamientos del futuro. ¿Estaba condenado a vivir separado de ella para siempre? Aun en los viejos días de la Tierra, Ella había sido mía muy poco tiempo, luego me había dejado, como pensé, para siempre. Desde entonces sólo la había visto estas dos veces, sobre el Mar del Sueño.

Un sentimiento de feroz resentimiento me invadió, y tristísimas preguntas. ¿Por qué no pude haber ido con mi Amada? ¿Qué razón hay para mantenernos separados? ¿Por qué tenía que esperar solo mientras ella dormía a través de los años en el seno quieto del Mar del Sueño? ¡El Mar del Sueño! Mis pensamientos, sin lógica, se desviaron de su cauce de amargura hacia nuevas y desesperadas preguntas. ¿Dónde estaba el mar? ¿Dónde estaba? Me pareció que acababa de separarme de mi Amada sobre esa quieta superficie, y ya se había ido, completamente. ¡No podía estar lejos! ¡Y el Orbe Blanco que había visto escondido en la sombra del Sol de la Oscuridad! Mi mirada se posó sobre el Sol Verde; eclipsado. ¿Qué lo había eclipsado? ¿Había una inmensa estrella muerta dando vueltas a su alrededor? ¿Era el Sol Central —como había llegado a considerarlo— una estrella doble? El pensamiento llegó casi sin querer; sin embargo, ¿por qué no podía ser así?

Mis pensamientos regresaron al Orbe Blanco. Era extraño que hubiera... Me detuve. Una idea vino de repente. ¡El Orbe Blanco y el Sol Verde! ¿Serían uno y el mismo? Mi imaginación retrocedió hacia el pasado y recordé el globo luminoso hacia el que había sido atraído de manera tan inexplicable. Era curioso que lo olvidara, aun momentáneamente. ¿Dónde estaban los otros? Recordé otra vez el globo en el que había entrado. Pensé durante un rato y las cosas se volvieron claras. Entendí que al penetrar en ese glóbulo impalpable había pasado a una dimensión más allá y hasta entonces invisible. Allí el Sol Verde era aún visible, pero como una formidable esfera de pálida luz blanca, casi como si mostrara su parte fantasmal y no material.

Durante un largo tiempo medité sobre el tema. Recordé que, al entrar en la esfera, de inmediato perdí de vista a las otras. Y durante mucho más tiempo continué dando vueltas a los diferentes detalles en mi mente.

En un rato, mis pensamientos derivaron hacia otras cosas. Volví un poco más al presente y empecé a mirar a mi alrededor. Por primera vez observé innumerables rayos de un sutil tono violeta que perforaban la extraña semioscuridad, en todas direcciones. Brotaban desde el encendido borde del Sol Verde. Parecían crecer ante mi vista, de modo que en un instante descubrí que eran incontables. Llenaban la noche, dispersándose desde el Sol Verde en abanico. Llegué a la conclusión de que podía verlos porque la gloria del Sol quedaba oculta por el eclipse. Se lanzaban directo hacia el espacio, y desaparecían.

Mientras observaba, poco a poco me di cuenta de que unos puntos de luz intensamente brillante atravesaban esos rayos. Muchos parecían volar desde el Sol Verde hacia la distancia. Otros venían del vacío hacia el Sol; pero todos y cada uno se mantenía estrictamente dentro del rayo por donde se desplazaba. Su velocidad era inconcebiblemente grande y sólo podía verlos como motas de luz individuales cuando se acercaban o se alejaban del Sol Verde. Más allá del Sol, se convertían en delgadas líneas de vívido fuego dentro del violeta.

El descubrimiento de estos rayos y de estas chispas viajeras me interesó mucho. ¿Adónde se dirigían en tan inconmensurable abundancia? Pensé en los mundos en el espacio. ¡Y en esas chispas! ¡Mensajeros! Posiblemente, la idea era fantástica, pero no sentía que lo fuera. ¡Mensajeros! ¡Mensajeros del Sol Central!

Una idea se desarrolló con lentitus. ¿Era el Sol Verde morada de alguna vasta Inteligencia? El pensamiento era desconcertante. Surgieron vagamente visiones de lo Innombrable. ¿Había llegado yo, en efecto, a la morada de lo Eterno? Durante un tiempo rechacé este pensamiento, sin pensar ni decir nada. Era demasiado formidable. Sin embargo...

Pensamientos inmensos y vagos nacieron dentro de mí. Me sentí, de pronto, terriblemente desnudo. Y una espantosa Proximidad me sacudió.

¡Y Cielos...! ¿Era eso una ilusión?

Mis pensamientos iban y venían, erráticos. El Mar del Sueño... ¡y Ella! Cielo... Regresé con un sobresalto al presente. En algún lugar en el vacío detrás de mí aceleraba un inmenso cuerpo oscuro... enorme y silencioso. Era una estrella muerta que se precipitaba en el cementerio de los astros. Pasó entre los Soles Centrales y yo, ocultándolos de mi vista y hundiéndome en una noche impenetrable.

Una era pasó, y vi otra vez los rayos violeta. Mucho tiempo después, deben haber sido eones, surgió un resplandor circular en el firmamento, adelante, y vi que el borde de la estrella que se alejaba se mostraba oscuro contra él. Por eso supe que se aproximaba a los Soles Centrales. En ese momento vi claramente el brillante anillo del Sol Verde contra la noche. La estrella había entrado en la sombra del Sol Muerto. Después de eso, sólo esperé. Los extraños años pasaron lentamente y siempre yo observaba con atención.

Lo que había esperado por fin llegó, repentino, espantoso. Una enorme llama de luz deslumbrante. Una explosión torrencial de llama blanca a través del oscuro vacío. Durante un tiempo indefinido continuó ascendiendo, un gigantesco hongo de fuego. Dejó de crecer. Entonces, mientras el tiempo pasaba, comenzó a hundirse hacia atrás, lentamente. Ahora vi que procedía de una enorme mancha brillante cerca del centro del Sol Oscuro. Todavía se extendían poderosas llamas desde ese punto. No obstante, a pesar de su tamaño, la tumba de la estrella era apenas el brillo de Júpiter sobre la superficie de un océano, comparado con la inconcebible masa del Sol Muerto.

Debo señalar aquí, una vez más, que ninguna palabra jamás expresará a la imaginación el enorme bulto de los dos Soles Centrales.



22 - LA OSCURA NEBULOSA


Los años se fundían en el pasado, siglos, eones. La luz de la estrella incandescente se hundió en un rojo furioso.

Más tarde, vi la lóbrega nebulosa oscura; al principio una nube impalpable lejos a mi derecha. Creció constantemente hasta ser un coágulo de negrura en la noche. Es imposible decir cuánto tiempo observé; porque el tiempo como lo nosotros medimos era cosa del pasado. Se acercó, una informe monstruosidad de oscuridad; tremenda. Parecía escurrirse a través de la noche, soñolienta; una niebla infernal. Se deslizó lentamente y pasó entre los Soles Centrales y yo, hacia el vacío. Fue como si hubiesen corrido un telón delante de mi vista. Un extraño temblor de miedo se apoderó de mí y una nueva sensación de maravilla.

El verde crepúsculo que había reinado durante tantos millones de años ahora había dado lugar a una impenetrable penumbra. Inmóvil, miré a mi alrededor. Pasó un siglo, y me pareció detectar apagados destellos rojos que de vez en cuando pasaban a mi lado.

Con atención, miré sin parpadear, y en ese momento me pareció ver dentro de la nublada negrura unas masas circulares que mostraban un rojo barroso. Parecían brotar de la tenebrosa nebulosa. Al rato se volvieron más evidentes ante mis ojos. Podía verlas ahora con una considerable nitidez; unas esferas rojizas de tamaño similar al de los globos luminosos que había visto tanto tiempo antes.

Pasaban flotando junto a mí, continuamente. Poco a poco me dominó una peculiar inquietud. Me di cuenta de un creciente sentimiento de repugnancia y temor. Lo proyectaba contra esos orbes pasantes y parecía nacido de un conocimiento intuitivo más que de una causa real o razón.

Algunos de ellos eran más brillantes que otros y desde uno de ésos asomó una cara, de repente. Una cara de rasgos humanos, pero tan torturada por el dolor que me quedé mirándola horrorizado. Jamás había pensado que existiese tanta pena como la que veía allí. En mi alma se sumó un sentimiento de dolor al percibir que los ojos que brillaban con tanta violencia eran ciegos. La vi un rato más, luego había pasado hacia la penumbra circundante. Después de ésa, vi otras, todas con la misma expresión de tristeza desesperada, y ciegas.

Transcurrió un largo tiempo y me di cuenta de que estaba más cerca de los orbes que antes. Ante esto, mi inquietud aumentó, aunque sentía menos miedo de esos extraños glóbulos que antes de ver a sus afligidos moradores, porque la simpatía había atemperado mi temor.

Más tarde, no hubo ninguna duda de que era arrastrado hacia las esferas rojas, y en ese momento flotaba entre ellas. En un rato, vi que una se dirigía hacia mí. No podía apartarme de su camino. En lo que me pareció un minuto, estaba sobre mí y quedé sumergido en una profunda niebla roja. Se disipó, y me quedé mirando confuso a través de la inmensa amplitud de la Planicie del Silencio. Apareció exactamente como la había visto por primera vez. Me movía sin parar a través de su superficie. Lejos delante de mí, brillaba el inmenso anillo rojo sangre16 que iluminaba el sitio. A mi alrededor se extendía la extraordinaria desolación de la quietud que tanto me había impresionado durante mis previos vagabundeos a través de su devastación.

En ese momento vi los distantes picos del imponente anfiteatro de montañas que se elevaban hacia el rojizo crepúsculo; allí, incontables eras antes, había tenido mi primera visión fugaz de los terrores que yacen debajo de muchas cosas y donde, inmensa y silenciosa, vigilada por mil dioses mudos, se alza la réplica de esta casa de misterios, esta casa que había visto tragada por el fuego infernal antes de que la Tierra besara al Sol y desapareciera para siempre.

Aunque podía ver las cumbres de la montaña-anfiteatro, todavía transcurrió mucho tiempo antes de que se hicieran visibles las porciones inferiores. Quizá se debía a la extraña niebla rojiza que parecía aferrarse a la superficie de la Planicie. Sin embargo, sea lo que sea, por fin las vi.

En un lapso aún mayor, me había acercado tanto a las montañas que parecían colgar por encima de mí. En ese momento vi la gran grieta, abierta ante mí, y derivé dentro de ella, sin voluntad de mi parte.

Más tarde salí sobre la extensión del enorme anfiteatro. Allí, a una distancia aparente de ocho kilómetros, se alzaba la Casa, enorme, monstruosa y silenciosa, en el mismo centro de ese formidable escenario. Hasta donde alcanzaba a ver, no había cambiado de modo alguno, sino que se veía como si la hubiera contemplado el día anterior. Alrededor, las lúgubres y oscuras montañas me desaprobaron desde sus altivos silencios.

Lejos a mi derecha, entre picos inaccesibles, asomó el enorme bulto del gran dios-bestia. Más arriba, vi que la horrenda forma de la diosa del terror se alzaba a través del rojo crepúsculo, miles de metros por encima de mí. A la izquierda, distinguí la monstruosa Cosa-Sin-Ojos, gris e inescrutable. Más lejos, reclinada sobre su elevada saliente, se mostraba la lívida Gul-Forma, un salpicón de color siniestro entre las montañas oscuras.

Lentamente me movía a través del gran anfiteatro, flotando. A medida que avanzaba, distinguí las borrosas formas de muchos de los otros Horrores acechantes que poblaban aquellas alturas supremas.

Gradualmente me aproximé a la Casa, y mis pensamientos cruzaron en destellos el abismo de años. Recordé el terrorífico Espectro del Lugar. Pasó un breve rato y vi que era llevado por el aire directamente hacia la enorme mole de aquel edificio silencioso.

En ese momento me di cuenta, de una manera indiferente, de una creciente sensación de parálisis que me sustraía del miedo que de otro modo habría sentido al acercarme a la imponente Mole. Así como estaba, la miré con calma, como un hombre que mira una calamidad a través de la niebla del humo de su tabaco.

En poco tiempo había llegado tan cerca de la Casa que pude distinguir muchos de sus detalles. Cuanto más la miraba, más confirmaba mis antiguas impresiones de su completa semejanza con esta otra extraña casa. Salvo su enorme tamaño, no pude encontrar ninguna diferencia.

De repente, mientras observaba, me invadió una tremenda sensación de asombro. Había llegado al lado opuesto, donde se ubica la puerta exterior de mi estudio. Allí, justamente a través del umbral, yacía un gran tramo de piedra de remate, idéntica salvo en tamaño y color a la que se había desprendido en mi batalla con las criaturas del Pozo.

Floté más cerca y mi asombro creció al notar que la puerta estaba parcialmente arrancada de sus goznes, precisamente a la manera que la puerta de mi estudio había sido forzada durante el asalto de las criaturas-cerdo. Lo que veía provocó un tren de pensamientos y empecé a deducir, vagamente, que el ataque a esta casa podía tener un significado más profundo que lo que había imaginado hasta ese momento. Recordé que, mucho tiempo atrás, en los días de la vieja Tierra, había medio sospechado que de alguna manera inexplicable esta casa donde yo vivía estaba "en entendimientos", por emplear una expresión conocida, con esta otra tremenda estructura, lejos en medio de esa incomparable Planicie.

Ahora, sin embargo, empezaba a afectarme que apenas había concebido lo que significaba mi sospecha. Empezaba a comprender con una claridad más que humana que el ataque que había rechazado de alguna extraordinaria manera se conectaba con un ataque contra este edificio extraño.

Con una curiosa incoherencia, de pronto mis pensamientos abandonaron la cuestión para centrarse, maravillados, en el extraño material con que estaba construida la Casa. Era, como he mencionado antes, de color verde profundo. Sin embargo, ahora que estaba más cerca, percibí que fluctuaba de vez en cuando, aunque ligeramente; relucía y se apagaba a la manera de los humos de fósforo cuando uno lo frota sobre la mano en la oscuridad.

En ese momento algo distrajo mi atención: había llegado a la gran entrada. Aquí, por primera vez, tuve miedo, porque de repente las enormes puertas se abrieron de par en par, y derivé por entre ellas impotente. Adentro todo era negrura impalpable. En un instante había cruzado el umbral, y las grandes puertas se cerraron, silenciosamente, dejándome encerrado en ese lugar sin luz.

Durante un rato me pareció flotar inmóvil, suspendido en medio de la oscuridad. Luego me di cuenta de que me movía otra vez; no pude saber hacia dónde. De repente, lejos debajo de mí, me pareció escuchar el ruido murmurado de una carcajada de Cerdo. Se desvaneció y el silencio que siguió parecía empapado de horror.

Entonces se abrió una puerta en algún lugar adelante; una blanca niebla de luz se filtró a través de ella, y floté lentamente dentro de una habitación, que me pareció extrañamente familiar. De improviso escuché un chillido desconcertante que me ensordeció. Un borroso espectáculo de visiones llameó delante de mi vista. Mis sentidos quedaron aturdidos durante el lapso de un momento eterno. Luego recobré mi visión. La brumosa y vertiginosa sensación pasó, y pude ver con claridad.



23 - PEPPER


Estaba sentado en mi butaca, otra vez en este viejo estudio. Mi mirada vagó por la habitación. Durante un minuto tuvo un aspecto extraño y tembloroso, irreal e insustancial. Esto desapareció y vi que nada había cambiado. Miré hacia la ventana del extremo; tenía la persiana abierta.

Me puse de pie, tembloroso. Mientras lo hacía, un ligero ruido en dirección de la puerta atrajo mi atención. Miré hacia allí. Por un instante, me pareció alguien la cerraba suavemente. Me quedé mirándola y vi que debía haberme equivocado, parecía bien cerrada.

Con una sucesión de esfuerzos, caminé hasta la ventana y miré hacia afuera. El sol estaba saliendo e iluminaba la jungla enmarañada de los jardines. Durante un minuto quizá me quedé de pie, observando. Me pasé la mano por la frente, confundido.

En ese momento, en medio del caos de mis sentidos, tuve una idea repentina; me volví rápidamente y llamé a Pepper. No obtuve respuesta y crucé la estancia con paso inseguro, en un rápido ataque de temor. Mientras avanzaba, traté de pronunciar su nombre, pero mis labios estaban mudos. Llegué a la mesa y me incliné hacia él con el corazón oprimido. Estaba echado a la sombra de la mesa y no podía verlo claramente desde la ventana. Ahora, mientras me inclinaba, contuve la respiración. No era Pepper; en su lugar había un montoncito alargado y gris de polvo ceniciento.

Debo haber permanecido en esa posición medio inclinada algunos minutos. Estaba aturdido, atónito. Pepper había pasado verdaderamente al reino de las sombras.



24 - LAS PISADAS EN EL JARDÍN


¡Pepper está muerto! Aun ahora, de vez en cuando, me siento apenas capaz de darme cuenta de que es así. Han pasado algunas semanas desde que volví de ese extraño y terrible viaje a través del espacio y del tiempo. A veces, cuando duermo, sueño con eso y vuelvo a recorrer en mi imaginación todo ese terrible acontecimiento. Cuando despierto, mis pensamientos se detienen en él. Ese Sol, esos Soles, ¿Eran en efecto los grandes Soles Centrales alrededor de los cuales gira todo el universo de los cielos desconocidos? ¿Quién lo sabrá? ¡Y los brillantes glóbulos que flotaban para siempre en la luz del Sol Verde! ¡Y el Mar del Sueño sobre el que flotaban! Qué increíble es todo eso. Si no fuera por Pepper, me inclinaría a pensar que no fue sino un gran sueño, incluso después de las cosas extraordinarias que vi. Luego estaba esa terrible nebulosa oscura (con su multitud de esferas rojas) que siempre se movía dentro de la sombra del Sol Oscuro, en una órbita formidable, envuelta eternamente en el crepúsculo. ¡Y las caras que me espiaban! Dios, ¿existen ellas, y existen esas cosas en realidad? Todavía hay un pequeño montón de ceniza gris sobre el piso de mi estudio. Haré que nadie lo toque.

A veces, con más calma, me he preguntado qué sería de los planetas exteriores del Sistema Solar. Se me ocurrió que pudieron haberse liberado de la atracción solar y haberse alejado girando en el espacio. Esto es, por supuesto, apenas una conjetura. Hay muchas cosas sobre las que me pregunto.

Ahora que estoy escribiendo permítame registrar que estoy seguro de que está a punto de suceder algo horrible. Anoche ocurrió una cosa que me llenó de un terror aún mayor que el miedo al Pozo. Lo escribiré ahora y si sucede algo, procuraré anotarlo en seguida. Tengo la impresión de que en este último incidente hay algo más que en todos los otros. Estoy temblando y nervioso, incluso ahora mientras escribo. De alguna manera creo que la muerte no está muy lejos. No es que tema morir; como se entiende a la muerte. Sin embargo hay algo en el aire que me llena de miedo, un horror frío, intangible. Lo sentí anoche. Fue de la siguiente manera.

Anoche estaba sentado aquí en mi estudio, escribiendo. La puerta que da al jardín estaba entornada. De vez en cuando escuchaba débilmente el traqueteo metálico de la cadena de un perro. Pertenece al perro que he comprado, después de la muerte de Pepper. Pero no quiero tenerlo en la casa, no después de Pepper. Sin embargo, me siento mejor al tener un perro en el lugar. Son criaturas maravillosas.

Estaba absorto en mi trabajo y el tiempo pasaba rápidamente. De repente, escuché un suave ruido en el sendero, afuera en el jardín, pad, pad, pad; sonaba curiosamente furtivo. Me levanté con un rápido movimiento y me miré afuera a través de la puerta abierta. Otra vez escuché el ruido, pad, pad, pad. Parecía acercarse. Con un ligero nerviosismo, me quedé mirando con atención a los jardines, pero la noche ocultaba todo.

Entonces el perro lanzó un largo aullido que me sobresaltó. Durante un minuto, quizá, presté más atención, pero no pude oír nada. Después de un rato, recogí la pluma que había dejado y proseguí mi trabajo. El miedo se había ido porque imaginé que el ruido que había escuchado no era nada más que el perro caminando alrededor de su perrera, hasta donde alcanzaba su cadena.

Debe haber pasado un cuarto de hora; entonces, de improviso, el perro volvió a aullar con una nota tan triste que salté sobre mis pies y dejé caer la pluma, manchando la página sobre la que estaba trabajando.

"¡Maldito perro!", refunfuñé, al notar lo que había hecho. Entonces, al tiempo que decía esas palabras sonó otra vez ese extraño pad, pad, pad. Estaba horriblemente cerca, casi junto a la puerta, pensé. Ahora sabía que no podía ser el perro; su cadena no le permitía llegar tan cerca.

Otra vez escuché el gruñido del perro y noté de manera subconsciente un tono de miedo en él.

Afuera, sobre el antepecho de la ventana, pude ver a Tip, el gato de mi hermana. En ese momento dio un brinco con la cola visiblemente erizada. Durante un instante, permaneció así; parecía mirar algo, fijamente, en dirección a la puerta. Entonces empezó a retroceder con rapidez sobre el antepecho hasta que llegó a la pared del extremo, y no pudo llegar más lejos. Se quedó allí, rígido, como congelado, en una actitud de extraordinario terror.

Asustado y confundido, tomé un trozo de madera del rincón y me dirigí hacia la puerta en silencio, con una de las velas en la mano. Había llegado a unos pasos de ella cuando, de repente, me sacudió una extraña sensación de miedo, un miedo palpitante y real; no sabía de dónde venía, ni por qué. Tan grande era la sensación de terror que no perdí tiempo, sino que retrocedí de inmediato, caminando de espaldas y con la mirada llena de temor fija en la puerta. Hubiera dado cualquier cosa por precipitarme hacia ella, lanzarme contra ella y pasar los cerrojos; porque la había reparado y reforzado, de modo que ahora es mucho más fuerte que lo que alguna vez fue. Como Tip, continué mi casi inconsciente retroceso hasta que me detuvo la pared. Ante ese hecho me sobresalté, y miré a mi alrededor con aprensión. Al hacerlo, mis ojos cayeron por un momento sobre el estante de las armas y di un paso hacia ellas; pero me detuve con la curiosa sensación de que serían innecesarias. Afuera en los jardines el perro gemía extrañamente.

De repente, el gato lanzó un largo y feroz maullido. Me volví rápido en su dirección; algo luminoso y fantasmal lo rodeaba y crecía ante mi vista. Se resolvió en una mano resplandeciente y transparente, con una llama verdosa y radiante vacilando sobre ella. El gato lanzó un último maullido de espanto y lo vi todo humo y llamas. Mi aliento salió en un jadeo y me apoyé contra el muro. Sobre esa parte de la ventana se extendió una mancha verde y fantástica. Me ocultó el gato, aunque el resplandor del fuego brillaba atenuado a través de ella. Un hedor a quemado se coló en la habitación.

Pad, pad, pad. Algo pasaba por el sendero del jardín y un olor leve, mohoso, pareció entrar a través de la puerta abierta y mezclarse con el hedor a quemado.

El perro se había callado por unos momentos. Ahora lo escuchaba aullar, agudamente, como de dolor. Luego se calló, salvo por un ocasional gemido de miedo.

Pasó un minuto; entonces el portón del costado oeste de los jardines se cerró de golpe, a la distancia. Después de eso, nada; ni siquiera el gemido del perro.

Debo haberme quedado parado allí algunos minutos. Entonces un fragmento de coraje se coló en mi corazón y corrí lleno de miedo hacia la puerta, me arrojé contra ella y pasé el cerrojo. Después de eso y durante media hora, permanecí sentado, impotente, mirando delante de mí, rígido.

Poco a poco me volvió la vida, y subí temblando a mi dormitorio.

Eso es todo.



25 - LA COSA DEL ANFITEATRO


Esta mañana, temprano, revisé los jardines pero encontré todo como siempre. Cerca de la puerta examiné el sendero en busca de pisadas, sin embargo tampoco había nada que me dijera si anoche había soñado, o no.

Cuando vine a hablar con el perro descubrí una prueba tangible de que algo había ocurrido. Me acerqué a su perrera y se mantuvo dentro, acurrucado en un rincón, y tuve que persuadirlo para que saliera. Cuando finalmente aceptó salir, lo hizo de una extraña manera, acobardado y contenido. Mientras lo palmeaba me llamó la atención una mancha verdosa en su costado izquierdo. Al examinarla, encontré que al parecer se había quemado el pelo y la piel, porque se veía la carne desnuda y chamuscada. La forma de la marca era curiosa, me recordó la huella de una gran garra o mano.

Me incorporé, pensativo. Mi mirada se dirigió hacia la ventana del estudio. Los rayos del sol naciente relucían sobre la humeante mancha en el ángulo inferior, haciendo que fluctuase de un modo extraño entre el verde y el rojo. ¡Ah! Sin duda ésa era otra prueba, y de repente recordé la horrible Cosa que había visto la noche anterior. Miré al perro otra vez. Ahora sabía la causa de la herida de odioso aspecto en su costado; también supe que lo que había visto la noche anterior había sido un acontecimiento real. Y un gran desasosiego se apoderó de mí. ¡Pepper! ¡Tip! ¡Y ahora este pobre animal! Miré al perro otra vez y noté que se lamía la herida.

"¡Pobre animal!", murmuré y me incliné a palmear su cabeza. Entonces se puso de pie, me olfateó y me lamió la mano, con melancolía.

En ese momento lo dejé, ya que había otros asuntos que atender.

Después de cenar, fui a verlo otra vez. Parecía tranquilo y poco dispuesto a abandonar su perrera. De mi hermana supe que hoy rechazó toda comida. Parecía un poco desconcertada cuando me lo dijo, aunque sin sospechar nada temible.

El día ha pasado sin incidentes. Después del té, fui otra vez a echarle una mirada al perro. Parecía malhumorado y algo inquieto, y sin embargo persistía en no abandonar su perrera. Antes de cerrar la casa para pasar la noche, moví su perrera lejos de la pared para poder observarla desde la pequeña ventana. Tuve la idea de traerlo dentro de casa, pero cierta cuestión a tener en cuenta me decidió a dejarlo fuera. No puedo decir que la casa sea, en ningún grado, un lugar menos digno de temor que los jardines. Pepper estaba en la casa y sin embargo...

Ahora son las dos de la madrugada. A partir de las ocho he vigilando la perrera desde la pequeña ventana lateral de mi estudio. Sin embargo nada ha ocurrido y estoy demasiado cansado para seguir observando. Me iré a la cama...

Estuve inquieto toda la noche. Esto es poco habitual en mí, pero cerca de la mañana logré dormir unas horas.

Me levanté temprano y después del desayuno visité al perro. Estaba tranquilo, pero taciturno y se negó a salir de la perrera. Ojalá hubiera algún veterinario cerca de aquí; le habría llevado al pobre animal. No ha comido en todo el día, aunque ha mostrado evidentes deseos de beber; lo ha hecho con avidez. Esto me ha aliviado.

El atardecer ha llegado y estoy en mi estudio. Tengo la intención de seguir el plan de la noche anterior y vigilar la perrera. La puerta que conduce al jardín tiene pasado los cerrojos, firmemente. Realmente me alegra que las ventanas tengan barrotes...

Noche: Ha pasado la medianoche. El perro ha estado callado hasta el momento. A través de la ventana lateral a mi izquierda puedo distinguir, borrosa, la silueta de la perrera. Por primera vez, el perro se mueve y escucho el traqueteo de su cadena. Miro hacia afuera, rápidamente. En ese momento el perro se mueve otra vez, inquieto, y veo una pequeña mancha de luz que brilla desde el interior de la perrera. Se desvanece, entonces el perro se agita de nuevo y una vez más surge el resplandor. Estoy desconcertado. El perro está quieto y puedo ver la cosa luminosa, claramente. Se muestra con toda nitidez. Hay algo familiar en su forma. Durante un instante dudo; entonces me doy cuenta de que se parece a un pulgar y cuatro dedos. ¡Como una mano! Y recuerdo el contorno de la terrible herida en el costado del perro. Debe de ser la herida lo que veo. Se vuelve luminosa por la noche. ¿Por qué? Los minutos pasan. Mi mente se llena con esta cosa nueva...

De repente escucho un sonido, afuera, en los jardines. Me afecta mucho. Se está acercando. Pad, pad, pad. Una sensación dolorosa atraviesa mi espina y parece arrastrase a través de mi cuero cabelludo. El perro se mueve en su perrera y gime espantado. Debe haberse dado vuelta porque ahora ya no veo la silueta de su herida luminosa.

Afuera los jardines están silenciosos, una vez más, y escucho con atención y temor. Un minuto pasa, y otro; entonces oigo el sonido de pisadas otra vez. Están muy cerca y parecen venir por el camino de grava. El ruido es curiosamente mesurado y deliberado. Cesa fuera de la puerta; me levanto y me quedo parado, inmóvil. Desde la puerta viene un leve sonido; alguien levanta el cerrojo lentamente. En mis oídos hay un zumbido y tengo una sensación de presión en la cabeza...

El cerrojo cae con un seco sonido en su lugar. El ruido me sobresalta de nuevo y sacude horriblemente mis nervios tensos. Después de eso, me quedo parado durante largo rato en medio de una creciente tranquilidad. De improviso, mis rodillas comienzan a temblar y tengo que sentarme rápidamente.

Transcurre un lapso impreciso y gradualmente empiezo a liberarme de la sensación de terror que me invadía. No obstante, sigo sentado. Me parece haber perdido la facultad de movimiento. Me siento extrañamente cansado y a punto de dormitar. Mis ojos se cierran y se abren, y en este momento caigo dormido, y despierto, de a ratos.

Es un poco más tarde y entre sueños me doy cuenta de que una de las velas está goteando. Cuando despierto otra vez, se ha apagado y la habitación está muy borrosa bajo la luz de la única llama que queda. La semioscuridad me preocupa poco. He perdido esa atroz sensación de miedo y mi único deseo parece ser dormir... dormir.

De repente, aunque no escucho ningún ruido, estoy despierto, completamente despierto. Tengo la aguda conciencia de la proximidad de un misterio, de una abrumadora Presencia. El mismo aire parece preñado de terror. Estoy sentado, acurrucado, y sólo presto atención, intensamente. Sin embargo no hay ningún sonido. La misma naturaleza parece muerta. Entonces la opresiva quietud es quebrada por un pequeño y misterioso gemido del viento que da vuelta a la casa y se aleja, remotamente.

Dejo vagar mi mirada por la habitación apenas iluminada. Junto al gran reloj en el rincón lejano hay una sombra alta y oscura. Por un breve instante, la miro asustado. Entonces veo que no es nada, y me siento momentáneamente aliviado.

En el tiempo que sigue, un pensamiento pasa por mi cerebro. ¿Por qué no abandonar esta casa, esta casa de misterio y de terror? Entonces, como en respuesta, cruza ante mi vista el recuerdo del maravilloso Mar del Sueño, el Mar del Sueño donde Ella y yo nos encontramos después de años de separación y tristeza, y sé que me quedaré aquí, ocurra lo que ocurra.

A través de la ventana lateral, noto la sombría negrura de la noche. Alejo la mirada y recorro la habitación posando mis ojos de un objeto en sombras a otro. De repente me vuelvo y miro la ventana a mi derecha; mientras lo hago mi respiración se acelera; me inclino hacia adelante con una atemorizada mirada a algo fuera de la ventana pero cerca de los barrotes. Estoy mirando a una enorme y brumosa cara de cerdo, sobre la que fluctúa una llama extravagante de un matiz verdoso. Es la Cosa del anfiteatro. La boca temblorosa parece gotear una baba continua y fosforescente. Los ojos miran directo hacia dentro de la habitación con una expresión inescrutable. Entonces me siento en la butaca, rígido, congelado.

La Cosa ha empezado a moverse. Se vuelve lentamente en mi dirección. Su rostro está girando hacia mí. Me ve. Dos ojos enormes, inhumanamente humanos, me están mirando a través de la penumbra. Estoy helado de miedo; sin embargo, incluso ahora estoy intensamente consciente y noto, de un modo irrelevante, que las distantes estrellas están ocultas tras la masa de la cara gigantesca.

Un nuevo horror se ha adueñado de mí. Me estoy levantando de la silla, sin la menor intención. Estoy de pie y algo me impulsa hacia la puerta que conduce a los jardines. Deseo detenerme, pero no puedo. Una fuerza inalterable se opone a mi voluntad y avanzo despacio, sin quererlo y resistiéndome. Mi mirada vuela por la habitación, impotente, y se detiene en la ventana. La enorme cara de cerdo ha desaparecido y escucho, de nuevo, el furtivo pad, pad, pad. Se detiene fuera de la puerta, la puerta hacia la que soy obligado...

Sobreviene un corto e intenso silencio, entonces un sonido. Es ruido del cerrojo al ser levantado con lentitud. Ante eso, me lleno de desesperación. No daré otro paso. Hago un enorme esfuerzo por regresar, pero es como si presionara contra un muro invisible. Dejo escapar un fuerte gemido en la agonía de mi miedo y el sonido de mi voz es espantoso. Otra vez escucho el cerrojo y me estremezco sin palabras. Lo intento, sí, lucho y forcejeo por retroceder, atrás, pero es inútil...

Estoy ante la puerta y de una manera maquinal observo que mi mano se extiende para abrir el cerrojo superior. Así lo hace, por completo lejos de mi voluntad. Incluso mientras extiendo la mano hacia el cerrojo la puerta es sacudida con violencia, y percibo una nauseabunda vaharada de aire fétido que parece colarse por los intersticios de la puerta. Retiro el pasador lentamente, mientras lucho sin palabras. Sale de su sitio con un chasquido y empiezo a temblar angustiado. Hay dos más, uno abajo al pie de la puerta, y otro, un sólido elemento colocado cerca del centro.

Durante tal vez un minuto me quedo parado con los brazos laxos a los costados. El influjo a manipular los cerrojos de la puerta parece haber desaparecido. En ese momento escucho un repentino repiqueteo de hierro a mis pies. Bajo la mirada rápidamente y me doy cuenta, con indecible terror, que mi pie está abriendo el cerrojo inferior. Una atroz sensación de impotencia se apodera de mí. El pasador sale de su lugar con un ligero sonido metálico; me tambaleo y me sujeto del gran cerrojo central para recuperar el equilibrio. Pasa un minuto, una eternidad, luego otro... ¡Dios mío, ayúdame! Me siento forzado a trabajar sobre el último pasador. ¡No lo haré! Es mejor morir que abrirle la puerta al Terror que está del otro lado de la puerta. ¿No hay escapatoria? ¡Dios, ayúdame, ya he corrido el pasador a la mitad! Mis labios dejan escapar un ronco alarido de terror; ahora llega a las tres cuartas partes y todavía mis manos sin mi voluntad trabajan hacia mi condena. Sólo una fracción de acero entre mi alma y Eso. Grito por segunda vez en la suprema agonía del miedo; entonces con un esfuerzo enloquecido aparto las manos. Mis ojos parecen cegados. Una inmensa negrura está cayendo sobre mí. La naturaleza ha venido a rescatarme. Siento ceder mis rodillas. Escucho un rápido y fuerte golpe contra la puerta, y caigo, caigo...

Debo haber estado allí tendido al menos un par de horas. Mientras me recupero, veo que la otra vela se ha consumido y que la habitación está en una casi total oscuridad. No puedo ponerme en pie porque estoy helado y llenos de terribles calambres. Sin embargo mi cerebro está claro y ya no siento la tensión de esa impía influencia.

Con cautela, me pongo de rodillas y busco a tientas el cerrojo central. Lo encuentro y lo empujo otra vez en su lugar; luego el del pie de la puerta. En este momento ya puedo ponerme de pie, y así logro asegurar el de arriba. Después de eso, vuelvo sobre mis rodillas y me arrastro sigilosamente entre el mobiliario en dirección a la escalera. De esta manera estoy a salvo de cualquier observación desde la ventana.

Llego a la puerta del otro lado y mientras salgo del estudio echo una mirada nerviosa por encima del hombro, hacia la ventana. Afuera, en la noche, me parece captar una visión fugaz de algo impalpable, pero puede ser sólo una fantasía. Entonces, estoy en el corredor y en la escalera.

Al llegar a mi dormitorio trepo a la cama, todo vestido como estoy, y empujo las mantas sobre mí. Allí, después de un rato, empiezo a recuperar un poco de confianza. Es imposible dormir, pero agradezco el calor que me ofrecen las mantas. En ese momento intento reflexionar sobre los acontecimientos de la noche pasada, pero aunque no puedo dormir encuentro que es inútil intentar dos ideas seguidas. Mi cerebro parece curiosamente en blanco.

Hacia la madrugada, empiezo a moverme inquieto. No puedo descansar y después de un rato salgo de la cama y paseo por la habitación. El invernal amanecer empieza a colarse a través de las ventanas y muestra la desnuda incomodidad de la vieja habitación. Es extraño que durante todos estos años nunca se me haya ocurrido notar qué deprimente es en realidad el lugar. Y así pasa un rato.

Desde algún lugar escalera abajo sube un sonido. Me acerco a la puerta del dormitorio y escucho. Es Mary, que anda en la vieja y enorme cocina preparando el desayuno. Siento poco interés. No tengo hambre. Mis pensamientos, sin embargo, siguen fijos en ella. Qué poco parecen inquietarla los raros acontecimientos en esta casa. Salvo el incidente de las criaturas del Pozo, ella al parecer no ha tenido conciencia de que ocurra algo desusado. Es vieja, como yo, y sin embargo qué poco tenemos que ver el uno con el otro. Es porque no tenemos nada en común, ¿o será que, al ser viejos, nos importa menos la sociedad que la tranquilidad? Éstas y otras cuestiones pasan por mi cabeza mientras medito, y me ayudan a distraer mi atención, durante un rato, de los opresivos pensamientos de la noche.

Después de un momento, voy a la ventana, la abro y miro afuera. Ahora el sol está por encima del horizonte y el aire, aunque frío, es suave y seco. Gradualmente mi cerebro se aclara y una sensación de seguridad me invade, de momento. Algo más contento, desciendo por la escalera y salgo al jardín a echarle una mirada al perro.

Al acercarme a la perrera, me sale al encuentro el mismo hedor mohoso que me asaltó en la puerta la noche pasada. Desecho un momentáneo sentimiento de miedo y llamo al perro, pero no me hace caso y, después de llamarlo una vez más, lanzo una piedrecita dentro de la perrera. Ante esto, se mueve inquieto y grito su nombre de nuevo, pero no me acerco. En ese momento sale mi hermana y se une a mí en el intento de convencerlo de salir de la perrera.

Casi de inmediato el pobre animal se arrastra hacia fuera, dando tumbos extraños. Se queda parado a la luz del día, balanceándose de un lado al otro y parpadeando de manera estúpida. Lo miro y noto que la horrible herida está más grande, mucho más grande, y parece tener un aspecto blancuzco, fungoide. Mi hermana se acerca a acariciarlo, pero la detengo y le explico que será mejor no acercarse a él durante unos días —ya que es imposible contarle lo que sucede con el animal—, y que conviene ser cautelosos.

Un minuto después ella se marcha y regresa con una escudilla de restos de comida. La coloca sobre el suelo, cerca del perro, y yo la empujo a su alcance con ayuda de una rama que he cortado de uno de los arbustos. Sin embargo, aunque la carne debería ser tentadora, no le hace caso, sino que regresa a su perrera. Todavía hay agua en el bebedero, de modo que, después de hablar unos momentos, regresamos a la casa. Puedo ver que mi hermana está muy desconcertada sobre lo que sucede con el animal; pero sería una locura incluso sugerirle la verdad.

El día se va sin incidentes y llega la noche. He decidido repetir mi experimento de la noche anterior. No puedo decir que sea sensato, sin embargo lo tengo decidido. No obstante, he tomado precauciones, porque he puesto grandes clavos detrás de cada uno de los tres cerrojos que evitan que la puerta se abra hacia los jardines. Al menos impedirá que vuelva a ocurrir el peligro que corrí la noche anterior.

Vigilo desde las diez hasta las dos y media, pero no ocurre nada. Finalmente me voy a los trompicones a la cama donde pronto quedo dormido.



26 - LA MOTA LUMINOSA


Despierto de repente. Todavía está oscuro. Doy vueltas, una o dos veces, en mi empeño por volver a dormir pero no puedo. Me duele la cabeza ligeramente, y siento frío y calor alternativamente. Un poco después renuncio a seguir intentándolo y extiendo la mano por los fósforos. Encenderé mi vela y leeré un rato, quizá pueda dormir después. Durante unos pocos momentos busco a tientas, entonces mi mano toca la caja; pero mientras la abro me sobresalta ver una fosforescente mota de fuego brillando en medio de la oscuridad. Extiendo mi otra mano y la toco. Está en mi muñeca. Con un vago sentimiento de alarma, enciendo un fósforo rápidamente y miro, pero no veo nada, salvo un pequeño rasguño.

"¡Fantasías!", murmuro con medio suspiro de alivio. Luego el fósforo me quema los dedos y lo dejo caer de prisa. Mientras busco otro a tientas, la cosa brilla de nuevo. Ahora sé que no es mi imaginación. Esta vez enciendo una vela y examino el lugar con más atención. Hay una leve decoloración verdosa alrededor del rasguño. Me siento perplejo y preocupado. Entonces un pensamiento viene a mí. Recuerdo la mañana después de que la Cosa apareciera. Recuerdo que el perro lamió mi mano. Fue ésta, la del rasguño, aunque ni siquiera era consciente de la herida hasta ahora. Un miedo horrible se ha adueñado de mí. Se escurre en mi cerebro. La herida del perro brilla por la noche. Con una sensación de aturdimiento, me siento en la cama y trato de pensar, pero no puedo. Mi cabeza parece anestesiada con el absoluto horror de este nuevo miedo.

El tiempo transcurre sin notarlo. Una vez me levanto y trato de persuadirme a mí mismo de que estoy equivocado, pero es inútil. En mi corazón, no tengo dudas.

Hora tras hora permanezco sentado en la oscuridad y en el silencio, y me estremezco de desesperación...

El día vino y se fue, y es de noche otra vez.

Esta mañana, temprano, le disparé al perro y lo enterré lejos entre los arbustos. Mi hermana está sobresaltada y atemorizada, pero yo estoy desesperado. Además, es mejor así. La horrenda excrecencia casi le había cubierto el costado izquierdo. Y yo... el lugar en mi muñeca ha crecido perceptiblemente. Varias veces me he sorprendido murmurando oraciones, pequeñas cosas aprendidas cuando niño. ¡Dios, Dios Omnipotente, ayúdame! Me volveré loco.

Seis días, y no he comido nada. Es de noche. Estoy sentado en mi butaca. ¡Ah, Dios! ¿Alguno ha sentido jamás el horror de vida que he llegado a conocer? Estoy envuelto en terror. Todo el tiempo siento el fuego de este espantoso tumor. Me ha cubierto todo el brazo derecho y el costado, y empieza a trepar por el cuello. Mañana habrá cubierto mi cara. Me convertiré en una horrible masa de corrupción viviente. No hay escapatoria. Sin embargo, he tenido una idea nacida de la contemplación del estante de armas, al otro lado de la habitación. Lo he mirado otra vez, con el más extraño de los sentimientos. La idea crece dentro de mí. Dios, Tú Que Sabes, Tú debes saber que la muerte es mejor, sí, mil veces mejor que Esto. ¡Esto! ¡Jesús, perdóname, pero no puedo vivir así, no puedo, no puedo! ¡No me atrevo! Estoy más allá de cualquier ayuda, ya no queda nada. Al menos, me evitará ese horror final...

Creo que debo haber dormitado. Estoy muy débil, y ¡ay!, tan desdichado, tan desdichado y cansado... cansado. El crujir del papel me irrita el cerebro. Mi oído parece sobrenaturalmente agudo. Me sentaré un rato y pensaré.

¡Silencio! Escucho algo, abajo, abajo en los sótanos. Es un crujido. ¡Dios mío! Es la gran trampilla de roble al abrirse. ¿Qué puede estar haciéndolo? El rasguido de la pluma es ensordecedor... Debo prestar atención... Hay pasos en la escalera, extraños pasos apagados, que suben, se acercan... Jesús, sé misericordioso conmigo, un anciano. Hay algo que toquetea el picaporte. ¡Oh, Dios, ayúdame ahora! Jesús... La puerta se abre... lentamente... Alg...

«...»

Eso es todo17.



27 - CONCLUSIÓN


Dejé el manuscrito y lancé una mirada a Tonnison; estaba sentado y miraba fijo la oscuridad. Esperé un minuto; entonces hablé.

—¿Bien? —dije.

Se volvió lentamente y me miró. Sus pensamientos parecían estar a una gran distancia.

—¿Estaba loco? —pregunté, y señalé el manuscrito con un breve gesto de cabeza.

Tonnison se quedó mirándome, sin verme, durante un instante; luego volvió en sí y de repente comprendió mi pregunta.

—¡No! —exclamó.

Abrí la boca para manifestar mi opinión contraria, porque mi sentido de la sensatez de las cosas no me permitía aceptar la historia literalmente; pero la cerré otra vez, sin decir nada. De alguna manera, la seguridad en la voz de Tonnison despertó mis dudas. De repente me sentí menos seguro, aunque de ningún modo convencido todavía.

Después de unos momentos de silencio, Tonnison se levantó, tieso, y empezó a desvestirse. Parecía poco dispuesto a conversar, así que no dije nada y seguí su ejemplo. Estaba cansado, aunque todavía lleno de la historia que acababa de leer.

De alguna manera, mientras me envolvía en las mantas, volvió a mi mente el recuerdo de los viejos jardines, como los habíamos visto. Recordé el raro temor que el lugar había provocado en nuestros corazones, y empecé a sentir la convicción de que Tonnison tenía razón.

Era muy tarde cuando me levanté, casi mediodía porque pasamos la mayor parte de la noche leyendo el manuscrito.

Tonnison estaba gruñón y yo me sentía de mal humor. Era un día algo lúgubre y había un poco de frío en el aire. Ninguno de los dos mencionó salir a pescar. Comimos y después nos sentamos a fumar en silencio.

En ese momento, Tonnison me pidió el manuscrito; se lo entregué y pasó casi toda la tarde leyéndolo.

Mientras estaba en eso, se me ocurrió una idea.

—¿Qué dices si le echamos otra mirada a...? —hice un gesto hacia el río.

Tonnison alzó los ojos.

—¡Ni hablar! —dijo secamente; y de algún me sentí menos molesto que aliviado ante su respuesta.

Después de eso, lo dejé en paz.

Poco antes del té, levantó la vista y me miró curioso.

—Siento mucho, viejo amigo, si estuve un poco cortante contigo ahora —(ahora, ¡vaya, vaya!, no me ha hablado en las últimas tres horas)—, pero no iría allí otra vez —e hizo una seña con la cabeza— por nada que pudieras ofrecerme. ¡Uf! —y dejó a un lado esa historia del terror, la esperanza y la desesperación de un hombre.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano y fuimos a darnos nuestro baño acostumbrado; nos habíamos librado en parte de la depresión del día anterior; por eso tomamos las cañas cuando terminamos el desayuno y pasamos el día en nuestro deporte favorito.

Después de ese día, disfrutamos de nuestras vacaciones al máximo, aunque ambos esperábamos el momento cuando debía llegar nuestro cochero, porque estábamos tremendamente ansiosos por hacerle preguntas, y a través de él a la gente de la aldea, si alguno de ellos podía darnos información sobre ese extraño jardín, abandonado en el corazón de una zona casi desconocida del país.

Por fin llegó el día que esperábamos que el cochero viniera a recogernos. Llegó temprano, mientras todavía estábamos acostados; y lo primero que hizo fue abrir la tienda y preguntar si habíamos tenido buena pesca. Contestamos que sí, y entonces, los dos a la vez casi al unísono, le hicimos la pregunta que dominaba nuestras mentes. ¿Sabía él cualquier cosa sobre un antiguo jardín y un pozo enorme, y un lago, situados a unas millas río abajo, y también, alguna vez había escuchado hablar de una enorme casa en los alrededores?

No; no sabía nada; sin embargo, un momento, hace mucho tiempo había escuchado un rumor acerca de una vieja y gran casa que se erguía solitaria en el páramo; pero, si lo recordaba bien, era un lugar entregado a las hadas; o, si no era así, estaba seguro de que había habido algo «raro» en él; y de cualquier modo no había escuchado nada de eso desde hacía muchísimo tiempo, desde que era niño. No, no podía recordar nada en particular; de hecho, no sabía que recordara algo «en absoluto, en absoluto», hasta que le preguntamos.

—Mire —dijo Tonnison al ver que era todo lo que podía decirnos—, camine por el pueblo, mientras nos vestimos, y averigüe algo si puede.

Con un vago saludo, el hombre se fue a cumplir el encargo, mientras nos apresurábamos a ponernos la ropa; después de eso, empezamos a preparar el desayuno. Acabábamos de sentarnos, cuando regresó.

—Están todos en la cama los condenados perezosos, señor —dijo, con una repetición del saludo y lanzando una mirada apreciativa a las buenas cosas extendidas sobre el cofre de provisiones, que utilizábamos como mesa.

—Ah, bien, siéntese —contestó mi amigo—, y coma algo con nosotros. —El hombre obedeció sin dilación.

Después de desayunar, Tonnison lo envió otra vez con el mismo encargo, mientras nos quedábamos sentados a fumar. Estuvo fuera unos tres cuartos de hora y cuando regresó era evidente que había averiguado algo. Al parecer había entrado en conversación con un anciano del pueblo, quien probablemente sabía más —aunque fue poco— sobre la extraña casa que ninguna otra persona viva.

La esencia de este conocimiento fue que, en los años mozos de este «anciano» —y sabe Dios cuánto tiempo hacía de eso— existía una casa muy grande en el centro de los jardines, donde ahora sólo quedaba ese fragmento de ruina. Esta casa estuvo vacía durante mucho tiempo, años antes de su nacimiento. Era un lugar evitado por la gente del pueblo, como había sido evitado por sus padres antes que ellos. Se decían muchas cosas sobre ella, y todas eran de maldad. Nunca nadie se acercaba allí jamás, ni de día ni de noche. En el pueblo era sinónimo de todo lo impío y espantoso.

Y entonces, un día, un hombre, un extranjero, pasó cabalgando a través del pueblo y se desvió río abajo, en dirección a la Casa, como siempre la han llamado los aldeanos. Algunas horas después regresó cabalgando y tomó la misma dirección por la que había venido, hacia Ardrahan. Entonces, durante tres meses más o menos, no se supo nada. Al final de ese tiempo reapareció, pero ahora venía acompañado de una mujer mayor y una gran cantidad de asnos cargados con diversos artículos. Cruzaron el pueblo sin detenerse y se fueron directamente por la ribera del río, en dirección a la Casa.

Desde ese tiempo nadie los volvió a ver, salvo un hombre al que habían encargado que les llevase las provisiones necesarias todos los meses desde Ardrahan; en cuanto a este hombre, nadie jamás pudo hacerle hablar; evidentemente, estaba bien pagado por su molestia.

Pasaron los años sin incidentes en la pequeña aldea; el hombre hacía sus viajes mensuales a la Casa, con regularidad.

Un día, apareció como siempre en su encargo acostumbrado. Cruzó el pueblo sin intercambiar con sus habitantes más que un hosco saludo con la cabeza y se fue hacia la Casa. Por lo general se hacía de noche antes de que hiciera el viaje de regreso. En esta ocasión, sin embargo, reapareció en el pueblo pocas horas después, en un extraordinario estado de agitación y con la asombrosa información de que la Casa había desaparecido físicamente, y que ahora se abría un tremendo pozo en el lugar.

Esta noticia, al parecer, excitó tanto la curiosidad de los aldeanos que vencieron sus temores y marcharon, en masa, al lugar. Allí encontraron todo tal como lo había descrito el carretero.

Y esto es cuanto hemos podido saber del autor del manuscrito; quién era y de dónde vino, nunca lo sabremos.

Su identidad está enterrada para siempre, como al parecer deseaba.

Ese mismo día abandonamos el solitario pueblo de Kraighten. Desde entonces no hemos vuelto por allí.

A veces, en mis sueños, veo ese enorme pozo rodeado por todos lados de árboles y arbustos. Y el ruido del agua que se eleva y se funde —en mis sueños— con otros ruidos más bajos, mientras que, por encima de todo, se extiende el eterno sudario de rocío.


NOTAS
1 . Descubrí estas líneas, redactadas a lápiz, en un trozo de papel pegado en la guarda del Manuscrito. Parecen haber sido escritas en una fecha anterior al mismo
2 . Una interpolación al parecer sin sentido. No puedo encontrar en el manuscrito ninguna referencia previa a esta cuestión. Sin embargo, se hace más clara a la luz de los acontecimientos subsiguientes. (Nota del Editor)
3 . Aquí, la escritura se vuelve indescifrable, por la condición deteriorada de esta parte del manuscrito. Abajo imprimo los fragmentos que son legibles. (Nota del Editor)
4 . El más duro escrutinio no me ha permitido descifrar más de la parte deteriorada del manuscrito. Comienza a ser legible otra vez en el capítulo titulado "El ruido en la noche". (Nota del Editor)
5 . El Ermitaño lo usa como una ilustración, evidentemente en el sentido de la concepción popular de un cometa. (Nota del Editor)
6 . Es evidente que se refiere a algo que se fue en las páginas perdidas y mutiladas. Vea Fragmentos, Capítulo 14. (Nota del Editor)
7 . No se hace ninguna mención posterior de la luna. De lo que se dice aquí, es evidente que nuestro satélite había incrementado enormemente su distancia de la Tierra. Posiblemente, en una era posterior puede incluso haber escapado de nuestra atracción. No puedo sino lamentar que no se arroje ninguna luz sobre este punto. (Nota del Editor)
8 . Posiblemente, aire congelado. (Nota del Editor)
9 . Ver nota previa al pie de página. Esto explicaría la nieve (?) dentro de la habitación. (Nota del Editor)
10 . Estoy confundido porque ni aquí, ni más adelante, el Ermitaño menciona otra vez el continuo movimiento del sol, al norte y al sur (aparente, por supuesto), de solsticio a solsticio. (Nota del Editor)
11 . En este momento, la atmósfera que transmite sonido debe haber estado increíblemente atenuada, o más probablemente inexistente. A la luz de esto, no se puede suponer que estos ruidos, o cualquier otro, hayan sido evidentes a los oídos de los vivos, escuchados tal como nosotros, en el cuerpo material, comprendemos ese sentido. (Nota del Editor)
12 . Sólo puedo suponer que el tiempo del viaje anual de la Tierra había dejado de tener su actual proporción relativa con el período de rotación del sol. (Nota del Editor)
13 . Una cuidadosa lectura del manuscrito sugiere que el sol se desplaza en una órbita de gran excentricidad, o se acerca a la estrella verde en una órbita en disminución. Y en este momento, entiendo que finalmente será arrancado directamente de su curso oblicuo por la atracción gravitacional de la inmensa estrella. (Nota del Editor)
14 . Se observa que aquí la Tierra " lentamente cruzó la tremenda cara del sol muerto". No se brinda ninguna explicación sobre esto, y debemos llegar a la conclusión de que el tiempo había disminuido su velocidad, o la tierra en realidad avanzaba sobre su órbita muy lentamente, si lo medimos según los estándares existentes. De todos modos, un cuidadoso estudio del manuscrito me lleva a la conclusión de que el tiempo había estado disminuyendo su velocidad regularmente, durante un período muy considerable. (Nota del Editor)
15 . Vea primera nota al pie de página, capítulo 18.
16 . Sin duda, la masa con bordes en llamas del Sol Central Muerto, visto desde otra dimensión. (Nota del Editor)
17 . Por la palabra incompleta es posible seguir, sobre el manuscrito, un débil rastro de tinta que sugiere que la pluma fue arrastrada sobre el papel; posiblemente, por el terror y la debilidad. (Nota del Editor)

Título original: The House on the Borderland
Traducido por Graciela Lorenzo Tillard © 2008



William Hope Hogdson (1875-1918) era hijo de un clérigo de Essex. Teniendo trece años dejó su casa y se embarcó, sirviendo durante ocho años en la British Merchant Navy. Realizó tres viajes alrededor del mundo, recibiendo en una oportunidad la condecoración de la Royal Humane Society por salvar una vida en el mar. Retornó a Lancashire, el lugar de su nacimiento, donde intentó algunos negocios que no tuvieron éxito, y donde comenzó a escribir sus primeros cuentos de horror con los que obtuvo una inesperada y rápida fama. Tenía treinta años cuando publicó su primera novela, que lo hizo popular en Inglaterra, país que siempre ha sido afecto a la literatura fantástica. En 1913 se casó con el gran amor de su juventud y se radicó en el sur de Francia, donde se dedicó a escribir una serie de extrañas y brillantes novelas, así como volúmenes de cuentos y poemas. Su familia cuenta que tenía un gran sentido del humor, y que gustaba gastar toda suerte de bromas a sus ocho hermanos. Su fotografía sugiere un joven sensible, melancólico y atractivo. Al comenzar la Primera Guerra Mundial regresó a Inglaterra y se alistó en la caballería. Allí se hirió al caer de un caballo y fue trasladado a una brigada de la Royal Artillery, con la que combatió en Ypres, siendo distinguido por su valor. Estando en un puesto de observación, fue alcanzado por una granada de obús al efectuar una arriesgada misión de reconocimiento. Su cuerpo fue literalmente hecho pedazos, y sus restos nunca fueron encontrados. Tenía entonces cuarenta y dos años.
En Axxón hemos publicado su novela LOS PIRATAS FANTASMAS y el cuento LA CASA ENTRE LOS LAURELES.

Biografía - Más sobre el autor

Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento clásico de autor inglés (Cuentos: Fantástico: Horror: Sobrenatural: Inglaterra: Inglés).

            

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