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LA CASA EN EL CONFÍN DE LA TIERRA(Novela clásica)William Hope Hodgson |
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![]() CONVOCAMOS a presentar CUENTOS BREVES de hasta 1000 palabras |
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Del Manuscrito descubierto en 1877 por los señores Tonnison y Berreggnog, en las ruinas que se encuentran al sur del pueblo de Kraighten, en el oeste de Irlanda. Publicado aquí, con notas.
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(cuyos pies pisan los eones perdidos) |
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR AL MANUSCRITO
Muchas son las horas que he cavilado sobre la historia consignada en las páginas que siguen. Confío que mi instinto no esté equivocado al impulsarme a dejarlo en toda su simpleza, tal como me fue entregado.
En cuanto al propio manuscrito... Debería verme cuando fue confiado a mi cuidado, lo abrí con curiosidad, le eché una ojeada rápida y sin orden. Es un libro pequeño pero grueso; todo él, salvo unas pocas páginas del final, repleto de una escritura curiosa aunque legible, y de letra apretada. Ahora, mientras escribo, siento su olor raro, desvaído, húmedo en las ventanas de mi nariz, y mis dedos conservan recuerdos subconscientes del tacto blando, «pesado», de sus páginas húmedas durante tanto tiempo.
Lo leí y, al leerlo, levanté las Cortinas de lo Imposible que ciegan la mente, y me asomé a lo desconocido. Vagué entre las frases rígidas y bruscas; y no pude ya rechazar su tremenda eficacia narrativa; pues esta historia mutilada es capaz de plasmar, muchísimo mejor que mi ambiciosa fraseología, todo lo que el viejo Recluso de la desaparecida casa se había esforzado en contar.
Diré poco de la simple y tensa relación de cosas extraordinarias y bizarras. La tiene ante usted. La historia interior debe ser develada personalmente por cada lector, según su capacidad y deseo. E incluso alguno podría no ver, como la veo ahora, la sombría imagen y concepción de eso a lo que uno bien podría dar las aceptadas denominaciones de Cielo e Infierno; puedo prometer, sin embargo, que experimentará ciertas emociones, aún tomando el relato como mero relato.
WlLLIAM HOPE HODGSON
«Graneifion», Borth, Cardiganshire
17 de diciembre de 1907
PENA1
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¡Hambre feroz reina en mi pecho, |
1 - EL HALLAZGO DEL MANUSCRITO
Al oeste de Irlanda existe una pequeña aldehuela llamada Kraighten. Está situada, solitaria, al pie de una baja colina. En torno a ella se extiende una inmensa zona desértica, totalmente inhóspita, donde, aquí y allá, a trechos muy dispersos, uno puede descubrir las ruinas de alguna cabaña abandonada tiempo atrás, sin techumbre y desierta. Toda la región está desnuda y despoblada, y la misma tierra apenas cubre la roca que yace debajo, que es abundante, y emerge del suelo en crestas que adoptan la forma de un oleaje.
Sin embargo, a pesar de su desolación, mi amigo Tonnison y yo habíamos elegido pasar allí nuestras vacaciones. Él había tropezado con este lugar por pura casualidad el año anterior, en el curso de un largo viaje a pie, y había descubierto las posibilidades para el pescador de un riachuelo sin nombre que corre más allá de los límites de la aldea.
He dicho que el río carece de nombre; puedo añadir que ninguno de los mapas que he consultado hasta ahora traen el pueblo ni el pequeño río. Parecen haber escapado enteramente a toda observación: en efecto, podían no haber existido nunca, a juzgar por lo que las guías corrientes nos dicen. Posiblemente, esto pueda explicarse por el hecho de que la estación de ferrocarril más próxima (Ardrahan) está a unos sesenta y cuatro kilómetros de distancia.
Fue en las primeras hora de una cálida noche cuando mi amigo y yo llegamos a Kraighten. Habíamos arribado a la estación de Ardrahan la noche anterior; dormimos en unas habitaciones que alquilamos en la oficina de correo del pueblo, y salimos a la mañana siguiente, mal encaramados a uno de esos típicos coches para excursiones.
Nos llevó un día entero efectuar este viaje por uno de los caminos más escabrosos imaginables, con el resultado de que quedamos completamente agotados y de mal humor. Sin embargo, teníamos que instalar la tienda y ordenar nuestras cosas, antes de siquiera pensar en comer o descansar. Así que nos pusimos a trabajar, ayudados por nuestro cochero, y pronto tuvimos la tienda instalada en un pequeño trozo de terreno en las afueras de la aldea, muy cerca del río.
Luego, una vez guardadas todas nuestras pertenencias, despedimos al cochero, ya que debía emprender el regreso lo antes posible, diciéndole que volviese a recogernos en quince días. Habíamos traído suficientes provisiones para todo ese tiempo y podíamos tomar el agua del río. No necesitábamos combustible, ya que incluimos una pequeña cocina de petróleo en nuestro equipo, y el clima era cálido y agradable.
Fue idea de Tonnison acampar en vez de buscar alojamiento en una de las casas. Como él dijo, no tenía gracia dormir en una habitación con una numerosa familia de saludables irlandeses en un rincón y la pocilga en otro, mientras desde arriba una andrajosa colonia de gallinas y pollos distribuía sus bendiciones sin discriminación, en un ambiente tan lleno de humo de carbón que perderías la cabeza en un estornudo en cuanto pasaras por la puerta.
Tonnison había encendido ahora la cocina, y estaba ocupado cortando lonchas de tocino y echándolas en la sartén; de modo que cogí la pava y bajé al río por agua. En el camino, tuve que pasar cerca de un grupo de aldeanos que miraba con curiosidad pero sin hostilidad, aunque ninguno me dirigió la palabra.
Cuando volvía con mi pava llena, llegué hasta ellos, y tras saludarlos con un gesto de cabeza, al que contestaron de igual manera, les pregunté como al pasar sobre la pesca; pero en vez de responder sacudieron la cabeza en silencio y se quedaron mirándome. Repetí la pregunta, dirigiéndome en particular a un individuo alto y flaco que tenía junto a mi codo, pero tampoco obtuve respuesta. Entonces el hombre se volvió a un camarada y le dijo algo rápidamente en una lengua que yo no entendí; de inmediato todo el pequeño grupo empezó a parlotear en lo que, al cabo de unos momentos, adiviné que era irlandés puro. Al mismo tiempo me echaron varios vistazos. Durante un minuto, quizá, conversaron entre ellos de este modo; luego el hombre al que me había dirigido se volvió hacia mí y me dijo algo. Por la expresión de su rostro supuse que él, a su vez, me preguntaba; pero ahora me tocó a mí sacudir la cabeza e indicarle que no comprendía qué querían saber; de modo que nos quedamos así, mirándonos, hasta que oí que Tonnison me gritaba que me diese prisa con la pava. Entonces, con una sonrisa y un cabeceo, los dejé, y el pequeño grupo sonrió y cabeceó, aunque sus caras aún traicionaban su perplejidad.
Era evidente, reflexioné mientras me dirigía hacia la tienda, que los habitantes de estas pocas cabañas del páramo no sabían una palabra de inglés; y cuando se lo dije a Tonnison éste comentó que ya se había dado cuenta de ese hecho, y más aún, que no era en absoluto poco común en esta parte del país, donde a menudo la gente vivía y moría en sus aisladas aldeas sin haber tenido jamás un contacto con el mundo exterior.
Me habría gustado tener al cochero con nosotros, para que hubiese hecho de intérprete, antes de marcharse observé, mientras nos sentábamos a comer. Les resultará muy extraño a las gentes de este lugar no saber siquiera a qué hemos venido.
Tonnison gruñó un asentimiento, y a continuación se quedó callado durante un rato.
Más tarde, una vez algo saciado nuestro apetito, empezamos a hablar, haciendo planes para la mañana siguiente; luego, tras fumar un rato, cerramos las solapas de la tienda y nos dispusimos a dormir.
¿Crees que hay posibilidad de que estos individuos se lleven algo? pregunté, mientras nos envolvíamos en nuestras mantas.
Tonnison dijo que no lo creía, al menos mientras estuviésemos nosotros cerca; y mientras seguía con sus explicaciones pudimos guardar todo, salvo la propia tienda, en el gran cofre que habíamos traído para poner las provisiones. Coincidí con él y no tardamos en dormirnos los dos.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano y fuimos a bañarnos al río, después de lo cual nos vestimos y desayunamos. Luego sacamos nuestros avíos de pesca y los repasamos; ordenamos un poco los enseres del desayuno, lo guardamos todo en la tienda y nos encaminamos hacia el lugar que mi amigo había explorado en su visita anterior.
Durante el día tuvimos suerte en la pesca; nos dedicamos a remontar constantemente la corriente, y hacia el atardecer teníamos una de las más preciosas cestas de pescado que yo había visto en mucho tiempo. De regreso al pueblo, preparamos una buena comida con el botín del día, después de lo cual, y tras seleccionar unos cuantos de los más bellos pescados para nuestro desayuno, regalamos el resto al grupo de aldeanos que se había congregado a respetuosa distancia para ver lo que hacíamos. Se mostraron indeciblemente agradecidos y derramaron infinidad de bendiciones irlandesas, según me pareció a mí, sobre nuestras cabezas.
Así pasamos varios días, disfrutando de un espléndido deporte y de un enorme apetito que hacía justicia a nuestras capturas. Tuvimos la satisfacción de ver que los lugareños se mostraban muy serviciales y que no se habían atrevido a tocar nuestras cosas mientras estábamos ausentes.
Llegamos a Kraighten un martes, y sería el domingo siguiente cuando hicimos un gran descubrimiento. Hasta entonces habíamos ido siempre río arriba; ese día, sin embargo, dejamos a un lado nuestras cañas, tomamos algunas provisiones y emprendimos una larga excursión en dirección contraria. El día era cálido y caminamos sin prisa, deteniéndonos hacia mediodía para almorzar sobre una gran roca plana próxima a la orilla del río. Después, permanecimos sentados y fumamos un rato, reanudando nuestra marcha sólo cuando nos cansamos de estar sentados.
Durante quizá otra hora seguimos andando, charlando tranquila y agradablemente sobre temas diversos, y en varias ocasiones nos detuvimos para que mi compañero que es un poco artista tomase rápidos apuntes de algún aspecto sorprendente del agreste paisaje.
Y entonces, sin previo aviso, el río que seguíamos con tanta confianza terminó de súbito, desapareciendo bajo tierra.
¡Dios mío! dije. ¿Quién lo iba a suponer?
Y me quedé mudo de asombro; luego me volví a Tonnison. Estaba mirando, con una expresión vacía en su rostro, el lugar donde el río desaparecía.
Un instante después, dijo:
Sigamos un poco, puede que reaparezca otra vez; de cualquier modo, vale la pena investigar.
Asentí y reanudamos la marcha, una vez más, aunque un poco a la ventura; no sabíamos en qué dirección continuar nuestra búsqueda. Proseguimos durante una milla tal vez; luego Tonnison, que había estado mirando los alrededores con curiosidad, se detuvo y se protegió los ojos haciéndose sombra.
¡Mira! dijo, al cabo de un momento, ¿no hay una bruma, o lo que sea, allá a la derecha, a la altura de aquella enorme roca? y señaló con la mano.
Miré y un minuto después me pareció ver algo, aunque no estaba seguro, y se lo dije.
De todos modos dijo mi amigo, iremos hasta allí y echaremos un vistazo. Y emprendió la marcha en la dirección que había indicado, conmigo a la zaga. Poco después nos adentramos en una zona de arbustos, y trepamos la escarpada loma, desde la que descubrimos un paraje agreste lleno de árboles y vegetación. Parece como si hubiésemos encontrado un oasis en este desierto de piedra murmuró Tonnison, mientras contemplaba el panorama con interés. Luego se quedó callado, con los ojos fijos; y yo miré también, porque desde algún punto en el centro de la boscosa depresión se elevaba en el aire quieto una gran columna de bruma o rocío, sobre la que incidía el sol, componiendo innumerables arco iris.
¡Qué maravilloso! exclamé.
Sí convino Tonnison, pensativo. Debe haber allí una catarata o algo parecido. Quizá sea nuestro río que sale a la luz otra vez. Vayamos a ver.
Nos abrimos paso pendiente abajo y nos internamos entre los árboles y matorrales. Los arbustos formaban una densa maraña y los árboles se cerraban sobre nuestras cabezas, de forma que el lugar resultaba lúgubre y sombrío. Pero no había bastante oscuridad para ocultar el hecho de que muchos de los árboles eran frutales, y que, aquí y allá, podía distinguir vagamente los vestigios de un cultivo abandonado mucho tiempo atrás. Por eso se me ocurrió que nos estábamos abriendo paso en la lujuriante maraña de un inmenso y antiguo jardín. Se lo dije a Tonnison y coincidió en que, efectivamente, todo indicaba que era así.
¡Qué lugar tan tétrico y oscuro! De alguna manera, mientras avanzábamos, se apoderó de mí la sensación de callada soledad y abandono del viejo jardín, y sentí un escalofrío. Uno podía imaginar extraños seres acechando entre los espesos arbustos; mientras, en el mismo aire del lugar, parecía haber algo misterioso. Creo que Tonnison era consciente de esto, también, aunque no decía nada.
De repente, nos detuvimos. A través de los árboles había llegado a nuestros oídos un rumor distante. Tonnison se inclinó hacia adelante y prestó atención. Ahora lo podía oír con más claridad; era continuo y áspero, una especie de rugido ronco que parecía provenir de muy lejos. Experimenté una vaga e indescriptible sensación de nerviosismo. ¿En qué clase de lugar nos habíamos metido? Miré a mi compañero para ver qué pensaba, pero su cara sólo reflejaba perplejidad; y entonces, mientras leía su semblante, afloró a él una expresión de comprensión, y asintió.
Es una catarata exclamó convencido. Ahora reconozco el ruido. Y empezó a abrirse paso vigorosamente entre los matorrales, en dirección al rumor.
A medida que avanzábamos, el ruido se fue haciendo más claro, lo que indicaba que caminábamos directo hacia él. El rugido crecía y crecía, de manera constante, cada vez más cerca, hasta que, como señalé a Tonnison, casi parecía brotar de debajo mismo de nuestros pies, aunque seguíamos rodeados de árboles y de matorrales.
¡Cuidado! me gritó Tonnison. ¡Mira dónde pisas!
De repente, salimos de entre los árboles a un gran espacio despejado, donde, a menos de seis pasos, se abría la boca de un tremendo precipicio, desde cuyas profundidades parecía emerger el ruido, junto con la continua nube de rocío que habíamos divisado desde lo alto del lejano ribazo.
Durante un minuto entero permanecimos en silencio, contemplando embobados el espectáculo; luego mi amigo avanzó con cautela hasta el borde del abismo. Le seguí y juntos nos asomamos a través de la furia de rocío a una monstruosa catarata de agua espumeante que saltaba como chorro desde el costado, a unos cien pies por debajo de nosotros.
¡Buen Dios! exclamó Tonnison.
Yo guardé silencio, impresionado. El espectáculo era inesperadamente grandioso y sobrecogedor; aunque esta última cualidad se me hizo más patente más adelante.
Luego alcé los ojos hasta el otro lado del precipicio. Allá, por encima de la niebla, se erguía una oscura silueta: parecían los restos de unas ruinas enormes. Toqué a Tonnison en el hombro. Éste miró a su alrededor, sobresaltado, y le señalé la silueta. Su mirada siguió mi dedo y sus ojos se iluminaron con un súbito destello de excitación cuando tropezaron con ella.
¡Vamos! gritó por encima del alboroto. Le echaremos un vistazo. Hay algo raro en este lugar; lo siento en los huesos. Y nos pusimos en marcha, rodeando el borde de aquella especie de cráter. A medida que nos acercábamos a este nuevo lugar, fui comprobando que no me había equivocado en mi primera impresión: era indudablemente parte de las ruinas de un edificio; sin embargo, ahora distinguía que no estaba construido en el mismo borde del abismo, como había supuesto al principio, sino que estaba encaramado casi en el último extremo de un gigantesco espolón rocoso que sobresalía unos cincuenta o sesenta pies por encima del abismo. De hecho, la irregular masa de ruinas estaba literalmente suspendida en el aire.
Alcanzado el otro lado, nos dirigimos hacia el saliente del espolón, y debo confesar que experimenté una insoportable sensación de terror al asomarme desde aquella vertiginosa cornisa a las oscuras profundidades de abajo, de las que surgían el trueno de la catarata y el sudario de rocío.
Al llegar a las ruinas, gateamos con cautela a su alrededor, y en el extremo más alejado tropezamos con un montón de piedras y bloques desprendidos. Las mismas ruinas me parecían, mientras ahora las examinaba minuciosamente, una parte del muro exterior de alguna construcción prodigiosa, con mucho espesor y sólidamente construido. Sin embargo, no pude conjeturar por ningún medio qué función desempeñaba en semejante sitio. ¿Dónde estaba el resto de la casa, o castillo, o lo que hubiese sido?
Regresé a la parte exterior del muro y de allí al borde del precipicio; Tonnison hurgaba sistemáticamente entre el montón de piedras y escombros del otro lado. Entonces empecé a examinar la superficie del terreno, cerca del borde del abismo, para ver si quedaban más restos del edificio al que evidentemente éstos pertenecían. Pero aunque lo hice con el mayor cuidado, no pude descubrir vestigio alguno que indicase que un edificio se alzaba en este lugar, de modo que me sentí más confundido que nunca.
Entonces oí el grito de Tonnison; me llamaba, excitado, y eché a correr sin dilación por el promontorio rocoso de las ruinas. Primero pensé que se había hecho daño; luego se me ocurrió que quizá había descubierto algo.
Llegué a la pared desmoronada y di la vuelta a su alrededor. Encontré a Tonnison de pie, dentro de una pequeña excavación que había hecho entre los escombros: le estaba quitando la suciedad a algo que parecía un libro, muy arrugado y deteriorado, y abría la boca, cada dos o tres segundos, para aullar mi nombre. Tan pronto como vio que ya había llegado, me tendió el botín, diciéndome que lo guardase en mi mochila, mientras él continuaba sus excavaciones. Así lo hice, aunque no sin antes deslizar mis dedos entre sus páginas y notar que estaban repletas de una escritura cuidadosa, anticuada, completamente legible, salvo una parte donde las páginas estaban casi destruidas, embarradas y arrugadas, como si hubiese quedado doblado por esa parte. Según me dijo Tonnison, así era como lo había encontrado, en realidad, y el deterioro se debía, sin duda, al derrumbe de la albañilería sobre él. Curiosamente, sin embargo, el libro estaba bastante seco, lo que imagino se debía a haber estado muy bien enterrado entre las ruinas.
Después de poner a salvo el libro, bajé y eché una mano a Tonnison en su auto-impuesta tarea de excavar; sin embargo, a pesar de que estuvimos trabajando con denuedo más de una hora revolviendo el montón de piedras y cascotes, sólo encontramos unos trozos de madera, que podían haber sido parte de un escritorio o mesa; de modo que dejamos de buscar y retrocedimos por la roca hasta la seguridad del terreno firme.
Seguidamente, dimos un rodeo completo al tremendo abismo que, según pudimos observar, tenía la forma de un círculo casi perfecto, salvo en el lugar donde sobresalía el espolón rocoso coronado por las ruinas, arruinando la simetría.
El abismo no era, según opinión de Tonnison, otra cosa que una gigantesca sima o pozo que penetraba vertical en las entrañas de la tierra.
Durante algún tiempo más, seguimos mirando a nuestro alrededor; y entonces, al notar un espacio despejado al norte del precipicio, dirigimos nuestros pasos en esa dirección.
Allí, a unos centenares de yardas de la boca del imponente pozo, encontramos un gran lago de aguas silenciosas, silenciosas salvo en un lugar donde había un constante burbujeo y gorgoteo.
Ahora, lejos del ruido de la atronadora catarata, pudimos oírnos el uno al otro sin tener que gritar a voz en cuello; le pregunté qué pensaba del lugar. Por mi parte, le dije que no me gustaba, y que cuanto antes nos marcháramos, mejor.
Él asintió, y miró furtivamente hacia el bosque que habíamos dejado atrás. Le pregunté si había visto u oído algo. No me contestó, pero se quedó callado, como escuchando, y yo guardé silencio también.
De repente, habló.
¡Escucha! dijo vivamente. Lo miré a él y luego me volví hacia los árboles y arbustos, conteniendo la respiración sin querer. Transcurrió un minuto de tenso silencio; sin embargo, no pude oír nada, y me volví hacia Tonnison para decírselo; y entonces, cuando ya había abierto la boca para hablar, se oyó un extraño lamento en el bosque, a nuestra izquierda. Parecía flotar entre los árboles, un susurro de hojas. Y luego silencio
Tonnison habló y me puso la mano en el hombro.
Salgamos de aquí dijo, y comenzó a caminar despacio hacia donde la espesura de árboles y matorrales parecía menos densa. Mientras lo seguía, observé de repente que el sol estaba bajo, y que en el aire había una definitiva sensación glacial.
Tonnison no dijo nada más, sino que siguió andando sin aminorar la marcha. Ahora avanzábamos entre los árboles y yo miré a mi alrededor, nervioso, pero no vi nada, salvo ramas quietas y troncos y arbustos enmarañados. Seguimos caminando; ningún ruido quebró el silencio excepto el ocasional chasquido de alguna ramita bajo nuestros pies, a nuestro paso. Sin embargo, a pesar de la quietud, tenía la horrible sensación de que no estábamos solos; y me pegué tanto a Tonnison, que dos veces le pisé torpemente los talones; él no dijo nada. En dos minutos llegamos a los confines del bosque y salimos por fin a las desnudas rocas del campo. Sólo entonces fui capaz de sacudirme el obsesionado miedo que me había seguido entre los árboles.
Una vez, mientras nos alejábamos, me pareció escuchar de nuevo el sonido distante de un lamento, y me dije a mí mismo que sin duda era el viento, aunque la tarde estaba serena.
Ahora Tonnison empezó a hablar.
Mira dijo con decisión, no pasaría una noche en ese lugar ni por todo el oro del mundo. Hay algo profano, diabólico, en él. Lo he sentido de pronto, justo después de que hablaras. Me parece que el bosque está lleno de seres malignos. ¡Ya sabes!
Sí contesté, y volví la mirada hacia el lugar; pero estaba oculto por una elevación del terreno. Tenemos el libro dije, y puse una mano sobre la mochila.
¿Lo has guardado bien? preguntó, con súbita ansiedad.
Sí respondí.
Tal vez prosiguió mi amigo sepamos algo por él cuando volvamos a la tienda. Será mejor que nos demos prisa; todavía estamos muy lejos y ahora no me gustaría quedar atrapado aquí por la oscuridad.
Dos horas más tarde llegábamos a la tienda y, sin demora, nos pusimos a preparar la cena, pues no habíamos comido nada desde el almuerzo al mediodía.
Terminada la cena, retiramos las cosas y encendimos nuestras pipas. Entonces Tonnison me pidió que sacase el manuscrito de la mochila. Así lo hice, y como no lo podíamos leer los dos al mismo tiempo, sugirió que yo leyese en voz alta.
Y procura me previno, conociendo mis inclinaciones no saltarte la mitad del libro.
Sin embargo, de haber tenido idea de su contenido, se habría dado cuenta de qué tan innecesaria era tal advertencia, por esta vez al menos. Y allí sentados en la abertura de nuestra pequeña tienda, empecé el extraño relato de La Casa en el Confín de la Tierra (pues tal era el título del manuscrito), que ahora se narra en las páginas siguientes.
«...»
Soy un anciano. Aquí vivo, en esta antigua casa rodeada de enormes jardines descuidados.
Los campesinos que habitan el páramo dicen que estoy loco. Lo dicen porque no tendré nada que hacer con ellos. Vivo aquí solo con mi vieja hermana, que es también mi ama de llaves. No tengo sirvientes... los odio. Tengo un amigo, un perro; sí, prefiero tener al viejo Pepper que a todo el resto de la creación. Él, al menos, me comprende y tiene el sentido común de dejarme solo cuando estoy de mal humor.
He decidido empezar una especie de diario; esto me permitirá expresar algunos pensamientos y sensaciones que no puedo compartir con nadie; pero, más allá de eso, estoy ansioso por registrar todas las cosas extrañas que he visto y oído a lo largo de los muchos años de soledad en este misterioso edificio.
Durante un par de siglos esta casa ha tenido su reputación, mala, y cuando la compré hacía más de ochenta años que nadie vivía en ella, en consecuencia, la conseguí por un precio ridículamente pequeño.
No soy supersticioso, pero he dejado de negar que suceden cosas en ella... cosas que no puedo explicar; por lo tanto, necesito aliviar mi espíritu anotando una relación con mi mejor capacidad; aunque, si éste, mi diario, fuera alguna vez leído después de mi muerte, el lector sacudirá la cabeza y quedará aún más convencido de que estaba loco.
¡Qué antigua es esta casa! Aunque su edad sorprende menos, quizá, que la singularidad de su estructura, que es curiosa y fantástica en grado extremo. Predominan las pequeñas torres cilíndricas y los pináculos, cuyas siluetas sugieren llamas movedizas, mientras que el cuerpo del edificio tiene la forma de un círculo.
He oído decir que existe una vieja historia, contada entre la gente del país, sobre que fue el diablo quien construyó el lugar. De cualquier manera, que sea como sea. Verdad o no, no lo sé ni me importa, salvo que contribuyó a abaratarla antes de que yo viniera.
Debo haber vivido aquí unos diez años antes de ver alguna cosa que justificara creer en las historias sobre esta casa y que circulaban en la vecindad. Es cierto que había visto, al menos en una docena de ocasiones, vagamente, cosas que me desconcertaron, y quizá las sentí más que verlas. Luego, a medida que pasaban los años y envejecía, a menudo fui consciente de algo invisible, aunque inequívocamente presente, en las habitaciones y corredores vacíos. Sin embargo, pasaron muchos años antes de ver cualquier manifestación real de lo supuestamente sobrenatural.
No era Noche de Difuntos. Si tuviese la intención de contar un cuento por diversión, probablemente lo situaría en esa noche de noches; pero esto es un verdadero registro de mis propias experiencias y no pondría la pluma sobre el papel para divertir a nadie. No. Era pasada la medianoche del 21 de enero. Estaba sentado leyendo en mi estudio, como es a menudo mi costumbre. Pepper yacía, dormido, cerca de mi butaca.
De manera inesperada, las llamas de las dos velas disminuyeron y luego brillaron con luz verdosa, espectral. Alcé la vista con rapidez, y mientras lo hacía vi que adquirían una coloración rojiza, mortecina, de modo que la habitación quedó iluminada con un extraño crepúsculo denso y carmesí que daba a las sombras detrás de las sillas y mesas una negrura de doble profundidad; y dondequiera que la luz tocaba era como si una sangre luminosa hubiera salpicado la habitación.
Abajo, en el suelo, oí un débil gemido temeroso y algo se acurrucó entre mis pies. Era Pepper, que buscaba refugio bajo mi bata. ¡Pepper, que era habitualmente tan bravo como un león!
Fue este movimiento del perro, creo, lo que me hizo sentir la primera punzada de miedo real. Quedé considerablemente sobresaltado cuando las luces ardieron verdes, y luego rojas; pero estaba en ese momento bajo la impresión de que el cambio era debido a la presencia de algún gas nocivo en la habitación. Luego, sin embargo, vi que no era así, y que las velas ardían con llama viva y firme, y no mostraban signos de apagarse, como habría sido el caso de que el fenómeno se debiera a humos en la atmósfera.
No me moví. Me sentía muy atemorizado, pero no pude pensar en hacer otra cosa que esperar. Durante un minuto, tal vez, recorrí la habitación con la mirada, nervioso. Entonces noté que las llamas habían empezado a bajar, muy lentamente, hasta que en poco tiempo fueron dos diminutos puntos de fuego rojo, como el brillo de rubíes en la oscuridad. Sin embargo, seguí sentado y observando, mientras una especie de soñolienta indiferencia parecía invadirme, disipando todo el miedo que había empezado a invadirme.
En el extremo opuesto de esta enorme habitación anticuada capté un leve resplandor. Aumentó sin pausa hasta llenar el lugar con destellos de una luz verde y temblorosa; entonces bajó con rapidez y cambió, tal cual las llamas de las velas, a un carmesí oscuro, sombrío, que se fortaleció e iluminó la habitación con un torrente de espantosa gloria.
La luz provenía del muro del fondo y se hacía cada vez más brillante, hasta que su intolerable luminosidad me dañó los ojos y los cerré, sin querer. Transcurrieron unos segundos antes de poder abrirlos otra vez. Lo primero que noté fue que la luz había disminuido mucho, de modo que ya no dañaba mi vista. Luego, mientras se volvía más tenue percibí, todo al mismo tiempo, que en lugar de ver su rojez estaba mirando a través de ella y a través de la misma pared.
Gradualmente, a medida que me acostumbraba a la idea, me fui dando cuenta de que me asomaba a una inmensa planicie, iluminada por el mismo sombrío crepúsculo que inundaba la habitación. Apenas podía concebir la inmensidad de esta llanura. No podía divisar sus márgenes en parte alguna. Parecía extenderse en ancho y largo, de modo que la vista no alcanzaba a percibir ningún confín. Lentamente, los detalles de las partes más próximas comenzaron a aclararse; entonces, casi en un instante, la luz murió y la visión si es que era una visión se destiñó y desapareció.
De repente, fui consciente de que ya no estaba sentado en la butaca. En cambio, me hallaba suspendido en el aire, por encima de ella, y miraba hacia abajo hacia algo tenue, arrebujado y silencioso. Un momento después, una ráfaga fría me arrastró y estaba afuera en la noche, flotando como una burbuja a través de la oscuridad. Mientras me movía, un frío helado pareció envolverme; me estremecí.
Después de un rato, miré a derecha e izquierda y vi la intolerable negrura de la noche, penetrada por remotos resplandores de fuego. Seguía hacia arriba, hacia afuera. Una vez miré hacia atrás y vi la Tierra como una pequeña luna creciente de luz azul, retrocediendo hacia mi izquierda. Más lejos, el sol, una salpicadura de llama blanca, ardía vivamente contra las tinieblas.
Pasó un tiempo indefinido. Entonces, por última vez, vi la Tierra: un perdurable glóbulo de radiante azul, nadando en una eternidad de éter. Y yo, frágil copo de polvo espiritual, vacilaba en silencio a través del vacío, desde el distante azul hacia la extensión de lo desconocido.
Me pareció que había pasado un largo rato y ahora no veía nada en ninguna parte. Había flotado más allá de las estrellas fijas y me precipitaba a la inmensa negrura que espera del otro lado. Durante todo este tiempo, poco experimenté aparte de una sensación de ligereza y fría incomodidad. Ahora en cambio, la atroz oscuridad pareció escurrirse en mi alma y me llenó de miedo y desesperación. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Hacia dónde estaba yendo? Incluso mientras se formaban estos pensamientos creció, sobre la impalpable tiniebla que me envolvía, un débil matiz sanguíneo. Parecía extraordinariamente remoto y brumoso; sin embargo y al mismo tiempo, se alivió la sensación de opresión y ya no me sentí desesperado.
Lentamente, la distante rojez se hizo más definida y amplia; hasta que, al acercarme se desplegó en un enorme resplandor sombrío, pesado y tremendo. Sin embargo, yo seguía volando y en un momento me aproximé tanto que pareció extenderse debajo de mí como un gran océano de rojo sombrío. Poco podía ver, salvo que parecía extenderse, interminable, en todas direcciones.
Un poco más lejos, me encontré descendiendo hacia él, y pronto me sumergí en un inmenso mar de nubes sombrías, de un matiz rojizo. Lentamente, emergí de ellas y allá, debajo de mí, vi la formidable planicie que había visto desde mi habitación en esta casa que se alza al borde del silencio.
Entonces, aterricé, rodeado de una extensión de soledad. El lugar estaba iluminado por un lóbrego crepúsculo que daba la impresión de indescifrable desolación.
Lejos, en el cielo a mi derecha, ardía un gigantesco anillo de fuego rojo oscuro, desde cuyo borde exterior se proyectaban inmensas llamaradas retorcidas, zigzagueantes y dentadas. El interior de este anillo era negro, negro como la penumbra de la noche exterior. De improviso comprendí que el lugar recibía la triste luz desde este extraordinario sol.
Bajé los ojos de aquella extraña fuente de luz y la dirigí de nuevo a mi alrededor. Dondequiera que miraba no veía sino la misma plana monotonía de la interminable planicie. En ninguna parte pude divisar señal alguna de vida, ni siquiera las ruinas de alguna antigua morada.
Paulatinamente me di cuenta de que avanzaba, flotando a través de la plana inmensidad. Durante lo que pareció una eternidad, seguí adelante. No sentía nada de impaciencia, aunque no dejaba de experimentar cierta curiosidad y un enorme asombro. Siempre vi a mi alrededor la extensión de esa inmensa planicie, y siempre busqué algo nuevo que rompiera su monotonía; pero no había cambios, sólo soledad, silencio y desierto.
Entonces, de manera casi inconsciente, descubrí que había una tenue bruma, de matiz rojizo, extendida sobre su superficie. Sin embargo, cuando miré con más atención, fui incapaz de decir si eso era en realidad bruma, ya que parecía fundirse con la planicie, confiriéndole una peculiar irrealidad y transmitiendo a los sentidos la idea de falta de solidez.
Poco a poco, empecé a cansarme de la chatura de la cosa. Sin embargo, fue mucho tiempo antes de que percibiese alguna señal en el lugar hacia el que era conducido.
Al principio, lo vi, lejos y adelante, como un largo montículo sobre la superficie de la planicie. Luego, a medida que me acercaba, percibí que me había equivocado, porque en lugar de una colina ahora distinguía una cadena de grandes montañas, cuyos remotos picos se alzaban en el rojo crepúsculo hasta quedar casi fuera de la vista.
Y así, después de un tiempo, llegué a las montañas. Allí el curso de mi viaje fue alterado y empecé a moverme a lo largo de la base hasta que, de repente, encontré que había llegado frente a una gigantesca grieta que se abría hacia el interior. Fui impulsado a través de ella, a no gran velocidad. A cada lado se alzaban inmensas y escarpadas paredes verticales de aspecto rocoso. Lejos, en lo alto, distinguí una delgada cinta rojiza donde la boca de la sima se abría entre picos inaccesibles. Allí había un silencio lúgubre, profundo y escalofriante. Seguí avanzando durante un tiempo y luego, por fin, vi ante mí un profundo resplandor rojo que me indicó que estaba cerca del extremo opuesto del desfiladero.
Un rato después estaba en la salida mirando un enorme anfiteatro de montañas. Sin embargo, de las montañas y de la terrible magnificencia del lugar recuerdo poco, porque quedé perplejo al contemplar, a la distancia de unos kilómetros y en el centro del mismo, una formidable estructura construida, al parecer de jade verde. Sin embargo, no fue el propio descubrimiento del edificio lo que me había asombrado, sino el hecho, que se volvía a cada momento más evidente, de que no se diferenciaba de esta casa donde vivo salvo en el color y su enorme tamaño.
Durante un rato, seguí mirándola, sin quitar la vista. Incluso así, apenas podía creer lo que veía adelante. En mi mente se formó una pregunta, reiterada, incesante: "¿Qué significa? ¿Qué significa?", y no fui capaz de idear una respuesta, ni siquiera en las profundidades de mi imaginación. Sólo parecía capaz de maravillarme y temer. Miré durante un tiempo más largo, notando todo el tiempo nuevos detalles de semejanza que me llamaron la atención. Al final, cansado y dolorosamente perplejo, quité la vista de ella para mirar el resto del extraño lugar en que me había metido.
Hasta el momento había estado tan absorto en el examen de la Casa que sólo había echado una rápida ojeada a mi alrededor. Ahora, mientras miraba, empecé a darme cuenta de la clase de lugar al que había venido. El anfiteatro, así lo he denominado, parecía un círculo perfecto de unos dieciséis o diecinueve kilómetros de diámetro; la Casa, como he dicho antes, se levantaba en el centro. La superficie del lugar, como la de la planicie, tenía una peculiar apariencia brumosa, que sin embargo no era niebla.
De un breve reconocimiento, mis ojos pasaron rápidamente a lo largo de las laderas de las montañas circundantes. Qué silenciosas estaban. Creo que esta abominable quietud era más agobiante para mí que cualquier cosa que hubiera visto o imaginado. Miraba hacia lo alto ahora, a los grandes despeñaderos que se elevaban altivos. Allá arriba, la impalpable rojez le daba una apariencia borrosa a todas las cosas.
Y entonces, mientras miraba curioso, un nuevo terror vino a mí; porque lejos, entre los brumosos picos a mi derecha, distinguí una vasta forma de negrura, gigantesca. Crecía ante mis ojos. Tenía una enorme cabeza equina, con gigantescas orejas, y parecía mirar con fijeza hacia el anfiteatro. Había algo en la posición que me dio la impresión de una eterna vigilancia, de haber guardado este lúgubre lugar a través de eternidades desconocidas. Poco a poco el monstruo se volvió más definido y entonces, de improviso, mi mirada saltó de él a algo más lejos y más arriba entre los riscos. Durante un largo minuto observé, aterrado. Me sentía insólitamente consciente de algo no del todo desconocido, como si se agitara en el fondo de mi mente. La cosa era negra y tenía cuatro brazos grotescos. No distinguía sus rasgos; en torno a su cuello vi varios objetos de color claro. Lentamente, vi los detalles y fríamente me di cuenta de que eran calaveras. Más abajo el cuerpo tenía otro cinturón, menos oscuro contra el tronco negro. Entonces, aun mientras me esforzaba por saber qué era la cosa, un recuerdo se deslizó en mi mente, y de inmediato supe que estaba mirando una monstruosa representación de Kali, la diosa hindú de la muerte.
Otros recuerdos de mis viejos días de estudiante derivaron a mis pensamientos. Mi mirada volvió a la enorme Cosa con cabeza de bestia. Al mismo tiempo reconocí al antiguo dios egipcio Set, o Seth, el Destructor de Almas. Con el conocimiento vino un gran interrogante... "¡Dos de los...!" Me detuve y me esforcé en pensar. Cosas más allá de mi imaginación espiaron dentro de mi atemorizada mente. Veía, oscuramente, "¡los viejos dioses de la mitología!". Traté de comprender hacia qué apuntaba todo. Mi mirada se detuvo, parpadeante, entre los dos. "Si..."
Se me ocurrió una idea; me volví y miré rápidamente hacia lo alto, hacia los tenebrosos riscos, lejos, a mi izquierda. Algo asomaba bajo un gran pico, una forma grisácea. Me pregunté si no la había visto antes y entonces recordé que aún no había observado esa parte. Ahora la veía con más claridad. Era, como he dicho, gris. Tenía una tremenda cabeza pero no ojos. Esa parte de la cara estaba vacía.
Ahora vi que había otras cosas arriba, entre las montañas. Más lejos, reclinada sobre una altísima cornisa, distinguí una masa lívida, grotesca y macabra. Se veía sin forma, a excepción de una impía cara semi-bestial que miraba, repugnante, desde algún lugar en su centro. Y entonces vi otras, había cientos de ellas. Parecían crecer de las sombras. Reconocí algunas casi de inmediato como deidades mitológicas; otras me eran extrañas, absolutamente extrañas, concebidas más allá del poder de una mente humana.
Miré a ambos lados y vi más, incontables. Las montañas estaban cargadas de cosas extrañas. Dioses-animales, horrores tan atroces y bestiales que la posibilidad y la decencia niegan todo intento de mayor descripción. Y yo... yo estaba lleno de una terrible sensación de aplastante horror, miedo y repugnancia; sin embargo, a pesar de ello, sumamente maravillado. ¿Había entonces, después de todo, algo en los antiguos cultos paganos, algo más que una mera deificación de hombres, animales y elementos? El pensamiento me sobrecogió... ¿lo había?
Más tarde, una pegunta se repitió. ¿Qué eran ellos, esos Dioses-animales y los otros? Al principio me habían parecido sólo Monstruos esculpidos colocados al azar entre los picos y los precipicios inaccesibles de las montañas circundantes. Ahora, mientras los examinaba con mayor atención, mi mente llegó a una nueva conclusión. Había algo en ellos, una indescriptible y silenciosa vitalidad que sugería, a mi dilatada conciencia, un estado de vida-en-la-muerte, algo que no era vida en absoluto según la entendemos, sino más bien una forma inhumana de existencia, que bien podría ser parecida a un trance inmortal... una condición en la que era posible imaginar su continuación, eternamente. "¡Inmortalidad!", la palabra surgió en mi mente y de inmediato me pregunté si sería ésta la inmortalidad de los dioses.
Y entonces, en medio de mis dudas y reflexiones, algo sucedió. Hasta ese momento había permanecido dentro de la sombra de la salida de la enorme grieta. Ahora, sin acto de voluntad de mi parte, comencé a alejarme desde la semi-oscuridad y a desplazarme lentamente hacia el anfiteatro... hacia la Casa. Ante esto renuncié a todo pensamiento en esas Formas prodigiosas por encima de mí, y sólo pude mirar aterrado la tremenda estructura hacia la cual era transportado de manera tan implacable. Sin embargo, aunque busqué con ansiedad, no pude descubrir nada que ya no hubiera visto, de modo que me calmé poco a poco.
Ahora, había llegado a un punto a más de medio camino entre la Casa y la grieta. Todo a mi alrededor se extendía la fría soledad del lugar y el imperturbable silencio. A un ritmo constante me acercaba al gran edificio. Entonces, de pronto, algo atrajo mi mirada, algo que apareció detrás de uno de los enormes contrafuertes de la Casa y quedó a plena vista. Era una cosa gigantesca y se movía con una curiosa zancada, casi erguida, a la manera de un hombre. Carecía completamente de ropa y tenía una notable apariencia luminosa. Sin embargo era su rostro lo que más me atraía y aterraba. Era la cara de un cerdo.
En silencio, con atención, observé a esta horrible criatura y olvidé mi temor, por un momento, absorto en sus movimientos. Caminaba pesadamente alrededor del edificio, se detenía al llegar a una ventana para espiar adentro y sacudir la reja que, como en esta casa, la protegía; y cada vez que llegaba a una puerta la empujaba y tentaba la cerradura con cautela. Era evidente que buscaba algún acceso a la Casa.
Ahora yo me encontraba a menos de cuatrocientos metros del grandioso edificio y todavía era arrastrado hacia adelante. De repente, la Cosa se volvió y miró terriblemente en mi dirección. Abrió la boca y, por primera vez, fue quebrado el silencio de este abominable lugar con una nota profunda, retumbante, que me produjo una sensación adicional de aprensión. Entonces, de inmediato, caí en la cuenta de que venía hacia mí, deprisa y en silencio. En un instante había cubierto la mitad de la distancia entre los dos; me sentí destinado sin remedio a encontrarla. A sólo noventa metros, la brutal ferocidad de la gigantesca cara me paralizó con una sensación de absoluto horror. Puedo haber gritado en la cúspide de mi miedo; y entonces, en el mismo momento del límite de mi desesperación, tuve conciencia de que miraba hacia abajo por encima del anfiteatro, desde una altura que crecía con rapidez. Me elevaba, más y más. En un tiempo inconcebiblemente breve había llegado a una altura de muchos cientos de pies. Debajo de mí, el punto que acababa de abandonar era ocupado por la inmunda criatura-cerdo. Se había puesto en cuatro patas y olfateaba y hozaba, como un auténtico cerdo, la superficie del anfiteatro. Un momento y se levantó sobre sus pies, manoteando hacia arriba, con una expresión de avidez en su cara como jamás había visto en este mundo.
De manera constante, subí más alto. En pocos minutos, al parecer, había rebasado la altura de las enormes montañas, flotando, solo, lejos en la rojez. A una tremenda distancia por debajo se veía el anfiteatro, borroso, con la poderosa Casa no mayor que una diminuta mancha de verde. Ya no se veía la cosa-cerdo.
Ahora pasaba sobre las montañas, por encima de la inmensa amplitud de la planicie. A lo lejos, sobre su superficie y en dirección del sol con forma de anillo, asomó una mancha confusa. La miré indiferente. De alguna manera me recordaba la primera visión que había tenido del anfiteatro-montaña.
Con una sensación de cansancio, alcé los ojos hacia el inmenso anillo de fuego. ¡Qué extraño era! Y mientras miraba, desde el oscuro núcleo brotó una súbita llamarada de vivido fuego. Comparada con el tamaño del oscuro centro era insignificante, y sin embargo, en sí misma prodigiosa. Con despierto interés, la observé con cuidado y noté su extraña ebullición y resplandor. Luego, en un momento, toda la cosa se volvió oscura e irreal y desapareció de la vista. Sumamente asombrado, miré abajo a la planicie de la que todavía me elevaba. Fue así que recibí una nueva sorpresa. La planicie y todo había desaparecido, y por debajo de mí sólo se extendía un mar de roja bruma. Poco a poco, mientras miraba, se volvió más remoto y se esfumó en un apagado y lejano misterio de rojez contra una noche impenetrable. Un rato después incluso ella se había ido, y yo quedé envuelto en una penumbra impalpable y total.
De ese modo estaba, y sólo el recuerdo de que una vez ya había vivido a través de la oscuridad, me sirvió para sustentar mis pensamientos. Pasó mucho tiempo, siglos. Y entonces, una única estrella se abrió camino en la oscuridad. Fue la primera de los distantes grupos de este universo. Ahora quedó muy atrás, y todo a mi alrededor brillaba con el esplendor de innumerables estrellas. Más tarde, años al parecer, vi el sol, un coágulo de llamas. A su alrededor distinguí varias distantes motas de luz, los planetas del Sistema Solar. Y entonces vi la Tierra otra vez, azul e increíblemente diminuta. Se volvió más grande y más definida.
Pasó un largo intervalo de tiempo y entonces por fin entré en la sombra del mundo, zambulléndome en la tenue y bendita noche terrestre. Sobre mi cabeza estaban las viejas constelaciones y había luna creciente. Luego, mientras me acercaba a la superficie terrestre, una vaguedad me invadió y me pareció que me hundía en una niebla negra. Durante un rato no supe nada. Estaba inconsciente. Poco a poco, empecé a escuchar un gemido débil y distante. Se hizo más claro. Una desesperada sensación de agonía se apoderó de mí. Luché frenéticamente por respirar y traté de gritar. En un momento, pude respirar con más facilidad. Era consciente de que algo lamía mi mano. Algo húmedo me barrió la cara. Oí un jadeo, y luego otra vez el gemido. Parecía llegar a mis oídos, ahora, con cierta familiaridad, y abrí los ojos. Todo estaba oscuro, pero la sensación de opresión me había abandonado. Estaba sentado; algo se quejaba lastimeramente y me lamía. Me sentí confuso, e instintivamente traté de evitar la cosa que lamía. Mi cabeza estaba vacía, y por el momento me sentía incapaz de acción o movimiento. Entonces, las cosas volvieron a mí y llamé "Pepper", con debilidad. Me respondió con un gozoso ladrido y renovadas, frenéticas caricias.
Al poco rato, me sentí más fuerte y extendí la mano por los fósforos. Tanteé a ciegas unos momentos, luego mi mano tropezó con ellos, encendí una luz y miré a mi alrededor un tanto confuso. Vi las viejas cosas familiares y me quedé sentado, lleno de aturdido asombro, hasta que la llama del fósforo me quemó los dedos y lo dejé caer, mientras una viva exclamación de dolor e ira escapaba de mis labios, sorprendiéndome con el sonido de mi propia voz.
Un momento después, encendí otro fósforo, y tambaleando a través de la habitación encendí las velas. Entonces observé que no se habían consumido, sino que habían sido apagadas.
Mientras las llamas tomaban fuerza, me volví y miré por el estudio; sin embargo no había nada desusado que ver; y de pronto una ráfaga de irritación se apoderó de mí. ¿Qué había ocurrido? Me sujeté la cabeza con ambas manos y traté de recordar. ¡Ah!, la gran Planicie silenciosa, y el sol-anillo de rojo fuego. ¿Dónde estaban? ¿Dónde los había visto? ¿Cuánto tiempo hacía? Me sentía torpe y embotado. Paseé una o dos veces por la habitación, inseguro. Mi memoria parecía nublada y ya la cosa que había visto volvió a mí con cierto esfuerzo.
Tengo el recuerdo de haber maldecido de mala manera, en mi desconcierto. De repente, sentí un vahído, vértigo, y tuve que asirme a la mesa para sostenerme. Estuve así durante unos momentos, débil, y luego logré tambalear de costado hasta una silla. Después de un rato me sentí algo mejor y pude llegar al aparador donde habitualmente tengo coñac y galletas. Me serví un poco del estimulante y lo bebí todo. Luego de tomar un puñado de galletas, regresé a mi butaca y empecé a devorarlas con voracidad. Me sentía vagamente sorprendido ante mi hambre. Era como si no hubiese comido nada durante un tiempo incalculablemente largo.
Mientras comía, mi mirada recorrió la habitación, captando sus diversos detalles y buscando aún, aunque de manera casi inconsciente, algo tangible a que asirme entre los invisibles misterios que me rodeaban. "Seguramente, pensé, debe haber algo..." Y, en el mismo instante, mi mirada se detuvo en la esfera del reloj en el otro rincón. Acto seguido, dejé de comer y sólo miré. Porque, aunque su tictac indicaba con suma certeza que todavía seguía marchando, sus manecillas señalaban un poco antes de la medianoche; mientras que así era, también yo sabía que era considerablemente después de esa hora cuando presencié el primero de los extraños sucesos que acabo de describir.
Durante quizá un momento quedé pasmado y perplejo. Si la hora hubiese sido la misma que cuando había mirado el reloj por última vez, habría concluido que las manecillas se habían atascado en un lugar, mientras su mecanismo interno seguía marchando como era habitual; pero eso de ninguna manera explicaría que las manecillas se movieran hacia atrás. Entonces, mientras daba vueltas al asunto en mi fatigado cerebro, se me ocurrió la idea de que ahora estaba cerca de la mañana del día veintidós, y que yo había estado inconsciente al mundo visible durante la mayor parte de las últimas veinticuatro horas. El pensamiento ocupó mi atención durante un minuto entero; entonces comencé a comer otra vez. Todavía estaba muy hambriento.
Durante el desayuno, a la mañana siguiente, pregunté casualmente a mi hermana la fecha y comprobé que mi conjetura era correcta. En efecto, había estado ausente, al menos en espíritu, durante casi un día y una noche.
Mi hermana no me hizo ninguna pregunta, porque no era de ningún modo la primera vez que me quedaba en mi estudio todo el día, y algunas veces dos días, cuando he estado particularmente absorto en mis libros o trabajo.
Y así, los días pasan, y todavía estoy lleno de interés por saber el significado de todo lo que vi aquella noche memorable. Sin embargo, sé que mi curiosidad tiene pocas posibilidades de quedar satisfecha.
La casa está, como ya he dicho, rodeada por una vasta finca y salvajes jardines abandonados.
Lejos por detrás, a unas trescientas yardas, hay un barranco oscuro y profundo llamado "Pozo" por los campesinos. Al fondo corre un lento arroyo tan cubierto por árboles que apenas se ve desde arriba.
A propósito, debo explicar que este río tiene un origen subterráneo, emergiendo de repente en el extremo este del barranco, y desapareciendo abruptamente bajo los acantilados que forman su extremo occidental.
Unos meses después de mi visión (si es que fue una visión) de la gran planicie, mi atención se sintió particularmente atraída hacia el Pozo.
Sucedió que un día caminaba a lo largo de su borde sur cuando, de pronto, varios trozos de roca y pizarra se desprendieron de la cara del acantilado inmediatamente debajo de mí y cayeron con un estrépito sombrío a través de los árboles. Oí el chapuzón en el río en el fondo, y luego silencio. No le hubiese dado a este incidente más que un pensamiento pasajero si Pepper enseguida no hubiera comenzado a ladrar salvajemente, y no quiso hacer silencio cuando se lo ordené, el cual era un comportamiento muy desusado de su parte.
Comprendiendo que debía haber alguien o algo en el Pozo, regresé rápidamente a la casa por un bastón. Cuando regresé, Pepper había cesado sus ladridos y estaba gruñendo y olfateando, inquieto, a lo largo del borde.
Le silbé para que me siguiese, y empecé a descender con cautela. La profundidad hasta el fondo del Pozo debía ser unos ciento cincuenta pies, y me llevó tiempo y un considerable cuidado llegar abajo a salvo.
Una vez allí, Pepper y yo comenzamos a explorar a lo largo de la ribera del río. Estaba muy oscuro, debido a los árboles que lo cubrían, y me moví con cautela, con la mirada a mi alrededor y el bastón preparado.
Pepper estaba tranquilo ahora y se mantenía cerca de mí todo el tiempo. De este modo registramos una orilla del río sin oír ni ver nada. Luego lo cruzamos por el simple método de saltar y comenzamos a abrirnos camino de regreso a través de la maleza.
Habríamos cubierto, quizá, la mitad de la distancia, cuando escuché otra vez el ruido de piedras que caían del otro lado, del lado que acabábamos de dejar. Una enorme roca bajó atronadora a través de las copas de los árboles, golpeó la orilla opuesta y rebotó al río, lanzando un gran chorro de agua justo encima de nosotros. Ante esto, Pepper soltó un profundo gruñido; entonces se detuvo y enderezó las orejas. Yo presté atención, también.
Un segundo más tarde, un fuerte chillido, semi-humano, semi-porcino, sonó desde los árboles, al parecer cerca de la mitad del acantilado sur. Fue contestado por un chillido similar, desde el fondo del Pozo. Ante esto, Pepper lanzó un ladrido breve y agudo, saltó al otro lado del riachuelo y desapareció en los arbustos.
Inmediatamente después escuché que sus ladridos aumentaban en cantidad y profundidad, y entre ellos se escuchó el ruido de un confuso parloteo. Éste cesó y en el silencio que siguió se elevó un alarido semi-humano de agonía. Casi de inmediato Pepper lanzó un largo aullido de dolor; entonces los arbustos se agitaron con violencia y vino corriendo con el rabo entre las piernas, sin dejar de mirar hacia atrás. Cuando llegó a mí, vi que sangraba por lo que parecía una herida producida por una enorme garra, en el costado, y que le dejaba las costillas al descubierto.
Al ver a Pepper así herido me invadió un furioso sentimiento de ira y, enarbolando el bastón, salté al otro lado y me metí entre los arbustos de los que el perro acababa de salir. Mientras pugnaba por abrirme paso, creo que escuché un sonido de respiración. Un instante después había irrumpido en un pequeño claro, justo a tiempo de ver que algo, de color blanco lívido, desaparecía entre los arbustos del otro lado. Di un grito y corrí tras eso, pero aunque golpeé y sondeé entre el follaje con mi bastón, no vi ni oí nada más, de modo que regresé con Pepper. Allí, después de lavar la herida en el río, até mi pañuelo mojado alrededor del cuerpo; hecho esto, retrocedimos hasta arriba del acantilado y salimos otra vez a la luz del día.
Al llegar a la casa, mi hermana preguntó qué le había pasado a Pepper; le dije que había peleado con un gato salvaje, de los que había oído decir que había varios por allí.
Pensé que sería mejor no contarle cómo había sucedido en realidad, aunque, con seguridad, tampoco yo sabía mucho; pero esto sí sabía, que la cosa que había visto correr hacia los arbustos no era un gato salvaje. Era mucho más grande y hasta donde pude observar tenía la piel como de cerdo, sólo que de un color blanco muerto y morboso. Y entonces había corrido erguida, o casi, sobre sus pies traseros, con un movimiento que de algún modo se asemejaba al de un ser humano. Todo esto había captado en mi fugaz vistazo, y a decir verdad sentía una gran inquietud junto con curiosidad mientras le daba vueltas al asunto en mi mente.
El incidente había ocurrido por la mañana.
Luego, sería después de la cena, estaba sentado leyendo cuando, al alzar los ojos de repente vi que algo espiaba por encima del antepecho de la ventana y que sólo mostraba los ojos y las orejas.
"¡Por Júpiter, un cerdo!", dije y me puse de pie. Entonces vi a la cosa completamente, pero no era un cerdo. Sólo Dios sabe qué era. Me recordaba, vagamente, a la atroz Cosa que rondaba el inmenso anfiteatro. Tenía una boca y una mandíbula grotescamente humanas, pero sin una barbilla como tal. Su nariz se prolongaba en un hocico, por lo tanto con los pequeños ojos y las extrañas orejas tenía una extraordinaria apariencia de cerdo. Tenía poca frente, y ésta y la cara eran de un insano color blanco.
Durante quizá un minuto me quedé mirando la cosa con un creciente sentimiento de repugnancia y cierto temor. La boca continuaba parloteando, tontamente, y una vez emitió un gruñido medio-porcino. Creo que más me atraían sus ojos; parecían brillar, a veces, con una inteligencia horriblemente humana y pasaban desde mí a los detalles de la habitación, como si mi mirada la perturbase.
Al parecer se sujetaba del antepecho con dos manos que se veían como garras. Éstas, a diferencia de la cara, eran de color marrón oscuro y tenían una notable semejanza con las manos humanas; tenían cuatro dedos y un pulgar, aunque palmeados hasta la primera articulación a la manera de los patos. También tenían uñas, pero tan largas y poderosas que más se parecían a las garras de un águila que a otra cosa.
Como he dicho antes, sentía algo de miedo, pero un miedo casi impersonal. Puedo explicar mejor este sentimiento diciendo que era más una sensación de aborrecimiento, como la que uno podría sentir al contacto con algo sobrenaturalmente asqueroso, algo impío, perteneciente a un estado de existencia hasta ahora insospechado.
No puedo decir que captara todos estos detalles de la bestia en ese momento. Creo que los recordé después, como si se hubiesen impreso en mi mente. Imaginé más que lo que vi mientras miraba la cosa, y más tarde recordé los detalles materiales.
Durante un minuto, quizá, me quedé mirando fijo a la criatura; luego, a medida que mis nervios se serenaban un poco, sacudí el vago temor que me dominaba y di un paso hacia la ventana. En ese instante la cosa se agachó y desapareció. Corrí a la puerta y me asomé rápidamente; pero sólo vi la maraña de arbustos y maleza.
Entré corriendo en la casa, tomé mi arma y salí a registrar los jardines. Mientras lo hacía, me pregunté a mí mismo si era posible que esta cosa que acababa de ver fuera la misma a la que había echado un vistazo esa mañana. Me inclinaba a creer que sí.
Habría llevado conmigo a Pepper, pero juzgué que era mejor darle a su herida la oportunidad de sanar. Además, si la criatura que acababa de ver era, como imaginaba, el adversario de la mañana, probablemente no me habría sido de mucha utilidad.
Empecé mi búsqueda, sistemáticamente. Estaba decidido a descubrir y, si era posible, terminar con aquella cosa-cerdo. ¡Éste, al menos, era un horror material!
Al principio registré con cautela, con la herida de Pepper en la mente; pero a medida que las horas transcurrían y no encontraba señal de nada vivo en los grandes y solitarios jardines, me volví menos aprensivo. Sentía que casi daría la bienvenida a su aparición. Cualquier cosa parecía mejor que este silencio, con la siempre presente sensación de que la criatura podía estar acechando en todos los arbustos que pasaba. Más tarde, me volví menos cuidadoso del peligro hasta el punto de lanzarme a través de los matorrales, tanteando con el cañón de mi fusil mientras pasaba.
A veces gritaba, pero sólo el eco respondía. Pensaba que así tal vez asustaría o estimularía a la criatura a mostrarse; pero sólo tuve éxito en hacer salir a mi hermana Mary, a preguntar qué pasaba. Le dije que había visto al gato salvaje que hiriera a Pepper y que estaba intentando hacerlo salir de los arbustos. Pareció sólo medio satisfecha y regresó a la casa con una expresión de duda en su semblante. Me pregunté si habría visto o supuesto algo. Durante el resto de la tarde, seguí la búsqueda ansiosamente. Sentía que sería incapaz de dormir, con esa cosa bestial rondando la maleza y sin embargo, cuando cayó la tarde, no había visto nada. Entonces, mientras me dirigía hacia la casa, escuché un ruido breve, ininteligible, entre los arbustos a mi derecha. Me volví, apunté con rapidez y disparé en la dirección del ruido. Inmediatamente después oí que algo se escabullía entre los matorrales. Se movía con velocidad y un minuto después no lo escuchaba. Di unos pasos más, pero cesé mi persecución al darme cuenta de qué tan inútil sería en la creciente penumbra, y entonces, con una curiosa sensación de depresión, entré en la casa.
Esa noche, después de que mi hermana se fuera a la cama, pasé por todas las puertas y ventanas de la planta baja y me ocupé de que tuvieran los cerrojos cerrados. Esta precaución era apenas innecesaria en lo que se refiere a las ventanas, ya que todas las de abajo tenían sólidas rejas; pero con las puertas, de las que había cinco, fue un pensamiento prudente ya que ninguna estaba cerrada con llave.
Habiéndome asegurado de esto, fui a mi estudio; sin embargo, de pronto, la habitación me produjo inquietud; parecía enorme y llena de ecos. Traté de leer durante un rato, pero al final, al encontrarlo imposible, bajé con el libro a la cocina donde ardía un buen fuego y me senté allí.
Me atrevo a decir que había leído un par de horas cuando de repente oí un sonido que me hizo bajar el libro y escuchar atentamente. Era el ruido de algo que frotaba y tanteaba la puerta posterior. Una vez la madera crujió, sonoramente, como si aplicaran fuerza contra ella. Durante estos breves instantes, experimenté una indescriptible sensación de terror, imposible de creer. Me temblaban las manos; un sudor frío bañó mi cuerpo y empecé a tiritar con violencia.
Poco a poco, me calmé. Afuera, los furtivos movimientos habían cesado.
Durante una hora permanecí sentado, silencioso y atento. De repente la sensación de miedo me invadió otra vez. Me sentía como imagino debe sentirse un animal bajo la mirada de una serpiente. Pero ahora no oía nada. Sin embargo, no había ninguna duda de que estaba actuando una inexplicable influencia.
Poco a poco, casi imperceptiblemente, algo se escurrió en mis oídos, un sonido que terminó siendo un tenue murmullo. Rápidamente creció y se transformó en un ensordecedor y horrendo coro de chillidos bestiales. Parecía surgir de las entrañas de la tierra.
Oí un golpe sordo y me di cuenta, de un modo torpe y casi
inconsciente, que se me había caído el libro. Después de eso, me quedé
sentado y así me encontró la luz del día, cuando trepó macilenta a
través de las altas y enrejadas ventanas de la gran cocina.
Con el amanecer, la sensación de estupor y miedo me abandonó y recuperé la posesión mis sentidos.
Acto seguido, recogí el libro y me acerqué a la puerta para escuchar. Ningún sonido rompía el frío silencio. Durante algunos minutos permanecí allí; luego, poco a poco y con cautela, descorrí el cerrojo, abrí la puerta y espié afuera.
Mi precaución era innecesaria. No había nada que ver, salvo un paisaje gris de tristes y enmarañados arbustos y árboles que se extendían hasta la distante plantación.
Cerré la puerta con un estremecimiento y me fui, tranquilo, a la cama.
Era la tarde, una semana después. Mi hermana estaba sentada en el jardín, hilando. Yo paseaba de un lado a otro, leyendo. Había dejado el arma apoyada contra la pared de la casa porque, desde el evento de aquella extraña cosa en los jardines, juzgué prudente tomar precauciones. Sin embargo, a lo largo de toda la semana no hubo nada que me alarmara, ni visión ni sonido, de modo que pude mirar hacia atrás con calma el incidente aunque todavía con una sensación de absoluto asombro y curiosidad.
Estaba, como dije, paseando de un lado a otro y algo absorto en mi libro. De pronto oí un estrépito, lejos en la dirección del Pozo. Con un rápido movimiento me volví y vi una tremenda columna de polvo que se elevaba en el aire de la tarde.
Mi hermana se había puesto de pie con una breve exclamación de sorpresa y temor.
Le dije que se quedara donde estaba, tomé el fusil y corrí hacia el Pozo. Mientras me acercaba escuché un sonido apagado y retumbante, que creció rápidamente hasta un rugido áspero, interrumpido con estrépitos más profundos, y desde el Pozo se alzó un nuevo volumen de polvo.
Cesó el ruido, aunque el polvo seguía elevándose, tumultuosamente,
Llegué al borde y miré hacia abajo pero no pude ver nada salvo un bullir de nubes de polvo que se arremolinaban aquí y allá. El aire estaba tan lleno de pequeñas partículas que me cegaban y me sofocaban; finalmente tuve que alejarme de la polvareda, para respirar.
Poco a poco, el material en suspensión cayó y colgó como un escudo sobre la boca del Pozo.
Sólo pude hacer una conjetura de lo sucedido.
Que había habido un deslizamiento de tierra de algún tipo, no tenía dudas; pero la causa estaba más allá de mi conocimiento. Sin embargo, aun entonces imaginé cosas, porque ya estaba recordando esas rocas que cayeron y la Cosa en el fondo del Pozo; pero en los primeros minutos de confusión no llegué a la conclusión natural, hacia dónde apuntaba la catástrofe.
Lentamente, el polvo se disipó hasta que pude acercarme al borde y mirar hacia abajo.
Durante un rato miré con atención, impotente, tratando de ver a través de la calina. Al principio fue imposible distinguir nada. Luego, mientras miraba, vi algo abajo a mi izquierda que se movía. Observé con atención y ahora distinguí otro, y luego otro, tres formas borrosas que parecían trepar por el costado del Pozo. Me era imposible verlas con claridad. Incluso mientras observaba y dudaba, escuché un traqueteo de rocas en algún lugar a mi derecha. Miré hacia allí pero no pude ver nada. Me incliné hacia adelante y espié sobre el borde hacia abajo en el Pozo, justo debajo de donde estaba parado, y vi nada menos que una asquerosa cara blanca de cerdo que había subido hasta un par de metros de mis pies. Debajo de ella pude distinguir varias otras. Cuando la Cosa me vio, lanzó un repentino y tosco chillido que fue respondido desde todas partes en el Pozo. Ante eso, me invadió una ráfaga de temor e, inclinándome, descargué mi arma sobre su cara. La criatura desapareció de inmediato, con un repiqueteo de tierra y piedras desprendidas.
Hubo un momento de silencio, al cual probablemente debo mi vida, porque en su duración escuché un rápido golpeteo de varios pies y al volverme con rapidez vi un tropel de las criaturas que venía hacia mí, a la carrera. Al instante levanté el fusil y disparé a la de adelante, que cayó de cabeza con un horroroso aullido. Luego eché a correr. A más de medio camino entre la casa y el Pozo vi a mi hermana; venía hacia mí. No podía ver su cara con claridad, estaba anocheciendo, pero había miedo en su voz mientras me gritaba para saber porqué disparaba.
¡Corre! grité en respuesta. ¡Corre, por tu vida!
Sin dilación, dio media vuelta y voló, tomándose la falda con ambas manos. Mientras la seguía, eché un vistazo hacia atrás. Los brutos corrían erguidos sobre sus piernas traseras y a veces en cuatro patas.
Creo que debe haber sido el terror en mi voz que espoleó a Mary a correr así, porque estoy convencido de que ella no había visto, hasta entonces, a esas infernales criaturas que me perseguían.
Seguimos corriendo, mi hermana por delante.
A cada momento, el sonido de las pisadas cada vez más cercanas me decía que los brutos nos ganaban, rápidamente. Por fortuna, estoy acostumbrado a vivir, en ciertos aspectos, una vida activa. No obstante, el esfuerzo de la carrera empezaba a pesar severamente sobre mí.
Adelante pude ver la puerta posterior; por suerte estaba abierta. Corría como media docena de yardas detrás de Mary y me estaba quedando sin aliento. Entonces, algo me tocó el hombro. Torcí la cabeza con rapidez y vi a una de esas monstruosas caras pálidas cerca de la mía. Una de las criaturas, adelantándose a sus compañeras, casi me había alcanzado. Mientras me volvía, lanzó un nuevo zarpazo. Con un súbito esfuerzo, salté a un lado y, balanceando mi fusil por el cañón, la estrellé sobre la cabeza de la asquerosa criatura. La Cosa cayó, con un quejido casi humano.
Esta breve demora fue casi suficiente para que el resto de los brutos me alcanzara, de modo que, sin perder un instante de tiempo, me di la vuelta y corrí hacia la puerta.
Al llegar, me arrojé dentro del corredor; luego, me volví rápidamente, di un portazo y pasé el cerrojo, justo cuando la primera de las criaturas se abalanzaba contra ella, con un repentino impacto.
Mi hermana se sentó jadeando en una silla. Parecía a punto de desmayarse, pero yo no tenía tiempo que perder con ella. Debía asegurarme que todas las puertas estuvieran cerradas. Por fortuna lo estaban. La última que revisé fue la que conducía desde mi estudio a los jardines. Tuve el tiempo justo de notar que estaba segura, cuando creo que oí un ruido afuera. Me quedé en perfecto silencio y escuché. ¡Sí! Ahora podía escuchar con claridad el sonido de un susurro y de algo se deslizaba furtivamente sobre los entrepaños como raspando, arañando. Era evidente que algunos de los brutos palpaban la puerta con sus zarpas-manos para descubrir si había alguna manera de entrar.
Que las criaturas hubiesen encontrado tan pronto la puerta era, para mí, una prueba de su capacidad de raciocinio; me aseguraba que de ningún modo debía considerarlas como meros animales. Yo ya había sentido algo como esto cuando esa primera Cosa espió a través de mi ventana. Entonces le había aplicado el término de extra humana, con una comprensión casi instintiva de que la criatura era algo diferente de la bestia bruta. Algo más allá de lo humano; sin embargo no en el buen sentido, sino más bien como algo atroz y hostil a la grandeza y bondad de la humanidad. En una palabra, como algo inteligente y sin embargo inhumano. La sola idea de las criaturas me llenó de náuseas.
Recordé a mi hermana; fui al aparador, tomé un frasco de coñac y una copa. Con ellos, bajé a la cocina, con una vela encendida también. No estaba sentada en la silla sino que había caído, y yacía tendida sobre el suelo, boca abajo.
Con mucha suavidad, le di la vuelta y levanté un poco su cabeza. Entonces volqué algo de coñac entre sus labios. Después de un rato, se estremeció ligeramente. Un poco más, boqueó varias veces y abrió los ojos. Me miró de una manera soñolienta, sin total conciencia. Entonces sus ojos se cerraron otra vez, lentamente, y le di un poco más de coñac. Durante otro minuto, quizá, permaneció tendida en silencio, respirando con agitación. De repente, sus ojos se abrieron otra vez y me pareció que tenían las pupilas dilatadas, como si el miedo hubiese regresado con la conciencia. Entonces, con un movimiento tan inesperado que retrocedí, se incorporó. Al notar que parecía mareada, le ofrecí la mano para ayudarla. Ante eso, lanzó un fuerte grito y poniéndose de pie con esfuerzo, corrió a su habitación.
Por un momento, me quedé allí, de rodillas y sosteniendo la botella de coñac. Me sentía por completo perplejo y asombrado.
¿Podía ella tener miedo de mí? ¡Pero no! ¿Por qué lo tendría? Sólo pude concluir que tenía los nervios seriamente alterados y que ella estaba temporalmente desquiciada. Escuché un sonoro portazo arriba y comprendí que se había refugiado en su habitación. Dejé la botella sobre la mesa. Un ruido en la dirección de la puerta posterior desvió mi atención. Me acerqué y escuché. Al parecer la sacudían, como si algunas de las criaturas forcejearan con ella, en silencio; pero estaba construida y colocada con mucha solidez para moverla con facilidad.
Afuera en los jardines surgió un continuo sonido. Un casual oyente lo hubiera confundido con los gruñidos y chillidos de una piara de cerdos. Pero, parado aquí, se me ocurrió que todos esos sonidos porcinos tenían un sentido y un significado. Poco a poco, me pareció que podía encontrarle una semejanza con el habla humana; pegajosa y pringosa, como si fuera pronunciada con dificultad. Sin embargo, tenía la convicción de que no era una simple mezcla de sonidos sino un rápido intercambio de ideas.
Para entonces los corredores habían quedado a oscuras y desde ellos llegaba toda una variedad de llantos y gemidos de los que una vieja casa está tan llena después de anochecer. Esto se debe, sin duda, a que las cosas están entonces más quietas y uno tiene más tiempo de escuchar. También, puede haber algo en la teoría de que el repentino cambio de temperatura, al caer el sol, afecta a la estructura de la casa y provoca su contracción y asentamiento, por así decir, durante la noche. No obstante, puede ser así; pero en esa noche en particular con total felicidad me habría librado de tantos ruidos misteriosos. Me parecía que cada crujido, cada chasquido, era una de esas Cosas que venía a lo largo de los oscuros corredores; aunque sabía en mi interior que no podía ser porque me había encargado, yo mismo, de que todas las puertas estuvieran aseguradas.
Sin embargo, poco a poco esos sonidos me pusieron nervioso hasta tal extremo que, aunque sólo fuera para castigar mi cobardía, creí que debía hacer la ronda en el sótano otra vez, y si allí había algo, enfrentarlo. Y entonces, subiría a mi estudio, porque sabía que dormir no cabía en mis planes, con la casa rodeada de criaturas, medio bestias, medio algo más, y completamente impías.
Tomé la lámpara de la cocina de su gancho, pasé de bodega en bodega y de habitación en habitación, crucé la despensa y la carbonera, caminé a lo largo de los corredores, y entré en los mil y un pequeños pasadizos sin salida y recodos ocultos que forman el sótano de la vieja casa. Entonces, cuando supe que había estado en cada rincón y en cada grieta lo bastante grande para esconder algo de cualquier tamaño, me dirigí a la escalera.
Me detuve con el pie en el primer escalón. Me pareció escuchar un movimiento, al parecer desde la lechería que está a la izquierda de la escalera. Era uno de los primeros lugares que había inspeccionado, y sin embargo me sentía seguro de que mis oídos no me engañaban. Ahora mis nervios estaban tensos, y casi sin vacilar me acerqué a la puerta con la lámpara por encima de la cabeza. De un vistazo vi que el lugar estaba vacío, excepto por las pesadas losas de piedra sostenidas por pilares de ladrillo, y estaba a punto de salir, convencido de que me había equivocado, cuando, al girar, la luz se reflejó en dos puntos brillantes, afuera de la ventana y arriba. Por unos momentos, me quedé allí, mirando. Entonces se movieron, giraron lentamente y lanzaron centelleos verdes y rojos; al menos, eso me pareció. Y comprendí que eran ojos.
Poco a poco distinguí el sombrío perfil de una de las Cosas. Parecía sostenerse de los barrotes de la ventana y su actitud sugería que trepaba. Me acerqué a la ventana y sostuve la luz en alto. No había necesitad de tenerle miedo a la criatura; los barrotes eran fuertes y había poco peligro de que pudiese moverlos. Y entonces, de repente, a pesar de saber que el bruto no podía hacerme daño, regresó a mí la horrible sensación de temor que me había asaltado aquella noche, la semana anterior. Era el mismo miedo impotente y estremecedor. Y me di cuenta, oscuramente, que los ojos de la criatura estaban clavados en los míos con una mirada firme e irresistible. Traté de volverme, pero no pude. Me parecía, ahora, ver la ventana a través de una niebla. Luego, creo que otros ojos llegaron y espiaron, y luego otros, hasta que toda una galaxia de ojos malignos y fijos pareció esclavizarme.
Mi cabeza empezó dar vueltas y a latir con violencia. Entonces, tuve conciencia de un vívido dolor físico en mi mano izquierda. Se hizo más agudo y literalmente forzó mi atención. Con un tremendo esfuerzo bajé la mirada y se rompió el hechizo que me había sometido. Entonces me di cuenta de que, en mi agitación, había tomado sin pensar el cristal caliente de la lámpara y me había quemado la mano. Levanté la vista hacia la ventana, otra vez. El aspecto brumoso se había disipado y vi que estaba atestada con docenas de caras bestiales. Con un súbito acceso de ira, alcé la lámpara y la arrojé contra la ventana. Dio contra el cristal (haciendo añicos un panel), y cruzó entre dos de los barrotes hacia el jardín, rociando aceite ardiendo a su paso. Oí varios gritos fuertes de dolor y cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad descubrí que las criaturas habían abandonado la ventana.
Me calmé, busqué a tientas la puerta y cuando la encontré subí la escalera, tropezando en cada peldaño. Me sentía aturdido, como si hubiese recibido un golpe en la cabeza. Al mismo tiempo, la mano dolía mucho y estaba lleno de una oscura rabia nerviosa contra esas Cosas.
Al llegar a mi estudio, encendí las velas. Cuando tomaron fuerza, sus rayos se reflejaron en el estante de armas de fuego sobre la pared lateral. Al verlo, recordé que allí tenía un poder que como había probado más temprano era tan fatal para esos monstruos como para animales más corrientes, de modo que decidí pasar a la ofensiva.
En primer lugar, me vendé la mano porque el dolor rápidamente se volvía insoportable. Después de eso, todo me pareció más sencillo y crucé la habitación hasta el estante. Allí, escogí un pesado fusil, un arma vieja y probada y tras conseguir municiones subí a una de las pequeñas torres que coronan la casa.
Encontré que no podía ver nada desde allí. Los jardines presentaban un manchón borroso de sombras, un poco más negras tal vez donde estaban los árboles. Eso era todo, y comprendí que sería inútil dispararle a esa oscuridad. Lo único que podía hacer era esperar a que saliera la Luna; entonces, podría hacer una pequeña ejecución.
Mientras tanto, me senté quieto y mantuve mis oídos atentos. Los jardines estaban relativamente tranquilos ahora y sólo subía algún ocasional gruñido o chillido. No me gustaba este silencio; me llevaba a preguntarme en qué diablura estaban empeñadas. Dos veces bajé de la torre y caminé a través de la casa, pero todo estaba silencioso.
Una vez oí un ruido en la dirección del Pozo, como si hubiera caído más tierra. A continuación, y durante unos quince minutos, hubo una conmoción entre los moradores de los jardines. Se fue apagando y poco después todo estaba tranquilo de nuevo.
Alrededor de una hora más tarde, la Luna asomó sobre el distante horizonte. Desde donde estaba sentado podía verla por encima de los árboles, pero hasta que no se elevó no pude distinguir ninguno de los detalles de los jardines abajo. Incluso entonces, no pude ver a ninguno de los brutos, hasta que, al inclinarme hacia adelante, vi a varios tendidos boca abajo contra la pared de la casa. No pude entender qué hacían. Era, sin embargo, una ocasión demasiado buena para que la ignorara; apunté y disparé a uno directamente debajo. Se oyó un agudo chillido y cuando el humo se disipó, vi que estaba boca arriba y que se retorcía débilmente. Luego se quedó inmóvil. Los otros habían desaparecido.
Inmediatamente después, oí un fuerte grito en la dirección del Pozo. Fue contestado, cientos de veces, desde todos lados en el jardín. Esto me dio alguna idea de la cantidad de criaturas y empecé a sentir que todo el asunto se estaba volviendo aún más serio que lo que había imaginado.
Mientras estaba allí sentado, silencioso y atento, tuve un pensamiento, ¿Por qué era todo esto? ¿Qué eran esas Cosas? ¿Qué significaban? Luego mis pensamientos volaron a esa visión (aunque, aun ahora, dudo que fuera una visión) de la Planicie de Silencio. ¿Qué significaba?, me pregunté. ¿Y esa Cosa en el anfiteatro? ¡Uf! Finalmente, pensé en la casa que había visto en ese remoto lugar. Aquella casa, tan parecida a ésta en todos los detalles de su estructura externa que podía haber sido modelada desde ésta, o ésta de aquella. Nunca pensé en eso...
En ese momento se escuchó otro largo chillido desde el Pozo, seguido, un segundo más tarde, de otros dos más breves. De inmediato, el jardín se llenó de gritos que respondían. Me puse de pie, rápidamente, y miré por encima del parapeto. A la luz de la luna parecía como si los matorrales estuvieran vivos. Se agitaban de un lado al otro, como sacudidos por un viento fuerte e irregular, mientras llegaba hasta mí un continuo sonido de pisadas presurosas. Varias veces la luz de la luna brilló sobre figuras blancas fugitivas entre los arbustos y disparé dos veces. La segunda, mi disparo fue respondido por un breve chillido de dolor.
Un minuto más tarde, los jardines quedaron en silencio. Desde el Pozo se elevó una ronca Babel de charla-cerdo. De vez en cuando, gritos airados castigaban el aire y eran contestados por gruñidos multitudinarios. Se me ocurrió que celebraban una especie de concilio, quizá para discutir el problema de la entrada a la casa. También pensé que parecían muy furiosos, probablemente por mis certeros disparos.
Me pareció que sería un buen momento para hacer una revisión final de nuestras defensas. Procedí a realizarla de inmediato; recorrí todo el sótano otra vez y examiné cada una de las puertas. Por suerte todas ellas, al igual que la posterior, están construidas en roble sólido y reforzadas con gruesos herrajes. Luego subí al estudio. Estaba más ansioso por esa puerta. Es a ojos vista de una hechura más moderna que las otras, y aunque es una sólida obra de arte tiene poco de su pesada fortaleza.
Debo explicar aquí que hay un pequeño terreno elevado de este lado de la casa, sobre el que se abre dicha puerta; las ventanas del estudio están enrejadas por esa razón. Todas las demás entradas, salvo la puerta principal, que jamás es abierta, están en la planta baja.
Pasé algún tiempo resolviendo cómo reforzar la puerta del estudio. Al final, bajé a la cocina y con cierto trabajo subí varias pesadas piezas de madera. Las calcé, inclinadas contra ella desde el piso, y las clavé en ambos extremos. Trabajé duro durante media hora, y por fin la tuve apuntalada a mi satisfacción.
Entonces me sentí más tranquilo; recogí mi casaca, que había dejado a un lado, y atendí uno o dos asuntos antes de regresar a la torre. Ocupado en eso, oí que toqueteaban la puerta y que probaban el picaporte. Mantuve silencio y esperé. Enseguida oí a varias de las criaturas afuera. Se gruñían unas a otras, en voz baja. Entonces, durante un minuto, hubo silencio. De repente, escuché un gruñido rápido y ronco, y la puerta crujió bajo una tremenda presión. Habría estallado hacia adentro de no ser por los puntales que acababa de colocar. El asalto cesó tan rápido como había empezado, y escuché más charla.
Ahora una de las Cosas lanzó un bajo chillido y oí el sonido de otras que se aproximaban. Hubo un breve conciliábulo; entonces, una vez más, silencio, y me di cuenta de que habían llamado a otras para ayudar. Sintiendo que ahora era el momento supremo, me preparé, con el fusil listo. Si la puerta cedía, al menos mataría tantas como pudiera.
De nuevo escuché la señal en voz baja, y de nuevo la puerta crujió bajo la tremenda fuerza. Durante un minuto, quizá, la presión continuó y yo aguardé nervioso, esperando a cada momento verla derrumbarse con un estrépito. Pero no; los puntales resistieron y el intento resultó fallido. Entonces siguió más de su charla horrible, de gruñidos, y creo que distinguí el sonido de otras que llegaban.
Después de una larga discusión, durante la cual sacudieron la puerta varias veces, se quedaron quietas una vez más y comprendí que intentarían echarla abajo por tercera vez. Estaba casi desesperado. Los puntales habían sido severamente probados en los dos ataques previos y mucho me temía que éste resultaría demasiado para ellos.
En ese momento, como una inspiración, una idea cruzó mi mente atribulada. Al instante, porque no tenía tiempo para vacilar, salí corriendo de la habitación y subí la escalera. Esta vez no me dirigí a una de las torres, sino al mismo techo plano emplomado. Una vez allí, corrí hasta el parapeto, esa pared lo rodea, y miré hacia abajo. Cuando lo hacía, escuché el breve gruñido de señal, e incluso desde allí arriba capté el crujido de la puerta bajo asalto.
No había un solo momento que perder; me incliné, apunté rápidamente y disparé. El estampido fue estridente, y casi mezclado con él, llegó el fuerte "splud" de la bala al impactar en el blanco. Desde abajo se elevó un agudo gemido y la puerta cesó sus crujidos. Luego, mientras retiraba mi peso del parapeto, resbaló una enorme piedra del remate y cayó con un estrépito entre la desorganizada multitud debajo. Varios horribles chillidos tremolaron a través del aire nocturno y entonces escuché un ruido de pies en fuga. Con cautela, me asomé. A la luz de la luna pude ver la gran piedra del remate, atravesando exactamente el umbral de la puerta. Creo que vi algo debajo, varias cosas blancas; pero no podía estar seguro.
Y así pasaron unos minutos.
Entonces vi que algo daba la vuelta a la sombra de la casa. Era una de las Cosas. Se acercó a la piedra en silencio y se inclinó. No podía ver qué hacía. Un minuto después se incorporó. Tenía algo en las garras; se lo llevó a la boca y lo desgarró.
En ese momento no me di cuenta. Luego, lentamente, comprendí. La Cosa se agachaba otra vez. Era horrible. Empecé a cargar el fusil. Cuando miré de nuevo, el monstruo estaba tirando de la piedra, moviéndola a un costado. Apoyé el fusil sobre el remate y apreté el gatillo. El bruto se desplomó de bruces y pateó ligeramente.
Al mismo tiempo casi, con el estampido, oí otro sonido, el de un cristal al romperse. Demoré sólo para recargar el arma y bajé corriendo del techo y los dos primeros tramos de escalera.
Aquí me detuve a escuchar. Mientras lo hacía, se escuchó otro tintineo de cristales al caer. Parecía venir del piso bajo. Excitado, salté los escalones y, guiado por el traqueteo del marco de la ventana, llegué a la puerta de uno de los dormitorios vacíos en la parte posterior de la casa y la abrí de golpe. La estancia estaba apenas débilmente iluminada por la luna, casi toda la luz oculta por las inquietas figuras en la ventana. Justo en ese instante, una se arrastró dentro de la habitación. Levanté el arma y le disparé a quemarropa, llenando el lugar con un estallido ensordecedor. Cuando el humo se disipó, el dormitorio estaba vacío y la ventana despejada. La habitación estaba mucho más iluminada. El aire nocturno entraba a través de los paneles destrozados. Abajo, en la oscuridad, pude escuchar un suave lamento y un confuso rumor de voces porcinas.
Caminé hasta un costado de la ventana, volví a cargar y me quedé allí parado, esperando. Ahora oía un ruido como de riña. Desde donde estaba, a la sombra, podía ver sin ser visto.
Los sonidos se acercaron; y entonces vi que algo trepaba el antepecho y agarraba el marco roto de la ventana. Tomó un trozo de carpintería y pude distinguir que era una mano y un brazo. Un momento más tarde, la cara de una de las criaturas-cerdo se alzó ante mí. Entonces, antes de que pudiese usar el rifle, se escuchó un brusco crac-crac y el marco de la ventana cedió bajo el peso de la Cosa. Un instante después sonó un golpazo sordo y un tremendo alarido me indicó que había caído al suelo. Con la salvaje esperanza de que se hubiera matado, fui hasta la ventana. La Luna se había ocultado tras una nube y no pude ver nada; sin embargo, un constante zumbido de parloteo justo desde abajo indicaba que había varios brutos más al alcance de la mano.
Estaba allí, mirando hacia abajo, y me maravilló que las criaturas hubieran trepado tan alto, porque la pared es relativamente lisa y la distancia hasta el suelo debe ser al menos de unos veinticuatro metros.
De improviso, cuando me incliné para espiar, vi algo impreciso que cortaba la sombra gris del costado de la casa con una línea negra. Pasaba junto a la ventana, a la izquierda, a una distancia de unos dos pies. Entonces recordé que era un conducto de desagüe, colocado allí unos años atrás, para el agua de lluvia. Lo había olvidado. Ahora pude entender cómo conseguían las criaturas llegar a la ventana. Había encontrado la solución; entonces escuché un sigiloso ruido, como de rasguños, y supe que otro de los brutos subía. Aguardé algunos momentos, luego me incliné fuera de la ventana y tenté el conducto. Para mi alegría, encontré que estaba bastante suelto y, usando el cañón del fusil como palanca, logré separarlo del muro. Trabajé con rapidez. Luego, lo tomé con ambas manos, tiré hacia afuera todo el elemento y lo arrojé hacia el jardín con la Cosa todavía sujeta a él.
Esperé unos poco minutos, escuchando, pero después del primer alarido general, no oí nada. Ahora sabía que ya no había razones para temer un ataque desde este sector. Había quitado el único medio de llegar a la ventana y, como ninguna de las otras tenía un conducto cercano que tentara a las fuerzas trepadoras de los monstruos, empecé a sentirme más confiado de escapar de sus garras.
Abandoné la habitación y fui a mi estudio. Estaba ansioso por ver la puerta y cómo había resistido ésta la prueba del último asalto. Entré, encendí dos de las velas y me volví hacia ella. Uno de los grandes puntales se había desplazado, y de ese lado la puerta había cedido hacia adentro algunos centímetros.
¡Fue providencial que lograse ahuyentar a los brutos justo cuando lo hice! ¡Y esa piedra del remate! Me pregunté, vagamente, cómo había conseguido desplazarla. No la había notado suelta cuando hice puntería; y entonces, mientras me enderezaba, se deslizó debajo de mí. Sentí que más le debía el rechazo de las fuerzas de ataque a esa oportuna caída que a mi fusil. Entonces pensé que mejor sería aprovechar esta oportunidad para apuntalar la puerta otra vez. Era evidente que las criaturas no habían regresado desde la caída de la piedra, pero, ¿quién podía decir cuánto tiempo se mantendrían lejos?
Allí y entonces me ocupé de reparar la puerta, trabajando dura y ansiosamente. Primero bajé al sótano y revolví por allí; encontré varios tablones de pesado roble. Regresé con ellos al estudio, quité los puntales y coloqué los tablones contra la puerta. Luego clavé las cabezas de los puntales a éstos, y, calzándolos bien en el suelo, los clavé por abajo también.
De este modo, la puerta quedó más fuerte que nunca porque ahora tenía el refuerzo de las tablas y estaba convencido de que resistiría una presión más pesada que la anterior, sin ceder.
Después de eso, encendí la lámpara que tomara de la cocina y bajé a echar un vistazo a las ventanas más bajas.
Ahora que había visto un ejemplo de la fortaleza que poseían las criaturas, sentía una considerable preocupación por las ventanas de la planta baja, a pesar del hecho de que tenían rejas tan sólidas.
Primero fui a la lechería, con un vívido recuerdo de mi anterior aventura allí. El sitio estaba helado y el viento se colaba a través de los cristales rotos produciendo una nota espectral. Aparte del lamentable aspecto general, el lugar estaba como lo había dejado la noche anterior. Fui hasta la ventana y revisé de cerca los barrotes y noté su tranquilizante grosor. Sin embargo, cuando miré más detenidamente, me pareció que el del centro estaba ligeramente doblado; aunque era muy poco y podía haber estado así durante años. Nunca antes me había fijado en ellos, en particular.
Pasé la mano a través de la ventana rota y sacudí el barrote. Estaba firme como una roca. Quizá las criaturas habían tratado de moverlo, y al encontrar que estaba más allá de su fuerza habían abandonado el esfuerzo. Después de eso, hice una ronda por cada ventana, una a una; las examiné con cuidado, pero en ningún otro lugar pude encontrar nada que mostrara algún intento de forzarlas. Terminada la revisión, regresé al estudio y me serví un poco de coñac. Luego subí a la torre a vigilar.
Eran ahora alrededor de las tres de la mañana, y el cielo oriental comenzaba a palidecer con la llegada del amanecer. El día venía poco a poco y bajo su luz examiné seriamente los jardines, pero en ningún lugar pude ver señal alguna de los brutos. Me incliné hacia adelante y eché un vistazo al pie del muro para ver si el cuerpo de la Cosa a la que había disparado la noche anterior permanecía allí. No estaba. Supuse que los otros monstruos la habían quitado durante la noche.
Entonces, bajé al techo y crucé hasta el lugar de donde cayera la piedra del remate; me asomé. Sí; allí estaba la piedra, como la había visto la última vez, pero al parecer no había nada debajo de ella; ni pude ver a las criaturas que había matado después de su caída. Era evidente que también se las habían llevado. Me volví y bajé al estudio. Allí, me senté, cansado; completamente cansado. Estaba bastante claro ahora, aunque los rayos del sol aún no se sentían calientes. Un reloj dio las cuatro.
Desperté con un sobresalto y miré a mi alrededor, rápidamente. El reloj en el rincón marcaba las tres. Ya era la tarde. Debía haber dormido durante casi once horas.
Me senté en el borde de la butaca con un movimiento repentino y escuché. La casa estaba perfectamente silenciosa. Despacio, me levanté y bostecé. Me sentía desesperadamente cansado, todavía, y me senté otra vez; me pregunté qué me había despertado.
Debe haber sido el reloj al dar la hora, concluí, y ya comenzaba a adormilarme cuando un ruido repentino me trajo, una vez más, a la vida. Era el sonido de pisadas, como de una persona que se movía con cautela por el corredor hacia mi estudio. En un instante, me puse de pie y tomé el fusil. Sin hacer ningún ruido, esperé. ¿Habían forzado la entrada las criaturas mientras yo dormía? Me estaba haciendo esta pregunta cuando los pasos llegaron a mi puerta, se detuvieron un momento y luego continuaron por el corredor. Me acerqué en puntas de pie y espié hacia afuera. Entonces experimenté una sensación de alivio como la que sentiría un hipotético criminal ante el aplazamiento de su ejecución, porque era mi hermana. Se dirigía a la escalera.
Salí al vestíbulo y cuando estaba a punto de llamarla, se me ocurrió que era muy raro que pasara por mi puerta de esa manera furtiva. Me sentí desconcertado, y por un breve momento un pensamiento ocupó mi mente, que eso no era ella, sino algún nuevo misterio de la casa. Entonces, mientras captaba una vislumbre de sus viejas enaguas, la idea se fue tan rápido como había llegado y medio me reí. Esa anticuada indumentaria no podía estar equivocada. Sin embargo, me pregunté qué estaba haciendo, y al recordar su estado mental del día anterior pensé que sería mejor seguirla, en silencio, con cuidado de no alarmarla, y ver qué estaba por hacer. Si se comportaba razonablemente, mejor; si no, tendría que tomar medidas para contenerla. No podía correr riesgos innecesarios bajo el peligro que nos amenazaba.
Llegué rápido al tope de la escalera y me detuve un momento. Entonces, escuché un sonido que me hizo saltar hacia abajo, a velocidad de locura; era el traqueteo de unos cerrojos al ser descorridos. Esta estúpida hermana mía estaba en este momento quitando los seguros de la puerta posterior.
Llegué allí justo cuando ponía su mano sobre el último cerrojo. No me había visto, y se dio cuenta de mi presencia cuando le sujeté el brazo. Levantó la mirada vivamente, como un animal asustado, y gritó muy fuerte.
¡Vamos, Mary! le dije con severidad. ¿Qué significa esta tontería? ¿Vas a decirme que no comprendes el peligro, que tratas de descartar nuestras vidas de esa manera?
No respondió, sólo temblaba con violencia, jadeaba y sorbía como en el último extremo del miedo.
Durante algunos minutos, razoné con ella; señalé la necesidad de precaución y le pedí que tuviese valor. Había poco que temer ahora, le expliqué, y traté de creer que decía la verdad, pero ella debía ser sensata y no intentar salir de la casa durante unos días.
Al final, callé, desesperado. Era inútil hablar con ella; era obvio que no era ella misma de momento. Por fin le dije que mejor haría en subir a su habitación si no podía portarse racionalmente.
Sin embargo, no entendió. De modo que, sin más preámbulos, la levanté en mis brazos y la cargué hasta allí. Al principio gritó, como una salvaje, pero ya había caído en un temblor silencioso cuando llegué a la escalera.
Una vez en su habitación, la acosté sobre la cama. Ella se quedó allí bastante tranquila, sin hablar ni sorber, simplemente se sacudía por un insuperable terror. Tomé una manta de una silla próxima y la coloqué sobre ella. No podía hacer nada más por ella de modo que me acerqué donde Pepper yacía en una gran canasta. Mi hermana se había hecho cargo de curarlo desde su herida, porque era más grave que lo que yo había pensado, y me alegró notar que, pese a su estado mental, Mary había cuidado al viejo perro. Me incliné y le hablé; en respuesta me lamió la mano débilmente. Estaba demasiado enfermo para hacer más.
Luego me acerqué a la cama, me incliné hacia mi hermana y le pregunté cómo se sentía, pero ella sólo tembló aun más; aunque me dolía mucho, tenía que admitir que al parecer mi presencia la ponía peor.
Así que la dejé; cerré la puerta y me puse la llave en el bolsillo. Parecía ser el único curso a tomar.
Pasé el resto del día entre la torre y mi estudio. Para comer, subí una hogaza de pan de la despensa; eso y un poco de burdeos me bastaron por el día.
¡Qué día largo y fatigoso! Si al menos pudiera salir a los jardines, como era mi costumbre, me habría sentido satisfecho; pero estar encerrado en esta casa silenciosa, sin otra compañía que una anciana loca y un perro enfermo, era suficiente para acabar con los nervios del más curtido. Y afuera, en los enmarañados arbustos que rodeaban la casa, acechaban lo podía decir esas infernales criaturas-cerdo esperando su oportunidad. ¿Estuvo alguna vez un hombre en semejantes apuros?
Una vez por la tarde, y de nuevo después, subí a visitar a mi hermana. La segunda vez la encontré atendiendo a Pepper, pero al acercarme se deslizó discretamente al rincón más alejado, con un gesto que me entristeció de manera increíble. ¡Pobre niña! Su miedo me hería de manera insoportable, y no la importunaría sin necesidad. Confiaba en que se pondría mejor en pocos días; entretanto, yo no podía hacer nada; y juzgué todavía necesario por duro que parezca mantenerla encerrada en su habitación. Hubo algo que me alentó: había comido un poco de la comida que le había dejado en mi primera visita.
Y así pasó el día.
A medida que atardecía, el aire se volvía más fresco y comencé a hacer los preparativos para pasar la segunda noche en la torre; subí dos fusiles de repuesto y mi pesado abrigo. Cargué las armas y las dejé junto a la otra; tenía la intención de hacerle las cosas difíciles a cualquiera de las criaturas que apareciera durante la noche. Tenía abundantes municiones y pensaba darle a los brutos una lección tal que les mostraría la inutilidad de cualquier intento de forzar una entrada.
Después, hice la ronda de la casa otra vez, prestando particular atención a los puntales que reforzaban la puerta del estudio. Luego, al sentir que había hecho todo cuanto estaba en mi poder por nuestra seguridad, regresé a la torre, acercándome a ver a mi hermana y a Pepper de camino. Pepper estaba dormido, pero despertó cuando entré y meneó la cola en señal de reconocimiento. Pensé que se veía ligeramente mejor. Mi hermana estaba tendida en la cama, pero fui incapaz de saber si dormía o no, y por tanto los dejé.
Llegado a la torre, me puse tan cómodo como me lo permitían las circunstancias, y me dispuse a vigilar durante la noche. Poco a poco cayó la oscuridad y pronto los detalles de los jardines quedaron fundidos en las sombras. Durante las primeras horas estuve sentado, alerta, escuchando cualquier sonido que pudiera decirme si algo se agitaba debajo. Estaba demasiado oscuro para que mis ojos fuesen de alguna utilidad.
Las horas pasaron con lentitud, sin que sucediese nada desusado. Y salió la luna y mostró los jardines al parecer vacíos, y silenciosos. Y así pasó la noche, sin perturbaciones ni sonidos.
Hacia la mañana, empecé a sentirme más tieso y frío por la larga vigilia; también, me estaba poniendo muy inquieto por la continuada inacción de las criaturas. Desconfiaba y hubiera preferido, lejos, tenerlas atacando la casa, abiertamente. Entonces por lo menos habría reconocido mi peligro y lo habría enfrentado; pero esperar así, durante toda la noche, imaginando toda clase de diabluras desconocidas, era poner en peligro la propia cordura. Una o dos veces pensé que quizá se habían ido, pero en mi corazón encontraba imposible creer que fuera así.
Al final, me sentía cansado y con frío y el nerviosismo me dominaba, entonces decidí hacer una caminata a través de la casa; primero por mi estudio a por una copa de coñac para calentarme. Esto hice y mientras estaba allí, examiné la puerta, con cuidado, pero encontré todo como lo había dejado la noche anterior.
El día acababa de empezar cuando dejé la torre, aunque