BLAZE KITOKO

Adrián M. Paredes

Argentina

Anclé la burbuja en el habitáculo de Nerice. Tenía tantas ganas de estar con ella. En el camino había pasado por la feria y le había comprado un ramo de rosas; presioné la membrana para que las rosas aparecieran y me quedé oliéndolas en la oscuridad de los controles. Ahora más que nunca sentía miedo. No me preocupaba lo que podía sucederme; siempre supe que iba a pasar y estaba preparado, pero llegó ella y el temor a perderla, y eso lo cambió todo. Tantas décadas buscando, esperando a que alguna Nerice distraída doblara por la misma esquina, se sentara en el mismo bar, me diera la hora despreocupada, como se le da a cualquier extraño que no se tiene intención de conocer. Hubo tantas Nerices antes, y al llegar a mi habitáculo, borracho, con las primeras luces del amanecer, fumaba callado y contemplaba mi silueta repetida en el espejo de la cama, llorando por dentro porque era tan difícil. Y después, la asignación al área 14, la mujer que me asesoraría en la construcción de las nuevas máquinas conscientes, la mujer de ojos pardos, blusa escotada, cabello pelirrojo que olía como el acondicionador de la mañana y los hoteles de lujo. Me llamo Nerice Kadin, voy a ser tu asesora técnica en estos quince días. Era una voz ordinaria, una voz que podría haber sido de cualquier otra. Siguieron las citas y las horas perdidas frente al ventilador y las palabras con gusto a vino y los besos en la cama. Eso era Nerice cuando en la fábrica me contaron que un tal Blaze Kitoko había preguntado por mí.

Expandí una abertura en la burbuja para entrar en el habitáculo. Las luces estaban apagadas. Era tarde. Seguro Nerice me esperaba en la cama. Atravesé el living con las rosas en la mano y sentí la ansiedad desesperada de correr la cortina, despertarla, acariciarle el pelo, acostarme con ella; necesitaba saber que al menos podría verla una vez más. Algo no estaba bien. Esa ansiedad. Ese pánico. Esa penumbra inquietante y la respiración en mi espalda, alguien que encendía un cigarrillo.

—Entonces hoy termina todo —dije.

Apoyé las rosas en el borde del sillón y volteé despacio para ver la cara de Blaze Kitoko sumida en las sombras.

—Ya sabés. No es nada personal —dijo.

No podía verlo bien. Llevaba un gabán negro y zapatos brillantes. Una luz que se filtraba de afuera le iluminaba los ojos. Todo terminaba ahí, en los ojos fríos que me apuntaban. Ya no había ansiedad, no había espera. Lo que tenía que suceder, sucedería.

No lucía como yo me lo imaginaba. Tenía el pelo más corto. Más arrugas en la cara. Tal vez un poco más bajo.

—¿Dónde está Nerice?

—En la pieza, durmiendo —contestó después de fumar una seca.

—Por favor, no me gustaría que fuera acá.

—¿A dónde querés ir?

—A cualquier parte. Pero no quiero que sea acá.

—Está bien, vamos.

Tiró el cigarrillo y lo aplastó con el pie.

—¿Puedo verla por última vez?

Blaze se dirigió al dormitorio y corrió la cortina. Me asomé y la vi durmiendo. El pelo extendido sobre la almohada, ladeada hacia este lado, tapada con la frazada, la carita hermosa, Nerice, tu carita es tan hermosa, me gustaría haber tenido más tiempo para decírtelo.

—Gracias. Estoy preparado.

Era mentira. Quién puede estar preparado para algo así.

Subimos a la burbuja. Volamos un rato por la ciudad y anclamos en un callejón comunitario. Caminamos por el pasillo hasta el paredón final. Blaze Kitoko me miró con esos ojos imperturbables que traté de imaginar en las peores pesadillas, se sacó el guante de la mano derecha y la apoyó en mi pecho. Sentí que empezaba a ahogarme. Tuve mucho miedo. Miré arriba y estaba la bóveda, enorme y oscura. Enseguida perdí el equilibrio. Me derrumbé boca abajo.

Fumé una seca larga, tratando de que el recorrido del humo aplacara las imágenes horribles. Había terminado, sí. A pesar de que las muertes a veces volvían, ya no se repetían de manera tan fiel. A menudo acostumbraba lidiar con las imágenes de muchos a la vez y de una forma u otra conseguía ignorarlas para seguir con el trabajo.

Pero las muertes eran distintas. Las muertes siempre eran distintas.


Los controles de navegación anunciaron la proximidad de la boca. Guardé el partido de damas y desvanecí la holografía del tablero. La oscuridad de los túneles no permitía ver más allá de las luces turbias de los controles.

La boca se abrió.

Gólgota. La ciudad más ruin y pecaminosa. También la más poblada: cinco mil billones de habitantes. Hace apenas dos siglos, la población de Gólgota era menor a la mitad, pero los vicios atraen a los seres humanos; el Estado tuvo que aumentar la altura de la bóveda y las torres se expandieron. Hoy, Gólgota cuenta con las torres más altas jamás edificadas. Los desechos tóxicos generan en la atmósfera huecos gravitatorios irreparables, nubes fuliginosas que envuelven los pisos más altos y desatan tormentas continuas. Las malas condiciones condenan a los habitantes a una expectativa de vida de apenas cincuenta años. Sin embargo, la población sigue en aumento; como si dilapidar décadas fuera un precio justo.

No se puede sobrevolar Gólgota con una burbuja. Aunque lo sabía, un bot afable de los servidores fronterizos me lo recordó con un mensaje colorido en la pantalla central. El bot preguntó por los motivos de mi visita. Placer, como contestaría cualquier viajero que escupiera el Hormiguero. El bot me asignó una bahía de desembarco. Tracé rumbo. La burbuja atravesó los cinco kilómetros de campo yermo que preceden a la ciudad y se sumergió en el colosal y húmedo muro de entrada. La bahía era pequeña. Ni bien expandí una abertura, dos chicas en ropa interior me dieron la bienvenida, me acariciaron; la de conjuntito rojo empezó a besarme el cuello.

—Estoy buscando a Oria Glyn —dije.

—¿Para qué, papito, si nosotras somos mucho mejores? Podemos hacer que pases una hora inolvidable.

—Vine a buscar a Oria.

La rubia de ropa interior negra desplegó en el aire tres paneles de información. Uno mostraba un mapa del sector, otro un listado de prostíbulos y el tercero un motor de búsqueda. La chica buscó a Oria Glyn.

—Está en el sector Cleopatra —dijo—. Para llegar podés tomar el transporte 116, que sale en quince minutos por plataforma 2015, o el 266, media hora, plataforma 392.

Me mostraron sus respectivas identificaciones y con el pulgar acredité un humilde agradecimiento a cada una. El sistema monetario de Gólgota se maneja por tarjetas personales, pero no se necesita una si uno es un turista que sólo viene a gastar; el sistema rastrea el ADN escaneado y localiza la cuenta universal del cliente. Las identificaciones de las chicas se iluminaron de verde; si se hubieran tornado rojas, habría significado que el pago no había sido aceptado por falta de fondos.

Un deslizador me llevó a la plataforma 2015, donde por lo menos cien personas aguardaban la llegada del transporte 116. Como en todos los sectores de la ciudad, la iluminación era mortecina; los tubos relampagueaban y en algunos momentos sólo había oscuridad. A nadie parecía molestarle. Algunas personas leían sin problemas los paneles personales. Para un turista, al principio resultaba incómoda la escasez de recursos, pero con el tiempo se confundía con un vicio más.

Consulté el itinerario. El sector Cleopatra era la cuarta estación.

Había tres filas largas de bancos dispuestas a pocos centímetros del andén. Algunos aprovechaban la espera para drogarse. Las drogas livianas eran gratuitas en Gólgota, una buena estrategia de mercado: una persona normal no puede ingerir más de un gramo de cocaína embrutecida en un día, el gasto de un gramo es insignificante frente a los productos que la droga incitará a consumir en los sectores de la ciudad.

Me senté al lado de un hombre calvo que fumaba marihuana.

—Esto es lo mejor —me dijo el hombre; tenía los ojos encarnados, se notaba que no estaba acostumbrado a fumar—. ¿Sabía usted que en un tiempo la marihuana estuvo prohibida?

Lo miré pero no le contesté. Qué contestarle a una persona que dice algo así. Cualquier droga pasa períodos prohibida, después se legaliza, después se vuelve a prohibir. En todas las ciudades es igual.

—Pensar que este porro es cincuenta veces más fuerte que el porro que fumaban nuestros abuelos —siguió a pesar de que yo no le contesté—. Es como la cocaína embrutecida, a eso sí que no me animo. La alteran demasiado. Una vez aspiré y no pude dormir ni comer por cinco días.

Encendí un cigarrillo. El hombre apagó el porro y lo guardó con prolijidad dentro de un papel. Después, sacó del bolsillo de la camisa una cápsula y la ingirió.

—Dentro de un rato voy a empezar a ver dragones —me confesó con una sonrisa cómplice.

Fumé una seca y pensé: pobre tipo, va a ver dragones, sí, pero dentro de la ciudad se va a quedar pobre.

Llegó el transporte. Tiré el cigarrillo y lo aplasté con el pie.

El transporte 116 resultó un híbrido entre un monorriel y una burbuja comunitaria. A veces la oruga viajaba sobre rieles por entre las torres sombrías, a veces los rieles se terminaban y había que planear. Gólgota no tenía calles. Nadie transitaba la ciudad fuera de pasajes cerrados, túneles o transportes; por este motivo, para ahorrar recursos, las torres casi no estaban iluminadas por fuera. A través de las ventanillas sólo se veía la noche furiosa que cada tanto estallaba en relámpagos, truenos y la lluvia que golpeaba violenta contra los cristales.

El panel de información me informó que el viaje a Cleopatra demoraría treinta y dos minutos, así que aproveché el tiempo para concentrarme en las imágenes de mi cabeza.

Recibía un bosque nevado. Blaze Kitoko descendía por una pendiente surcando los árboles flacos y desnudos. Cargaba al hombro un hacha ensangrentada y a la derecha arrastraba un animal muerto. No pude ver qué tipo de animal era. El cielo, nublado. Tenía prisa. Llegó hasta una cabaña, entró, dejó lo que cargaba sobre una mesa rústica de madera y encendió la chimenea. Dónde estabas ahora, Blaze Kitoko, por qué me costaba tanto encontrarte. La mayoría de las veces era fácil, con sólo dedicar unas horas a investigar las imágenes bastaba. Ya se había convertido en una rutina estúpida, sin sentido. Pero este Blaze Kitoko era todo un reto. Hacía veinticuatro horas se encontraba en esta ciudad, de paso, haciéndole el amor a Oria, y ahora me llegaban las imágenes de esta cabaña y este bosque nevado, paisaje que tanto contrasta con la sórdida y húmeda Gólgota. Jugaba conmigo, cada vez estaba más seguro de eso, sabía que le seguía la huella, como todos, y cuidaba cada escena que me enviaba, cada lugar que visitaba y, lo más importante, no se quedaba más de dos días en un lugar. Era probable que mientras veía el interior de la cabaña, la silla, las manos que desataban los borcegos, la nieve a través de la ventana, el Blaze Kitoko actual, con cuarenta y ocho horas de ventaja, ya había atravesado el Hormiguero por lo menos una vez y estaba descansando en una boca muy lejana.

El transporte me dejó en la entrada. Me desabroché el sobretodo porque hacía más calor. Encendí un cigarrillo y me adentré en las luces de neón abigarradas, los carteles luminosos, las holografías de prostitutas desnudas y los vendedores de droga, putas y placeres exóticos que se abalanzaban encima de cualquier visitante gritando y repartiendo folletos. Cleopatra es una zona bastante iluminada; uno puede ir caminando y fumando mientras es atravesado por centenares de propagandas holográficas y mapas del sector y suena música electrónica en cada rincón.

Un proxeneta se acercó y me ofreció una hora inolvidable con Annick, la diosa del sexo anal.

—Estoy buscando a Oria Glyn. ¿Sabe dónde puedo encontrarla?

El proxeneta consultó los paneles.

—Oria ofrece sus servicios en el barrio de Kikuya. Si quiere puedo conseguirle un deslizador que lo lleve hasta el establecimiento donde ella trabaja.

Extendió la identificación y presioné el pulgar. Esperó hasta que la tarjeta se tornó verde y luego dijo:

—Acompáñeme, por favor.

Subí al deslizador y en dos minutos encendí un nuevo cigarrillo en las puertas de un club llamado Heian, en el barrio Kikuya. Adentro la música sonaba fuerte. Los clientes eran todos hombres. Mujeres desnudas ofrecían espectáculos exóticos en distintos escenarios flotantes estacionados a diferentes alturas. El techo era una cúpula con una pintura de Da Vinci. Enseguida se me acercó una mesera; uno no puede estar un segundo parado en ningún lugar de Gólgota sin que alguien lo intercepte ofreciéndole servicios. El proxeneta me había dado una tarjeta de prioridad; era hora de usarla. La apoyé sobre la bandeja de la chica. Ella rió cuando una circunferencia opalina se cristalizó en la superficie de la bandeja alrededor de la tarjeta.

—El buen Mario. —Me miró y me preguntó—: ¿A quién quiere ver?

—Oria Glyn —respondí.

—Sígame.

Subimos dos pisos. Las luces y la música me confundían, sin embargo era difícil perder de vista la cola desnuda de la mesera. Entramos a una habitación suntuosa, cargada de un estilo oriental un poco exagerado. La mesera se despidió después de que pulsé mi solicitada donación en su identificación. Un rayo de luz mortecina se proyectó sobre la mujer sentada en el suelo junto a una mesita pequeña con un fino juego de té de porcelana japonesa.

—Busca a Oria Glyn. ¿Qué quiere que haga la geisha para usted?

—No requiero sus servicios sexuales. Sólo necesito información.

La mujer permaneció en silencio. Mantenía la cabeza gacha, las manos juntas, las piernas cruzadas, la posición del loto usada para la meditación. Tenía puesto un kimono blanco y parecía desnuda debajo.

Después de un rato, levantó la cabeza y me miró. Tenía la cara pintada de blanco, como una típica geisha, los labios muy rojos, los ojos oblicuos. Había elegido un color celeste claro para el iris y un ámbar pálido para el claro alrededor. Las putas de cierto nivel usaban filminas de ojos, boca, pómulos, mentón, frente y cejas, con las cuales podían rediseñar y reconstruir su propio rostro. Nunca se sabía cuál es la verdadera cara de una puta, ni siquiera ellas debían recordar sus rasgos originales; se aplicaban las microcirugías antes de cada servicio para lucir agradables de acuerdo a las preferencias del cliente.

—Quiere información de Blaze Kitoko —rió—. No puedo dársela.

—¿Cuánto quiere?

—Cuando un cliente paga por mis servicios también está pagando por la privacidad. No puedo violar ese contrato. ¿Quiere un té?

Asentí. La geisha indicó que me sentara en el suelo, frente a ella.

Tomó la fina tetera y sirvió té en mi tacita. Había dos. Después se sirvió ella y regresó la tetera al lugar original.

—¿Ha pensado alguna vez en abandonar esta búsqueda enfermiza que hace tantos siglos ha emprendido y dedicarse a disfrutar la vida? —me preguntó; la voz era dulce, parsimoniosa.

—Como hizo Blaze Kitoko.

—Sí —Me miró—. Como hizo Blaze Kitoko.

Tomé la taza y la acerqué a la boca. Demasiado caliente.

—Habló con usted. Lo vi. ¿Qué le dijo?

Cuántas veces deseé que con las imágenes me llegaran los sonidos, así podía evitarme estos interrogatorios inútiles.

—¿Por qué no lo deja en paz? ¿Por qué no se deja en paz?

—Sé que Kitoko la frecuenta. Usted es su puta preferida.

—Soy muy buena. Él pasa tiempo placentero conmigo. Usted tiene exactamente los mismos gustos. Si contrata mis servicios se sentirá tan bien como él. Terminará necesitándome.

—¿Él usa drogas pesadas?

—¿Qué importa eso? Sólo le interesa saber a dónde fue.

Volví a tomar la taza de té. Un poco mejor. Bebí un sorbo.

—Yo sé qué está viendo ahora. Un bosque nevado. Una cabaña. Montañas.

—Está jugando un juego peligroso, Oria. Por lo que acaba de decir debo inferir que él le contó dónde iba a estar.

—Él me contó muchas cosas. ¿No tiene miedo?

—¿Miedo? ¿Por qué debería tener miedo? En todo caso, es él quien debería estar asustado.

—Para nada. Blaze Kitoko no teme morir. ¿Y usted?

—Yo no puedo morir. ¿Cómo puedo temer que suceda algo que es imposible?

—¿Y si le revelara que alguien lo está siguiendo?

La idea de un Blaze Kitoko persiguiéndome a cuarenta y ocho horas de distancia, me causó un terror cerval. Por un instante perdí el control y la taza se resbaló y cayó en la mesa; se partió en dos, una mitad quedó en la mesa, la otra en el suelo.

Fulminé a la geisha con la mirada y le dije:

—Si no me dice todo lo que sabe en este momento, voy a mutilarla hasta que cante la verdad.

—Qué lástima. No se imagina la antigüedad de la taza que acaba de romper —respondió Oria taciturna.

—Está jugando conmigo. Si alguien estuviera siguiéndome, ya me habría dado cuenta. Es imposible que no pueda verlo. En cuanto él se hubiera enfocado en mí, yo ya lo sabría.

—¿Supo alguna de sus víctimas anteriores cuando usted se enfocó por primera vez en ella? Es muy diferente saber que algún día va a morir, a tener la certeza de que hoy es el día.

En un movimiento rápido y de rabia intensa, salté sobre ella, la empujé contra el suelo y le oprimí el cuello.

Ni pataleó, ni pareció asustada. Le cortaba la respiración, se quedaba sin aire, sin embargo seguía impasible, cruzándome con la mirada, los ojos silenciosos, enigmáticos, de hermosura oriental inasequible.

—¿Qué te pasa? —le pregunté nervioso—. ¿No te importa morir?

Cuando uno está acostumbrado a asesinar puede sentir cómo la vida abandona el cuerpo, cómo eso que llaman alma se va apagando, se va extinguiendo, como la llama luminosa de una antorcha.

Oria se moría, y no le importaba.

—¿Por qué?

Aflojé la presión sobre el cuello para que se recuperara y pudiera hablar.

Después de un rato dijo:

—La vida es importante sólo cuando se la valora. Todos tenemos miedo de perder algo que valoramos.

—Yo no valoro la vida.

—Lo tuyo es costumbre. También se teme romper con una costumbre. Las costumbres significan comodidad. Estás acostumbrado a la inmortalidad.

La solté. No servía de nada lo que estaba haciendo.

Ella tosió.

Me senté al lado y encendí un cigarrillo.

—¿No estás contento? —me preguntó todavía acostada. El kimono se le había arrebujado y asomaban las piernas y parte del seno derecho—. ¿No deseaste siempre una víctima que no fuera tan fácil, una víctima capaz de jugar a tu nivel? Él ya te demostró que la encontraste. Nadie se te escapó ni te burló jamás tanto tiempo como él.

Mientras fumaba y la escuchaba, até cabos y de pronto el triste papel de Oria Glyn se me rebeló tan claro como un día de sol en la bella y paradisíaca Arcadia.

—Estás enamorada —dije.

Cerró los ojos y dejó caer una lágrima.

—Pero él no puede enamorarse de vos. Puede sentir placer, puede pasarla muy bien a tu lado, pero no es capaz de sentir lo mismo que sentís.

Ahora no sólo era una lágrima la que rodaba por las mejillas, eran varias, muchas de ellas; lloraba en silencio.

La acaricié. Le acaricié la cara. Sentí tanta lástima.

—No sólo no te importa la muerte, estás buscándola. Recién deseabas que te matara. Ahora entiendo. Por eso la última vez que Blaze Kitoko te vio, la última vez que te vi a través de sus ojos, llorabas tanto, llorabas desesperada y lo abrazabas, y tus labios decían "no, no, no puedo hacerlo". Me acuerdo de tus labios. Las palabras se formaban tan claras...

Oria abrió los ojos y me miró, envuelta en lágrimas.

—Por favor, no sigas.

—Él quiere ser encontrado. Ya consiguió demostrarme que si quiere puede escapar para siempre. No soy una amenaza para él. Es más inteligente. Pero ahora me necesita. Ahora quiere que lo encuentre.

Oria lloraba desesperada. Levantaba las manos, me acariciaba la cara, el pecho, acariciaba a Blaze, "Blaze Kitoko, por favor, no sigas".

—Él sabe que lo amás. Por supuesto que sí. Pero quiere terminar con todo. Quiere morir. Te dijo dónde me esperaría, pero es tan inteligente: sabía muy bien que preferirías que te matara antes de delatarlo. Por eso escondió el nombre en tus labios. En tus hermosos labios. —Acaricié con los dedos los labios empapados y temblorosos que ya no emitían sonido, pero dibujaban "no, por favor, Blaze, mi amor, no sigas, te pido que lo dejes, por favor"—. Te obligó a decirlo. Y te miró. Te miró muy bien para que después de dos días te viera yo también.

—No te hagas esto —seguían los labios mudos—. No te hagas esto. Dejate en paz.

Seguí acariciando esos labios, dibujando entre los recuerdos de la última noche, las palabras, "pudiendo escapar, amor, por qué querés que te encuentre, te amo, soy toda tuya, buscando la muerte estás despreciando mi vida".

—Enterrado en tus labios. Tu amante así lo quiso. El nombre. El nombre del lugar que eligió para morir.

"No vayas allá, por favor. Vámonos juntos. Con los ojos vendados, a un lugar irreconocible, parecido a millones de lugares que existen en el universo. Por favor, no vayas. No vayas a..."

—Bosque Viejo.

—Nooooo —gritó ella entre llantos descontrolados—. Noooo. ¿Por qué lo dije? ¿Por qué lo dije?

Me levanté un poco mareado. El estupor no me permitía apartar la vista de la geisha.

—No es justo. Yo puedo amarte hasta el final de mi vida. Yo puedo regalarte todo, todo mi amor, y vivir para siempre en los días de tu inmensa eternidad. ¿Qué significan para vos mis pocos años de vida? Nada. Pero tu egoísmo no permite que robe ese poquito tiempo que te estoy pidiendo. Bosque Viejo, ya lo dije. Ya conseguiste lo que viniste a buscar. Ahora andate, por favor. Si te queda algo de compasión, dejame morir sola, dentro de treinta años quizá, o cuarenta, qué importa.

Quise decirle algo, pedirle perdón por ser egoísta, perdón por ser lo que soy, pero para qué, sólo iba a causar más daño.

Di media vuelta, aplasté el cigarrillo y me fui.


Dejé atrás el muro de Gólgota y me sumergí a gran velocidad en el Hormiguero. Bosque Viejo se ubica en la boca 4008, en Tristesse. Es imposible navegar en modo manual dentro del Hormiguero, las rutas son angostas, el tránsito de burbujas incalculable. El Hormiguero abarca un hueco en el espacio-tiempo de miles de millones de años luz de diámetro y, a pesar del espacio insondable que ocupa, se satura con infinidad de burbujas de distintos tiempos y mundos.

En cuanto la computadora trianguló la señal de Tristesse, trazó rumbo y estimó dos horas para la proximidad de la boca. Tendría tiempo para pensar.

La superficie de Tristesse estaba casi despoblada. Era inhabitable, excepto las provincias en donde se construyeron algunos pocos pueblos humildes. Bosque Viejo se encontraba al sur de la península de Hojarí, poseía las montañas más altas y majestuosas. Ningún lugar de Bosque Viejo había sido alcanzado por un ser humano; la temperatura desciendía a doscientos grados bajo cero por la noche. Para los hombres como Blaze Kitoko y yo no era inconveniente, pero nadie podía sobrevivir a las tormentas inclementes y los vientos gélidos que hostigaban el sector. El mapa tridimensional trazaba una ruta directa a través de los Bosques Albinos. No podría llegar con la burbuja. Tendría que aterrizar en Quetzalcóatl, el pueblo más cercano de la frontera, y conseguir un transporte terrestre o caminar. Revolviendo las imágenes de Kitoko veía una montaña muy alta, un lago; la cabaña se ubicaba a orillas de un desfiladero, con vista al lago, justo donde terminaba el bosque. Había muchos paisajes dentro de Bosque Viejo que se ajustaban a esta descripción, pero la mayoría estaban muy lejos de Quetzalcóatl y Kitoko no había tenido tiempo suficiente para adentrarse demasiado en la zona, contando además que no debía ser fácil la locomoción en un área tan hostil. Quería que lo encontrara, era obvio, sino no habría sido tan sencillo dentro de esa inmensidad de bosques solitarios.

La burbuja sobrevoló los Bosques Albinos, una extensión de dos mil ciento cincuenta kilómetros y la turbulencia me obligó a aterrizar antes de lo planeado. Tuve que caminar más de tres horas para llegar al pueblo. Quise encender un cigarrillo, pero el viento arreciaba con tal violencia y la nevada era tan profusa que me fue imposible fumar. El frío era brutal. Aunque el sobretodo mantenía mi temperatura corporal, sentía que me congelaba y las piernas se entumecían cada vez que se hundían en las capas profundas de nieve.

En el mapa, Quetzalcóatl figuraba como un pueblo, pero en realidad no era más que un conjunto de quince cabañas construidas en círculo. Contando las mujeres y los niños, no habría más de cincuenta habitantes; todas familias con hijos. Cómo se puede vivir en un lugar así.

Cuando ingresé en el círculo de casas, una mujer me dio la bienvenida. Tenía un vestido largo, blanco, pelo rojo, ojos celestes y la piel muy pálida. Antes de mi llegada, intentaba sacar agua del aljibe; el proceso era complicado, tenía que elevar la temperatura para que las capas de hielo se descongelaran. El pad que había traído de la burbuja indicaba que el punto de encuentro se hallaba a cincuenta kilómetros de mi ubicación actual; un punto rojo resplandecía en la ladera del desfiladero que había marcado como posible cabaña de Kitoko.

—Hola, ¿usted de vuelta? —me saludó la mujer.

—Lo siento, señora. Es la primera vez que vengo a Quetzalcóatl.

—Entonces debe estar buscando al que pasó por el pueblo hace tres días.

—Sí. Sé que se internó en Bosque Viejo.

La mujer miró hacia las inmutables montañas.

—¿Usted también va allá?

—Sí. Tengo que encontrarlo. ¿Sabe adónde se dirigió?

—¿Qué importa? Ya debe estar muerto.

Se inclinó para alcanzar el tablero del aljibe, pulsó dos o tres teclas. La temperatura iba aumentando y las estalactitas se deshacían lentamente.

—Siempre está congelada. Mi marido dice que no debemos abusar del calefactor. ¿Cómo quiere que saque agua entonces?

—¿Qué hizo Blaze Kitoko cuando pasó por acá? ¿Habló con alguien?

—¿Quién? ¿Es su hermano? —Me miró y dijo—: Son exactamente iguales.

Asentí.


Ilustración: Daniel Erazo

Era una lástima que no estuviera prestando atención cuando Blaze pasó por Quetzalcóatl. No recordaba haber estado jamás en este pueblo.

—Habló conmigo y con mi marido. Cenó con nosotros y después partió. Mi marido dijo que estaba loco. Nadie puede sobrevivir ni diez minutos en Bosque Viejo.

—¿De qué hablaron en la cena?

—Lo de siempre. La situación de Tristesse, el Supremo. Su hermano nos contó de los lugares fascinantes que visitó. Era un hombre muy agradable y muy apuesto. Pero tenía los ojos tan tristes. Como los suyos. Sus ojos también están tristes.

La mujer se acercó, me abrazó y me besó en la boca. Fue un beso acalorado. Un beso de amantes. Su lengua se encontró con la mía y se acariciaron. Después se alejó, se quedó mirándome y dijo:

—No esperaba eso, ¿no?

—La verdad es que no.

—Mi marido no está en el pueblo. Se fue a buscar comida. ¿Quiere tener sexo conmigo?

Para otras culturas, la propuesta podría haber parecido indecente; sin embargo, no había malicia en la voz de la mujer, ni rastro de culpa ni deseo incontrolado; a decir verdad, no había ninguna expresión en ella, nada que demostrara que lo que me estaba pidiendo iba en contra de lo natural. Ni siquiera se mostró ofendida cuando la rechacé; sin alterarse, volvió la atención al aljibe.

—¿Puede prestarme algún medio de transporte? —pregunté confundido.

—Tenemos muy pocos. Su hermano se llevó uno y no lo trajo de vuelta. No podemos darnos el lujo de perder otro. Y aunque se lo prestáramos, no funcionarían a tan baja temperatura. ¿Es consciente de cómo es el clima allá arriba?

—Sí, lo sé. Es que tengo que rescatar a mi hermano. El pad marca que puede estar a cincuenta kilómetros de la frontera.

—Está bien. Le prestaré mi vehículo. Sólo si tiene sexo conmigo.

Tiró de las cuerdas y levantó el balde cargado de agua.

—¿Qué dice? ¿Acepta?

—La verdad es que no sé qué decir.

Levantó el balde, se acercó de vuelta y me dio otro beso. Esta vez más corto.

—No se asuste. Es una broma —dijo después.

Empezó a caminar hacia la tercera cabaña. La seguí.

—Cuando llegue mi marido, le pediré que le preste el vehículo.

—¿Tardará mucho?

—Tiene que llegar antes del discurso del Supremo, si quiere seguir con vida.

—¿Quién es el Supremo?

—¿No sabe nada del Supremo? ¿Cómo puede ser? ¿De dónde es usted?

—No lo sé. No tengo un asentamiento fijo. Soy nómada.

Rió.

—La misma respuesta de su hermano. Y usted, ¿de quién escapa?

—Yo no escapo de nadie.

Recordé las palabras de Oria, cuando jugaba conmigo. Cómo podía estar seguro de que nadie me seguía. Estas mismas imágenes podían estar siendo transmitidas a otro como yo. La mujer entrando a la cabaña, sirviéndome un vaso de agua, encendiendo el fuego para cocinar algo. Cuarenta y ocho horas después, todo volvería a repetirse.

—¿Cuántos años tiene? —me preguntó la mujer.

—Muchos. Demasiados.

—¿No va a decirme?

—¿Cuántos le parece que tengo?

Se sentó enfrente y me miró.

—A juzgar por su cara y su cuerpo, luce de unos cuarenta, treinta y cinco, por ahí. Pero por la mirada diría que tiene como trescientos años.

—Debo decirle que se quedó corta con la estimación.

—¿De los cuarenta o los trescientos?

Lo que había puesto en el fuego empezó a hervir. Se levantó apurada y apartó la cacerola a un costado.

—Está oscureciendo. ¿A qué hora es el discurso del Supremo?

—Ya falta poco. No se preocupe que nos vamos a enterar. Va a tener que acompañarnos. Por su seguridad. No querrá quedarse solo mientras habla el Supremo.

Encendí un cigarrillo y dije:

—¿Por qué? ¿Qué pasa cuando habla el Supremo?

—Se hace de noche. La tierra tiembla. No es bueno estar solo.

Revolvió la cacerola con una cuchara de madera y probó un poco de lo que había adentro. Después me ofreció.

—¿Qué es?

—No puede preguntar. ¿Quiere o no quiere?

Acepté. Era muy rico. Parecía arroz.

La mujer me besó otra vez. Ni siquiera esperó a que tragara. Me besó e hizo fuerza con la lengua para meterse en mi boca. Tuve que acceder. Después regresó a la cocina como si nada hubiera pasado.

—¿Todas las mujeres de este pueblo son así de cariñosas?

Se rió.

—Le aseguro que si entrara a la cabaña de Snana, no podría rechazarla.

—¿Cómo se llama usted?

—Me dicen Accalmie, pero no me llamo así. En este lugar nada se menciona con su verdadero nombre. Ni siquiera las personas. Snana no se llama de verdad Snana. Tampoco este pueblo es Quetzalcóatl.

—El mapa de mi burbuja lo conoce con ese nombre.

—Los mapas tampoco conocen los nombres verdaderos.

—¿Tiene hijos?

—Sí. Tengo tres. Dos varoncitos y una nena ya bastante crecidita.

—¿Dónde están?

—El nene más chico está con mi marido. La nena y el varón más grande están muertos.

Fumé una seca, nervioso. No me atreví a decir nada.

Parecía que ella no toleraba el silencio; corrió a sentarse de vuelta, apoyó la mano sobre la mía y dijo:

—No se preocupe. Las cosas son así en este lugar. Todos vivimos hasta que el Supremo ordene lo contrario.

—Ese Supremo parece un dictador. ¿Cómo es que ningún documento habla de él?

—No es malo. Si no fuera por él... Venga.

Me instó a ponerme de pie.

—Tenemos que prepararnos para el discurso.

—Su marido y su hijo no llegaron todavía.

—Ya van a llegar.

Me condujo de la mano hacia el dormitorio y pidió que me sentara en la cama. Quería que la observara mientras se cambiaba. No entendía sus reacciones. Llegué a pensar que Accalmie sufría desvaríos mentales y que nada de lo que decía era cierto, hasta que la acompañé al árbol junto a los habitantes del pueblo.

De un momento a otro, hilos de sangre empezaron a cubrir el cielo y el bosque se sumió en una penumbra bermeja. Del árbol, seco, alto, esmirriado, brotaron parlantes redondos, pequeños, decenas de parlantes que en un instante cubrieron las ramas resquebrajadas. Se escuchó el estrépito de un trueno y la tierra tembló, tal como Accalmie dijo que pasaría. Las ramas empezaron a moverse para dirigir los parlantes hacia la gente.

Y el discurso empezó.

Estábamos en la cima de la colina más cercana de Quetzalcóatl. Las ondas de sonido inundaron los oídos de los que estábamos presentes. Los gritos incoherentes, ininteligibles, se escucharon con la potencia de los cientos de brotes que amplificaban el sonido. Todos escuchaban atentos, de pie, en posición de firmes, como soldaditos en el discurso de su querido dictador. Las palabras sonaban agresivas, más que palabras eran ladridos. A veces había interferencia y las ondas se mezclaban con lluvia o reducían la velocidad de reproducción o la aumentaban. Todas las miradas enfocadas en el árbol, como hipnotizadas, como poseídas. Accalmie estaba a mi lado y el esposo y el hijo no habían llegado; sin embargo, no se la notaba preocupada, no parecía que pensara en nada, los ojos abiertos, grandes, alucinados, la cabeza derecha, la espalda recta.

Con discreción, saqué el pad del bolsillo del sobretodo y tomé un muestreo de las ondas sonoras que circulaban a través de nosotros. El microprocesador tenía la capacidad de reconocer los sonidos y encontrar semejanzas con cualquier otro almacenado en la base de datos de la computadora de la burbuja, con la cual se mantenía en ininterrumpido contacto; con suerte, quizá le fuera posible asociar los fonemas con algún idioma conocido. Más allá de la distorsión y los perturbadores murmullos que hacían más temible la voz del Supremo, había algo que me resultaba familiar en esos gritos.

Logré aislar el discurso sin ruidos en un canal separado y el pad se puso a dialogar con la burbuja. No era sencilla la comunicación con este clima. Los parlantes del árbol seguían escupiendo gritos. De vez en cuando, el viento traía chillidos y estrépitos de temblores lejanos. El firmamento, cubierto por completo con un espeso líquido bermejo.

Una luz en el pad anunció que no se había encontrado ninguna coincidencia. El idioma no figuraba como uno conocido por la raza humana.


El pueblo regresó al anochecer. Se veían abatidos, como si los gritos del Supremo no hubieran traído buenas noticias. Me intrigaba saber si ellos lo habían entendido, pero no me animé a acercarme a ninguno; por otra parte, yo era una cara nueva y nadie pareció extrañarse ni me preguntó de dónde venía, quién era o qué quería. Accalmie era la de semblante más triste. Cuando los parlantes se callaron, empezaron a oxidarse como si fueran flores marchitándose y uno a uno se desprendieron de las ramas y cayeron al suelo. El cielo se despejaba para dejar lugar a un crepúsculo ordinario. La gente empezó a juntar los parlantes consumidos y a tirarlos a un estanque que había ahí cerca. Accalmie ya se veía muy mal. Quizá había caído en la cuenta de que ni el marido ni el hijo estaban con nosotros.

Llegamos a la cabaña y por primera vez en mi vida no supe qué hacer. Tenía que emprender el camino hacia Bosque Viejo, hacia el punto rojo donde me esperaba Blaze Kitoko, eso decía mi sangre, pero no podía dejar sola a Accalmie. Ella me pedía que entrara, "por favor, no te vayas esta noche", me suplicaba. Tan sola, tan triste, era como si su voz me transmitiera una oleada de soledad asfixiante, no podía soportar verla sufrir así.

Entré.

Eché un vistazo a las imágenes y me conformé con que Kitoko aún seguía allá arriba, esperando en la cabaña, junto al fuego. Claro que lo que veía era de hacía dos días, pero sabía que ya no se movería.

Accalmie se sentó junto a la ventana a contemplar la oscuridad y a llorar. Ya era de noche. Pobre mujer. Su marido y su hijo ya no volverían. Qué les había pasado. Qué sucedía con la gente que no estaba presente durante el discurso.

Me encontraba parado frente a ella, analizándola, y no sabía qué hacer. Se corría el flequillo porque le molestaba y seguía llorando, y de pronto me miró y me dijo:

—¿Me abrazás?

Me acerqué, grandote y torpe, y dejé que apoyara la cabecita en mi estómago, justo donde sentía ese nudo ácido, horrible, que no me permitía pensar. Le acaricié el pelo y lloró más fuerte. Las lágrimas en mi sobretodo, los gritos ahogados en mi abdomen, "cuánto dolor, Accalmie, hay en todos los mundos a los que voy, cuánto dolor". Y al final empiezo a pensar que mi vida es tan sencilla, sólo fui creado para terminar con los que son iguales a mí, me enfoco en uno, veo lo que está viendo y ya está, voy tras él, hasta que un día, el día siempre temido por cualquiera de nosotros, toco la puerta de la víctima, ni necesito presentarme, me reconocen enseguida, apoyo la mano en el pecho y robo la inmortalidad, "tan fácil es, Accalmie, no me importa perder a nadie, no sufro por nada, nada puede hacerme daño, y si entrara otro Blaze Kitoko ahora mismo, para apoyar su mano en mi pecho, ya no importaría, porque sé que el dolor del hombre es mucho más fuerte que la muerte. El dolor es amor, el dolor es perder a alguien que era tuyo, el dolor es perder a alguien que uno creó".

Sentí su aliento en mi boca. Sentí su lengua que me acariciaba y las manos que me quitaban el sobretodo. Sentí las lágrimas. Sentí el dolor. Sentí el cuerpo pálido frotándose con el mío, los dos desnudos, y los labios que besaban mi pecho, donde estaba mi vida, y vi la cabellera roja, los ojos cielo, el cuello delicado, acaricié los senos caídos, la espalda tersa. Entonces esto era el amor, pensé, el dolor de perder a alguien, el dolor del tiempo efímero, tiempo que desprecio, malgasto, tiempo que nunca me importó. Y en un momento en que ella estaba sobre mí, en la cama, con los ojos cerrados, tomó mis manos y se las apoyó en el pecho; ahí estaba su corazón, latiendo como late el tiempo, moribundo, frágil; ahí estaba también su vida, ella me la enseñaba, me decía acá estoy, acá vivo, dentro está todo lo que pienso, todo lo que siento, lo que duele, lo que soy, acá están mis hijos y el hombre al que amé, acá, bien adentro, donde se esconde todo lo que el ser humano pierde.


Cargué la mochila al hombro y me dejé envolver por la noche helada, rumbo al nordeste ladera abajo, donde dormía el pueblo de Quetzalcóatl que hacía unos días había visitado. Bosque Viejo era sólo el rayo de la linterna alumbrando el suelo congelado y los pinos marfileños; más allá, la oscuridad impenetrable. Era tranquilizador saberse caminando en medio del limbo, con el murmullo de las hojas y el viento silbando entre los árboles. La temperatura debía ser inferior a los cuarenta grados bajo cero. Las piernas se me entumecían. La piel alrededor de los ojos, aterida, la única parte del cuerpo expuesta al aire libre. Las manos, aunque cubiertas con guantes térmicos, doloridas también. El corazón latía lento, hasta que se detenía y podía permanecer horas así, y más tarde arrancaba, porque sí, cómo explicarlo en un término médico. Cada paralización, una muerte. Cuántas veces había muerto desde que dejé la cabaña. Cada muerte, la angustia de saber que otro ya habría dejado de existir.

Llegué con las luces del alba. El pueblo dormía. Caminé hacia la tercera cabaña, habían dejado la puerta abierta, nadie la cerraba en esos lugares, entré sigiloso y fui hasta el dormitorio. Apagué la linterna. Me senté en una silla junto a la cama y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la escena de Blaze Kitoko durmiendo con la mujer pelirroja, abrazados, desnudos bajo la montaña de edredones. El amanecer fue entrando por la ventana, sin apuro, dibujando las mesitas de luz, las tablas del piso de madera, las paredes rugosas de cal, la cama. Blaze Kitoko dormía tranquilo, con la seguridad de que el destino ahora jugaba de su lado. La mujer estaba muerta. A medida que el cuarto se iluminaba, me convencía cada vez más de que la pelirroja no respiraba.

Blaze abrió los ojos y me miró. No parecía sorprendido.

—Entonces hoy termina todo —susurró.

—Ya sabés. No es nada personal.

Volteó para acariciar a su compañera. Deslizó la mano por la fría cintura, hasta que se detuvo, hasta que se dio cuenta.

—No tuve nada que ver —le dije—. Te lo juro.

La miró con tristeza. Apartó los mechones sangrientos de la cara. Le acarició la mejilla.

—¿Cómo te dijo que se llamaba? —pregunté.

—Accalmie.

—Un nombre hermoso. ¿Sabés cuál era el verdadero?

Blaze meneó la cabeza.

—Nerice Kadin.

Se sorprendió.

Saqué un cigarrillo de la mochila y lo encendí.

—Así es. Encontraste a tu Nerice Kadin, Blaze. Por eso está muerta.

Dejó caer la cabeza rendida sobre la almohada.

—¿Qué sentiste con ella? ¿Te enamoraste?

—Nerice —musitó.

Fumé un rato en silencio.

—Ahora queda por resolver una última cuestión —dije después—. ¿Quién va a matar a quién? ¿Vas a matarme, Blaze? ¿Vas a continuar con la programación de tu sangre, ahora que ya sabés cómo pienso, cómo fui hecho? Qué curioso. Nerice te convirtió en lo soy yo, en lo que fueron tus víctimas anteriores. ¿Podrás volver a ser el mismo Blaze Kitoko de antes? Por otro lado, el hecho de que haya venido a buscarte y te haya encontrado en mi lugar, acostado con mi esposa muerta, quizá me ha acercado a tu papel, quizá hemos invertido las personalidades y ahora soy más parecido a vos, ahora soy un cazador. Entonces es mi responsabilidad terminar con tu inmortalidad y no al revés.

—¿Qué importa? ¿Qué importa?

Fumé la última seca, largué el humo despacio. Contemplar a la mujer pelirroja en la penumbra, de pronto, me dio la sensación de que en cualquier momento se levantaría, me prepararía algo para desayunar, me besaría unas últimas veces en la cama. Y llegaría corriendo Carmen, "papá, papá, mirá qué día de sol, papá, me vas a llevar a la sala de juegos, por favor, ayer lo prometiste".

Es horrible que todas las Nerices sean mortales.



Adrián M. Paredes es argentino del barrio de Villa Luro. Nació en 1982 y estudia en la Universidad de Buenos Aires, Ingeniería en Informática. Hasta hace unas semanas trabajaba como desarrollador en una compañía francesa de Videojuegos para celulares. Hoy, es un desempleado más; su principal objetivo es terminar la carrera. Escribe desde muy chico. Porque sí. Siempre cuentos y novelas; el 90% de esas historias son de ciencia ficción o tienen que ver con ella. A pesar de su profusa producción inédita, hoy en día poco o casi nada es publicable, porque fueron escritos cuando era más chico y quizá más ingenuo... Pero por supuesto, eso ya está cambiando.


Este cuento se vincula temáticamente con "Por amor", de José Vicente Ortuño (158) y "Las muertes concéntricas", de Jack London (164)


Axxón 185 - mayo de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Fantástico : Ciencia ficción : Culturas alienígenas : Inmortalidad : Argentina : Argentino).

            

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