DR. MELTHER, MERCADER DE SUEÑOS

Leonardo Montero Flores

Argentina

Mabel Mastolfi trata de disimular las lágrimas que se deslizan por sus mejillas, intenta disolver el nudo que tiene en la garganta y se acomoda como puede en una de las incómodas sillas de la sala de espera. No es una mujer anciana, pero en ella se destaca el semblante de alguien que ha vivido mucho, y no siempre de la mejor manera.

Los hombros parecen ser demasiada carga para su cuerpo menudo y se inclinan dolorosamente hacia adelante, dándole el aspecto de una persona agobiada por la pena y la desesperanza; algo que, al fin al cabo, ella es.

Cuando quiere volver a acomodarse en la silla se da cuenta de que su pierna izquierda está adormecida. Mientras se da pequeños golpecitos para recuperar la sensibilidad, la señora Mastolfi piensa en Ezequiel, su hijo. Piensa en la fría soledad a la que está expuesto en el Penal. Ezequiel siempre fue introvertido, siempre le costó hacer amigos, nunca fue de "ir al frente" y, si alguien le hacía algo malo, prefería ignorar la ofensa antes que aprestarse para una confrontación. Sí, así era Ezequiel en la calle, y el Ezequiel de la cárcel es un Ezequiel de la calle magnificado. La cárcel lo ha vuelto más temeroso y dubitativo de lo que jamás fue. No acepta la idea de estar encerrado en ese lugar asqueroso, una "tumba", como le llaman los demás internos. Para Ezequiel, la vida terminó oficialmente el día que ingresó al Penal.

Mabel observa la sala de espera y a quienes allí se encuentran junto a ella. En casi todos los rostros podría leerse lo mismo, cada mirada destila angustia y un sentimiento que en palabras sería "si esto no funciona, no sé qué voy a hacer". Los que esperan con Mabel parecen haber agotado los recursos y acuden a este extraño lugar como última opción, la alternativa menos ortodoxa de todas.

Para no tener que seguir mirando esos rostros apesadumbrados vuelve a abrir el diario que trae doblado en su cartera. El artículo de divulgación es prácticamente un aviso publicitario. "Técnica Revolucionaria para Inducir Sueños se practica en la Clínica Melther", reza el título que invita a la lectura. El sumario promete dar una descripción completa de la nueva técnica, pero el artículo en lugar de aclarar oscurece, y cuando pretende ser didáctico se vuelve engorroso. Lo único que queda bien en claro al terminar de leer es que "la Técnica Melther alivia el pesar de la vida urbana y ofrece nuevas visiones del mundo", sin entrar en detalle sobre qué quieren decir con "nuevas visiones del mundo", y que los tratamientos se pueden pagar en muy diversas y económicas formas. El punto a favor del artículo es la inclusión de una gran ilustración que representa a una persona soñando, impresa sobre un gráfico fractal, este gráfico muestra un paisaje, o algo parecido a uno, de belleza indescriptible, lo cual hace creer a cualquier persona que lee el artículo que el doctor Melther entrega sensaciones únicas.

Y como sucede con todas las técnicas novedosas, los que primero las utilizan son los desahuciados, los desesperados, los curiosos y los creyentes. Mabel encaja muy bien en el segundo grupo. Y de los que están con ella en la sala, se podría conjeturar que todos pertenecen a la primera y segunda categoría, y sólo uno a la tercera. Este último individuo se delata al contarle a un hombre sentado a su lado, y que no lo escucha, que no puede esperar a probar la Técnica Melther, ya que quiere saber si es tan efectiva como las Técnicas Prismáticas o los baños con Hierba del Caribe.

Cuando a Mabel se le comienza a adormecer la pierna derecha, la secretaria del doctor Melther llama al próximo paciente.

—Mastolfi, Mabel. ¿Se encuentra la señora Mastolfi?

Mabel levanta una mano y se incorpora tambaleándose un poco.

—Venga, señora Mastolfi, el doctor la espera. Acompáñeme.

La secretaria toma de la mano a Mabel y la conduce a una ventana interna por la que se ve otra sala, un poco más grande que la anterior, en donde algunas personas yacen acostadas en camillas de color verde. Aparentemente todos duermen, y sueñan, algunos ríen, otros lloran, hablan con personas invisibles para los demás.

—¿Qué hacen estas personas allí? —pregunta Mabel.

—Son pacientes del doctor Melther y prueban el tratamiento inductivo —contesta la secretaria—, no los perturbemos, acompáñeme. El doctor la atenderá enseguida.

Mabel y la secretaria atraviesan la sala de soñadores y entran en una habitación impactante y misteriosa por partes iguales. No encaja con el estilo de un consultorio médico, ni con el de un laboratorio químico, tampoco con el de un templo de alguna extraña religión; sin embargo, posee elementos de cada uno de esos lugares, lo que configura un híbrido inquietante. En el escritorio de Melther, un gran mueble de madera oscura, pueden apreciarse diversos artefactos y libros forrados en piel de gamo. Sentado detrás del escritorio y absorto en la lectura de un pequeño volumen se encuentra el doctor.

La primera reacción de Mabel es casi instintiva, se aferra al picaporte de la puerta como si estuviese por huir; de verdad se encuentra en un lugar extraño, pero piensa en Ezequiel y se controla.

—Doctor Melther —dice la secretaria—. Aquí está la señora Mastolfi.

El doctor Melther casi sin inmutarse eleva la mirada dos centímetros y farfulla algo que debería leerse como un saludo. La secretaria se va y cierra la puerta, lo que aumenta la sensación de temor de Mabel . Ahora se encuentra sola con un hombre con cara sospechosa y que hace tratamientos inductivos.

—Siéntese, señora Mastolfi, con confianza, y dígame qué le anda pasando. —A pesar de su aspecto extraño, Melther comienza a parecer más amigable.

—Es mi hijo, doctor, mi hijo está grave. Está preso en el Penal y...—Mabel solloza un poco—, y ya no quiere vivir más. El pobre está cansado de ese lugar. Usted no se imagina, doctor, no se imagina lo que tiene que vivir ahí dentro —Melther asiente con vehemencia—, de día vive amargado, tratando de sobrevivir a la tristeza, para llegar a la noche y no poder dormir. Usted no se imagina, doctor, los ruidos, los ruidos de la cárcel, los gritos, el murmullo de las ratas. Y mi pobre Ezequiel no se acostumbra, creo que ningún hombre honesto podría hacerlo.

—Me imagino, una penosa situación —dice Melther.

—Pero ahora es peor, ahora ya no quiere seguir, está bajando los brazos mi pobre hijo. Y yo vi su artículo en el diario y vine. Ruego a Dios que pueda ayudarme.

—Creo, mi buena señora —Melther se quita unos pequeños lentes, lo que empeora su aspecto—, que aquí nada tiene que ver Dios, sino la ciencia y la inducción psicoléctica. Es el hombre, dueño de su propio destino, quien salvará al hombre. Somos nosotros, los representantes de las técnicas inductivas, quienes, dispuestos a bucear en las profundidades del cerebro humano, llevamos adelante la...

—Disculpe, doctor, pero no entiendo nada de lo que dice; ¿podría ser un poco más claro?

—Sí, mi buena señora; lo que digo es que mi técnica inductiva puede salvar a su hijo. Por lo que veo, lo que usted busca es que su hijo renueve las esperanzas en la vida hasta que pueda salir de la cárcel. —Mabel asiente—. Usted necesita que su hijo recuerde las cosas hermosas de la vida y pueda, aun en el lugar que está, pensar que existe un mundo bellísimo que lo espera todos los días. La entiendo, mucha gente quiere lo mismo que usted. Aquí, entre nosotros, toda la gente quiere lo mismo. Quieren un mundo fantástico que no obtienen en su vida cotidiana.

—Sí, doctor Melther, eso quiero para mi hijo. ¿Pero cómo podría lograrlo?

—Con la técnica Melther.

—Sí, eso lo sé, pero digo... ¿qué es la técnica Melther?

—Es recrear a voluntad lo que permite que el hombre pueda levantarse todos los días y quiera seguir viviendo: Los sueños.

»Los sueños son la descarga de frustraciones de la mente. En los sueños somos quienes deseamos ser y vivimos las aventuras que en la realidad son imposibles. Muchos sueñan con volar, otros con cantar como Pavarotti, muchos desean explorar los abismos oceánicos y otros se creen Gardel. Los sueños son la clave de este mundo globalizado e inhumano. Hoy, quien mejor sueña, mejor vive. Porque los sueños hacen realidad sus deseos.

»Aquí, en la Clínica Melther, fabricamos sueños. Son sintetizados, según las características de cada paciente y cada caso, en pequeñas píldoras con sabor frutal. Estas píldoras inducen reacciones nerviosas que el cerebro canaliza como sueños, por eso el término "inductivo". Pero debido al gran poder de las píldoras, una sola es suficiente para inducir sueños por varios años. Muy potente, así es el tratamiento.

Mabel vuelve a sacar el diario de su cartera y se lo muestra a Melther.

—Mire, doctor, aquí dice que ofrecen "nuevas visiones del mundo". ¿A qué se refiere con eso?

—Ah, nuestro gran secreto profesional, no esperará que le cuente todo. Sólo le puedo decir que los sueños no son sueños comunes, son sueños exóticos, muy reales, y le entregan al paciente la sensación de ser otra persona. La persona que sueña "ve" un mundo distinto mientras lo hace, el paciente experimenta nuevas percepciones y llega a conocer otras realidades humanas. Esto constituye la base del tratamiento: "ponerse en la camisa de otro".

—No lo entiendo, doctor, no lo entiendo —dice Mabel.

—No importa, sólo debe tener presente que su hijo experimentará sueños vívidos y hermosos por años, y que eso le ayudará a sobrellevar la tortura de la cárcel. ¿Me entiende?

—Sí, le agradezco que trate de explicarme. Es que usted no sabe, no sabe lo que mi pobre Ezequiel está pasando. Él es inocente, está preso injustamente. Usted no sabe, doctor, Ezequiel nunca le hizo daño a nadie.

—Eso es lo que usted cree, mi buena señora. —Mabel mira asombrada a Melther—. No se alarme, le voy a explicar algo fundamental. No existen las personas inocentes. Nadie es inocente. Todos, alguna vez, le hemos hecho daño a alguien, ya sea por acción u omisión, consciente o inconscientemente. Siempre dañamos a alguien. No importa que no conozcamos su nombre y que nunca hayamos visto su cara, siempre habrá alguien perjudicado por nuestra existencia.

—¿Cómo puede ser eso posible? —pregunta Mabel.

—Puede ser posible, y lo es, mi buena señora. El mundo es una celda con muchas personas hacinadas en su interior. Por lo tanto, cuando una persona trata de acomodarse, indefectiblemente incomoda a otra. Ganar un buen lugar para uno implica otorgar un mal lugar para otro. Créame, sé lo que digo.

Mabel no entiende bien lo que Melther quiere decir, pero mucho no le importa. Sólo quiere el bienestar de su hijo. Compra la píldora, con los ahorros de un año, y se va de la clínica. Cuando llega a la parada del colectivo piensa en la forma de burlar la revisión que le harán en el Penal . Sentada en el último asiento del desvencijado transporte público, encuentra la solución.

Al otro día, al llegar al Penal, un viento helado le da la bienvenida. Los altos muros de la cárcel bloquean el sol mientras Mabel ingresa por una de las grandes puertas de hierro oxidado. Otras mujeres caminan junto a ella, muchas llevan niños en los brazos. Es una extraña procesión que se repite regularmente, es el ritmo armónico del Penal. Luego llega el momento de la revisión de rigor, que también rigurosamente es denigrante. Mabel, como todas las veces anteriores, lo soporta estoicamente, pero ahora incluso se permite una pequeña sensación que roza el umbral del gozo; hoy Mabel trae un tesoro que las guardias no encontrarán y eso la hace reír imperceptiblemente.

Los internos esperan las visitas en el patio del Penal. El clima no les ayuda en lo más mínimo; el vientoazota cada vez más fuerte, y de tanto en tanto alguna bolsita con tortitas o galletas sale volando. Ezequiel espera a su madre en una mesita de concreto cerca de uno de los paredones laterales. Espera a su madre y a nadie más, porque su novia no soporta eso de la "revisación". Mabel se acerca hasta él y lo abraza tan fuerte como puede, como si con ese abrazo pudiera aislarlo de la pena y la angustia. Lo nota más delgado, cada vez que lo visita le encuentra las costillas más prominentes. Y sus ojos, hundidos, perdidos el final de cuencas enormes.

—¡Viniste, viejita! ¡Qué alegría! —Ezequiel menciona la alegría pero su rostro no se entera, sigue tan momificado como antes del saludo.

Madre e hijo se sientan en los banquitos de piedra; una golondrina extraviada se estrella contra el paredón.

—¿Cómo estás, hijo? —Mabel abre un envase que ha traído, donde pueden verse pastelitos de dulce de membrillo.

—Bien, mamá, no como yo quisiera, pero bien. —No hace falta que Ezequiel diga lo contrario, cada uno de sus poros grita que la cárcel es el final, lo insoportable.

—Mirá, hijo. Pastelitos, comé, los hice esta mañana.

Después de comer dos pastelitos Ezequiel se queda mirando a su madre, el viento le revuelve los cabellos y él recuerda esos mismos cabellos cuando, de pequeño, Mabel lo llevaba al parque.

—Mamá.

—¿Qué, hijo?

—No aguanto más.


Ilustración: Ferran Clavero

En medio del silencio que se interpone entre ellos se escucha una ovación a lo lejos . Alguien hizo un gol.

—Lo sé, Eze, lo sé. Traje algo para vos.

Es ahí cuando Mabel, sin ser vista por los guardiacárceles que escuchan el partido, mete una mano en su boca y se saca una muela postiza. Ezequiel quiere mirarla asombrado, pero el asombro es algo que también ha perdido en la cárcel.

—¿Qué te pasa, mamá?

—Esto, hijo —Mabel hurga con cuidado en el interior de la muela de acrílico hasta que consigue extraer la pequeña píldora—, es un regalo para vos. Es para que puedas liberarte, para que "veas otro mundo".

Al principio, Ezequiel no sabe qué pensar, luego piensa lo peor. Por alguna intrincada razón cree que la píldora es para acabar definitivamente con su sufrimiento.

—¿Sabés lo qué estás haciendo, má?

—Sí, confiá en mí. Tomála esta noche. Por favor.

Ezequiel, en ese momento, acepta un designio que él mismo se impone. Besa a su madre en la frente y se despide. Cuando camina hacia su pabellón el viento le roba dos lágrimas.

Bien entrada la noche Ezequiel debate con su conciencia, la píldora es la solución definitiva, pero es algo atroz. Cuando escucha a otro interno chillar de dolor decide tomarla. Es tan pequeña que se desliza sin dificultad por su garganta. Pasan quince minutos. Ezequiel se desvanece, y sueña.

El sucio gris de las paredes de la cárcel se desdibuja poco a poco, y toma su lugar un fulgor dorado. Es el sol, un sol gigante que pende de un cielo terriblemente azul. El olor a orina y suciedad se convierte en la cálida fragancia de un viento caliente que atraviesa un jardín de damascos. Ezequiel se golpea el rostro, se muerde, se pellizca. No importa lo que haga, porque sueña como nunca soñó en su vida.

En ese sueño la cárcel no existe, no hay un vocablo que la contenga y la defina, simplemente la cárcel no es. Sigue soñando, con dunas, con palmeras, con animales del desierto. Y hay playas, interminables, que chocan con un mar grande y tranquilo. Puede pasear también, recorre las distancias sin fatiga. En ese periplo ve paisajes que no imaginaba que existían pero que siente suyos. Ezequiel ríe y llora cuando ve una caravana de camellos. Los peregrinos lo saludan, parecen conocerlo. Y él los conoce a ellos. Hablan en un dialecto de tono seco y apagado, una lengua del desierto. Se une a ellos y viajan hasta la ciudad del dios justo, para adorarlo a la hora señalada.

Ezequiel sueña.

Un poco antes del amanecer, Ezequiel Mastolfi despierta aliviado. Ya no le pesa tanto la existencia. Se acomoda en su catre.

Un poco antes del amanecer, Yadih Jalil despierta inquieto. Su corazón late intempestivamente. Trata de acomodarse en su litera. Jalil observa la fantasmal luz de los pasillos de la cárcel de Guantánamo y traga saliva.

Yadih Jalil no ha soñado en toda la noche. Jamás podrá volver a hacerlo.



Leonardo Montero Flores vive en San Juan, Argentina. En AXXÓN cumple una excelente labor divulgativa a través de su sección con noticias de la NASA. Hemos publicado en Axxón: EL BUENO DE DIOS (168), EL CUENTO UNIVERSAL (178), FEEL (184).


Este cuento se vincula temáticamente con "Papá", de Ivaylo Ivanov (172) y "El águila tatuada", de Víctor Conde (172)


Axxón 185 - mayo de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Fantástico : Fantasía : Realidad cruzada : Argentina : Argentino).

            

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