L.

J. Carlos de León

México

Duermes, casi boca abajo, y desconoces todo lo que alrededor ocurre. Las ventanas de tu habitación están cerradas. Es imposible siquiera que una línea de luz se filtre. El silencio es absoluto. Si algún sonido se produjera fuera del dormitorio nadie lo escucharía dentro, no sólo por los gruesos cristales, sino por los cortinajes. Las únicas que se mueven son las manecillas del reloj, sin contar los gatos que agonizan. Son las once y veinticuatro. Alguien abre la puerta despacio y provoca un leve sonido al rozar con sus pies el pelo de la alfombra. Una mano tersa y alargada toca uno de tus hombros. Parece que sus uñas acaban de ser arregladas por la manicurista. Tu cuerpo, a excepción de la nuca, está oprimido por el peso de las colchas, y en el mismo instante ese punto de tu hombro está oprimido también por el peso de esa mano fina y suave.

—L, ya está listo, no tardes.

Los dedos alargados dejan de tocarte y vuelve a oírse el sonido de los pies al rozar la alfombra. La puerta queda cerrada. Una de tus mejillas reposaba sobre el almohadón cuando alguien vino a inquietar tu sueño. Un leve dolor en tu oreja hizo que cambiaras de posición. No viste la cabeza, pusiste el otro lado sobre la almohada y con una sensación de hormigueo en la mano derecha intentaste hacer un hueco para acomodarte. Tus piernas tenían temperaturas diferentes, las moviste.

Estás despertando. Creíste haber oído algunas palabras. Estiras tus brazos, descruzas las piernas, juntas las manos sobre el tórax, respiras hondo algunas veces y abres los ojos. Cuando dejas de moverte no escuchas nada, pero algo recuerdas: Cori tal vez vino a despertarte. Se cierran tus ojos luego de mirar la puerta y las ventanas, la cara del reloj y las manecillas. Antes de que el esputo empiece a moverse en tu garganta, de que produzca ese silbido con que vuelves a dormirte, escuchas el maullido de los gatos. Y en ese mismo instante alguien golpea dos, tres veces desde el otro lado de la puerta, y regresas la mirada hacia el fondo negro de la habitación puesto que no hay luz pero adviertes algunos reflejos, el pelo de la alfombra como de dos centímetros, aplastado con la forma de unos pies, sus pies, que marcó al acercarse a tu cama, al rozarte el hombro y al salir del cuarto. Te imaginas que los gatos se desplazan de un lado a otro. Luego, nuevamente su voz, serena y desde lejos, a través de la rendija que dejó con la intención de que los ruidos del exterior te despertaran, cuando tocó tres veces en tu puerta. Separas las manos que estaban encima de tu pecho, toses, te apoyas sobre la colcha y te sientas en la cama recargando parte de tu espalda en la pared. Te sacudes toda, los resortes rechinan, algunos maullidos han cesado, saltan del colchón algunas esferas de polvo. Bajas, subes, ese movimiento disminuye lentamente y, al quedar quieto, intentas oír pero no oyes nada. Atiendes, piensas en tus oídos, pero no escuchas más a los gatos. Cubres nuevamente tus ojos con los párpados.

Entonces alguien abre la puerta por completo y choca contra la mesita provenzal, y se produce un ruido estrepitoso que inunda materialmente tu cuarto de ondas sonoras, de pared a pared y de piso a techo; vuelves a mirar, mueves la cabeza para ver hacia la puerta, y descubres parte de la sombra que produce Cori cuando se aleja. Te tallas vehemente los ojos, y vuelves a escuchar a los gatos rasguñando alguna superficie de madera. Oyes de pronto un grito corto de tono grave. Arqueas una de tus cejas y enseguida arqueas también la otra. Con claridad absoluta percibes cómo chisporrotea algo en la cocina, y cómo cae una cucharita metálica, allá abajo y lejos, contra la loseta; más tarde, el ruido de dos o tres ollas que, al parecer, fueron lanzadas contra el techo. Distingues seis golpes fuertes (por lo que deduces que son tres ollas), y otros que no alcanzas a contar, causados por los diferentes rebotes. Un grito provoca que cierres los ojos y separes los labios, pero con los dientes apretados. De pronto se corta el chisporroteo (puede ser que se tratara de aceite), antes de un trancazo metálico, con un cucharón, quizá, contra una cazuela o algo parecido. Tienes ganas de cerrar la puerta. Es indudable que no quieres levantarte, pero si ese tipo de incidentes se repite, o lo que sería mucho peor, crece, no podrías volver a dormir. Encoges la pierna derecha y haces todo lo necesario para bajar de la cama y evitar ese molesto ruido; cuando oyes que alguien corre al subir la escalera, y que después sigue corriendo por los pasillos y se acerca a tu cuarto, dejas de moverte y esperas. Bajas los párpados, agitas la respiración adrede, miras por una abertura mínima entre tus pestañas superiores e inferiores, tienes la seguridad de que te cree dormida. La silueta de Cori queda enmarcada por la puerta abierta. Adviertes que escucha el sonido de los gatos. Se aproxima, se hinca junto a tu cama, se inclina, te deja ver su figura y en el mismo instante se incorpora.

—L, te quiero. ¿Qué pasa? ¿Por qué no bajas? —te susurra.

Cuando inicia su segunda pregunta, "¿por qué no bajas?", aprieta la mano derecha, formando el puño, toma vuelo y te pega fuertemente en la panza. Aprietas los dientes, los párpados y resistes, sin producir ningún sonido, excepto con el vientre al recibir su puño. Grita de nuevo, se jala el cabello, se araña la cara, y medio se asoma para ver otra vez bajo tu cama, todo al mismo tiempo, y luego vuelve a hablarte:

—L, en cinco minutos estará listo, cuando esté te volveré a avisar.

Y se va sin cerrar la puerta. Abres los ojos, parece que ves las sombras de los gatos correr a través de las cortinas, pero sólo es ilusión, porque la oscuridad impide ver cualquier cosa; sin embargo los oyes, porque son aproximadamente ocho. A través de la puerta de entrada, de la única puerta, llega un poco de luz a tu cuarto, a ras de la alfombra. Las huellas de los pies se ven más grandes por la sombra, sobre todo las de la última visita que hizo Cori. Las tuyas, las que marcaste la última vez, no se distinguen. Se oye el ruido del aceite, y el que Cori produce con los trastos. No falta mucho para que suba a llamarte, y es conveniente evitar un nuevo desperdicio.


Ilustración: Ferran Clavero

Encoges las piernas, apoyas las manos, enderezas tu tronco, sacas los pies y los colocas sobre la alfombra. Retiras las colchas, cierras los ojos y aprietas con los dedos, los vuelves a abrir, repites tres veces esa acción. Te levantas. Permaneces de pie unos instantes y miras la puerta. Intentas toser, pero algo impide que lo hagas: tu lengua está pegada a la campanilla. Tragas saliva, sientes una flema que se desprende. Das tres pasos, colocas tu mano sobre la manija de la puerta. Oyes que Cori sube la escalera. Cierras aprisa, regresas a la cama, tomas una postura apropiada, separas menos de un centímetro las mandíbulas, juntas los párpados, aunque no del todo, para ver por entre las pestañas sin que Cori pueda notarlo. Respiras hondo y roncas. Tratas de no sobresaltarte con el golpe de la puerta, pero es inútil, y por estar viendo la puerta en el momento en que empieza a moverse, juntas las rodillas y la cabeza y te tapas los oídos por inercia, buscando una protección instintiva. Ves cómo Cori trata de mirar los gatos que se pasean por las cortinas. Adviertes que no se acerca demasiado a la cama, que intenta tocarte el hombro pero no alcanza.

—L, cuando gustes —te dice quedo, como si supiera que estás despierto—; L, por favor no demores —y sale y deja abierta la puerta del cuarto.

Entonces te levantas y vas a su encuentro. Dejas la puerta abierta cuando sales. Pronuncias su nombre en voz alta. Cuando entras a la cocina ves el tiradero: las ollas, el sartén, una cucharita de madera y otra de metal; un poco de aceite gotea del techo y escurre por las paredes. Sobre la estufa, en recipientes pequeños, está un almuerzo para dos personas, frío, con un aspecto de grasa coagulada que provoca náuseas. Repites su nombre otra vez. Luego recoges el desorden y preparas un nuevo desayuno. Cuando está listo, llamas, pero no responde. Subes. Pisas los escalones, haciéndolos sonar del mismo modo como los oías desde tu cuarto. La puerta del dormitorio está cerrada; la abres. Las manecillas han girados varias veces. El número de los gatos ha aumentado. Algo se mueve bajo la cama. Las esferas de polvo tienen más centímetros de grosor. Te acercas, pones tu mano sobre su hombro y le dices:

—L, está listo, no tardes.



J. Carlos De León vive en el Distrito Federal, México, donde nació en 1981. Estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Escribe cuento, crónica y ensayo. Sus textos han sido incluidos en diversas revistas de México y España, entre ellas CASAL DEL TIEMPO, EL UNIVERSO DEL BÚHO, PUNTO EN LÍNEA, HOMINES, Y SIN EMBARGO MAGAZINE, PALABRAS MALDITAS, REVISTA ACEQUIAS y COMUNICOLOGÍA de la UIA, entre otras. A principios del 2008 obtuvo el Segundo Lugar en el concurso de cuento organizado por la EPCSG.


Este cuento se vincula temáticamente con YSOBELT Y LOS VISIONAUTAS, de Víctor Conde (161) y ADIVINA, ADIVINANZA, de José Carlos Canalda Cámara (179)


Axxón 191 - noviembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Irrealidad : Realidad Paralela : México : Mexicano).

            

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