¡ZOMBIE, RESPONDE!, ORDENÓ EL PLASMATRÓN

Ariel S. Tenorio

Argentina

El mundo era una montaña de basura. Una corteza humeante y estéril poblada de ratas, insectos y gaviotas. En el epicentro de la devastación, en el tatuaje concéntrico donde se había librado la última guerra humana, aún quedaban vestigios de locura.

El Plasmatrón abrió su ojo de cíclope y realizó una rápida evaluación de los daños. Todavía le quedaba reserva de energía para unos cuarenta años. La explosión lo había dejado fuera de combate durante varios días y las esquirlas habían afectado el funcionamiento de una de sus patas traseras; además, el bloque de concreto que lo aprisionaba le había ocasionado una leve fisura en un costado con pérdida de fluido, pero nada de eso era grave. Lo que preocupaba al Plasmatrón era algo de índole moral.

—¡Harlan! —exclamó—. ¡Capitán Harlan!


Activando un sistema interno de compensación gravitatoria, el Plasmatrón se enroscó sobre sí mismo y levantó el peso que lo oprimía. Una maraña de metales retorcidos y concreto chirrió y se desplazó hacia arriba primero y luego hacia un costado.

—¡Capitán Harlan!

Como si fuera un periscopio, el Plasmatrón giró el oscuro cilindro de su torso y contempló las ruinas que lo rodeaban. Viento y oscuridad. No mucho más que eso. La ciudad de Tres Corazones había desaparecido por completo. Una fina llovizna corrosiva salpicaba y horadaba los restos de hormigón y metal que se extendían kilómetros a la redonda.

—Aunque camine por el valle de la muerte, no temeré mal alguno —recitó el Plasmatrón impostando la voz según el estilo de los Ministros de las antiguas iglesias de América del Norte. Una de sus gracias favoritas que era, sencillamente, una fracción de holodata encontrada entre las miles de millones que almacenaba en sus entrañas.

—Porque tú estás a mi lado, y tu vara de pastor me reconforta.

Comenzó a moverse hacia el sur a velocidad media, una araña blindada de media tonelada, de a ratos recitando versículos de la Biblia, de a ratos llamando a Harlan. A su paso, pequeñas alimañas intentaron huir aterrorizadas pero el Plasmatrón las fue vaporizando sin contemplaciones.

Al cabo de unas horas, se detuvo al pie de una estructura y comparó datos.

Efectivamente, en ese lugar había estado el edificio gubernamental. Ahora la madeja de hierros desnudos y calcinados se parecía de una manera siniestra a una de esas montañas rusas que tanto les gustaban a los humanos.

El Plasmatrón meditó unos segundos. Desde la pequeña cúpula espejada que conformaba su cabeza surgió un haz de luz titilante que taladró los nubarrones negros.

Esperó.

Recibió estática y luego silencio. El satélite se había dañado también. Desde su interior brotó un pitido que bien podía ser el equivalente mecánico de un insulto humano.

—¡Harlan! —gritó con los altavoces a máximo volumen, pero sólo recuperó los ecos de su propia voz rebotando en los escombros.

De pronto se le ocurrió una idea. Desde un boquete en el fuselaje de su barriga surgieron dos tentáculos equipados con pinzas que se pusieron a trabajar frenéticamente, su ojo único concentrado en remover piedras y vigas. Poco a poco, mientras la lluvia y el viento comenzaban a convertirse en una furia sorda contra su armazón, fue despejando el perímetro hasta que encontró lo que buscaba. Una puerta de acceso de datos de código militar, con la pantalla echa pedazos pero con la fuente primaria intacta.

Sin dudarlo ni un segundo, extendió el cordón umbilical y activó la conexión. Primero hubo un parpadeo en el interior de su cerebro, luego un zumbido que le era familiar. Un mundo verde, traslúcido, inmaculado y perfecto se desplegó ante su vista. Pulsó los signos de identificación en el mapa y aguardó. La Inteligencia leyó las coordenadas y respondió enseguida.

Harlan Jonathan Smith, alias "Job". Capitán de regimiento tres de infantería. Muerto en combate hace seis días en la región de los parques. Avenida del Nuevo Anticristo y Megalenguas. Deterioro celular ochenta por ciento. Capacidad motriz casi nula. Capacidad intelectual veinte por ciento.

El Plasmatrón recogió algunos datos más y cortó el cordón umbilical.

—Capitán Harlan —dijo—. Ya sé dónde encontrarlo.

Se dirigió al sudoeste bajo la tormenta, a paso firme y rápido. Evadió las zonas donde las bombas habían dejado cráteres del tamaño de estadios olímpicos y corrigió el rumbo con milimétrica exactitud. Cuando encontraba algún escollo que no podía rodear, simplemente trepaba por encima y continuaba avanzando.

Cerca del amanecer llegó a una zona industrial donde milagrosamente la artillería había dejado en pie la mayoría de los edificios. Vio cadáveres por doquier, soldados enemigos y aliados desparramados sin orden ni concierto. En las estrechas calles, aquí y allá, los cuerpos despedazados daban testimonio de la crudeza de la lucha.

"Vaya desperdicio de unidades orgánicas", pensó el Plasmatrón, y fulminó con un chorro de vapor a un perro que intentaba arrastrar su cuerpo herido lejos de allí.

—Falta poco, Harlan.

El ojo de la máquina atisbó a lo lejos los rayos débiles de un sol moribundo, una mancha de claridad en un cielo cubierto de cenizas.

—Here comes the sun, and I say, it's all right...—tarareó.

Continuó su avance hasta llegar a la región de los parques. Un espacio abierto donde antaño habían proliferado los más hermosos bosques y jardines, un pulmón verde que servía para oxigenar a la ciudad y que como consecuencia de la guerra se había convertido en un paraje infernal de trincheras y barro.

El Plasmatrón avanzó entre lodazales y zanjas, y comenzó a escanear los cuerpos.

Cerca del mediodía, en una especie de fosa común infestada de ratas, encontró por fin el cuerpo del Capitán Harlan.

—¡Eureka! —exclamó, y en la cúpula espejada de su cabeza apareció un punto azul que tal vez connotaba algún tipo de alegría.

Con sus dos tentáculos articulados levantó los restos mortales de Harlan y lo examinó detenidamente. Luego lo acomodó junto a su torso como si fuera una madre acunando a su hijo.


Ilustración: Fraga

"Para otro humano", pensó, "el aspecto de este hombre debería resultar repugnante".

Al capitán le faltaba el ojo izquierdo y tenía la mitad de la cara quemada. En un análisis más complejo, determinó que no sólo tenía una importante fractura en el lóbulo frontal derecho sino también la espina dorsal completamente destrozada.

El Plasmatrón extrajo una pequeña aguja y la introdujo en el lagrimal del ojo sano. Un líquido del color de la orina cabalgó directamente hacia el cerebro y en menos de tres segundos surtió efecto.

El Capitán Harlan abrió su único ojo y contempló a la máquina.

—¡Lo saludo, Capitán Harlan! Unidad de rastreo y mensajería Clase B reportándose. El Coronel Marcus le solicita que reúna a sus hombres de inmediato y los mueva hasta el distrito al otro lado del río. Repito. Debe usted reunir a sus hombres y retirarlos de inmediato de este punto. Mensaje terminado. Unidad Clase B permanece a la espera de respuesta.

Harlan gritó y cuando lo hizo, de su boca cayeron cientos de gusanos.



Ariel S. Tenorio, argentino, nació el 2 de agosto de 1975. Se ha dedicado a la creación de relatos cortos de ficción y poesía. Actualmente vive en Gral. Pacheco, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es miembro fundador del grupo literario pro-horror "The Wax". Ha recibido una Mención de Honor en el 16 certamen de poesía y narrativa 2007 de la Editorial Zona. Es lector desde hace años de la revista Axxón y como tanto ingreso de datos al final debe generar alguna salida, aquí tenemos el interesante trabajo que nos ha presentado.

Hemos publicado en Axxón: SUNNY ROSE Y EL VENDEDOR DE ESPEJOS (178), CARROÑA (179), LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (181)


Este cuento se vincula temáticamente con BRASA 2000, de Roberto de Souza Causo (169) y SU SEGURO SERVIDOR, de José Ramón (Txerra) Vila (162)


Axxón 191 - noviembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia ficción : Robots : Guerra : Futuro : Argentina : Argentino).

            

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