AUTOCLONACIÓN REVERSA

Guillermo Vidal

Argentina

Los astros se han conjugado para arruinarme la vida. Ya es una constante universal, tal como la radiación de fondo.

La expulsión masiva de partículas proveniente del sol volvió errática la transmisión de datos, los mensajes se corrompen, las IA se tornan inestables y los viajes peligrosos. Por esto la nave de aprovisionamiento y mi reemplazo quedarían varados y felices en alguna estación lejos de aquí. Así sentenciaba mi destino el escueto reporte, el único que alcanzó a llegar ignorando las perturbaciones. ¿Podía empeorar la jornada?

Podía, el mensaje incluía una orden urgente. Debía trasladarme de inmediato al cinturón, casi del otro lado de la elipse, a verificar la presencia de un posible rezagado en la zona de riesgo.

Mi pequeña nave no es tan veloz, no podía contar con estar pronto de regreso. Ya en camino, la IA de navegación escogió el peor momento para averiarse, en la mitad de la nada, y descargó su mal humor conmigo (las personalidades virtuales con base humana serán muy creativas pero no soportan la mínima contrariedad).

A fuerza de alimentarle la autoestima, conseguí que me ayudara en las reparaciones. Pero se enojó porque hice una alusión acerca de conducir con cuidado y no quiso saber nada con pilotear. Ésa fue la gota que colmó el vaso; sin responder a ningún ruego, la desconecté.

El aterrizaje manual no es mi fuerte. Terminé de bajar de la manera más torpe en el jardín de una casona de techos abovedados de pizarra y torreones góticos. Por las dudas preparé mi arma; algunos vecinos pueden parecer muy pacíficos, pero sus periféricos de funciones automáticas están muy dispuestos a convertirte en chatarra espacial antes de que te des cuenta.

Un robot servía el té, y una dama sentada con la espalda muy recta, con un vestido impecable que la cubría del cuello a los zapatos, aparentaba que nada inusual sucedía. Ella sólo se ajustó el rodete con sus dedos finos y un gesto elegante. Miró de reojo el césped arruinado bajo la nave, pero no dijo nada.

Esperé un instante de pie con el casco todavía en la mano, pero la atmósfera era perfecta.

La casa construida en un asteroide era amplia, de tres plantas, además del jardín artificial, una fuente antigrav —el líquido casi parecía agua— y una plataforma de embarque. El interior de la roca debía tener una sofisticada maquinaria para mantener el lugar en funcionamiento y sin hacer un solo ruido.

—La diseñamos con mi Arthur —señaló respondiendo a mi minuciosa observación—. Elegimos juntos el asteroide, lo llamamos La Vieja Roca. Viéndola ahora no parece que podía trasladarnos por el sistema sin salir de casa. Otras épocas.

La imagen general era algo naif y decadente, de fantasía si no estuviéramos rodeados de la nada. La mujer, ya mayor, me observaba impasible; guardé mi arma apresuradamente.

—Es un hombre confiado, no es tan común en estos tiempos. Los peligros nos acechan.

Quise hablar pero un acceso de tos me quitó el aliento, los cambios de aire me producen ese efecto.

El robot básicamente antropomorfo, un cilindro rodante con múltiples brazos, me señaló el asiento vacío. Traía como el mozo más experimentado la bandeja, sin que se moviera ni una de las finas tazas de porcelana.

Con una deliciosa voz de soprano ligera, el barril mecánico me preguntó cuánto azúcar iba a usar, ¡azúcar! Si fuera de verdad, sería un verdadero lujo.

Cuando se dirigió a la señora de la casa, en cambio su voz sonó profunda y viril. Ella no aceptó el azúcar.

—Sé a qué ha venido.

—¿Lo sabe?

—No crea que me engaña, soy una anciana, pero no soy tonta. Ochocientos años dejan su huella. Sin embargo, mis luces están intactas.

—No lo dudo, sin embargo no pretendí engañarla.

—Estoy segura, y para devolverle la gentileza voy a ahorrarle trabajo: yo lo maté. Si pregunta el motivo: lo maté porque podía morir. Desde ese punto de vista casi no es mi culpa. Pero cómo llegamos a ese trágico desenlace eso sí es mi culpa.

—Espere un segundo, no tiene que decir...

—Mire —me interrumpió sin compasión, con un tono imperativo, y señaló por detrás de ella.

En el cuerpo central del caserón se destacaba un enorme ventanal de cristales biselados; se podía ver la araña de caireles y, medio oculta tras un espeso cortinado, a una joven con un niño en brazos que espiaba el jardín. La anciana de espaldas no se volteó.

—¿Ya la vio?

Asentí en silencio. Traté de hablar pero ella continuó sin detenerse.

—Soy yo, con menos años y con menos inteligencia también. Él la clonó de mí —no especificó quién era él, imaginé que su marido—, hizo una copia y la hizo estúpida, bonita y vacía. Después de vivir juntos quinientos años, luego de cinco autoclonaciones reversas exitosas, que nos mantenía relativamente jóvenes, hizo una miserable copia. Investigamos hasta debajo de la alfombra, de este bendito universo, juntos. La inteligencia era nuestra marca distintiva. Eso creía yo. ¿Le parece que no tengo nada que decir?

Esta vez no caí en la trampa; era una pregunta retórica, la dama estaba decidida a continuar sin mi ayuda.

—Ya sabe que la autoclonación se hace sobre uno mismo.

—La verdad es que sé muy poco.

—La clonación in situ, como se dice más precisamente, nos renueva sin cambiar de sujeto. Sólo cuando no resulta se engendra una copia, pero es otra persona aunque se parezca en todo a uno. ¿Me sigue?

—Muy poco.

—No importa qué procesos complejos se hallen involucrados. Ni hace falta ser especialista para entender el drama elemental: Eligió a otra, eligió la copia. ¿Se da cuenta ahora? Cuando mi última autoclonación reversa fracasó, y supo que yo iba a morir en poco tiempo, el muy perverso hizo una copia mientras yo estaba viva; ¿pensó que no me iba a dar cuenta? Pero no fue eso lo peor, la fijó en los veinte años, una edad estúpida. Sonrisa y mohines de muñeca, sin nada aquí —se golpeó la frente—. Me engañó con una versión más light, una permanente jovencita que lo escucharía extasiada y se reiría de sus chistes malos.

»¿Qué significó todo este tiempo para él? Me lo pregunté una y otra vez. Pero era más difícil de responder que cualquier otra pregunta sobre la ley más oculta del universo. Así que decidí actuar; lo animé a autoclonarse para que pudiera rejuvenecer. Yo moriría antes de que se completara el proceso y cedería mi puesto a la copia clon.

»Tan inteligente para algunas cosas y se lo creyó. Cuando entró confiado en la cámara, manipulé el sistema hasta llevarlo a una etapa un poco más temprana que la que él quería. Y allí están, juntos después de todo. ¿No es lo que deseaba?

—¿El niño es...? —No quise terminar la frase.

—Sí, mi Arthur, y le devolví la gentileza; lo fijé en su niñez. No será fácil revertir el proceso, yo desarrollé el primer método seguro en autoclonación. Es tan bueno que todavía está en uso. Ahora podrá estar en brazos de su versión preferida largo tiempo.

Me quedé sorprendido, sin saber qué responder.

—No me mire así, querido, hasta una dama puede alterarse cuando es traicionada de una manera tan cruel. Sé que es un delito autoclonar en reversa mas allá de dos décadas, se destruye la personalidad, los recuerdos; es equivalente a matar. Lo hice, lo confieso, puede condenarme sin juicio, ajusticiarme cuando quiera, estoy lista a pagar mi culpa.

—¿Condenarla? —pregunté ingenuo, sin saber de verdad de qué hablaba.

—Por supuesto. A eso vino, ¿verdad? Sepa que yo misma hice la denuncia.

—Lamento decepcionarla, pero yo no tengo nada que ver con la ley. No creo que quede ni un agente de tránsito por esta zona. Aunque hubiera matado a una docena... perdón. —Cerré la boca para evitar más confusión que la que ya había.

Ella se me quedó mirando, incrédula, algo avergonzada, como quien descubre que la persona ante quien se desnudó no es el médico.

—Oh —articuló sin emoción, pero se recuperó muy rápido, como una verdadera dama—. Mi nombre es Britania.

—Sé quién es, señora, todo el cinturón lo sabe, aunque usted quiera permanecer oculta.

—Estoy retirada —dijo con un dejo de placer—. Supongo que usted no es un agente de la ley.

—Disculpe, Bradbury —me presenté, extendiendo la mano—, soy agente pero de la empresa Unitas Solaris Transideral, con sede en los cúmulos, transportes y cargas de todo tipo. Trasladamos lo que usted pida hasta donde usted quiera. Tratamos de establecer comunicación con usted, le enviamos varios mensajes, muchos, para ser sincero.

—Hace tiempo que no los leo. Y las comunicaciones, en fin, los automáticos no son tan brillantes, ellos están a cargo. No sé qué le ven a la inteligencia artificial. ¿Cuál es el problema? No recuerdo haber pedido nada.

—Es un alerta, en este caso el último, para todo el sistema, sobre todo el cinturón, cuando los asteroides empiecen a bailar... —Me detuve indeciso.

—Siga por favor, no se preocupe. Ya ve que no soy la dama frágil que parezco.

—Vamos a correr unos pocos millones de kilómetros la estrella —señalé el sol naranja rojizo—. Ya sabe, empieza a decaer, expandirse, pone en riesgo los sistemas vecinos.

—Sí, lo sé, aquí todo agoniza. Por mí pueden llevársela. Siempre he tenido luz propia.

—Intento decirle que el cambio de órbita de la estrella hará una reacción en cadena y destruirá todo el cinturón; pero usted ya sabe eso.

—Gracias querido, pensé que iba a explicarme mis teorías.

—Perdone; quiero decir que no pueden quedarse aquí. Las perturbaciones en las comunicaciones, el deterioro de las IA, los automáticos, las naves que se descomponen de un momento para otro. A este pequeño mundo suyo no le queda mucho tiempo —Por primera vez algo pareció atravesarla, los ojos le brillaron húmedos, pero no lloró.

—El viento a veces... —se limpió con un pañuelo bordado.

—Podemos copiar su hogar en cualquier otro sistema que elija.

—Querido, una copia es lo último que deseo en lo que me queda de vida. Sin embargo si ella quiere irse, con él, no tengo objeción.

—¿Y usted?


Ilustración: Guillermo Vidal

—Yo voy a hacer lo que debí haber hecho hace mucho. Sabe, a él —señaló vagamente al ventanal— le gustaba vivir así, no le importaba la repetición de los gestos, las mismas palabras; los pequeños rituales se volvieron una jaula demasiado pequeña. Lo mismo que a él le daba seguridad, a mí me provocaba hastío.

»Es cierto, pude haberme ido y cambiar, pero créame, después de tanto tiempo cualquier cambio resulta intrascendente. No le voy a mentir, lo amé, y no me arrepiento, pero no podía seguir así.

»Puede considerarme una pesimista si quiere, no me importa, pero la autoclonación reversa no es la panacea. Después de la tercera, las historias comienzan a sonar iguales, no importa con quién esté ni dónde.

—Yo recién voy por la primera. No creo que pueda pagarme otra.

—Lo siento, no quiero pasarle mi amargura. Disfrute su tiempo y déjeme morir en paz, que esta vieja roca sea mi tumba. Puede ser algo nuevo en mi vida.

Sé que debía decirle mucho más y convencerla de las ventajas de mudarse de sistema, incluso podía obligarla, pero me detuve. Me recosté en el sillón del jardín; el cielo era negro cubierto de estrellas, un suave aire nocturno artificial pero eficiente. Me hizo sentir cómodo.

La anciana parecía serena en su agonía, como un navío que se hunde orgulloso tras muchas batallas heroicas. ¿Podía quitarle la dignidad de una despedida honorable, acaso no se la había ganado sobradamente? ¿Qué justicia era ofrecerle una copia de su casa, de su vida, de ella misma?

Adiós comisión, tenía por delante una larga temporada viviendo en mi nave dos estrellas, orbitando algún planetoide en la periferia o con suerte en alguna cochera económica de alguna estación periférica.

—Yo no puedo condenarla por nada que haya hecho.

—Gracias —dijo ella con una leve sonrisa.

Guardamos silencio. Terminé el té con sorbos cortos y pausados. Me bajó un sopor agradable, me relajé en la silla; el jardín parecía brillar demasiado

—Me siento algo somnoliento. El viaje, todo un año sin reemplazo y... —Traté de moverme sin éxito, la lengua se me enroscaba en la boca y el cuerpo no me respondía. En un instante repasé la secuencia de hechos y una sospecha intentó tomar forma en mi mente, pero me quedé dormido.

—Descanse, aquí no hay nada que temer, mis infusiones son demoledoras, claro que no letales, no soy esa clase de asesina. Yo le advertí, no debió dejar su arma. No se preocupe le voy a ofrecer una autoclonación gratis, necesitamos otro niño, mi querido Arthur no tiene con quién jugar.

»Ésta no es una mala edad después de todo, ¿verdad Kurbik? —El robot asintió—. Mejor vamos moviendo esta vieja roca, ya oíste lo que dijo el joven, este lugar no es seguro. ¿Nunca le dije que esta vieja carcasa todavía se mueve? Qué descuido el mío. Tengo la sensación de estar viva de nuevo, no sé, tal vez hasta me anime a tener más chicos. Esta casa es demasiado silenciosa.



Guillermo Vidal nació el 7 de marzo de 1955. Ha publicado cuentos breves y mini cuentos en Químicamente Impuro. Es fundamentalmente ilustrador; pueden verlo en las portadas de AXXÓN y en muchos cuentos de la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con RODILLAS DE MERCROMINA, de Raquel Froilán García (163), FANTASMAS INOCENTES, de Alberto Mesa Comendeiro (159), MALA COPIA, de Laura Quijano Vincenzi (167) y CONVERSACIONES TELEFÓNICAS, de A. R. Yngve (170)


Axxón 191 - noviembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia ficción : Clonación : Vida eterna : Argentina : Argentino).

            

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