MÁQUINA DE SANGRE

Hugo Perrone

Argentina

La figura erguida de la criatura emergió arrogante en la noche primitiva. Bajo la guía de prístinas estrellas emprendió su marcha nómada y llegó hasta regiones apartadas, hiperbóreas. Desorientada, alzó la vista hacia el cúmulo de nubes escarchadas que horadaban el cielo cuaternario y sintió frío. Se refugió en cuevas húmedas y oscuras. El clima helado la reunió con sus pares alrededor de un fuego tribal, mientras afuera los copos de nieve danzaban en abigarrada promiscuidad con el viento. En medio de la confusión del Universo, la noche se vistió de un pasado nebuloso, de ruinas circulares y fósiles sepultados bajo eones: el hombre de las cavernas descubría, en la fría soledad de su gruta, que tallando la piedra —o el hueso— podía transformar la materia en rústicas armas e instrumentos elementales, convirtiéndolos en una extensión artificial para contrarrestar sus limitaciones físicas naturales. Un enorme abanico de posibilidades se abría ante sus ojos como frente a los de un niño que aprende a dar sus primeros pasos.

El Mundo podía modificarse.

La primera gota de sangre, brillante y minúscula como una perla en el corazón del desierto, se derramó sobre la Tierra y abrió una grieta imperceptible, pero profunda, sobre la superficie virgen de la Historia.

Las nubes se incendiaron y lanzaron sobre los glaciares su luz amarilla. El hielo se derritió y el hombre abandonó la oscuridad de las cavernas. Se estableció en la ribera de los ríos y lagos. Construyó ciudades. Con el empleo del bronce y el hierro, el hombre inauguró una nueva civilización. Deslumbrada por el luminoso reflejo de los metales, la criatura humana —evolucionada— discurrió la idea de extender sus dominios y decidió fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El Progreso.

La Máquina de sangre se alimentaba de muerte y destrucción.

A aquellas primeras herramientas toscas, rudimentarias, siguieron otras, en complejidad creciente conforme giraban los planetas. De la rueda al descubrimiento del acero, de la soldadura de los metales a la polea fija, de la energía muscular animal (y humana) al molino de viento y agua; la pólvora, la imprenta, las armas de fuego, el reloj mecánico; flamantes chorros de sangre comenzaron a manar de la tierra como de infinitas heridas mortales, irreversibles. El hombre lanzó finalmente la máquina contra la naturaleza, para conquistarla. Pero, paradójicamente, ella terminó dominando a su creador. La Máquina de sangre se reveló en toda su vastedad y el hombre descubrió, como si antes hubiera tenido los ojos vendados, la clase de monstruo que él mismo había engendrado y alimentado orgullosamente: guerras mundiales, armas de destrucción masiva, campos de concentración, bombas atómicas, instrumentos de matanza mecanizada, el perfecto paraíso maquinista.

Ríos de sangre fluían hacia el corazón bullente de la Máquina y se filtraban en sus entrañas sintéticas.

La tecnología avanzaba a una velocidad vertiginosa y en cuestión de siglos se convirtió en un gigantesco vórtice que arrastraba a los seres humanos. Las máquinas ocupaban todo el espacio disponible, veloces, eficientes, perfectas. No se podía dar un paso sin tropezar con una de ellas. Supercomputadoras, nodrizas electrónicas, respuestas sincronizadas, millones de giga bytes viajando en el ciberespacio cósmico y flujos de información codificada saturando el éter.

El hombre devino máquina pensante. La inteligencia artificial reemplazó la impredecible y contradictoria racionalidad de los hombres. Las maquinarias terminaron por confundirse en una sola Gran Máquina bajo la dirección de un solo Gran Cerebro positrónico en constante sinapsis, suspendido en un compuesto de emulsión amniótica. Desde ahí, la Máquina enviaba millones de órdenes omnidireccionales por microsegundo a todas las células de su organismo. Desolado, el hombre se sintió por fin en un Universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía y cuyos Amos, invisibles y crueles, lo llenaban de terror.


Ilustración: Ferran Clavero

Como un arroyo de serpientes, la sangre comenzó a correr por el conducto principal de la Máquina, tronco vital, del que surgían otros cables conductores como ramas en todas direcciones, expandiéndose en innumerables arterias secundarias que se abrían y enredaban como una enorme telaraña sangrienta entre los tentáculos de acero y engrasados motores. El tejido bio-metálico que conformaban se extendía hacia una infinita periferia de unidades funcionales, perdiéndose en la larga perspectiva que se fundía en el horizonte. Las cumbres de las torres de ignición se confundían en las alturas con el cielo, otrora salpicado de estrellas y pulcros planetas, y que ahora aparecía como una costra sucia y caliginosa que encerraba todo como una gran bóveda.

El hombre, aislado físicamente en celdas individuales, se convirtió en un engranaje dentado, una pieza más de la Máquina, removible pero necesaria. Cada recinto que ocupaba era un perfecto sarcófago, sin espacio para moverse, aunque ya no lo necesitaba. La Máquina lo rodeaba estrechamente y lo alimentaba mediante tubos que introducían en su cuerpo una fina corriente de vitaminas y proteínas. Hacía correr su sangre gracias a un diminuto motor que palpitaba en la cubierta como un corazón y proveía el oxígeno necesario por válvulas endotraqueales. La sangre circulaba por todos los componentes a través de un complejo sistema de vasos comunicantes. Las infinitas cámaras donde yacían los individuos se extendían en campos inmensos como panales inactivos donde sólo se veía correr el flujo sanguíneo. El hombre ya no necesita comer, dormir, respirar, ... ni pensar. La Máquina lo hacía todo por él. Para entonces, la criatura apenas conservaba el aspecto de un ser humano.

Pero siguiendo una ley inmutable en el Universo, el crepúsculo de la Máquina sobrevino. Falla mecánica o humana, era lo mismo. Los motores comenzaron a funcionar a destiempo, rugiendo con un sonido grave que sonaba como el concierto apocalíptico de la Humanidad. La sangre, aguachenta y sucia, rezumaba de los equipos como un humor malsano. La Máquina vibró mucho, con arritmia. La primera explosión desencadenó una serie de estallidos asincrónicos que se multiplicaron en toda la magnificencia de la Máquina de sangre. El mundo entero se iluminó por la mega explosión del epicentro, que terminó por derrumbar el paraíso mecánico. El cataclismo sepultó bajo toneladas de ceniza el templo de la Creación del hombre.

Cuando el humo se hubo disipado, reveló la profundidad de una noche cerrada y silente. Una calma desacostumbrada reinaba en el orbe. La tierra quedó viscosa, de oscura arcilla roja. El paso de las edades se encargó de remover el suelo dejando un paisaje lunar, cubierto de mesetas y acantilados sedimentarios.

Algunas criaturas lograron sobrevivir a la catástrofe. Por primera vez, éstas se vieron las caras. Trataron de comunicarse, pero de sus atrofiadas cuerdas vocales sólo salieron sonidos guturales e inarticulados. Desnudo de sus ropajes tecnológicos, el hombre se sintió solo y desamparado a la intemperie del Mundo. Instintivamente buscó el calor de sus semejantes. Se reunieron en grutas húmedas y oscuras. Un fuego tribal los reunió en la noche gélida. Con mano torpe —neófita— la criatura experimentó su capacidad prensil.

Uno de ellos, tal vez animado por un oscuro instinto, o simplemente por curiosidad ociosa, tomó una piedra —o un hueso— y comenzó a tallarlo.



Hugo Perrone nació en 1977 en Argentina, es profesor de Literatura y aficionado a los relatos cuyos géneros profesan en AXXÓN. Escribe cuentos de terror, ciencia ficción y fantasía, entre otros engendros inclasificables. Tiene la idea de que, en literatura, "menos es más". Hace tiempo que publica asiduamente en cuanto foro y web de relatos haya en Internet, con bastante aceptación, por suerte. Al menos los que han leído dicen que les gusta lo que hace. Aún no ha tenido la oportunidad de publicar en papel, aunque espera hacerlo en un futuro todavía incierto.


Este cuento se vincula temáticamente con EL CUENTO UNIVERSAL, de Leonardo Montero Flores (178), BRASA 2000, de Roberto de Souza Causo (169) y DE NUEVO, EL PRINCIPIO, de Alfredo Álamo (133)

Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Ciclo vital : Relación máquina-hombre : Argentina : Argentino).

            

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