EL ESPEJO DEL VODÚ

Luis Joaquín Sánchez

Cuba

La noche era oscura como el fondo de un pozo ciego. El cielo estaba encapotado y se rajaba, de vez en cuando, en rayos que conmocionaban las alturas. Los cascos de dos caballos, que montaban Baldomero Moliné y su capataz, golpeaban el camino. No llovía. Era como si una fuerza invisible lo impidiera. Se sentía una gran pesadez en el aire.

—Verdad que es usted terco, señor. ¿A quién se le ocurre salir con una noche así? —dijo el capataz mientras se santiguaba a cada trueno.

—No me gusta dejar las cosas a medias, Medardo. El Haitiano me mandó llamar hoy por la noche, seguro que va a venderme su pedazo de tierra.

La voz le brotaba firme al hacendado y con un timbre agradable, que lo hacía parecer más joven aún. Frisaba los treinta. Era alto y delgado. Podía decirse que un hombre bien parecido. Lo tenía todo: dinero, juventud, poder, una familia que lo adoraba. Recordaba a su esposa, el último beso que le dio al salir de la casa, su cuerpo sensual, su cintura rodeada por sus manos, el aliento cálido de mujer enamorada, los ojos como dos destellos permanentes de felicidad y la niña halándole la manga de la camisa: #Papi, llévame contigo#. Cargó a la pequeña antes de irse y la besó en la frente. ¡Cómo la quería! Y sentía su cariño suave, aterciopelado, llegándole a lo más profundo de su ser. Nada le faltaba, según creía. Sólo lo mortificaba la vida aquel maldito haitiano, cada vez más viejo y encorvado, apoyado siempre en un bastón, diciendo extrañas palabras en francés y en un dialecto que no entendía bien. El bohío del haitiano, con toda su miseria, rompía la armonía del paisaje a un costado de la finca. Por eso quería sacarlo de allí y también deseaba olvidar lo que había pasado con Yanet, aquella negrita dura de pechos, con la piel brillante como azabache y hermosa en su raza como una deidad africana. La negrita se le fue metiendo por los ojos. Nunca supo a ciencia cierta si lo buscaba o no. El asunto era que la veía aquí y allá, en sus trajines, con sus carnes cada vez más sólidas y abundantes, sin llegar a la exageración, pero sí atractiva, acompañada por un rostro de porcelana oscura, labios pulposos y mirada ingenua. ¿O es que se hacía la ingenua? Tal conjunto tendía a producirle una gran excitación. Un día, en el río, la vio bañarse completamente desnuda y pudo comprobar, a distancia, las promesas inimaginables que había en aquel magnífico cuerpo. La impresión fue tal que la muchacha penetró en sus sueños, en sus pensamientos más ocultos, al punto de que no pudo controlarse más y la buscó a orillas del río. Intentó persuadirla; pero ante su resistencia, se le echó encima, hasta hacerla suya, entre gritos, arañazos y sollozos, disfrutando el dominio de aquella gata salvaje. Todo iba saliendo bien hasta que una piedra golpeó donde no debía. Fue en la sien, rodaban sobre el suelo. Un gemido fue lo último que salió de ella. Luego la sangre brotó a borbotones. La movió unas cuantas veces con resultados inútiles. Yanet se quedó quieta para siempre. Pasó unas horas tremendas, sin saber qué hacer con aquello, hasta que el capataz lo sacó del lío. Echó por ahí el cadáver. Después inventaron el cuento de que la muchacha se había ido con un enamorado que tenía en el pueblo. La guardia rural lo creyó. Sin embargo el haitiano no dio señales de ello. Sus ojos eran escrutadores y verdes, como los de un gato que parecían insinuar un reproche perenne. Lo mejor era salir del viejo también, que se fuera de allí. Le hizo las mejores ofertas, siempre recibiendo un "no", hasta que aquella noche el haitiano dio indicios de ceder. Seguro que firmaría el contrato de venta, por lo que fuera, no importaba, él tenía bastante. Así, sobre los dos potros, se movían Baldomero Moliné y su capataz, Medardo, aquella noche cuando el cielo parecía sentirse cargado de agua y fuego, que no podía soltar, por la enorme pesadez del aire.

—Yo, en su lugar, volvía pa'trás, señor.

—¿Cómo se te ocurre?

—Parece que va a estallar una tormenta tremenda. Hay algo raro en el ambiente. Puedo sentirlo. Mi madre decía que yo tenía el don.

—¿Don para qué?

—Para ver lo sobrenatural.

—¡Estás loco!

—Sé lo que digo, señor. —El capataz no escondía su miedo. Había oído lo que se decía sobre el haitiano.

—Ese viejo tiene como doscientos años.

—¿Doscientos años y dio una hija tan bonita? Ésos son cuentos de comadres.

—Ese viejo sabe de vodú, señor.

—¿Y a mí, qué?

—Dicen que tiene un espejo grande que lo cambia todo.

—No sé cómo puedes creer en esas tonterías, Medardo.

Discutiendo a cada momento sobre los caballos, descubrieron una luz, que subía y bajaba con el movimiento de las bestias. Enseguida se dieron cuenta de que provenía de la choza del haitiano. Bajaron de los caballos. Pero Medardo se detuvo. No dio un paso más.

—Hasta aquí llego yo, señor.

—Pero, ¿no vas a seguir?

—No, disculpe usted. Pero tengo mis creencias.

—¡Qué cobarde eres!

—Usted sabe bien que siempre lo he acompañado en lo bueno y en lo malo. Pero ahora... Algo me dice que no vaya. Lo lamento. No quiero líos con las cosas del más allá.

—¡Eres un estúpido ignorante! Me das pena. ¡Quédate, cobarde, no importa! —Baldomero Moliné le entregó las riendas de su caballo y, cuidando los animales, permaneció Medardo, mientras su patrón avanzaba hacia el rancho. En breve, llegó a él.

La puerta estaba abierta. La luz que se veía tenía algo de irreal. Parecía partir de muchas velas encendidas, que recordaban un velorio. El hacendado entró; pero no vio al haitiano.

—Don Lemagne, ¿está usted ahí? - Adelantó unos pasos en el interior para distinguir, con más claridad, un gran espejo ante las velas—. Don Lemagne, le traigo el dinero para la compra de la tierra. Todo el que le prometí.

En el espejo empezó a percibir la imagen del viejo. Estaba aún más encorvado, apoyado en su bastón, la piel arrugada, los ojos de gato.

—Aquí estoy. ¿Qué se le ofrece a su merced? —La voz del haitiano sonó amable con su acento francés. No obstante había algo en ella que tenía un matiz irónico. Daba la impresión de que detrás de su aparente mansedumbre había un reto.

Baldomero trató de verlo fuera del espejo; pero no lo consiguió. El viejo sólo estaba detrás de la superficie del cristal. ¿Qué juego era aquel? ¿Dónde se escondía Lemagne? ¿Cómo podía hacerse ver sin estar presente? Una corriente de inseguridad comenzó a desplazarse por la espina dorsal del terrateniente. Hizo lo posible por disimularla.

—Vine a ver si me firmaba un documento en que me vende su conuco. ¿Va usted a hacer el negocio?

—Claro, claro que sí.

—Eso me imaginaba. No sé qué es lo que pasa, porque no lo veo fuera del espejo.

—Porque no ha mirado bien, su merced. —En cuestión de segundos Baldomero lo percibió fuera de la superficie pulida. El haitiano estaba de pie junto a una mesa. Varias velas había en el centro de ella.

El terrateniente se acercó al mueble. Colocó un papel con una pluma sobre él y entregó un fajo de billetes que la mano temblorosa del viejo cogió.

—¡Cuéntelos!

—No hace falta.

—Éste es el papel para que firme. —Lentamente la mano del anciano fue realizando los trazos con la pluma, como si tuviese que hacer un esfuerzo supremo para lograrlo.

—Bueno, ya todo está arreglado. Tendrá que irse mañana mismo. —La voz de Baldomero no se sintió tan segura esta vez. Había un leve temblor.

El anciano no se inmutó, arrastrando las palabras respondió:

—No tan rápido. Yo diría que no me voy a ir nunca.

—¿Cómo dice? Ahora todo es mío.

—¿Usted cree? —Había una cierta ironía en los ojos de gato. La mano delgada y arrugada extendió su dedo índice hacia el espejo—. Hay cosas que no se pueden arreglar con dinero, su merced. —La mirada de Baldomero siguió el dedo índice y vio en el espejo una cara conocida, negra y hermosa.

—¡Su hija, Yanet! ¡No puede ser!

—¿Por qué? ¿Por qué? —Fueron palabras que partieron del espejo, mientras la sangre brotaba a borbotones de la cabeza oscura. Baldomero tuvo que llevarse las manos a los ojos para no ver.

—¿Por qué la mataste, maldito? —La cólera se sentía en cada frase del anciano.

—Fue un accidente.

—Un accidente que tú provocaste, porque no la respetaste. Yanet no se metía con nadie. Era un alma de Dios. —En los ojos verdosos se formaron lágrimas. Los sollozos hicieron vibrar el pecho del viejo.

—Lo lamento.

—Es tarde para lamentar. Has hecho mucho daño, Baldomero Moliné. Creciste a cuenta de la miseria de otros. Hundiste a unos cuantos en el desastre. Es hora de pagar. —El tono de confianza del anciano intranquilizaba al hacendado. Ya la imagen de la muchacha no se veía en el vidrio. Estaba en su lugar el haitiano.

—El vodú es respeto, amor a la naturaleza, acercamiento a la virtud. —Las palabras de Lemagne resultaban sentenciosas—. Pero el vodú también castiga. Hoy es el día elegido por mí, el momento cuando se pusieron de acuerdo todos mis dioses.

—A mí no me engaña con sus palabras raras. A mí no me mete miedo con sus cuentos de negro.

—Hiciste lo que pudiste para apoderarte de mi conuco y ahora quieres lanzarme al camino real. Pero lo peor de todo es que me privaste de mi hija, lo que más quería en este mundo.

—Ella se lo buscó. Me embrujó. Era una bruja como usted.

—No soy un brujo. Soy como el espejo. Cada hombre es un espejo y la vida misma lo es. El espejo devuelve lo que recibe. Así vas hilando tu destino con cada cosa que haces. Lo que siembras recibirás.

—¿Quién eres tú para juzgarme, maldito viejo, muerto de hambre? —Baldomero Moliné no pudo dominarse y descargó su puño contra la señal más próxima del haitiano, que era la imagen en el espejo. Las manos del viejo realizaron extraños pases, con el bastón en alto. De su boca salieron frases ininteligibles. Así cuando la mano del terrateniente hizo contacto con el cristal fue como si chocara contra la superficie de un líquido. Se formaron ondas que conmocionaron el alma del hacendado. Tuvo la sensación de que las cosas giraban a su alrededor, las velas encendidas, los ojos verdosos del viejo. Se mareaba, se hundía en un abismo que no parecía tener fin. Presiones extraordinarias hacían crepitar sus huesos, sus tendones, cada uno de sus órganos, dolores inconmensurables surgían en cada punto de su cuerpo. Gritó con fuerza, un grito agudo, profundo, como el aullido de un lobo herido de muerte.

Para su sorpresa, todo se detuvo en un momento. El espejo estaba frente a él. Podía ver su propia imagen al otro lado de la superficie pulida. Era joven aún, alto, apuesto, con su cabello lacio, bien peinado. Se veía mejor que nunca. Admiró a su imagen con la misma fe ciega de Narciso. Estaba tranquilo porque se veía triunfador. Movió su mano derecha. Se la pasó por el cabello, por la frente, donde percibió innumerables arrugas, así como en su rostro. Los dedos estaban enjutos, con la piel colgante, así como los brazos. Sus miembros habían recibido el peso de muchos años. Su espina dorsal se hallaba encorvada y en su mano derecha había un bastón. No podía creerlo. Estaba metido en el cuerpo del anciano. No podía ser. Era una alucinación, un sueño desatinado, una pesadilla. Se movió frente al espejo y su imagen hizo lo mismo al otro lado, repitiendo exactamente cada gesto. El joven que tenía delante sonreía, como si saborease una venganza.

—¿Qué me has hecho, maldito brujo? ¿Dónde estás?

—Ahora estoy en ti. Ahora tú eres yo.

—¡No puede ser! ¡Esto no es verdad!

—Te he dado mi cuerpo con sus dolores, su vejez, la muerte que se aproxima. Te queda poco, Baldomero Moliné. Padeces un mal incurable.


Ilustración: Ferran Clavero

El terrateniente pudo ver su cuerpo fuera del espejo, más vigoroso que nunca, listo a enfrentar todos los retos. Y en su voz escuchó las ideas del haitiano:

—Ahora yo soy tú y tú eres yo.

—No.

—Es la verdad. Me quedo con todo lo tuyo: tu juventud, tus propiedades, tu familia. Me privaste de mi hija, que era lo que más quería; pero me quedo con la tuya, una niña encantadora.

—¡No! ¡No puedes hacer eso!

—Me quedo con tu hija, con tu mujer, una bella dama educada en la ciudad. Dormiré con ella cada noche.

—¡No! ¡No! —Baldomero Moliné, atrapado en el cuerpo del haitiano, trataba de golpear con su bastón al insolente Don Lemagne; pero las fuerzas no lo acompañaron. Tuvo que conformarse con un fallido intento, que se perdió en el aire.

—Estás muy mal. Son muchas las enfermedades que tienes. Por eso te voy a dar la oportunidad de que mueras aquí, algo que tú jamás habrías hecho por mí.

—No, cada cosa aquí es mía: la finca, el conuco, cada pedazo de tierra.

—Eso era antes. Ahora soy yo el dueño. Tengo la propiedad del conuco, cuya venta firmé cuando estaba en el cuerpo que tienes ahora. Te dejo el dinero que me trajiste para que compres algunas medicinas y sea menor el dolor.

El haitiano, metido en el cuerpo de Baldomero Moliné, dio media vuelta y se dirigió a la salida. El terrateniente trató de seguirlo, protestando; pero los gastados músculos de las piernas no lo acompañaron. Se veía obligado a andar despacio mientras que el ahora joven haitiano se movía con agilidad y buscaba su caballo en la noche. No tuvo que andar mucho para tropezarse con Medardo, quien lo recibió con una pregunta:

—¿Todo salió bien, señor?

—Mejor que lo que imaginaba.

—Siempre lo digo: es usted un hombre con suerte.

Antes de que lograran montar en sus caballos, apareció el viejo, bastón en mano, amenazando con golpear. Lo primero que hizo fue dirigirse a Medardo:

—¡Detente! ¡No te dejes engañar! ¡Yo soy Baldomero Moliné! ¡El que está a tu lado es el haitiano!

Don Lemagne, metido en el cuerpo de Baldomero Moliné, sonrió suavemente y le preguntó al capataz:

—¿Oíste eso, Medardo? ¿Qué te parece?

—Que el viejo se ha vuelto loco, patrón. Vámonos de aquí antes de que pase algo peor.

Y los dos hombres montaron en sus caballos mientras Baldomero Moliné no pudo hacer otra cosa que verlos alejarse en medio de la noche tenebrosa. Fue entonces que empezó a llover.



Luis Joaquín Sánchez, escritor cubano que reside en La Habana. Pertenece a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Escribe novelas de aventuras para la radio, así como cuentos de terror y ciencia ficción; también policiales. Ha trabajado asimismo en televisión como escritor de guiones. Otra faceta en que se ha desenvuelto es en el periodismo; en la actualidad hace entrevistas radiales y dirige un espacio de corte informativo. Tiene cierta predilección por los géneros relacionados con la fantasía, como las narraciones terroríficas y de ciencia ficción.


Este cuento se vincula temáticamente con EL LADO OSCURO DE LA LUNA, de Federico Schaffler González (104), LA ENTREVISTA, de Carlos Enrique Abraham (153) y LA LLAMADA DE CTHULHU, de Howard Phillips Lovecraft (165)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Terror : Magia : Cuba : Cubano).

            

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