LA CABAÑA

Gonzalo Alonso Del Rosario Lozano

Perú

A ellos dos les encantaba hacer el amor. Cada fin de semana, cuando ella no estuviese con la ruler, salían desesperados rumbo a su hotel de siempre. Él llevaba una mochila cargada con todo lo que ella pedía: una toalla y un par de sábanas limpias.

—Aj, pero es que no sabemos quiénes han estado antes en esta cama.

—Ya, pues.

Caso curioso el de la señora madre de su enamorada; desconocían si ya se había ganado de cada vez que salían juntos y él se negaba a dejar su mochila en casa, por más que la señora le pidiese no lo hiciera.

—Es peligroso joven —coincidía con que su hija no se encontraba en su periodo.

Ellos salían muy temprano, digamos a las siete de la tarde, para encontrar cuartos. Los jóvenes que atendían, ya los conocían.

—¿Por horas? —Pregunta de mero trámite.

—Sí. —Subían y hacían de las suyas allí dentro (del cuarto y de ella) siempre con protección porque ambos tenían metas... Claro, esa meta se transformaba en un "te-meto" y durante ese par de horas se olvidaban de todo y escapaban a un mundo apaciblemente más excitante.

Luego de gastar energías mutuamente, venía la hora del desquite, y si salían temprano al y del telo, no era sólo por conseguir un cuarto vacío, sino para encontrar mesa vacía, también. En caso de que llegaran tarde, tendrían que esperar antes de degustar, saborear, masticar y deglutir, la rica porción de chicharrón de pollo que cada sábado inhastiablemente pedían a las señoras de La Cabaña.

Todo había comenzado cuando recién tenían sus primeros roces masturbatorios en el mueble de la casa; y como ella siempre quedaba agotada, salía con sus locuras antojosas.

—Tengo hambre... Pero ¿sabes qué quiero?... una porción de Nuggets o de Hot wings.

Lo malo era que no estaban en Lima, sino en Trujillo, y faltaba mucho para que llegaran tales establecimientos. ¿Qué es lo más parecido a unos Nuggets en Trujillo? Hizo remembranza de cuando venía su madrina, con alguna de sus parejas de turno, y llevaba a toda la familia en su carro a comer a Huanchaco. Él siempre pedía algo pero no recordaba el nombre... ¡Ya! Nuggets, como el betún, bueno, más bien eran... ¡Chicharrones! Claro, su viejo, bromeando, les llamaba Nuggets, y ambos le rociaban la de mayonesa.

—¡Ta, qué rico!

—Pero ¿ésos no eran de pescado? En la playa no van a ser de pollo ¿no? Ah ¿y dónde podré encontrar algo parecido por acá cerca? Usa la fuerza.

—¿Y si te compro chicharrones de pollo?

—Ya, chévere —Entonces salió de la casa y se perdió durante casi una hora con el propósito de satisfacer los deseos de su enamorada, porque sabía que, a la larga, tanta cojudez daría sus frutos.

Y así, pues, pero antes había de caminar muchísimo. Se quitó lejos hasta llegar a una especie de boulevard, donde se dio con sorpresa que ninguna de las pollerías preparaba los dichosos chicharrones.

—Creo que allá, al frente.

En efecto, un pequeño local cruzando la pista los tenía siempre listos.

El resultado, una vez comparado con los que actualmente comían cada fin de semana, era frustrante; aun así, él tenía que mandarse una lataza hasta aquel sitio, sólo por su flaca. Hasta que un día, regresando de la casa de unas amigas, se percató de la existencia de La Cabaña.

—¿Qué local es éste?

—Aquí venía con mi mejor amiga a comer, luego del gimnasio.

—Y si iban al gimnasio ¿para qué comían luego?

—Es que da hambre, pues.

—Pero no es lo mismo que tirar tu plata al agua.

—Es que acá hacen unos chicharrones de pollo... mmm, buenazos.

—¡Y por qué no me dijiste que acá los preparaban! ¡Ya no hubiera tenido que hacer tremendos viajezotes!

—Porque nunca me lo preguntaste.

Así empezaron a asistir cada fin de semana, habiendo hecho o no el amor, a comer chicharrón de pollo en La Cabaña. Es que eran tan deliciosos, tenían ese no sé qué adictivo que propiciaba que siempre se llenara el local. Ellos no sólo iban los fines de semana, a veces entre semana pasaban por allí y se proyectaban.

En otras ocasiones, como ella no tenía ganas de caminar, él iba y pedía para llevar, pero no se podía conformar con comer el chicharrón nada más; tenía que pedir algún postre de la vitrina mientras esperaba la entrega. El que más le gustaba era el pie de limón, otro era el flan de coco, o sino la torta de chocolate, la que tenía ese puntito exacto entre dulce, amargo y saladito que no sabía cómo lograban pero producía una sensación diferente a todo cuanto había probado antes.

Con el chicharrón de pollo ocurría lo mismo, no sabían cómo lograban el sabor preciso. Sacaban conclusiones y pudieron percatarse que le echaban algo de maní, y que puede que fuese el ingrediente secreto, pero no podían afirmarlo.

—Tendremos que llamar a Gastón Acurio, y ver qué nos dice —se vacilaban.

Incluso cuando viajaron a Lima, se dieron cuenta que por más KFC que pidieran, jamás se podría comparar a La Cabaña y a esas dos viejas solteronas y malhumoradas con rostro de perro bulldog que atendían. Si bien con la cara serial nomás espantaban, el principal causante de que el local se llenase era sin duda alguna la comida. En La Cabaña uno no encontraba meseras mamacitas vistiendo minifalda-cinturón, pero la comida... ¡Ta, qué comida! De eso nadie podía quejarse jamás. Porque tampoco se puede menospreciar el lomito saltado, lomo a lo pobre, pollo a la rusa, cabrito, arroz con pato, pollo broaster, ufff, me muero...

Una noche de sábado, luego de haber tenido una gran y apasionada jornada de sexo, la pareja llegó un poco más tarde de lo previsto; lo bueno era que todavía quedaba su plato preferido.

—Puedo estar llena, puedo no tener hambre, puedo dejar de comer todo, pero del chicharrón de pollo de La Cabaña no me cansaré jamás.

—Yo tampoco. —Y siguieron conversando de diversos temas.

Había cerca sólo dos mesas ocupadas, una con otra pareja algo mayor; y en la otra un señor con su hijo, niño todavía, que ya estaban terminando de comer.

Entonces llegó el ansiado chicharrón de pollo; claro que no venía solo, lo acompañaban unas empatadas papazas fritas junto a la ensaladaza, que haría delirar a cualquier carnívoro.

—Manya, yo no soy de comer mucha ensalada pero ésta tiene un sabor... un saladito, acidito, dulcecito, que no sé qué es. —Todos esos efectos producidos por el jugo de la ensalada y la mayonesa casera.

—Oe, pero esta mayonesa, pucha, tiene ese no sé qué... —Mientras iban comiendo, tomaban mucha gaseosa, sobre todo él.

Para cuando se dieron cuenta, ya se habían quedado solos y eran los últimos que faltaban para cerrar.

—Pucha, gracias, amor, ha estado rico.

—Sí, lo sé.

—Pero mira, durante estos dos años que hemos venido cada fin de semana, sólo hemos engordado más de lo debido.

—Sí, eso dicen todos, pero a la mierda con la gente, que hablen lo que quieran; en vez de entrometerse en los asuntos de los demás deberían mirarse a sí mismos y dejar de joder.

—No, pero mejor hay que venir cada vez con menor frecuencia, de paso que ahorramos.

—¿Tú podrás?

—No, no lo creo.

—Ya, pe, entonces pa' qué hablas, si después que lo hacemos te da un hambre feroz.

—Es que es tan rico.

—Lo sé.

—Me refiero al chicharrón.

—Ah, bah.

—Toy bromeando.

—Aaajá, oe y en Lima cómo rogabas por un chicharrón de pollo de La Cabaña.

—Ja, ja.

—Mira, voy a pagar la cuenta y luego voy al baño, ya para quitarnos, porque estoy con un sueñazo, aparte me has dejado recontra agotado.

—Tú también.

Él se levantó de la mesa en dirección a la barra, sacó su billetera.

—¿Cuánto es, señora?

—A ver... Trece con cincuenta.

—Cóbrese. ¿Puedo usar el baño, por favor?

—Pase, joven.

Para llegar, había primero que pasar por un laberinto.

Luego de lavarse las manos, salir del baño, cerrar la puerta y caminar rumbo a la salida, su nariz se ganó de algo. Manya, ¿y ese olor? Mmm, huele riquísimo. Empezó a caminar con cuidado, para no asustar a nadie, siguiendo el extraño aroma. No era nada más que la cocina que habían instalado en el patio de la casa. Olía como a... ¡más chicharrón de pollo! Seguro que lo harán para ellos o para el desayuno. ¡Qué rico será desayunar chicharrón de pollo! Pero el de La Cabaña, ah.


Ilustración: M. C. Carper

Había dos jóvenes mujeres vestidas de blanco mismas chef; bueno, más bien eran asistentes del chef, porque el señor dueño era el "Maestro", sus dos hermanas administraban el local y él ya muy poco aparecía. ¿Qué le habrá pasado?

Se dio cuenta de algo, el olor en efecto era a chicharrón de pollo, pero aquella carne que la chica estaba fileteando no era un pollo, era algo parecido a una pierna rosada. Carajo, ¿una pierna? ¿Qué pasa? Miró con mayor detenimiento todo el recinto y cuando elevó la mirada pudo apreciar que había cuerpos de bebés decapitados colgados en gachos de carnicero, las cabezas estaban amontonadas a un lado en el lavadero, y sólo los cadáveres sangrantes se balanceaban con los brazos colgándoles, cada uno enganchado de los talones, manchando de sangre todo el suelo. Él estaba presenciando, justo cuando la otra asistente, muy tranquila, desenganchaba a un niño, lo colocaba sobre un trozo de madera y de un machetazo le separaba las piernas del cuerpo y empezaba a cortar los muslos en trocitos, los cuales echaba en un recipiente, mitad pan rayado y maní. "Wau, estaba en lo cierto", para luego echar al aceite hirviendo cada trozo de bebé. Una de ellas fue a abrir el refrigerador y sacó un pomo grande, lleno de agua turbia, parecía como encurtidos; en éste había un feto que la chica extrajo, con un cuchillo le abrió el pecho, le arrancó todas las vísceras, que colocó en otro recipiente, entonces recogieron toda su sangre y la vaciaron en la bandeja de la batidora, junto con el chocolate y el aceite. Él no podía más, estaba a punto de vomitar; trató de alejarse lo más rápido posible, como para no crear sospechas.

En eso sintió una mano que le agarraba el hombro. Asustado, corrió lo más rápido que pudo por el pasadizo laberíntico. Al llegar a la sala, la puerta estaba cerrada y su flaca había desaparecido. Sintió los pasos de alguien acercándose, volteó su rostro; era la señora furiosa que llevaba puesto un mandil blanco impregnado de sangre, agarraba un cuchillo en su mano derecha. Fue allí cuando bajó su mirada y se ganó de su flaca inerte en el piso, mirando al techo con ojos asustados. La sangre que emanaba de su cuello se iba coagulando lentamente; por consiguiente, él sabía que también estaba perdido. Se dejó hacer lo que quisieran.

Sólo pudo sentir un rápido y certero tajo, la señora había cortado su yugular. Todavía pudo vislumbrar que ahora era su sangre la que iba manchando todo el piso. Para cuando sus ojos empezaron a nublarse y la luz iniciaba su corto terminar, él intentaba vanamente dar sus últimas inspiraciones, manchando su ropa y el piso con sus fluidos corporales.

—¡Qué suerte la nuestra! Con estos gorditos tenemos para toda la semana.



Gonzalo Del Rosario nació en Perú en 1986. Estudia Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de Trujillo. Es integrante del grupo literario "Pluma de Carne". Algunos de sus cuentos han sido publicados en las revistas literarias SCIENCIALES (Universidad La Cantuta-Lima), REMOLINOS (Lima), REVISTA VOCES (Madrid - España) y FRACTURAS (Chile). Escribe periódicamente en su blog.


Este cuento se vincula temáticamente con LA RESIDENCIA, de Graciela Lorenzo Tillard (181), MÁS ALLÁ DEL SUEÑO: 3. TESTIMONIO, de Víctor Manuel Anchel Estebas (121) y ÉSTE ES TU CUERPO, de Claudio Alejandro Amodeo (165)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Terror : Canibalismo : Perú : Peruano).

            

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