LOS AMANTES DE PIEDRA

Rubén Serrano

España

Al atardecer, pocos minutos antes de que se pusiera el sol, salí del hotel donde me alojaba con la intención de dar un largo paseo por la playa.

Era verano y yo estaba disfrutando de mis vacaciones en un pequeño pueblo costero del norte de la Península. Había ido hasta allí con la intención de descansar, pero no descartaba la posibilidad de vivir alguna extraordinaria aventura o sumergirme en un intenso idilio amoroso. Esta última era una idea especialmente atractiva y sugerente para mí. El tiempo estival había despertado en mí sentimientos de amor y me invitaba a soñar con hermosas sirenas surgiendo del mar, con hábiles amazonas cabalgando sobre sus espléndidas monturas por la playa, o con la diosa Venus, desnuda e inmóvil sobre una gran concha, tal y como la pintó Botticelli.

Sí, yo sentía que el verano era un tiempo para el amor. Además, el lugar, el entorno, también contribuían a aumentar esa sensación. Estaba inmerso en un mundo nuevo, un mundo pacífico, romántico e inocente, poblado por criaturas agradables y seres benignos, sin los demonios de la gran ciudad. Parajes tranquilos, verdes paisajes, mares de aguas azuladas y atardeceres de fuego. Sin duda, era el escenario perfecto para el amor...

Por eso, cuando ella pasó a escasos metros de mí, a lomos de un blanco corcel, galopando suavemente como llevada por el viento, sentí que un extraño fuego recorría todas y cada una de las partes de mi cuerpo, así como de mi alma.

Yo acababa de llegar a la playa y me había sentado sobre una roca para quitarme los zapatos, con el fin de caminar descalzo sobre la arena. Inmerso como estaba en esta tarea, apenas si me di cuenta de su llegada, y solamente cuando oí relinchar a su caballo alcé la cabeza y pude contemplarla durante unos breves segundos.

Fue como una aparición maravillosa: parecía una diosa, una diosa de la belleza y del amor, flotando en una nube de luz blanca y esponjosa.

Era realmente hermosa. Unos grandes ojos claros destacaban en aquel rostro divino, casi tanto como los rosados labios. Una gran cascada de cabello dorado, decolorado por el sol veraniego, caía delicadamente sobre sus hombros, acariciando con suavidad su piel bronceada, mientras el vestido de fina gasa dejaba entrever sus contornos juveniles.

Creo que en aquel instante dejé de respirar y pude escuchar los latidos de mi corazón golpeándome salvajemente en las sienes. No cabía duda de que me había enamorado. Me sentía atraído por aquella muchacha desconocida...

Sin embargo, ella ni siquiera se había fijado en mí. Había pasado como una exhalación, con la mirada fija en el horizonte, sin ver nada de lo que tenía a su alrededor.

Y yo permanecí allí, inmóvil, observándola mientras se alejaba. Sentía que se me escapaba, pero sabía que no podría hacer nada para retenerla. Aquello me dejó aturdido y confuso, como si algo dentro de mí me dijera que eso no podía estar ocurriendo. Había encontrado a la mujer de mi vida y ella había pasado de largo. Era absurdo. Los dioses no permitirían algo así... ¿O sí?

Por si acaso, decidí seguirla. Me sacaba bastante ventaja, pero eso no me impidió echar a correr tras ella. Tenía que saber adónde se dirigía, dónde vivía, quién era...

La vi a lo lejos: había descendido del caballo y se había sentado en una roca a contemplar el mar. O, al menos, eso me pareció en un primer momento. Luego, al aproximarme más, descubriría que no era el mar lo que observaba, sino un peñasco de roca gris que se alzaba entre aguas turbulentas. Parecía embelesada, como si aquella peña ejerciera algún extraño influjo o atracción sobre ella.

Decidí que no era apropiado perturbar su tranquilidad en ese momento, así que me abstuve de acercarme. No quería que sintiera que estaba invadiendo su intimidad. Por eso me quedé donde estaba, deleitándome en la contemplación de mi amada, recorriendo todo su cuerpo con la mirada, como quien examina una valiosa antigüedad o una piedra preciosa.


Ilustración: Pedro Belushi

No pasó mucho tiempo antes de que el peñasco atrajera mi atención. Ella permanecía con los ojos clavados en él y yo miré para intentar averiguar por qué. Al principio, nada más vi una roca normal y corriente; pero un examen más atento me reveló la existencia de una especie de figura humana que parecía estar esculpida en la piedra. Sus rasgos no eran muy nítidos, pero no cabía duda de que allí parecía verse la forma de un hombre sentado, en actitud de espera...

«Una espera de siglos», pensé.

Sin darme cuenta, las primeras estrellas hicieron su aparición en el cielo. Ante la inminente llegada de la noche, la joven se levantó, subió a lomos de su caballo y regresó por donde había venido, mientras yo permanecía aún con la mirada fija en la solitaria figura del hombre petrificado.

* * *

—Cuenta la leyenda —empezó a relatar el viejo pescador—, que hace mucho tiempo vivía por estos lugares un joven poeta...

El anciano dio una chupada a su pipa y me miró a los ojos para ver si estaba atendiendo a su historia. No me había resultado difícil encontrar a alguien que me hablara del peñasco encantado y de su triste ocupante, pues casi todos los lugareños conocían esa leyenda desde que eran niños. Y allí estaba yo ahora, escuchándola de labios de un viejo lobo de mar.

—El joven —continuó— ocupaba su tiempo escribiendo poemas y cantándole al amor... Pero el amor no le respondió.

La mirada del pescador se perdió en el vacío, como si estuviera viendo con sus propios ojos aquello que estaba relatando.

—Él escribía versos para las doncellas hermosas y pronto se hizo muy popular en toda la región. Fue entonces cuando una mujer no demasiado bella, y ya entrada en años, le pidió que escribiera un poema para ella. #Lo siento#, respondió él, #pero vos no me inspiráis ningún sentimiento de amor. No puedo escribir nada para vos#. Y ella, para vengarse, arrojó sobre el joven poeta una maldición: #Poetastro, nunca tendrás el amor de una mujer#. Y así fue: nadie se enamoró nunca de él.

—Es una historia realmente triste —comenté.

—Sí, lo es —replicó el pescador—, pero no acaba ahí. Después de ese suceso, los versos del poeta se volvieron melancólicos, afligidos, igual que él mismo. Ya no escribía sobre la belleza humana, sino sobre seres fabulosos, como las sirenas o las ninfas. Pensaba que si no podía obtener el amor de una mujer, tal vez pudiera encontrarlo en criaturas de otras razas, pues a ellas no les afectaría la maldición. Así que se pasaba las horas sentado en una peña, contemplando el mar, en espera de una rubia sirena que algún día surgiría de las aguas y le entregaría todo su amor. Sin embargo, aquella sirena nunca apareció, y él se quedó petrificado esperando.

Al atardecer, regresé a la playa y me senté a mirar el misterioso peñasco. Los rayos del sol resbalaban sobre su superficie y las olas formaban un lecho de espuma blanquecina a sus pies. Y allí, atrapado en la piedra, estaba él, el joven poeta al cual nadie amó. Dormido en su eterna melancolía de siglos, consumido por la tristeza, aún parecía estar aguardando a su rubia sirena.

Los lugareños, que todavía daban crédito a la leyenda, aseguraban que algunas noches se podían oír sus lamentos. Y yo, por un momento, también creí escucharlos. Pero en seguida comprendí que, sin duda, debía ser el gemido del viento lo que se oía.

El sol seguía declinando y pronto anochecería.

De repente, apareció la joven. Había llegado andando y se había situado a mi lado en silencio, con la mirada fija en el peñasco.

—Parece como si estuviese aguardando a que alguien lo sacara de su triste letargo, ¿verdad? —comentó de pronto.

—Ehh, sí, supongo que sí —titubeé, sin saber muy bien qué responder.

Durante casi un minuto se hizo un silencio absoluto, roto finalmente por ella:

—A veces pienso que, si consiguiera abrazarle, el conjuro se rompería y él volvería a ser humano.

No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Ella también daba por cierta aquella absurda leyenda, aquella historia propia de una imaginación enfebrecida. Hablaba de romper un hechizo maléfico inexistente con el fin de que una roca se convirtiera en hombre. Era algo ridículo.

Empecé a pensar que todos en aquel pueblo estaban locos, incluida ella. Traté de hacerle entender la realidad, pero mi maravillosa diosa de la belleza no quiso escuchar mis palabras.

—Tú no lo comprendes —me dijo—. Él me necesita... Yo puedo salvarle.

Era increíble. Ella estaba enamorada de un mítico poeta de piedra e insistía en reunirse con él para devolverlo a la vida.

Aquello era demasiado para mí, así que decidí marcharme y dejarla a solas con sus sueños imposibles. Allí quedó ella, bajo las estrellas, contemplando un fantasma de la imaginación.

Ésa fue la última vez que la vi, al menos en persona. Sin embargo, su imagen se me apareció en sueños esa misma noche. Como siempre, la vi frente a la peña... Al instante, supe que algo iba a ocurrir. Era evidente que ella deseaba abrazar a su amante de piedra, quería consolarlo y decirle que su amor al fin había llegado. No pudiendo reprimir por más tiempo la angustia de su corazón, se introdujo en el agua y nadó hacia el peñasco. Al momento, las olas se agitaron y la joven pudo sentir la presencia de un misterioso poder. Una fuerza extraña y poderosa pretendía lanzar su cuerpo fuera del agua y estrellarlo contra las rocas. ¡El maleficio aún estaba activo!

Ella trató de ahuyentar el pánico pensando únicamente en el deseo de abrazar al poeta de piedra. Sabía que tenía que ser fuerte o perecería. Y si ella moría, ya nadie salvaría a aquel pobre desdichado.

Nadó hasta el límite de sus fuerzas, con esa única idea en la mente. Y su voluntad fue más poderosa que el oleaje, pues consiguió alcanzar la roca. Alí se detuvo unos segundos, de rodillas sobre la piedra, exhausta por el esfuerzo que había realizado.

Respiró profundamente varias veces y, cuando se hubo recuperado un poco, levantó los brazos para rodear con ellos a la inmóvil figura. Pero sus brazos eran muy pesados, sin duda a causa del cansancio. Al menos eso pensó ella al principio, antes de darse cuenta de que se le habían convertido en piedra...

* * *

Desperté sobresaltado, como si presintiera que algo terrible había ocurrido mientras dormía. Salté de la cama, me vestí a toda prisa y corrí hacia la playa. Cuando llegué ante el peñasco, estuve a punto de desmayarme: lo imposible se había hecho realidad. Allí, junto a la figura del poeta de piedra, se podía distinguir claramente ahora una forma femenina, con los brazos levantados, en actitud de intentar abrazar a la otra figura. Y yo sabía que ella había tratado de llegar hasta él, pero había quedado petrificada antes de poder abrazarle. Ahora, ambos iban a estar eternamente juntos, pero sin poder llegar a tocarse nunca.

Los lugareños no tardaron en descubrir lo sucedido y comprendieron, abrumados, que la maldición todavía actuaba sobre el joven de piedra, una maldición más fuerte que el amor...

Yo, por mi parte, acabé regresando a Madrid y volví a mi aburrida vida cotidiana. Sin embargo, aún pienso mucho en aquella joven. En mis noches solitarias todavía la deseo y me siento atraído por la figura de piedra que ella es ahora. A veces creo escuchar su voz llamándome desde la distancia. Es entonces cuando más pienso en regresar al pueblecito costero donde todo ocurrió, para tratar de encontrar la forma de unirme a ella.

Sí, ella me necesita. Y sé que yo puedo salvarla...



Rubén Serrano Calvo es un escritor y periodista español, autor de libros y relatos de género fantástico, ciencia ficción, terror y aventuras. Es miembro de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (que, entre otras cosas, otorga los Premios Ignotus) y de la Asociación Española de Escritores de Terror (Nocte).


Este cuento se vincula temáticamente con CLUB GRICEL, de Luis Astolfi, EL RECUERDO INMÓVIL, de Luís Filipe Silva y ÉXTASIS, de Carlos Gardini

Axxón 198 - julio de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Leyendas : Obsesión : Español : España).

            

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